CAPITULO II

A todos hizo creer que aceptaba la firme convicción de su sobrina, ella misma la había llevado a las puertas del Real Convento San Pablo, solo la Madre Grey sabia sus verdaderas intenciones. El acuerdo fue sencillo pero ventajoso para ambas partes, por un lado la matriarca Ardley mantendría al margen a Candy para que no frustrara el matrimonio de su sobrino Archivald y por ende el suyo, mientras tanto la religiosa obtendría una considerable aportación por el "favor" proporcionado, pero ahora que no existía ningún peligro de sabotaje, los planes seguirían el curso debido.

La respetable señora Ardley siempre conseguía lo que deseaba sin importar los métodos que usara y el hecho de tener que emplearlos con su propia sangre, no le afectaba en lo absoluto. Estaba dispuesta a cumplir con su palabra, con su deber, y no le importaría nada más.

El dolor que sentía desde aquella noche no había disminuido y mucho menos desaparecido, confinada en su celda desde entonces, rezaba devotamente pidiendo que algún día cesara su pena, nunca hubiera imaginado que ésta era solo el principio de un largo sufrimiento.

Pronto comprobó que su presentimiento no era errado, la visita de fue como las anteriores que aunque mal intencionadas jamás comparadas con esta… Cerro los ojos y alzo sus plegarias al cielo para que sus verdugos tuvieran piedad pero sobre todo para que su voluntad no fuera doblegada.

Una joven expectante veía con horror aquel castigo, sus rezos aunados a los de la rubia permitieron que la fe y la determinación desfallecieran, aun así pudo notar que esto no era un bálsamo de alivio sino un amargo pesar. El mismo Duque de Grandchester la eligió para ser la dama de compañía de su futura nuera, con ese importante cargo fue enviada a Escocia, nunca imagino que su primer tarea sería curar aquellas lacerantes heridas.

* Muchas… gracias. –Pronuncio con claridad para sorpresa de la pelirroja.

* No tiene nada que agradecerme, estoy aquí para servirle…Mi nombre es Dorothy y si usted me lo permite, seré su doncella.

* Mucho gusto Dorothy… lamento que tuvieras que presenciar esta escena. –Dijo realmente avergonzada.

* Yo soy la que lamenta no haberla podido ayudar. –El tono de su voz traspasaba la verdadera impotencia que había sentido. –Pero si me lo permite, creo que debe saber que el joven Terrence no es una mala persona, es un poco temperamental pero no es malo. –Declaraba con total honestidad.

* ¿Lo conoces? –Pregunto intrigada.

* Sí, he servido a la noble familia Grandchester desde que era niña.

* Entiendo… Dorothy ¿podrías hacerme un favor?

* El que usted desee.

* Jamás le cuentes esto a nadie, a nadie.

* Mi boca esta sellada señorita.

* Gracias, muchas gracias.

Los azotes habían desgarrado profundamente su espalda y el más mínimo movimiento le causaba un dolor inimaginable, el ungüento que le era aplicado más que un alivio era un terrible ardor pero le garantizaba una rápida cicatrización sin marca.

Con la suficiente energía para ponerse de pie se traslado a su hogar aunque este ya no lo consideraba como tal… Postrada en su cama por dos semanas, recapacito con resignación su destino y deseo sinceramente que este fuese lo más ameno posible o mejor de lo que ya era.

En los días subsecuentes un sequito de sirvientas inglesas llegó a la mansión para estar bajo sus órdenes, Candy no entendía el afán del Duque por complacerla pero no podía dejar de sentirse alagada por el despliegue de atenciones y obsequios, siendo el más sobresaliente la seda traída desde Turquía para la confección de su ajuar de novia.

* ¿Así que tu eres la escocesa que esta causando tanto revuelo? –Preguntaba un relamido joven.

* ¿Quién lo pregunta, el famoso pero típico modisto francés? O ¿La alta sociedad inglesa que esta a la espera del próximo gran enlace?

El atrevimiento y el obvio sarcasmo, causo un agradable efecto de simpatía por la rubia.

* Tu y yo seremos grandes aliados, me atrevo a decir que tal vez hasta amigos.

* Eso espero…

* Pier… típico nombre parisino, lo sé.

* Un placer, Pier.

* Y dígame qué tiene planeado.

* Creí que simplemente….

* ¿Lo haría y usted lo usaría? Moncherre yo no trabajo de esa manera, además la orden fue "has lo que ella desee"

* Sí… lo que la escocesa desee…

Ambos intercambiaron miradas de complicidad y comenzaron a diseñar algo que si daría de que hablar.

Embarcada hacia una nueva tierra, veía con melancolía el ya lejano horizonte de su patria. Una solitaria lágrima rodó por su pecoso rostro y se prometió que intentaría ser feliz a toda costa, aunque estaba segura que en su corazón ya no habitaría el amor…

El viaje fue tan corto como larga fue la espera para conocer a la reina, su conocimiento solo se había logrado bajo la obvia condición de que Candy diera juramento de lealtad a la corona y a la Iglesia Protestante.

