Capítulo 16
La llave.
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En el momento que Calixto chasqueó los dedos, Harry supo que las cosas se torcerían aún más aquella noche.
Sentía como su espada resbalaba de su mano pero no podía hacer nada para evitarlo. Su mente parecía enlentecerse. El ataque de su enemigo no era físico, sino mental. Intentó alzar las barreras de su mente para protegerse, pero era demasiado tarde. La magia que estaba utilizando era diferente, era casi divina, y un guerrero no podía luchar contra la magia de los dioses...
Lo intentó. Debía concentrarse, mantener su mente clara. Debía luchar. Debía... ¿Qué se supone que debía hacer?... No podía rendirse... Tenía... tenía... ¿Qué se supone que tenía que hacer? Era algo muy importante. Algo... ¿Qué cosa era?
Harry se sintió caer. Un túnel larguísimo en el que sencillamente caía, caía y caía... Alguien lo llamaba, y en la oscuridad de su mente, intentó entender lo que le decía. Era una voz conocida... Parecía desesperada y él deseo de verdad poder consolarla. Pero él caía.
La voz desapareció.
Tenía que hacer algo importante, pero no recordaba qué cosa era.
Un ruido comenzó a hacerse cada vez más fuerte. Era molesto e insistente. Harry intentaba recordar eso muy importante que debía hacer, pero ese ruido no lo dejaba concentrarse. Le dolía tanto la cabeza...
El sonido repetitivo no lo dejaba concentrarse. Debía hacer algo importante pero no recordaba que era.
Algo que le requería no rendirse...
El ruido continúo, sin perder el vigor, insistente y testarudo. Lo llamaba, exigía su atención sin ningún tipo de miramiento.
Pero Harry sabía que debía hacer algo muy...
Las ideas huían de él y el ruido no cesaba.
Tal vez, pensó Harry con repentina claridad. Aquel ruido era lo importante.
Al llegar a esa conclusión el ruido se volvió más fuerte, perforándole los tímpanos.
Bip Bip Bip.
Era un despertador. Su despertador. De manera automática alzó una mano y lo apagó de un fuerte manotazo. Quería dormir un rato más. Sentía la cabeza dar vueltas, soltó un gruñido y volvió a hundir el rostro en la almohada. Se sentía mareado y aturdido. Maldijo a Taby y en especial a sus hermanos y su estúpido concurso de bebidas. Sentía que la cabeza le iba a estallar. Definitivamente se le había pasado la mano con el whisky de fuego.
Una risita musical a su lado lo hizo alzar la cabeza. Se sintió mareado y sin sus gafas el mundo era una mancha, pero reconoció de inmediato aquella especial manchita color rojo fuego.
—Que mal humor para comenzar el día —le sonrió Ginny Weasley desde su lado de la cama.
La rodeó con un brazo y la atrajo, buscando sus labios de manera instintiva. La chica se rió por lo bajo apartando el rostro.
—Ni se te ocurra besarme, tu boca huele a minibar.
—Con qué facilidad me rechazas. —Le reprochó Harry antes de besar su cuello juguetonamente.
La chica se rió, permitiendo que su novio se colocara sobre ella y comenzará a besarla en todos lados menos en los labios. La nube que había aturdido a Harry se desvaneció al tiempo que hundía las manos debajo de la vieja camisa que Ginny usaba para dormir. Acarició sus muslos salpicados de pecas, y rozó el triángulo de vello rojo que la chica escondía entre las piernas, un lugar secreto que solo él tenía permiso de explorar. Sus manos atraparon sus pechos, la chica gimió y arqueando la espalda ante las caricias. No llevaba nada debajo de esa vieja camiseta y a Harry eso lo volvía loco.
Estaba a punto de bajar una mano juguetona para provocar algo más que un simple estremecimiento de parte de su novia, cuando alguien tocó a su puerta. Bendito sea que la había cerrado con llave.
—Harry cielo ¿ya despertaste?
Harry negó con la cabeza, molesto, mientras Ginny se tapaba la boca intentando sofocar una carcajada. Echó un vistazo a su entrepierna, la cual segundos atrás había estado lista para la acción pero ahora caía temida y avergonzada.
—Si mamá, ya me desperté. —dijo en voz alta intentando no sonar molesto, al tiempo que Ginny se retorcía muerta de la risa.
—El desayuno estará listo en cinco minutos, avísale a las chicas.
Escuchó los tacones de su madre bajando las escaleras. Rodó los ojos, lo mandaba a avisarle a su hermana que el desayuno estaba listo solamente porque su madre sabía que si entraba a la habitación de su hija descubriría que la mejor amiga de esta no se encontraría allí, y sería muy obvio deducir donde sí estaba. Su mamá sabía que Ginny y él pasaban las noches juntos cuando la pelirroja decía que dormiría en la habitación de Astoria, pero por alguna razón fingía no darse cuenta.
—Te urge mudarte a tu propio apartamento. —le sonrió Ginny antes de salir de la cama.
—Ya, solo faltan algunas cosas—le aseguró levantándose también.
—Imagina poder pasar el día así, sin interrupciones
—Así que cuando me mude la semana que viene ¿eso es lo que haremos todo el día? ¿Estar en la cama?
—Seguro que te quejaras un montón— le guiñó un ojo coqueta, y Harry sintió que lo que se había apagado hacía nada ahora volvía a encenderse.
Pero no había tiempo. Abrió la puerta de su habitación y echó un vistazo al pasillo. Estaba desierto. Le hizo señas a Ginny, pero cuando está pasó por su lado la retuvo rodeando la por la cintura.
