Lo sé, lo sé. Deben ser capítulos de 1,500 palabras y este tiene casi mil más, espero nadie tenga ningún problema con eso.

Capítulo Veintitrés: Tu Ausencia


El día en que volvieron a clases, se hallaba en boca de todos que Draco Malfoy no regresaría a la escuela. ¿El motivo? Bueno, algunos decían que estaba cumpliendo una larga condena en prisión. Otros que sus excéntricos padres habían comprado un castillo donde su heredero viviría por siempre ahí rodeado de lujos. Los menos fantasiosos aseguraban que probablemente se había cansado de estudiar en un colegio público.

Fuera cual fuera la verdad, al menos todos coincidían en algo: la ratón de biblioteca, Granger, había tenido algo que ver en el asunto.

Con esta novedad, ni Ron ni Harry se atrevieron a hablar con Hermione de lo acontecido en aquel corto periodo vacacional, una razón por temerle a aquel rostro que se mantenía herméticamente cerrado, y la otra porque conociéndola; o los golpearía o se soltaría a llorar y ellos no querían responsabilizarse de ello.

Así que lo mejor que pudieron hacer fue volver a una apacible rutina como la que llevaban cuando entraron al décimo grado: se reunían con ella en la biblioteca cada que podían y ella los miraba entrenar mientras trabajaba en alguna tarea de cálculo en el gimnasio.

Hermione, a la semana de entrar, aceptó que los chismes tenían algo de verdad, por lo que fue hasta la mansión Malfoy, sólo para encontrar que los señores habían marchado al extranjero y ningún sirviente sabía cuando estarían de vuelta.

Por eso se sentía como un zombie. Vivía al día pero todo parecía un sueño. Esperaba despertar de pronto y encontrar a Draco aguardandola recargado en su casillero, con su chaqueta de piel y su sonrisa ladina. Entonces sentía el último beso que se dieron y llevándose los dedos a la boca recordaba que no había sido un sueño.

¿Lamentaba haber empujado a Draco cuando secretamente disfrutaba sus fríos labios? Tal vez. Y más si es lo que había ocasionado que él abandonara la escuela.

Así pensaba hasta que llegaba la noche y en la soledad de su recámara podía llorar libremente.

Sus otros dos amigos respetaban su espacio y se mostraban más maduros estando concentrados en sus estudios y deporte en vez de andar mirando chicas. Ese cambio al menos era bueno. De hecho todo el último grado luchaba para estar al día y prepararse para la vida que les esperaba al graduarse. Los más afortunados irían a la universidad, los que no, buscarían un trabajo en la ciudad y verían que hacer con su vida.

Hermione por su parte meditaba tantas cosas. Después de largo tiempo sin saber cosa alguna de Draco, tenía también otra cuestión en mente. Hacía pocos meses planeaba ir junto con sus amigos a Berklee, pero el pasado fin de semana había recibido la visita de reclutadores de Harvard, deseosos de convencerla que la querían en su Universidad. Era, como le dijeron sus padres, una oportunidad única.

Recordaba a Draco y como él deseaba ser director de cine, y ella estudiaría alguna carrera musical, pero ahora sin él, sus planes podían cambiar ¿no? Harvard ofrecía una de las mejores carreras de leyes del país.

No dejó de encontrarse indecisa cuando estaba llenando su solicitud a la universidad, sintiendo que era demasiado, pues hasta había llegado a pensar en la Universidad de Sofía, allá donde estudió Víktor. Encendió la televisión desganada, prefiriendo olvidar todo momentáneamente. Fue cuando apareció un documental de la ciudad de Nueva York y entonces se le ocurrió cometer una locura.

¿Porqué no además? Era joven y todo mundo parecía hacer lo que quería excepto ella.

Sus amigos ni se imaginaban lo que pasaba por la cabeza de Hermione. Ellos ya estaban demasiado nerviosos y ocupados en sus propios asuntos. El pelirrojo llegó al grado de suplicar de rodillas al profesor Snape que le diera un trabajo extra para subir un poco sus puntos. Y Harry consideró seriamente mejor ya no ir a la universidad y pedir trabajo a Sirius, pero su madre, bendita sea, lo obligó a llenar solicitudes.

Otro mes transcurrió rápidamente.

–¿Sabes algo de Malfoy? –preguntó Ron a su amigo, expresando una vez en altavoz que sí que dedicaba tiempo para pensar en el rubio. –Ginny dice que la semana pasada Hermione recibió una llamada al móvil estando en la cafetería y dice que actuó muy sospechosa.

El moreno frunció el ceño –no sé nada más de lo que sabes tú. Tal vez ya va siendo tiempo que hablemos con...

–No –replicó el pelirrojo de inmediato. –Con la espera de los resultados de las escuelas, Mione no ha de estar de buen humor. Mejor... ¿qué?

Harry habló cuando su amigo se interrumpió notando su ceño fruncido, cuestionando –¿Desde cuando le dices '"Mione"?

El pelirrojo lo miró con la leve sorpresa que también sintió él –¿acaso será desde que también es mi amiga?

