Capítulo 19
Lo nuevo normal.
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Cuando al fin comprendió lo que significaba la sonrisa divertida de Astoria, entendió que de existir un club de fanáticas que apoyaban una posible relación entre ella y Harry, la guerrera sería seguramente su fundadora.
Ginny ya lo había notado días atrás, cuando Astoria hacía lo posible para dejarla a solas con Harry. En esos momentos pensaba que era una dulzura al querer ayudar a su hermano, pero luego de descubrir que no eran hermanos, no pudo evitar tener sus dudas. Más aún cuando veía con nuevos ojos todas las muestras de afecto que se tenían entre ellos. Antes le producían ternura, pero ahora era como tener algo escamoso y malévolo en el estómago.
Ginny debió ser muy obvia en sus expresiones, porque rápidamente Astoria la llevó a parte luego del desayuno y le aclaró unas cuantas cosas sin dejar de sonreír
—Es mi hermano —le aseguró la guerrera —Tal vez no tengamos la misma sangre, y hayamos pasado gran parte de la vida peleando, pero te aseguro que para mí siempre será mi hermano. Quería que lo supieras, ya sabes, para evitarnos malos entendidos.
—No tienes que explicarme nada.— le restó importancia, aunque la bestia en su estómago ronroneaba con satisfacción.
Astoria parecía ser muy despierta en esos temas, a pesar de ser una neófita en los sentimientos, ya que le lanzó una mirada que le decía que no se tragaba su desinterés.
Y después de aquella escena digna de instituto, Ginny acabó el día entero con Harry gracias a las maniobras de Astoria, que supo deshacerse de Luna y mantener alejado a Nick.
Una semana antes, Ginny lo hubiera agradecido, pero en aquellos momentos mientras Harry la ayudaba a entender y controlar sus poderes en la sala de su casa, desamoblada y ampliada mágicamente para su comodidad, había descubierto que ninguno de los dos podía verse a los ojos más de lo que la mera educación los obligaba.
Sabía que la turbación de Harry se debía a que ella se había metido en su mente y husmeado sin querer en sus recuerdos. Ya le había pedido perdón por hacerlo, y aunque él le había asegurado que no se preocupara, ella sabía que no era así.
No negaba que toda la nueva información que tenía ahora había cambiado su forma de verlo. Al mirar hacia atrás se daba cuenta que se había medio enamorado de un chico guapo con buenos modales, ¿pero que más había sabido de él? En ningún momento había llegado a conocerlo de verdad.
Pero era lo más lógico, al fin y al cabo él no podía ser completamente honesto aunque hubiera querido. Ahora podía, pero se sentía avergonzado de lo que era y lo que ella sabía...
Intentaba no pensar en Katra, porque era demasiado doloroso. Aquella pobre muchacha... Miró a Harry frente a ella, se habían sentado sobre el piso alfombrado uno enfrente del otro, con una vieja pelota de tenis entre ellos. Harry le había pedido que la hiciera levitar sin usar su varita, pero luego de casi una hora de no poder moverla ni unos centímetros, se había rendido y pedido que hiciera lo que quisiera con la pelota, pero que hiciera algo.
Lo había intentado, desde moverla hasta cambiarla de forma, pero nada. Ginny no tenía ni idea de cómo usar su nueva magia. En el callejón y más tarde al entrar en la mente de Harry, todo aquello lo había hecho sin proponérselo y no tenía ni la más remota idea de cómo replicarlo. Se sentía una fracasada, y no era un lindo sentimiento para tenerlo frente a Harry. El guerrero era paciente y comprensivo, pero el mismo no sabía muy bien cómo hacer su nuevo trabajo de instructor. Según sus palabras, había estudiado durante años sobre las personas como ella, pero una cosa era la teoría representada en las páginas de un viejo libro y otra muy diferente era aplicarlo.
Ginny de verdad se estaba esforzando pero no lograba llegar a nada.
—¿Y cómo son los demás?—la chica había pasado los últimos treinta minutos en silencio con la vista fija en la pelota, y ya comenzaba a hartarse.
—¿Qué?—Harry la miró con el ceño fruncido.
—Los otros dioses... vi a Hades y a Perséfone en tus recuerdos, pero el resto no.—se encogió de hombros sin pasar por alto el hecho de que Harry apretaba los labios al oírla hablar de su excursión por sus memorias—Me preguntaba cómo era el resto.
—Pues... son altos.
La pelirroja rió al ver la cara de Harry. Estaba claro que nunca se había detenido a pensar en cómo eran los dioses con los que trataba diariamente.
—Perséfone es hermosa.
—Pues sí, lo suficiente como para descongelar el corazón de Hades...
Ginny se lo pensó un momento sin dejar de mirar la pelota, aunque ya no hacía ningún esfuerzo para hacer nada. Desde muy pequeña había amado la mitología griega, su abuelo materno siempre le contaba historias antes de dormir. Aquellos momentos eran preciados recuerdos de su infancia y podía recordarlos a la perfección, junto a cada una de las historias que le había relatado.
