Capítulo 11.

Madre y Muerte.

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Otra vez aquella cueva. Aquella oscuridad gélida que calaba los huesos.

Pero esta vez Ginny no era una observadora, sino que se encontraba ahí, de pie frente aquel descomunal cofre, con aquella túnica blanca que parecía hacer que su piel brillara.

Con dedos temblorosos, posó su mano sobre el cofre. Se sorprendió al comprobar que el macizo material con el que estaba hecho era cálido al tacto. Apartó la mano, con la extraña sensación de que acababa de tocar a un ser vivo que dormía.

¿Estaba soñando?... Todo parecía demasiado real.

A lo largo de su vida había tenido decenas de sueños muy vívidos que más tarde se volvían realidad. Por un tiempo había creído que contaba con el don de la clarividencia, pero después de un par de clases de adivinación con la profesora Trelawney, había llegado a la conclusión de que su tercer ojo ni siquiera existía. Pero a pesar de eso no había dejado de soñar con las muertes de sus hermanos mucho antes de que éstas ocurrieran, o había visto personas mucho antes de conocerlas en el mundo real.

Pero esta vez supo que estaba soñando cuando alzó la mirada y se encontró con alguien a la que pensó que nunca volvería a ver.

Su madre, tal como la recordaba, con su vestido de flores, su delantal color pastel y su sonrisa dulce, aunque en esa ocasión parecía un poco triste.

—Mamá...—la dicha la invadió y quiso abalanzarse a sus brazos protectores, pero sus pies estaban pegados al suelo de roca. Desde su muerte no había vuelto a verla en sus sueños.

—Mi ángel—le sonrió aunque esta no llegó a sus ojos chocolate, tan parecidos a los suyos.—Siento haber tenido que marcharme, mi niña, tus hermanos y tu se merecían mucho más.

—Mamá—no podía decir más. La había echado tanto de menos.—Tu no tuviste la culpa, mamá

—Si la tuve, cielo. Debí escuchar a tu abuelo, debí ser más lista. Fallamos. Te fallamos.— Parecía enojada consigo misma, aunque Ginny no entendía porque. Ella había sido una madre amorosa, que había cuidado de sus siete hijos sin preocuparse por ella ni una vez.

—Ustedes no me fallaron, no había manera de que supieran lo que iba a ocurrir.—La defendió, intentando acercarse pero parecía incapaz de dar un paso. Al mirar hacia abajo, se encontró con dos grilletes alrededor de sus tobillos, que la ataban con gruesas cadenas al suelo de piedra. Aterrada intentó liberarse, pero todo esfuerzo era inútil. Al volver la mirada hacia su madre, está negaba con la cabeza.

—Cloto nos lo advirtió. Dijo que no podías evitar tu destino... Que si lo hacíamos sería todo mil veces peor.

Ginny no entendía nada. No conocía a nadie con ese nombre. ¿Su destino? Su madre no creía en esas cosas, o al menos eso era lo que siempre les decía.

Quiso hacerle preguntas, pero su atención volvió a los grilletes, que al notar su existencia se habían vuelto más pesados y el metal comenzaba a adquirir una temperatura cada vez más elevada.

—Mamá...— la llamó asustada mientras la piel de sus tobillos comenzaba a enrojecer.

—Nosotros te encadenamos. Te encerramos creyendo que era el mejor camino. Pero me temo que nos equivocamos. Mi niña, te volvimos vulnerable en lugar de ayudarte a ser más fuerte.

—¡Mamá! —cayó al suelo, con los tobillos en carne viva.

—Ginny, necesito que me escuches— Molly Weasley parecía imperturbable ante su dolor, y la chica se preguntó si era de verdad su madre. La mujer apareció a su lado, de rodillas. Estaba muy seria.— ¡Escúchame! ¡Esto no es real!—señaló los grilletes— Pero de verdad necesito que recuerdes lo que voy a decirte, tengo poco tiempo y esto es muy importante. —La miró con intensidad aunque parecía muerta de miedo— Luna y Nick creen que hacen lo correcto, pero se equivocan. Tu ignorancia no te protege, es lo que no quise comprender cuando estuve viva. Nunca podrás permanecer al margen de las guerras de los dioses.

—Mamá ayúdame...

—Libérate Ginny, usa toda tu fuerza— la tomó del rostro para que la viera directamente a los ojos, y Ginny quiso gritar, su tacto era helado.— Los dioses creen que Harry acabará con esto, pero se equivocan. Eres tú, siempre lo has sido. Solo tú podrás acabar con Calixto...

—No te entiendo...

—Debes despertar Ginny. ¡Despierta! —El dolor se volvió insoportable.— Y dile a Ron que sea valiente y que rompa el candado, es la única manera.

Enredada como estaba en las sábanas de su cama, no fue difícil para Ginny acabar cayéndose de de esta al despertar agitada y confundida. Adolorida acarició el mullido material con el que estaba hecha la alfombra de su habitación, agradeciendo que apaciguara su caída, y evitará hacer un escándalo que volviera a despertar a todos en la casa. No quería ver la preocupación en los rostros de Luna y Nick, ya había tenido suficiente con lo de la última vez.

Con movimientos bruscos logró sentarse en el suelo. La poca luz que entraba por la ventana desde un farol lejano, le permitió ver sus tobillos que parecían brillar de una forma fantasmal con la luz amarillenta. Los frotó con sus manos esperando sentir algún dolor, pero no fue así. Frunciendo el ceño intentó recordar. Había soñado que se lastimaba... no, no. Le habían lastimado los tobillos, eso lo recordaba, aunque no sabía cómo. La piel blanca que la caracterizaba no tenía ninguna mancha, aunque ella podía recordar el dolor de una forma muy vivida.

Había vuelto a soñar con aquel extraño lugar y con el inmenso cofre de piedra que parecía murmurarle cosas. Pero en aquella ocasión había ocurrido algo importante. Se exprimió el cerebro intentando recordar qué había ocurrido en su sueño para que este fuera diferente, pero comenzaba a sentirse enferma. Solo una frase le hacía zumbar los oídos.

"...dile a Ron que sea valiente y que rompa el candado, es la única manera."

No podía recordar quién se lo había dicho ni qué diablos significaba, pero no paraba de darle vueltas en la mente. Parecía un mensaje, uno de vida o muerte. ¿Pero qué candado se suponía que tenía que romper su hermano? Aquello no tenía sentido.

Más cansada de lo que había estado al momento de irse a dormir, volvió a subirse a su cama. Y mientras se tapaba hasta la cabeza para recuperar el calor perdido por estar tirada en el piso, comenzó a sentir un leve hormigueo en los tobillos, como el recuerdo lejano de una antigua herida.

A la mañana siguiente, cuando se levantó, no recordaba ni haber tenido una pesadilla.

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Nick apareció en la cocina muy entrada la noche, Luna y Ginny ya estaban profundamente dormidas, pero los tres huéspedes de las chicas habían hecho una clandestina reunión entorno a la mesa de la cocina. Astoria había servido té y pastelillos mientras el guerrero les contaba algo que por lo visto era muy jugoso, ya que se detuvo al verlo flotando sobre el fregadero.

—Vale ¿Qué pasa?—el fantasmagórico niño de doce años se cruzó de brazos, mirando a los tres con una forma acusadora.

La boca de Harry se convirtió en una fina línea mientras parecía buscar una excusa lo suficientemente convincente. Pero Astoria, risueña y despreocupada como era lo habitual en ella en esos días, contestó para frustración de sus dos compañeros de armas.

—Harry nos contaba que un demonio fue a verlo esta tarde mientras estaba con Ginny.

Con un resoplido, Harry se preguntó dos cosas en ese momento. ¿Astoria podía ser más bocona? Y ¿los fantasmas podían palidecer? Porque lo cierto era que Nick parecía haber aclarado unos cuantos tonos.

—¡¿Qué?!

—Baja la voz, Nick—le advirtió Harry con tranquilidad—Si, un demonio se aproximó a nosotros mientras estábamos en la cafetería de Lucy. Pero no hay de qué preocuparse, solo fue a entregarme un mensaje. Era el mismo que dejamos vivo la otra noche.

Nick parecía aliviado, pero no lo suficiente.

—¿Un mensaje? ¿Qué tipo de mensaje?

Harry dudó un momento, y eso no le gustó nada al fantasma.

—Nada de importancia—le respondió evasivo y sin mirarlo.

—¿Nada importante?—Nick se acercó de forma amenazante, lo cual era bastante ridículo, ya que no era más que un enclenque enano transparente e intangible, enfrentándose a un soldado fuerte y bien entrenado que le sacaba unas cuantas cabezas de altura.— ¿Crees que morí ayer? Calixto te manda un mensaje ¿no es así? Dudo mucho que se tomara la molestia si fuera algo "sin importancia".

Harry se crispó. No le gustaba nada el tono que estaba usando, como si insinuara que él era un traidor. Aún tenía muy fresco el sueño que había tenido hacía un par de horas. El no era un traidor. Nunca lo sería, amaba a Perséfone y a Albus hasta el infinito, y jamás haría algo que los dañara. Y también estaba Ginny. Apenas la conocía pero su forma de ser había ganado todo su respeto. Ella era una de las pocas personas que conocía hasta entonces, por las cuales valía la pena luchar.

—Calixto me ofreció un puesto en su nuevo orden.

—Es decir, que traiciones a Ginny.

—Sí, quiere que se la entregue a cambio de mi libertad.

El fantasma lo miró con recelo mientras masticaba esas palabras. Pero Harry no cambió su semblante durante el intenso escrutinio del Protector.

—Ni se te ocurra...—comenzó con su patético intento de amenaza, pero Hermione, la cual había permanecido en silencio y al margen, lo interrumpió con firmeza y un poco de fastidio en la voz.

—Harry no es idiota, niño.—gruñó —Hades puede estar débil, pero sigue siendo un dios, y nadie puede con un dios. Además—continuó como si ya no le importara nada—Calixto jamás le daría a Harry nada, lo odia.

—No lo entiendo. ¿Por qué te odia?—preguntó Nick

—Por ser el favorito. —contestó Hermione, sin darle tiempo a Harry de responder.

—¿El favorito? ¿El favorito de Albus?—había hablado con el anciano unas cuantas veces, así que estaba al tanto del inmenso cariño que este le tenía aquel muchacho sin alma.

—No se refiere a él, aunque no se puede negar que Albus le tiene muchísimo cariño. Hermione se refiere a Hades—Intervino Astoria, sacando a relucir una beta de chismosa que a Harry le dio ganas de salir corriendo.—Harry es su favorito . Todas las cosas que conoce sobre la batalla las aprendió del mismísimo amo.

Aunque a Harry le alegraba un poco oír el tono risueño con el que Astoria decía aquello, no pudo pasar por alto la extraña mirada que ahora le estaba lanzando Nick... la misma mirada de ojos entornado que todo el mundo le dirigía cuando se enteraban del puesto que ocupaba en el inframundo. Decir que era el favorito de Hades solo despertaba dos cosas: odio y respeto. Ser el favorito equivalía a ser una especie de general, alguien con estatus muy alto en las filas del ejército de Hades.

A los dioses no les gustaba que un nacido de los humanos fuera tan poderoso, y los otros seres, como los humanos, no toleraban que fuera considerado superior a ellos. Definitivamente Calixto era el único que pensaba que la posición de Harry era privilegiada.

—El favorito de Hades—repitió Nick con voz hueca.

Harry no dijo nada, pero parecía ser que Astoria no tenía esa capacidad.

—Y no solo de Hades, Perséfone también le tiene en muy buena estima.

—El favorito de Perséfone, también...—los ojos del fantasma se convirtieron en puñales en la nuca de Harry.

—Y el de Deméter, la madre de Perséfone—Astoria sonrió con orgullo ajeno.

—No es así...—masculló Harry moviéndose incómodo en su silla.

— Claro que sí—le contradijo la sonriente guerrera.

Harry resopló mientras Nick seguía midiéndolo con la mirada.

—Esto no me gusta nada. Calixto se muestra muy seguro de sí mismo —Hermione revolvió su café, hablando consigo mismo.

—En eso estaba pensando yo—Asintió Harry, alegre que todo volviera al tema importante—Creo que él tiene algún as bajo la manga.

—Tal vez solo es un idiota con complejo de dios—señaló Nick, pero todos los presentes sabían que eso solo era una verdad a medias.

Si, Calixto tenía un gran complejo de superioridad, eso era indudable. Pero su osadía tenía que estar ocultando algo. O al menos era eso lo que le decía su instinto a Harry.

Tenía demonios siguiéndolo, de todos los niveles y razas. Había tenido la magia y control suficiente para sacar el cofre de almas del inframundo, y conocía cómo funciona la mente de Hades tanto como Harry. No, definitivamente Calixto tenía un plan de apoyo. Un arma o aliado que le daba confianza.

Las moiras. La mirada de Harry se perdió en el líquido humeante de su taza. El demonio las había mencionado, y aunque en su momento no había querido prestarle atención, allí estaba, en un rincón de su mente, inquietándolo.

—"La Moiras lo han dicho."

—¿Qué?

—Eso dijo Evan ayer.—Harry levantó la mirada para enfrentarse a su asombrada audiencia.—Dijo que las Moiras predijeron que Ginny iría con Calixto voluntariamente.

—Eso es una estupidez. Las moiras dejaron de predecir cosas hace miles de años.—negó Hermione, mientras Astoria no parecía tan convencida.

—No, eso debió ser un faro o algo.—Nick se veía imperturbable.—Ginny aún no ha sido corrompida. Es pura.

Harry sabía perfectamente que así era, pero también conocía la facilidad con la que la oscuridad mancillaba las almas puras.

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Días después.

Tabitha estaba con su sonrisa más grande, y era porque todo le estaba saliendo a pedir de boca. La noche anterior había tenido la cita perfecta con el hombre perfecto, y para rematar, Ron le había permitido usar el sótano del bar para hacer su fiesta de cumpleaños. Aquel amplio espacio era perfecto, y había pasado horas intentando convencer a sus jefes del potencial que tenía ese lugar. Ahora tenía la oportunidad de demostrárselo. Cuando vieran la espléndida fiesta que montaría allí abajo, verían que ella tenía buen ojo para esas cosas.

Casi dando brincos cruzó la calle, eso era lo que más le gustaba de su trabajo, vivía a pocas calles y podía ir a pie.

Iba pensando en todas las cosas que tendría que hacer cuando acabara su turno, y que tal vez le pediría ayuda a Ginny para los preparativos, cuando divisó a Draco Malfoy parado en la acera frente al bar. El humo del cigarrillo hacia una columna sobre su cabeza. Bufó. Draco no paraba de fumar, y eso a su parecer, le sacaba mucho atractivo.

Junto a él estaba Astoria, una de las chicas nuevas. La joven hablaba alegremente sin perder la sonrisa en ningún momento. Taby apretó los labios, sintiendo un poco de pena por la chica. Sabía por experiencia que Draco jamás se fijaba en el personal del bar, era muy estricto en ese aspecto. Tendría que decírselo a Astoria para que no se ilusionara demasiado. Estaba buscando la forma más delicada para decírselo cuando lo vio.

Astoria entró al bar después de dedicarle una última sonrisa a su jefe, y Draco se le quedó viendo mientras se alejaba con una mirada que Taby nunca le había visto. Sin poder evitarlo sonrió con picardía.

Taby casi saltó de alegría al notar aquello. Draco no había salido o al menos mostrado interés por nadie desde que había terminado con su ex, Pansy Parkinson.