El joven de lentes no dijo más y su amigo tampoco. De hecho no volvieron a tocar el tema, pues cada que hablaban de Draco terminaban tensos, como si por arte de magia levantara un muro entre ellos.

No obstante aquella tarde Harry se presentó en casa de cierta castaña.

Cuando le abrió la puerta, Hermione lo recibió con leve sorpresa que supo disimular muy bien y lo dejó pasar.

Harry notó de inmediato, con algo de incomodidad, que su amiga estaba en bañador. Nunca antes había importado pero ahora él era un joven lleno de hormonas que aparentemente ya no era virgen, y ella... ¿cuando carajo se convirtió en mujer? Y más importante aún; ¡¿Porqué nadie le dijo nada?!

Una vocecilla incómoda en su cabeza le recordó que seguro Draco lo sabía hace siglos...

–Estaba por meterme a la alberca –explicó ella sin adivinar exactamente lo que pasaba por la mente de su amigo.

Echó a andar y él también de modo autómata siguiéndola hasta el patio trasero de la casa, justo a donde estaba la pequeña alberca de los Granger. Desvío su mirada avergonzado al darse cuenta que la tenía clavada en el cuerpo semidesnudo de su amiga.

Esto estaba mal, muy requetemal.

Se obligó a decir algo que no fuera estúpido o vergonzoso –pensé que estarías estudiando. –No se sintió tan brillante como su mamá juraba que era.

La castaña se detuvo un segundo antes de continuar indiferente –Necesitaba un tiempo para mí.

¿Era acaso una indirecta? –Si quieres me voy.

–No seas tonto, Harry. –Llegando a la alberca la chica se sentó en la orilla, y él no por lo que tuvo que girar familiarmente sus ojos y con una palmadita a su lado le indicó que se sentara junto a ella.

–Recuerdo como nos divertíamos aquí –dijo Harry quitandose los zapatos deportivos y doblando su pantalón para sentarse con su amiga, sumergiendo sus pies en el agua; la primer incomodidad vencida finalmente.

–Fueron buenos tiempos –asintió la castaña. –Lo único que no era gracioso era como Ronald siempre terminaba tragando agua.

–¿Bromeas? ¡Era lo mejor! –farfulló el muchacho fingiéndose indignado.

Hermione sonrió por primera vez desde que llegó –¡Harry! Sólo dices eso porque de ese modo quedaba descalificado de su tonto concurso para aguantar la respiración bajo el agua.

–No era un tonto concurso. Dices eso porque nunca ganaste –sonrió altanero.

Sintiéndose un poco más animada protestó –pude ganarte en cualquier momento, pero no quería avergonzarte.

–¿A si? –replicó el moreno. No había ido pensando en concursos, lo que quería era hablar con Hermione, pero al menos parecía que le estaba levantando el ánimo. Cosa difícil durante semanas. –¿Estoy percibiendo un reto, señorita Mione?

–A menos que quieras perder –señaló con burla. Se puso de pie con las manos en la cadera.

Harry la imitó planteándole cara demasiado cerca a su amiga, corrección, a su mejor amiga –un Potter nunca. Jamás. Pierde. –Se sacó la camiseta y más rápido que el rayo tomó a la chica del brazo y la arrastró con él al agua.

–¡Harry tu pantalón! –fueron sus últimas palabras antes de sumergirse hasta el fondo y –¡Me la pagarás, Potter! –fueron las primeras al respirar una bocanada de aire.

Con risas de parte de ambos empezaron a forcejear para ver quien hundía al otro.

Hermione se sentía lo más viva y feliz que se había sentido en meses. Si tan sólo pudieran permanecer así por siempre ella se daría por satisfecha. No solía ser así pero estaba en un punto tajante y la ausencia de Draco la hacía replantearse su vida.

¿Algún día volvería a verlo? ¿Está ausencia suya era temporal o definitiva? ¿En serio la quería?

Miró a Harry, que buscaba sus gafas en la alberca.

Al menos todavía tenía a sus otros dos amigos sin ningún problema sentimental que interfiriera entre ellos. Gracias a Draco había aprendido cuán destructivo podía ser que te atrajera uno de tus mejores amigos.

Rayos, como extrañaba al rubio.

Ella cerró ahí el asunto amigos-atracción pero aquella noche en su cama antes de dormir, Harry Potter recordaba la tarde en casa de su amiga. Lo había pasado muy bien y estaba seguro que a los dos les ayudó a liberar el estrés provocado por el fin del ciclo escolar.

Pensar en Hermione le trajo cierta paz y se dispuso a descansar. Sólo que la mente es traicionera y el subconsciente deja salir lo que la mente consciente no quiere aceptar. Sus sueños viajaron de modo inevitable al cuerpo de mujer de su amiga y aún entre dormido se sintió endurecer cuando ella le rozó intencionalmente con sus pechos. Ahí, sabiendo que no era caballeroso y aún así sin querer despertar, soñó y descubrió las cosas más maravillosas que un par de carnosos labios, rodeando la húmeda lengua de Hermione, le podían hacer.