Cuando apenas había aprendido a leer su abuelo la había pescado leyendo un mito en especial que lo había preocupado y puesto nervioso. Entonces no lo había entendido, ni siquiera se había dado cuenta en realidad, pero por lo visto su abuelo sabía más de lo que decía. El mito de los guerreros de Hades había sido de sus favoritos de niña, y ahora que lo pensaba no tenía mucha lógica. ¿Por qué un moco de seis años iba a querer escuchar la trágica historia de la creación de un ejército maldito? No tenía ninguna batalla, ningún complot, ni mucho menos un romance. ¿Por qué le había gustado tanto entonces?
"En el fondo sabía lo que iba a pasar". Pensó. Tal vez sí. Aún recordaba haber deseado con todo su corazón poder liberar a esos pobres soldados carentes de sentimientos.
—La Perséfone de tus recuerdos parecía muy feliz con Hades—comentó, sin atreverse a hablar de lo que de verdad quería— Es raro ¿no? Al fin y al cabo, él la obligó a estar con él. La secuestro ¿no?
Harry soltó una risita que hizo que Ginny alzara la mirada. El chico negaba con la cabeza, divertido.
—Si, eso es lo que todos creen...
—¿Y no es así?
—Por supuesto que no.— Ginny se inclinó hacia delante, con interés. Volvía a ser la niña que se fascinaba con los mitos—Deméter, la madre de Perséfone, quería que su hija fuera pura por siempre ¿entiendes a lo que me refiero? Pero digamos que ese no era el plan de la diosa de la primavera. Ella era... un alma libre. No sé cómo, pero de alguna forma ella y Hades se cruzaron, y según las palabras de Perséfone, fue como si las flechas de Eros los tocaran al mismo tiempo en cuanto sus miradas se encontraron.—Harry rodó los ojos y Ginny sonrió. No sabía cómo, pero supo que esa era una historia que la diosa disfrutaba contarsela a su hijo adoptivo una y otra vez sin parar. —Pues se enamoraron, Hades subía a la superficie a cada rato solo para verla y ella se escapaba de sus guardianes para estar a solas con él. Pero las cosas no fueron muy bien, porque su madre se enteró y de inmediato se opuso totalmente a la relación. No quería ni escuchar la idea de que Hades se volviera su yerno. Entonces le dijo a su hija que no volvería a dirigirle la palabra si no acababa con su romance de inmediato. —A Ginny se rompió el corazón ante la idea de una madre que prefería su orgullo antes que la felicidad de su hija.—Así que inventaron toda esa basura de que Hades la había secuestrado. Hades estaba acostumbrado a ser el villano siempre, así que no le importó llevarse toda la responsabilidad, con tal que Perséfone no perdiera el cariño de su madre.
—Eso fue muy dulce de su parte...—sonrió Ginny. Harry no podía dejar de observarla cuando lo hacía. Hades también podía pasar horas mirando a Perséfone cuando esta sonreía. Porque aunque llevaban milenios juntos, aún todo era como el primer día. Hades habría preferido iniciar un apocalipsis zombi antes de siquiera acariciar la opción de renunciar a Perséfone y regresarla a su madre.
En ese instante, como si el mismísimo Zeus lo hubiera atravesado con un rayo, Harry sintió como la sangre comenzaba correr rápidamente por sus venas mientras sus ojos se deleitaban con la sonrisa de Ginny. Él también podía pasar la eternidad mirándola. Podría iniciar el fin del mundo con tal de tenerla cerca... Al fin entendía a Hades.
—Sí, bueno—se aclaró la garganta ruidosamente— Hades puede ser un verdadero dolor de cabeza, pero nadie puede decir nada sobre el trato que le da a su esposa. Jamás vi a un dios tan enamorado como él. —suspiró—Afrodita asegura que es la mejor pareja que ha formado jamás, aunque la verdad es que ella no movió ni un dedo para formarla.
—¿Has visto a Afrodita?— De pequeña, su lista de diosas favoritas era encabezada por Atenea y Hécate, pero no muy abajo estaba sin duda la diosa del amor y la belleza. —¿Cómo es ella?
—Pues es una diosa...
Ginny resopló.
—Vamos Harry, es la diosa del amor y la belleza, seguramente es hermosa y despampanante, ese tipo de mujer que está en las portadas de las revistas que te arruina la autoestima.
—Ella es... —Harry se lo pensó un momento y Ginny, tan impaciente como estaba, no se percató que estaba metiéndose nuevamente en la cabeza de Harry hasta que la imagen de una mujer bellísima apareció ante ella. En el recuerdo de Harry la diosa llevaba una túnica de un blanco inmaculado que acentuaba unas curvas dignas de Marilyn Monroe, su cabello largo de un conocido rojo fuego caía en ondas a su alrededor, enmarcando un rostro de piel muy blanca y salpicado de pecas. "Afrodita siempre será la más hermosa ante los ojos de cualquiera, porque ella se adapta a lo que tú piensas que es belleza" la voz de un anciano resonó en la cabeza de Ginny. Supo que era Albus, el profesor de Harry, explicándole a su alumno porque la diosa no paraba de cambiar de aspecto.
Ambos se ruborizaron, Harry mucho más, cuando la conexión se rompió. Ginny no se atrevió a mencionar que Afrodita se parecía a ella. Ni siquiera quería preguntar cómo era eso posible, si ellos no se conocían en ese momento. Tal vez Harry tenía un tipo, y Ginny encajaba en el de pura suerte.
