CAPITULO XIII

La vitalidad y la alegría habían vuelto a invadir su ser, los paseos por los viñedos, las comidas con los lugareños y los juegos en el arroyo, todo parecía normal y perfecto, pero no lo era. Se recriminaba por aquel sentimiento, pues pesé al afecto que desbordaba a su alrededor, añoraba la presencia de su esposo. Tres meses habían transcurrido y ni una carta había escrito, al menos no para ella, las pocas misivas eran claros instructivos de cómo llevar la administración en su ausencia, o al menos eso escucho de Tom.

Era una tarde lluviosa, así que tuvo que quedarse en el Castillo Kleiss, su querida prima parecía regocijarse por ello, ya que pocas veces la acompañaba a sus largas caminatas y convivían hasta llegar el anochecer. Ambas disfrutaban de un interesante juego de cartas, cuando el mensajero real fue anunciado. Las invitaciones fueron entregadas con tanta solemnidad que Candy tuvo que reprimir una pícara sonrisa.

* Por un momento creí que era la invitación a un velorio. –Dijo divertida al encontrarse a solas con la condesa.

* O al entierro. –Contesto de igual manera.

* ¿Cuándo partirás?

* La celebración es el siete de septiembre, y debemos estar una semana antes. –Reflexionó. –Así que dentro de cinco días, debemos partir.

* ¿Debemos?

* Son dos invitaciones, una para "Lord y Lady Grandchester" y otra más para la "Duquesa viuda de Kleiss"

* Pero Terry…

* Probablemente ya este camino a Londres, es un evento al cual no puede faltar… ni tu tampoco.

Las palabras de Karen hicieron eco en su mente… y en su corazón. La alegría que sintió, se desvaneció al instante, el destino de su matrimonio aún era incierto, ella misma había pasado noches envela pensando en ello y recreando el inevitable reencuentro.

Los días subsecuentes fueron un caos total, Candy nunca pensó que Karen fuese tan compleja para viajar, al menos una docena de baúles llevaría con ella y la había obligada a llevar la misma cantidad. Vestidos de gala y campestres, zapatilla de baile y botas de campo, sombreros, guantes, abanicos, y por supuesto una fina selección de joyas, todo minuciosamente supervisado por la joven Duquesa, quien no permitiría que algo saliera mal.

* ¿Enferma?

* Así es, Mary Jean dice que es un fuerte resfriado. No puedo asistir sin doncella. –Decía con fingida pena.

* Compartiremos a la mía. –Contesto inquebrantable.

* Pero… –No pudo replicar, la amenazante mirada de Karen se lo impidió. –Compartiremos a Meg. –Se resignó a decir.

La noche fue más larga de lo que normalmente lo era, o al menos así lo percibió, los pensamientos aglomeraban su mente, la sola idea de ver nuevamente esos intensos ojos azules, de convivir con él en tan perfecta apariencia, le provocaba un inmenso escalofrió. Al parecer Karen percibió esta batalla interna, y en todo el camino no paro de hablar y entretenerla con picaras pláticas.

* No puedo creerlo… –Decía incrédula y divertida.

* ¡Te lo juro! Abandono a su esposa por una enana de circo.

Candy no paraba de reír, adoraba la manera de relatar de su prima, no dudaba de la veracidad de sus pláticas pero creía que agregaba cierta exageración en ellas.

El viaje duro dos días, la ojiverde veía con asombro el majestuoso Castillo que se imponía ante ella, parecía que se habían esmerado en que luciera más hermoso de lo habitual. Una docena de sirvientes las recibió, pero fue Lady Howard quien les dio la bienvenida, con amabilidad les indico en que habitaciones se alojarían a lo largo de su estadía, ambas jóvenes sonrieron al ver que solo una pared las separaría, hecho que resultaría más factible para Meg.

* ¿Esos baúles…? –Pregunto al abrir las puertas de su alcoba.

* Son de su esposo, mi Lord llegó ayer por la noche y en estos momentos se encuentra cabalgado con algunos caballeros.

Un sudor frío recorrió su cuerpo, no es que no supiera que compartirían nuevamente habitación, pero el que en ese momento fuese un hecho, realmente le atemorizaba. Lady Howard se retiró, sin percibir la angustia de la rubia, quien pronto se dirigió a la habitación de su prima.

* ¿Deseas quedarte aquí?

* ¿Puedo?

* No… Candy, en verdad quisiera pero no puedes. Es la primera ocasión que se les verá en la corte como marido y mujer, si no comparten lecho te aseguro que todos lo sabrán y empeorará la situación, para ambos.