—Esta noche después del entrenamiento en la cafetería de Lucy.
—Mmm ¿tienes planes?
—No crees que me olvidé de nuestro aniversario.
Los ojos de Ginny brillaron.
—Después del entrenamiento en la cafetería, es una cita. —le dio un casto beso en los labios—Te veo abajo.
Como un torbellino silencioso corrió hacia la habitación de Astoria al otro lado del pasillo y se metió en este, no antes de lanzarle una última mirada juguetona.
Verla era todo un espectáculo. Coqueta y a la vez desfachatada, era la definición de todo lo que estaba bien en el mundo. Tan hermosa que lo hacía perder la cabeza con una sola mirada.
Agradecía a los dioses por ponerla en su camino...
Gruñó al sentir una punzada en la cabeza. ¿Los dioses en plural? Pensó extrañado mientras regresaba a su cuarto para alistarse.
Su habitación era un desastre. Cajas, maletas y cosas que aún no se decidía en dejarlas o no. Se mudaría a su propio apartamento en una semana y tenía tantas cosas por solucionar. La pelirroja que se acababa de marchar era una de ellas.
Bajó las escaleras aún un poco mareado y sus ojos se sintieron molestos al ver la luz del sol entrando a raudales en la cocina.
En la mesa estaba ya servido el desayuno, sentado ya estaba un hombre mayor de larga barba plateada. Aquella mañana se había puesto una túnica color violeta que a Harry le hacía entornar los ojos. Leía el diario, y le dedicó una sonrisa pícara por encima de este cuando lo vio entrar a la cocina. Su tío abuelo Albus con una destreza asombrosa para su edad le lanzó un pequeño frasquito. Harry lo tomó al vuelo, no por nada había sido buscador en el equipo de Quidditch del colegio. Reconoció la poción para eliminar la resaca y se la bebió de un trago antes que su madre saliera de la alacena con pan recién horneado
—Buenos días cielo. —le sonrió con aquella sonrisa perfecta que parecía iluminar la habitación. Tenía un hoyuelo que solo aparecía cuando su sonrisa era honesta, como en ese momento.
Era hermosa, lo sabía muy bien, había tenido que hechizar a muchos compañeros, tanto del colegio como de la academia porque eran incapaces de guardarse sus comentarios.
Aquella mañana su madre llevaba un vestido de flores blancas y el cabello rubio atado en una desprolija coleta. Sus ojos verdes, estaban llenos de vida y alegría mientras le preguntaba cómo le había ido en la fiesta de cumpleaños de Taby.
Obviamente no le contó que se había agarrado la borrachera de su vida ni que había terminado la noche haciendo travesuras en el depósito del bar con Ginny. Lo que sí contó sobre la decoración y a cerca de la banda que había tocado.
—Al final de la noche los chicos tocaron Only you...
—Oh Ginny debió ponerse muy contenta, es su canción. Espero que la hayas sacado a bailar —le lanzó una mirada a Harry que le decía que estaría en muchos problemas si se enteraba que no lo había hecho.
—Por supuesto que lo hizo—Ginny entró a la cocina junto a Astoria, atrás había quedado su improvisado camisón, pero Harry no se quejó, ahora llevaba unos vaqueros que le quedaban escandalosamente bien. —Criaste a un verdadero caballero Perséfone, en cuanto escuchó los primeros acordes, de inmediato me llevó a la pista de baile. —le aseguró la pelirroja, tuteándola y llamándola por su nombre como tanto le había insistido en que lo hiciera.
La mujer sonrió satisfecha antes de servirle el desayuno sin dejar de alabar lo caballero que era su hijo cuando se lo proponía.
—Buenos días Albus —saludó Ginny muy sonriente antes de darle un pequeño beso a Harry al pasar por su lado. —Buenos días cielo. —le guiñó un ojo mientras actuaba como si acabara de verlo. Astoria rodó los ojos desde el otro lado de la mesa.
El desayuno transcurrió sin gran demora pero Harry apenas probó bocado. La poción le había sacado los síntomas de la resaca pero el dolor de cabeza persistía... era una sensación extraña pero sentía que se había olvidado de algo...
—Nos vamos—anunció su hermana Astoria poniéndose de pie. —Ginny tiene entrenamiento de Quidditch y yo he quedado con Luna para estudiar.
—Las acompaño —dijo Harry antes de ponerse su chaqueta.
—No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo Harry.
El chico quedó en medio de la cocina mirando extrañado a su tío Albus. Pero el anciano no le explicó lo que quería decir con eso y simplemente continuó con su lectura del periódico.
Las chicas ya se habían ido y solo le quedaba mirar a su madre en busca de respuestas. Pero la gran Perséfone sonreía y tomando su mano le dijo.
—Estoy orgullosa de ti. Eres el mejor hijo que alguna vez pude desear.
Harry la miró y supo que ella sabía lo que él planeaba hacer, y le estaba dando su bendición.
—Gracias.
Tratando de parecer tranquilo, descendió las estrechas escalera que daban a la tienda que había bajo su casa y daba al callejón Diagon. El Jardín de Perséfone era la tienda con la variedad de plantas y flores más exóticas y hermosas. La mejor de toda Inglaterra.
Se encontró a las chicas a la salida de la tienda, esperándolo.
Astoria se despidió de inmediato, no sin antes darle un rápido abrazo y susurrarle un "buena suerte" al oído.
Ella también conocía sus planes. Al fin de cuentas no era sólo su hermana, sino también su mejor amiga.