Finalmente despertó avergonzado de haber disfrutado hasta el último segundo de su sueño, y las sábanas mojadas como nunca antes le había pasado.

No era la primera vez que tenía una reacción así en su miembro, pero sí la primera que le ocurría pensando en Hermione.

Y no sería la última.

.

Sentada en el comedor, Hermione Granger transcribía en limpio por segunda ocasión los apuntes de la materia del profesor Snape. De pronto, alzó la vista ceñuda –¿que ves, Ron?

Ronald Weasley estaba sentado en muy mala postura y miraba embelesado en frente suyo –es el emparedado más hermoso que haya visto jamás –dijo con ojos soñadores – ¿No crees, Harry?

El aludido se sobresaltó, pues estaba más ocupado mirando como su amiga mordía su labio inferior aguantando la risa. –Ajá –contestó simplemente sentado al lado de Ron.

Esto se estaba convirtiendo en una tortura.

Desde que la había soñado hacía dos semanas, buscaba a propósito pero secretamente volver a tener esas visitas nocturnas, teniendo por único testigo a su ropa de cama. Y cada vez subían de intensidad.

Era un degenerado.

Y además como si no fuera suficiente deshonrar el lecho imaginario de su amiga, cuando la tenía cerca de él, perdía la concentración en todo lo demás, el perfume de la chica invadía sus fosas nasales y un cosquilleo de súbito molesto se extendía por todo su cuerpo; era una sensación entre desagradable y placentera, pero lo más asombroso era que la vergüenza que debía sentir no estaba, parecía haberse tomado unas largas vacaciones en Haití.

¿Es que se estaba volviendo un loco, demente e irracional?

–Harry –Hermione se dirigió a él. Cosa muy normal pero a ella se le ocurrió empujar lo que tenía en la mesa e inclinó medio cuerpo sobre la mesa para acercar su rostro al de Harry.

Acción inocente pero que al moreno se le antojó provocativa.

–Harry –repitió ella mirándolo preocupada –¿tienes fiebre? –extendió su brazo y tocó la frente de su amigo y su mejilla.

Podía sentir un rizo de su cabello rozar su rostro...

Esto fue más de lo que su humanidad podía soportar. –No. –Se levantó de golpe y tuvo que huir al baño antes que se dieran cuenta de lo que ocurrió en un santiamén bajo sus pantalones.

Hermione miró a Ron buscando una explicación, pero este pelirrojo solo se inclinó de hombros.

Ronald Weasley poco se imaginaba la batalla que su amigo libraba consigo mismo. Mientras tanto que él luchaba con algo completamente diferente: se esforzaba para conseguir un puntaje decente en sus materias que le permitiera conseguir una beca decente en la universidad donde iría con sus amigos, pero no estaba teniendo mucho éxito. El profesor Snape abusaba de su autoridad y seguro estaría feliz de reprobarle.

¡La vida era tan injusta!

Lo único que él quería ser era comentarista de deportes –¡La vida es tan injusta! –repitió lo pensado hacía un segundo.

Hermione volvió a sentarse y se cruzó de brazos –Te...

–No digas "te lo dije", Herms –gruñó dejando a un lado su emparedado. –Mejor con esa brillante mente que tienes, ayúdame a pensar como convencer a Snape que me deje un trabajo extra o no alcanzaré los puntos y se irán a Berkeley sin mí.

La castaña se removió en su asiento nerviosa. Aún no había hablado con sus amigos sobre su cambio de planes. No hallaba el momento correcto y ahora era mejor que nunca –Ron... yo... –el pelirrojo la miró con sus ojos azules tan afligidos, que decidió esperar un poco más. Después de todo, ¿qué tantito más era tantito más? –Algo se me ocurrirá para que el profesor cambie de idea...

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¡¿Que rayos estaba pasando?! ¡No entendía! Hermione era su amiga, ¡su mejor amiga! y casi su hermana.

"Casi pero no tu hermana" Dijo esa vocecita en su cabeza como la ahora sensual voz de Hermione.

Se sentía sucio, se sentía vil, y más cuando se desahogó en los baños pensando en ella, y una vez satisfecho su deseo, se sentó en el retrete derrotado con lágrimas en los ojos, impotente.

Con ganas de más porque un deseo satisfecho incrementa siete veces.

"Debía llevarla al baile de fin de curso."

"Pero no porque eran mejores amigos."

Dialogaba conflictuado como si fuera dos personas a la vez.

Fantástico.

Pronto se volvería loco y terminarían recluyéndolo en un hospital para enfermos mentales, y era lo menos que merecía por pensar así en su amiga.

Que suerte que Malfoy no anduviera por ahí porque en el supuesto de que verdaderamente estuviera enamorado de Hermione, como todo parecía indicar, y se enterase sobre los pensamientos que tenía en la cabeza con la chica; ya lo hubiera mandado a castrar.

Claro que Hermione bien valía la pena porque era bonita, divertida, muy inteligente, su madre la adoraba...

No, no, no, no. Que tontería.

Los mejores amigos nunca se enamoraban.

NUNCA.

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