Había sido una ruptura intensa en la que sin proponérselo, todos sus amigos habían terminado involucrados. "Ellos o yo, Malfoy" había gritado Pansy con el bar abarrotado meses atrás.

Draco no había dudado en su momento, pero en los días siguientes había caído en una depresión en la que ninguno de sus amigos había podido hacer mucho para consolarlo.

Tabitha se alegraba sinceramente de verlo interesado en seguir con su vida.

—Ey vi eso—le picó en cuanto estuvo a su lado.

Draco dio un respingo, apartando la mirada de la puerta del bar con rapidez.

—Hola Taby ¿Qué tal estás?—le preguntó adoptando una cara de desentendido total.

—No finjas demencia, Malfoy— soltó una risita despreocupada—Te vi.

Su jefe volvió a mirar hacia la puerta, apretando los labios.

—No es lo que crees—masculló.

La sonrisa de Tabitha se hizo más ancha, y Draco supo que dijera lo que dijera, la mesera no le iba a creer. La chica creía que todo giraba en torno a novios y romances de película muggle, y al ver que el noventa y cinco por ciento de sus compañeros de trabajo eran solteros, estaba completamente convencida de que era su deber cívico buscarle a cada uno una pareja adecuada.

Ginny y Ron tomaban su actitud como broma, pero llegado cierto punto, Draco ya no la soportaba más. Buscarle novia cada semana se había vuelto un pasatiempo para todos sus amigos, pero un verdadero asunto de vida o muerte para Taby. No creía que su paciencia lograría aguantar mucho más.

La camarera de rasgos asiáticos continuaba con su mirada suspicaz mientras reía como una niña. Sabía que se le había quedado mirando a Astoria, no podía negarlo. Pero Draco no quería decirlo en voz alta. Astoria era rara, pero en su rareza había algo que lograba llamarle la atención. Era extrovertida rayando lo ridículo, sorprendentemente inocente e increíblemente emocional. Sin ni siquiera proponérselo, la comparó con su ex, Pansy. Eran dos polos opuestos. Agua y aceite.

Acabo su cigarrillo e ignorando los comentarios de Tabitha, regresó al bar. Tenía mucho que hacer, pero camino a la oficina no pudo evitar echarle otro vistazo a Astoria, que ya con el uniforme puesto, comenzaba ordenar las mesas. Sonreía como si no hubiera nada más divertido en el mundo.

Al notar la mirada de Tabitha nuevamente sobre él, apresuró el paso y subió las escaleras que llevaban a la oficina.

No sabía si la chica le gustaba de la forma que insinuaba Taby. Lo cierto era que no tenía nada con qué comparar su situación en ese momento. Tiempo atrás Pansy le había gustado, pero lo que había sentido por ella, había comenzado con un poco de presión de parte de sus padres. Desde muy joven ellos se habían dedicado a organizar su vida, llegando al punto de elegir a su futura esposa, que no podía ser otra que la heredera de una familia de larga y noble historia. Había crecido sabiendo que debía amar a esa chica, no importaba lo callada, fría y a veces cruel que fuera con los demás y hasta con él.

Astoria le parecía linda, cálida. Despertaba en él el deseo de protección, casi como el que le provocaba la hermana de su amigo Ron.

Tal vez era eso, pensó mientras abría el libro de contabilidad, tal vez la inocencia que derrochaba provocaba esos sentimientos. Quería protegerla como a una hermana menor.

Tomó una pluma y el tintero, mientras ignoraba la vocecilla en su cabeza (que sonaba mucho a Taby) que le recordaba que cuando Astoria se había dado la vuelta su mente no había tenido ningún pensamiento fraternal, y lo único en lo que se habían fijado sus ojos fueron en el trasero de la chica.

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—Creo que le gusta.— sentenció Tabitha en un susurró mientras se ponía su uniforme en el baño de empleados. Ginny que terminaba de atar su cabello en una alta cola de caballo, miró a su amiga sin creerle ni una palabra.

—¿Draco le quedó mirando el culo a Astoria?—Ginny no quería hacerse ilusiones— Tal vez lo haya hecho, pero eso no quiere decir que le guste. Tiene ojos para ver ¿no? Como si tú no lo hubieras hecho alguna vez con algún chico.

—Ya... y tú también—soltó una risita.

—¿De qué hablas?

—Oh no te hagas la inocente, no me digas que no le has notado el tremendo equipamiento trasero que tiene Harry.

Ligeramente ruborizada, Ginny intentó reprimir una sonrisa.

—¡Taby, qué cosas dices!—la retó, sin atreverse a admitir que en los últimos días, su pasatiempo favorito había sido ver a Harry subir las escaleras.

—Espero que Draco se anime a invitarla a salir—dijo Taby, regresando al tema con que habían comenzado su charla.—Seria lindo verlo feliz otra vez.

Ginny suspiró mientras observaba su reflejo en el espejo del baño. En los últimos días había comenzado a arreglarse un poco más, intentando dejar a la vista de una forma muy natural sus mejores atributos, y cruzaba los dedos para que su amiga no se diera cuenta y comenzara a tomarle el pelo por eso.

—No creo que Draco la invite a salir, sabes cómo es, no le gusta mezclar el trabajo con otras cosas.

—Pero si lo hace, sabremos que es porque le gusta de verdad.—los ojos de Taby brillaban de emoción, y Ginny sabía que su amiga ya estaba imaginando una boda y niños rubios correteando por el jardín de una casita rústica. Intentó cambiar de tema, antes que tanta emoción llegara a oídos de los dos principales involucrados.

—¿Qué tal te fue en tu cita de anoche?—le preguntó mientras salían del baño.

—Oh fue genial. ¡Cam es súper guapo!—le contó emocionada—Creo que es el definitivo.

—¿Acaso no dice eso de todos?—Nick apareció junto a Ginny, mientras miraba a Taby con ambas cejas levantadas.— ¿No son todos súper genial y no sé qué tonterías más? Además ¿no dijo hace una semana que todos eran idiotas y que dejaría de tener novio? ¡¿Quién la entiende?!

La pelirroja le lanzó una mirada de advertencia a su amigo antes de sonreírle a Taby.

—Me alegro por ti, te ves muy contenta.—le aseguró—Estás radiante.

—Tú también.

—¿Yo?

—Oh vamos ¿crees que no me di cuenta?—soltó una risita—Te has puesto labial y colorete, nunca te había preocupado tu imagen como ahora. Me pregunto por qué será...

Guiñandole un ojo a su amiga, Taby se marchó a ayudar a Astoria. Sin poder evitarlo, Ginny miró de reojo a Nick, que parecía que acababa de chupar un limón.

—No seas así, Nick—le susurró.

—No deberías hacerte ilusiones— gruñó el fantasma—Harry se irá en cuestión de tiempo.

—No digas eso...

—Pero es la verdad, se va a marchar, como todos. A nosotros siempre nos abandonan, que no se te olvide.— sentenció antes de desvanecerse.

Con la sensación de que alguien le había clavado un cuchillo y luego lo había retorcido, Ginny apretó los puños. Nick tenía razón, todos en su vida se habían marchado dejándola sola, empezando con su familia. Por un segundo, Ginny se sintió una completa idiota, tanto así que tuvo el impulso de regresar al baño para lavarse la cara.

Cuando dio la vuelta para regresar sobre sus pasos se encontró con su compañero Jack. Era el más veterano allí, tenía más edad que su tío Sirius y se encargaba de la cocina.

—Hola guapa... ¿Qué ocurre? —Con su cuerpo robusto y su cara cachetona, su mostacho blanco le daban un aire a Santa Claus. Siempre sonreía, aunque estuviera teniendo un día terrible. A Ginny le agradaba porque siempre trataba a todos como si fueran sus hijos. En el Canto del Fénix todos lo llamaban Tío Jack.

—No ocurre nada.

El hombre la miró con recelo desde arriba, era altísimo y siempre que Ginny se paraba a su lado se sentía una niña pequeña.

—No le digas mentiras a tu tío Jack—le advirtió agitando su dedo índice, aunque había una sonrisa amable en sus labios—Pero si no quieres decirme, lo entiendo. Las señoritas tienen sus secretos.—Jack tenía dos hijas gemelas que lo adoraban—Pero al menos regálame una sonrisa. ¡Si, así!—Ginny hizo su mejor esfuerzo para complacerlo— Vamos, niña. Hoy hice mi mejor tarta de melaza, no olvides que el camino más rápido al corazón de un hombre es por su estómago.

Con el rostro encendido, Ginny agachó la mirada. Solo había un cliente que Jack sabía que amaba la tarta de melaza. Se sintió aún más tonta. Todos en el bar sabían de su estúpido interés en el primo de su mejor amiga. No podía ser más patética.

—No sé de qué hablas...—intentó recuperar un poco de su dignidad.

El hombre se rió.

—Oh no te avergüences, ese chico tiene suerte.

—Ya, hasta que se vaya como todos. —soltó en voz muy baja, pero Jack la escuchó.

—Ginny, mírame—colocó su pesada manaza sobre el hombro de la chica mientras la miraba con seriedad. Esta alzó la mirada fingiendo serenidad.— Niña, solo un idiota se alejaría de ti de forma intencional. —le afirmó son un tono paternal. —Te aseguro que nadie que se haya ido en tu vida, lo hizo queriendo.

—Jack...

—Tío Jack, señorita—la corrigió con una sonrisa cálida—Y arriba ese ánimo, que si quieres enamorar a ese jovencito debes usar esa sonrisa preciosa que tienes ahí.

Sin proponérselo, le regaló una sonrisa sincera.

—Gracias, tío Jack.

—Para qué estamos—hizo una inclinación sobreactuada antes de irse a la cocina.

El golpe de Nick aún le dolía, y agradeció no verlo cuando llegó a la barra. No sabía porque el fantasma estaba tan amargado esos días, y ni le importaba. Había sido innecesariamente cruel con ella sin ninguna razón, y a pesar que sabía que lo perdonaría, Ginny esperaba que no fuera tan rápido, para que aprendiera a tener más tacto. Que estuviera muerto no significaba que debía comportarse como un cretino.

Se dio un vistazo al espejo que había detrás de la barra. Un mechón se había salido de la apretada coleta y caía a un lado de su rostro, lo dejó allí, le gustaba como quedaba.

"Vamos chica, saca esas garras" le dijo su reflejo juguetonamente.

Con una sonrisa que le llegó a sus ojos color chocolate, se unió a sus compañeras cuando el primer cliente del día cruzó la puerta.

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Los restos del demonio se alejaron con el viento invernal, cuando el filo certero de la espada del guerrero separó su cabeza del resto del cuerpo, volviéndolo polvo.

Harry le echó un vistazo calle abajo, sorprendido de que el lío que había armado con el demonio no llamara la atención de los londinenses que apestaban las calles. "Están todos ciegos" se dijo mientras se guardaba la espada. Aquel demonio había sido el quinto del día, parecía una invasión de cucarachas imposible de eliminar. Todos rondaban el bar del Canto del Fénix, al acecho. Harry quería creer que lo que los detenía era su presencia y la del resto de los guardianes, aunque una molesta vocecilla le advertía que tal vez solo se contenían y esperaban porque el propio Calixto aguardaba una respuesta de su parte.

Eso lo ponía enfermo. Que creyera que él podía llegar a ser un traidor de su calaña era otra razón para querer cargárselo de una maldita vez. Por lo menos su negativa a la propuesta de Calixto era muy clara, a menos que ese idiota no entendiera el sutil mensaje que le quería hacer llegar Harry, masacrando a todo demonio que se pusiera en su camino.

Como si no hubiera pasado nada, el guerrero regresó a la calle principal, perdiéndose en la multitud que iba y venía completamente ajena al mundo de monstruos que amenazaban con acabar con sus monótonas vidas.

Mientras caminaba intentaba vigilar muy minuciosamente a cada persona que se le cruzaba. Los demonios eran muy buenos a la hora de disfrazarse de humanos, pero no lo suficiente como para engañarlo. Estaba a tres calles del bar donde estaba Ginny y las demás guerreras, y su trabajo era eliminar a toda amenaza que se atreviera a acercarse demasiado.

Cuando la luz del día comenzó a extinguirse y fue reemplazada por la molesta y sucia luz de los faroles, Harry sintió un retorcijón en el estómago. Después de la información que le había proporcionada Nick el día que llegó a la tierra, sabía perfectamente que aquello era el aviso de su estómago de que estaba hambriento. De todo lo nuevo que había tenido que experimentar en el mundo de los humanos, el hambre había sido la más molesta. No era que no le gustaba la comida, si algo bueno tenían los humanos, era su capacidad de crear exquisitos y variados alimentos; pero si le fastidiaba tener que detener su trabajo para poder comer. Era de verdad una pérdida de precioso tiempo.

Después de dar una vuelta más por los alrededores, decidió que era un buen momento para pasar por el bar para ver cómo iba todo. Pero no había dado ni dos pasos hacia esa dirección cuando sintió un cosquilleo en la nuca.

Sin mover un músculo de su rostro que pudiera demostrar que había detectado algo inusual, se detuvo frente a un escaparate, fingiendo mucho interés en las decoraciones navideñas. Utilizó el reflejo de la vidriera para estudiar la calle disimuladamente. Pero no encontró a nadie siguiéndolo. Es más, la sensación que le advertía que alguien lo observaba había desaparecido tan rápido como había llegado.

Suspiró largamente. Había pasado todo el día luchando con demonios, tal vez tantas persecuciones y peleas ya comenzaban a ponerlo paranoico. Se rascó la cabeza cansado, cerrando los ojos por un segundo. Cuando los volvió a abrir, ya no estaba en la fría y apestada calle iluminada con el rojo y verde de las luces navideñas.

En su lugar, se hallaba en un recinto de techo abovedados y pisos de madera lustrosos. Sorprendido, se encontró con un lienzo donde una joven de perfil, completamente desnuda sentada a la orilla de un río, alzaba su mano derecha para acariciar la cabeza de un cisne que se aproximaba a ella.

—¿Lo reconoces?

Su mano, que hasta entonces había sujetado con fuerza su espada dentro del bolsillo de su chaqueta, se relajó sin poder evitarlo. Mirando hacia un lado, se encontró con el bellísimo perfil de Perséfone que miraba fijamente la pintura.

—Leda y el Cisne...—Murmuró, aunque no podía recordar el nombre de su creador. Volvió a ver la pintura. La figura sensual de la joven y la del animal de una belleza majestuosa que parecía querer extender sus alas eran sobrecogedoras. Harry conocía la historia que había inspirado la obra. La había leído hacía mucho tiempo en un libro de la biblioteca personal de Albus en el inframundo. Zeus, tan incapaz de contener sus deseos al ver un rostro bonito, se había obsesionado con la reina Leda, y a sabiendas que esta lo rechazaría por estar casada con Tíndaro el rey de Esparta, se había transformado en un inmenso cisne para poder seducirla y acostarse con ella. Y no importaba cuantas vueltas le diera a aquella idea, Harry seguía sin comprender como a Zeus le podía parecer eso una idea brillante. Sin dudas tenía que haber estado muy necesitado y tenerle demasiado miedo a su esposa Hera como para llevar a cabo semejante plan. Aunque los resultados no se podían discutir. — De Joann Homann, tal vez.

Perséfone parecía satisfecha con la respuesta y le regaló a Harry una amplia sonrisa. El joven guerrero no supo qué más decir. Lo cierto era que cuando se había marchado del inframundo una semana atrás, Perséfone apenas había volteado a verlo. Todo el interés de la diosa había estado puesto en su enfermo marido, y Harry no la culpaba por eso.