En cuanto estuvieron solos, Ginny lo beso con ganas.
—Te veo luego. —le sonrió Harry como un tonto. Si eso era dejarse arrastrar por los sueños quería ahogarse en ese momento... Siseó al sentir una punzada en la cabeza.
—¿Estás bien? —Le miró preocupada Ginny.
—Sí, no pasa nada, solo un dolor de cabeza. —ignorando el palpitar de su cráneo en busca de la sonrisa de su novia, le tendió el clavel blanco que acababa de robar de uno de los arreglos de su madre.
—Todo un caballero.
—No te olvides de decírselo a mi mamá.
Ginny se despidió con un nuevo beso. Harry se lo correspondió con toda la fuerza y cariño que fue capaz de transmitir. Al final ambos se sintieron mal por tener que separarse, pero la idea de verse más tarde era todo un consuelo. Astoria solía decir que eran odiosamente melosos y ultra cursis, pero hacía bastante que Harry había dejado escuchar la opinión de los demás acerca de su relación.
—Te amo
—Y yo a ti.
Era una mañana agradable, el frío de principios de invierno todavía no se había instalado, a pesar que los primeros copos de nieve habían dicho presente hacía unas semanas. Caminó un rato entre esa extraña gente que hacía sus compras muy temprano en la mañana.
Habitualmente hacía ese paseo junto a Ginny cuando se quedaba en su casa, pero ese día su novia tenía que entrenar. A pesar que estaba en el receso que provocaba las tormentas de nieve y las fiestas en temporada de Quidditch, la entrenadora aún las convocaba para discutir estrategias o simplemente para que el espíritu de equipo no se quebrara.
Ginny iba por su segunda temporada en el equipo de Las Arpías de Holyhead y era la más joven y talentosa de todas. Harry era feliz viéndola como resplandecía en el campo de juego.
Era bueno al fin verla haciendo algo que amaba de verdad...
Se detuvo de pronto con la cabeza como un tambor. ¿Cuándo Ginny había trabajado de algo que no amase? Pues nunca... Pero aún así tenía una sensación rara. Como si se estuviera olvidando de algo...
Agitó la cabeza. Por cuarta vez en su corta vida se prometer no volver a beber jamás, seguro que esta vez era la definitiva.
Sacó la varita y desapareció. Tenía que presentarse en la academia y no tenía tiempo para resacas intratables.
Aunque intentó ignorar su dolor, por momentos no sólo era eso, sino también una especie de mal presentimiento. Como una fuerza externa que le decía que algo no estaba marchando bien.
Se tardó demasiado en los vestuarios de la academia de aurores y cuando llegó al gimnasio donde se estaba haciendo su entrenamiento, ya todos sus compañeros estaban separados por parejas.
—Llegas tarde—le reprochó el único chico que no tenía compañero para batirse a duelo.
—Un mago nunca llega tarde, Frodo Bolsón, ni pronto, llega exactamente cuando se lo propone.
—Friki. —la voz del chico salía amortiguada del casco protector que llevaba puesto.
Harry se colocó el suyo antes de sacar la varita. Era un implemento útil si te lanzaba un hechizo que te estampara contra la pared que tenía detrás, pero completamente inservible si tu oponente te lanzaba algo más fuerte y siniestro.
Harry siempre ganaba. Le gustaba ser auror y aunque preocupara a su madre, le gustaba el combate, el tener que pelear para seguir de pie. El subidón de adrenalina de saberse en peligro y tener que luchar... No se imaginaba haciendo otra cosa.
El duelo despejó su cabeza por un momento. De pronto el dolor se fue y durante un instante sólo era él y su capacidad de derivar al otro.
Pero fue en ese momento en que estaba en control completo de la situación, cuando escuchó una voz llamándolo. Perdió su concentración por un segundo mientras buscaba quien había pronunciado su nombre, tiempo suficiente para que su compañero lo desarmara y lo lanzara al otro lado del gimnasio.
Todos los estudiantes se detuvieron, hasta el instructor frunció el ceño sin creer lo que había visto.
—¿Estás bien? —su compañero se sacó el casco, inclinándose sobre él para examinarlo. Por un segundo, Harry no vio al veinteañero de cabello negro atado en una coleta y barba de un par de días, sino al niño escuálido y pálido que había sido alguna vez.
—Estoy bien Nick. —le tranquilizó mientras se sacaba el casco protector, preguntándose cómo era posible que supiera el aspecto de Nick Bones a los doce años, si en esa época no lo conocía.
Se puso de pie con gran esfuerzo mientras la cabeza volvía a darle vueltas.
—Escuche a una mujer llamarme—murmuró confuso
Nick entornó los ojos. Preocupado al ver el rostro enfermo de su amigo.
—Nadie te ha llamado, Harry.
Harry se masajeó la sien. ¿Qué mierda le habían metido en la bebida la noche anterior para que ahora estuviera teniendo delirios sonoros?
No estaba bien. Algo no estaba bien.
Aquel pensamiento no lo abandonó el resto del día, dejándolo distraído y no muy comunicativo. Tanto así que no se sorprendió cuando sus amigos lo rodearon mientras tomaba sus cosas del casillero del vestuario antes de marcharse.
—Actúas raro —sentenció Ron Weasley mirándolo de arriba abajo.
—Sí. —asintió Nick
—Estoy bien —gruñó con el dolor de su cabeza casi a raya. Al menos eso estaba mejorando. Aunque le fastidiaba que lo atosigaran preguntándole si estaba bien a cada rato. Sacó su mochila de casillero de mala gana y una cajita negra salió volando de un bolsillo mal cerrado.
