Descargo de responsabilidad: Las Crónicas de Narnia es propiedad intelectual del grandioso C.S. Lewis
Capítulo 5. Jack y su padre van al circo
A medida que se acercaba la hora, Jack se sentía más y más inquieto. Por un lado no quería encontrarse con la mirada triste del ratón, por el otro se preguntaba si acaso aquello no había sido solo cosa de ese día y en realidad la criatura era feliz y le gustaba la vida circense. Jack siempre había imaginado que los miembros del circo vivían una vida emocionante llena de aventuras, viajando por todo el mundo y conociendo toda clase de personas; y en el fondo había deseado tener una vida así de interesante. Había escuchado historias sobre niños que habían huido de casa y se habían unido a algún circo ambulante, y habían crecido allí y se habían convertido en grandes artistas. Jack no era amante de la atención, pero se decía que no le importaría viajar con una compañía como esa y quedarse tras bambalinas, con tal de conocer el mundo y vivir una vida emocionante. Y quien sabe, tal vez algún día se encontraría con más animales parlantes.
Así nuevamente, se halló de camino hacia la feria. Era tan solo su segundo día, pero el bullicio era mayor que el día anterior. Resulta que habían tomado una foto del ratón y la habían publicado en el periódico de esa mañana, así que con una prueba tan tangible, más gente se había interesado en el asunto, los incrédulos incluidos.
La fila para acceder a la carpa del ratón era aun más larga que el día anterior. Lejanamente se podía oír la voz del pregonero anunciando las cosas maravillosas que el ratón podía hacer, y los tickets se vendían como pan caliente. Mientras esperaban, el padre de Jack cumplió su promesa y le compró el algodón de azúcar más gordo que vio. El niño se metió un trozo en la boca, disfrutando del azúcar derritiéndose en su lengua, y se sintió de mejor ánimo. Su turno de entrar llegó unos cuantos minutos después, y menos de cinco después, el maestro de ceremonias hacía de nuevo sus introducciones.
Esta vez consiguió una mejor vista, subido en los hombros de su padre. Hacía tanto tiempo que no hacía aquello, que Jack por un momento se sintió demasiado feliz como para pensar en otra cosa. Era como si su papá volviera a ser el mismo de antes, y deseó con todas sus fuerzas que las cosas siguieran así. Entonces sus pensamientos se vieron interrumpidos por los jadeos, las exclamaciones de sorpresa, e incluso una que otra maldición.
—¡Válgame Dios! —oyó murmurar a su padre—. ¡Es cierto!
Allí estaba de nuevo el ratón en todo su esplendor. El niño trató de concentrarse en sus ojos, y tratar de adivinar qué expresión tendrían, pero estaba muy lejos y no lograba verlo con claridad.
El ratón comenzó haciendo aquello que lo había hecho famoso: hablar. Todavía la gente murmuraba y dejaba salir exclamaciones de asombro, y si alguno llegaba a alzar demasiado la voz, los demás lo censuraban inmediatamente. Al principio el ratón solo se limitaba a decir cosas, pero luego recitó un poema viejo sobre una estrella fugaz, con algunos «vos» por aquí y por allá, que aunque ya nadie usaba, de algún modo se oía natural en sus labios. De cualquier modo, como los pueblerinos no eran demasiado amantes de la poesía y sus exponentes, el ratón continuó con otras muestras de su intelecto fuera de lo natural, arrancado cada vez más expresiones maravilladas. Incluso el padre de Jack estaba impresionado.
—Es un fenómeno de la naturaleza —expresó cuando todo terminó y se encontraban afuera—. Es completamente imposible y aun así lo veo con mis propios ojos. Si en realidad es un truco, pues entonces ha de ser uno condenadamente bueno.
Jack, animado por la racha de buen humor de su padre, se decidió a expresarle sus preguntas concernientes a la criatura.
—¿Padre, crees que el ratón estaba triste?
La pregunta sacó al caballero de sus cavilaciones y se volvió a su hijo.
—¿Triste, dices? A mí no me lo parece. ¿Por qué habría de estarlo? Es un ratón que habla después de todo. Único en su especie, sin duda. Si fuera yo, no tendría razones para estarlo, antes bien estaría feliz de estar un escalón más arriba en la cadena de evolución de mi especie.
—Ayer lo vi de cerca, y se veía triste —insistió el niño.
—Es un ratón, hijo. Los animales no tienen emociones como nosotros.
