Descargo de responsabilidad: Las Crónicas de Narnia es propiedad intelectual del grandioso C.S. Lewis


Capítulo 6. El ratón y el niño

Jack había tenido mucha suerte. O quizá había sido alguna clase de magia, ayudándole a entrar a la carpa, quien sabe. Lo cierto es que para cuando Jack llegó allí, la última función del día había terminado y el ratón se encontraba solo. Ni siquiera el pregonero se encontraba a la vista. Jack rodeó la carpa y entró por la abertura que servía de acceso a su interior. Dentro, había restos de palomitas de maíz y una que otra bolsa de comida que algún niño descuidado dejaría caer.

Jack se acercó sin hacer ruido a la enorme jaula, temiendo llamar la atención y que su pequeña aventura terminara antes de siquiera empezar. El ratón se encontraba de espaldas recogiendo sus cosas, cuando de pronto, se volvió hacia él con gesto fiero y un movimiento rápido de su pata, como si empuñara un arma.

—¿Quién anda ahí? —demandó el ratón a la vez que se volvía. Luego, al ver a Jack, suavizó su expresión—. La función acabó, niño. Vuelve mañana.

—No vine por la función —respondió el niño tímidamente.

—Viniste a causarme problemas, eso es —farfulló el ratón—. Es mejor que te vayas. Los chicos como tú solo traen problemas.

Ante una respuesta como esa, cualquiera se habría ido de inmediato, pero Jack, que era muy perceptivo, notó algo más. Sus maestros de la universidad años más tarde lo describirían como «el nivel pragmático», pero como Jack solo era un niño de escasos nueve años, le llamó «hacerse el duro cuando en realidad está triste».

—No quiero problemas, lo prometo —insistió Jack—. Yo solo quería…

—Querías ver si el ratón en verdad habla. Pues bien, ya has oído suficiente. Ahora, a casa. Tu madre de seguro debe estar buscándote.

—No tengo madre —respondió Jack muy quedito.

Ante la revelación, el ratón adoptó una mayor gentileza que la que había demostrado hasta ahora.

—Lo siento, niño. Sé lo que debes sentir.

—¿Tampoco tienes mamá?

El ratón adoptó una expresión pensativa, y no respondió hasta pasados unos tres segundos que parecieron una eternidad.

—No, pero eso fue hace mucho tiempo.

Como aquello pareció el fin de la conversación, Jack se apuró a decir algo, aunque como hablar nunca fue lo suyo, aquel intento fue bastante torpe.

—¿Tienes mucho tiempo en el circo?

El ratón iba a responder, pero al darse cuenta de lo que estaba haciendo, se interrumpió antes de decir una sola palabra.

—Para ser tan joven eres muy entrometido. ¿Qué bien te haría, de todos modos, saber sobre mí?

Jack se encogió de hombros.

—Nunca he conocido un ratón que habla. Yo… solo quería saber cómo era ser uno.

—No te gustará saberlo, te lo aseguro. Tu mundo está poblado por las criaturas más crueles y salvajes que puedan existir. Ni siquiera tienen respeto por las bestias necias y estúpidas, y los obligan a hacer toda clase de cosas ridículas para entretener a los humanos y llenar los bolsillos de hombres crueles y avariciosos como Olaf. Y además…

Jack pensó en la elefanta Patty con su falda rosa de volantes y rostro pintado como payaso, en el tigre Jhumpa saltando aros de fuego y el león Simba retrocediendo ante el látigo del intrépido domador. Entonces se dio cuenta de lo que quería decir el ratón, y se sintió un poco mal al recordar cómo los animales eran exhibidos y cómo él había aplaudido junto al resto del público.

»Creerás que ser un ratón parlante es la mar de interesante —continuó el roedor—. Pero te equivocas. No lo es, en este mundo. Y menos en un lugar como el circo.

Hubo una larga pausa tras el discurso. Jack no supo qué decir, y su corazón se llenó de una profunda compasión. Sabía muy bien lo que era ser pequeño y débil, y en su interior había una gran sensibilidad por aquellos más débiles y desdichados que él.

—Lo siento —dijo al fin el niño—. No tenía idea.

—No, por supuesto que no…

El ratón tenía un aspecto tan miserable, que Jack sintió que su corazón se encogía.

