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Fecha de edición: 10/09/2019

Gracias especiales a las chicas de Traducciones vergas por la ayuda y el apoyo!


Capítulo 1.

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"Un alma grande está por encima de la injuria, de la injusticia y del dolor"

—Jean de la Bruyere

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Cuatro semanas.

Había estado cuatro asquerosas semanas metida en ese calabozo, el suelo rocoso con algo de moho, gracias a las goteras. Su pierna herida ahora cubierta por un vendaje de color blanco, cambiado cada día como una ceremonia y los analgésicos, eran más que las comidas. Al parecer, les servía más viva que muerta.

Aunque a decir verdad, sentía que ya estaba perdiendo la razón: contar las gotas de agua en vez de estar pensando en cómo escapar de aquel lugar, se rió sin mucha fuerza.

Sus ropas ahora estaban rasgadas y mugrientas por los tratos recibidos, sonrió al recordar cómo la habían torturado para que hablara de sus planes y lo único que obtuvieron fue: "Antes muerta, imbécil", mientras le escupía en la cara; ganándose un golpe que la había dejado inconsciente por dos horas.

Recostada sobre el suelo, mirando por la pequeña ventanilla que dejaba pasar algunos rayos del sol brillante, oía las canciones de guerra mal entonadas de los reclutas que llenaban su celda y el sonido lejano de un arma abriendo fuego. Aún lo recordaba, su primer día consiente en aquella prisión temporal, despertó después de que los gritos la sacaran de las tinieblas que nublaban su mente.

Fue un día oscuro, al igual que lo ocurrido.

La voz desgarrada y los ruegos que fueron silenciados con un simple disparo, tan rápido y frío, como la vida misma en aquellas circunstancias. Descubrió su propia localización sin necesidad de buscar más información: los leves murmuros entre los guardias de su celda y las órdenes que iban a diestra y siniestra en el exterior, era todo lo que necesitaba para confirmar las sospechas, después de años de investigación y seguimiento de la resistencia, de las vidas perdidas y de escapar igual que un perro.

Ahora veía con sus propios ojos lo que los relatos contaban.

Se encontraba en la base principal: el centro de operación más grandes que estaba en su poder, un lugar para entrenar soldados inexpertos y el hogar de los altos mandos que gobernaban y decidían todo el horror que vivía la gente fuera de esas paredes.

Aún se preguntaba una y otra vez, ¿cómo es que aquellos niños y sus familias podían apoyar algo así? Su libertad, ahora era una simple fantasía y la felicidad, fue borrada el mismo día que todos se volvieron prisioneros de su propio hogar; lo único que quedaba, era sobrevivir, mirando con miedo el mundo y callando lo que realmente deseaban por temor a nunca contemplar la luz de otro amanecer, después de unas palabras inocentes.

Después de tantos años, sentía que más allá de lo que la gente veía y pensaba, eran gobernados por el simple miedo de las cosas que podían suceder y la ignorancia sembrada a través de todo lo que escuchaban, orquestado por un muy poderoso e inteligente gobierno.

Seguramente muchos de esos chicos llegaban ahí, pensando que era lo mejor, lo correcto; sin embargo, estaban lejos de saber toda la realidad de lo que hacían y cómo lo hacían para lograr sus propósitos. La vida se reducía a un valor nulo y la muerte era su compañera constante y silenciosa a cada paso que daban.

¿Cuántos momentos felices nunca sucederían? Y ¿cuántos otros se olvidarían con el pasar de los años?

Cerró los ojos tratando de reconstruir en su mente los momentos felices, tan difusos y escasos, que ya no podía ni recordarlos en ocasiones, esa infancia alejada de sus padres, los cuales raramente se presentaban en algún evento del preescolar y el colegio por estar en despliegues. Tiempo atrás, había creído al igual que esos pobres adolescentes, era un honor ser militar: servir a tu país y morir como un héroe, para que otros pudieran vivir tranquilos; pero era una ocupación de sacrificio y muertes. Aunque en los últimos años, sus ideas realmente se habían alejado de eso, ahora lo único que pensaba al escuchar la palabra "militar" era injusticia y opresión.

