Capítulo 21.
Flor de Invierno.
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En el segundo en que se colocó entre aquellos dos enfurecidos demonios milenarios, Evan supo que no era su más brillante idea de la década.
Un segundo estuvo replanteándose todas las malas decisiones que lo habían llevado a ese momento, y al siguiente estaba en el suelo del callejón bajo las pesadas botas de los demonios que había intentado apaciguar.
Calixto podía haberlo ascendido, pero ningún demonio que se respetase iba a escucharlo. En comparación, Evan era un feto. Demasiado joven y demasiado débil para llenar las botas de un demonio tan terrible como Zay.
Su amo le había ordenado que mantuviera el orden entre sus filas ¿pero cómo hacerlo cuando se era el más pequeño de todos?
Permaneció tirado en el frío suelo mientras recuperaba el aliento. A lo lejos oía las risas cómplices de los dos demonios, que minutos atrás habían intentado arrancarse las cabezas mutuamente. Nada como unir fuerzas para darle una paliza a alguien más débil para limar asperezas entre demonios.
Mientras intentaba sobreponerse al dolor al tiempo que sus heridas sanaban con la rapidez de siempre, contempló el cielo sobre su cabeza. Su único consuelo era la llegada del amanecer.
Eso le daría tiempo para sanar completamente y prepararse mentalmente para la siguiente paliza.
Los demonios eran más débiles en el día y solían ocultarse en sus madrigueras hasta que llegara la noche. Las madrigueras eran pequeñas roturas en el espacio tiempo, que cualquier criatura que supiera utilizarlas debidamente, podían encontrar refugio en los momentos de necesidad. A Evan también le vendría muy bien acurrucarse en una de esas guaridas, pero éstas escaseaban en Londres en esos momentos.
Las órdenes de Calixto habían logrado que hubiera una sobrepoblación de monstruos en la ciudad. Una montaña de barriles de pólvora a la espera de una sola chispa. Los demonios a duras penas podían mantenerse en armonía en manadas bajo el puño de hierro de una líder decente, y muchas veces lo único que evitaba que se hicieran pedazos eran los lazos sanguíneos que compartían. Al menos los malditos respetaban eso.
Pero aquel ejército no tenía ningún lazo familiar, y mucho menos un líder que impusiera el miedo suficiente para que lo obedecieran. Calixto seguía lamiéndose las heridas en su bunker, bebiendo su dosis diaria de icor del cuello de Hestia, mientras maldecía a la Séptima tanto como maldecía a Hades o al general de este. No tenía ni fuerzas ni interés en controlar a sus sirvientes.
A Evan le estaba costando la vida que no se mataran entre ellos o que sus deseos por la carne humana comenzarán a hacerlos notar por los mortales.
Londres podía tener unos cuantos millones de personas, pero sí seguían cazando como hasta el momento, pronto tanto los muggles y los magos comenzarían a contraatacar.
Antes los únicos que representaban una amenaza eran los magos, al menos los que tenían la buena disposición a usar magia negra, la única magia que podía hacerle daño real a un demonio. Pero ahora los muggles también habían evolucionado, creando armas suficientemente poderosas como para cargarse a cualquier cosa. Evan temblaba de sólo imaginarlo. Por mucho que fueran seres fuertes y casi inmortales, una bala calibre 50 en la cabeza era algo a lo que había que tenerle respeto.
Y él tenía que lidiar con todo eso. Maldito Calixto.
—Mierda.
En cuanto estuvo de pie, una fuerza poderosa y muy conocida lo estampó contra la pared del callejón.
Soltó un gemido de dolor cuando su cabeza chocó contra el muro. Estaba harto que lo apaliaran. Estaba tan cansado de toda esa basura que lo único que deseaba era que el próximo golpe fuera más certero y acabará con su miseria. Prefería la no existencia a seguir con esa mierda. Pero su atacante no le haría el favor. No ella.
—Tendría que darte la paliza de tu vida. —bufó Carrie parándose tan cerca de él que podía sentir su aliento en la cara. Evan sabía muy bien que estaba dispuesta a hacerlo. Sus gafas no estaban y podía ver su único ojo de un rojo brillante, la señal inequívoca de que estaba furiosa y deseosa de sucumbir a actos mucho más violentos que la niñería de empujarlo. —Aunque viendo las pintas que traes, creo que me han ganado de mano. ¡¿Qué se supone que pensabas cuando me encerraste en ese jodido cementerio?!
—Estas viva ¿no? —resopló molesto intentando apartarla, pero su hermana lo tenía bien sujeto de la solapa de la chaqueta.
—Mocoso, no necesito que cuides de mí.
Carrie seguía molesta, pero al ver que Snow tenía razón, calmó un poco su furia. Evan intentaba protegerla a su extraña forma.
—Podrías limitarte a decir gracias, ¿no crees?
—Nunca tuviste demasiado cerebro.
Esta vez Evan sí logró apartarla, enojado hasta no poder más. No iba a tolerar más insultos, la cuota de ese día ya estaba cubierta. ¿Es acaso que su hermana no veía que la había salvado? El a duras penas había escapado del remolino de destrucción que había soltado aquella pelirroja.
—¿Qué hubieras hecho de encontrarte en ese callejón….? Se honesta ¿de verdad crees que la Séptima te hubiera perdonado la vida? —le dedicó una sonrisa burlona, mientras Carrie lo miraba con el ojo entornado —Ella ve a los de nuestra clase como amenazas.
—¿Acaso no lo somos? —Replicó — No te hagas el inocente Evantion, ninguno se ha molestado en mostrarle otra cara que no sea la peor.
—¿La defiendes? —Evan la miró echando chispas. Ahora eran sus ojos los que se tornaban rojo sangre. —Esa mató a cientos de los nuestros, por su culpa nuestra familia fue masacrada.
Carrie dio un paso atrás, entre sorprendida e indignada.
—Definitivamente eres un tonto. —Agitó la cabeza, como si no diera crédito a lo que oía— ¿Qué se supone que debía hacer ella? ¿Dejar que la mataran como mataron a toda su familia? Esos idiotas murieron porque eran precisamente eso: idiotas. Y nuestra familia no era ninguna estrella brillante en comparación. Madre sabía dónde se metía. Esa perra loca se dejó engatusar por Calixto y no fue lo suficientemente inteligente como para ver que eran carne de cañón.
—¡¿Cómo te atreves a insultarla?!
Evan arremetió contra ella, pero Carrie como si estuviera bailando ballet dio un paso al costado con gran elegancia, haciéndole una zancadilla en el proceso. El chico acabó otra vez en el suelo escupiendo tierra.
—Calixto los envió al bar aquella noche solo para medir fuerzas ¿no lo ves? El no esperaba que regresaran con vida, ninguno, ni siquiera tú.
Se puso de cuclillas a considerable distancia con la cabeza ligeramente ladeada. Por un segundo, Evan vio en aquella postura a su hermana del pasado. Cuando eran jóvenes y ella se ponía de aquella forma a un lado de la arena de entrenamiento, y le susurraba consejos para vencer a sus oponentes…. Qué tan lejanos parecían esos días en los que su mayor problema era escabullirse de su madre para ir a comer hamburguesas.
—¿De verdad crees que Ginny es la culpable de todo? ¿De verdad no te das cuenta que el verdadero enemigo es otro?
—El amo…
—¡Deja de pensar como un esclavo! —Le retó poniendo mala cara —Calixto es un idiota sin talento. Tal vez tenga labia suficiente para enganchar a un puñado de demonios imbéciles, pero no tiene poderes lo bastante grandes para controlarlos. ¿Por qué crees que te puso a ti a hacerle los mandados? Necesita un saco de boxeo que los mantenga entretenidos y lejos de él. Después del desastre de la otra noche me sorprende que los que sobrevivieron no se hubieran tomado los vientos ya. Estoy segura que ahora mismo ese idiota está cómodamente en algún lugar lejos del peligro ¿o me equivoco? Y tú aquí recibiendo el palo. —chasqueó la lengua al tiempo que su hermano quedaba en silencio, demasiado enojado al escuchar todo lo que él mismo pensaba en voz alta. —Ahora bien, ¿Por qué no te has marchado ya? Nada vale esta mierda.
—Ahora soy su general. —alzó la barbilla, orgulloso, al tiempo que se ponía de pie.
—Creo que ya habíamos acordado que eras la bolsa de boxeo comunitaria. —Carrie también se enderezó, dejando una cabeza más abajo a su hermano menor. —Vamos Evan, usa el cerebro. Calixto debió acabar la pelea con la Séptima mal herido ¿verdad? —El demonio no contestó, pero para Carrie él era un libro abierto —Claro que salió herido. Y tú lo ayudaste, fuiste el único que permitió que lo ayudara… ¿no lo ves Evan? Tiene decenas de demonios mucho más poderosos que tú, que podrían controlar su ejército mil veces mejor.
—Vete a la mierda.
Carrie lo ignoró.