—¿Cómo te sientes en la tierra? ¡A que es muy diferente a lo que te habías imaginado!

—Un poco, supongo.—dijo por lo bajo. Por un momento había creído que Perséfone lo había llevado de nuevo al inframundo, pero al ver a un par de humanos con pinta de turistas recorrer y admirar otras obras de arte a unos cuantos metros de donde estaba ellos, supo que aquel lugar era un museo de verdad y posiblemente aquel lienzo era el original creado por Homann.

—Es hermoso ¿no?—Perséfone fijó los ojos en la pintura—Hermoso y horrible a la vez.

Harry asintió, pero no dijo nada. Desde muy joven había aprendido que Perséfone se tomaba su tiempo a la hora de revelar sus intenciones. Por el momento solo quería ver las pinceladas que representaban el comienzo de lo que sería el peor día en la vida de una joven reina. El guerrero conocía muy bien a Perséfone como para saber que en aquel momento, frente aquella obra, la diosa aborrecía los actos de su padre tanto como lo hacía Hera. Pero en lugar que fueran los celos lo que la enfurecían como seguramente pasaba con su esposa; era el conocimiento de que muy pocas de las amantes de Zeus se habían entregado de forma voluntaria lo que la ponía enferma.

Harry le echó un vistazo a los demás lienzos que había en la exposición, descubriendo que aquel era el único que representaba actos de Zeus. Y a pesar que Perséfone odiaba aquellas obras, era la única a la que no podía sacarle los ojos de encima.

El guerrero de Hades la miró con cierta añoranza. Desde que era muy pequeño, Perséfone disfrutaba atiborrar su cabeza de nombres de pintores y músicos, con letras de canciones e interminables libros. Jamás le había preguntado porque lo hacía, pero más de una vez Perséfone había ido a su recamara y le había leído durante las noches. Una vez, cuando apenas tenía cinco años, la diosa había entrado a su habitación muy entrada la noche, lo había levantado de la cama haciéndole señas para que guardara silencio, lo había cubierto con una gruesa capa y tomándolo de la mano, lo había llevado con ella a un área del Inframundo donde nunca antes se había atrevido a entrar. Las salas que se usaban como casa de los dioses, estaban prohibidas para todos los guerreros, excepto cuando eran llamados por Hades. Perséfone lo llevó a un largo pasillo cercano a su recamara. A diferencia de otros pasillos del inframundo que Harry había conocido antes, los cuales le producía cierto miedo, aquel lugar no era oscuro y aterrador. Iluminado por gigantescas antorchas, podía ver con claridad el sinfín de obras de arte que parecían inmensas junto a su diminuta figura.

A pesar de los años, Harry aún recordaba aquella noche con gran detalle, y no podía dejar de sentir mucha nostalgia al pensar en aquel lugar que se asemejaba más a un museo que a un pasillo en el corazón del Infierno. Recordaba, con una diminuta sonrisa en los labios, como Perséfone había dejado que caminara a su lado con las manos bien agarradas, mientras se detenían frente a cada cuadro y cada estatua, y ella le contaba en voz baja el nombre y su historia, tanto la de la obra como la de su creador. Al final de cada historia se detenía y miraba a Harry directamente a los ojos, preguntándole si le gustaba. Perséfone era la única persona, después de Albus, a la que Harry podía darle su opinión sin temer un castigo muy doloroso luego.

Sabiendo que nadie los miraba, tal vez porque así lo deseaba Perséfone, Harry estiró su mano, tomando la de la diosa con mucho cuidado y ternura. Y a sabiendas que tampoco nadie los oía, la llamo por el nombre que solo podía usar cuando estaban a solas.

—Madre...

Aferrándose a su mano, Perséfone apartó la mirada hacia un lado, ocultando su rostro con una cascada de hermosos cabellos dorados, al tiempo que un afligido lamento escapaba de sus labios haciéndola temblar.

Desesperado, Harry deseó consolarla. Por un segundo tuvo el impulso de abrazarla, pero se contuvo. No quería extralimitarse, los dioses eran seres volubles, en un momento te besaban y te decían que te amaban y al siguiente te lanzaban sin pensarlo dos veces al tártaro. Era consciente de que Perséfone le tenía un cariño muy especial, pero también sabía que debía caminar con pies de plomo, Albus se lo había repetido infinidad de veces.

—¿Las cosas están tan mal?—le preguntó, preocupado.

—Todo esto es mi culpa, lo siento tanto.—Perséfone lo miró, y Harry por primera vez en la vida la vio completamente derrotada. Su hermoso rostro en forma de corazón contraído por su llanto y sus ojos rojos sin dejar de soltar gruesas lágrimas. Sin detenerse a pensar en su posible destrucción al ofenderla con sus acciones, Harry alzó la mano que tenía libre para secar, o al menos intentar, las lágrimas que mojaban las mejillas de la diosa. Esta cerró los ojos ante el contacto y el joven no supo qué más hacer. Sabía que Calixto había llegado al inframundo cuando era un bebé, solo y sin ningún familiar que pudiera cuidar de él. Logró enternecer el corazón de la diosa, hasta tal punto que le suplicó a Hades que lo dejara quedarse allí. Al principio al dios no le hizo ni pizca de gracia la idea, ya que el niño no había sido señalado como un guerrero, además de que lo veía como un claro enemigo a la hora de pelear por la atención de su esposa, la cual ya acunaba al bebé en sus brazos embelesada. Al final, Perséfone había logrado convencer a Hades y conservar al niño. Por esa razón, Harry estaba seguro que la diosa se creía totalmente responsable de las calamidades que estaban ocurriendo. Ella había traído al traidor a su casa, al fin y al cabo.

—Madre, nada malo va a ocurrir, yo detendré a Calixto.—le aseguró, y la diosa abrió los ojos asustada.

—No quería que esto fuera así, no quería que Hades te eligiera a ti para esta misión.—se lamentó.

—Puedo vencer a ese traidor—Harry se sintió un poco molesto, aunque intentó ocultarlo. Él era más fuerte que Calixto, lo había vencido en innumerables ocasiones durante sus años de entrenamiento. El podía con esa misión, Perséfone se equivocaba al pensar lo contrario.

La diosa soltó una risa temblorosa, y de inmediato Harry supo que había leído su mente. Sin poder evitarlo, sus mejillas comenzaron a quemar.

—Lo siento—murmuró

—Mi niño, cómo quisiera que fueras mi niño para siempre —Perséfone llevó sus dos manos al rostro de muchacho acariciándolo con infinita dulzura.

Harry quedó congelado. Pocas eran las veces que la diosa le había dado muestras de afecto físicas, así que en esos momentos no tenía ni idea qué hacer.

—Madre...

Perséfone sonrió con tristeza.

—Por mucho tiempo deseé que alguien me llamara así.— susurró intentando contener las lágrimas, sin dejar de acariciar el cabello de Harry—Pero las crueles Moiras me lo impidieron, dándonos a Hades y a mí un matrimonio estéril, seguramente por orden de mi padre. Pero cuando Hermes dejó caer a Calixto en el inframundo, diciendo que en la tierra nadie lo quería, y su mejor opción era ser comida para Cerberos, creí que tenía una oportunidad. Y al principio todo fue hermoso, pero duró muy poco.—Se apartó de Harry, mirando otra vez la pintura, mirando a Leda.—Cuando hay tanto odio dentro de ti, cuando solo te centras en las cosas malas... Calixto se enamoró demasiado rápido de lo que Hades le ofrecía. Yo quería un hijo, Hades solo podía aceptarlo ante él si lo veía como un soldado o un ayudante. Calixto prefirió la crueldad y frialdad de mi marido en lugar de estar a mi lado en las galerías, viendo cuadros o cuidando flores en mi jardín. No culpo a Hades por eso, él es quien es, yo no podía esperar que adoptara a aquel huérfano y lo tratara como su hijo, que jugaran a la pelota o construyeran un fuerte. Hubiera sido tonto de mi parte desear algo semejante.

Harry se mantuvo callado, pensar en Hades como alguien paternal era como imaginar a un Zeus monógamo.

—Debí darme cuenta entonces, Calix estaba resentido. Odiaba a la familia que en su momento lo había abandonado y solo quería que Hades le enseñara lo que necesitaba para vengarse de ellos. En su momento creí que era normal, nosotros somos así ¿no? Si alguien nos ofende lo atamos a una roca para que un águila le coma su hígado por toda la eternidad. La familia de Calixto merecía un castigo, y él tenía derecho a dárselo.

—Jamás había oído que Calixto hubiera hecho algo semejante.

—Es que no lo hizo—agitó la cabeza suavemente—Cuando creyó que estaba listo, fue con Hermes y le pidió información sobre su origen...Pero después de eso, cuando regresó al inframundo, ya no era el mismo.

—¿En qué sentido?

—Antes era el odio que le tenía a sus progenitores lo que lo hacía quien era, pero cuando regresó no sólo los odiaba a ellos, sino que aborrecía a cada ser que habitaba el universo. Cualquier capacidad de amar que hubiera tenido antes, había muerto en ese viaje.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?—Harry la miró con apremio. Perséfone se tomaba su tiempo para soltar aquella información que sin duda no creía que fuera tan importante. Pero Harry, que había sido muy bien entrenado por Albus, sabía que todo lo que pudieran saber del enemigo era un punto a su favor.

—No lo sé...—la diosa volvió a apartar la mirada de él, sin dejar de llorar en silencio.— Yo estaba enojada con él. Me había dejado de lado y había preferido a Hades... Así que cuando él regresó y me buscó, yo le dije que no era mi hijo y que su lugar era lamiendo las botas de mi marido...

—Lo rechazaste... y de la peor forma—Harry la miró boquiabierta. El Calixto que él había llegado a conocer había sido siempre alguien que se enfurecía con cualquier cosa por mínima que fuera. Así pues, no tenía que hacer demasiado esfuerzo para imaginar cómo se había puesto al escuchar aquellas palabras de la boca de la mujer que hasta ese momento consideraba una madre.

—No solo eso...—las lágrimas seguían cayendo cuando Perséfone se giró para ver a Harry directamente a los ojos.—Yo quería un hijo más que nada en el mundo, Harry, uno que pudiera amarme de verdad, no como Calixto... Así que le pedí a Albus un niño, un guerrero con alma que me llamara madre.

Espantado, Harry dio un paso atrás.

¿Era esa la gran verdad? ¿El secreto que Albus no había querido revelarle? ... ¿Toda la mierda que había tenido que vivir en el inframundo había sido por eso?

—Albus sabía que Hades y los demás dioses se darían cuenta, así que realizó un hechizo muy antiguo para que cualquiera que te viera no se percatara que aún conservabas tu alma. Pudimos engañar a Hades, pero no a Calixto. Él sabía que tú habías llegado para ocupar su lugar...

Sin palabras y con la boca abierta, Harry se dejó caer en uno de los bancos acolchonados que había en la galería, donde la gente se solía sentar a admirar las obras de arte. Sentía como su corazón comenzaba a latir cada vez con más fuerza y un zumbido le taladraba los oídos. Al final, con los codos apoyados en sus rodillas dejó caer su cabeza que comenzaba a dolerle sobre sus manos. Durante toda su vida le había preguntado a Albus porque él era diferente al resto de los guerreros sin obtener una respuesta jamás. Por años había hecho cosas horribles bajo las órdenes de Hades, había matado, torturado... y su alma había estado dentro de él todo ese tiempo, suplicando que se detuviera. Durante las noches tenía pesadillas, y durante las horas que pasaba en su oscuro dormitorio, las había pasado en compañía de los fantasmas de aquellos que había dañado. Con el tiempo había intentado convencerse que su capacidad para sentir remordimiento era parte de un gran plan tejido por las Moiras para una misión de gran importancia, y por un momento, cuando Hades lo había mandado a cazar a Calixto, había creído que esa importante misión al fin estaba ante él.

Pero no. El no era especial. Todo el infierno que había tenido que padecer no era el camino de ningún héroe. Nada había estado predeterminado para volverlo quien era en ese momento, para hacer algo de verdadera importancia. Todo lo que había creído siempre, las palabras de Albus...todo era mentira. Él era quien era solo porque una diosa caprichosa se había sentido ofendida por su hijo adoptivo y había decidido tener otro que ocupara el lugar del primero.

Por mucho tiempo había creído que Calixto lo odiaba por ser el favorito de Hades, pero ahora resultaba que también le había quitado a su madre. Ahora entendía de dónde venía tanto odio.

—Harry...

El confundido guerrero alzó la mirada y se encontró con la preciosa diosa arrodillada ante él, mirándolo con infinito amor. Sus pequeñas manos se entrujaban entre ellas sobre sus faldas, como si intentara contenerse para no tocarlo.

Estaba abrumado, se sentía furioso, traicionado; pero a la vez la seguía amando. Era lo más cercano que había tenido a una madre. La adoraba y quería quedarse a su lado por el resto de la eternidad. Pero lo que le había hecho...

—Sabías que odiaba ser guerrero... sabías que mi alma me hacía sentir miserable por las cosas que hacía. Si hubieras dejado que fuera como los demás...—sentía que le faltaba el aire, quería salir de allí. Quería alejarse de ella mil kilómetros y a la vez abrazarla con fuerza.

—Lo siento. Sé que todos estos años han sido difíciles, pero... ¿acaso no he sido buena madre?

Harry se llevó las manos al rostro, masajeando sus sienes. Así eran los dioses, tal vez podrías lograr que soltaran una disculpa, pero jamás entenderían la magnitud de sus acciones. Como Zeus nunca entendería lo repugnante que era violar a una joven cuyo único pecado era caminar a la orilla de un río o que Hera dejara de castigar a esas mismas muchachas que solo eran víctimas de su marido.

—Debo regresar con Hermione y Astoria—dijo Harry con voz ronca, poniéndose de pie—Ginny me necesita.

Perséfone también se puso de pie. Había dejado de llorar, pero parecía terriblemente dolida al ver la frialdad en los movimientos del muchacho. Al darse cuenta de esto, Harry la tomó de las manos con ternura.

—Necesito tiempo... madre... necesito pensar, ha sido demasiada información en muy reducido tiempo. Soy humano al fin y al cabo.—Eso le sacó una pequeña sonrisa.

—Está bien—asintió, pero cuando Harry quiso alejarse, lo sujetó con fuerza de las manos—No te enojes con Albus, yo le ordene que jamás te contara la verdad.

—Me lo imaginaba—Aún así, Perséfone no lo soltó

—Pero él me advirtió que si algún día descubrías la verdad, debía decirte algo.

—¿Qué cosa?

—Que tu alma no esté en el cofre no significa que seas un guerrero libre. Estás atado a Hades de una forma diferente, y ese lazo no se romperá hasta que Hades así lo quiera.

Harry asintió. Seguía siendo un esclavo.

—¿Alguna otra cosa que tenga que saber, mi señora?—quería largarse de una vez.

La diosa volvió a mirar la pintura.

—Los dioses hacen muchos enemigos todos los días, no lo olvides—le dijo con seriedad— Y tampoco olvides que podemos equivocarnos, hasta las mismísimas Moiras pueden hacerlo.

—No entiendo...

—Pues debes—la mirada de Perséfone fue de un lado a otro de la galería, repentinamente nerviosa. Al final se inclinó un poco hacia delante y posó un beso en la mejilla del muchacho— Todos creen que Calixto es el único que puede utilizar el poder de la Séptima, pero se equivocan—le susurró al oído— Ginny tiene el poder suficiente para salvarse a sí misma. Y no creo que fuera casualidad que Hades te eligiera a ti para esta misión, Harry. Sé que ahora no entiendes, pero créeme cuando te digo, que no todas las peleas son en el campo de batalla.