Ron la atrapó en el aire, haciendo gala de los reflejos que tanto lo ayudaban a destacar en la academia.
La abrió con curiosidad y no tardó en mirarlo con los ojos como platos.
—Así que esta es la razón que te tiene distraído —Nick se rascó la nuca sin saber qué cara poner cuando Ron le mostró el anillo de compromiso que había dentro de la cajita.
Harry miró a sus amigos... los cuales eran hermanos de Ginny. Hubo un silencio incómodo. Nick creía que era muy pronto y Ron aún no estaba muy seguro de qué pensar. Aunque ambos estaban seguros de una sola cosa, Ginny sería muy feliz cuando escuchara la propuesta y aceptaría de inmediato.
—¿Están bien con esto, verdad?—les preguntó nervioso.
Los dos muchachos se miraron un segundo antes de darle un puñetazo poco cariñoso en cada brazo.
—Rompele el corazón...
—Y te rompemos las piernas.— terminó con una sonrisa Ron.
Harry también sonrió. Era lo más cercano a una bendición que iba a obtener de esos dos.
En cuanto estuvo listo, apareció a unas calles de la cafetería muggle que tanto adoraba su novia. Había planeado todo durante semanas. Metió la mano en el bolsillo del pantalón para sentir el suave contacto de la cajita donde estaba el anillo. Saber que estaba allí lo tranquilizaba al mismo tiempo que hacía burbujear su estómago.
Sabía que ella diría que sí. Ella era su chica. Su primer amor y el único. La había querido desde que eran unos niños y lo seguiría haciendo cuando fueran unos ancianos. Diría que sí, aceptaría ser su esposa sin pensárselo dos veces... pero aún así... Sentía que algo iba mal. Había pasado el día entero sintiendo que algo no estaba como debía.
Ginny le hizo señas desde el ventanal de la cafetería cuando lo vio parado en la acera. El la saludo con la mano, pero no se movió ni un paso más.
Todos sus amigos estaban allí, esperándolo. Todos habían dado excusas tontas para estar allí y poder ser parte del momento.
El dolor de cabeza que lo había atormentado desde la mañana había desaparecido. Pero él sabía que algo no estaba bien.
—Porque sabes que nada de esto es real.
Fue como un bofetón. Como un despertar repentino, de esos en los que acabas en el suelo preguntándote cómo acabaste allí.
Parpadeó, confundido.
Ante él había una mujer. Bajita y menudita, su cabello castaño caía sobre sus hombros con rulos poco definidos. Llevaba una capa color granate que la tapaba completamente y olía a madera quemada. Sus ojos grandes y de un azul profundo lo observaban con mucha atención.
Su rostro redondo lo recordaba de algún lado. Por un momento creyó que era una de las clientas de su madre. Pero lo descartó con rapidez porque de pronto todo a su alrededor desapareció.
Su mente confusa rechazaba todo lo que hacía segundos creía como verdad.
—Si entras a esa cafetería ya no podrás despertar jamás. Lucha guerrero. Lucha con todas tus fuerzas. —Le ordenó la mujer.
La dueña de la florería no era su madre. Era Perséfone, la diosa que lo había adoptado...
—Así es. Continúa, no permitas que Calixto te manipule.
Él no tenía ningún tío abuelo. Albus era su profesor desde que tenía uso de razón. Él le había enseñado a leer y a escribir. A ver el mundo más allá de aquel agujero negro y nauseabundo en el que había crecido.
Nick y Ron no eran sus compañeros de academia, porque él nunca había estudiado en una. Su escuela había sido el hades. Y Astoria tampoco era su hermanita adorada y cómplice en travesuras... Era su colega, su compañera de aventura. Otra guerrera tan jodida como él.
Y Ginny... Ella no era su Ginny. La chica que había encontrado a su lado al despertar y le había dicho que lo amaba era una ilusión, como el resto.
Nada era real. Todo era un truco de Calixto para tener su mente lejos de la batalla. Lejos de la verdadera Ginny que lo necesitaba.
Cayó de rodillas cuando sintió que la cabeza se le partía en dos.
—Bien hecho, guerrero.—le felicitó la mujer inclinándose para mirarlo a los ojos. Su rostro estaba lleno de pecas.
—Gracias Hestia.
La diosa del hogar le sonrió y sus ojos parecían dos llamas azules.
—Yo no hice nada. —le aseguró—solo tú puedes salir de esta fantasía.
Harry asintió, poniéndose de pie.
Debía regresar.
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Ginny sintió su corazón detenerse cuando vio la espada de Harry comenzar a escurrir por sus dedos, pero antes que esta cayera, el chico la tomó con firmeza. Sus ojos que por un momento parecieron sin vida, recuperaron su brillo. Parecía tener fuego en su mirada. Le dedicó una sonrisa maliciosa a Calixto.
—¿De verdad crees que un mundo de fantasía me va a detener? —Alzó la espada —Entonces eres más idiota de lo que recordaba.
—Te crees superior y el rey de la moralidad, mocoso.—escupió Calixto.—Tal vez un hechizo no te pueda seducir ¿pero qué tal la verdad? La simple y llana verdad ¿Qué darías por saber quién es tu verdadera familia?—Harry lo miró asombrado por un momento. Calixto sonrió triunfante— ¿Lo ves? Todos tienen algo que puede tentarlos.