Jack iba a protestar, pero antes de que pudiera siquiera mover los labios, su padre lo interrumpió poniéndole fin al tema.
—Vayamos a ver ese león amaestrado —dijo—. Quizá también nos sorprenda citando a Platón.
El león era, por supuesto, mudo y sin intelecto como cualquier otro animal. Era la primera vez que Jack veía uno de carne y hueso, y resultó muy impresionante. Tenía una gran melena dorada y un cuerpo grueso y grande. Era una vista intimidante, y por un momento Jack estuvo a punto de sentir miedo. Mas fuera por las gruesas barras de la jaula que lo contenían, o fuera por la presencia de su padre a su lado, se sintió seguro.
El espectáculo fue tan memorable como habría de esperarse, y Jack se encontró aplaudiendo al final junto con la muchedumbre. El león gruñía y sacudía su melena, pero jamás atacó al domador. Había sido enseñado a temerle al látigo. Jack prestó mucha atención al rostro del león, intentando buscar alguna similitud con la expresión que había visto en el ratón, pero no descubrió nada. El enorme felino era como cualquier otro que hubiera visto en los libros, carente de expresiones o voz. Lo mismo le ocurrió con los otros animales del circo, como la elefanta Patty y el tigre Jhumpa, a quienes observó intensamente en busca de un atisbo de dolor o alegría. Pero solo el ratón parecía comunicar más con su mirada que con sus palabras.
Así pues, el tiempo se fue volando. Las horas transcurrieron entre tragasables, contorsionistas, equilibristas, escapistas, saltimbanquis, forzudos, malabaristas, tragafuegos, trapecistas, lanza cuchillos, acróbatas, payasos y fenómenos. Se quedaron allí hasta bien entrada la tarde, llegada la hora del té. Jack empezaba a sentirse cansado, pero trató de disfrutarlo lo mejor que pudo. El público mermaba a esa hora, y la gente volvía a casa en familias, parejas, o solos. Su padre le echó una ojeada a su reloj de bolsillo, y declaró que ya era hora de que regresaran también.
Jack le echó una mirada ansiosa a la carpa del ratón, lamentando no haber podido darle un mejor vistazo. Con toda esa gente había sido imposible acercarse, pero ahora que todo el mundo se marchaba, quizá tendría una oportunidad. El único problema era que no podía simplemente marcharse sin permiso de su padre, y este ya había dicho que se marcharían. Eran momentos como ese en los que Jack deseaba ser más asertivo y expresar sus sentimientos y preocupaciones en voz alta, pero cuando lo intentaba las palabras se enredaban en su lengua, y era incapaz de darle una forma coherente a sus ideas. Por eso prefería escribir. Escribir le daba la oportunidad de pensar detenidamente, de darle la forma que quería a sus pensamientos, de buscar en su mente las palabras exactas que quería emplear y corregir aquello que no le convencía. Quería poder explicarle a su padre que deseaba poder ver al ratón una vez más, sin embargo, la sola idea de decirlo en voz alta le hacía sentir ansioso y ridículo.
Tan concentrado estaba en estos pensamientos, que casi perdió la única oportunidad que tenía de cumplir su deseo. Mientras pensaba intensamente, un caballero se había acercado a su padre para saludarle y hablar con él. Cuando Jack alzó la vista, reconoció al Sr. Pevens, un compañero de la universidad de su padre. Su padre siempre había hablado bien del «buen James», a quien no veía hacía tiempo, así que el niño dedujo correctamente que el caballero tendría entretenido a su padre por lo menos un cuarto de hora.
Ahora bien, ciertamente Jack era un niño educado y obediente, rara vez disgustaba a su padre o a Millie. Si su padre le hubiera dicho «no te muevas» se habría quedado clavado en su sitio fingiendo que no oía la conversación de los adultos; pero como su padre no había dicho nada en específico sobre no moverse del sitio, y como en verdad quería ver de cerca al ratón, y como esta era probablemente su única oportunidad de acercarse sin toda esa gente… Jack huyó. Cuando vio que su padre estaba demasiado metido en la plática con el Sr. Pevens, se alejó poquito a poco, como si solo les estuviera dando privacidad, y luego lo suficiente como para salir corriendo sin que lo vieran.
Dos minutos después, respirando rápidamente y fuera ya de la vista de su padre, Jack se encontró tras la carpa donde estaba el ratón. Se permitió recuperar el aire, y entonces se decidió a entrar.
¡Feliz año! (aunque ya sea 3 de diciembre por estos lares...)