Abrió de golpe sus ojos, mientras se tensaba, escuchando el sonido de unas llaves al otro lado de aquella puerta metálica, junto al susurro de voces con insultos dirigidos a ella, sabía que alguien iba a entrar a esa pequeña celda para sacarla y torturarla de nuevo.

No obtendrían nada, sin importar qué, preferiría morir antes de abrir la boca.

—Muévete perra, al fin te darán tu merecido —murmuró felizmente uno de los guardias quién entró sin mucha ceremonia a su celda, dando unos cuantos pasos más, estiró su brazo y la tomó del suyo, con fuerza. La arrastró por todo el camino, podía sentir el dolor punzante en su pierna herida y como la sangre comenzaba a detenerse en su extremidad superior por la presión ejercida.

El camino era nuevo, nada fuera de lo común. Cuando su herida mejoró considerablemente, su traslado a diferentes salas de tortura y entrevista con miembros superiores encargados de su interrogatorio, comenzaron a aparecer con una mayor frecuencia. Los días de terror en su celda, se habían intercambiado por sesiones mucho más largas y agotadoras.

Lo único que permaneció como una constante, era su objetivo.

Cerró los ojos, pese a los gritos y el dolor. Morir no era tan malo, no después de ir al infierno y ser merecedora de una larga estadía gratuita.

—¡Muévete perra!—Cayó al suelo de forma abrupta después de un empujón, estaba llegando a su límite: alimentarse solo con agua y un pan mohoso no era algo que precisamente diera muchas energías y más aún, si habías sido herido y después torturado. Además de los tantos medicamentos que le habían suministrado.

Escuchó sus burlas y los insultos. Una patada en su estómago la dejó sin aire; empero, no era algo realmente nuevo. Fue levantada contra su voluntad por dos guardias y obligada a caminar con más prisa.

—Ojalá te pudras en el infierno imbécil —respondió con odio, ganándose otra bofetada, dejando un dolor agudo en su mejilla, además de unos cuantos insultos más.

Habían sido unos días realmente terribles, su infierno personal en la tierra. El rostro se comenzaba a hinchar por los diversos golpes recibidos y sabía, no serían los últimos del día; sin embargo, era algo que la tenía sin cuidado.

Unos pasos más y se detuvieron frente a una enorme puerta de hierro algo oxidada custodiada por tres hombres, quienes parecían listos para atacarla en cualquier momento al mínimo intento de escape.

El chillido producido por la puerta, le lastimaron los oídos. Fue empujada sin discreción tropezando con sus pies y dio unos pasos más, antes de ser lanzada con fuerza a la silla de madera en medio de toda la habitación, luchó con ganas, al sentir que era reducida por sus escoltas y uno de los guardias en la entrada, ataron sus extremidades con una cuerda que lastimaba su piel, gracias al material árido del que estaba hecha.

Analizó el pequeño lugar: una mesa vieja de madera, un bombillo y la luz del sol que se filtraba por la ventanilla a un costado.

—Hoy hablarás, zorra. Debe ser un honor para ti que manden a nuestro Mayor ha sacarte información, en verdad has sido difícil…es una pena, hubiéramos pasado grandes momentos, tienes lo tuyo debajo de esos harapos. —Acercó su mano lentamente intentando tocarle, mientras se removía bruscamente y así evitarlo "¡maldición!" Pensó. Sus dedos rozaron con lentitud su mejilla antes de llegar a sus labios y delinearlos.

Lo mordió. Escuchó su grito de dolor y sintió de nuevo otra bofetada, mientras el guardia miraba su mano herida: los dientes estaban incrustados en su piel, dejando un poco de sangre manchando el lienzo blanco que era. Su único ojo azul visible, cubierto por un gran mechón de cabello rubio, la observó fijamente con rabia; su boca, formaba una línea recta y todo su cuerpo, parecía listo para atacarla.

—Aleja tus asquerosas manos de mí, imbécil.—Le escupió en la cara, pese a encontrarse en una situación precaria.

—Perra asquerosa, ¿quién te crees que eres? ¡Ustedes dos, largó! —Ordenó aún con sus ojos en ella, observó como una sonrisa cruel se comenzaba a formar en su boca—. Cierren la puerta y avísame cuando alguien llegue.

—Él ya viene, Deidara. Es mejor que la dejes, si no quieres tener problemas —advirtió su compañero de cabellos rojos, intercalando una mirada entre la puerta y volviendo a ella.