—¡No lo escuches!—gritó Draco con firmeza aunque era obvio que no entendía ni la mitad de lo que estaba pasando— Tu nombre verdadero es Harry Potter, y te aseguro que ese imbécil no puede decirte nada de tu verdadera familia que yo no pueda.
Calixto soltó un grito furioso. Con rabia giró sobre sí mismo, creando un círculo de fuego. Un látigo de fuego azul estuvo a punto de quemar a Harry y provocó que los demás también tuvieran que retroceder, con excepción de Nick, que lo atravesó sin sufrir daños.
Ginny intentó liberarse nuevamente del agarre de Zay, pero todo el cuerpo le dolía. Sentía como las garras del demonio se hundían en su piel. Chilló, pero el sonido se enmudeció por el batir de las alas de cientos de seres que taparon las estrellas sobre su cabeza.
Había demasiados y el fuego parecía una bestia incontrolable que solo deseaba devorar a todos los enemigos de Calixto. Ginny se estremeció, furiosa de impotencia al verse incapaz de hacer nada. ¿Pero qué podía hacer? Ni siquiera podía comprender lo que eran esas cosas, mucho menos destruirlas.
Luna miró a su alrededor sin saber qué hacer. Sus poderes eran ridículos comparado con lo que se les estaba echando encima. Hermione y Astoria estaban completamente incapacitadas, mientras que Ron y Draco ni siquiera sabían qué hacer para defenderse de esas cosas. Solo quedaban Harry y ella. No podían contra tanto. La simple idea de rendirse le contrajo el corazón. Podía ver a Ginny al otro lado del callejón luchando por separarse de aquel inmenso demonio. Su lucha era inútil, pero no la dejaba... ella seguiría luchando hasta el final.
Miró a Harry en busca de algún brillante plan que los ayudara mientras el fuego la obligaba a retroceder cada vez más.
El guerrero señaló a Nick.
A Luna se le cayó el alma al piso. Después de tantos años de lucha, de prometerse que Ginny Weasley nunca se volvería una Séptima completa...
—Los dioses lo saben.—le gritó Harry por encima del caos—No seremos nosotros quienes derrotemos a ese idiota.
Luna dudó. Pero cuando escuchó a Calixto ordenándole a su demonio que se llevara a Ginny, no tuvo tiempo para nada más. Solo le suplicó a su madre no estar cometiendo el peor error de su vida.
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Ginny vio a Nick corriendo hacia ella, esquivando demonios que sí podían tocarlo y atravesando las olas de fuego que comenzaban a chamuscar su vestido.
—¿Serás su salvador, niñito?—se burló Zay con malicia, pero Nick lo ignoró. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca alzó la mano e hizo la cosa más increíble que Ginny le había visto hacer jamás. La toco.
Fue un tacto frío, exactamente donde estaba su corazón. No comprendió lo que estaba ocurriendo hasta que su amigo fantasma la miró a los ojos y soltó unas palabras extrañas en un idioma que nunca había oído. Después de eso ya nunca se sintió igual.
Era doloroso. Como fuego corriendo por sus venas. Como un poder incontrolable que nacía en su interior que la destruía y la componía todo al mismo tiempo.
Gritó como si todos los huesos del cuerpo se le estuvieran rompiendo al mismo tiempo. Gritó mientras se retorcía. Zay intentó contenerla, pero ni ella podía contener tanta fuerza. Las garras del demonio se clavaron con más fuerza en su piel y ella deseó que tan asqueroso ser desapareciera de la faz de la tierra. Y así ocurrió. Y cuando así fue, supo que había sido ella.
Cayó de rodillas en el suelo del callejón mientras el fuego y los demonios se arremolinaban a su alrededor. Sintió su furia al igual que su temor... Le tenían miedo a su amo, no entendía cómo lo sabía, pero lo sabía. Al igual que sabía que esas cosas le tenían miedo a ella también.
Su instinto la puso de pie, su instinto la hizo levantar las manos, y ese poder incontrolable que había dentro de ella alzó las llamas como un remolino, alejándolas de sus amigos, y atrapando a los demonios alados, consumiéndolos hasta que una lluvia de cenizas cayó sobre su cabeza.
Mareada, miró a su alrededor, aquel callejón que se había convertido en menos de diez minutos en una zona de guerra. Buscó al tipo llamado Calixto, pero ya no estaba. Había huido.
Las llamas se extinguieron y Ginny cayó de rodillas en el suelo y se apoyó en sus manos para no acabar tendida en las cenizas. Antes de que pudiera evitarlo estaba vomitando. Su fuerza se había desvanecido y ahora se sentía débil e indefensa nuevamente.
Sintió una capa sobre sus hombros y dos manos que la ayudaban a ponerse de pie. Alzó la cabeza y se encontró con la mirada preocupada de Ron. Parecía asustado. Ginny intento decir alguna cosa, pero antes que pudiera abrir la boca todo el mundo giró a su alrededor y se sitio caer en un hoyo negro.
Cuando Ginny se desmayó, Ron la levantó en vilo, arropándola como si aún fuera una niña. Miró a Luna en busca de ayuda y la chica se aproximó dudosa. Lo que acaba de ver le había helado la sangre. Estaban vivos, si. Pero ver a Ginny en aquel estado de enajenación, destruyendo todo a su alrededor... había acabado con la vida de cientos de demonios en una fracción de segundos mientras el poder mágico la hacía resplandecer. Había visto a su amiga ser una diosa todopoderosa por un momento que le pareció eterno.
Tocó su frente, estaba bañada en sudor y fría como un cadáver.