Sabía que tenía razón, así que sin mucho ánimo se arregló para la cena, le agrado saber que esta aun no era tan formal, incluso muchos de los presentes eran mujeres pues al parecer los caballeros había decidido pasar parte de la noche en la campiña, la misma Reyna no se encontraba en el gran comedor, lo que daba un aire más relajado.

Nerviosa y con miedo, no podía negarlo, se adentró bajo las sábanas de seda esperando la llegada de su marido, en vano fue la espera, él no se presentó, al menos no en esa habitación.

Sutiles pero constantes llamados a su puerta la despertaron, aún soñolienta abandonó su cama para encarar a quien había osado despertarla, grande fue su sorpresa al ver de quien se trataba.

*¡Terry! ¿Qué haces aquí?

*Descansar. –Respondió simplemente mientras entraba.

*Te has equivocado de...

*Solo por esta noche... Ya pensare en algo mañana.

*Eso espero. –Resoplo resignada.

Como todo un caballero tomo su lugar en el sillón, deseando poder descansar aunque fuese un poco.

La mañana era radiante, tal parecía que el sol también obedecía los designios de la Reyna, el evento dio inicio con un gran desayuno al aire libre, algo informal a lo que la ojiverde esperaba pero que agradecía, su glotonería se paseaba entre frutos frescos y deliciosos panqués. Absorta en deleitar su paladar poco noto las miradas de las que era objeto, si bien no era la más hermosa, su aura era vibrante, y el bello vestido color rosa pálido le daba un cierto aire de hada del bosque.

La trompeta se hizo sonar justo a mediodía, el torneo de justas daba inicio y tanto Candy como Karen se encontraban en las gradas ansiosas de ver la gallardía de los participantes, tan solo una hora transcurrió cuando se escuchó el apellido Grandchester.

Todo a su alrededor perdió interés alguno, sólo podía verlo a él, imponente como ningún otro... Tontamente odio aquella armadura que le impedía verlo después de tanto tiempo, pero el fuerte galope la saco de su transe y le recordó la importancia de dicha ornamenta. Para su tranquilidad, Terrence gano la justa de ese día.

Era como si estuviera evitándola, al terminar el torne creyó que le haría frente pero se equivocó, el único incomodo reencuentro que tuvo fue con el Duque de Grandchester quien no hizo comentario o acción que denotara enfado hacía su persona, lo cual realmente le afligió.

La noche llego y con ella un mar de sentimientos, se veía ante el espejo sin convencerle del todo su apariencia, el vestido de seda verde y encaje negro, el collar de esmeraldas y aretes a juego, todo era hermoso pero ella no se sentía de la misma manera, estaba nerviosa. Resignada, salió de la habitación y se dirigió a la antesala del gran salón para ser anunciada, para ser anunciada junto a su esposo.

Estaba frente a él, pero él no la miraba, su semblante denotaba un absoluto nada, y eso realmente le enfada, ella que había sido uno manojo de nervios por aquel reencuentro y para él no era más diferente a estar frente a la pared.

* Malditos ingleses. –Dijo mentalmente.

* ¡Lord y Lady Grandchester!

La puerta se abrió para dar paso a la joven pareja...

Su varonil palma se posó ligeramente sobre el torso de su mano, este sutil contacto le causó un inmenso calofrío pero a él no pareció inmutarle... Ambos tomaron sus lugares, escuchando cada presentación, al término, la Reyna dio un breve discurso pues como ella bien lo dijo, lo que más ansiaban en ese momento era probar los manjares que estaban ya dispuestos.

Deseaba que el platillo que tenía en frente no se terminara nunca, pues era su único escudo para evadirlo, afortunadamente sus preocupaciones se perdieron al entablar plática con el Duque de Alves, un hombre de honorable porte y extensa conversación, pero como todo banquete, este llego a su fin para dar inicio al baile. Por un breve momento se encontró en compañía de Karen, pero esta pronto fue llevada al centro del salón por un agradable caballero, no le importo quedarse completamente sola y ver como los demás disfrutaban de la música, aunque sinceramente deseaba bailar aunque fuese una sola pieza.

* Sería todo un honor, sin tan bella dama me permitiese bailar con ella.

Candy salió de su ensimismamiento al ver al gallardo y atractivo caballero, quien gentilmente extendía su mano. Cuando iba a declinar tan gentil oferta, alguien más lo hizo por ella.

*Lady Grandchester, agrade su invitación, Lord Wilmore, pero esta noche solo bailara conmigo. –Declaró mientras rodeaba la cintura de su esposa. –Debes tener cuidado en la corte. –Le susurro con advertencia.

La rubia estaba tan asombrada, que poco disfruto aquel baile y los pocos que siguieron.