—Te eligió porque ahora está débil y tú eres el único al que su poder puede controlar.
Evan tensó la mandíbula. Carrie no estaba descubriendo América, él ya había pensado todo eso. ¿Por qué otra razón Calixto elegiría cómo sucesor de Zay al más novato de sus seguidores?
Aún así, no iba a admitirlo, mucho menos frente a ella.
—Tal vez sea el más débil pero los estoy controlando. No han abandonado al amo, y ni desean hacerlo. Mucho menos ir en su contra.
La demonio soltó una carcajada, como si le acabaran de decir el mejor chiste del universo.
—No los estás controlando, idiota. Si aun están aquí, es porque lo que Calixto les prometió es algo grande. –Lo pensó un momento. Solo había una cosa que los demonios querían más que nada en el mundo y los dioses les prohibían —Les prometió levantar la ley que protege a los humanos ¿verdad? Les dijo que podrían cazarlos sin ningún tipo de restricción.
Los demonios no necesitaban alimentarse específicamente de humanos, podían alimentarse de cualquier cosa. Pero muchos creían que eso iba en contra de lo que eran. Los demonios eran la destrucción de los humanos, creados de la oscuridad para atormentarlos. Dependiendo del tipo de demonio, la carne, sangre o hasta la misma alma de un humano era el manjar más exquisito. En una época hacía muchísimos milenios, los humanos habían estado en el menú, pero a los dioses no les gustaba que persiguieran a sus mascotas hasta la casi extinción.
No fue un buen momento para ser demonio. Muchos murieron al intentar defender su modo de vida. Los que se nutrían de la sangre supieron adaptarse, el truco era alimentarse con el control suficiente para no matar al humano.
Los otros no la pasaron tan bien. No podían sacarle el alma a un humano sin matarlo en el proceso, como tampoco tomar su carne. Ellos eran los que más resentimiento le tenían a los dioses, y los que harían lo que fuera por deshacerse de esas leyes.
Si esos eran los que seguían a Calixto…. No se irían, nunca. Con tal de obtener lo que deseaban, lucharían junto al dinosaurio Barney si fuera necesario.
—Idiotas, con lo buenas que están las hamburguesas.
Evan sonrió a su pesar, pero intentó ocultarlo cuando la mirada cómplice de su hermana se posó en él.
La extrañaba como nunca extrañaría a su difunta familia. Pero estaban cada uno en un bando diferente. Ella defendía a aquellos que mataron a su clan, mientras que él había prometido seguir a Calixto hasta el final. Y al menos para él, las promesas debían cumplirse.
*.*.*
Si alguien le hubiera dicho a Ginny Weasley dos semanas atrás, que despertaría en una cama que no era la suya, completamente desnuda, abrazada a un sujeto que conocía hace nada, seguramente se le hubiera reído en la cara y le hubiera recomendado que se diera una vuelta por el cuarto piso de San Mungo.
Es que hasta ese momento no había comprendido porque Taby ponía tanto empeño en encontrar al indicado.
Despertar junto a Harry era sencillamente perfecto. Sentía el contacto de su piel y la tibieza de su cuerpo apretado contra el suyo, protegiéndola del frío invernal. Acurrucada en su pecho podía oír el pausado golpeteo de su corazón. Todo estaba bien.
Era el paraíso.
Aún en ese momento en que no se estaba del todo despierta, comenzó a sentir las manos curiosas de Harry recorriendo su cuerpo. Explorando cada curva y recoveco.
Sin ni siquiera proponérselo, usó sus poderes y vio el mundo a través de los ojos de Harry. El muy tramposo se había colocado sus gafas y ahora se dedicaba a ver todo lo que se había perdido la noche anterior.
Verse a sí misma a través de Harry hizo que se ruborizara de manera violenta. La adoración que desbordaban los pensamientos del guerrero le aceleraban el corazón. Él de verdad la creía perfecta. Más hermosa que Afrodita. Más dulce y bondadosa que ningún otro ser en el mundo.
Y aunque sentía que no podía ser merecedora de todos esos halagos, era maravilloso estar con alguien que la veía de esa forma. Por años había sido la rara que maldecía a los chicos apenas estos se acercaban. La loca que descubrían hablando sola. La huérfana triste cuyos hermanos caían como moscas.
Por mucho tiempo había escuchado pensamientos hirientes. Personas que ni la miraban por miedo a que la maldición que afectaba a su familia cayera sobre ellos.
Para Harry no era nada de esas cosas. Ni siquiera cuando sus poderes se descontrolaban y explotaban, a él no se le pasaba por la cabeza pensar que ella era un monstruo.
Permaneció tendida a su lado, fingiendo dormir mientras disfrutaba de la lenta sesión de caricias. Contuvo un siseó cuando la besó en el cuello al tiempo que sus manos se amoldaban sobre sus pechos desnudos. Su lengua recorrió su cuello, bajando lentamente en un camino de besos húmedos que la derretían. Se mordió el labio inferior cuando Harry atrapó entre sus labios su pecho izquierdo.
Al abrir los ojos se encontró a Harry mirándola con una intensidad que le robó el aliento.
—¿Qué se supone que haces?—Le preguntó en tono divertido, mientras que esperaba que no notara lo acelerado que estaba su corazón o como la piel de su cuerpo se había puesto de gallina.
—Devorarte—. Respondió el guerrero sin darle mayor importancia antes de darle un lametón a su pezón.— Saborearte…. No puedo estar cerca de ti sin querer hacerlo.
Ginny rió. El brillo de sus ojos, completamente feliz y despreocupado, y sus palabras, la ternura que había en ellas derretía su corazón. Acunó su rostro entre las manos, llevándolo a sus labios. Lo besó con pasión, sin guardarse nada.
El Guerrero de Hades se había marchado, y ahora solo estaba Harry. Su Harry. Su alma gemela. Suspiró de placer bajo sus caricias. Qué fácil parecía la vida en ese momento.
Sin decir una palabra, permitió que se colocará sobre ella y lo aceptó gustosa en su interior. Echó la cabeza hacia atrás al tiempo que se movía en un vaivén lento y suave. Una tortura exquisita que la hacía estremecer. Su cuerpo envuelto en llamas nuevamente se rendía ante el placer que le provocaba cada nueva embestida.
Perdió la noción de cualquier cosa que no fuera Harry. Y de pronto solo tenía una idea en la cabeza: Su vida ya no volvería a ser igual. Ya no podía haber una vida digna de ser vivida sin él a su lado.
—Así sí da gusto comenzar el día—sonrió tontamente Ginny sin aliento, en cuanto Harry se derrumbó sobre su pecho, exhausto.
Ginny acunó su cabeza mientras se esforzaba por recuperar el aliento. Disfrutó aquel momento de paz, acariciando su cabello distraídamente al tiempo que su corazón se calmaba.
—Tienes todo la razón—asintió Harry antes de darle un casto beso en los labios y salir de encima suyo. Se tendió a su lado, rodeándola con sus brazos. Ginny se giró para mirarlo.
—Buenos días.
Harry soltó una carcajada al escucharla decir aquello con un tono despreocupado, como si acabara de despertar.
—Sería perfecto poder pasar el día entero así.
Ginny le dio toda la razón, y por primera vez en la vida lamentó no vivir sola. Además de tener un fantasma mejor amigo que podía aparecer en cualquier instante para arruinarle aquel perfecto momento.
Con pereza se sentó en la cama, desperezándose. Sonrió al sentir a Harry acariciando con un dedo su columna.
—No—le advirtió sin mucha convicción—Tengo que cambiarme y bajar, hoy me toca preparar el desayuno y ya percibo a Astoria en la cocina mezclando ingredientes.
—Pues déjala— Harry se sentó a su lado, besando su hombro.
Ginny negó con la cabeza, poniendo cara de espanto.
—La última vez que cocinó le puso trozos de manzana y ciruelas pasas al tocino —Arrugó la nariz ante el recuerdo—No tengo idea como hiciste para tragarte esa cosa.
—No estaba taaan mal—mintió Harry sin dejar de reír. Desde que Astoria había recuperado su alma se había vuelto inquietantemente creativa, en especial en el área culinaria. Todo lo que preparaba era raro y demasiado exótico para sus comensales. Harry no tenía corazón para decirle que sus combinaciones eran asquerosas, y sin más remedio se limitaba a comerlas.
—Allá tu, Potter. Yo no planeo arruinar mi desayuno hoy, muero de hambre. —comenzó a recoger su ropa y no fue hasta que volteó a verlo después de ponerse el viejo suéter de su hermano Fred, cuando notó la expresión rara que tenía el guerrero en la cara. De inmediato entendió que había metido la pata al llamarlo por su nombre verdadero—Lo siento. Lo siento mucho.
Trepó la cama y lo llenó de besos hasta que lo vio sonreír otra vez.