—Hay que llevarla a casa— dijo en un hilo de voz. —Ahí estará segura.
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El silencio era absoluto en la sala de la casa de Luna y Ginny. La chimenea estaba encendida y más de unos tenía la mirada perdida en las llamas, recordando las que estuvieron a punto de matarlos una hora atrás.
Ginny estaba en su habitación. Luna le había puesto un pijama y dado un fuerte somnífero. Con su magia no sabía qué más hacer. Solo quedaba esperar a que despertara y resignarse a contestar todas sus preguntas.
Astoria y Hermione estaban un poco mejor. Ya no sentían dolor, pero no habían abierto la boca desde que habían recuperado sus almas. Harry le había dicho que no se preocupara, que de por sí recuperar el alma era un proceso difícil y chocante cuando se hacía con amabilidad y delicadeza. Así que gracias a la brusquedad de Calixto, las chicas estarían en estado de shock por un rato largo. Lo único que había podido hacer Luna por ellas fue abrigarlas bien, ponerlas junto a la chimenea y darles chocolate caliente.
—Bueno...—comenzó a decir Ron cuando su naturaleza le impidió estar por más tiempo callado —¿Alguien puede decirme qué carajos fue todo eso? ¿Qué rayos eran esas cosas y que querían con mi hermanita?
Luna y Harry se miraron. Nick desde la escalera donde estaba sentado les dijo:
—Cuéntales la verdad. Terminemos con las malditas mentiras.
Luna también estaba harta de las mentiras. Miró a Draco y a Ron sentados ante ella en el sillón. Estaban sucios y cansados, como todos, pero la búsqueda de la verdad y el miedo de que algo malo le ocurriera a esa pelirroja que tanto amaban, los mantenían allí plantados.
—Es complicado de explicar...
—Comienza con el principio...
—Mejor comienza explicándoles que el mundo que ellos conocen no es el verdadero.—sugirió Astoria desde su rincón, hablando por primera vez después que habían llegado.
—Creo que es lo mejor—asintió Luna— Ron, Draco... mi madre es Atenea, la diosa de la sabiduría.
Los dos muchachos se miraron, entre molestos y cansados.
—No le veo el chiste.—dijo al fin Ron.
—No hay ningún chiste—le aseguró Harry.
Tardaron, tardaron muchísimo en convencerlos de que los dioses existían, que vivían entre ellos sin ser notados y que todos eran peones en un juego que ya no divertía a nadie. Lo tomaron por broma al principio, luego creyeron que estaban todos locos, pero al final...
—¿Y qué tiene que ver Ginny en todo esto?—preguntó Ron.
—Lo primero que deben saber es que los dioses no pueden matarse entre ellos. Pueden pelear, y les aseguro que lo hacen continuamente. Pero no pueden matarse, ni encerrarse ni tampoco privar a otros de sus poderes. —Comenzó a explicarles Luna, pensando cada oración para que fuera fácil de asimilar—Pero los dioses se parecen mucho a los humanos y es imposible que no hagan cosas que merezca un castigo.
—Antes que existieran los dioses, el universo era controlado por La Nada y El Todo (aunque se dice que a ellas también las creó algo aún más poderoso). Son dos fuerzas que a pesar de ser contrarias, viven en completa armonía. Luz y Oscuridad. Su equilibrio es todo para ellas y les gusta mantenerlo así. Pero los dioses son soberbios, les gusta romper su equilibrio. Por esa razón, La Nada y El Todo crearon a un ser único, un ser hecho para pararle los pies a los dioses y darles una lección de humildad cuando sea necesario. —dijo Harry serio
—¿Y cómo se mete Ginny en esto? —preguntó Draco. Pero Ron se removió incómodo en el sofá, como si siempre hubiera sido consciente de lo que estaba a punto de decir.
—Ginny es ese ser único...
Luna asintió y a Ron se le vino el mundo encima.
—Las Moiras siguen la guía de La Nada y El Todo, y cada vez que un suceso importante esta apunto de suceder, dejan que una Séptima nazca en la tierra.
—¿Sucesos?
—Guerras celestiales. —Respondió Luna—A veces los dioses se pasan con sus peleas y las consecuencias son terribles para el universo. La Nada y el Todo no les gusta ver el mundo arder por culpa de la estupidez de otros. Ginny tiene un gran poder, tan grande que de ser necesario podría enfrentar al mismísimo Zeus. Ella puede aprisionar a los celestiales, quitarles sus poderes y si es necesario, destruirlos y crear un nuevo Dios que ocupe el lugar del destruido...
—¡NO!— Ron se puso de pie y comenzó a moverse alrededor de la sala como fiera enjaulada. —Ginny no tiene ese poder, ella es una chica normal y corriente.
—Ron, la viste esta noche—Luna le hablaba con toda la delicadeza del mundo—Dime que había de común y corriente en ella mientras destruía sin ayuda de nadie un ejército de demonios.
—Vi cómo la mirabas, te dio miedo—la acusó el pelirrojo mirándola con resentimiento.
Luna agachó la mirada, avergonzada.
—Solo fue un momento... Te aseguro que daría mi vida por ella.
—Ella no es un monstruo, no es eso que ustedes dicen—agitó la cabeza con terquedad —Hasta esta noche ella era normal.
—Nadie dice que sea un monstruo. Solamente es... espacial.