—Ese bastardo es igual de arrogante a su hermano, nos hará esperar aquí por horas antes de venir. Lárgate ya, Sasori— dijo con desprecio, con sus ojos sobre su compañero.

Formó dos puños con sus manos escuchando el discurso sin sentido de Sasori, ¿qué si venía antes ese bastardo? No era nadie. Sus habilidades eran tan escasas y mal desarrolladas, que sería dado de bajo en un primer combate real; sus enemigos, seguramente ni siquiera le darían la relevancia para pensar una estrategia que lo sacara del camino. Todo lo que tenía y quién era, era gracias a su apellido, igual que el inútil de su hermano.

Nunca conocerán el sacrificio real de las cosas, ¿qué era matarse entrenando bajo la lluvia para obtener un mísero puesto?, ¿qué era que nadie te respetara?

—Lárgate, Sasori. No tengo tiempo para ti— susurró, dando la espalda y caminó a su próxima victima.

—Ya te lo dije, Deidara. No quiero problemas y él llegará pronto, no harás nada.—Amenazó estaba vez más serio, su mano derecha cayó en el hombro de su compañero y apretó como una advertencia.

—No eres quién para ordenarme, he dicho que te largues. Y quítame tus manos de encima, ¿acaso quieres tu turno con ella? Bien; pero primero iré yo.

—Eres un bastardo arrogante — dijo con enojo, tomando su brazo y tiró de él para así quedar frente a frente.—Sácate la mierda de la cabeza, ¿crees que ella es una simple traidora más? Piensa idiota, han pasado cuatro semanas, y ella sigue aquí...—La señaló, negando con la cabeza—, los únicos golpes que tiene, son por torturas que se terminan a penas ella se desmaya, ¿realmente crees que es alguien que puedes follar y dejar como si nada, y que ellos no se enterarán? Vamos, ¡ahora!

Lo arrastró del brazo derecho en dirección a la salida; no obstante, el rubio se soltó sin mucha dificultada antes de empujar a su compañero.

—Te lo advertí, no me toques—respondió.

—Si no quieres entender, te sacaré aquí a golpes, imbécil. Ya quiero escuchar que dirá Uchiha respecto a ésto.—Terminó, lanzando el primer ataque, su contrincante lo esquivó fácil, no sin antes dar un puñetazo al costado contrario junto a una patada a sus partes bajas.

El hombre de cabellos rojos gimió de dolor, tomando sus partes intimas.

—Bastardo— insultó en el suelo.

—Recuerda algo, Sasori, siempre obtengo lo que quiero. Siempre. No importa que deba hacer para lograrlo.—Pateó dos veces más a su compañero, y tomó el cuello de su chaqueta arrastrándolo fuera de la celda. A continuación, cerró la puerta y se acercó sin prisa hasta ella, abrió su blusa de un tirón dejando al aire sus pechos con el sujetador negro.

—¡Quítate idiota! Comenzaré a gritar y van a entrar a ver que sucede y tú habrás deseado estar muerto. —El miedo se apoderó de su cuerpo junto a la rabia, cuando se dio cuenta que sus palabras no habían dado resultado.

Todo razonamiento lógico había huido, comenzó a gritar, esperando a que alguien atravesara esa puerta y la salvara. Unos deseos estúpidos porque en su interior, sabía que nada de eso iba a pasar, moriría ahí, violada.

—Grita todo lo que quieras, a la final, eres una prisionera y nadie vendrá, esa es la realidad. Así que haz lo que desees, siempre saldré ganando yo. —Rió cínicamente, apretando uno de sus pechos, la respiración pesada sobre su cuello y su asquerosa y húmeda lengua recorriendo su piel.

Cerró sus ojos, luchando contra las lágrimas de rabia. El dolor y la impotencia por no poder luchar.

Había pasado un largo tiempo desde eso, salió con chicos: doctores, enfermeros y hasta pacientes demasiado intensos para su gusto; pero pocos habían ido más allá de las primeras citas. Era difícil ser alguien que no era, ser llamada por otro nombre y no poder contar del todo tu vida.