—No pasa nada, solamente me tomaste con la guardia baja…—le aseguró, regalándole una sonrisa sincera— Aún no me acostumbro. Sé que es raro pasar la vida sin saber algo tan importante como tu apellido, pero para mí eso era lo normal...
—¿Y ahora te parece raro tener uno?—Harry asintió—. No te preocupes, con el tiempo te acostumbraras, te lo prometo. —le dio un último beso antes de apartarse.
Cuando se dispuso a salir de la cama nuevamente, Harry la detuvo sujetándola con suavidad el borde de su suéter. Al voltear a verlo lo encontró con la mirada fija en la lana que tenía entre sus dedos.
—¿Qué debo decirle a Luna y a Nick cuando me pregunten qué pasa entre nosotros?
Ginny lo pensó un momento. Al menos a Nick podían decirle que fuera a ver si en el polo hacía frío.
—¿Qué quieres decirle?
Harry alzó la cabeza y mirándola directo a los ojos dijo:
—Quiero decirles que te amo.
Por un segundo su corazón se detuvo. Ya lo sabía, pero escucharlo salir de sus propios labios no tenía precio alguno. Sin dejar de sonreír, volvió a inclinarse sobre Harry y le dio un suave pero sentido beso.
—Entonces aprovecha y diles que yo también te amo.
Harry estaba en su propio pedacito de los Campos Elíseos cuando la vio marcharse. Toda la vida había envidiado a cualquier persona que pudiera escuchar un "te amo" sincero, y jamás había ni siquiera soñado con recibir esas palabras.
Se duchó y preparó para bajar mientras descubría un sentimiento que nunca antes había experimentado con tanta intensidad: Felicidad. Genuina felicidad. El mundo podía acabarse en tres días (cosa que era muy posible) y a él no le importaría. Tenía la placentera y novedosa sensación de ser inmune a cualquier mal. Ginny Weasley lo amaba. No necesitaba absolutamente nada más.
Al alzar la cabeza después de acabar de atarse las botas, se llevó un susto de muerte al encontrarse con el rostro enfurruñado de Nick a sólo unos palmos de distancia. Resopló, llevándose una mano al pecho. Odiaba a los fantasmas precisamente por eso. Ellos apenas perturbaban el espacio a su alrededor cuando aparecían, lo que hacía que les resultará fácil tomarlo por sorpresa.
—Joder chico, casi me matas de un infarto.—gruñó.
Nick ni se inmutó, seguía mirándolo con los ojos entornados, como si estuviera estudiándolo. Si no fuera porque conocía sus limitados poderes, Harry hubiera esperado un ataque en cualquier momento.
—Ginny piensa que tú seas su alma gemela es suficiente para confiar en ti. Pero yo se que aún así puedes cagarla y lastimarla, así que ve con cuidado. Porque tal vez yo no pueda hacerte nada, pero Ron si, y a él no le va a gustar enterarse que le rompieron el corazón a su hermanita.
—¿Pero de qué...?
—Tal vez para ti no fue la gran cosa, pero para ella sí. Eres el primer chico con el que está, el primero en el que confía y le abre su corazón. Así que no se te ocurra lastimarla.—le amenazó con la cabeza bien en alto, cosa que no dejaba de ser gracioso, ya que era un enano desgarbado.
Pero Harry no vio nada cómico en la escena, quedando petrificado en el acto. Ya sabía que ella era virgen al igual que él, y que lo que habían hecho había sido muy importante y especial, pero lo único que había captado su atención había sido otra cosa.
—¿De dónde sacaste que Ginny y yo somos almas gemelas?
El corazón de Harry se aceleró. Si eso fuera real, sería maravilloso. Por años había deseado tener algo verdaderamente bueno en su vida. Un consuelo, algo por lo que valiera la pena toda la mierda que había vivido. Hacía tiempo había llegado a la conclusión que esperar algo semejante era una completa pérdida de tiempo. Pero si lo que decía Nick era verdad…. Era un milagro. Su milagro.
Nick quedó con la boca abierta al entender que había metido la pata y seguramente su amiga lo mandaría al más allá por lo que acababa de hacer.
—Ginny no te lo dijo…. — De inmediato el fantasma desapareció, dejando a un Harry completamente sorprendido sentado en su cama toda revuelta.
Se llevó una mano a la cabeza, desordenando su cabello aún más mientras intentaba comprenderlo todo, preguntándose como rayos Ginny se había enterado y porque no se lo había contado.
O tal vez si lo había hecho. Ginny había dicho que eran almas destinadas a encontrarse. Ahora entendía la razón.
Y tenía muchísima lógica. No importaba como hubieran sido sus vidas, tarde o temprano se hubieran conocido. Las almas gemelas eran así, al final, sin importar que tan enredado estuviera el hilo, era inevitable el encuentro.
No pudo contener una sonrisa.
La otra noche, cuando ella apareció en su cuarto luego de tener esa pesadilla, Ginny había titubeado con cada uno de los besos que se habían dado. Logrando así que Harry prefiriera solo abrazarla con fuerza en busca de que ella se sintiera tranquila. Ahora creía entender porque de pronto se sentía tan segura junto a él.
Por costumbre no salía de su habitación hasta que esta quedara completamente ordenada, pero en esta ocasión no tenía tiempo para pensar en esas nimiedades. En cuanto tuvo puesto su suéter de cuello vuelo salió disparado escaleras abajo. En la cocina ya estaban las cuatro chicas y el fantasma bocón, que lo miró con cara de preocupación en cuanto entró a la estancia.
Hermione tenía en sus manos el libro de los saberes abierto frente a ella, y Luna a su lado le comentaba algo. Mientras, Astoria y Ginny frente a los fogones reían con alguna ocurrencia de esta última. Como si su risa sincera lo atrajera como el canto de las sirenas a los marinos, fue directo hacia ella y en cuanto la tuvo a su alcance la abrazó por detrás, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando suavemente el rostro en su hombro. En el acto la cocina quedó en silencio y todos los ojos estuvieron en ellos dos.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le preguntó Harry en voz tan baja que sólo Ginny logró oírlo.
La pelirroja no necesitó mucho para saber a qué se refería Harry.
—No lo sé… temí que no lo tomaras bien… que no te hiciera tan feliz como a mí.
Era la verdad. Ella había tardado horas en asimilar las palabras de Eros. Hasta había intentado convencerse que nada de eso era posible. Por esa razón no había querido ver aquella misma batalla en los ojos de Harry, no cuando ella le estaba entregando su corazón.
Harry sonrió, haciéndola girar para poder ver sus ojos chocolate, que estaban brillantes de preocupación. Acunó su rostro con las manos, acercándose hasta que sus narices se rozaron.
—¿Cómo no iba a tomármelo bien, Ginny? Encontré el otro extremo de mi hilo rojo. —la sonrisa de la pelirroja fue radiante y recibió gustosa el beso apasionado que siguieron a aquellas palabras que le llenaron el corazón. Por un momento que para ambos resultó larguísimo sólo eran ellos en la cocina…. hasta que alguien se hizo notar aclarándose la garganta con innecesaria fuerza.
La pareja se separó de mala gana y fulminaron con sus miradas a un Nick que por esta vez nada tenía que ver. Era obvio que no le hacía mucha gracia aquel espectáculo, pero era consciente de que había metido la pata demasiadas veces en los últimos días como para atreverse a interrumpirlo.
De inmediato descubrieron al intruso que había entrado por la puerta que daba al jardín de atrás y ahora miraba a la pareja con una ceja alzada.
Sirius Black parecía debatirse entre permanecer serio o reírse. Por un lado le alegraba ver que aquel chico taciturno que había conocido días atrás, ahora parecía tener la sonrisa más grande del mundo y resplandecía de felicidad, al igual que Ginny que parecía una niña con zapatos nuevos. Hacía años que no veía aquella chispa en los ojos de Ginny, y siendo honesto había pensado que jamás volvería a ver.
Y por otro lado le resultaba de lo más incómodo ver como la niña que se había convertido en su ojito derecho, se besaba de aquel modo con un tipo, por muy ahijado perdido que fuera este.
Se mordió la lengua por un segundo, pensando en el coscorrón que le propinaría su amiga Lily si lo viera en aquel momento. Seguramente también le soltaría todo un discurso sobre que Ginny era una mujer fuerte e independiente que podía besarse con quien quisiera y de la forma que quisiera, y que él no tenía derecho a reprocharle nada. Suspiró. Para él Ginny siempre sería aquella niñita menudita y con dos trenzas que había conocido hacía años.
—Hola tío Sirius —Ginny se apartó de Harry pero no mucho, tomándolo cariñosamente de la mano. Le dedicó una sonrisa a su tío postizo como si nada, aunque sus mejillas estaban muy rojas.
—Hola Ginny. Te preguntaría como estás, pero al parecer es una pregunta de lo más estúpida, ya que la respuesta es evidente.
Ginny se ruborizó aún más mirando de reojo al moreno, que no había sacado ni por un segundo los ojos de ella.