Ya en su alcoba, y cubierta de pies a cabeza por las cobijas, espero con incertidumbre la llegada del castaño... Fue el crispar de las llamas lo que la despertó, y lo que delato la presencia Terry, quien cansado, se despojó de su calzado para tomar asiento frente a la chimenea y comenzar su lectura.

Los minutos parecían eternos, era un suplicio lo que estaba haciendo, desesperada por la situación e irritada por aquel comportamiento, decidió hacerle frente.

* No volveré a aquel comportamiento, mi Lord.

* ¿Disculpe? –Pregunto sorprendido.

* El tratarnos como dos completos extraños, como si nada hubiese ocurrido... –Dijo exaltada.

* ¿Acaso, esta recriminando mi comportamiento?

* ¡Sí! Ha estado evitándome...

*¿Y cuando la he buscado, mi Lady?

La fría pregunta, mermo su interior pues era completamente cierto, él jamás había buscado su compañía.

* Yo...

*La Reyna me ha prestado esto. –Declaró señalando un manuscrito y quitándole importancia a lo dicho. –Sabe de mi gusto por el teatro, y esta pieza me ha capturado.

* ¿Cuál es el título?

* Romeo y Julieta.

* ¿De qué trata? –Preguntaba intrigada.

*Hay que descubrirlo... – Y sin más empezó la lectura en voz alta.

Estaba tan exhausta que por un segundo dormito en plena cena, llevaba dos noches en vela disfrutando de aquella cautivadora obra, ciertamente esperaba ansiosa el momento en que Terry comenzaba la lectura, había descubierto que el castaño tenía el don de transmitir cada sentimiento de los personajes, estremeciéndola con ello. Esa noche, en especial, estaba deseando que toda la algarabía terminase para poder escuchar el desenlace.

Terrence la observaba en silencio, estaba sentada sobre la cama abrazando sus piernas, aun impactada por el final.

* Lo lamento... En verdad lo lamento. –Declaró con lágrimas. –Sé el sufrimiento que causa la separación del ser amado... Y lo lamento profundamente, mi Lord.

* ¡Basta! –Demando.

* En este tiempo tuve la oportunidad de meditar lo ocurrido aquella noche, toda esa rabia que descargo contra mí, fue fruto de esa separación. ¿No es así?

* He dicho basta. –Dijo en forma amenazadora.

* Su reacción solo confirma mi suposición, mi Lord.

* ¡Dije basta! –Grito a tiempo que la sujetaba de los hombros. –Basta de tu comprensión y basta de decirme "mi Lord" –Declaró apenado. –Me haces más difícil esta situación...

* ¿Yo hago tal cosa? –Pregunto ofendida y poniéndose de pie para alejarse de él.

* Sí... ¿Acaso no ves lo difícil que me es estar a tu lado?

* Disculpe mi Lord, pero no es por gracia mía.

* Lo sé... Sé que ahora más que nunca repudias mi presencia... Y desearía ofrecerte una disculpa pero no puedo... No puedo, porque no tengo cara para ello... Porque lo que hice no se borra con una disculpa... Y porque sé que no me perdonarías.

* Tiene razón, y aun así lo debió intentar. –Declaró. –Creo que mi Lord ha confundido mis palabras, pues aunque lamento de corazón su separación, no justifico lo que me hizo.

Nunca creyó que Candy fuese capaz de decir tan frías palabras, aquella mujer siempre generosa, le decía sin reparo que su ofensa no sería perdonada y mucho menos olvidada. Con ese mismo temple le daba la espalda para adentrarse a la cama, dejándolo completamente atónito.

El último día de festejo llego más rápido de lo que pensó, sinceramente había disfrutado de los juegos y eventos, todo el castillo estaba preparado para la gran cena de cierre, todos menos la rubia escocesa. Meg había tenido que acudir al auxilio de Karen, quien en un arrebato desgarro su precioso vestido, ahora Candy estaba a medio vestir pues pesé a sus esfuerzos no lograba colocarse el corsé.

Harto de todos, Terry decidió retirarse a su habitación hasta que llegara la hora de cenar, grande y divertida fue su sorpresa al encontrar a la ojiverde batallando con su arreglo.

* Sería la sensación de la fiesta si acudiera así.

* ¡Mi Lord! –Alarmada, tomo su bata para cubrir su pecho.

* No te haré nada… a solo que lo desees. –Pronunció juguetonamente.

* ¡Terry! –Recrimino.

* No te enfades pecosa… ¿Dónde está Meg?

* Tratando de arreglar el vestido de Karen.

* Entiendo… Da vuelta.

* ¿Disculpa?

* Que des vuelta, te ayudaré con el corsé.

* Yo… no… no es necesario. Esperare a Meg. –Decía apenada.