Elizabeth Tudor era más que una mujer con poder ilimitado, su aura denotaba respeto y hasta cierto punto temor pero claramente esta era una de las tantas capas de su personalidad.

Instruida adecuadamente para esta ocasión, Candy demostró tranquilidad y cortesía en todo momento, sus modales eran propios de una futura Duquesa pero la soberana no pudo dejar de notar que pesé a la gran belleza de la escocesa, sus ojos denotaban una triste resignación. Tras la ceremonia y la protesta, se inicio una conversación que la rubia no esperaba.

* Me sorprende que este hoy frente a mi Lady Candice… Y no me refiero al "trueque" que mí querido primo se empeño en hacer.

* No entiendo majestad.

* Claro que entiende. –Dijo algo divertida. –Hace unos meses usted estaba enclaustrada en un convento y aunque se dijo que esto era solo un retiro espiritual, estoy segura que en verdad deseaba profesar. –El silencio afirmo el rumor que había escuchado. –Según sus leyes, si usted hubiera requerido apoyo por parte de la Iglesia Católica, ésta la habría respaldado ¿Acaso me equivoco?

* No, no se equivoca.

* Bien, entonces dígame ¿Qué le hizo cambiar de opinión?

* ¿Opinión? Su alteza no debe olvidar que mi condición de mujer me impide opinar… El que las opiniones de su majestad sean tomadas en cuenta incluso como ordenes o deseos, esto no implica que el resto de nuestro genero tenga el mismo privilegio.

La monarca no se inmuto ante lo que según la rubia, debía o no olvidar, su semblante más bien era reflexivo como si algún pasaje de su vida pasara por su mente.

* Sé que clase de tácticas pueden llegar a sobajar hasta el espíritu más inquebrantable, pero lo que realmente me corresponde cuestionar, como sobera y máxima autoridad de La Iglesia Protestante, es el drástico y rotundo cambio de ideales. Fe y lealtad, no puedo tomarlos a la ligera.

* Majestad, debe saber que mi lealtad y mi fe se mantienen intactas. –Dijo con aplomo. –Creo en Dios y en que el con toda su magnificencia a otorgado el poder y la sabiduría a hombres y mujeres para regirnos con justicia… Mi juramento ha sido honesto, alteza. –Sentencio determinantemente.

* Le creo. –Contesto tajantemente. –Eso esto Lady Candice White, puede retirarse.

* Gracias alteza.

* Espero que estés conciente de lo que has hecho.

* Claro que lo estoy. –Fanfarroneo.

* Es justo la mujer que tu hijo necesita pero no creo que sepa valorarla y dudo mucho que tu sepas el carácter que posee.

* Lo único que me interesa es…

* Sí, si, si, lo sé. Los hombres son tan predecibles que no les importa nada más que eso. El precio que tendrás que pagar será caro, esa joven dará de que hablar.

* No me importa.

Una de las ventajas en este lapso, fue el estar lejos de la tía abuela, la ultima vez que la vio fue cuando zarpó de Escocia y de eso ya había transcurrido un mes. Temía que de un momento a otro apareciera en la alcoba que le asignaron a su llegada y empezara la terrible platica de "los deberes de una mujer casada", para su fortuna esto no sucedido y la única visita que recibió fue la de su querido hermano.

* ¡Te ves hermosa pequeña! –Dijo sinceramente. –Dentro de una hora te estaré llevando al altar y seré el hombre más envidiado, al menos hasta que Terrence sea tu esposo.

* ¡Oh, Albert! Exageras, tu amor de hermano te ciega.

* No, claro no que exagero… Candy.

* Dime.

* ¿Estas segura que has tomado la decisión correcta? Si lo deseas podemos cancelar todo y mandar al demonio a estos tipos.

La honestidad del rubio lo enalteció en el corazón de su hermana, quien con un nudo en la garganta agradeció tal gesto y le convenció de su decisión. Tras una emotiva charla, Albert se retiro para darle un poco de privacidad, era obvio que la necesitaba.

Expectantes a la llegada de la novia, los invitados parloteaban en voz baja, hasta que la majestuosa puerta de la abadía se abrió de par en par, el silencio se hizo presente y la admiración se reflejo en cada rostro.

Una segunda piel ceñida hasta la cadera, metros de tela blanca suelta por delante aparentando una apacible cascada, mangas largas terminaban en fino brocado, escote decente pero tentadora espalda. Ningún corsé, ninguna atadura, un solo acompañante, un delgado cinturón trenzado en oro, zafiro y esmeralda, un enlace entre Inglaterra y Escocia, un nuevo tartán, una nueva historia.

Sería imposible para cualquier hombre con sangre en la venas, no sentir ese insaciable deseo de posesión por aquella dama. Cuando levantó el velo y vio sus hermosos ojos, se perdió en el tiempo, su acostumbrada semblanza no se altero pero sus sentidos estallaron al tacto con tan suave piel.

