Descargo de responsabilidad: Las Crónicas de Narnia es propiedad intelectual del grandioso C.S. Lewis


Capítulo 2. El ratón parlante


El siguiente día fue un domingo claro y brillante. El sol le despertó antes que de costumbre, y con emoción se dijo a sí mismo «¡es hoy!». Primero irían a la iglesia de la parroquia, lo cual no le parecía tan divertido como ir al circo, pero a Jack no le importaba esperar. Se sentía casi tan ansioso como la víspera de Nochebuena, cuando se iba temprano a la cama esperando que amaneciera para correr hasta el árbol y abrir sus obsequios. Claro, que cuando bajó al comedor y su padre se sentaba para tomar el desayuno, tuvo que contenerse un poco, pero estaba tan feliz que casi no lo logró.

Su padre, como de costumbre, tomó su desayuno leyendo el periódico, mientras Jack comía sus huevos en silencio y pensaba en qué cosas podría preguntarle a un ratón parlante. En las historias que había leído siempre había criaturas fantásticas, como dioses y gigantes, faunos y minotauros, pero nunca un ratón con el don del habla. Se preguntó qué cosas podría hacer y qué no, si había algo que los ratones consideraran descortés que él no hubiera contemplado, y cómo portarse de la manera más educada posible. En la escuela le habían enseñado a decir «por favor», «gracias» y «disculpe usted», pero nunca nada como esto. Tales pensamientos ocuparon su mente la mayor parte de la mañana, y para cuando llegó la tarde y se le indicó que saldrían pronto, decidió que dejaría que las cosas simplemente siguieran su curso.

Así pues, se encontró no mucho después camino a donde el circo se había instalado, llevado de la mano por Millie. Su padre se había excusado con el trabajo, así que la niñera se ocupó de él. Jack no pudo evitar sentirse un poco decepcionado, pero a la vez se sintió un poco más libre de lo que se habría sentido de haber ido con su padre.

Las calles hervían con un bullicio mayor al habitual. La noticia del extraordinario ratón parlanchín se había corrido como la pólvora, y eran muchos los curiosos que se habían aproximado al lugar en busca de un vistazo a la curiosa criatura. A medida que se acercaban al sitio, el ruido aumentaba más y más, y el aire se llenó de un fuerte aroma a mantequilla y palomitas de maíz, manzanas acarameladas, maní, helados y otros refrigerios que se podían encontrar en cualquier feria. Millie compró una bolsa de palomitas para ella, mientras que Jack prefirió algodón de azúcar.

Una multitud se aglomeraba alrededor de una gran carpa, y en la entrada, apenas visible debido a la muchedumbre, un pregonero anunciaba el espectáculo principal. Era un hombre delgado y alto, con una barba negra y lustrosa bien peinada cubriendo su rostro. Vestía todo de rojo y negro, con adornos dorados por aquí y por allá, y con unas botas largas y negras calzando sus pies. Era justamente como Jack lo había imaginado, y sonrió en anticipación.

—¡Vengan! ¡Vengan! —decía agitando sus brazos dramáticamente—. Contemplen a este fenómeno de la naturaleza. ¡Un ratón que habla! ¡Es una oportunidad única en la vida, sí señor! ¡Vengan! ¡Vengan! ¡Jamás verán nada igual! ¡Por solo dos chelines! ¡Sabe sumar! ¡Sabe restar! ¡Sabe leer y recitar! ¡Vengan, vengan!

Jack se acercó tomado de la mano de su niñera. Pagaron el ticket y entraron a la carpa. El aire estaba un poco viciado allí dentro debido a la cantidad de gente, pero a Jack no le importó mucho. Todo lo que quería era conocer al extraño animalillo y oír lo que tendría que decir. Sin embargo, había tanta gente y él era tan pequeño, que no alcanzó a ver nada. Podía oír la voz del maestro de ceremonias, haciendo sus introducciones, pero eso era todo. Millie también intentaba obtener una mejor vista, estirando mucho el cuello y moviendo la cabeza. Jack aprovechó su distracción, y soltándose de su mano, se abrió paso entre la multitud. Como era pequeño y delgado no causó mucho alboroto, y pronto se encontró en la primera fila justo cuando el maestro de ceremonias terminaba su presentación.

