Descargo de responsabilidad: Las Crónicas de Narnia es propiedad intelectual del grandioso C.S. Lewis


Capítulo 4. Jack tiene un mal día


El lunes Jack se despertó muy cansado y de mal humor. Había eludido el sueño lo más que pudo, pero finalmente sucumbió al cansancio y acabó por dormirse, esta vez sin sueños. Millie lo llamó por quinta vez y le urgió a lavarse y bajar al comedor para desayunar, y el niño obedeció de mala gana.

Su padre ya se había ido a trabajar para entonces. Había estado ocupado los últimos días con algún cliente, y Jack le había visto aun menos de lo normal. Desayunó solo, masticando muy lentamente y con gesto ausente. Estuvo a punto de dormirse allí mismo, y lo único que impidió que terminara con la cara metida en el plato fue lo incómodo que resultaba dormirse en la dura silla de madera. Tardó más tarde que de costumbre, y para cuando iba a mitad de comida ya había perdido el apetito por completo y no quiso comer más. Millie le dio una mirada de desaprobación, aquella que sabía emplear muy bien cuando tenía que ponerle mano dura, pero como el desayuno se había enfriado ya de todas maneras, no le obligó a comer más. En su lugar, le echó uno de sus regaños que reservaba para ocasiones como esa.

—Te enfermarás como sigas así. Los niños deben comerse su comida sin protestar. ¿Qué bien te hará dejar de comer? ¿Enfermarte, eso quieres? —entonces una idea acudió a su mente y agregó—: ¿No estarás enfermo, o sí?

Procedió a tocar su frente y cuello, pero su temperatura era normal. Millie frunció el ceño, un gesto que hacía inconscientemente cada vez que pensaba intensamente, pero al final no dijo nada y permitió que Jack se marchara. El niño se bajó de la mesa y se dirigió al patio, no sin ahogar un gran bostezo.

El día era soleado y agradable. Días como esos eran los que avivaban la imaginación de Jack, haciéndole pensar en aventuras e historia fantásticas. En ocasiones él mismo actuaba sus escenas, imaginando que era él quien vivía las peripecias de los personajes que inventaba. Estaba por ejemplo, Jackson el Valiente, un niño de su edad que no le temía a los bravucones de la escuela y que armaba toda clase de planes para ponerlos en su sitio y defender a los más desvalidos. John Spawrrot era un pirata que navegaba los siete mares, sorprendiendo a todos por ser un gato parlante. El mago Jennins podía hablar con los animales, y su amigo el gigante Ymir era el héroe de la ciudad. Por supuesto, eso ocurría solo cuando se aseguraba de que nadie lo estaba viendo, o de lo contrario se moriría de vergüenza.

Sin embargo, esa mañana no estaba de humor para sus pasatiempos favoritos. Estaba muy cansado y el día le parecía largo e insoportable. Sabía que no le dejarían dormir hasta la hora correspondiente, y la sola idea se le hacía intolerable. Caminó por espacio de media hora entre los árboles detrás de su casa, con la intención de que el ejercicio le despertara un poco. Había poco ruido, y al cabo de un rato dejó de notar el canto de los pájaros y el crujir de sus propios zapatos en la tierra. Bajó con cuidado una pendiente como de tres metros que conducía a un pequeño claro, y allí finalmente se detuvo.

Había traído su libreta de ideas consigo, aunque aquello solo fue una coincidencia. Cuando estaba en casa, Jack tenía la costumbre de llevar un cuadernillo a todos lados por si se le ocurría una idea, oculto en sus calcetines. Jack no se dio cuenta de la libreta hasta que se sentó a descasar en un tronco caído y miró por casualidad hacia abajo.

«Qué suerte que la traje» pensó. «Al menos así tendré algo que hacer»

Sin embargo no logró concentrarse, y al cabo de un rato dejó la libreta a un lado. Sus pensamientos seguían volviendo al ratón y a lo desdichado que parecía. Jack le había visto sonreír durante el acto, pero esa mirada penosa seguía en sus ojillos sin importar cuánto estirara sus labios y se mostrara risueño. Jack pensó en su propio personaje, el siempre alegre y audaz Capitán Spawrrot, al que ni una sola vez había imaginado triste o siquiera enfadado.

«Tal vez incluso los animales que hablan también se sienten tristes de vez en cuando» se dijo. Cerró los ojos, y la mirada vulnerable del ratón cuando solicitó un voluntario volvió a su mente. Intentó pensar en la razón por la cual una criatura tan fantástica podría estar tan triste como un humano, pero antes de que siquiera se diera cuenta, comenzó a cabecear y se quedó dormido. La caminata había surgido el efecto contrario, y solo lo había agotado más.

Despertó varias horas después, confundido y con la garganta seca. Por el cambio en la luz se dio cuenta de que había transcurrido más tiempo del que había planeado estar allí, así que estirándose, emprendió el camino de vuelta. La ascensión de la pequeña pendiente le dio más sed y se apresuró en llegar a casa. Ya había tentado la paciencia de Millie dos veces, no se atrevería a hacerlo una tercera. Además, su estomago empezaba a gruñir de hambre.