Sirius contuvo una risita. Conocía la mirada que tenía Harry, la conocía muy bien. "Los Potter y sus pelirrojas" pensó rodando los ojos.
–Tío Sirius —le dijo Ginny con cierto tono de advertencia. El hombre alzó las manos en modo de rendición
—Está bien, no me meto. —Le prometió —Pero como le recuerdo siempre a tu hermano; sin gorrito no hay fiesta.
—¡Sirius!
Luna y Astoria rieron a carcajadas mientras Ginny parecía apuntó de matar a su adorado tío.
—Ey no me mires así. Solo te recuerdo que soy demasiado joven y sexy para que alguien me llame tío abuelo.
—¿Qué se te ofrece tan temprano o es que sólo pasabas por aquí a molestar? —Ginny sacó a relucir su carácter de fuego mientras se cruzaba de brazos y lo fulminaba con la mirada.
—Bueno… este ¿no me presentan? —miró significativamente tanto a Hermione y Astoria. Ginny frunció el ceño, algo había traído a su tío hasta allí pero su resolución parecía debilitarse y buscaba demorar el momento.
—Ellas son las guerreras de Hades que enviaron a cuidarme, Astoria y Hermione. También trabajaron unas semanas en tu bar, lo sabrías si te aparecieras por allí de vez en cuando para algo más que no sea bajar las reservas de alcohol. —soltó la pelirroja con un tono de reproche que el hombre ignoró olímpicamente —Chicas, él es mi encantador y muy maduro tío, Sirius Black.
Astoria le sonrió mientras agitaba una mano divertida, al tiempo que Hermione solo hacia un asentimiento con la cabeza a modo de saludo, como siempre.
—¿Y el mocoso?
Nick dio un respingo cuando los curiosos ojos grises del hombre se posaron sobre él. No estaba para nada acostumbrado a que la gente pudiera verlo.
—Ese bocazas de ahí es Nick. —sonrió Luna con un tono de madre orgullosa que presenta a su hijo moquiento a sus amigas.
Sirius abrió los ojos asombrado.
—¿Nick? ¿Tu amigo Nick? ¿El fantasma que sólo veías tú? —miró a la pelirroja en busca de respuestas.
—El mismo. —Respondió el chiquillo— Es bueno poder hablarle, al fin y al cabo viví años en su casa.
Sirius no pudo más que sonreír.
—Vaya, es bueno saber que no estabas loca al final.
Nick reía mientras Ginny miraba a ambos con los ojos entornados.
—Yo que tu no me reiría tanto, sigues en capilla por entrometido —le advirtió a Nick, logrando que el fantasma quedara mudo en el acto. —Y tu graciosito —volteó a ver a su tío que ninguna amenaza lograría borrarle la sonrisa—Te invito a desayunar porque mi santa madre me crió bien, pero primero quiero que me digas a qué has venido en realidad.
Cómo temía Ginny, Sirius llevó su mirada a Harry, el cual se puso tenso en el acto.
—Me gustaría hablar contigo de un asunto, Harry. Aunque viendo el panorama actual, son dos los asuntos.
—Sirius –Apretó los dientes su sobrina.
—Si si, ese es mi nombre, no lo gastes tanto, Calabaza.
Era obvio que a Harry no le hacía mucha gracia hablar con él. Pero Sirius no aceptaba un no como respuesta. Pronto estuvieron solos en la sala, mientras Ginny y Astoria terminaban de preparar el desayuno que tan amablemente le habían invitado.
—Mmm bonitas botas—comentó de la nada Sirius, solo para ser simpático.
Harry miró sus botas por un segundo conteniendo una sonrisa. Hacía semanas Ginny le había asegurado que a su tío le encantarían las botas de motero que usaba. Por lo visto no se había equivocado.
—¿De qué quiere hablar, señor?
—Llámame Sirius, por favor.
Era de lo más raro estar parado frente a ese muchacho que tanto se parecía a su mejor amigo. A Sirius le resultaba muy fácil dejarse engañar por la semejanza, aunque entre más lo miraba más notaba las diferencias. Más allá de sus ojos tan parecidos a los de su madre y un puñado de detalles más, había algo en Harry que lo distinguía completamente.
Algo en su forma de caminar y pararse en la estancia, muy erguido y seguro de sí mismo. No tenía nada de la arrogancia que había hecho que su padre se pavoneara por los pasillos del colegio cuando era joven. Harry entraba a un lugar exudando seguridad y poder, pero sin creerse dueño de nada. Era un soldado que servía a un dios. Eso a Sirius le cuadraba. Harry parecía tener un aura a su alrededor de lo más inquietante. Un puma agazapado listo para atacar. Como aquellos tipos tranquilos y callados que podían partirte en dos sin usar la varita ni sudar. Y aunque tan solo fuera un joven comenzando la veintena, algo en sus ojos y en su semblante serio lo hacía parecer muchísimo mayor.
Sin duda había sido alguien obligado a madura muy rápido. Para él no había juegos y diversión, solo duro entrenamiento.
Pensar en todo lo que debía haber visto aquel pobre muchacho. La sola idea lograba encogerle el corazón.
Harry permaneció callado, a la espera de que Sirius hablara. No pasó mucho para que el hombre comenzará hacerlo sin parar.
—Conozco a Ginny desde que era un bebé. Estuve con ella cuando sus padres fallecieron, y ayudé en su cuidado tanto como me lo permitieron sus hermanos. Cuando me enteré que Ron y ella estaban con un pie en un orfanato no dudé en ir por ellos.—le contó—¿Sabes? Jamás me he casado ni tuve hijos, pero para mí los Weasley son mis hijos, al igual que Draco…
—¿Esto es una especie de discurso sobreprotector o algo así? ¿Algo como "rómpele el corazón y te rompo las piernas"?—Harry lo miraba con curiosidad. No parecía ofendido, mucho menos preocupado.
—La verdad, no tengo idea de lo que es. No tenía planeado esto. Honestamente hasta que los vi besándose, mis apuestas estaban en que se iba a meter a monja o algo así. —Suspiró resignado— Como sea, Ginny es importante para mí así que… ¿son novios?
Harry frunció el ceño. Sirius parecía verdaderamente incómodo. Sin duda estaba fuera de su elemento.
—Sí, somos novios.—respondió de inmediato, aunque por dentro se preguntó si Ginny aprobaría aquella etiqueta para su relación. La palabra "novios" sonaba tan insulsa para lo que pasaba entre ellos.
—Vale… Les deseo lo mejor, supongo.— parecía satisfecho con la respuesta, pero Harry creía que era más el deseo de cambiar de tema qué otra cosa. Tratando de no sonreír, intentó ayudarlo a salir del embarazoso momento.
—¿Cuál era el otro asunto del que quería hablar?
Como única respuesta, Sirius sacó una fotografía del bolsillo interior de su capa y se la entregó.
Harry la tomó con interés, frunciendo el ceño aún más al ver la imagen en movimiento de una pareja que reía alegremente. Eran jóvenes, tal vez de su edad, y parecían muy felices. Ella tenía el cabello rojo oscuro con bucles perfectamente definidos, una sonrisa que le hacía hoyuelos en las mejillas y dos grandes ojos verdes que brillaban como estrellas. El hombre a su lado la abrazaba con fuerza sin dejar de sonreír. Un poco más alto que ella, de ojos color café y cabello azabache todo despeinado, llevaba unas gafas de montura rectangular que le resbalaban por la larga nariz mientras reía.
Como si el papel le quemara los dedos, intentó regresársela, pero Sirius agitó la mano, rechazándola.
—Quédatela.
—No debo tenerla. Las reglas…—la voz de Harry carecía de toda emoción, logrando así que Sirius sintiera pena por él nuevamente.
—Son tus padres, mereces saber quiénes son. —Le aseguró tercamente.— ¡A la mierda con los dioses! Te quitaron a tu familia una vez, no permitas que lo hagan de nuevo.
*.*.*
Nick apareció en medio de la sala un rato después del medio día. El lugar estaba exactamente igual que siempre, y nada diría que Harry y Ginny habían pasado la mañana volando muebles y estallando cosas.
Luna estaba junto a la chimenea observando fijamente un rincón mientras se daba golpecitos en la barbilla con el dedo índice, signo inequívoco de que estaba pensando.
—Un penique por tus pensamientos. —se situó a su lado mirándola con interés.
Sin apartar los ojos del rincón, sonrió.
—Pensaba en que esta casa se ve demasiado triste para las fechas que son. Mañana mismo conseguiré un árbol y sacaré los decorados del desván —le contó sus planes, y mirándolo con los ojos entornados, añadió —También pensaba que eres el idiota más grande del mundo.
—Creo que eso es en lo único en lo que están de acuerdo todos en esta casa. —soltó con amargura. Sintiéndose cada vez más insignificante bajo aquellos ojos grises.
—Enserio Nick ¿una flecha de desamor? ¿De verdad creíste que podías separar a dos almas gemelas con una de ellas?
