HOLA HOLA! Estoy de vuelta con esta nueva entrega Gruvia que espero que disfruteis tanto como disfrutasteis del NaLu.
A leer!
Capítulo 2
No, no podía hacerlo.
Natsu y Lu vivían en un apartamento de lujo en uno de los mejores barrios de la ciudad. Era un piso muy grande que ocupaba la mitad de la última planta de un antiguo edificio de ladrillo oscuro. Para ella debió de haber resultado surrealista pasar de su minúsculo apartamento, lleno de corrientes de aire y paredes finas como el papel, a todo aquel esplendor y diseño. A diferencia de nuestro complejo de viviendas, que estaba situado a las afueras de la ciudad, Natsu y Lu vivían en el centro del exclusivo y carísimo Pearl District.
Por suerte, Lu se mostró encantada de verme. El primer momento, que sin duda es potencialmente el más incómodo, quedó neutralizado al instante. El marido de Lu, la famosa estrella del rock, me saludó alzando la barbilla mientras yo intentaba no mirarlo con intensidad. Me moría por pedirle un autógrafo; es más, me valdría incluso que me firmara en la frente.
-Juvia, allí está la cocina. Entra y sírvete lo que quieras – me invitó Lu -. Tenemos un montón de bebida, y las pizzas están a punto de llegar.
-Gracias.
-¿Así que vives en el apartamento de al lado de Mirajane y Laxus? – me preguntó Natsu, dirigiéndome la palabra por primera vez. ¡Santo Dios! Su pelo rosa, sus rasgos esculpidos… Ese hombre era impresionante. La gente no debería ser tan acaparadora. ¿Es que no era suficiente con que tuviera mucho talento?
-Sí – contesté -. De hecho, yo era vecina de Lu, y soy cliente habitual de Ruby's Café.
-Es cierto, viene a por su café todas las mañanas sin faltar ni un solo día – confirmó Lu al tiempo que me guiñaba un ojo -: un latte desnatado doble con caramelo.
Natsu asintió moviendo la cabeza y pareció relajarse. Rodeó la cintura de su esposa con un brazo y ella sonrió. El amor les sentaba bien. Esperaba que duraran.
Yo había amado, me refiero a amar de verdad, a cuatro personas en toda mi vida. No todos mis amores fueron románticos, claro está. Pero a todos les entregué mi corazón. Tres me fallaron, pero aún así siempre esperaba tener un veinticinco por ciento de éxito.
Cuando Natsu y Lu empezaron a darse un beso con lengua, pensé que era el momento de que fuera a explorar la casa. Y eso hice. Primero me apropié de una cerveza en la cocina (de alta tecnología y muy elegante) y me dirigí al salón con determinación. Podía hacerlo. No es que se me diera muy bien socializar, pero iba a intentarlo.
Había una docena de personas por aquí y por allá, y en la enorme pantalla plana estaban emitiendo un partido. Laxus estaba sentado justo delante y parecía ensimismado en el desarrollo del juego. Reconocí algunas caras entre la multitud, la mayoría eran personas a las que jamás me hubiera atrevido a acercarme. Di un sorbo de cerveza para aliviar la sequedad de mi garganta. Ser la única persona distinta, digamos ajena al mundo del rock, en una fiesta, es una especie de tortura, y teniendo en cuenta los acontecimientos del día, me faltaba valor para iniciar una conversación, por frívola que fuera. Dado mi talento natural para elegir en quien confiar, seguro que acababa hablando con el único asesino en serie que hubiera en aquella fiesta.
Por suerte, Mirajane me hizo un gesto para que me sentara a su lado justo en el mismo momento en que empezó a sonar mi teléfono en el bolsillo trasero de los pantalones. Noté la vibración en la nalga y me estremecí. Le hice una seña a Mirajane y saqué el teléfono. Con rápidas zancadas me dirigí al balcón, escapando del ruido del partido y el jaleo de las conversaciones. Me alegró ver el nombre de Lyon en la pantalla mientras cerraba la puerta que daba a la terraza.