—Ron, la razón por la que hasta ahora no había demostrado sus habilidades fue porque sus poderes estaban sellados.—Harry también se puso de pie al ver que Luna se sentía demasiado avergonzada por su momento de debilidad. —Hace miles de años se decidió que una Séptima sólo podría acceder a sus poderes cuando el momento de la guerra llegara. Fue un trato entre las entidades superiores y los dioses, dado que a estos últimos les preocupaba (más bien les incomodaba) la idea de que en la tierra caminara una persona con un poder tan grande en tiempos de paz. Por eso se creó La Llave, un familiar que sería la persona que la ayudaría a liberar esos poderes llegado el momento.
Ron se detuvo.
—Yo soy el único familiar que ella tiene.
Harry miró a Luna, ya sin saber si debía o no decirle la verdad completa.
—En teoría—murmuró la semidiosa con los ojos en sus pies—Esta noche deberías haber sido tú quien rompiera el sello y liberado los poderes de Ginny... pero... yo le suplique a las Moiras para que no fuera así.
—¿Fuiste tú?—Harry la miró con el ceño fruncido.
—Ron... tu familia. Tus padres, tus hermanos... todos ellos fueron Llaves.
Draco temió que a su amigo le diera algo cuando pálido, lo vio caer a su lado en el sillón. Si a él le dolía la cabeza después de tanta extraña información, no quería saber que estaba pasado por la mente de Ron.
—Explícate—le ordenó Ron apretando los dientes.
Luna tembló bajo su mirada. Adoraba a Ron, pero ahora su amigo ya no la veía, ni la vería igual que antes. Ya se lo había esperado, al fin y al cabo había mentido tanto y en tantas cosas. Sintió la pequeña mano de Nick en su hombro brindándole apoyo, al igual que la de Harry, que sentándose a su lado, la tomó de la mano.
—Cuando Ginny nació mi propia madre fue la que le contó a tus padres sobre sus poderes y lo importante que sería. Tu madre aceptó ser la primera Llave, pero cuando sabes sobre el mundo de los dioses, es como tener una diana en la espalda. Tú sabes de ellos y ellos de ti. Hay cosas allá afuera, cosas más aterradoras que los demonios que viste esta noche. Seres perversos que harían cualquier cosa por un poco de poder, la sangre de Ginny es tan especial como sus poderes, una sola gota volvería invencible a quien la beba...
—Mi madre... ¿la mataros esas cosas?—Draco posó una mano en el hombro de su amigo, el pelirrojo estaba temblando.
—Si, al igual que tu padre y el resto de tus hermanos.
Ron soltó una maldición. Harry lo entendió, todo era una verdadera mierda.
—¿Por qué nadie me contó de esto?
—Cuando los gemelos murieron, tú eras el siguiente en la fila. Ibas a ser la Llave y el conocimiento te seria otorgado, pero yo intervine. Hable con mi madre y le suplique. Ya eran demasiadas muertes. Así que convencí a las Moiras de que había otra opción, una que era mejor.
—¿Por qué?
—Porque eres el hermano que más ama Ginny. Porque el lazo que los une es mucho más estrecho de lo que la unía con el resto. Sabía que si a ti te pasaba algo, Ginny quedaría tan hecha polvo que no habría forma que luchara por nadie más. —Luna sintió los ojos arder mientras hablaba con el corazón en una mano—Siento haberles mentido, pero era la única forma de mantenerlos vivos. Las Moiras convirtieron a Nick en La Llave y lo volvieron el protector oficial de Ginny. Era perfecto, un protector que no podía morir porque ya lo está.
—¿Nick la protege?— Ron tuvo ganas de reír. Siempre había pensado que el fantasmita era solo el extraño amigo invisible de su hermana. Nick movió una taza de té que había sobre la mesa ratonera que había frente a el pelirrojo, para que así supiera que estaba ahí y lo oía.—Gracias por cuidarla, mocoso.
—Vale, y a todo esto ¿Quién era ese tipo? Ese tal Calixto.—preguntó Draco.
—Para entender quién es él y qué es lo que quiere, primero tiene que saber quiénes son ellos—señaló Luna a sus tres primos , los cuales Ron ya comenzaba a pensar que no eran parientes en realidad.
—Somos Guerreros de Hades—les contó Harry poniéndose de pie y acercándose a la chimenea, junto a sus colegas—Hades tiene un ejército privado creado con humanos especiales, a los cuales les arrebata el alma para volverlos completamente fieles.
—¿Les quita su alma?—Draco parecía incómodo.
Harry asintió, tan tranquilo como si hablara del tiempo.
—Esas cosas que soltó y las dejó en ese estado...—miró significativamente a Astoria y Hermione.—¿Eran sus almas? ¿Se las regreso?
—Sí, eso es lo que hizo. Seguramente sabiendo que las dejaría fuera de combate por un buen rato.
—Pero dijo que tú tienes tú alma... ¿eso quiere decir que no eras un guerrero de Hades?
—Si lo soy... solo que un poco diferente al resto—Harry no quería ponerse a explicar todo aquel escabroso asunto— Como sea, lo que tienen que entender es que en el inframundo había un cofre, el Cofre de las Almas. Allí no solo están guardadas las almas de los soldados, sino que para mantenerlas atrapadas dentro, Hades también metido allí dentro una parte de sus poderes, su energía divina. Calixto era un sirviente de Hades, se supone que le era fiel, pero lo traicionó hace unas semanas y escapó con el cofre de las almas.
—Déjame adivinar, eso es malo...