Tardó veinte minutos en llegar a casa, sudando, jadeado, y con la ropa arrugada. Millie había salido a buscarlo justo cuando cruzaba el umbral de la puerta trasera. Jack fue a lavarse, y cinco minutos después, estaba listo para el almuerzo. No esperaba compañía alguna, su padre nunca estaba en casa a esa hora; así que, cuando entró en el comedor y vio que no estaba solo, no pudo ocultar su sorpresa. Era su padre, vestido aun con la ropa del trabajo, sentándose a la mesa.

El padre de Jack era un hombre joven que apenas había cumplido los 33 años. Sin embargo, los últimos meses lo habían agotado al punto de que se veía diez años mayor. Jack no había comido con él desde hacía semanas, salvo por uno que otro domingo, y nunca entre semana. El niño pensó por un momento si acaso el hombre no se habría confundido de día, pero desechó ese pensamiento rápidamente pues sabía que esa mañana había ido a trabajar.

Saludó a su padre con educación y respeto, como le habían enseñado, y en respuesta, su padre le dirigió un asomo de sonrisa. Era un gesto más bien forzado, como si no hubiera sonreído en mucho tiempo y su cara hubiera olvidado cómo hacerlo. Jack comenzó a preguntarse qué significaría todo aquello, pero se reservó sus pensamientos y se dedicó a comer.

Almorzaron en silencio, sin más ruido que el de los cubiertos chocando con los platos. Cuando Jack hubo terminado se levantó de la mesa, pero su padre le detuvo. El niño comenzó a asustarse, pues notaba una expresión extraña en su rostro y comenzó a temer que fuera a castigarlo. Ciertamente se sentía intimidado, con su padre en el otro extremo de la mesa, irguiéndose por encima de él como un maestro enojado tras el escritorio. Sin embargo, cuando los platos fueron retirados y se quedaron a solas, lo que sucedió fue muy diferente.

Había una expresión nueva en los ojos del hombre, y si Jack se hubiera visto en un espejo la noche anterior cuando sucedió lo del ratón, se habría dado cuenta de que tenían la misma mirada.

—Jack —comenzó con cierta torpeza—, has estado actuando de manera extraña desde anoche. Millie dice que apenas tocaste tu desayuno, y anoche tampoco parecías tener apetito. ¿Estás enfermo?

Había auténtica preocupación en sus ojos. Jack negó con la cabeza, y el hombre soltó un pequeño suspiro.

—Entonces es lo que me temía… —dijo aquello más para sí mismo que para el niño—. Es por lo de ayer, ¿no? Porque no fui al circo contigo.

Jack se quedó mudo, y el hombre tomó aquello como una confirmación. Se pasó la mano por el cabello, y luego miró a su hijo con una expresión que le hizo sentir culpable, como si lo que estuviera perturbándole fuera de alguna manera su culpa.

—Jackie —dijo, usando el viejo apodo de Jack cuando no era más que un chiquillo—. Sé que estos últimos meses han sido… difíciles. Y sé que he estado ocupado con el trabajo, y que no siempre estoy en casa. Lamento no haberte acompañado ayer, hijo. ¿Crees que puedas perdonarme?

Todo esto era nuevo para él, pero había una expresión tan sincera en sus ojos, que Jack no pudo sino asentir tímidamente. Entonces era eso lo que pensaba su padre. Casi había esperado un regaño, pero nunca una disculpa. A Jack por su puesto le habría gustado que fuera él quien lo llevara al circo, pero su estado de ánimo resultaba ser a causa de lo que había visto, y no de la ausencia de su padre. Sin embargo no fue capaz de explicar todo eso, así que solo se limitó a asentir como respuesta.

El hombre pareció satisfecho con ello, y entonces le prometió a Jack que lo compensaría.

—¿Qué te parece si vamos esta tarde? —propuso—. Te llevaré a ver ese ratón del que tanto hablan. Seis peniques por un ticket es un precio ridículo, digo, pero no importa. Y como sé que te gusta el algodón de azúcar te compraré el más grande de todos.

Jack estaba confundido, pero a la vez encantado. Su padre le extendió la mano, como cerrara un trato, y Jack se la estrechó con entusiasmo. Luego cayó en cuenta de lo que acababa de hacer, y sintió una especie de anticipación desosegada.

Iría a ver al ratón.


Hoy es el aniversario nro. 15 del estreno de la película "El León, la Bruja y el Ropero". ¡Cómo ha pasado el tiempo! Aun 15 años después, sigue siendo una de mis películas favoritas, y su banda sonora está entre mis favoritas también. Conocí Narnia por esta película, y semanas después me prestaron el libro el "Príncipe Caspian". Recuerdo que lo leí hacía finales de ese diciembre… Y lo releí varias veces en los años siguientes, hasta que finalmente esa persona me regaló el libro. ¡Todavía lo tengo! Luego pude comprar mis propios libros, aunque todavía me faltan el primero y el tercero...

Es gracioso porque al final de la película nos muestran a los hermanos Pevensies 15 años después de su reinado, y por supuesto tuvieron que poner otros actores para esa escena. Solía preguntarme cómo realmente se verían los chicos 15 años en el futuro, y finalmente hoy los puedo ver. Irónicamente, William, Anna, Skandar y Georgie hoy día se ven más jóvenes que los actores que interpretaron sus versiones adultas jaja

En fin, disfruten del capítulo.

—Fanfiction, 09 de diciembre de 2020

Uy, aun no puedo creer que hayan pasado 15 años…