-Hola – respondí con una sonrisa.
-Al final mi cita me dio plantón.
-Vaya. Qué pena…
-¿Qué haces?
El viento me azotaba el pelo, haciéndome temblar. Era el clima típico de Portland en esa época del año; octubre era un mes frío, húmedo, oscuro y triste. Me acurruqué en la cazadora de lana azul y me tapé hasta el cuello.
-Estoy en una fiesta. Así que hoy vas a tener que buscar consuelo en otra parte- Lo siento – bromeé por primera vez en todo el día.
-¿Una fiesta? ¿De quién? – preguntó. La curiosidad le agudizaba la voz.
-Una en la que he acabado de rebote, así que no puedo invitarte.
-¡Maldición! – Bostezó -. Da igual. Podría irme a dormir temprano por una vez en la vida. No está mal, ¿no?
-Es una buenísima idea. – Me acerqué a la barandilla.
Los automóviles se movían a toda velocidad en la avenida. Pearl District estaba lleno de pubs, cafeterías y gente famosa. Eran pocas las personas que paseaban por la calle, desafiando al frío. A mi alrededor, las luces de la ciudad se comían la oscuridad, y el viento aullaba en mis oídos. Y dada mi crisis existencial, resultaba muy encantador, muy acorde, la verdad. No me importaba el tiempo frío; adoraba Portland. Era muy diferente al sur de California, y eso me gustaba. Aquí las casas estaban preparadas para la nieve y el hielo, y no para el sol castigador de Los Ángeles. Además, la vida cultural era más diversa, más original. O seguramente es que tenía problemas para recordar algo bueno de mi ciudad natal… ¿Tal vez porque escapé de allí? Para mí eso era lo único que contaba.
-Lyon, escucha… Debo volver a la fiesta.
-Pareces triste, ¿qué te pasa?
Gemí.
-Ya hablaremos mañana en el trabajo, ¿de acuerdo?
-¿Y por qué no ahora?
-No, Lyon. Tengo que fingir mi mejor sonrisa y hacer que Mirajane quede bien. Me ha traído ella.
-Juvia, déjate de tonterías. ¿Qué pasa?
Arrugué la frente y tomé otro sorbo de cerveza antes de responder. Llevaba casi dos años trabajando con Lyon. Al parecer, el tiempo suficiente para que fuera capaz de averiguar, solo por mi voz y sin verme, lo que intentaba ocultarle.
-Sherri se ha largado.
-Bien. Ya era hora. ¿Te ha pagado lo que te debía? – dijo, sin la menor afectación.
Dejé que fuera mi silencio el que contestara a su pregunta.
-¡Joder, Juvia! ¿Lo dices en serio?
-Ya, ya lo sé.
-¡Mierda! ¿Qué te dije? – gruñó -. ¿No te había dicho que…?
-Lyon, no sigas. Por favor. En aquel momento pensaba que hacía lo correcto. Era mi amiga y necesitaba ayuda. No podía pasar por alto…
-Sí. Claro que podías. ¡Estaba utilizándote! Todos lo sabíamos.
Respiré hondo y solté el aire lentamente.
-Muy bien, de acuerdo. Sherri estaba utilizándome, ¿contento? Tenías razón.
Murmuró una larga serie de maldiciones mientras yo esperaba pacientemente a que acabara. No era de extrañar que hubiera querido retrasar esta conversación lo máximo posible. Era imposible contar lo ocurrido y que sonara bien. La frustración que sentía hacía que me hirviera la sangre a fuego lento, calentándome por dentro y consiguiendo ahuyentar el frío.
-¿Cuánto necesitas? – me preguntó con resignación.
-¿Qué? No, no… No pienso permitir que me prestes dinero, Lyon. Tener más deudas no es la solución. – Además, aunque él fuera el dueño de la empresa, no estaba segura de cuánto dinero disponía. A Lyon ahorrar no se le daba mejor que a mí. Sabía que parte de sus ingresos se los gastaba en la ropa de marca que usaba cada día para ir a trabajar. Por lo visto, ser el mejor amante de Portland requería un amplio vestuario, y siendo justos, lo cierto es que le sacaba bastante partido.
