Los personajes pertenecen a Clamp, y algunos son parte de la historia original.
La historia no es mía, solo es una adaptación de un libro que leí hace mucho tiempo, que ya había sido subido a la plataforma, y que planeo terminar. Su nombre es Camino al amor y es de la autora Miranda Lee.
Sin fines de lucro, sólo por placer personal. Espero les agrade la historia. :)
4
Sakura no tuvo que consultar el mapa de Wei durante la primera parte del trayecto. Conocía el camino a Tomoeda. Cuando se había comprado su adorado coche un año atrás, había pasado muchos fines de semana explorando las zonas de los alrededores de la ciudad.
Sakura tenía una pasión secreta por las playas, quizá porque rara vez había disfrutado de ellas durante la adolescencia. Los niños que crecían en las granjas lecheras aprendían desde muy pronto que uno no podía abandonar la casa durante mucho tiempo, puesto que había que ordeñar las vacas diariamente.
Desgraciadamente, Sakura pronto había descubierto que las excursiones solitarias a la playa no eran demasiado divertidas. Durante el día, era razonablemente agradable, pero por la noche, cuando el sol se ponía y volvía sola a la habitación del hotel, su humor cambiaba.
Cenar sola en un restaurante era lo peor. Y también el ver a otras parejas mirándose a la luz de las velas. Había descubierto entonces que no había nada peor que no tener a alguien con quien hablar, alguien con quien poder compartir sus experiencias. Y cuando sus excursiones solitarias habían empezado a deprimirla, había dejado de hacerlas.
Lo cual, le hacía preguntarse por qué diablos había decidido pasar sola ese fin de semana. Tendría demasiado tiempo para pensar en lo ocurrido. Lo mejor habría sido quedarse en casa e intentar arreglar las cosas con Yukito de una u otra forma.
Sakura suspiró, disgustada. Ya era demasiado tarde para arrepentirse. Estaba a punto de llegar a Tomoeda. Lo que significaba que debería consultar el mapa de Wei para no pasarse el desvío hacia Tomoeda Beach.
Cinco minutos después, se dirigía por una carretera secundaria a su destino. Era una carretera estrecha y ventosa, no había nada que la protegiera, salvo algunos árboles de poca altura y unos arbustos. El terreno era arenoso y no había edificios por ninguna parte, lo que indicaba que probablemente se trataba de una reserva.
Sakura se sentía como si llevara siglos conduciendo cuando vio la gasolinera a su izquierda. El supermercado, al igual que el resto del edificio, era bastante viejo, pero estaba sorprendentemente bien surtido.
Poco después de las seis, Sakura continuaba el trayecto hacia su destino, con el asiento de pasajeros lleno de bolsas con pan, leche, dos barritas de chocolate y un par de revistas. No se había llevado ningún libro y temía no coincidir con los gustos de Wei sobre literatura. Francamente, no había pensado en absoluto en aquel viaje, admitió. Ni siquiera se había molestado en cambiarse de ropa antes de salir.
Sakura tomó una pronunciada curva y descubrió de pronto frente a ella el enorme e intensamente azul océano Pacífico. Aquella vista bastó para aliviar su dolor y se alegró de haber ido, aunque sólo fuera por aquel momento.
Pero aquel instante de felicidad se evaporó rápidamente y la fría y dura realidad volvió para ensombrecer su horizonte vital. Aquella escapada de fin de semana no iba a resolver nada. Lo único que estaba haciendo era retrasar la difícil decisión que tenía que tomar. ¿Olvidar y perdonar? ¿O dejar a Yukito y empezar una nueva vida?
El coche de Sakura avanzaba a paso de tortuga mientras su mente continuaba divagando.
A ella no le resultaría tan fácil encontrar otro hombre como Mei decía. Era demasiado reservada. Y de naturaleza recelosa. Le costaba tomar cariño a los extraños. De hecho, la primera vez que había visto a Yukito, éste ni siquiera le había gustado. La había impresionado, sí. Pero gustarle... En realidad lo había encontrado ligeramente prepotente. Pero su cortejo había sido tan halagador... Y tan seductor. Le enviaba flores dos veces a la semana. La llamaba todos los días. Le enviaba regalos... Libros de poesía, incluso.