—Lo tuyo es emocional—comentó Harry sin atreverse a decir nada sobre el físico que adoptaba Afrodita ante él— Haces tu magia guiada por tus emociones...
—¿Así que te gustan las pelirrojas?—Por otro lado, Ginny no pudo morderse la lengua—Si supiera que conoces a tu madre, diría que es síndrome de Edipo...
—¿Mi madre es pelirroja?—Aunque Harry hubiera querido dejar el tema de lado, la curiosidad que había intentado mantener a raya desde la revelación de Draco, era difícil de dominar.
Ginny asintió, avergonzada por sus palabras.
Por otro lado a Harry lo hacía feliz saber un nuevo detalle de aquella mujer que lo había dado a luz. Pero por otro, no sabía cómo explicarle (si era correcto hacerlo) a Ginny que había soñado con ella durante mucho tiempo, y era la imagen del sueño lo que le había dado material con que trabajar a Afrodita. Se preguntó si se enojaría al escucharlo confesarle aquello.
Permanecieron en silencio otro rato más antes de que Ginny volviera a ser incapaz de controlar sus preguntas.
—Hay una cosa que quiero saber—Ginny volvió a mirar la pelota, huyendo de aquellos ojos verdes—¿Era verdad cuando dijiste que nunca habías besado a una chica hasta la otra noche?
—Deberíamos concentrarnos en tu entrenamiento.
—¿Tengo que suponer que era mentira?—lo atravesó con sus ojos chocolate mientras el fuego de la chimenea de la sala parecía avivarse sin la intervención de nadie.
—No mentí. Fue mi primer beso. ..¿Acaso es tan raro?— Harry miró la chimenea con cautela
—Viendo cómo se comporta Hermione en esa área, me inclino a pensar que allá abajo son bastantes libertinos.
—No te equivocas.
—¿Entonces quieres que te cree que tu hiciste promesa de castidad o algo así?
Las luces de las lámparas del techo titilaban. Harry miró a su alrededor. El aire era más pesado.
—¿Alguna vez besaste una pared?—la voz de Harry era calmada. Ginny lo miró con una ceja alzada. Las luces dejaron de titilar.
—¿Eh?
—Los otros guerreros están vacíos por dentro, Ginny. Estar con ellos es como estar con una pared. —Harry agachó la mirada—Ya me sentía lo suficientemente solo allá, como para intentar conectar con alguien que nunca me iba a corresponder de manera real.
El fuego de la chimenea se apagó mientras Ginny lo miraba con pena. Harry sintió como el humor de la chica se oscurecía al pensar en toda la tristeza que pesaban en sus palabras. Decidido a sacarle una sonrisa, le contó algo que solía divertir a Albus:
—¿Sabes? Cuando cumplí dieciséis años, unas cuantas guerreras comenzaron a intentar colarse en mi habitación por las noches —Ginny no parecía muy divertida, pero Harry continuó igualmente— Pero después de ver que las rechazaba a todas, los que empezaron a colarse en mi habitación fueron chicos... Después de una año entero, todos en el ejército comenzaron a pensar que era asexual. A Albus le causaba gracia.
Ginny intentó sonreír. Harry le restaba importancia a una situación que le revolvía el estómago. A pesar de su bonita historia de amor, no lograba perdonar a Perséfone por haber llevado a un niño con alma al inframundo. Ni tampoco a Albus. ¿Al anciano le había causado gracia que acosaran a Harry para llevarlo a la cama? El pensamiento le hizo hervir la sangre. Harry aún tenía un corazón amable a pesar de todo lo que había tenido que vivir. Eso era un milagro. Albus y Perséfone no se merecían el cariño que Harry les tenía.
Esa idea le hizo zumbar los oídos, y en un abrir y cerrar de ojos la chimenea volvió a encenderse, los focos estallaron sobre sus cabezas y la pequeña pelota de tenis se prendió fuego dejando un hoyo en la moqueta.
No fue consciente de nada hasta que se encontró entre los brazos de Harry, que la abrazaban con fuerza. Le susurraba algo al oído, pero el zumbido no le permitía escuchar ni una palabra.
Se esforzó por controlar su respiración, ni siquiera se acordaba cuando esta se había vuelto tan superficial.
—...Tranquila, solo respira y tranquila...
—Lo siento.— murmuró. Había perdido el control, era un desastre con patas.
— ¿Están bien?—Astoria, Nick y Luna llegaron a la sala mirando alrededor, preocupados. Ginny se apartó de Harry de inmediato, estaban en medio del lugar arrodillados y abrazados ¡vaya espectáculo!
—Sí, estamos bien.
—Sí, solamente soy una idiota que se enoja con personas que ni conoce y hace estallar todo a su alrededor.—Ginny se puso de pie molesta consigo misma. Luna decía que sus poderes eran increíbles, pero ella solo veía descontrol y peligro. Estaba a un desequilibrio emocional de incendiar la casa.
—Ya lo controlarás—la animó Luna.
Ginny bufó, dándole un puntapié a la moqueta quemada.