Por otro lado estaban las mentiras que había dicho, las identidades que había creado para diferentes misiones que los llevaban cada vez más cerca de su meta, los besos que repartió en esos años, fueron más por sus tareas que por deseo propio. Sus citas no habían sido merecedoras de ellos y la única persona que realmente valió la pena en su momento, era un simple recuerdo de la vida que se desvanecía poco a poco en su memoria.

En aquellos momentos de debilidad, donde permitía que el recuerdo la alcanzara, solo podía ver su escasa sonrisa en un hermoso atardecer de otoño. En aquel segundo, donde su vida no era un caos total y nunca creyó que su día a día se transformaría en un vivir o morir.

Secretos y mentiras. Su vida giraba en torno a estas dos cosas.

—Te voy a desatar de esta silla; pero eso si, donde hagas cualquier cosa para escapar habrás deseado nunca hacerlo—murmuró por lo bajo con la respiración entrecortada, su ojo visible estaba marcado por la lujuria en sus pupilas.

—Prefiero morir a que sigas tocándome, de seguro la tienes pequeña. La mayoría de ustedes debe tenerla, ¿así se sienten hombres? Nadie quiere tus asquerosas manos sobre ella, por eso sometes a una mujer, la golpeas y después la violas.

—¿Pequeña? —Rió, tocando el borde de sus pantalones—.Tu boca verá qué tan pequeña la tengo zorra y no te atrevas a morderme si no quieres que te meta una vara oxidada.

No le iba a dar la satisfacción, lo miró fijamente, tratando de trasmitir toda su repulsión. Y selló sus labios, si quería violarla, tendría un largo camino por delante. Lo mordería y dejaría sin descendencia si era lo que faltaba.

Era tan injusto. Según sus leyes: la violación era castigaba con castración artificial; sin embargo, aún no había escuchado la primera sentencia.

El recuerdo de diversas pacientes que tuvo victimas de ello, llenó su mente.

Aún podía pensar en sus miradas lejanas y temerosas al ver cualquier hombre. Aquello le habían roto el corazón, sus ropas totalmente desgarradas, con sangre y en ocasiones, manchadas de semen; las lágrimas silenciosas y la tristeza tan profunda que albergaban en sus almas. Lo supo desde la primera chica: después de limpiarla y analizarla, había llamado a la enfermera para que contactara a un oficial y hacer la denuncia adecuada. Cuando le informó, la pobre rogó que no lo hiciera, le dijo que era peligroso, preguntó el por qué...ella huyó de su mirada y comprendió.

Los mismos oficiales, rompían la ley. Su paciente huyó después de eso, y ella se mordió la lengua para no preguntar nunca más.

Las demás chicas que vinieron después de esa, eran iguales. Los embarazos no deseados desfilaron sin descanso, algunas tuvieron a sus bebés con sus ojos llenos de tristeza...el recordatorio de la terrible verdad y otras más, con sus ruegos silenciosos buscaban la ayuda y el consuelo en sus palabras, había recetado analgésicos y muchos anticonceptivos.

La puerta se abrió con fuerza y el sonido de esta, hizo eco en toda la habitación; no obstante, su atacante parecía más enojado por verse interrumpido que preocupado por saber quién entraba en la estancia.

—¡Te dije que te quedaras fuera Sasori, y entraras cuando vieras al bastardo cerca! — gritó con enojo, sin siquiera voltear. La tomó por la cola de caballo mal hecha, y tiró de ella.—Abre la boca.

—Sabes Deidara.— Interrumpió una gruesa voz con calma desde la puerta, provocando que el rubio se tensara. La soltó de golpe, acomodando sus pantalones, antes de girar su cuerpo y encarar al recién llegado.

—Mayor Uchiha.— Arrastró las palabras con odio, mirando fijamente a la sombra parada en la puerta—Es raro verlo tan pronto, creí que…

—Creó que conoces las leyes, ¿verdad? Castración artificial por violación.—Negó con la cabeza, y se acercó hacia la luz. Sakura ahogó un gemido al verlo, y fijó sus orbes negros en ella—.Debe ser doloroso...Con lo mucho que alardeas, no sabía que violaras zorras, creí que ellas venían a ti pidiendo más. —La miró y volvió sus ojos al rubio, la dureza en ellos, solo complementaba con su tono de voz— Además, sabes que nadie toca lo que es mío ¿o me equivoco, Mayor Haruno Sakura?


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