Harry la miró con el ceño fruncido, pero antes que pudiera decir nada, Perséfone lo soltó y volvió a pararse frente al cuadro de Leda. Sabiendo que la conversación había llegado a su fin, se dirigió hacia la salida de la galería. No había dado ni dos pasos cuando la diosa volvió a llamarlo, cuando Harry volteó a verla esta le dedico una diminuta sonrisa.

—Sé que me odias en este momento, pero a diferencia de Calix, sé que tú me perdonaras.

—Ya lo hice, madre—la completa sinceridad de sus palabras los sorprendió a ambos.

—¿Sabes? Cuando Hades ordenó que fueras tú quien recibieras esta misión, estuve a punto de intervenir e intentar convencerlo de que eligiera a otro. No quería que te marcharas de mi lado, pero al final entendí que no estaba siendo justa. —Soltó un suspiro —Ganaras, lo sé. Y cuando seas libre al fin, serás feliz y yo seré feliz por ti.

.


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—Uh... Esto se va a poner bueno.

Hermione alzó la cabeza cuando Nick soltó esa exclamación desde el otro lado de la barra. Desde que había empezado el día, el fantasmita había tenido una actitud verdaderamente insoportable, por esa razón Hermione se extrañó al verlo sonreír taimadamente. Siguiendo su mirada, encontró a una chica rubia, de generosas curvas que subía por la escalera de caracol que llevaba a la oficina, bajo la atenta mirada de varios hombres que no sacaban sus ojos de su trasero. La guerrera frunció el ceño. Entendía las miradas lesivas de los tipos, pero le extrañaba que Nick, siendo fantasma, tuviera interés en algo así.

Antes de que pudiera interrogarlo con disimulo, la chica llegó a la puerta de la oficina y entró a esta de un portazo sin ni siquiera detenerse a tocar.

—Ay mierda— Tabitha dejó una bandeja sobre la barra con la mirada puesta en la puerta de la oficina, en la que segundos después salió Draco con cara de haber olido excremento de troll. El rubio llegó hasta donde estaba Taby en un suspiro.—¿Qué hace esa aquí?

—Ron salió a tomar una cerveza con una chica de la academia ayer—Draco puso los ojos en blanco. — Lavender debió haberse enterado de alguna forma

—Joder, esa chica tiene más espías que la brigada completa de inteligencia de aurores.

—Ni me lo digas, pone a uno nervioso.—Draco miró alrededor, como si esperara ver a alguien vigilandolos entre las sombras.

—¿Quién es Lavender?— Astoria se inclinó sobre la barra para poder escucharlos mejor, al tiempo que unos gritos amortiguados comenzaban a bajar por la escalera de caracol. Draco apretó los dientes mientras negaba con la cabeza.

— Lavender es la ex novia de Ron.—le respondió Taby mientras intentaba sonreírle forzosamente a todos los clientes que comenzaban a alzar sus cabezas para buscar de donde venían los gritos.

De pronto, el sonido de un vidrio al romperse silenció los gritos, y Draco supo que el jarrón con flores que Ginny arreglaba cada mañana, se había estampado contra algún muro de la oficina.

—Astoria sírveme un whisky doble, por favor.—le pidió, completamente resignado al tiempo que se sentaba en un taburete de la barra.

—No puedo creer que siga montando estos líos cada vez que Ron ligue con una chica ¡es absurdo! Terminaron hace más de un año. —Taby se dio la vuelta para volver con su trabajo. Hermione y Astoria se miraron, extrañadas por la actitud tan resignada de todos.

—Es que Lavender viene a fastidiar por aquí mínimo una vez al mes. —les explicó Nick sin dejar de sonreír. —Creímos que lo dejaría de hacer, ya que la última vez tuvo unas cuantas palabras con Ginny... ¡Uuuh Ginny!—recordando de pronto a su protegida, comenzó a buscarla con la mirada.

—Está en el depósito—le indicó Astoria.

—Genial, esto se pondrá aún más divertido. —Y con un "Paf" desapareció, y las guerreras supieron que se había ido a chismearle todo el asunto a la pelirroja.

En ese mismo momento la puerta de la oficina volvió a abrirse de un golpe, y Ron Weasley salió con la cara completamente roja, seguido por la chica que estaba hecha un verdadero basilisco.

—¡¿Acaso crees que esa chica está interesada en ti?! ¡¿En ti?! ¡Eres patético! Seguramente solo te tuvo lástima, como yo...

Al llegar a ese punto, Ron llegó al final de la escalera y volteó a verla enfurecido.

—Vete Lavender, todo esto es una estupidez, no puedes seguir así.

—¿Estupidez? ¡Soy lo mejor que te pasó en la vida, y te atreves a decirme estúpida!

Los clientes los miraban con descaro, entre asombrados y divertidos. Ron parecía querer que el suelo debajo de él se abriera de una vez y terminará allí mismo su agonía. Mirando alrededor buscó una cara conocida, más que nadie la de Draco, que siempre tenía las palabras justas para acabar con las ridículas rabietas de Lavender.

—Por Merlín, baja la voz—le pidió intentando aplacarla, aunque fue peor.

—¡Yo grito cuanto me dé la gana, Weasley! —Chilló, su rostro de muñeca estaba desencajado y sus ojos azules tenían un brillo frenético, todo el mundo sabía que lo peor estaba por pasar, mientras la perfectamente alisada melena rubia de la chica comenzaba a despeinarse con cada palabra que soltaba.—¡¿Y dime quién era esa zorra?!

—Melody no es ninguna zorra, es una amiga ¿Cuál es tu problema? Es más, ni siquiera entiendo porqué estás aquí ¡terminamos hace un año! ¡Y fuiste tú quien lo hizo!

—¿Yo? ¡Tú tampoco hiciste nada para evitarlo! ¡Seguramente estuviste feliz! ¿No? ¡Al fin libre para acostarte con cada zorra que se te cruzara!

—Pero...—Ron estaba flipando, aquello estaba a otro nivel. Lavender siempre había sido una cara rota, pero todo aquel espectáculo era como para encerrarla en San Mungo y arrojar la llave. Lavender no solo había terminado la relación, sino que en menos de una semana había encontrado un nuevo novio, y Ron jamás había pensado ni por un segundo en montarle un espectáculo semejante. Era un tonto, lo sabía, pero se negaba a decirle lo que pensaba, menos aún con tantos espectadores, él no era como ella. Aunque cada vez era más complicado controlarse. Desde hacía un año que no tenía una relación con alguna chica porque siempre aparecía Lavender para joderlo todo. Al principio, en los primeros meses después de cortar, cada vez que la rubia se enteraba que él había tenido una cita con alguna chica, solía aparecer en la puerta de su apartamento en plena noche para besarlo con pasión y arrastrarlo a la cama. Ron no podía decir que aquello fuera una tortura, ya que había descubierto que la rabia y la pasión podían ser una formula muy efectiva a la hora de tener sexo. Pero cada vez que pasaba aquello, luego Lavender lo humillaba y se marchaba asegurando que ninguna otra podría darle lo que ella. Hacía seis meses que había puesto punto final aquella situación, teniendo que poner hechizos específicos en su casa para evitar la entrada a su ex. Draco se había reído de él por tener que llegar a ese punto para evitar que la rubia se colara en su cama, pero después de eso la cosa no fue más que a peor. Ahora el campo de batalla no era su habitación, sino su lugar de trabajo, con docenas de personas que se divertían con su agonía. —Tienes que parar, estás completamente loca...

Antes de que rompiera su propio límite de lo que podía o no decirle a su ex, un manchón castaño con uniforme de camarera pasó por su lado en el preciso momento en que Lavender iba alzar la mano para estamparla en su cara. El golpe nunca llegó, ya que Hermione, la camarera nueva a la que apenas le había prestado atención aquella tarde cuando llegó y con la cual ni siquiera se había presentado, tomó la mano de Lavender, y en un abrir y cerrar de ojos la llevó para atrás de su espalda, retorciéndole el brazo de una forma que se veía muy dolorosa. Lavender soltó un grito, entre sorprendida y aterrada.

—No me gusta tu actitud, niña—Hermione se inclinó un poco a un lado para ver el rostro cada vez más ruborizado de la rubia.

La cara de Hermione era indescifrable, o al menos lo era para los humanos que rondaban el bar. Pero para Astoria, que apreciaba la escena desde la barra, podía notar algo diferente en Hermione en aquel momento. En sus entrecerrados ojos marrones, había una chispa de curiosidad que no era nada propia en ella.

—¿Y tú quién diablos eres?—bramó Lavender, intentando zafarse, pero todo esfuerzo era inútil. Ningún humano tenía oportunidad ante un guerrero del calibre de Hermione.

—Soy la persona que te romperá el brazo por el efímero placer de oír tus huesos quebrarse. Tal vez así sueltes de esa boca asquerosamente pintada algo más que estupideces. —le dijo al oído Hermione, con un tono amenazante que detuvo por un segundo el corazón de todos los que llegaron a escucharla.

Ron quiso creer que era broma, pero tanto Astoria como Lavender sabían que aquello no era ningún chiste. La primera porque reconocía una amenaza bien fundada, y la segunda porque hasta el ser humano más idiota tenía un poco de instinto de autoconservación.

—Yo no te he hecho nada...—todos los aires de grandeza de la chica se habían esfumado.

—Estás aquí, niña, fastidiando un lugar que suele ser tranquilo y agradable. Eso me molesta—Hermione ladeó la cabeza un poco más, sin pestañear ni una vez.

Astoria supo que tenía que intervenir, pero Draco fue más rápido. El rubio que había quedado tan sorprendido como su amigo con el giro que había tomado la situación, llegó a donde estaban las dos mujeres.

—Ya déjala Hermione—le pidió, posando con amabilidad su mano sobre el hombro rígido de la camarera.—Ella no vale la pena.

Después de eso le lanzó una mirada elocuente a Ron, el cual había quedado boquiabierto mirando a Hermione. El pelirrojo no tardó mucho en reaccionar, y sobreponiéndose a la sorpresa, se aclaró la garganta antes de mirar a su ex.

—Es mejor que te marches, Lavender. No tienes nada que hacer aquí—le dijo con voz calmada.

Bufando, seguramente tuvo la fugaz intención de protestar, pero se lo pensó mejor cuando Hermione apretó su brazo un poco más.

—El bar no tiene lista negra, pero como te atrevas a atravesar esa puerta otra vez, tu foto será la que estrene el muro de las ex locas, acosadora e insufribles que la casa prohíbe la entrada—le sonrió Draco, mientras unos cuantos cliente soltaban risitas.— Suéltala Hermione, por favor.

La chica lo obedeció de mala gana, pero no antes de darle un último apretón y empujarla para alejarla tanto de ella como de los otros.

—Eres un asco—le escupió Hermione cruzando los brazos sobre el pecho. Astoria, que ya estaba junto a Draco y Ron, no podía salir de su asombro. Hermione, la que nunca se permitía decir nada más allá de simples monosílabas y jamás se movía guiada por impulsos, acababa de decirle a aquella humana que le daba asco. Si no fuera que Astoria sabía que era imposible suplantar a un guerrero de Hades, hubiera desconfiado allí mismo de la verdadera identidad de su compañera. Sin poder evitarlo le echó un vistazo a la puerta del bar, Harry se estaba perdiendo una grande al no estar presente. Seguramente cuando se lo contara no lo iba a creer.

—¿Perdón?— Lavender parecía demasiado ofendida como para recordar lo que Hermione acababa de hacerle.

—Eres un asco—repitió la guerrera como si nada, tan claramente que no hubo ni un alma en el Canto del Fénix que no la escuchara—Él no te importa, puedo verlo, pero te gusta humillarlo. Por eso estás aquí, sabes que él nunca te diría o haría algo—. Le lanzó una mirada entornada a Ron, estudiándolo tan intensamente que el pelirrojo se sintió un poco incomodo.— Es demasiado caballeroso para decir lo que de verdad piensa de ti.

—¿Y tú quién eres? ¿Su nueva defensora?—De pronto la mirada clara de la chica se oscureció, mirando a ambos echando chispas—¡Por Merlín! ¿Ahora sales con bravuconas que te cubren las espaldas, eh Ron?

—¡Eh!—Astoria se paró entre ambas chicas, completamente consciente de que su compañera de armas le iba a hacer algo verdaderamente malo aquella chiquilla si no se callaba de una buena vez. No podía estar más asombrada al percibir una oleada de furia primitiva en el usualmente reseco interior de Hermione.

—Vete—Ron dio un paso al frente, señalando con una mano la puerta del bar, la cual Tabitha sostenía muy amablemente con una inmensa sonrisa.

—Jamás me había sentido tan humillada—resopló Lavender, pero fue lo suficientemente inteligente como para recoger su bolso e irse lo más rápido posible.

—Me alegro, así sabrás lo que se siente salir contigo—le dijo Ron en un arrebato de enojo.

La rubia le lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada.

—Y no vuelvas nunca —la despidió Taby antes de cerrar la puerta en cuanto esta salió.—¿A que ha sido una pasada?—sonrió tan risueña y despreocupada como siempre.

Nadie dijo nada, todas las miradas estaban puestas en Hermione, la cual seguía a Lavender con la mirada a través de las ventanas del bar.

—Si, Taby, ha sido una pasada—soltó una carcajada forzada Astoria. En los días que había trabajado en la barra había visto cómo las personas trataban de dejar atrás los momentos incómodos con ese tipo de risotadas.

Draco miró alrededor, los clientes del bar no apartaban la mirada de ellos, en especial de Hermione, la cual parecía ajena a toda esa atención.

—Bueno señores, el espectáculo acabó—dijo con voz muy alta, dando un par de palmas— Y la moraleja es: cuando termines con una loca, contrata a una camarera que sepa sacar borrachos.

Algunos rieron, pero la mayoría miraban con desconfianza a Hermione.

—Vaya—murmuró Ron con la boca seca, de pronto él también no podía sacar los ojos de encima de la camarera de encrespado cabello castaño.—Y yo creía que Ginny era de armas tomar.

—Ni que lo digas—silbó Taby— estuviste genial Hermione, yo he querido hacerle algo así a esa pesada desde el colegio.

—Vale, vale. También creo que todo esto fue alucinante, pero por el bien del negocio creo que lo mejor será olvidarnos de esto y seguir con nuestras tareas ¿no les parece?—Señaló Draco, más serio de lo normal al ver que comenzaban a llegar más clientes, y tanto Ron como Tabitha se dedicaban únicamente a observar con admiración a Hermione. Es más, la alarma de Draco comenzó a sonar cuando comprendió que Ron la miraba con más admiración de la necesaria.

—Amargado—bufó Taby, pero la mirada de advertencia de su jefe fue suficiente para que se fuera casi volando a atender a los recién llegados.

—Ron—Draco llamó a su amigo, pero al ver que este no le hacía caso, le dio un codazo con ningún disimulo—Ella son las primas de Luna, Astoria y Hermione.—las presentó, aquel momento era tan bueno como cualquier otro.

—Un verdadero placer—le estrechó la mano a Astoria. Y también se la tendió a Hermione, pero esta solo lo miró aún con los brazos cruzados y con cara de haber olido excremento de hipogrifo. Si Ron se sintió ofendido, no dio muestra alguna. Dejó caer la mano y con una sonrisa en los labios le dijo a la guerrera—Eso fue lo más alucinante que vi en mi vida. Jamás vi a alguien moverse tan rápido, saliste de la nada.

