Descargo de responsabilidad: Las Crónicas de Narnia es propiedad intelectual del grandioso C.S. Lewis
Capítulo 8. Narnia
Lo siguiente que Jack percibió fueron voces. Eran las voces más curiosas que jamás había escuchado. Al principio parecían todas mezcladas, pero a medida que recuperaba la claridad logró distinguir tres voces diferentes. Una era áspera y rasposa, como si fuera muy vieja, la otra era profunda y grave, y la tercera aguda y aflautada. Hablaban en voz baja, solo retazos de la conversación llegaron a sus oídos.
—...y cuando ascendió al trono le escribió al Gobernador solicitando su apoyo, pero nunca recibió respuesta y ahora están enemistados —decía la voz rasposa y vieja.
—Nadie más desapareció después de eso, afortunadamente, pero el rey sigue preocupado por los otros desaparecidos, y lo único que le impide ir él mismo en su búsqueda son todas las visitas diplomáticas y tratados de comercio que tiene que cumplir —agregó la voz aflautada.
—Tanto mejor, no imaginan lo que hay allí…
Aquella última voz era una que Jack reconoció de inmediato. Se trataba de nada más y nada menos que de Rispeepeak, el ratón parlante. Muchas preguntas acudieron a la mente del niño, y trató de incorporarse, pero su frente golpeó algo duro y soltó un pequeño quejido de dolor.
—Se ha despertado —dijo la voz grave.
—Y la pobre criatura se ha golpeado también —refunfuñó la voz aguda—. Te dije que eso pasaría.
—Mejor iré a verlo, tendrá muchas preguntas.
Un momento después, Rispeepeak estuvo a su lado. Traía una lámpara de aceite que trajo un poco de luz al lugar, y Jack descubrió que se encontraba en un lugar desconocido, de techo bajo y negro, y de una única habitación.
—¿Cómo te encuentras, jovencito?
Jack tenía la boca seca y encontró difícil hablar, pero carraspeó y se esforzó en decir algo.
—Me duele la cabeza… y el pecho. ¿Fue el asma?
—Así parece, pero ya nos hemos encargado de eso y estarás bien.
El «hemos» en la oración despertó la curiosidad del pequeño, y se preguntó si se referiría a las tres voces que había escuchado.
—Toma, esto te hará bien.
El ratón dejó la lámpara en un cajoncito junto a Jack, y le ofreció un cuenco con un líquido que olía fuertemente a menta. El sabor era desagradable, invasivo y de consistencia pegajosa, y le quemó la garganta cuando lo tragó. El niño hizo a un lado el cuenco y puso mala cara.
—¡Puaj!
—No dije que tuviera buen sabor —comentó el ratón—. Pero si te sirve de consuelo, es lo que Su Majestad bebe cuando se pone mal… Ahora, se buen chico y termínatelo para que te pongas bien.
Jack se esforzó en no hacer una mala cara de nuevo, pero no tuvo mucho éxito. Por fortuna, el cuenco era pequeño, quizá del tamaño de una taza de huevo duro, y se lo terminó en dos tragos más. Luego, ya más despierto y alerta, Jack notó lo pequeña que era la habitación donde se encontraba. Incluso la mesa y las sillas parecían muy pequeñas para un niño como él, y comenzó a preguntarse qué clase de habitantes vivirían allí.
No tardó en tener una respuesta. Por la puerta entraron a continuación las criaturas más extrañas que Jack jamás hubiera visto. Uno era un tejón de bigotes lagos y hocico muy blanco con lo que parecía una pipa humeante en su pata. Detrás de él un tejón más joven, portaba gafas que le daban un aspecto aun más curioso. Ambos andaban erguidos en sus patas traseras, y eran muy grandes para ser tejones comunes. El tercero era un hombre de barba roja y espesa, y gruesos brazos cubiertos de vello. No debía ser más alto que Jack, y el niño no tardó en darse cuenta de que se trataba de un auténtico enano.
Por un momento Jack se quedó mudo, asimilando todo esto. Cuando conoció a Rispeepeak se había preguntado si habría acaso más animales parlantes como él, pero nunca imaginó que llegara a conocer a alguno. Viendo su modo de andar y postura, supo de inmediato que los tejones podían hablar y pensar como él. Así pues, no se sorprendió tanto cuando el más joven habló con la voz aguda y aflautada que escuchó momentos atrás.
—Bienvenido, hijo de Adán, a nuestra humilde morada.
Jack apenas logró asentir, sin terminar de captar el extraño saludo. El Tejón continuó hablando.
—Mi nombre es Bigotes, y este de aquí es mi hermano Gruñón —Jack reprimió una sonrisa—. Por desgracia ese es su nombre, pero no es mal Tejón. ¿No, hermano?
El Tejón viejo mordió su pipa y medio gruñendo, medio hablando, respondió:
—Saludos, hijo de Adán.
—Y este de aquí es nuestro buen amigo, Arcos.
El enano saludó inclinando la cabeza.
—Son mis amigos —explicó Rispeepeak—. Hemos sido afortunados de encontrarnos con ellos.
—¿Pero dónde estamos? —preguntó Jack muy confundido—. ¿Qué pasó con el pregonero y el circo?
El Ratón hizo una mueca de disgusto, pero el gesto fue tan breve que apenas se notó. En su lugar, una sonrisa de alivio suavizó su rostro.
—Todo eso ha quedado atrás. Ahora estamos en Narnia, donde pertenezco.
—¿Pero, qué es Narnia? —preguntó el niño todavía sin entender.
El enano resopló con gesto ofendido. Jack se sintió intimidado, pero el Ratón salió en su defensa.
—No hubo tiempo para presentaciones. Ese… rufián nos perseguía. De hecho —el Ratón adquirió un gesto pensativo en ese punto—, ni siquiera pude preguntarte tu nombre.
—Soy Jack —respondió el niño.
—Jack —probó el ratón—. Suena bien. Bueno, Jack, te damos la bienvenida. Para responder tu pregunta, estamos en el feliz reino de Narnia. Aquí los Animales piensan y hablan, y cantan y bailan, y son fieros en la batalla. Y nadie les dice qué hacer o cómo vivir, pues nadie se atrevería a ponerle cadenas y ladrarle órdenes a un narniano libre.
Jack sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza en anticipación.
—¿Quieres decir que ya no estamos en, ya sabes… la Tierra?
La cola de Rispeepek se agitó alegremente, aunque el Ratón no pareció darse cuenta de ello.
—¿La Tierra? ¡Por supuesto que no! No hay bestias parlantes en tu mundo, mi joven amigo. Soy el único que conoces, y eso es porque llegué a tu mundo mediante la magia, pero eso es otra historia. Pero ahora que estamos en Narnia, descubrirás muchas cosas que en tu mundo solo son historias.
Jack aun no sabía qué extraña tierra era esa. No la había visto en los mapas, ni había oído de ella en sus lecciones de geografía. Sin embargo, había una musicalidad en su nombre, una magia propia que parecía emanar de cada sílaba y atraerlo hacia ella. Juntas formaban un nombre desconocido y a la vez maravilloso. Narnia. Le hacía pensar en aire fresco y limpio, en bosques verdes y tupidos y césped brillante y suave. «Narnia». Se dijo Jack con gesto soñador. «La tierra donde todo puede suceder»