-¿Sabes? – suspiró -, para ser una persona que siempre está ayudando a los demás, no se te da nada bien dejarte ayudar, Juvia.
-Ya me las arreglaré. De verdad, te lo agradezco mucho.
Otro suspiro lleno de aflicción. Me apoyé en la barandilla y alcé la cara hacia el cielo, dejando que el viento frío y húmedo me azotara la piel. Me sentía bien, la brisa que me envolvía frenaba el dolor de cabeza que empezaba a notar a la altura de las sienes, fruto de la tensión acumulada.
-Lyon, tengo que colgar - le avisé -. Aquí hay pizza y cerveza. Te aseguro que dado mi estado, esas dos cosas van a hacerme muy muy feliz.
-Te irás del apartamento, ¿verdad?
-Sí, es probable que tenga que mudarme.
-Vente a mi casa, Juvia. Puedes usar una temporada el sofá.
-Es muy amable por tu parte. – Traté de reírme, pero solo me salió una especie de tos estrangulada. La situación era demasiado patética para que resultara divertido. ¿Dormir en el sofá de Lyon mientras él se tiraba a otra mujer en la habitación de al lado? No, ni en mil años. Ya me sentía bastante estúpida por dejar que Sherri se burlara de mí. Así que ser testigo de la activa vida sexual de Lyon sería la gota que colmaría el vaso -. Te lo agradezco, Lyon. Pero estoy segura de que habrás hecho cosas, que ni podría nombrar, a muchísimas mujeres en ese sofá. No creo que nadie pudiera dormir ahí.
-¿Piensas que está embrujado por los fantasmas de los polvos pasados?
-No me sorprendería nada.
Soltó un bufido.
-Pues nada, que sepas que mi asqueroso sofá está a tu disposición, por si lo necesitas.
-Gracias. De verdad.
-Llámame si necesitas algo.
-Hasta luego, Lyon.
-¡Ah! Otra cosa. Juvia…
-¿Sí?
-Oye, ¿podrías trabajar el domingo? A Tara le ha surgido algo. Le dije que tú la sustituirías.
-Paso los domingos con Levy – dije muy despacio -. Ya lo sabes.
Su única respuesta fue un largo silencio que me hizo sentir culpable.
-¿Qué te parece si la sustituyo en otro turno? – proseguí -. ¿Se trata de algo que pueda hacer otro día o es urgente?
-De acuerdo. Mira… No importa. Ya me encargaré yo.
-Yo… Lo siento, Lyon.
-No te preocupes. Ya hablamos mañana.
Y me colgó.
Guardé el teléfono, tomé otro trago de cerveza y clavé los ojos abajo, en la ciudad. Arriba unas nubes oscuras flotaban atravesando la luna en cuarto creciente. El aire parecía más frío y los huesos me dolían como si fuera una anciana reumática. Necesitaba beber más. Eso lo resolvería todo, al menos por esa noche. Casi había terminado la cerveza, pero no me apetecía regresar adentro otra vez.
¡Aggg!
Ya basta.
En cuanto acabara mi cerveza, mi solitaria fiesta de autocompasión llegaría a su fin. No era mi idea esconderme en las sombras, no, entraría ahí con la cabeza bien alta. No pensaba dejar escapar esta oportunidad, no después de todas las veces que deseé cruzarme con cualquier integrante del grupo. Acababa de conocer a Natsu Dragneel. Así que era evidente que mis deseos podían hacerse realidad. Ya que estaba de suerte, quizá debería pedir unas tetas más grandes, un trasero más pequeño y mejores amigas, ¿por qué no? Ah, y el dinero suficiente para pagar la universidad de mi hermana y, por supuesto, conservar un techo sobre mi cabeza.
-¿Quieres otra? – interrumpió mis fantasías una voz profunda, haciendo que me sobresaltara. Alcé la cabeza con los ojos muy abiertos. Pensaba que estaba sola, pero en la esquina había un hombre sentado, acurrucado por el frío. Acerté a ver el brillante y negro cabello que le cubría la cara, pero el resto de su cuerpo permanecía entre las sombras.