Había sido imposible no enamorarse de él. O no acostarse con él... O no sentirse devastada por su engaño. Yukito le había hecho pensar que ella era todo su mundo.
El sonido de una bocina la hizo saltar en el asiento. Sus ojos volaron hacia el espejo retrovisor. Tras ella había una furgoneta amarilla con varias tablas de surf en la baca. El hombre que la conducía le hizo un gesto de impaciencia con la mano.
Sakura ni siquiera se había dado cuenta de que se había detenido en medio de la carretera. Avergonzada, le dirigió una sonrisa de disculpa. Tras un momento de vacilación, el conductor le devolvió la sonrisa y Sakura sintió que la atravesaba el más extraño de los estremecimientos de los pies a la cabeza.
La sorprendió tanto que se quedó mirando fijamente el reflejo del conductor durante algunos segundos antes de desviar el coche hacia la izquierda, llevándose con ella la imagen de un rostro bronceado y de la camiseta más intensamente verde que había visto en su vida. El conductor tenía el pelo castaño y algo desordenado y su cara parecía la de un modelo. Las gafas de sol le habían impedido ver el color de sus ojos, pero imaginaba que serían ámbar.
El curso que estaban tomando sus pensamientos la sorprendió. ¿Qué demonios hacía, especulando sobre el color de ojos de un desconocido? Pero mientras ella se regañaba por sus tonterías, el hombre en cuestión la miraba con abierta curiosidad por la ventanilla de su furgoneta. El corazón de Sakura comenzó a latir violentamente y no pudo menos que preguntarse si él estaría pensando en el color de sus ojos, también enmascarados por las gafas de sol. Se llevó la mano a las gafas y estuvo a punto de quitárselas, deseando que aquel hombre pudiera ver que tenía los ojos grandes, verdes y rodeados de largas pestañas.
Pero se detuvo justo en el momento en el que la furgoneta terminaba de adelantarla. Gracias a Dios. ¿Qué demonios pensaba que estaba haciendo?
Estaba agonizando por el engaño de Yukito y de pronto se descubría a sí misma a punto de ponerse a coquetear con un desconocido.
No había ninguna excusa para su conducta, por sexy que fuera el tipo de la furgoneta. ¿Sexy?
¿Cómo iba a saber si era o no cuando no lo había visto ni durante treinta segundos? Por lo que sabía, podría tener los ojos ridículamente pequeños, un trasero enorme y la personalidad de un maniquí.
Sí, claro, le dijo una burlona vocecilla interior con la que hasta entonces Sakura jamás había sintonizado. ¿A quién pretendía engañar? Aquel hombre debía de tener unos ojos maravillosamente ámbar, un trasero duro como una piedra y un encanto del demonio.
Sakura gimió. Aquello era una locura completamente impropia de ella. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Su subconsciente pretendería engañar a Yukito flirteando con otro hombre? ¿Sería su propia necesidad de aumentar su autoestima la que estaba intentando buscar a alguien que la encontrara atractiva?
Sinceramente, esperaba que así fuera. Porque no le apetecía nada encontrarse en el sórdido escenario que Rika había descrito y verse de pronto sobrecogida por el deseo de acostarse con un desconocido para compartir con él únicamente sexo.
No, no podía ser eso. Ni siquiera quería considerar aquella posibilidad. Pero incluso mientras rechazaba aquella idea, Sakura esperaba sinceramente no volver a cruzarse con el hombre de la furgoneta.
Cuando alzó la mirada, vio que la furgoneta giraba hacia la derecha y terminaba desapareciendo de su vista.
Sakura se enderezó en el asiento, sintiendo que se le encogía el estómago.
Hacia la derecha. Había girado hacia la derecha. Tomó el mapa de Wei y estudió con detalle el camino hacia Tomoeda Beach.