—En mi defensa, yo no sabía que eran almas gemelas. Además, me detuve y no la use. Fue Eros quien la usó al final solo para molestar. —se defendió intentando mantener a raya su malhumorado temperamento. Había pasado el último día pensando en todo lo que habían dicho tanto Ginny como Eros. Tenía el amargo presentimiento de que el tiempo se le estaba acabando y no quería pasarlo peleando con todo el mundo, estaba cansado.
—Prométeme que no volverás a intervenir en los sentimientos de nadie con magia celestial.
—Prometo no volver a usar esa magia con Harry y Ginny. —específico, pero Luna no lo notó.
—Bien —asintió —Porque quiero unas navidades dignas de recordar y no toleraré ningún tipo de pelea.
Nick le dio la razón. Las cosas cambiarían pronto y esta podía ser la última oportunidad que tenían para estar todos juntos.
Desolado ante ese panorama, abrazó a Luna con todas sus fuerzas, rodeando su cintura con sus brazos delgados y hundiendo su rostro en el suéter rosa que llevaba. Su coronilla apenas le llegaba a los hombros de la chica, pero no le importaba. Quería pasar cuanto tiempo dispusiera a su lado.
Luna se sorprendió por la sorpresiva muestra de cariño, hacía mucho que era ella la que buscaba siempre aquel tipo de acercamientos y Nick casi siempre se limitaba a quedarse quieto o apartarse.
Sonriendo le regresó el abrazo. Su cercanía era destemplada pero a ella no le importaba, era su Nick. Jamás se había sentido parte del mundo, una semidiosa anclada en la línea divisoria entre lo divino y lo mortal… nadie la entendía, ni lo intentaba. Hasta que un buen día vio por primera vez a Nick Bones.
Él le había dado las fuerzas necesarias para aceptar su destino y dejar atrás todos sus sueños. Sin él las cosas hubieran sido muy diferentes.
—Todo estará bien —le susurró apoyando su mejilla sobre sus rizos. —Todo saldrá bien. Te lo prometo.
Nick asintió sin atreverse a alzar el rostro para mirarla. La abrazó con más fuerza, deseando tener el optimismo que tanto caracterizaba a su dulce Luna.
De tener un único deseo en toda su existencia, este sería sin dudas que tanto ella como Ginny tuvieran vidas largas y tan normales y felices como ellas desearan.
Él no tenía salvación. Pero daría hasta su último esfuerzo para proteger a lo que más amaba.
*.*.*
—Tengo que decirte que me sorprendiste mucho esta mañana.
Ginny pegó un brinco cuando escuchó la voz de Harry en la puerta de su habitación. Había pasado la última media hora escuchando música con el viejo tocadiscos de su padre mientras modificaba a su antojo sus muebles con ayuda de sus poderes, tan ensimismada estaba en la tarea que no había notado al guerrero con el hombro apoyado en el umbral, al tiempo que la observaba con esa mirada que lograba siempre ponerla de rodillas.
Se aclaró la garganta, intentando que no se notara lo mucho que la afectaba su sola presencia, a pesar de todo lo ya vivido y compartido.
—Lo sé. Debí contarte lo que me dijo Eros. Al fin y al cabo, entre tú y yo, tú eres el más acostumbrado a todas estas cosas. —le dijo al tiempo que se sentaba en la cama.
—No me refería a eso, aunque no negaré que me sorprendí mucho cuando Nick me lo dijo. —se sentó a su lado, e inmediatamente la atrajo a sus brazos. Gustosa, Ginny se acurrucó a su lado. Le alucinaba la facilidad con la que se había acostumbrado a la cercanía de Harry. Hasta entonces le había repateado la gente que invadía su espacio personal, en especial los chicos cuyos pensamientos sin censura le taladraban la cabeza haciéndola sentir un profundo rechazo.
No era como si los pensamientos de Harry fueran los de un santo ni nada por el estilo. Lo había atrapado con más de una fantasía tan subida de tono que hubiera sonrojado a la Ginny de un mes atrás. Pero ahí estaba la cuestión, la antigua Ginny le hubiera acomodado las ideas de un buen puñetazo si las cosas se ponían demasiado ofensivas. Pero ahora solo sentía un burbujeo de emoción y un deseo de tomarlo de la mano y llevarlo al lugar más cercano donde pudieran encontrar intimidad.
¿Se había convertido en una ninfómana sin remedio en menos de 24 horas? Tal vez. Pero tenía el ridículo deseo de permanecer la vida entera abrazada a él. ¿Pero qué opción tenía? Su corazón se aceleraba cuando lo veía imaginarla desnuda y se derretía al encontrarlo dos segundos después distraído con la imposible misión de contar las pecas que ella tenía sobre su nariz
El hecho de que alguien como él, que había visto la peor cara de la vida, pudiera mostrarle tanta ternura hacia que sintiera un nudo en el pecho.
—Cuando vi que el señor Black te estaba haciendo enfurecer pensé que mínimo lo harías volar por los aires.
Ginny que se había perdido en sus pensamientos y en su abrazo, tardó un momento en comprender de qué hablaba Harry.
—Jamás le haría daño a Sirius —alzó el rostro para mirarlo con el ceño fruncido. El muchacho la miró con una sonrisa de disculpas
—Te he visto hacer estallar cosas por mucho menos, Ginny —le recordó —Pero no lo tomes como una crítica. Es normal, y ahora demuestras más autocontrol que el del primer día. Estoy orgulloso de tus progresos.
La pelirroja lo pensó un momento. Ni siquiera sabía cómo lo había hecho. Si se había molestado con Sirius, pero sólo había sido un poco. Harry tenía razón, en esos últimos días había perdido el control durante los entrenamientos por cosas mucho más tontas.
No había atacado a Sirius porque en la balanza, su amor y gratitud hacia él tenían muchísimo más peso que cualquier rabieta estúpida que podía llegar a tener.
No estaba teniendo más autocontrol, simplemente tenía un Pepe Grillo que le recordaba que no debía atacar a sus seres queridos. A sus ojos, aquello no era una victoria. No todos los inocentes del mundo eran sus seres queridos. Esa idea solo logró deprimirla.
Por inercia buscó los labios de Harry, encontrando en el acto bienvenida y consuelo. Era fácil olvidarse de todo cuando solo podía sentir su aroma y sus suaves labios. Para ser un novato con las chicas, el desgraciado besaba como los dioses.
Las luces comenzaron a titilar en cuanto acabaron recostados en la cama, Harry soltó una risita mientras Ginny se apartaba refunfuñando.
—Es bochornoso. —arrugó su nariz de una manera que sólo logró que Harry riera aún más—No te rías, es patético que sepas siempre cuando estoy perdiendo la cabeza por tu culpa.
La sonrisa del guerrero fue aún más grande, antes de tomarla de la mano. Se la llevó a los labios para darle un pequeño beso antes de llevarla a su pecho, dejándola sobre su corazón. Ginny sintió aquel latido enloquecido sin poder ocultar una sonrisa. Ella no era la única que perdía la cabeza con solo tocarlo. Volvió a besarlo, lento y suave, disfrutando de cada segundo.
La quietud del momento era perfecta, sólo ellos dos…. Y por supuesto una idea atravesó la mente de la pelirroja para estropear todo.
Harry se apartó cuando notó que la intensidad y entrega de los labios de su pelirroja habían comenzado a amainar.
—¿Pasa algo malo?
Ginny lo miraba fijamente, como si estuviera buscando algo en su rostro.
—No te conté todo lo que sucedió con Eros ayer. Lo siento –murmuró apartando sus ojos de los de él. Volvió a sentarse en la cama y Harry no tardó mucho en imitarla.
—Lo sé—tomó un mechón de su cabello pelirrojo y lo arregló detrás de su oreja en un intento de que volviera a mirarlo. Ginny volteó, sorprendida con su respuesta—Bueno, Eros no es muy conocido por ir por el mundo diciéndole a la gente quien es su alma gemela—le explicó con sencillez — Así que doy por hecho que ayer, mientras Luna, Draco y yo convocábamos a Cloto, tu tenias tu propia aventura con inmortales. Y también estoy seguro que Nick tiene algo que ver ¿no? De otra manera no me explico cómo se enteró antes que yo.
—Nick utilizó una flecha de desamor en mí… para que me olvidara de ti.
—¡Vaya!—Harry quedó con la mirada perdida por un momento, completamente sorprendido. —Sé que no le caigo muy bien que digamos, y seguramente te prefiera con cualquier chico en el mundo antes que con un guerrero de Hades… pero llegar a los extremos de usar una flecha de desamor. ¿No crees que es demasiado?
Apretó los dientes intentando controlar su expresión. Una llamarada de rencor le quemó las entrañas. La idea de que Ginny ya no lo viera de la manera que lo hacía, que todo ese amor desapareciera sin dejar rastro…. Lo único que lo detenía de buscar al fantasma y mandarlo de una patada al tártaro era saber que Ginny, a pesar de todo, le quería.