Hermione no le dijo nada, solo asintió con la cabeza secamente, antes de dar media vuelta y regresar a la barra. Astoria soltó una última risita forzada antes de seguir a su hermana falsa.

—Vamos Ron, estás dando vergüenza—bufó Draco antes de agarrar de un brazo a su sonriente amigo y arrastrarlo escaleras arriba.

—¿Viste eso?—murmuró Ron sin sacar los ojos de Hermione, logrando así tropezarse unas cuantas veces con los escalones—Dime raro, pero me puso a mil ver como liquidaba a Lavender.

—Ten un poco de decencia, Ronald—rodó los ojos con impaciencia Draco—es la prima de Luna y tú nueva empleada. A los de la sección de regulación de trabajo no les gusta el acoso laboral.

—¡Ja!—soltó el pelirrojo cerrando la puerta de la oficina detrás de él—Como si yo pudiera acosarla ¿viste como le borró la sonrisa a Brown? Merlín, esa chica es impresionante.

Draco se dejó caer sobre uno de los sillones de la oficina, agitando su varita y reparando el florero que Lavender había estampado contra la pared. La sonrisa bobalicona de su amigo ya la conocía muy bien. Sirius la llamaba el primer síntoma antes de la estupidez extrema. Draco y Neville la conocían muy bien, y habían sufrido por ellas infinidad de veces. Ron era tonto con las chicas, cuando le gustaba una se volvía insoportable, y Draco no estaba dispuesto a soportarlo en ese preciso momento.

—Ve con cuidado—le previno en tono serio—esa chica no es como con las que te gusta tontear.

—No tienes que decírmelo, viste como...

—No me refiero a eso, Ron.

—¿Entonces a qué?—Ron alzó una ceja, a la vez que esperaba una respuesta.

Draco lo miró por un momento, antes de perder sus ojos en el ventanal de la oficina que daba al Londres muggle, pensativo. No sabía qué era exactamente lo que quería decir. Una parte de él le parecía ridículo, pero la otra se negaba a quedarse callada. No sabía porqué, pero tanto Hermione, Astoria y Harry le daban mala espina. En especial Harry. No podía sacarse de la cabeza la sensación de que lo conocía de alguna parte. Pero entre más esfuerzo hacía en recordar, más lejos tenía la respuesta. Sabía que sonaba ridículo, pero tenía la sensación de que una fuerza externa le impedía resolver el misterio.

—Olvídalo— volvió a ver a su amigo que lo miraba extrañado—Solo ten cuidado.

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Frío. Sabía que sonaba estúpido. Pero "Frío" era lo único que sentía cada vez que estaba ante Calixto. No era que sus anteriores amos fueran las almas de la fiesta, pero sin duda ninguno llegaba a lo que fuera que era Calixto, y eso, sin ninguna duda era lo que más mantenía la lealtad de Evan hacia él. Otro en su lugar diría que le tenía demasiado miedo para abandonarlo, y sin duda no se equivocaría al decirlo, ya que el miedo y el respeto eran lo mismo para un demonio.

Un lamento sacó a Evan de sus pensamientos. Alzó la vista que hasta entonces había mantenido en el suelo de piedra, para ver como Calixto enterraba la punta de su daga en la piel pálida del pecho desnudo de lo que aparentaba ser una joven humana muy hermosa.

A Calixto le gustaba la audiencia, aunque todos sabían que elegía a un demonio al azar para que lo acompañara a interrogar a sus prisioneros, solo para recordarle a sus súbditos lo poderoso que era.

La daga dejó un camino desde la garganta hasta acabar en el espacio que había entre los generosos pechos de la mujer. Era un corte poco profundo, pero un líquido dorado salía de la herida manchando la túnica color azul cielo que llevaba. Sangre dorada, la sangre de lo divino.

—Hay un lugar en el tártaro con tu nombre.— La divinidad no mostraba muestra alguna de dolor. Solo había odio en su mirada azul cristal. Pero en el otro rincón de la celda había otra muchacha, con aspecto más joven que la primera, pero tan inmortal como todos los presentes. Estaba acurrucada gimoteando, con gruesas cadenas en sus muñecas y tobillos. Ambas habían sufrido lo inimaginable en esas cuatro paredes, pero ninguna le había dado lo que Calixto quería.

Evan permanecía en el umbral intentando no mostrar ningún tipo de expresión en su rostro. Por muy demonio que fuera, últimamente los gritos de aquellos dos seres le eran insoportables.

En un arrebato de furia, Calixto la abofeteó con el mango de su daga, haciendo que se derrumbara en el suelo. Ambas eran hermosas, de largos cabellos negros y piel oliva. Pero su divinidad se debilitaba, las cadenas que las ataban eran hechas por el mismísimo Hefestos, por lo tanto inmunes a la magia de un dios. También los muros de su celda estaban llenos de hechizos, tan antiguos y oscuros que Evan sentía la piel de gallina de solo estar en la puerta.

Calixto era fuerte. Demasiado.

—¿Dónde está Cloto?—la alzó tomándola del cabello mientras su hermana menor suplicaba en la esquina.

Láquesis, la Moira dueña de las tijeras, le escupió en la cara con una mezcla de saliva y sangre dorada.

La cólera de Calixto cayó sobre la otra Moira, la que tejía: Átropos, que chilló ante los golpes pero no delató a su hermana menor.

Cuando Calixto se hartó de apaliarlas, salió de la celda y Evan lo siguió con el estómago revuelto. Caminaron por un largo pasillo con otras celdas, demonios y otros dioses menores que no habían querido unirse a él. Cada uno tenía su propia dosis de tortura diaria, aquel hombre se había montado su propio campo de castigos en su maldito sótano.

De un humor de perros ante el fracaso con Láquesis y Átropos, Calixto visitó a un par de sus prisioneros. Un demonio que se había reído en su cara terminó colgado de los pies durante horas, y una ninfa que había intentado enfrentarlo recibió una cantidad exagerada de azotes. A ninguno le preguntó nada, a ninguno le ofreció clemencia. Evan sabía que lo hacía por placer, hacía mucho que aquello había dejado de ser simples castigos o interrogatorios.

—Vete.

Evan se detuvo. Su amo continúo su recorrido hacia la última mazmorra. La más protegida de todas, la cual tenía una pesada puerta de hierro macizo que ni siquiera tenía una mirilla. Solo Calixto podía abrirla, y ni Zay, el segundo al mando, sabía quien estaba metido allí.

La puerta se abrió, Evan esperó para poder echar un vistazo. Todos querían saber quién era el misterioso prisionero que habitaba aquella celda, pero lo único que vio fue una oscuridad tan intensa que parecía que devoraba a Calixto cuando este entró. La puerta se cerró y Evan permaneció allí por unos minutos más, a la espera... Pero al igual que Láquesis, aquel prisionero no parecía dispuesto a complacer al amo con sus gritos.

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—Oye Ginny, ¿puedes encargarte de esa mesa? Estoy muy ocupada aquí.—le pidió Astoria desde detrás de la barra.

Ginny volteó a ver la mesa que señalaba su compañera, al instante su estómago se agitó al ver al muchacho de cabello azabache que acababa de sentarse allí.

—Está bien—le dijo a la chica y se sorprendió al verla guiñandole un ojo antes de seguir con su minuciosa e innecesaria organización de las botellas de licor.

Un poco avergonzada, Ginny tomó su libreta de pedidos. Era patético a niveles astronómicos que hasta la hermana menor de Harry supiera que estaba interesada en él. Aunque pensándolo bien, tal vez había sido por esa razón por la que Astoria había puesto tanto empeño en hacer que Harry y ella fueran al callejón Diagon juntos días atrás. Suspiró, deseando no ponerse roja. Al menos tenía el visto bueno de su hermanita.

—¿Por qué has hecho eso?— le preguntó Hermione a Astoria cuando Ginny se alejó.

La sonrisa de su hermana falsa se volvió más ancha y juguetona.

—¿No es obvio? Ginny está interesada en Harry

—¿Interesada?—las pobladas cejas de Hermione se alzaron mostrando su total incomprensión del asunto.

—Interesada sentimentalmente—le explicó Astoria con infinita paciencia— ¿No has notado como el aire a su alrededor parece echar chispas cada vez que ellos están juntos? Es abrumador.

Hermione frunció el ceño mientras veía como Ginny y Harry hablaban.

—Trato de ignorar esas cosas, son molestas—. Simplificó la chica.

—No deberías hacerlo—le advirtió su hermana falsa— piénsalo, te sería mucho más sencillo tratar con ellos si comprendieras sus emociones.

—No creo que me sirva de mucho comenzar a absorber emociones humanas...—musitó, asqueada.

—No son solo emociones—le susurró mientras se aseguraba que nadie las escuchaba—Es su esencia, todo lo que ellos son. Y tú puedes estar un paso por delante que ellos al percibir lo que sienten. Muchas veces ni ellos comprenden lo que les pasa, pero nosotros sí, dado que somos observadores objetivos.

—¿Y tú eres una observadora objetiva?—Hermione sonrió sin ganas— Más bien una adicta a las emociones diría yo.

Astoria arrugó la nariz, claramente ofendida.

—No soy una adicta, puedo dejarlas cuando me plazca.

—Si tu dices.— Hermione chasqueó la lengua antes de dirigirse a la cocina. Astoria la vio alejarse sabiendo que el tema estaría zanjado al menos por un rato.

Le sorprendía que Hermione no se diera cuenta por sí misma que absorber emociones había sido precisamente lo que había pasado horas atrás, cuando atacó a la ex novia de Ron Weasley. El enojo de Draco, Taby y Ron combinados la habían hecho reaccionar de aquella forma violenta. La guerrera había absorbido esas emociones negativas sin ni siquiera darse cuenta. Si había ocurrido una vez, Astoria estaba segura que ocurriría una segunda, y rezaba a los dioses para estar presente en ese momento y evitar una calamidad.

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—Hola.

—Hola.

—Si no estuviera muerto, ya estaría vomitando.— Bufó Nick.

Tanto Harry como Ginny enrojecieron ante el comentario de Nick, sabían que se estaban comportándose como idiotas, diciendo "Hola" y mirándose con sonrisas tontas, pero preferían que el fantasma de doce años no los dejara al descubierto de forma tan directa.

—Ignoralo, ha estado de un humor de perros todo el día—le dijo Ginny a Harry sin ni siquiera voltear a ver a su fantasmagórico amigo. —¿Qué te traigo?

—Lo de siempre, por favor.

—Un café con un poco de leche y una rebanada extra grande de tarta de melaza.—le sonrió la pelirroja guiñandole un ojo antes de marcharse.

—Juro que quiero arrancarme los ojos—chasqueó la lengua Nick, y antes que Harry pudiera preguntarle cuál era su problema, el fantasma desapareció.

El guerrero miró el espacio vacío que había dejado Nick con el ceño fruncido. Aquel chico estaba molesto, y Harry estaba cien por ciento seguro que él era la razón de tanta furia. Suspiró resignado, parecía que fuera a donde fuera siempre se hacía de enemigos. Sin duda, un talento para nada útil.

Cerró los ojos, escuchando a cada persona que había a su alrededor. Estaban a salvo, pero a pesar de eso, le resultaba difícil concentrarse en esos momentos. Estaba física y mentalmente agotado. Las últimas horas de su vida habían sido una completa basura.

Aún podía sentir las suaves manos de Perséfone sobre su rostro, y por primera vez el contacto maternal de la diosa no le representaba ningún consuelo. Por años había creído que era especial, que tanto sufrimiento era por una buena razón... Había perdonado a Perséfone, pero curiosamente eso no aminoraba su dolor y la sensación de haber sido traicionado. Se preguntaba qué le diría Albus la próxima vez que se vieran. El anciano que lo había educado siempre le había hablado de su destino, y de su importancia en el esquema de los grandes sucesos que pronto acontecerían. Tal vez solo eran palabras vacías, para consolarlo.

Pensó en las palabras de Perséfone: "No todas las peleas son en el campo de batalla". Así que su misión no sería lo que él esperaba, sería algo diferente. ¿Pero qué? Tal vez su trabajo allí solo fuera cuidar de Ginny. Pero de ser así ¿Quién acabaría con Calixto?

—¿Harry?

Abrió los ojos y se encontró con su hermosa protegida, la cual lo miraba con un poco de preocupación. Ginny había dejado ya su orden sobre la mesa y ni siquiera la había notado. Estaba distraído, eso era peligroso.

—¿Te encuentras bien?—Ginny se inclinó apenas un poco para escudriñar su rostro.

—Estoy bien.—le aseguró, forzando una sonrisa.

—Sí, seguro—la pelirroja entornó los ojos sin creerle en lo más mínimo—Te ves triste...

Harry desvió la vista de esos ojos chocolate. Más que triste, se sentía miserable, pero Ginny no podía saber porque. Además del hecho de que a fin de cuentas no era asunto suyo. Estuvo tentado de decírselo, pero al volver sus ojos a los de ella, fue incapaz. No podía desquitar su frustración en ella como lo hacía Nick. No se lo merecía, ella era dulce y se preocupaba por él a pesar que apenas lo conocía.

—Sé que no es cosa mía, Harry, pero si necesitas hablar, sabes donde vivo.—le obsequió una sonrisa cariñosa al tiempo que posaba una mano sobre el hombro del muchacho.

Harry sintió como el pelo de la nuca se erizaba mientras el calor que emanaba de la mano de la chica parecía atravesar las capas de ropa, provocando un hormigueo agradable en la piel. La observó por un momento, sorprendido con su amabilidad. No era como otros humanos que decían cosas así aunque en el fondo no sentían nada. Ella de verdad quería ayudarlo y esperaba de corazón que él aceptara su apoyo.

Ella era la llave que podía desatar el fin del mundo, y era hermosa, tanto por dentro como por fuera. Sin saber lo que hacía, la tomó de la mano, dándole un suave apretón, podía sentir la electricidad entre sus dedos.

—Gracias...—fue todo lo que pudo decir.

—De nada...

—¡Harry, Hermione es una guerrera!

Harry y Ginny dieron un respingo, separándose automáticamente cuando Tabitha, completamente ajena a lo que ocurría, se plantó ante ellos con una inmensa sonrisa. El muchacho tardó un momento antes de comprender las palabras de la camarera de rasgos asiáticos. Pero cuando al fin pudo sacar a Ginny de su cabeza, y comprender, al instante entró en pánico.

—¿Per-Perdón?

—Hermione le retorció el brazo a la ex de Ron—rió Tabitha.—fue asombroso, Lavender no regresará por aquí nunca más.

—¿De verdad hizo eso?—Sabía que Hermione era muy capaz de eso y de mucho más, pero a menos que la tal Lavender fuera una demonio, no le veía la razón para hacer algo semejante.

—Sí, fue como una de esas ninja de las películas muggles. Jack y yo queremos mandarle flores de agradecimiento, ¿me dirías cuáles son sus favoritas?

—No creo que le gusten las flores siquiera...—Harry no podía salir de su sorpresa, sin dudas luego debería pedirle explicaciones a su colega.

—Me imagino. Tal vez le enviemos chocolates. —despreocupada se marchó, dejando a Harry sin palabras.

—No sé cómo fue el asunto—le contó Ginny en cuanto quedaron solos otra vez—Pero me alegro que lo hiciera, yo también le enviaré chocolates.

Ginny se fue a una mesa que la solicitaba, y Harry llevó sus ojos hacia donde estaba Hermione, la cual daba vueltas por el local con la misma cara de aburrimiento de siempre.