El corazón se le aceleró cuando sus ojos le confirmaron lo que ella recordaba de su anterior visita. La playa tenía forma de «U», con formaciones rocosas en los dos extremos. Tras la playa principal, se elevaban las dunas y cerca de una de ellas estaba el aparcamiento. La media docena de casas de Tomoeda Beach estaban agrupadas en el extremo sur, con las fachadas orientadas hacia el noroeste.
Cualquier surfista se habría dirigido directamente hacia el aparcamiento en vez de girar hacia la derecha, como había hecho la furgoneta.
Sólo podía llegar a una conclusión lógica: el conductor de la furgoneta vivía allí o estaba pasando allí las vacaciones. Si ese era el caso, esperaba no volver a cruzarse con él durante el fin de semana.
Sakura gimió frustrada. Había ido allí para aclarar sus sentimientos por un hombre, no para terminar todavía más confundida.
Irritada, puso el motor en marcha y se dirigió hacia el final de la carretera para echar un vistazo a los vehículos que había en el aparcamiento.
La furgoneta amarilla no estaba entre ellos.
Sakura tampoco esperaba que estuviera.
Suspiró resignada y continuó conduciendo lentamente, mirando de vez en cuando hacia la izquierda. Tomoeda Beach era un lugar realmente hermoso. Pero muy tranquilo. Sólo había media docena de personas en la playa. Una pareja nadando en el agua y ni una sola tabla de surf, algo comprensible, dada la ausencia de olas. Y no había señal de don Camiseta Verde por ninguna parte.
Sakura se enfadó consigo misma por continuar mirando y decidida a apartarlo de su mente de una vez por todas, volvió a concentrarse en encontrar la casa de Wei que, de acuerdo con el mapa, era la segunda casa a su izquierda: una casita blanca con un tejado de color gris.
En realidad, desde la carretera lo único que podía ver de las viviendas eran los tejados. El primero era de un color muy peculiar: azul real. Sakura nunca había visto un tejado de ese color, pero decidió que le gustaba.
El tejado de color gris de la casa de Wei estaba poco después del azul y Sakura comenzó a buscar el camino de entrada.
Había un pequeño buzón de color blanco a un lado de la carretera, pero ni una sola señal de desvío. Así que Sakura aparcó en la hierba, justo delante del buzón y salió.
La casa de Wei parecía muy cuidada y acogedora bajo ella. Los escalones de la parte de atrás daban a una ladera y la playa estaba a menos de cincuenta metros del porche. Había un estrecho sendero que conducía desde el buzón hasta la entrada posterior de la casa, pero era imposible acercar el coche ni un centímetro más.
De modo que no quedaba más remedio que bajar todo lo que llevaba por aquel sendero de aspecto peligroso. Sakura miró hacia las viviendas que tenía a derecha e izquierda, diciéndose que no estaba buscando ningún indicio del atractivo surfista, aunque era precisamente eso lo que estaba haciendo.
El lugar parecía desierto. No había ningún vehículo a la vista. Aun así, le parecía completamente propio de don Camiseta Verde vivir en una casa con el tejado de color azul real, las paredes de color azul cielo y las columnas del porche de color rojo. Sería el colmo de su mala suerte tenerlo como vecino durante todo el fin de semana.
Sakura sacudió la cabeza y volvió al coche. Tomó su bolsa de viaje y la bolsa con las provisiones y comenzó el descenso. Había bajado ya la mitad de aquellos rústicos escalones tallados en la piedra cuando por el rabillo del ojo vio algo de color Verde y alzó precipitadamente la cabeza.
Craso error. Debería haber continuado mirando por dónde iba, especialmente llevando aquellos tacones. Cuando apartó los ojos por segunda vez de aquellos desnivelados escalones, calculó mal la distancia, tropezó con algo y se abalanzó hacia delante. Con playeras o descalza, Sakura habría podido recuperar el equilibrio. Pero tal como iba, aunque alzó las manos y, por un instante pensó que sería capaz de evitar la caída, no consiguió encontrar el centro de gravedad y al final terminó cayendo hacia delante. Instintivamente, se llevó las manos a la cara para protegérsela.