¡Guau!
No, no podía ser él.
Es decir, podía ser, por supuesto. Pero no me creía que fuera él, claro está.
Fuera quien fuese ese tipo, acababa de escuchar íntegramente mi conversación telefónica con Lyon, lo cual hacía que pudiera considerarme una de las mayores idiotas de todos los tiempos. Oí un tintineo y algo que no alcancé a descifrar mientras él abría una cerveza, luego me la ofreció. La luz del interior iluminaba el contenido ámbar de la botella, haciendo que brillara al trasluz.
-Gracias. – Me acerqué un paso, lo suficiente como para ver algo mejor, a pesar de la tenue luz, y agarrar la cerveza que me ofrecía.
¡Santo Dios! Era él, Gray Fullbuster.
Había llegado el momento culmen de mi vida. De adolescente tenía un par de carteles de Fairy Tail en mi habitación. Bueno, quizá fueran tres. O una docena… ¿Qué más da? La cuestión era que había un gran poster del grupo: Jerall se encontraba delante, con la cara contorsionada mientras gritaba al micrófono. A su derecha, medio envuelto en las sombras y el humo, estaba Natsu, concentrado en su guitarra. A la izquierda, pero adelantado, estaba Gajeel, tocando el bajo. Pero nada de eso importaba, porque, de todos, el único que captaba mi atención era él, Gray, co las luces de colores brillando sobre la batería, desnudo de cintura para arriba y con la piel cubierta por una fina pátina de sudor. La imagen lo había congelado a punto de hacer sonar los platillos. El potente brazo derecho doblado por delante del cuerpo, cayendo directo sobre su objetivo: el platillo que iba a aporrear, a hacer estallar.
Ese hombre tocaba la batería con absoluto éxtasis, con el aspecto de un dios.
¡Santo cielo! ¿Cuántas veces había mirado esa foto acostada en mi cama después de cuidar de mi madre y de mi hermana, de trabajar lo mejor posible, de ser una buena estudiante, de ser responsable? Y ahora, él, mi ídolo, estaba aquí, conmigo.
Nuestros dedos se rozaron de esa forma inevitable cuando se entrega algo a otra persona. Tuvo que darse cuenta de como me tembló la mano. Por suerte, no hizo ningún comentario. Regresé con rapidez al lugar que había ocupado antes, contra la barandilla, donde me recosté de forma casual con mi cerveza en la mano. La gente más guay actúa así. Siempre parece relajada.
Se rió con suavidad, haciéndome ver que no le podía engañar. Luego se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. La luz iluminó su rostro y me quedé cautivada, atrapada. Literalmente, con la mente en blanco.
No había lugar a dudas. Era Gray Fullbuster, en carne y hueso.
Ese hombre tenía unos labios para ser besados, no podía negarlo. Pómulos altos y afilados y un hoyuelo en la barbilla. Esa característica era algo que nunca antes había considerado atractivo, pero ahora entendía su poder. Sin embargo, lo que más me impactó fue el conjunto, todo él. Las partes por sí solas no significaban nada sin el brillo de diversión que había en sus ojos, sin la insinuante sonrisa de suficiencia. ¡Dios!, odiaba a la gente que sonreía de esa manera, pero, no sé por qué, la suya quería lamerla. Al instante se me hizo la boca agua.
-Me llamo Gray – dijo con sencillez.
-Lo… lo sé – tartamudeé.
-Sé que lo sabes – apuntó mientras la sonrisa se hacía más grande.
Mmm… Permanecí callada.
-Parece que alguien ha tenido un mal día – añadió.
-¿Cómo? No, de malo no tenía nada. Y para rematarlo, tener la mente en blanco era lo mejor que podía ocurrirme.