—Esto no es tu culpa Ginny, sino de este idiota de aquí—señaló con un cabezazo Nick al guerrero.
—¿Perdón?—Harry lo miró sumamente ofendido.
—Por supuesto tonto. Ginny necesita la cosa más importante del mundo a la hora de entrenar.
—¿Qué cosa?—Harry se vio muy interesado.
—¿Pues no es obvio? ¡Una canción motivacional para su secuencia de entrenamiento!
Antes que Luna pudiera darle un muy merecido golpe, o Harry lo mandara a freír espárragos con un inapropiado y muy grosero griego antiguo, Nick chasqueó los dedos y de un equipo musical que había en un rincón comenzó a sonar "What a feeling".
Aunque por un momento la pelirroja se mordió el labio para evitarlo, no pudo contener la risa mientras veía como Nick daba ridículas volteretas con la música. No importaba que tan mal fueran a estar las cosas. Siempre podría contar con que su fantasmagórico amigo lograría sacarle una sonrisa.
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La casa ya estaba en silencio cuando Harry se sentó en el escalón de la puerta que daba al jardín de atrás. Con las manos en los bolsillos de la chaqueta en un intento de protegerlas del frío, no podía hacer que su cabeza dejara de pensar. Había sido un día largo. Enseñarle a alguien algo que ni él sabía cómo hacer, era de lo más agotador. Ginny solo lograba acceder a sus poderes de destrucción cuando dejaba que sus emociones la controlaran. Aquello era un peligro. Una bomba de tiempo como acertadamente había comentado Astoria por lo bajo durante la cena. La séptima no era solo destrucción, se suponía que también creaba y preservaba.
Pero no lograba usar esa magia. El único éxito que habían tenido aquel día había sido que la chica había aprendido a contener sus habilidades para entrar a las mentes de los demás. Después de horas, al final de la tarde, Ginny había logrado crear una barrera entre su mente y las de los demás para evitar que los pensamientos ajenos la abrumaran. No había sido tan complicado ya que había pasado la vida haciendo eso mismo para no enloquecer, aunque la diferencia con el ahora era que ya no se limitaba a oír pensamientos, sino a vivirlos y ahondar aún más.
Para Harry aquello había sido una victoria y un alivio en partes iguales, ya que para la hora de la cena Ginny había entrado tantas veces a su cabeza que está le dolía. Sin dejar de mencionar que ahora conocía tantas cosas de él que resultaba embarazoso siquiera mirarla.
Pero lo más sorprendente de todo, lo que no llegaba a entender, era que ella no lo hubiera mandado a freír espárragos. Las Furias afirmaban que los guerreros no merecían misericordia ni nada parecido... pero Ginny lo miraba como si ella llorara por todo lo que él había tenido que vivir. Era extraño. Era maravilloso.
—Mejorará
Nick apareció a su lado mirando el cielo cubierto de nubarrones. La fe ciega que el fantasma tenía por Ginny era algo conmovedor, pero Harry que miraba sus pantalones manchados de sangre, de su propia sangre, producto del estallido de un florero al Ginny perder el control, no podía estar tan seguro aunque quisiera.
—Cuando se enoja destruye. Si sus poderes sólo funcionan en esas circunstancias estamos jodidos.
—En el callejón ella nos defendió—le recordó molesto. —Tal vez no tenga control cuando la fuerzan, pero en el momento de la verdad, su naturaleza protectora es la que gana.
Harry permaneció callado, deseando con todas sus fuerzas que el chico tuviera razón y llegado el momento Ginny no perdiera la cabeza.
Los pasos de alguien acercándose los distrajo. Nick miró de reojo a Harry al comprender al fin porque estaba allí afuera tan tarde
—No me fio de ella —le murmuró el fantasma —no me importa lo que diga Mr. Muerte, ella es un demonio y los demonios son traicioneros.
—Y también son muy protectores con su familia. —le recordó Harry poniéndose de pie mientras veía acercarse a Carrie, con su ropa gótica y sus gafas de sol que ocultaban su rostro mutilado.
Nick sin querer darle la razón a Harry, regresó dentro de la casa dejándolo solo para recibir al demonio.
—No le caigo muy bien ¿eh? —comentó chasqueando la lengua.
—No lo tomes personal, la lista de personas que si le caen bien es cortísima y ni yo estoy en ella.
—Me imagino—resopló pero no le dio más importancia de la que mereciera. —Me han dicho que tus últimas veinticuatro horas han sido una completa putada.
—Las he tenido peores.
—Ya, me hubiera gustado estar allí para ver como la Séptima le daba una paliza a ese hijo de perra, pero el idiota de mi hermano me encerró en un jodido mausoleo toda la maldita noche.
—¿Por qué hizo eso?
—Una de dos: quería que me congelara el culo como nunca o me quiere lo suficiente como para intentar mantenerme alejada del campo de batalla. —Suspiró, se notaba cansada—Snow cree que es la última. Y supongo que tiene razón. Evan me quiere a su extraña manera. La última vez que hablamos intento convencerme de que me fuera tan lejos como pudiera.
—Supongo que eso es bueno ¿no?
—Evan es un idiota. No entiende que lo que quiere hacer Calixto solo nos matará a todos. O tal vez si lo sabe, pero tiene demasiado miedo como para escapar.