—¿Hay alguna manera en la que te pueda ayudar?

—Si en verdad quieres ayudar, no vuelvas más a este circo. Invierte tu dinero en algo mejor. Cómprate caramelos o algo así.

Jack no entendía cómo eso podía servir de algo, y se quedó inmóvil con una expresión de confusión. El ratón dejó salir un largo suspiro.

—Si viene menos gente, Olaf no ganará dinero. Sin dinero, no hay circo. Sin circo, no tendrá sentido tener animales amaestrados y se verá obligado a deshacerse de nosotros. Y si se quiere deshacer de nosotros, entonces podemos ser libres y vivir como nos plazca.

Jack se dejó caer en el suelo con una honda exclamación.

—¡Uf! ¡Eso parece muy complicado!

—No dije que fuera fácil o posible —replicó el ratón malhumorado—. Y nunca lo será si niños fisgones como tú siguen viniendo.

—Perdón —se disculpó el niño.

El ratón soltó un suspiro largo y cansado, y volvió a adquirir una actitud más suave al ver la honda expresión de pena en el rostro de Jack.

—No es tu culpa. Eres demasiado joven para entenderlo.

—Mi padre dice que soy un chico muy listo para mi edad—se defendió Jack en voz baja.

—¿Listo? Tal vez. ¿Prudente? Ni un poco. Ahora que lo pienso, ¿cómo has entrado aquí sin que te vieran?

—No había nadie afuera. El hombre alto de rojo no estaba cuando llegué.

Los ojos del ratón se iluminaron de repente, y bajando la voz, comenzó a hablar muy rápido, como para sí mismo y Jack apenas pudo comprender lo que decía.

—Esta podría ser mi oportunidad… si logro salir de la jaula… No, cuando salga de la jaula puedo correr antes de que ese bobo me vea… pero ¿si vuelve antes? No, tengo que intentarlo, una oportunidad así… —se volvió hacia Jack, como si se hubiera olvidado que estaba allí ya acabara de recordarlo—. Tú. Quédate ahí y vigila la entrada. Dime si alguien viene. Puedes decir «¡caracoles!» o algo así, y salir por aquel lado para que no te vean.

—¿Quieres que te ayude a escapar? —preguntó Jack con los ojos muy abiertos.

—¡Chist! ¡No tan alto! —reprendió el ratón.

Jack bajó la voz.

—¿Quieres escapar?

—¡Claro que quiero escapar! He querido escapar desde el primer día que llegué aquí, pero nunca he tenido la oportunidad. Nunca me dejan solo y siempre hay alguien vigilando la entrada. Tal vez hoy sea el día —miró a Jack intensamente, y una nueva luz se apoderó de su mirada—. Tal vez Aslan te ha enviado a ayudarme. Ahora, rápido, niño. Dime si ese tonto viene.

Jack se levantó rápidamente y se asomó a la entrada de la carpa. El ratón le urgió a tener cuidado, pero susurraba tan rápido y tan bajito que Jack no le escuchó. El niño miró a todos lados, pero no vio señales del pregonero por ningún lado.

—No hay nadie —informó el niño.

El ratón trabajaba furiosamente. Encaramado a la altura de la cerradura, trabajaba en el candado con un objeto largo y delgado. Mientras, Jack vigilaba dando miradas furtivas al exterior de la carpa, y luego mirando al ratón. Podía sentir la tensión agitándose en su interior, y cada segundo que pasaba se sentía más y más ansioso. Al cabo de un minuto la cerradura hizo un satisfactorio clic, y el candado se abrió. El ratón lo quitó rápidamente con sus ágiles patas, y Jack se volvió para abrir la reja.

El niño y el ratón compartieron una mirada ansiosa, como preguntándose qué hacer a continuación. En sus planes de escape, el ratón nunca había incluido un cómplice. En sus fantasías de aventuras, Jack nunca imaginó un ratón como compañero.

—¿Y ahora? —los ojos de Jack estaban exultantes de expectativa y emoción.

—¡Muy lejos de aquí! —exclamó el ratón.


Se me había olvidado esta historia. Es culpa de MAPPA y su asombroso trabajo con la temporada final de Shingeki no Kyojin…

—Fanfiction, 22 de enero de 2021.