—El lo siente, Harry —murmuró Ginny acariciando su mejilla y mirándolo fijamente. Harry sonrió sin poder evitarlo. Solo su contacto, un simple mimo, y el estaba a sus pies y el fuego de la venganza se extinguía en su interior…. Que los dioses se apiadaran de su alma si algún día ella se enteraba hasta que punto llegaba su control sobre él. —Prometió no entrometerse más.
—¿Te lo prometió antes o después de amenazarme esta mañana? —rodó los ojos.
—Al menos lo intentará.
—Ya. Y yo intentaré exorcizarlo y guiarlo hacia la luz.
Soltó una risita. Harry podía mostrarse molesto pero sabía que no haría nada
—Como sea. ¿Me puedes decir como rayos consiguió una flecha de desamor ese mocoso? ¿Y cómo terminó Eros por aquí?
Ginny le contó todo sin guardarse detalle, por mínimo que fuera. Lo vio sorprenderse al enterarse que Nick había desistido al último momento, y preocuparse al oír que Eros mismo había acabado el trabajo. Sonrió tontamente cuando le explicó porque lo había besado cuando lo encontró en el pasillo. Y al final cuando le contó palabra por palabra su conversación con Eros en ese mismo cuarto, esperó paciente la reacción de Harry, sorprendiéndose al ver que su sonrisa solo se hacía más grande y sincera.
—¿Pasa algo malo? —Le preguntó al notar que lo miraba con los ojos entornados.
—¿No te molesta?
—¿Qué cosa?
—Qué Eros tuviera que usar una flecha para que yo te viera. Que no fuera amor a primera vista real.
Ginny se sorprendió al ver sus ojos brillantes de diversión.
—¿Acaso crees que el amor a primera vista es otra cosa? —No pudo contener la risa— Son las flechas de Cupido.
—Eros—le corrigió por inercia poniendo mala cara—Pero contigo no uso ninguna. Quiero decir ¿entonces no sentiste atracción por mí en cuanto nos vimos esa noche?
—Bueno—Harry pensó muy bien su respuesta, recordando esa noche con detalle. — ¿recuerdas lo primero que me dijiste? —Ginny negó con la cabeza con sinceridad. Había estado tan perdida en sus ojos que con suerte había logrado recordar no babear. —Estabas herida, pero lo único que notaste fue el golpe que yo tenía en mi cabeza…. Sé que puede sonar ridículo, pero creo que fue en ese momento en que sentí algo por ti… cuando mostraste preocupación por mí.
—Harry.
—Es que en el Inframundo, cuando me herían, a nadie le importaba. Albus se limitaba a curarme y Perséfone… Bueno ella es una diosa, no entiende lo que es el dolor. Soy un guerrero, verme herido es normal, parte del entrenamiento.
—Eso no está bien.
—Tienes razón, pero ya no importa. —Tomó su mano mientras sonreía—Tú fuiste amable y cariñosa conmigo esa vez, y todas las demás… Ginny eres como el primer día de primavera luego del más duro de los inviernos.
La pelirroja se quedó sin palabras. ¿Qué responderle a eso? Harry apreciaba como a un tesoro cosas a las que ella ni siquiera daba importancia. La idea de que nadie se hubiera preocupado por sus heridas o le hubiera dado consuelo, le hacía hervir la sangre. Él era alguien maravilloso que no merecía la vida que le había tocado.
Lo besó, llevándolo consigo otra vez a la cama. Recostados allí intentó explicarle sin palabras lo muchísimo que lo amaba y lo necesitaba. Harry le rodeó la cintura con sus brazos mientras profundizaba el beso.
Nuevamente alguien los interrumpió dando golpecitos a la puerta. Se separaron de inmediato. Ginny se sorprendió al notar que no habían cerrado la puerta de su habitación. Suerte que la ropa no había comenzado a desaparecer. En el umbral estaba Astoria, con la cara enrojecida mirando el piso.
—Yo…—estaba muy abochornada—Siento interrumpirlos pero tenemos un problema.
Le mostró a Harry el pequeño espejo que llevaba en la mano.
— ¿Qué viste?—El guerrero se puso de pie de un salto.
—Carrie necesitará nuestra ayuda dentro de cinco minutos—le explicó la chica—Hay demonios haciéndose notar no muy lejos de aquí y son demasiados para que ella los maneje sola.
—¿Demonios? ¿A esta hora?—le echó un vistazo a la ventana de la habitación. Faltaba un buen rato para que anocheciera, los demonios nunca armaban demasiado lío a esas horas.
Astoria se encogió de hombros.
—Es mejor que vayamos a ayudar ¿no crees?
—Yo iré con ustedes—Ginny también se puso de pie—Puedo ayudar.
—NO, tú te quedas aquí—la frenó Harry. No era una recomendación. Era una orden hecha con aquel tono de general que pocas veces usaba.
La pelirroja lo atravesó con la mirada, completamente indignada. Ese chico estaba muy perdido si creía que podía usar esos modos con ella. Se cruzó de brazos mientras Astoria daba un paso atrás. Las luces no habían comenzado a titilar ni nada por el estilo, pero los instintos de ambos guerreros les advertían sobre el peligro que tenían ante ellos.
—Astoria dame un momento para hablar con Harry a solas —le dijo a la chica sin apartar sus ojos del Guerrero. Esta no dudó ni un segundo, y lanzándole una mirada de compasión a su general salió corriendo escaleras abajo.
—Ginny…
—Ginny tu abuela.—gruñó, echando chispas—No me quedaré aquí tejiendo junto al fuego mientras ustedes están allá fuera arriesgando el pellejo.
—Eres importante, y tu seguridad es la prioridad. —Trató de mostrarse calmado, aunque la verdad era que lo único que quería era salir corriendo como había hecho Astoria. Jamás había visto esa expresión en el rostro de Ginny y la verdad era que le daba miedo. Aún así intentó permanecer firme y no mostrar debilidad.—Ir por ahí enfrentando demonios es una tontería demasiado arriesgada.
—¿Y tú si? ¿Tu si puedes arriesgarte y correr hacia el peligro como un maldito héroe?—saltó un bufido poco femenino— Soy mucho más fuerte que tu, y lo sabes.
—Sí, y si pierdes el control no podré hacer nada para detenerte— Amaba que fuera terca, pero en esos momentos comenzaba a enojarse.
—¿Acaso te preocupa lo que pueda hacerle a esos tontos demonios?—rió con desdén.
—Me preocupa más lo que puedes hacerle a Astoria o a Carrie, y lo terriblemente mal que te sentirás si las lastimas por accidente.
Ni un bofetón de parte de Harry la hubiera dejado tan sorprendida como sus palabras. Dio un paso atrás, dolida. Sabía que no tenía un completo control, pero estaba segura que jamás lastimaría a Astoria.
¿Qué le pasaba por la cabeza a Harry para pensar eso? ¿Acaso no le había felicitado por su gran control de la mañana? Enojadísima tomó aliento para soltar todo un sermón, pero se detuvo con las palabras en la punta de la lengua cuando una voz resonó en su cabeza.
"Déjalo ir. Tu y yo debemos hablar."
Miró a su alrededor sorprendida. En su habitación no había nadie más que ellos dos. Harry la miraba con el ceño fruncido a la espera de su contraataque, demostrando así que él no había escuchado ninguna voz.
—Vete.—le ordenó a Harry.
—Ginny, no te pongas así. Entiendo que te moleste pero debes entender…
—Te entiendo—le cortó. Y para asegurárselo dio un paso hacia delante y lo besó en los labios— Lo siento, pelear por esto es una estupidez. Tienes razón, hasta que no maneje mis poderes al cien por ciento, es peligroso que intente ayudarlos. —Volvió a besarlo—Vamos, vete. Carrie te necesita.
Harry se marchó sin entender nada. Preocupado por la salud mental de su amada y sus extraños cambios de humor.
Mientras, Ginny cerró la puerta de su habitación y se preparó para lo que fuera. Desde la noche del callejón no había vuelto a escuchar las voces de Todo y Nada en su cabeza, pero sabía que la voz que había escuchado momentos atrás no habían sido las de ellos.
Aun así, sabía que era la de un dios, o mejor dicho la de una diosa. Lo primero que percibió fue un agradable aroma jazmines que inundó todo el cuarto.
Se mordió el labio para reprimir una palabrota cuando encontró en medio de su habitación a una diosa que había visto muchas veces en los recuerdos de Harry. Era mucho más hermosa en persona. Alta y con un cuerpo de infarto, llevaba puesto una hermosa túnica blanca con costuras de oro. Su larguísimo cabello rubio caía en cascada alrededor de su rostro cincelado. Y como era una reina al fin y al cabo, tenía sobre su cabeza una corona de pequeñas flores.