—Lo siento
—Ya no importa, cuando vuelva a verlo haré que me tenga más miedo a mí que a ese idiota—aseguró con completa seguridad —Y dime ¿cómo está Ginny? ¿Aún no hizo estallar algo?
La cara de Harry lo decía todo y Carrie soltó una maldición especialmente malsonante.
—Va a mejorar ¿no?
—Al fin del día es una humana, y ningún humano puede tener tanto poder sin...
—¿Sin perder la cabeza un poco?
Harry prefirió dejar el asunto ahí. Por su propia salud mental.
—¿Aún crees que puedes ayudar a tu hermano?
—Por supuesto.
—¿Y qué pasará cuando eso ocurra? ¿Seguirás ayudando a Ginny o te irás?
Carrie se quedó en silencio. Estaba claro que nunca había pensado que haría cuando obtuviera lo que buscaba.
—Te ves cansado. —Ignoró sus preguntas —Deberías dormir un poco.
—Aún tengo cosas que hacer...
—¿Ginny duerme? —Harry asintió con la cabeza—¿De verdad estas enamorado de ella?
Harry no respondió. Si Carrie ignoraba sus preguntas, él haría lo mismo.
El inconfundible sonido de alguien que acababa de aparecer en el límite del jardín captó la atención de ambos. Cuando Hermione se dejó ver por el aro de luz que salía del farol que había sobre la puerta de la cocina, Carrie la saludó con un movimiento de cabeza antes de mirar a Harry.
—Tu noche aún no terminará. Suerte guerrero.
En cuanto quedaron solos, Harry volvió a sentarse en el escalón, dejándole un espacio para que Hermione también se sentará.
La chica dudó, pero al final dejó la daga que llevaba en la mano clavada en la tierra a unos centímetros de donde estaba el pie de Harry, y tomó lugar junto a él sin decir una palabra.
—¿Cómo estás? —No sabía cómo hablar con ella, jamás lo había hecho. Jamás la había mirado para algo más que no fuera darle órdenes. Astoria era más fácil. Ella y su absorción de emociones la habían vuelto casi humana desde el primer momento que habían llegado a la tierra. Pero Hermione se había creado una coraza que la había mantenido firme como una roca. Pero la roca se había partido en dos, lo sabía. Lo veía en su rostro inusualmente pálido, en las ojeras bajo sus ojos o en la forma en que estaba sentada, encorvada, totalmente derrotada.
—Pasé el día haciendo guardia. Vigile los alrededores pero no me topé con ningún seguidor de Calixto...
—No pregunte qué estabas haciendo—le dijo con tono paciente y repitió la pregunta— ¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes?
Hermione miró sus pies, luego sus manos pálidas y al final al cielo. Harry pudo ver cómo sus ojos de marrón claro se cristalizaban y una única lágrima lograba escapar y recorrer medio camino de su mejilla antes que ella se la secara de un manotón.
—Deberías hablar. Si no es conmigo, hazlo con Astoria o quien sea. No es saludable guardarse todo esto...
—¿Tu que sabes? —le escupió molesta.
—Viví toda mi vida guardándome mis emociones... eso es una mierda y la única que termina dañada eres tú misma, Hermione.
La chica lo estudió con la mirada. Sus ojos parecían gritar mil cosas pero sus labios estaban apretados en una fina línea.
—No quiero hablar... por qué siento que si empiezo a hacerlo no podré parar y estallare. Y de solo pensar en eso, siento que me falta el aire, mi corazón se acelera y quiero salir corriendo...
—Eso es miedo Hermione, y está bien sentirlo.
–¿Eso crees? —Lo miró como si creyera que había enloquecido —¡Somos soldados, maldita sea! Somos guerreros de Hades y tenemos una misión en la que si llegamos a fallar todo el jodido mundo ¡qué digo! El jodido universo será destruido. ¿Y crees que podemos tomarnos el lujo de tener miedo?... Esto es una estupidez. Tenemos una misión y ahora mismo es en lo único en lo que quiero pensar.
Con la cara roja por la furia apretaba la mandíbula, decidida a recuperar la calma fría que tanto la caracterizaba. Harry intentó tomarla de la mano, pero ella lo apartó de una sacudida, mirando a un lado para que no pudiera verle el rostro.
—Vale, te entiendo. Pero tienes que dejar de luchar contra tu propia alma. Ahora eres esto y esas emociones no irán a ningún lado. Si no aprendes a convivir con ellas, te van a consumir.
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No había casi luz en aquella bóveda cavernosa, pero sí la suficiente como para contemplar las escenas de sangre y horror que había allí dentro. Ginny permanecía inmóvil en la entrada de la cueva, aterrorizada. Ya había estado allí antes, pero en esta ocasión sabía al fin que era ese extraño cofre que descansaba en un pedestal en el centro. El Cofre de Almas del mismísimo Hades. Pero esta vez no estaba solo el cofre.
Alrededor del pedestal estaban los cuerpos sin vida de todas las personas que alguna vez había querido. En aquel lugar había ocurrido una masacre. Su familia, sus amigos, hasta Lucy la dueña de la tienda de té... todos allí tirados como basura cubierta de sangre...