—Emociones residuales.—Astoria pasó a su lado con una bandeja que flotaba a unos centímetros de su sien. Para Harry no fueron necesarias más explicaciones, aunque no dejaba de sorprenderlo el saber que Hermione había experimentado una emoción humana. Se preguntó si debía preocuparse. Si ya de por sí Hermione era peligrosa, las emociones podrían volverla una verdadera bomba de relojería.

Bebió su café y aplacó su ruidoso estómago con la tarta de melaza, seguro que aquel día no terminaría jamás.

Y como siempre, cada vez que era en extremo pesimista, las Moiras le hacían tener la razón.

—Otro perro.

Harry no precisaba que la voz monótona de Hermione resonara en su cabeza para saber lo que se le venía encima. Lo cierto era que detestaba profundamente aquel don telepático que solían tener con otros guerreros cuando estaban de misión. Tener a alguien que podía hablarle en la cabeza cuando lo único que quieres es un momento de silencio era de lo más inconveniente.

Le lanzó una mirada de pocos amigos a Hermione antes de echarle un vistazo a la chica que caminaba entre las mesas del bar en dirección a él.

Apestaba a perro del infierno, pero tenía algo muy humano en su forma de caminar. Llevaba gafas de sol oscuras estilo aviador a pesar de la poca luz del local. Su cabello negro era muy corto y cada mechón apuntaba a una dirección diferente. Vestía de negro, con vaqueros oscuros y chaqueta de cuero. Perfectamente podía pasar por otro guerrero de Hades de no ser por su particular aroma. A pesar de que llevaba sus ojos ocultos, Harry sabía que estaban clavados en él.

La demonio era bastante alta, de curvas pronunciadas y pecho generoso, la típica belleza femenina que engañaba y atraía a víctimas débiles. Aunque aún así, su rostro no parecía muy atractivo, con piercings en la nariz, en los labios y hasta en las cejas, de inmediato entendió que hacía un esfuerzo para verse feroz. Harry aceptó que su rareza era interesante, pero el chiste de los demonios que podían adquirir aspecto humano, era ser la representación perfecta del canon de belleza de moda.

La observó acercarse, sintiendo lo mismo que había experimentado días atrás cuando Evan lo abordó en la cafetería de Lucy. Pero al igual que el otro, ella venía sola, y estaba seguro que atacar no era su plan. Eso lo mantuvo en calma, dejó el libro que había estado ojeando a un lado y acabó su taza de café, como si todo estuviera bien.

Permaneció muy quieto, a la espera de lo que fuera a pasar. La voz lejana de Astoria sonó en su cabeza a pesar de que no podía divisarla entre los clientes.

—Tal vez sea otro mensajero, debe querer tu respuesta.

Harry negó con la cabeza imperceptiblemente. Él ya había dado su negativa a la propuesta, había pasado los últimos días matando demonios. Si esa no era una respuesta clara, Calixto era más idiota de lo que creía.

—No lo creo.—les dijo tanto a Hermione como a Astoria en aquella línea telepática—Pero manténganse atentas y no hagan nada hasta que se lo ordene... y háganme el favor de mantener a Nick lejos de aquí.

Hermione al otro lado de la barra no parecía muy contenta con la idea de tener que esperar sus órdenes.

Al final, la demonio llegó ante él, y sin decir una palabra se sentó en la silla que había frente, como si aquel encuentro hubiera sido acordado con anterioridad. Harry alzó una ceja. Olía a demonio, pero estaba bañada en perfume de flores, que era una mezcla aún más repelente que su aroma natural.

—¿Y tú eres?

—Tengo entendido que hace unas noches mataste a toda una manada de perros del infierno.—Su voz era suave, atrayente, como la de todo demonio.

—Parece ser que los chismes vuelan por aquí—le dedicó una mirada de superioridad.—Aunque no deberías mostrarte tan impresionada, eran un puñado de demonios aficionados, no lo suficientemente buenos como para ser dignos de limpiar la suela de mis zapatos.—Usar un tono de arrogancia absoluta era la técnica perfecta para enfadar y asustar a un demonio en partes iguales. Un enemigo asustado o enojado podía ser mucho más fácil de vencer en un campo de batalla.

Pero para su sorpresa, la demonio ante él no se inmutó. Solo tamborileó impaciente la mesa con sus dedos de uñas pintadas de negro, como si aquella fuera una conversación tan normal como comentar el clima.

—Supongo que fue una batalla aburrida—cruzó sus piernas y se reclinó en el respaldo de la silla al tiempo que también cruzaba sus brazos.

Sus ojos detrás de las gafas y sus labios apretados, le hacían a Harry imposible saber sus verdaderas emociones.

—No sabes cuánto...

—Pero mis fuentes dicen que hubo un sobreviviente... uno que usaron de mensajero.

—¿Quién eres tú?

—La hermana del sobreviviente.

Fue como si alguien presionara "play" en la grabación de una película. De pronto Astoria apareció de la nada y colocándose detrás del demonio, apoyó la mano en su hombro. La recién llegada se tensó y Harry supo que la guerrera tenía algún tipo de arma escondida en la manga de su suéter.

—Destruimos a tu manada, también podemos destruirte a ti—Hermione había abandonado la barra y ahora estaba parada junto a Harry, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entrecerrados.

—Ellos no eran mi manada.—gruñó antes de mostrarle la palma de su mano, la cual tenía una extraña marca. Harry la reconoció en el acto, era un antiguo emblema demoníaco.

Cada manada de demonios tenía uno diferente. Cuando un demonio cambiaba de bando o dos manadas se unían para formar una, el símbolo marcado a fuego en la mano de los demonios cambiaba de forma, ya fuera por la marca de la nueva manada o por una fusión de ambos símbolos, si era el caso de una unión.

Pero la marca también tenía otra peculiaridad. Cuando un demonio abandonaba su grupo para vivir en soledad, la marca en su mano perdía su característico color rojo, y entre más siglos estuviera alejado de los suyos, más se aclararía. La demonio ante él tenía una marca que a duras penas se notaba. Ahora que su manada había sido exterminada, ella no tendría nunca más ese emblema, y solo obtendría otro si se unía a una nueva o formará una ella misma.

—Hermione, Astoria, váyanse. Yo me encargo—la experiencia le había enseñado que aquellas dos no eran muy buenas en el arte de hablar, y algo le decía que el ser sentado en su mesa no venía a pelear precisamente.

Astoria aceptó con un asentimiento seco, antes de esconder su daga y desaparecer entre la gente.

Hermione no estaba tan dispuesta a aceptar aquella orden.

—Si te come a media charla, le diere a Hades que te mataron por idiota—le dijo a Harry antes de regresar a la barra a grandes zancadas.

—Uff pero que cosita tan adorable, seguro que está llena de pretendientes.—resopló la demonio ladeando la cabeza en dirección de Hermione.

—¿Quién eres y qué quieres?—la cortó Harry con seriedad, a esas alturas de la noche no tenía ya mucha paciencia.

—Quien soy no importa mucho, pero supongo que al menos necesitas un nombre ¿no? Me llamo Carrie.

—Ese no es el nombre de un demonio—el guerrero le dedicó una sonrisa torcida un poco arrogante.

Carrie dejó que sus gafas de sol se resbalaran hasta la punta de su pequeña nariz, y para sorpresa de Harry, lo fulminó con un solo ojo de color dorado. Donde debía estar su ojo derecho solo había una horrible cicatriz. Harry había visto muchas heridas así, alguien le había arrancado su globo ocular de una forma poco amable.

—Si te hace feliz saberlo, mi estúpido nombre de nacimiento es Zatais.—masculló al tiempo que volvía a subirse las gafas—Pero me niego rotundamente a usar esa mierda de nombre en el mundo humano.

—Con esa actitud, estoy seguro que tú también estás llena de pretendientes.

Para desconcierto de Harry, Carrie sonrió de forma sincera.

—Quiero tu ayuda, guerrero.

—Y en el infierno quieren aire acondicionado, pero ya ves.

—Muy gracioso—chasqueó la lengua la demonio—Veremos qué tan divertido eres cuando todo el ejército de Calixto se te eche encima. No puedes luchar tú solo contra él, guerrero. Serías un iluso si lo creyeras. He visto sus nuevas fuerzas, está reclutando todo tipo de demonios y monstruos. Todo aquel que odia a Hades se está uniendo a él...—y después de pensarlo un momento, se corrigió—Cualquiera que tenga algo contra los dioses se está uniendo a él.

—Interesante—Harry trató de sonar despreocupado, pero ya había pensado en esa posibilidad. Los demonios solo eran la punta del iceberg—¿Es una amenaza?¿Calixto te ha enviado para meterme miedo? Si es así, te voy avisando que tendrás que...

—A mí nadie me manda—dio un golpe a la mesa, inclinándose un poco hacia delante, con expresión feroz—Soy libre, más libre de lo que nunca ha sido un demonio, y eso me ha costado muchísimo—se dio un golpecito con su dedo índice en el lugar donde debía estar su ojo derecho, haciéndole entender de inmediato a Harry cual había sido aquel precio. —Si Calixto gana esta pulseada, todos los demonios solitarios serán obligados a unirse a su ejército. No volveré a ser una esclava, nunca más.

Harry desvió la mirada por un momento. Sabía lo que era ser un esclavo, y estaba seguro que si él obtenía su libertad, lucharía con uñas y dientes para no perderla jamás.

—¿Así que quieres ayudarnos? ¿Asegurar tu libertad uniéndote al bando de Hades?—se rascó la nuca de forma distraída. Jamás hubiera creído que viviría lo suficiente para escuchar una idea tan ridícula como aquella. Los demonios y los guerreros no trabajaban juntos, así de sencillo. Los demonios eran impredecibles, demasiado volátiles, mientras que por otro lado los guerreros eran una fuerza militarizada, firme y determinada que seguían órdenes al pie de la letra. Nunca se habían unido por una causa en común.

Harry no sabía lo que pasaría si llegaba a creer en lo que Carrie le decía. No podía dejar de pensar que era una trampa de Calixto.

—¿Te unirías a tu enemigo para seguir siendo libre?

—Todo por la libertad, chico. Ya me han dicho tantas veces traidora que una mancha mas al tigre no importa.

—Ya...

—No te fías de mí—ni siquiera era una pregunta. Ambos eran lo suficientemente inteligentes para saberlo.

—No es que no me fie de ti—le sonrió sin mostrar los dientes—pero prefiero jugar a la pelota con Cerberos, poniendo en riesgo todas mis extremidades, antes de ir al campo de batalla contigo cuidando mis espaldas. No te ofendas, por favor.

Carrie rió con ganas, más risueña de lo que Harry pensaba que era capaz.

—Buenas noches. ¿Te puedo ofrecer algo?

Harry dio un respingo al escuchar la voz de Ginny a su lado. Al alzar su mirada, se encontró con la pelirroja con una sonrisa en los labios y su pluma y libreta voladora flotando en su hombro, lista para anotar cualquier pedido.

No entendía porque, pero en el acto supo que algo iba mal. Dejando de lado que la chica que se supone que debía proteger estaba otra vez a menos de medio metro de un letal demonio, había algo más. La forma en que ella estaba parada, muy rígida, y sin mover ningún músculo de su rostro. Su expresión de bienvenida se había desvanecido, sus labios eran una línea pálida en su rostro, eliminando por completo su sonrisa de costumbre.

El guerrero se sintió incómodo, al notar que no le había regalado ni una mirada de soslayo o una media sonrisa. Solo observaba a Carrie a la espera, con la misma cara sin expresiones que siempre llevaba Hermione.

Sin entender la razón, tuvo el impulso de explicarse, pero se contuvo. No entendía porque se sentía en falta.

Volvió a mirar a la demonio, que observaba todo a través de sus gafas oscuras con una inmensa sonrisa en los labios.

Harry se sintió aún peor. Carrie se reía de él por algo que se suponía debía entender por sí solo. Resignado miró a esa Ginny que le provocaba temor en lugar de ternura.

—Un whisky de fuego, guapa—le pidió Carrie con una nota de humor en la voz—Y otro para mi amigo, para que se vaya haciendo hombrecito.

Unas noches atrás, Draco y Jack habían intentado que Harry bebiera whisky de fuego al descubrir que el chico nunca había probado ni una gota de alcohol en toda su vida. Ginny los había reprendido enfurecida, alegando que no haber bebido nunca no lo hacia menos hombre que ellos. Pero esta vez, la pelirroja solo asintió y se marchó a buscarlos sin ni siquiera detenerse a mirarlo y saber si estaba de acuerdo con el pedido.

—Le gustas—Carrie hizo una arcada, como si estuviera a punto de vomitar—Y acabas de romperle el corazón en mil pedazos. —volvió a reclinarse sobre la silla, muy orgullosa de sí misma.

—Yo no he hecho nada...—se defendió Harry.

—¿Seguro?—volvió a bajarse las gafas, mirándolo con su ojo, brillante de diversión—Estás aquí, con una chica guapa, inclinados sobre la mesa, hablando entres susurros. Tú hablas y yo me rio. Para los humanos eso es sospechoso. Tal vez hasta crea que estamos teniendo una cita en sus narices.—sonrió al ver su cara de espanto—Ten cuidado, guerrero. Si una mujer es peligrosa, una Séptima con el corazón roto es una bomba de tiempo. No te olvides de Kendra. Acabó con todo un ejército de romanos cuando se enteró que su amado general se metía en la cama de otras mujeres.

Harry resopló al escuchar el nombre de una de las más salvajes antepasadas de Ginny. Sin duda Kendra se llevó la medalla a la más sanguinaria de todas, aunque razones no le faltaban, según las palabras de Perséfone.

—Ginny cree que tú y yo...—hizo una mueca de asco sin proponérselo. Un guerrero y un demonio ¡ja! Por muy hermosa que se viera, Harry no podía ni respirar en su presencia, y se descubrió tomado el muy necesario oxígeno a través de su boca, aunque parecía que hasta su lengua podía saborear el hedor que desprendía aquella criatura.

Si, seguro serian una pareja sensacional. Si él perdiera el sentido del olfato y ambos pudieran vencer su instinto natural que los arrastraba a querer matarse uno al otro.

—Pues es lo que ella cree, así que por tu bien deberás pensar en cómo apaciguar su cólera.

Harry se mordió la lengua. Lo peor de todo era que no era cólera lo que Ginny estaba sintiendo, y eso era lo que más lo preocupaba. La rabia era una emoción que él sabía muy bien manejar.

—No creo que estés aquí para hablarme de lo que cree o no Ginny—le cortó, ya había soportado a Astoria y hasta a Tabitha insinuando con muy poca sutileza lo que estaba pasando entre Ginny y él, como si fuera un idiota que no se daba cuenta.

—Tienes razón, tengo asuntos más interesantes para hablar contigo, muñeco.—aseguró la demonio con tono meloso en el momento en que Ginny llegó con los tragos.

Harry cerró los ojos por un segundo, mientras la pelirroja se marchaba sin decir una palabra. Contó hasta diez para no asesinar a Carrie allí mismo, mientras le oía reír por lo bajo. Después de aquello, tendría que hablar con Ginny y aclarar unas cuantas cosas.

—Habla y vete.—la miró furioso.

—Uff que aburrido.—le dijo sin perder la sonrisa maliciosa.

—Ahora.—tomó la espada que escondía en su bolsillo, y sintió un cosquilleo de placer al verla perder la sonrisa.

—Está bien.—alzó las manos en forma de rendición.—Quiero proponerles un trato. O mejor dicho, una alianza.

—¿Contigo?

—Mi hermano Evan es un tonto, pero es mi hermano, y lo quiero conmigo.—le dijo seriamente—Él no ve más allá de su condición de esclavo, pero yo de verdad creo que si lograra convencerlo, el lucharía por su libertad como yo lo hice...