* Deja las necedades… Te juro que no haré nada.

* No… no es por eso… ¿Promete no mirar?

* Da vuelta.

Con gran pudor obedeció, arrojo la bata y sujeto su larga cabellera para facilitarle la tarea, el castaño se aproximó para hacer lo correspondiente, estaba entretenido entrelazando las cintas cuando sus ojos se posaron en aquellas cicatrices… Eso era lo que realmente había apenado a Candy.

Al finalizar, se quedó inmóvil hasta tomar valor para besar con delicadeza la espalda de la rubia y después abrazarla.

* Terry…

* Lo lamento.

Candy sabía que no se disculpaba por sus errores, si no por aquellas heridas que le habían provocado. Tan repentino como fugaz fue aquel acto, en un instante se encontró nuevamente sola, con un mar de sentimientos.

La noche fue esplendida, completamente majestuosa, Candy lucio hermosa en un vestido de seda roja, y por alguna razón sonrió en todo momento. Por su parte, Terry bailó tanto con ella como con su prima, ninguno hizo mayor mención de lo ocurrido en la habitación, tal pareciera que nada, absolutamente nada, hubiese pasado. Cuanto le gustaría a ambos que eso fuera verdad.

* Tal vez haya esperanza para tus maquiavélicos planes. –Comentó al ver a la joven pareja bailar.

* No hay nada de maquiavélico, en el desear nietos.

* Eres tan necio, Richard.

* Perseverante, Elizabeth.

Transcurrido dos días de camino, el destino final había llegado, el Castillo Grandchester les daba la bienvenida.

* Es un gusto volver a verlos. –Decía radiante. –La cena estará lista en una hora.

* Gracias Eleonor.

Candice no pronunció palabra, estaba demasiado nerviosa por volver a ese lugar, contradictorios pensamientos cruzaban por su mente, por un lado conviviría nuevamente con Eleonor y con Beth, y aunque no lo admitiría abiertamente había extrañado su hogar. Por otra parte, el hecho de regresar, y con Terry a su lado, significaba interactuar con él en la misma habitación, en Londres lo habían hecho esporádicamente, pero ahora sería como antes o incluso más estrecho, todo era incierto.

No podía girar el picaporte, el solo hecho de entrar a ese cuarto después de lo que paso, le era difícil, como si aquella noche amenazará con repetirse.

* ¿No vas a entrar?

* ¡Oh! Sí… es solo que…

Sin esperar a que terminara la oración, el ojiazul abrió la recamara, Candy no tuvo opción más que entrar. Grata fue su sorpresa al encontrar todo diferente, los muebles, las cortinas, los cuadros y floreros.

* He salvado a un polisón en Herefordshire.

* ¿Un polisón?

* Cuando lo vi supuse que solo Lady Pecas podría domesticarlo.

Candy poso la vista en la cama, un pequeño animal dormía plácidamente en ella, se acercó con cautela para poder observarlo.

* ¿Qué es?

* No estoy seguro, se escondió en uno de los baúles, al parecer huyo de convertirse en estola…

* Es tan tierno.

* Lo dices por que no te ha mordido.

* Clean solo se defendía, estoy segura.

* ¿Clean?

* Sí, tiene cara de Clean.

* Eres tan peculiar… –Comentó. –Te veré en la cena.

* De acuerdo.

* Y Candy, no tienes de que preocuparte… No volveré a esta habitación.

Candy lo vio salir, sabia que cumpliría su palabra y sabia de algún modo que las cosas cambiarían, él había cambiado, pero ella también.

Holis a todos los lectoris jajajaja:

He actualizado en tiempo récord, la verdad es que ya tenía en mente este capítulo y espero que les haya gustado. Agradezco enormemente que sigan este fic, sus comentarios, sus correos y ante todo su tiempo para leerlo.

Muchas me han pedido que haga sufrir a Terry, me agrada de cierta manera que lo detesten un poco ya que como seudo escritora, es grato hacerles sentir esto por un personaje que les gusta (lo sé soy mala). He de aclarar que soy Terry fan, pero siempre he creído que este lindo inglés es sumamente complejo, es un gañan y algo patan, recuerden la escena del beso, y también recuerden cuando Anthony hizo lo propio en capítulos pasados.

Por otro lado tampoco me agradaría poner a una Candy sumisa, pero lo cierto es que este personaje es sumamente noble (algo que me cuesta entender)

Pues sin más me despido, esperando que dejen sus comentarios (soy adicta a ellos jajaja) y adelantando que por fin viene el romance...

Especial gracias a mi spa... Sin ti spa, este fic ni siquiera se subiría una vez al año jajajaja Tkh