—¿Cómo pudiste, Ginny?
Nick también estaba allí con cara de espanto, arrodillado junto al cuerpo sin vida de Luna.
—Yo...—sentía que el aire no entraba en sus pulmones, dejándola incapaz de hablar, de defenderse. ¿Ella había hecho eso? ¿Pero cómo? Se miró las manos, encontrándolas cubiertas de sangre—Yo...
—Éramos tu familia... ¿Cómo pudiste?
La cueva tembló. De las paredes de piedra irregular y del techo comenzó a salir un líquido oscuro que comenzó a hundirlo todo. Ginny quiso gritar pero la voz no le salía, mientras litros y litros de sangre que trepaban por sus pies, por sus piernas, y llegaban hasta su rostro, ahogándola.
Escuchó una risa. Era la de Calixto, no sabía cómo, pero lo sabía. Y las voces en su cabeza volvieron a sonar, pero no le hablaban, sino que lo hacían entre ellas.
—Ha fallado y ahora el mundo debe pagarlo...—Chilló La Nada.
—Ella es destrucción ¿qué otra cosa esperabas? —Replicó El Todo.
—Ella está maldita...
—Está maldita.
Quiso gritarles que ella no estaba maldita... ¿pero cómo convencerlos a ellos si ni ella lo creía? Había un camino de muerte y desgracia a sus espaldas ¿Cómo no pensar que estaba maldita?
Se ahogaba. Intentó nadar pero manos frías como hielo la sujetaron de todas partes, hundiéndola a la más completa oscuridad. En un remolino de confusión vio el rostro de su madre, pálido, sin vida. Estaba rodeada de inferí. Inferí hechos con los cuerpos sin vida de sus seres queridos.
—¡NOOOO!
Ginny se despertó en una cama desecha, con el corazón a mil por hora y la respiración acelerada. Miró a su alrededor a la espera de que aquellas manos volvieran a sujetarla, pero no fue así. Estaba en su cama, en su habitación y todo estaba relativamente bien. En la oscuridad del cuarto se apresuró a encender su lámpara de noche, en busca de la calma que infundía la luz. Los muebles y la decoración tan conocida le dieron la bienvenida al mundo real.
Pero pasado unos minutos la calma no lograba asentarse en su agitado corazón, ni tampoco dejar de temblar como una hoja. Aquel sueño se había sentido tan real... si cerraba los ojos aún podía sentir el tacto de las manos sobre su piel. Dio un respingo cuando las primeras gotas de lo que más tarde se volvería una tormenta muy fuerte comenzaron a chocar contra la ventana de su habitación.
Soltó un sollozo que ni ella misma pudo oír. No había despertado en ese estado tan deplorable después de una pesadilla desde la muerte de los gemelos. Desde la noche en el puente.
Ella era fuerte. Lo había sido desde mucho antes de que sus poderes se liberasen. Era fuerte de carácter, su prioridad siempre era seguir de pie. Pero eso no impedía que mirara a su alrededor con las manos temblorosas, aún con el sabor amargo de la pesadilla.
El viento soplaba con fuerza, agitando las ramas desnudas del árbol que había en el jardín. Pero era tan vivido el susto que aún sentía, que por un segundo le pareció ver por el rabillo del ojo una criatura espectral que intentaba colarse a su cuarto. Obviamente no había nada allí afuera (la llama de Hestia protegía su hogar) pero sus nervios ya no estaban tranquilos y la siguiente vez que el viento hizo golpear la rama contra el cristal, Ginny se levantó de un salto y salió corriendo de la habitación.
Por un instante recordó los tiempos en los que, siendo una niña, se levantaba en mitad de la noche después de una pesadilla y corría a la cama de sus padres en busca de consuelo.
Pero sus padres ya no estaban allí para reconfortarla. Ni tampoco el resto de su familia.
Pasó de largo la habitación de Luna, como también la que compartían Astoria y Hermione. Dejó atrás la trampilla que daba al desván, lugar en donde pasaba las horas Nick en la noche... Corriendo sin hacer ruido, sus pies descalzos se congelaban ante el tacto de la madera vieja. Siguió adelante, llevada por una fuerza casi ajena a ella misma. Ni siquiera lo pensó dos veces, al llegar a la última puerta del pasillo, a la habitación más pequeña de la casa se detuvo. Aún temblando, un poco por el miedo y otro poco por el frío del pasillo, entró a la habitación sin molestarse en tocar.
A diferencia que en el resto de la casa, en el cuarto de Harry había luz, ya que la lámpara de la mesita de noche estaba encendida. De eso Ginny se había dado cuenta hacía varios días. Todas las noches Harry dejaba la luz encendida mientras dormía. Todavía no se había animado a preguntarle porqué lo hacía.
Harry estaba despierto. Leía un libro en la cama cuando Ginny entró a su habitación. Estaba despeinada y con el rostro pálido. Se asustó al ver sus ojos brillosos a punto de desbordarse y al pensar por un momento que algo malo le había ocurrido se apresuró a incorporarse.
—¿Qué sucedió?
Ginny se acercó a su cama y se detuvo a los pies. Llevaba su conocido pijama color rosa y los pies descalzos. Con los brazos cruzados sobre el pecho parecía intentar entrar en calor.