Si, la diosa de la primavera era todo lo que se suponía que debía ser…. Y Ginny la detestaba. Pero aún así, intentó comportarse porque al final, de una manera retorcida, ella era la madre de Harry. Y si existían madres humanas que eran verdaderas víboras con sus nueras ¿Por qué una diosa no podía ser igual? Tal vez estaba allí para decirle que pensaba que era muy poca cosa para él y ordenarle que se apartara de su hijo adorado.
Alzó la barbilla con toda dignidad. Si quería pelear, así lo haría. Harry era su alma gemela y no iba a permitir que el berrinche de una diosa celosa los separara.
—Perséfone—la saludó y solo para no comenzar con las hostilidades tan pronto, le dedicó una corta reverencia.
Para su sorpresa la diosa sonrió con cierto cinismo.
—¿No te caigo muy bien, eh?
—Honestamente…. No.
Se mordió la lengua hasta hacerse daño. Podía estar en completo desacuerdo con todo lo que había hecho en lo referido a sus hijos adoptivos, pero Harry le quería. Y Ginny se negaba a hacer algo que lo lastimara o lo obligara a elegir entre ambas.
—Lo cierto es que no me importa la opinión que tenga una humana sobre mí. —Perséfone se movía como si fuera la dueña indiscutible de todo a su alrededor y eso solo logró que Ginny le tuviera mucho menos aprecio si eso era posible— Si no fuera por las Moiras, tu no serías más especial que los demás. Seamos sinceros, tampoco eres especialmente atractiva, sin duda el hecho de que fueras su alma gemela debió ser lo único que atrajo a mi Harry.
Ginny había estado esperando algo así, pero aun así no podía estar más atónita. Qué suerte la suya. No se había equivocado, Perséfone se comportaba como toda una suegra malvada, un mal estereotipo de película barata.
Aún así no reaccionó. Se prohibió hacerlo. Ella era mejor de lo que aquella diosa creía. Sin necesidad de poderes especiales era una gran hechicera, y por mucho que quisiera minarle su autoestima con sus palabras viperinas, conocía muy bien el reflejo que encontraba en el espejo cada mañana, y no podía estar más satisfecha con este.
Harry la amaba. Estaban destinados a ser compañeros, a caminar uno al lado del otro.
Haciendo oídos sordos, se cruzó de brazos y la miró con mala cara.
—Ha hecho un viaje muy largo desde el inframundo solo para venir a insultarme. —Habló con calma, como si en el fondo no le importara en lo más mínimo sus palabras— ¿No le gustó como pareja de su hijo? Pues que mala suerte, él cree lo contrario y eso es lo único que me importa.
Perséfone frunció sus carnosos labios y con tono feroz le dijo:
—¿Y qué pasa si digo que no voy a permitir que me robes a mi hijo?
Ginny permaneció con la frente bien en alto. El tono posesivo que encerraban las palabras de la diosa solo avivaba su ira.
—El no es una cosa que pueda ser robada. Es una persona. Una asombrosa. —Soltó molesta — Lo que ha sufrido sólo porque usted quería un hijo no tiene nombre, pero aún así la defiende a capa y espada ¡y la ama! Usted no tiene idea de la suerte que tiene.
—Él es el favorito del inframundo.
—Eso no lo salvó de la crueldad de las Furias, de Calixto y mucho menos de tu esposo.—le recriminó. Fulminó con la mirada a la diosa perfecta que tanta admiración le había despertado desde niña. — Harry merece ser feliz. Y lamentablemente para usted señora diosa reina suprema del inframundo, él quiere que YO sea quien lo haga feliz. Así que debería acostumbrarse, porque no planeo ir a ningún lado. Tal vez sea una humana insignificante y poco atractiva como usted dice, pero tengo entendido que poseo poderes suficientes para enfrentarme a los dioses. Y le aseguró una sola cosa, por Harry me enfrentaré a quien sea.
Estaba lista para lo que fuera. Más que preparada para esquivar el primer golpe, rezándole a Todo y Nada para que no la abandonaran precisamente en ese momento. Pero no pudo ocultar su sorpresa cuando vio a la diosa sonreírle de la forma más sincera. No había asomo de burla ni sarcasmo. Sus bonitos ojos brillaron casi divertidos.
—Eres exactamente como esperaba que fueras. Hay fuego dentro de ti. —asintió, como si estuviera de acuerdo consigo misma. —Hecha a la medida para mi Harry… ¡oh! Quiero decir, tu Harry.
Ginny estaba aturdida. ¿Esa era su bendición?
—Yo…
—Lo sé, no me quieres. Y no puedo culparte.—le aseguró con un tono mucho más amable—Desde hace días que no dejo de pensar que fui muy egoísta con Harry. Yo quería un hijo y en ningún momento me importó lo que tenía que soportar él para que yo fuera feliz…. Harry es un buen hombre y merece tener una buena vida.
—La tendrá, yo me aseguraré que así sea.—le dijo con firmeza.
Perséfone asintió, satisfecha con esa promesa.
—No espero menos— dijo. Perséfone clavó la mirada en el suelo por un momento, y Ginny pudo ser testigo de una corta pero intensa lucha interna que dejaba entrever en sus hermosos ojos.— Tú y yo tenemos en común una cosa muy importante. Ambas amamos a Harry.
—Supongo que si…
—Por eso vine aquí. —La diosa la miró a los ojos— Has demostrado ser digna de él. Por eso necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda?—repitió no muy convencida.
—Harry no lo sabe, pero él te necesita más de lo que cree…
*.*.*
—¡Abajo!
Harry se lanzó al suelo un segundo antes que una flecha le pasara zumbando sobre la coronilla. Con puntería experta, Carrie le dio a un demonio entre medio de los ojos. El ser se hizo polvo en el acto pero eso no detuvo la batalla. Harry se puso de pie de un salto, arremetiendo contra otro que intentaba tomar por sorpresa a Astoria que ya luchaba con otros dos.
Los dos guerreros lamentaban la decisión de dejar a Hermione atrás con la tarea de proteger la casa. Los demonios los superaban cinco a uno y estaban especialmente violentos y fuertes para ser todavía de día. Sin duda, aquellos imbéciles habían puesto humanos en su menú. Esa era la única explicación que había para su inusual fuerza.
Astoria usó unos cuantos hechizos de magia negra para cargarse a un demonio mientras con la otra mano le clavaba una daga en la garganta a otro. No muy lejos, Carrie subida sobre un contenedor de basura no dejaba de lanzar flechas. Harry aplaudía la estrategia, ella si era débil durante el día y una batalla cuerpo a cuerpo era algo que no podía ganar.
Mientras luchaba, Harry estaba alucinado con la situación. Un demonio le estaba cubriendo las espaldas y ninguna parte de su instinto le decía que eso era un error. Si alguien le hubiera dicho que un guerrero y un perro del infierno podían unir fuerzas por un objetivo en común, seguramente no se lo hubiera creído.
Cuando el último desapareció en una nube de polvo pestilente, Astoria se secó la frente sudada con el dorso de la mano.
—Por favor díganme que ese fue el último. —soltó con un suspiro.
Carrie bajó con felina elegancia del contenedor, al tiempo que inspeccionó la inusualmente solitaria calle de la zona industrial donde estaban.
—No percibo a ninguno más—le aseguró Carrie antes de volver hacia el contenedor.
El lamento que la lucha había silenciado volvió a llamar su atención. Junto al contenedor había una chica que no tendría ni veinte años. Tirada en el suelo, su ropa estaba desgarrada y cubierta de su propia sangre. Ella era la razón por la que tantos demonios estaban allí y por la que ellos habían tenido que luchar con tanta determinación.
Carrie permaneció a considerable distancia mientras Astoria se arrodillaba junto a la desorientada mujer. Harry notó como Carrie apretaba la mandíbula con mucha fuerza. Tal vez era de los buenos, pero ella seguía siendo una demonio y la sangre humana era una tentación muy grande
—La han herido mucho —les informó Astoria, quien con toda delicadeza la tomó en brazos. En cuanto la movió la chica perdió el conocimiento.
—Demasiados demonios atacando a una sola chica. ¿No crees?
—Mejor que compartan una antes que cada uno se busque una presa—soltó Carrie apretando los dientes mientras intentaba respirar lo mínimo—Mejor una sola caza en lugar de una docena. Los números altos atraen a la policía. Es de lo más inconveniente que los humanos se involucren en cosas que no pueden entender, sólo lograrían volverse el postre.
Harry asintió. Llamar la atención de las masas era lo peor que podía pasarles. A los dioses no les iba a gustar que armaran alboroto y esparcieran el pánico.
—Llévala a un hospital, Astoria. —Le indicó a la guerrera— Luego regresa a casa.
Esta asintió con la cabeza antes de desaparecer con la chica.
—Te ves diferente—comentó Carrie más relajada en cuanto el olor de la sangre fresca se disipó en el viento invernal.
Harry se encogió de hombros mientras guardaba su espada. La demonio lo miró fijamente, como si lo estuviera pasando por una máquina de rayos x. Al final soltó una fuerte carcajada.