Nerviosa hasta la punta de la nariz, Candice White presto atención a cada palabra del sacerdote y siguió todas sus indicaciones. Miraba de reojo al apuesto hombre que esta a su lado sin poder contener su sonrojo y menos aun, una inaudible exhalación cuando percibió una leve caricia en el torso de su mano.

Al fin, frente a frente pronunciaron sus votos y estos realmente fueron pronunciados con total sinceridad, les resulto extraño pero honestos aunque no sabían el por que. Al colocar sus argollas no pudieron evitar verlas con rareza, el enlace estaba hecho y no había marcha atrás.

El trayecto hacia la recepción resulto más que incomodo, el castaño tenía un semblante serio y el ceño fruncido, su mirada estaba perdida en los múltiples paisajes y no daba indicio de querer entablar una conversación, Candy molesta y confusa por su actitud, siguió su ejemplo hasta que el carruaje se detuvo frente aun increíble castillo.

Entrando del brazo de su ahora esposo, pudo admirar el gran vestíbulo donde un sequito de sirvientes les dio la bienvenida.

* Mi Lord, mi Lady. Los esperan en el despacho principal.

* Gracias Eleonor. –Contesto secamente a la amable mujer.

Al parecer las sorpresas iban comenzando, en el lugar se encontraba un afamado pintor quien pronto empezó con su labor. Sitúo a la ojiverde de semi-perfil y coloco su mano derecha sobre el pecho de Terry, justo a la altura de su corazón, mientras que él rodeaba la seductora cadera con un solo brazo. Así permanecieron por un tiempo incalculable, agradeciendo que sus miradas tuvieran que estar fijas en el pintor.

Sin tener un momento para descansar se dirigieron al salón principal, donde fueron recibidos por ensordecedores aplausos y al tomar asiento en la mesa principal, dio inicio al exuberante banquete.

Aparentemente todo era dicha y felicidad para Candy, quien mantenía un apacible semblante pero este cambio en el momento en que su vista se posó en una joven pareja.

* ¿Doloroso? Sì ya lo creo que si. Es difícil saber que a pesar de todos los lujos nada puede comprar tu felicidad, aunque a veces eso quisiéramos. –Declaro mientras daba un sorbo a su copa de vino.

* No, no sè a que se refiere mi Lord. –Pronuncio serenamente.

* Vamos pecosa, después de la escena que presencie no tienes que hacerte la mojigata. Toda mi vida he estado rodeado de ellas y no quiero que mi compañera de por vida sea una de "ellas" –Dijo al señalar indiscretamente a Anne.

* ¡Mi Lord! Le agradecería que su comportamiento fuera más apropiado, tal vez similar a las de un caballero.

* Eso esta mucho mejor, mi Lady.

Divertido por aquellos centellantes ojos, Terry permaneció callado e intercambio solo algunos monosílabos con los invitados pero sin demostrar un verdadero interés. Caso contrario era el de el Duque, quien radiante de felicidad no se reprimió para expresarlo.

* Me alegra poder compartir con todos ustedes la dicha que me embarga al ver casado a mi heredero con tan sublime dama. Se que Terrence no podría haber encontrado otra mujer tan excepcional como lo es Candice, por ello he decidido darles como regalo su nuevo hogar, este castillo. –La expresión de jubilo enalteció al noble, quien noto la dura expresión de su hijo. –Espero que cumplas tu palabra. –Le susurro venenosamente.

* Yo también espero que cumplas con la tuya, padre.

* Por supuesto, pero por ahora disfruta de este momento. Demuestra la buena educación que te he dado e inicia el primer baile.

Extrañada por la escena que había visto pero sin poder comprenderla, Candy fue llevada al centro de la pista para bailar por primera vez como Lady Candice White Grandchester.

Era hermosa, muy hermosa, toda una tentación pero su corazón pertenecía a otra y no la traicionaría. Acataría las reglas establecidas para complacer a su padre pero definitivamente todo seria apariencia.

Estremecida por el contacto en su espalda aun adolorida, la rubia se aproximo impulsivamente a Terry haciendo que la distancia fuera casi nula.

* ¿Podría contener tus impulsos carnales para la media noche?

* ¿Cómo…? Yo no… Es un grosero.

* Y usted mi Lady, una ofrecida.

* Insufrible, es usted insufrible.

* Más de lo que cree.

El festejo prosiguió con normalidad y culmino frente al gran lago, con un espectáculo de fuegos pirotécnicos. Obviamente los últimos en despedirse fueron los familiares y allegados de la novia, quien a su pese a su esfuerzo no pudo disimular la tristeza que sentía al despedirse definitivamente de Archie.

La obscuridad era reserva de los enamorados y más aun de los amantes… En un rincón apartado de cualquier mirada indiscreta, se encontraba una pareja intercambiando votos de amor.

* Júralo Terrence ¡Júralo! –Suplicaba entre sollozos.

* Lo juro… jamás la hare mi mujer. –Consoló tiernamente.

* Te amo tanto que tengo miedo de perderte en sus brazos.

* Eso nunca sucederá por que no puedo amar a nadie más que a ti, Susana…