—Yo... tuve una pesadilla —murmuró y sus mejillas adquirieron un suave tono rosa. —¿Puedo quedarme contigo un rato?
Harry parpadeó sorprendido por un momento, pero cuando la chica hizo el ademán de sentarse a los pies de la cama, se apresuró a moverse a un lado y apartó las mantas en una silenciosa invitación. Ninguno dijo nada mientras ella se acurrucaba a su lado. Harry sintió como el colchón se hundía un poco y una brisa helada se colaba en la tibieza de la cama. Ginny estaba hecha un témpano de hielo, y antes que pudiera considerarlo mejor, la rodeó con sus brazos apretando la contra él, intentando brindarle un poco de su calor.
—Solo fue una Pesadilla —pretendió reconfortarla mientras ella hundía su rostro en su pecho. Estaban tan cerca que su corazón se disparó. La abrazó con cuidado de donde ponía las manos. Aunque no era ningún santo que nunca se hubiera entretenido imaginando estar con la pelirroja en una situación similar (en su cabeza la situación los tenía a ambos con muchísima menos ropa) no creía que fuera correcto aprovecharse de ese momento, mucho menos al verla tan vulnerable. Ella había ido a buscarlo, había confiado en él para que la viera así. Si se aprovechaba de eso no sería más que un cerdo.
—Mis sueños nunca son sólo eso—dijo la chica con voz ronca. Su aliento le hizo cosquillas en el cuello a Harry. —Las cosas que sueño suelen volverse realidad.
—¿Qué viste?
Ginny escondió aún más su rostro contra el pecho del chico, y por un momento este dio por hecho que no le contaría nada, pero luego de unos instantes comenzó a escuchar su voz amortiguada.
—Estaba en una cueva... he soñado antes con ese lugar, pero no sé donde está. Allí estaba el cofre de Hades y creo que también estaba Calixto...
—¿Crees?
—Solo escuché su risa. Se reía de mí porque... porque todos ustedes estaban muertos.
Harry la sentía temblar entre sus brazos. La apretó con más fuerza y sin saber porqué besó su frente, y cuando habló, lo hizo rozando la piel pecosa de allí.
—Solo fue un mal sueño Ginny, solo eso. Olvídalo.
–No lo entiendes... todo lo que sueño se hace realidad. —La escucho sorberse la nariz— Soñé contigo meses antes de conocerte... Y ahora soñé que todos... Ron, Luna, Sirius, Astoria, Hermione, hasta tu estaban muertos. Asesinados de la forma más horrible... Y Nick estaba allí y decía que lo había hecho yo.
—Ginny...
—Y era verdad, Harry. Mis manos estaban manchadas de sangre. Yo los voy a matar a todos... por mi culpa, porque soy incapaz de aprender a controlar lo que soy...
—Basta—estalló, tomándola de los hombros y apartándose lo suficiente para poder verla a la cara. Sintió el corazón encogerse al ver sus ojos llenos de lágrimas. En ese segundo supo que estaba completamente enamorado de ella y que haría lo que fuera para verla sonreír otra vez —Deja de decir esas cosas. Si, entiendo que tus sueños suelen ser premonitorios y todo eso, pero debes entender una cosa, Ginny. El destino no está escrito en piedra. Ni las Moiras pueden ir tan lejos. Tus acciones y tus decisiones marcan las diferencias, lo que viste fue una posibilidad, una muy remota. Así que no te dejes vencer...
Ginny lo miró fijamente, mientras sus palabras se le quedaban grabadas... El destino no estaba escrito en piedra. Aún le quedaba una oportunidad.
—Gracias...parece que siempre sabes que decir.
—Para eso estoy...
Ginny lo abrazó nuevamente, pero se apartó cuando el chico dio un respingo.
—No es nada—le sonrió cuando ella lo miró preocupada—Solo... tienes los pies fríos.
Rió y ella también mientras se disculpaba, apartándose un poco.
—No te alejes—le pidió, con una clara nota de súplica en su voz. Ginny lo miró. Tenía sus brazos abiertos, invitándola a regresar a esa calidez y permanecer allí para siempre.
Seguramente lo que debería haber hecho al despertar hubiera sido comportarse como una adulta y permanecer en su habitación o a lo mucho llamar a Nick o ir por Luna... pero no. Había ido a buscar a Harry, porque sentía que todos sus caminos la llevaban a él. El guerrero despertaba un sentimiento de seguridad que no alcanzaba a comprender del todo. Desde aquella noche, cuando Zay le había atacado, Harry se había convertido sin proponérselo en tierra firme bajo sus pies. Mucho más después de todo el apoyo que él le había dado desde que sus poderes habían aparecido. Sentía que era la única persona con la que de verdad podía hablar sobre todos sus miedos, sin temor de decepcionarlo como le sucedía con Nick y Luna.