—Mmm creo que al fin alguien tuvo una alegría.
—Vete al Tártaro—resopló el guerrero caminando calle abajo.
Carrie fue tras él dando saltos.
—¿Acaso no te dije que era precisamente eso lo que necesitaban?
Harry rodó los ojos, empecinado a no darle oportunidad de que se metiera en su vida privada.
—¿Has hablado con tu hermano?
Carrie se detuvo.
—Esta mañana lo encontré al fin. Estuve a punto de darle una paliza pero dos demonios me ganaron de mano.
Harry también se detuvo, mirándola con el ceño fruncido.
—¿Por qué lo atacaron?
—Porque pueden y porque Evan es un idiota que cree que puede vigilar un ejército de salvajes demonios. .
—¿Por qué está manejando el ejército él, dónde está Calixto?
—Como imaginarás, no me lo dijo. Pero es bastante obvio. —respondió Carrie—Calixto intentó usar su magia para contener a Ginny en la pelea del callejón, pero la chiquilla lo sobrepasó…. La verdad espero que haya dolido, y mucho.
—Ya somos dos.
El guerrero miró el cielo, pronto anochecería y la cosa se pondría peor. Sin la mano firme de Calixto controlando su ejército, cualquier desgracia podía pasar.
—Creí que cuando descubrieras que Ginny era tu alma gemela, estarías de un humor más alegre—comentó Carrie, disfrutando de tomarlo desprevenido.
—¿Lo sabías?—Harry la miró con los ojos desorbitados.
—Snow me lo dijo, y creo que a él se lo dijo Atenea, que lo escuchó de Hermes, que a su vez se lo dijo….
—Vale, entendido. Medio Olimpo lo sabía. Genial —Si algo había aprendido de sus años entre dioses, era que todos eran unos chismosos de primera.
—¿Está todo bien entre ustedes?
Harry puso los ojos en blanco. Al parecer los dioses no eran los únicos chismosos. Volteó a ver a la demonio listo para mandarla al agujero infernal donde había nacido, pero se detuvo en el acto. No llevaba sus gafas de sol, así que podía ver su único ojo mirándolo con curiosidad y sincero interés.
En ese momento recordó los libros sobre demonios que había leído en la biblioteca del inframundo por orden de Albus. Los demonios no tenían alma, así que el concepto de alma gemela debía de ser de lo más extraño para Carrie.
—Yo…. Estoy feliz de haber encontrado a mi alma gemela. Pero creo que ella está enojada conmigo ahora mismo.
—¿Qué hiciste?
—¡Yo no hice nada!—se defendió indignado.
Carrie bufó, sin creerle ni media palabra.
—Pues sea lo que sea que hayas hecho, arréglalo. —le dijo con un tono un poco condescendiente. — Que sea tu alma gemela no significa que no puede darte una buena patada por idiota. No des por sentado su amor.
Carrie siguió caminando, dejando atrás a un Harry pensativo. No sabía muy bien qué era lo que se supone que debía arreglar, pero lo haría sin dudarlo. Ginny era demasiado importante como para perderla por una tontería.
*.*.*
Harry se sorprendió al encontrarse con Ginny en la cocina al regresar de su guardia. Eran pasadas la medianoche y la chica se movía de un lado a otro con la gracia de una bailarina. Completamente ajena a su presencia en la puerta de la cocina, tarareaba alegremente Only you mientras ponía la mesa. Dos platos y hasta una vela que le daba un aire romántico al momento.
¿Y eso? Arrugó el ceño mientras la veía revolver lo que cocinaba a fuego lento. Se le hizo agua la boca cuando el delicioso aroma llegó hasta él. ¿Podía ser más perfecta?
Estaba atontado con la escena que tenía ante él. Nuevamente llevaba un suéter enorme sin nada más abajo, pero esta vez era negro con la letra G en dorado. Era la mujer más fascinante que había visto en la vida. El color oscuro de la prenda le sentaba de maravilla a su piel pálida y su largo pelo rojo fuego.
Se mordió el labio inferior. Mientras la observaba, un apetito muy diferente comenzaba a despertar dentro de él. Cuanto más la miraba, más grande era su deseo por ella. Parecía ser que jamás tendría suficiente.
Ginny apagó la hornalla y sirvió dos cuencos con el estofado que había preparado. Después que se marchara Perséfone, había tenido demasiado tiempo para pensar en todo lo que la diosa le había dicho. Al final había buscado algo para mantener ocupadas las manos mientras planeaba sus siguientes pasos. Cocinar era algo que podía hacer de forma automática sin tener que ponerle demasiada atención. Además estaba segura que Harry agradecería algo caliente después de pasar toda la noche en la calle muriéndose de frío. A parte también podían aprovechar y cenar juntos, teniendo un rato agradable a solas.
De pronto, era muy consciente de que no era la única que estaba a esas horas en la cocina. Sonrió. Al voltear se encontró con Harry en el dintel de la puerta, mirándola con curiosidad. La sorprendió encontrarlo con un bonito ramo de tulipanes rojos y blancos en la mano.
En cuanto sus ojos se fijaron en este, Harry se lo ofreció con una sonrisa tímida.
—¿Así serán las cosas? ¿Si yo me molesto contigo, tú me darás flores? —Con las manos en sus caderas intentó ocultar su sonrisa mientras fingía desinterés.
—Soy el hijo de la diosa de la primavera—se encogió de hombros— Según ella, las flores son el mejor regalo. Se puede decir cualquier cosa con ellas.
Ginny tomó las flores y aspiró su aroma.
—¿Y qué dicen estas?
—Los tulipanes rojos significan amor eterno… y los blancos: perdón. —respondió, agradeciendo las interminables horas en los invernaderos de Perséfone mientras oía su eterna cháchara sobre las flores. —Siento si me comporté mal y fui demasiado brusco esta tarde. Jamás he tenido alguien que me importara de verdad hasta que te conocí —le dijo con sinceridad.—Quiero protegerte tanto física como mentalmente, y no tengo ni idea como hacerlo.
Dejando el ramo de tulipanes sobre el fregadero, se puso de puntillas, besándolo con fiereza. Harry se sorprendió con tal ímpetu y entrega, pero de inmediato la tomó por la cintura, apretándola contra su cuerpo.
—¿Esto significa que te gustó mi regalo y me has perdonado?
—No hay nada que perdonar—le dijo Ginny contra sus labios mientras recuperaba el aliento—Tengo que ser paciente si no quiero lastimar a alguien que quiero. —volvió a besarlo entreabriendo los labios en tentadora invitación.
La beso como un poseído. Indagando con su lengua cada rincón de su boca mientras le recorría la espalda con las manos hasta llegar a su trasero. Sin nisiquiera darse cuenta, acabó sentada sobre la mesa de la cocina con Harry parado entre sus piernas.
Sin dejar de besarla, el guerrero escurrió sus manos por debajo de su improvisada ropa de dormir. La suavidad de sus caricias hizo arder su piel. ¡Por todo lo que era hermoso, que facilidad tenía ese hombre para ponerla a cien!
—Harry, la cena…—le dijo sin aliento.
La miró con sus ojos verdes oscurecidos.
—Que espere.
—No somos los únicos que viven en esta casa...—trató de aferrarse a la razón mientras Harry le sacaba el suéter por la cabeza dejándola completamente desnuda a su merced.
Aquello era una locura, pero no quería que parara. Quería estar con él a todas horas. Abrazarlo, tocarlo…. Lo quería a su lado para siempre.
—Todos duermen.
—Pero podrían despertar—le replicó aunque al mismo tiempo buscaba a tientas la cremallera de sus pantalones.
—Entonces usa tus poderes, y asegúrate que nadie despierte.
No tuvo que pedírselo dos veces.
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Hola gente bella! ¿Cómo les va? Espero que bien.
Aquí estoy con un nuevo capítulo. Espero que le guste y apreciaría oír sus opiniones. La verdad este capítulo en especial fue una especie de fanservice para mí misma, amo escribir a Harry y Ginny en plan mimosos. Llámenme loca, pero puedo irme a dormir en paz sabiendo que ellos dos son felices (?) ahhh mis rarezas
¿Les gusto la intervención de Sirius? ¿Qué les parece todo el asunto de los demonios? ¿Y la aparición de nuestra flor de invierno? Tengo que decirlo, ame escribir la escena de Perséfone y Ginny, nuestra pelirroja tiene su carácter mi gente.
El próximo capitulo solo le faltan algunos detalles, y ya les adelanto que es uno de mis favoritos y de los mas especiales que escribí en mi vida. Se llamara "Sueños de Navidad" y tendrá unas cuantas sorpresas.
Por ahora, espero que les guste este capítulo. Muchas gracias por el apoyo de siempre, sin ustedes esta historia no saldría de mi cabeza. Todo mi amor para ustedes!
Besos grandes
Elly