—¿Y eso a mí de qué me sirve?

—Un espía ya infiltrado, idiota. Yo no podría, todos saben que soy una traidora. Calixto nunca permitiría que me uniera a él, no aún al menos.

—¿Y cómo sé que todo esto no es un engaño? ¿Cómo sé que no te enviaron a ti a espiarnos a nosotros?

Carrie se lo pensó un momento, como si viera sus opciones.

—Tal vez él pueda convencerte. —Señaló con un cabezazo la barra.

A un metro de donde estaba Hermione observándolos, había un hombre que bebía una cerveza de mantequilla tranquilamente, tomándose todo el tiempo del mundo en saborearla. Harry no había reparado en él ni una vez. Pero cuando puso sus ojos en su espalda, lo reconoció enseguida.

Él, el que siempre se ocultaba a plena vista, aquel en el que nadie reparaba porque siempre estaba ahí, en todos lados y en ninguno... Conocido por los antiguos como Tánatos, él prefería que lo llamaran Snow, pero el mundo humano hacia siglos que se empecinaba en llamarlo la Parca. Malditamente atractivo, no podías dejar de contemplarlo cuando tus ojos se posaban en él. Alto, de piel bronceada y rizado cabello castaño, tenía una sonrisa simplemente arrebatadora, el tipo de sujeto que no tarda ni dos segundos en ganarse tu confianza y hasta tu amistad.

—No me jodas...

La demonio soltó una risita ante la cara de absoluta sorpresa de Harry.

Al otro lado del bar, Snow se levantó y sus casi dos metros de estatura podría haber llamado la atención de todos; pero él era un ser sobrenatural que deseaba no ser visto, así que nadie volteó a verlo y la gente se iba apartando de su camino sin nisiquiera darse cuenta.

Harry le echó un vistazo a Astoria y Hermione, ambas miraban al recolector de almas tan sorprendidas como él. Al otro lado de la barra también se encontraba Nick, el cual estaba pálido, si era que un fantasma podía estarlo. Harry comprendió que Nick había reconocido a Snow, ya que sus caminos se habían cruzado una vez.

—Hola guerrero. Has crecido.

Solo una vez había visto a Snow. Fue una noche, cuando tenía diez años y Albus lo obligaba a quedarse hasta muy tarde leyendo gruesos libros con olor a viejo. En aquella ocasión se había quedado dormido leyendo una ejemplar de El arte de la guerra, y Snow lo había despertado con una sonrisa casi paternal, diciéndole con picardía que al anciano guardián no le gustaría verlo dormido. Lo calmó mientras le alborotaba el cabello, asegurándole que no lo delataría con Albus, que ese sería su secreto.

Show había ido a la biblioteca por un libro, y se lo llevó, sin antes pedirle que su encuentro también fuera un secreto.

—¿De verdad crees que él me permitiría acercarme a tu chica si fuera una amenaza?

Harry no podía más que estar de acuerdo con ese punto. Snow era fiel a Hades, y Calixto lo aborrecía de manera muy personal, así que descartaba totalmente que el dios fuera capaz de unirse a él.

—¿Hades lo envió?—el guerrero hizo el ademán de ponerse de pie con nervioso respeto, pero Snow con una sonrisa divertida le indicó que se quedara donde estaba, mientra el se sentaba junto a Carrie.

—Hades está demasiado destruido para poder enviar a nadie a ningún lado—le dijo la Muerte.—Este es un asunto de gran importancia. Calixto es una gran amenaza.

—¿Tan grande como para ponerlo nervioso a usted?—No se contuvo, tener a la mismísima parca aliándose con un demonio y bajando de su pedestal de divinidad para hablar con un guerrero, solo podía significar que aquello era verdaderamente grande, ya que por regla general, la Muerte nunca intervenía en los conflictos, manteniéndose al margen hasta la hora de llevarse al perdedor.

—Calix cree que lograra ser el rey de un nuevo orden, pero eso es un delirio, una fantasía absurda que le ha comido la cabeza hasta dejarlo sin sentido común—Snow tomó un sorbo del whisky que Harry tenía delante.—Cree que obteniendo los poderes de Hades y el resto de los dioses, se volverá el ser más poderoso del mundo, pero no sabe que eso es suicidio.

—¿Suicidio?

—¿Acaso crees que ningún celestial a querido alguna vez hacer eso? ¿Crees que Zeus, con el ego enorme que tiene, no lo hubiera hecho ya si no fuera por las inevitables consecuencias?—apuntó Carrie.

—Cuando los poderes de un dios pasan a otro ser, estos mutan.

Harry frunció el ceño. Comenzaba a sentir una molestia punzante en medio del cráneo. Show hablaba como si aquello tuviera alguna lógica para él; pero el guerrero, que siempre se había considerado con una inteligencia aceptable, estaba completamente perdido.

—No entiendo—aceptó al final, logrando que Carrie soltara un resoplido de frustración— ¿Mutar? ¿Cómo puede un poder mutar?

—Lo único que tienes que saber es que si Calixto logra su cometido, Hades morirá.—La Muerte parecía bastante tenso al decir eso— Y te aseguro niño, no importa cuánto odies a ese bastardo, no quieres vivir en un mundo donde Hades este muerto. Aunque pensándolo bien, no habría mundo donde vivir, dado que el equilibrio de los dioses sería destruido, y con ello todo lo demás.

—Pero si Calixto gana, ¿él no se volvería el nuevo dios del inframundo? ¿Eso no mantendría el equilibrio?

—Para que eso pase, los dioses deberían aceptar a Calixto como nuevo dios, y te aseguro que ellos preferirían que comenzará el Apocalipsis antes de aceptar a ese pedazo de mierda en el Olimpo.

—En resumidas cuentas, ellos prefieren dejar de existir antes de aceptar a un plebeyo en su muy disfuncional familia.— bufó la demonio.—¿A que no es alentador?

—¿Acaso el equilibrio es tan frágil?... Todos muertos solo por la caída de uno...

—Es una acción en cadena, guerrero. Si Hades es destruido, todo lo que él representa también será eliminado. Los poderes que Calixto obtenga, no serán los del dios del inframundo, ese puesto desaparecerá, al igual que un montón de otros dioses que dependen de él.— Antes que Harry pudiera hacer la pregunta, Snow le respondió— Como yo. Si el dios de los muertos desaparece, la parca también lo hará. Y tarde o temprano eso afectará a los demás dioses. Ellos morirán y lo que representen también.

—Entonces la tierra...

—La tierra lo sentirá. Solo imagínalo. Un mundo sin Hades, Zeus, Poseidón, Apolo, Artemisa, Deméter... la lista es larga, chico.

Harry sintió como algo frío y siniestro se revolvía en sus entrañas. Un mundo sin muerte, donde los océanos se secaran, la luna y sol desaparecieran del firmamento y la tierra se volviera tan árida que nada creciera en ella.

Albus había dicho que esa misión era para salvar a Hades, pero la realidad era que lo que de verdad debían hacer, era salvar a todo el maldito mundo. Evitar el fin del universo.

—Calix no sabe que al final lo único que gobernará será un pedazo de roca.

—No llegara a ver esa roca—intervino Carrie con tono solemne— Cuando comience a recolectar los Dones de los dioses moribundos, ese poder lo comerá por dentro, ¿olvidas lo que dijo Muerte? El propósito de Calixto es suicida.

—¿A qué te refieres?

—Los poderes de los dioses están divididos no porque ellos quieran (saben las estrellas que Zeus prescindiría de toda su familia si pudiera) sino porque ninguno puede contener tanto poder. Sí, hay algunos que son más fuertes que otros, y la repartición de poder no ha sido precisamente muy equitativa. Pero imagina esto—movió la botella de cerveza que había traído de la barra— imagina que trató de poner el contenido de aquel barril dentro de esta botella. ¿Qué crees que pasaría?

—No podrías. Se desbordaría...—Entonces lo comprendió.—Estallaría...

Muerte asintió con la cabeza.

—Calix va directo a mis brazos...o lo haría, si no fuera que para ese momento yo y el resto de los dioses estaremos destruidos.

Harry se dejó hundir en su silla. Tenía que matar a Calixto antes que este se matara. Era irónico en cierto punto.

—¿Cómo puede ser tan idiota?

—El cree que tiene a alguien muy poderoso de su lado.

—Pero ningún dios sería tan imbécil como para ayudar a su propia destrucción

—Pues él cree que Dios está de su parte.

Harry alzó ambas cejas, sin ocultar su asombro en lo más mínimo.

—¿Hablas de Dios, el Dios de la D mayúscula?

Show se encogió de hombros, con resignación

En el Olimpo se contaban historias en los pasillos y habitaciones oscuras, siempre en susurro, para que Zeus no las escuchara y entrara en cólera. Harry las conocía, Perséfone se las contaba cuando era niño. Hablaban de una fuerza superior a los dioses, más grande que el Todo y la Nada, aquel que le había otorgado sus dones a cada uno de los inmortales. Dios, el verdadero gran jefe del universo, el que podía hacer que Zeus mojara sus pantalones.

—¿Y es verdad...?

—Quien sabe.—Snow soltó un largo suspiro mientras miraba distraídamente las vigas empolvadas del techo. — El gran D no suele ser muy comunicativo, pero lo cierto es que Calix lo cree de verdad, y a veces creer es suficiente.

—¿Y cuál es tu plan?

—Por ahora, mantener a la séptima viva y lejos de Calixto. El no puede tomar el poder que hay dentro del cofre por sí solo, la necesita a ella. Eso es bueno, al menos para nosotros.—murmuró Snow —Mientras ella esté de nuestro lado, eso nos da tiempo para poder atraparlo.

—Evan, tu hermano—dijo Harry mirando a Carrie—me dijo que las Moiras predijeron que Ginny iría con Calixto por decisión propia.

—Honestamente no lo creo—Carrie parecía muy segura—Tal vez el tonto de Evan se lo haya tragado, nunca tuvo muchas luces. Pero las Moiras no se han dejado ver hace meses. Nadie sabe dónde están.

—¿Cómo es eso?—miró a Snow en busca de una confirmación.

La Muerte volvió a encogerse de hombros.

—No es tan raro, algunas veces los otros dioses se vuelven una lata y lo mejor es alejarse un rato, ya sabes, para evitar hartarte y cometer una masacre celestial.

—¿Qué dice Zeus de todo esto?

—El barbón no dice nada. Cree que es una completa pérdida de tiempo—Snow rodó los ojos— el muy idiota se cree indestructible.

Aquella información no sorprendió a Harry en lo más mínimo. No era la primera vez que Zeus hacía oídos sordos al peligro y se encerraba en su palacio en los cielos, dejando que otros con más sentido común se hicieran cargo del desastre.

—Pero... ¿Y los demás dioses?

—Poseidón está en su palacio submarino, nunca sale de ahí y hace tiempo que dejó de importarle lo que le pasará a su familia. El viejo Percebe debe querer que los mares se sequen y que ya nadie lo fastidie. Entre tanto, los demás están muy ocupados en no hacer enojar a Zeus al meterse en esta pelea. La única sensata es Atenea, siempre ha esperado que algo así pasara, por eso mantuvo a una de sus más poderosas hijas cuidando a la séptima.

—Pero ni Luna puede detener a todo un Ejército—bufó Harry. La chica tenía mucho poder, lo había visto con sus propios ojos, pero para vencer a un ejército se necesitaba muchísimo más.

—Atenea no es tonta, se ha dedicado a reclutar a todo dios o ser mágico que esté dispuesto a enfrentar a Calixto, pero la cosa no es tan fácil con Zeus de aquí para allá diciendo que todo está bien.—refunfuñó Carrie.

—Ese zoquete nos mandara a todos a la tumba con su terquedad.— Snow acabó con el whisky y de inmediato hizo una seña para atraer la atención de alguna camarera. La más cercana era Ginny, la cual seguía con esa rigidez en el rostro que parecía que nadie notaba.

—¿Si, señor?— Ginny fingía su sonrisa más dulce, pero Harry, que había pasado horas observándola, supo que no era sincera.

—Si, tráeme una cerveza de mantequilla caliente y unas patatas fritas para mi hambrienta novia—mientras Show decía aquello, colocó el brazo alrededor de la demonio. Carrie no movió ni un músculo. Pero algo en la actitud de Ginny cambió muy sutilmente, aunque Harry no supo decir que fue.

La pelirroja les dedicó otra sonrisa antes de ir por el pedido.

—¿Tu y ella?—no pudo evitar preguntar el guerrero haciendo una mueca.

—Oye, acabo de salvarte de la furia de esa pelirroja, limítate a decir gracias, mocoso.

Harry apretó los puños mientras lo veía sonreír con petulancia.

—Gracias, entonces...— Sus dientes rechinaron. Odiaba que lo llamaran mocoso, y más cuando tenían esa actitud de amos supremos que solían tener todos los inmortales. El también era inmortal, o al menos hasta que un dios lo creyera necesario. Pero los otros, los que habían nacido de la divinidad, sólo consideraban a los guerreros humanitos más resistentes y bajo la protección de Hades.

Se contuvo para no decirle dónde podía meterse aquel "mocoso". No era buena idea insultar al sujeto cuyo trabajo era acarrear almas de un lado a otro.

—Aunque Ginny no me haría nada...

La demonio soltó una risita despectiva

—Una mujer celosa es mortal, tendemos a no tolerar que nos quiten lo que es nuestro.

Harry lo pensó un momento. De mujeres celosas tenía el ejemplo perfecto en su memoria. Hera se había cargado a una guerrera de Hades solo porque está, sin ni siquiera proponérselo, había hecho que Zeus volteara a verla.

No se imaginaba a Ginny comportándose de esa forma. Además del hecho de que no eran los mismos sentimientos que hervían a Hera, los que Ginny dejaba entre ver en su sonrisa forzada. Estaba triste, decepcionada. Harry no podía dar con la razón de aquellos sentimientos, a pesar que Carrie le aseguraba que era por él. Pero ¿porque la pondría triste que él hablara con otra chica?

Antes que pudiera decirle a la demonio que estaba completamente equivocada, Ginny regresó a la mesa, dejando la cerveza y las papas.

—Gracias Ginny—Harry le sonrió amablemente, intentando con desesperación tener la atención de la chica. Y lo logró, la pelirroja lo miró por primera vez desde que Carrie había aparecido. Le regaló una pequeña sonrisa sincera, y al instante Harry sintió que un peso enorme abandonaba sus hombros.

—No hay de qué.

Se marchó a otra mesa, pero Harry no le sacó los ojos de encima hasta que Carrie soltó un sonido desde lo más profundo de su garganta, como si fuera a vomitar sobre sus papas fritas. La observó con mala cara mientras Snow soltaba una risita.

—Son como un par de adolescentes vírgenes, dan vergüenza ajena.—Carrie hacía un esfuerzo para no reír a carcajadas—Lo que necesitan es un buen revolcón, así se les quita tanta estupidez.

Aquello no le daba la más mínima gracia a Harry. Carrie simplificaba todo al decir que lo ocurría entre Ginny y él era algo meramente físico. El guerrero, que había pasado gran parte de su vida analizando cada emoción que se suponía le eran prohibidas experimentar, entendía que lo que hacía que su corazón latiera con fuerza cada vez que la veía no era simplemente deseo carnal. Aún no podía darle un nombre, aunque tenía sus teorías.

—Déjalo en paz, Carrie—le advirtió con tono serio Snow, aunque sonreía—Es solo un muchacho, y ella solo es una chica. Recuerda lo que te dijo Eros.