Las bolsas consiguieron amortiguar la caída y posiblemente evitaron que se rompiera un brazo o una pierna. Aun así, aterrizó bruscamente en el suelo y se deslizó al menos dos escalones abajo antes de detenerse desgarbadamente.
Estaba todavía en el suelo, totalmente estupefacta, cuando un par de fuertes brazos le rodearon la cintura.
-¿Estás bien? -le preguntó una voz masculina mientras la ayudaba a incorporarse.
Lo primero que vio Sakura fue la camiseta Verde y gimió para sí. El destino estaba siendo muy cruel aquel día.
-Sí, creo -contestó, evitando mirar hacia él.
Pero los buenos modales terminaron obligándola a alzar la mirada hacia aquel buen samaritano para darle las gracias.
Tuvo que alzarla bastante, porque era muy alto. Más alto de lo que había imaginado. E incluso más atractivo, con una nariz recta y con carácter, un hoyuelo en la barbilla y una boca absolutamente maravillosa.
Pero fueron sus ojos los que la cautivaron. Eran ámbar, tan ámbar como profundo era el atardecer. Eran unos ojos en los que podría ahogarse. Unos ojos en los que le gustaría reflejarse mientras él se balanceaba hacia delante y hacia atrás sobre ella, con su hermoso cuerpo enterrado en su interior. ¡Oh, no!
¿Se habría oído su horrorizado gemido?
Esperaba que no.
-Estás muy pálida ¿Estás segura de que estás bien? No irás a desmayarte, ¿verdad?
-No, no creo -contestó con voz atragantada, aunque era definitivamente posible.
-Deberías sentarte unos segundos y apoyar la cabeza entre las rodillas.
Inmediatamente, explotó un nuevo escenario sexual en la mente de Sakura. Uno en el que no era precisamente su propia cabeza la que colocaba entre las rodillas.
Sakura tragó saliva un par de veces.
-No, estoy bien -dijo por fin, intentando desesperadamente recuperar la compostura-. Pero he perdido las gafas de sol. ¿Las ves por alguna parte? Ah, están ahí -las tomó y se las puso, esperando poder disimular su creciente pánico.
-Se te han roto las medias -señaló él.
Sakura bajó la mirada hacia sus piernas y después la deslizó por las de él, que estaban prácticamente al descubierto. Sus pantalones cortos no escondían prácticamente nada. Y aquellas eran las piernas de hombre mejor formadas que había visto en su vida. Eran largas, muy fuertes y estaban intensamente bronceadas.
Serían perfectamente capaces de sostenerlo si él la subía a su cintura y...
-Me lo merezco, por haber hecho la tontería de venir con tacones. He venido directamente del trabajo y no he tenido tiempo de cambiarme de ropa. Mi principal preocupación era ahorrarme el atasco. Pero no me importa. No creo que vaya a necesitar las medias este fin de semana.
Estaba parloteando como una estúpida. Pero eso era preferible a continuar conjurando escenarios eróticos.
-Creo que también los huevos han conocido mejores días -dijo él secamente, y Sakura lo miró sin comprender-. Huevos -repitió él, señalando las provisiones que estaban esparcidas por doquier.
La media docena de huevos que prudentemente había encajado encima de la bolsa, se había salido del cartón y no había quedado un sólo huevo sin romper.
-Oh, vaya... -suspiró Sakura, sintiéndose repentinamente exhausta.
-Si quieres, puedo ir a comprarte más -se ofreció.
Sakura lo miró fijamente. Cuando un hombre se ofrecía a hacer un favor, normalmente quería decir que tenía algún interés en ella. La idea de que aquel hombre pudiera sentirse tan atraído por ella como ella se sentía por él, le provocaba una mezcla de placer y culpabilidad, además de los más escandalosos pensamientos.
Sakura se alegró infinitamente de llevar las gafas de sol. Era la mejor forma de ocultar las locas ideas que seguramente reflejaban sus ojos.
-No hace falta -contestó rápidamente-, puedo arreglármelas sin huevos. De todas formas, gracias por el ofrecimiento.