—Claro que sí. Ahora Hades se debilita y eso pone en peligro el equilibrio del universo. Calixto quiere destruirlo completamente, pero para hacerlo necesita a Ginny. Ella es la única que puede sacar la energía divina que hay dentro del cofre y dársela a Calixto. Aunque honestamente, no creo que ese sea su plan... Creo que en realidad quiere absorber los poderes de Ginny y así ser tan fuerte como para destruir todo el panteón griego.
—¿Si hace eso...?
—Lo más seguro es que Ginny muera en el proceso.
—¿Puede hacerlo?
—No lo sé,—se encogió de hombros Harry— últimamente he visto a Calixto hacer cosas que creía imposible. Se robó el cofre y lo sacó del inframundo... y esta noche le devolvió sus almas a Astoria y a Hermione. Jamás pensé que se podía hacer. Siempre creí que el único que podía regresar un alma a un guerrero era aquel que se la había quitado.
—¿Así que están aquí para atrapar a ese imbécil?
—Y para proteger a Ginny.
Ron asintió satisfecho al escucharlo decir aquello. De pronto el pelirrojo ya no lo miraba como si quisiera matarlo. Eso ya era un avance, pensó Harry cansado.
Después de un rato, Luna llevó a Hermione y Astoria arriba para que durmieran. Ahora eran como muñecas de trapo que no tenían voluntad, completamente pérdidas en sus pensamientos, en sus almas. Harry no sabía qué hacer ni cómo ayudarlas. Le había prometido a Astoria enseñarle a vivir con un alma, pero las cosas habían salido de forma tan torcida que no tenía ni idea como brindarle su apoyo.
Cuando Astoria pasó por su lado camino a las escaleras, Harry rozó su mano y la chica se detuvo un momento mirándolo a los ojos. Sonrió apenas, como si supiera lo que estaba pensando.
—Estaré bien, Adelfo. —le dijo antes de seguir su camino.
En cuanto estuvieron solos, tanto Draco y Ron miraron a Harry incómodos. El guerrero frunció el ceño mientras le echaba una mirada a Nick, el cual se encogió de hombros tan perdido como él.
—Bueno...—Comenzó a decir Ron—Lo que pasó en el depósito...
—Olvídalo—negó con la cabeza Harry.— Pero quiero que sepas que mi reacción no tuvo que ver con celos fraternales ni tampoco porque te encuentre indigno de Hermione, te lo aseguro. Ella ni siguiera es mi hermana, todo eso es una mentira. Mi única preocupación fue tu seguridad. Hasta esta noche Hermione no tenía alma... No sé qué sentimientos tengas por ella, pero mi mayor preocupación era que Hermione te lastimara.
—¿Sentimientos? Oye tranquilo, nos conocemos hace nada, es muy pronto para hablar de sentimientos ¿no crees? Solo éramos dos adultos divirtiéndose.
—¿Se acostó con la reina de las amargadas?—Nick hizo una mueca de asco.
—¿Estás seguro?—le preguntó Harry, ignorando a Nick.
—Oye, la gente no se enamora en una semana, guerrero.—le aseguró Ron.
Draco soltó una risita despectiva.
—Colega, hablas con el tipo que se enamoró de tu hermana en menos de dos semanas.
Hubo un silencio después de las palabras de Draco, mientras Harry lo miraba mal y Ron asimilaba las palabras. Si Nick hubiera podido ingerir alimentos, hubiera comenzado a comer palomitas mientras miraba a Harry y a Ron expectante.
—Creía que te habían enviado aquí a protegerla.—Ron lo miró con los ojos entornados.
—Sí, pero te aseguro que el resto ha sido algo que escapó totalmente de mi control. Enamorarme de Ginny no estaba en mis planes.
Si de algo había servido la estúpida trampa de Calixto, había sido para aclarar los sentimientos de Harry. Hacía unas horas estaba en parte confuso acerca de lo que sentía por Ginny, pero luego de todo lo que había visto en aquella fantasía, sus sentimientos no podían estar más claros. Al menos debía agradecerle eso a Calixto.
Ron bufó, pero para fastidio de Nick, no dijo nada. Estaba demasiado cansado como para seguir peleando esa noche.
—Harry...—Draco había esperado ese momento con gran paciencia. Primero había sido la preocupación por Ginny y luego las explicaciones sobre lo que estaba ocurriendo, lo que había mantenido a raya la lengua del muchacho. Pero ya no aguantaba más. Durante la última hora solo una cosa era clara en su mente, tenía que hablar con Harry y luego ir a buscar a Sirius.
—¿Lo que dijiste en el callejón es verdad?—le interrumpió Harry mirándolo a los ojos.
Draco asintió.
—Lo descubrí hace unas horas. Tu nombre es Harry Potter.
Ron volteó a ver a Draco con la boca abierta.
—¿Es el hijo perdido de Lily?
"Lily". Harry sintió su corazón martillando con más fuerza en su pecho. Siempre se había preguntado cómo se llamaba su madre. De niño había hecho una lista de posibles nombres...
—Lily...—murmuró, saboreando cada letra. Se mordió el labio sin saber qué más decir. Tenía tantas preguntas pero no se atrevía a pronunciar ni una.
Su emoción duró poco. La voz histérica de Luna se escuchó en el piso de arriba y bajó como un torbellino las escaleras. Cuando llegó ante ellos tenía la cara contraída de puro terror.
—¡Ginny no está, se fue!
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Hola gente humana! Espero que les haya gustado el capitulo, y de verdad espero que las coas importante quedaran claras (en algunas partes creo que me enrede un poco) por cualquier duda, pregunte que no molesta :)
Hasta la próxima
Besos grandes
Elly