—¿Eros también está en nuestro bando?—se interesó Harry a pesar que momentos antes estuvo a punto de poner fin a la improvisada reunión.

Carrie puso los ojos en blanco.

—No te emociones, puede tener un nombre conocido, pero solo tiene un puñado de flechas de amor y desamor, increíblemente útiles en el campo de batalla, si este fuera una secundaria.

Harry ignoró el sarcasmo de Carrie. Eros era un dios menor bastante famosillo, pero quien de verdad le interesaba al guerrero era la madre de este. Afrodita, la diosa del amor podía ser una gran aliada. Como Albus le había enseñado durante años, el amor era una fuerza increíblemente poderosa, y durante toda la historia de la humanidad, Afrodita había demostrado que ganaba más batallas que el mismísimo Ares.

—Eros nos ayudará todo lo que pueda, pero no esperes mucho. Para la mayoría de los dioses, esta es una guerra entre guerreros.

—Calixto no es un guerrero.

—¿Crees que para ellos hay diferencia? No te ofendas niño, pero para ellos todos son lo mismo.

Harry rodó los ojos. Era algo tan típico.

—Entonces, ¿cómo nos ayudaremos mutuamente?—miró a Carrie directamente —¿Cómo esperas que tu hermano se ponga de nuestro lado?

—Si lo supiera no estaría aquí, guerrero—resopló, antes de llenarse la boca de papas fritas.

—Genial...—¿Cómo diablos esperaban que él supiera cómo convencer a un demonio adolescente de hacer lo correcto?

—No te desanimes, muchacho—le dijo Snow con un tono comprensivo que a Harry le recordó a Albus cuando lo alentaba a mejorar en sus lecciones.—Calixto está ocupado montando su ejército, mientras nosotros tenemos a su pieza más importante.

—Ginny...

—Así es, y mientras esté con nosotros, estaremos bien.—De la nada hizo aparecer una diminuta botellita de cristal que dejó sobre la mesa, frente a Harry. Contenía un líquido brillante color rojo anaranjado que parecía moverse con vida propia.

—Fuego de la hoguera de Hestia—Harry se inclinó hacia delante, contemplando maravillado. El fuego de la diosa Hestia mantenía la vida en el Olimpo, decían que una sola chispa podía proteger de cualquier mal a un hogar.

—Hestia lo envía para ayudar con la protección de la séptima. —Le explicó Snow—Le dio uno a la semidiosa para que lo usara en su casa. Este es para usar aquí.

—Nosotros estamos aquí para protegerla.—se plantó Harry, un poco ofendido al ver que no los creían capaces de cumplir con su misión.

—Niño, no te ofendas.—la voz de la Muerte era suave, y su sonrisa amable.—Pero cada minuto que pasa, Calixto se hace de nuevos monstruos que siguen sus órdenes sin titubear. Allá fuera hay criaturas que ni te imaginas, y espero de verdad que nunca te enfrentes a ellas.— La muerte se veía triste, pero a pesar de eso, Harry pudo ver determinación en su mirada, y una chispa de esperanza de que todo acabaría bien, mientras le ponía el frasco con fuego en las manos.— Úsalo, déjalo libre en el bar, será una protección más, y mi querida Hestia será feliz de haber sido útil en esta guerra.

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Al salir al callejón, Ginny se encontró con Harry, despreocupadamente recargado en la pared junto a la puerta de atrás del bar. Cuando este le sonrió se sintió nerviosa. Se había comportado como una completa idiota con él y sus amigos, y aunque había intentado disimular estaba segura que al menos él si lo había notado.

— ¿Esperas a Hermione?—Astoria se había marchado hacía unos minutos, pero la castaña continuaba dentro, terminando de cambiarse con más parsimonia que nunca.

—No, quería hablar contigo.—Se paró ante ella un tanto inseguro, y Ginny no pudo imaginar más que lo peor. Seguramente quería aclarar lo que había ocurrido en el bar. Tal vez hasta quería pedirle que no fuera tan tonta, ya que al fin y al cabo, ellos no eran nada. Y era la pura verdad, eran conocidos, a lo mucho compañeros de piso.

Ella no tenía ningún derecho a actuar así, que le gustara Harry no significaba que tuviera derecho a ponerse celosa si lo veía con una chica. Él no tenía porqué tolerar una situación semejante.

Por un segundo se sintió una versión en formación de Lavender. Completamente abochornada se preparó para lo que fuera que Harry hubiera pensado. La consolaba saber que él era sin duda un chico educado que no sería especialmente grosero ni demasiado cruel.

—Quería disculparme por la actitud de mi amiga Carrie.—dijo golpeando el suelo nevado con la punta del zapato, haciendo que la nieve recién caída se ensuciara. —Ella puede ser...especial—no parecía muy seguro con esa elección de palabras. —Solo se comporta cuando su novio está presente.

—No tienes que disculparte ni nada, Harry. Tu amiga no fue para nada maleducada conmigo.

—¿Segura? Cuando estabas en nuestra mesa actuabas diferente... Creí que tal vez la actitud de Carrie te había molestado. Es que ella no es el tipo de persona que hace amigos allí donde va.

Ginny no pudo evitar sonreír. Harry era adorable, y cada vez que abría la boca solo lograba gustarle un poco más. Era un cambio refrescante después de pasar años catalogando a los chicos entre la lista de los cretinos y los que la consideraban una hermana menor.

El de verdad le gustaba, era muy pronto para agregar algo más a esa declaración, pero a pesar de eso, la hacía sentir en las nubes. Hacía tanto que no sentía aquel singular cosquilleo en la tripa, que la emocionaba la simple idea de que él se tomará la molestia de pensar en sus sentimientos.

Aunque no podía dejar de reír al pensar en lo ingenuo que era al no ver los más que obvios celos que le habían provocado la aparición de Carrie y el inmenso alivio que fue descubrir que esta tenía novio.

—Olvídalo, he tenido un día largo, siento si me comporté diferente con tu amiga.

—¿Segura que es eso?—Se inclinó un poco hacia delante, eliminando mucho del espacio que los separaba, y por un momento Ginny creyó que la besaría allí mismo. Pero no fue así, solo la miraba serio, estudiando detenidamente, y al final no pudo contener una diminuta sonrisa. Rió, al comprender que aquello era un intento de ser juguetón. Antes de que pudiera detener su lengua, comenzó a soltar muy atropelladamente lo que había estado pensando desde que Taby le había invitado a su fiesta de cumpleaños.

—Taby hará una gran fiesta por su cumpleaños el próximo domingo— le dijo apresuradamente— los chicos siempre le permiten hacerla aquí, son geniales, ¿sabes? Mucha música y comida y bebida... Este... Bueno, Taby me dijo que podía ir con alguien, así que me preguntaba si tu... Si a ti te gustaría...

—¿Se ese alguien con quien irías?— la ayudó Harry mientras la veía cada vez más ruborizada. Tal vez no había vivido entre los humanos mucho tiempo, pero Perséfone le había hecho tragarse suficientes novelas rosas para poder comprender lo que ocurría allí. Sin poder contenerse, se sintió emocionado y feliz por primera vez en todo el día.

—Bueno, sí. Si tú quieres—Se veía tan abochornada.

—¿Cómo una cita?

Ginny lo miró sorprendida por un momento, pero luego con las mejillas al rojo vivo y con más soltura de la que se hubiera creído capaz, también se inclinó hacia adelante.

—Bueno, no es muy habitual tener una cita en la fiesta de cumpleaños de una amiga, pero siendo Tabitha, no creo que le moleste.

—En ese caso, este domingo entonces.

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—¿Qué haces?

Hermione hizo desaparecer el frasco con el fuego de Hestia en el bolsillo de su chaqueta, antes de voltear hacia las escaleras de caracol que daban a la oficina. Allí arriba se encontró con Ron Weasley que la miraba con recelo. Se reprendió mentalmente, era casi indecoroso cometer semejante error al creer que ya no había nadie más en el bar.

—Nada.— se apresuró a decir. Pero lamentablemente, la cara de inocencia y desentendimiento que tan bien sabían usar Astoria y Harry, no estaba en su propio arsenal. Ron bajó los últimos escalones, acercándose a ella aún sin creerle una palabra.

—¿Segura?

—Yo...—mentir era una cosa de humanos, y ella se había esforzado por eliminar cualquier rastro de humanidad dentro de ella.

—Mmm... ¿tratas de hacer que el local sea inmune a las plagas de Torposoplos?— Había un asomo de sonrisa en el rostro del pelirrojo mientras se acercaba cada vez más.

Hermione frunció el ceño. Los Torposoplos eran seres que habitaban el Olimpo, pequeños e inofensivos. Los dioses los consideraban divertidos, pero la guerrera desconocía que los humanos supieran de su existencia.

— ¿Cómo...?

—Luna ya hizo un hechizo contra ellos aquí, hace tiempo— Ron no pudo contener la risa pero se detuvo al ver el rostro serio de la chica.— Lo siento— se aclaró la garganta, avergonzado—. Ginny dice que tengo tanto tacto como una roca.

—Las rocas no cuentan con terminaciones nerviosas para poder tener el sentido del tacto. Son objetos, no seres vivos...

Ron soltó una carcajada ante el tono grave de la chica.

—Se nota que eres pariente de Luna.

Hermione lo miró fijamente, estudiándolo, mientras él con las manos en los bolsillos de sus pantalones se inclinaba ligeramente hacia delante, haciendo que el espacio que los separaba fuera curiosamente escaso. Era mucho más alto que ella, le ganaba un par de cabezas y tenía unos hombros anchos que lo hacían ver imponente. Mientras lo observaba no podía evitar hacer un repaso por todas las técnicas que podía poner en práctica para reducirlo, torturarlo o sencillamente matarlo. Su tamaño no era nada, ella era mucho más fuerte y poderosa, podía hacerle verdadero daño si se lo proponía.

Alzó sus ojos hacia los de él. Eran de un azul oscuro. Profundos y muy expresivos.

Inclinó la cabeza ligeramente. Astoria le recomendaba permitir que aquellas repugnantes emociones la tocaran. Pero al ver esos ojos encontró algo más que la simple alegría de vivir o la emoción del momento. Había algo allí que ella conocía, porque no se necesitaba de sentimientos para querer algo tan básico. Al comprender aquello, sintió que el fuego que mantenía los ojos de Ron sobre ella, lograba provocar una chispa en su pecho.

Con su mejor sonrisa en los labios, Weasley intentaba acallar la irritante vocecita que le gritaba al oído lo malo que era ligar con su empleada. Dejando de lado que aquella vocecita se parecía mucho a la de su amigo Draco, o que Hermione no parecía mostrar ningún interés, no podía sacar sus ojos de ella. Había algo que despertaba su interés de manera irremediable. Tal vez solo fuera el hecho de verla patearle el culo a su ex. Era fuerte, determinada... salvaje.

—Lo que hiciste con Lavender fue increíble. Eres sorprendente.

Hermione ladeó la cabeza, sin parpadear ni una sola vez. Draco le había comentado lo incómodo que lo ponía ese comportamiento, pero a Ron solo le parecía divertido.

—Ya me lo habías dicho—le dijo sin muchos miramientos.

—Ya, pero quería decírtelo otra vez.

Ronald la había observado todo el día, y había descubierto algo fantástico. No importaba lo que le dijeran, Hermione parecía que no se hacía problema por absolutamente nada, y eso para el chico era un cambio curiosamente agradable después de ser novio de Lavender Reina del Drama Brown. Si un cliente la hablaba mal, Hermione ni se inmutaba, si alguien rompía algo por accidente ella lo reparaba sin molestarse en decir una palabra. Taby la encontraba un poco antipática en comparación con su extrovertida hermana, y Draco comentaba que tenía una cara de amargada que competía con la de su ex profesor de pociones. Pero por su lado, Ron opinaba que Hermione podía mostrarse más expresiva en las circunstancias adecuadas.

—Te invito un trago y me dices que hacías.—le propuso con su mejor sonrisa. Le importaba muy poco si trataba de espantar Torposoplos o duendes de Santa Claus, ya que estaba completamente inmunizado a ese tipo de locuras gracias a Luna, y hacía tiempo que había aprendido a verle el lado divertido.

—Los protocolos humanos son muy enredados y aburridos—. Señaló la chica como si nada.

—¿Ha si?— no entendía a cuento de qué iba eso, pero le siguió el juego, como lo haría con su prima.

—Sí, lo he notado trabajando aquí. Nadie dice lo que de verdad quiere, se invitan tragos y tiene citas cuando lo que de verdad esperan es otra cosa.

Antes que el pelirrojo pudiera preguntar qué era aquello que en realidad quería la gente, Hermione se pegó a su cuerpo, besándolo sin piedad, exigiendo con ferocidad. La sorpresa lo dejó helado por un momento, pero no necesito mucho tiempo para reponerse y regresarle el beso con el mismo ímpetu.

La voz de Draco volvió a resonar en su cabeza, reprobando totalmente aquel comportamiento. Lo calló con un "Solo es un beso", aunque más tarde tuvo que silenciarlo nuevamente con un "Solo es sexo."

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Hola gente! ¿Cómo les va? (¿todavía queda alguien por ahí?) Si lo sé, tarde demasiado, soy muy consciente de eso (tenia partes de este capítulo escrita en cuadernolas de mi época del liceo, con eso digo todo xd) pero aquí estoy, con una actualización de más de 20.500 palabras, siendo que casi siempre mis capítulos a duras penas llegan a las 10 mil. Tómenlo como una muestra de que la historia aún está viva y que algún día llegara a tener un final, se los juro solemnemente. Sé muy bien donde quiero llegar con esta historia, aun tengo todas las notas que había hecho cuando la pensé por primera vez, pero lo cierto es que tuve un periodo en el que simplemente no quería escribir. Hace unos meses volví a "rencontrarme" con mis historias y estoy decidida a terminarlas.

Bueno, ya que el capitulo es taaaan largo quiero tomarme un momento para decirles una cositas antes de irme.

Uno: en la mitología griega Hades y Perséfone si tienen hijos (más o menos, hay demasiados datos confusos) pero aquí me tome una licencia de autor, dado que el deseo de Perséfone de ser madre es de gran importancia para la historia.

Dos: El cuadro que ven Harry y Perséfone es este: https: . /-01OwaiAwnPM /VHCtwJsfRSI /AAAAAAAA5_M/ TuguoKk6F2M/s1600/ Hofman. jpg a mí en lo personal me parece muy hermoso.

Tres: Draco y Ron son polos opuestos aquí, mientras que Draco es sensato y serio, Ron es más apasionado, en especial cuando se trata de chicas.

Cuatro: Si les sorprendió la parte final con Hermione, por favor no se olviden que ella no tiene alma. No solo no tiene emociones, sino que también no tiene conceptos básicos como los de el bien o el mal, para ella la idea de lo que es moralmente aceptado no tiene sentido. Para ella lo que ocurre con Ron no tiene ninguna importancia, es algo meramente físico y ya.

Cinco: Nota al pie: Snow es nieve en ingles, elegí ese nombre para la Parca por que representa algo que es de la naturaleza, hermoso y a la vez puede hacerte mucho daño.

Seis: esto es para que ustedes me den su opinión. Yo sé que no todo el mundo son unos frikis amantes de la mitología griega como lo soy yo, así pues les pregunto ¿quieren que les deje al final de cada capítulo una especia de lista de los dioses que vaya nombrando a lo largo del capi, con una breve explicación de quien son?

Bueno, creo que no hay más por el momento.

Hasta la próxima leída.

Besos grandes

Elly