-De nada -se agachó y comenzó a meter las provisiones en la bolsa.
En aquella postura, era imposible no fijarse en su trasero. Que era tan musculoso y duro como Sakura temía.
Temiendo que aquella perfección la instara a conjurar nuevas fantasías, Sakura desvió la mirada y fue a buscar su bolsa de viaje. Pero en cuanto se dirigió hacia el lugar en el que había caído, su caballero andante se adelantó y la levantó antes que ella.
-Creo que será mejor que la lleve yo. Todavía llevas puestos esos bonitos, pero potencialmente letales tacones -añadió con una sonrisa.
-Por favor, no te molestes.
-No es ninguna molestia. ¿Vienes a quedarte en casa de Wei?
-Sí, ¿conoces a Wei?
-Bastante bien.
-¿Ah sí? ¿Cuánto de bien? -no se dio cuenta del doble sentido que podría darle a sus palabras. La idea de que aquel hombre pudiera ser gay ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
-No tan bien -contestó él con una sonrisa-. Pero de vez en cuando tomo una copa con él cuando está por aquí. Yo vivo allí -señaló hacia la casa del tejado azul-. De momento, esa es mi casa. El propietario me deja quedarme a cambio de que le haga algunas obras de mantenimiento.
-Es muy colorida.
-Sí, le gustan los colores brillantes. ¿Y tú? ¿Eres amiga de nuestro estimado abogado? ¿O eres cliente?
Sakura comprendió que tenía que terminar aquella conversación rápidamente, o se arriesgaba a que su atractivo vecino se llevara una idea equivocada. Ni siquiera se atrevía a especular; sobre lo que podría hacer si él comenzaba a coquetear con ella.
-No, en realidad apenas conozco al señor Wei. Pero... -vaciló. No sabía si revelarle más detalles de su vida a aquel desconocido-, conozco a una de sus socias -le explicó, en vez de decirle que trabajaba para Rika-. Ella le pidió a Wei que me prestara esta casa para pasar el fin de semana. Yo... necesitaba alejarme de Tokyo un par de días.
-¿Saturada de la vertiginosa vida de la ciudad?
-Algo así.
-Sé exactamente cómo te sientes -dijo con pesar-. Pero un fin de semana en la playa no te servirá de mucho. Necesitarás algo más de tiempo.
-Pues tengo que volver el lunes al trabajo, así que un fin de semana es todo lo que tengo. Mira, no pretendo ser maleducada, pero estoy terriblemente cansada y quiero darme una ducha. Si dejas las bolsas en la puerta trasera de Wei, sería magnífico.
-De acuerdo -contestó él, pero Sakura tuvo la sensación de que parecía un poco desilusionado. Quizá esperaba que lo invitara a una copa, o a algo...
Ese algo se convirtió en su mente en una escena sacada de una película en la que un hombre y una mujer se encontraban y, tras sólo unos minutos de conversación, comenzaban a abrazarse como salvajes. Se desprendían de la ropa y, en cuestión de segundos, no había nada que dejar a la imaginación.
Intentó imaginarse, mientras seguía a su atractivo vecino hacia la puerta trasera, lo que ocurriría si lo invitara a pasar. ¿Daría él algún paso en esa dirección? Y si lo hacía... ¿qué haría ella?
El surfista dejó las bolsas en la puerta de la casa de Wei y se volvió hacia ella. También parecía pensativo.
-Me llamo Shaoran, por cierto. ¿Y tú?
-Sakura.
-Bonito nombre. Bien, Sakura. Si necesitas cualquier cosa durante los próximos dos días, silba. Siempre estoy por los alrededores. Cuando no estoy haciendo surf, claro. ¿Sabes silbar? -añadió, dirigiéndole una provocativa sonrisa mientras se alejaba-. Sólo tienes que fruncir los labios y soplar.
No volvió a mirar hacia atrás mientras se alejaba... Afortunadamente para Sakura, porque lo que su calenturientamente estaba haciendo con sus palabras de despedida la estaba haciendo sonrojarse.