Sentía que debía... quería estar a su lado. Tenía miedo de enamorarse precisamente en aquellos momentos tan oscuros. Pero también sentía que ya era tarde para pensar en eso. Porque cuando dejaba que él la abrazara y calentara sus pies frotándolos contras los suyos, sentía que por primera vez en mucho tiempo estaba en el lugar correcto. Jamás había estado en la cama con un hombre, ni siquiera haciendo la inocentada que hacían en ese momento. Pero algo que meses atrás la hubiera puesto roja como un tomate, ahora le traía calma y agrado. Se sorprendía de la comodidad con la que se encontraba entre sus brazos. No había bochornos ni nada de eso. Estar con él era lo correcto, se lo decía su instinto.
—¿Cómo era el mundo que uso Calixto para tentarte? —le preguntó mientras usaba el hombro de Harry como almohada. Sintió como se tensaba un poco, repentinamente incómodo. Ocultó su sonrisa lo mejor que pudo.
—Ya no puedo recordar muchas cosas—No era mentira, para mitad de esa tarde lo único que recordaba era la sonrisa de Ginny al salir de su habitación, la hermandad con Astoria y la aparición de Hestia. El resto se había evaporado. —Pero creo que tu si lo recuerdas todo ¿o me equivoco?
Ginny alzó un poco la cabeza para mirarlo a la cara. Tenía las gafas ligeramente torcidas y el pelo más desordenado de lo normal, pero no daba muestra alguna de estar molesto. Durante las horas en que Harry intentado entrenarla, Ginny no había parado de entrar en su cabeza, algunas veces por accidente y otras agrede. Había visto tanto que sentía que lo conocía de toda la vida.
Pero en la última excursión a su mente había visto aquella ilusión que Calixto había utilizado para engatusarlo. Desde ese momento se había esforzado el triple en cerrar su mente y ya no meterse en ajenas. No era que la hubiera incomodado ni nada de eso... solamente todo aquello la había conmovido hasta lo más hondo. Ella era parte de su mundo perfecto.
—Creo que prefieres que no hable de eso... Lo siento. Te prometo que no volveré a leer tus pensamientos ni ver tus recuerdos sin tu permiso. Promesa de meñique. —alzó su meñique y rió por lo bajo al ver a Harry mirarla extrañado. Tomó uno de los meñiques de chico y lo apretó con el suyo. —Este es un juramento más grande que uno inquebrantable. —le aseguró con seriedad.
Le sonrió y cuando vio los ojos de Harry oscurecerse, no opuso resistencia al beso que le siguió. Pronto se habían acomodado para una larga sesión de besos en la estrecha cama de la habitación de invitados sin ni siquiera proponérselo. Porque de nuevo era fácil abrazarse y besarse. Porque se habían besado por última vez hacía veinticuatro horas y a ambos les había parecido una eternidad.
La lámpara de la mesa de noche no paraba de resplandecer, pero ninguno le dio importancia. Había electricidad a su alrededor. Harry con sus manos yendo y viniendo en su cintura, mientras Ginny hundía sus dedos en aquel cabello azabache que había descubierto que adoraba desordenar.
Todo estaba bien en aquel momento, o al menos así le pareció a Harry cuando Ginny le dejó libre acceso a su boca, dejándolo explorar con su lengua cada rincón. Fue torpe al principio, pero pronto le tomó el truco.
Pero cuando él calor bajo las mantas se hizo sofocante y podía sentir el latido de su corazón en los oídos, Harry supo que debía parar o sino las cosas terminarían mal, especialmente para él. Apartó con delicadeza sus labios, abrazándola con todas sus fuerzas.
Ginny se sorprendió pero se quedó quieta, sintiéndose un poco aliviada. Con la cabeza apoyada en su pecho, podía escuchar el ritmo frenético del corazón de este. Podía no tener experiencia pero no era tonta. Harry la abrazaba a la altura de los hombros y estaba manteniendo lejos de ella cierta parte de su anatomía en particular mientras hacía un esfuerzo por controlar su respiración errática. La respiración de ella también era agitada al igual que los latidos de su propio corazón.
—Harry—murmuró contra su pecho. Cerró los ojos mientras oía su corazón que poco a poco encontraba un ritmo pausado.—Cuando estoy contigo me siento segura, siento que voy a poder hacer esto y que al final todo estará bien...
—Ginny...
—Siento paz, Harry. —Se acomodó mientras lo abrazaba— cuando estoy cerca de ti me siento en paz.
—No sé qué decir... —Y era la verdad. No tenía ni idea cómo contestar a eso.
—Cuéntame una historia que sepas.
El pedido le sorprendió por un momento. Pero al final la obedeció. Tenía la cabeza llena de historias de guerras y de dioses embaucando a otros dioses, pero luego de pensárselo bien, comenzó a relatar una de las historias favoritas de Perséfone. Estuvo más de media hora contándole la historia de Eros y su esposa Psique mientras acariciaba distraídamente el cabello pelirrojo de Ginny, cuando notó que se había dormido en sus brazos.
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¡Hola gente del mundo! ¿Cómo la llevan? ¿Ya comienzan a entender a Jack Torrance y simpatizar con él? Espero que estén bien y que se estén cuidando. Como dice mí querida Sakura: Pase lo que pase, todo estará bien ;)
Muchas gracias por todo su apoyo que siempre me ayuda a seguir escribiendo.
Espero que les haya gustado el capitulo y me gustaría saber que opinan.
Hasta la próxima.
Besos grades.
Elly Luz