Un jadeo general barrió la carpa y Jack oyó varios chillidos histéricos venir detrás de él. El ratón era enorme. Jack esperaba un ratoncito pequeño, como los que en ocasiones había visto en su propia casa, pero este medía por lo menos sesenta centímetros, y se sostenía en sus cuartos traseros. Tenía una cola larga y fina, y en su rostro se adivinaba un aire de inteligencia. Con solo verlo supo que podía hablar, y eso hizo al siguiente instante.

—Damas y caballeros, su atención por favor —dijo con una voz aflautada—. Les contaré una historia sobre…

Jack abrió mucho los ojos con las primeras palabras del ratón. Había una claridad en sus palabras y voz como si siempre hubiera hecho aquello. Parecía acostumbrado a dar discursos, y cada palabra parecía cobrar vida propia. Sin embargo, en sus ojos pequeños y expresivos, Jack que era muy perceptivo, notó algo más. No podía nombrarlo apropiadamente, pero le hacía sentir pena por él. Le recordaba a la mirada que tenía su padre cuando su madre había enfermado. Entonces la sonrisa se borró de su rostro, y la emoción y expectación que había sentido por el espectáculo se esfumó como una vela que se apaga.

—Y ahora, estimado público, requeriré de un voluntario que me provea algo para leer…

El ratón sostenía sus patas delanteras sobre su pecho, en gesto suplicante. Tenía un aspecto tan vulnerable que Jack sintió que su corazón se rompía. Alguien le pasó una hoja del periódico, y el ratón leyó un breve artículo que la mayoría había leído esa misma mañana, lo que causó que el público se sintiera aun más maravillado. Luego se volvió a la parte de atrás donde resolvió una suma que el público dictó, y también hizo lo propio con una resta, una multiplicación y hasta una división. A Jack no le interesó mucho, pues luchaba con las matemáticas, pero a juzgar por la reacción y los aplausos de los mayores, el ratón debió haberlo hecho correctamente. Así pues, fueron transcurriendo los minutos, durante los cuales el ratón recitó poemas, contó chistes, hizo algunos trucos con malabares, y el público reía y reía. El ratón finalizó con un acto de magia, donde hizo aparecer un conejo de un sombrero, y aunque aquel truco se habría visto patético en un mago, al público le causó gracia y aplaudieron como recompensa. El ratón sonrió a modo de despedida, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos.

Cuando el acto terminó, Jack se sintió extremadamente aliviado. Durante la media hora que duró el espectáculo, una opresión se había apoderado de su pecho con cada minuto que pasaba y con cada cosa que el ratón hacía. No sabía cómo explicarlo, solo que se sentía incómodo con todo aquello.

La carpa se fue vaciando poco a poco, pero Jack se quedó allí plantado, con el algodón colgando de su mano, observando al ratón recoger sus cosas para prepararse para la siguiente función. Quería hacer algo, o decir algo, pero no sabía qué. Todas las cosas que se le habían ocurrido decirle al ratón se esfumaron de su mente, y ahora le parecían irrelevantes e inapropiadas.

—Deberías irte, niño —le dijo el ratón sin mirarlo. Su voz sonaba diferente ahora, más apagada y cansada.

Jack solo se le quedó mirando, y entonces el ratón se volvió y sus miradas se cruzaron. El contacto visual solo duró dos segundos, pero en ese breve momento, ambos lo supieron. Jack tuvo la certeza que el ratón sufría, y el ratón supo que el niño veía su dolor. Entonces Millie le agarró de la mano bruscamente, y se lo llevó de allí.


He perdido la noción del tiempo por completo. Ups.

—Fanfiction, 13 de noviembre de 2020.