Pero ¿qué hacía ahí fuera, solo, con tanto frío y en la oscuridad? Por lo que yo sabía, ese hombre era el alma de las fiestas. Sin embargo, allí estaba, bebiendo a solas, escondiéndose de la gente, como yo. Se estiró lentamente y se levantó de la silla. ¡Gracias a Dios! Ahora él entraría y yo podría seguir con lo mío, ajena al mundo. No tendría que mantener una conversación, lo cual no dejaba de ser una suerte, dado mi repentino ataque de estupidez.
Pero no se marchó.
Se acercó a mí, moviendo su cuerpo fibroso y músculos con descuidada elegancia. Me sacaba unos quince centímetros, una altura suficiente como para intimidarme, si ese era su propósito, claro. Sus bíceps tensaban la tela de la camiseta. Sin duda, eran unos brazos de batería y tan impresionantes como otras partes de su cuerpo, también tatuadas y musculadas de la mejor manera posible. Estaba segura de que acariciarlas sería muy agradable.
Y las estaba mirando tan embobada que necesitaba que me dieran un buen bofetón.
Si seguía así de encandilada, lo haría yo misma. Y con fuerza.
-¿Cómo te llamas? – me preguntó, acercándose a la barandilla en la que estaba apoyada. ¡Oh, Dios mío! Incluso su voz era sexi, tan sexi que se me erizó el vello de la nuca.
-¿Quieres saber mi nombre?
Se detuvo tan cerca de mí que nuestros codos se rozaron; su codo desnudo, ya que solo llevaba unos jeans, unas Chucks en los pies y una camiseta ceñida de Queens of the Stone Age. Gray Fullbuster me había tocado. No me volvería a bañar.
-Sí, tu nombre – repitió sonriente, arrastrando las palabras -. Si te he dicho el mío, aunque sbía que lo sabías, es para que me digas el tuyo. Así funcionan las cosas.
-¿Sabías que yo lo sabía?
-Te hacían chiribitas los ojos.
-Ah…
-Da igual – susurró un momento después -. Estás tardando mucho. De acuerdo, me inventaré uno. Por ejemplo…
-Juvia – le interrumpí.
-Juvia, ¿y qué más?
-Juvia Loxar.
Esbozó una brillante sonrisa.
-Juvia Loxar. ¿Ves? No ha sido tan difícil.
Apreté los dientes e intenté sonreír. Seguramente le parecía una chiflada. Una chiflada que pasaba demasiado tiempo imaginándolo desnudo. ¡Dios, qué vergüenza!
Hizo chocar su botella contra la mía con extrema delicadeza.
-A tu salud, Juvia. Encantado de conocerte.
Di otro sorbo con la esperanza de que la cerveza sosegara mi nerviosismo, pero la bebida no actuaba con la suficiente rapidez como para lidiar con esto. Quizá debería pasarme a algo más fuerte. Estaba segura de que una primera conversación con una estrella de rock debería ser acompañada con licores, como mínimo. Lu estaba hasta las cejas de tequila cuando conoció a Natsu en Las Vegas. Y no había más que ver lo bien que había ido.
-Y… ¿qué te ha traído aquí, Juvia?
-He venido con Laxus y Mirajane. Son los que me invitaron. Soy su vecina. Viven en la puerta de al lado.
Movió la cabeza, asintiendo.
-¿Eres amiga de Lu? – preguntó.
-Sí. Bueno… Siempre nos hemos llevado bien. No quiero presumir… Es decir, no éramos amigas íntimas ni nada de eso, pero…
-¿Sí o no?
-Sí – repliqué. Luego apreté los labios para acallar otro brote de incontinencia verbal.
-Lu es una buena persona. Nats ha tenido mucha suerte de conocerla. – Observó en silencio las luces de la ciudad. Cualquier rastro de diversión desapareció de su rostro y frunció el ceño. Parecía triste, quizá un poco perdido. Y no, no hacía honor a su fama como alma de las fiestas. Debería habérmelo imaginado.
La gente consideraba a Lu una nueva Yoko Ono, que seguramente se aprovecharía del éxito de Natsu y le arrebataría su fama y su fortuna hasta dejarlo seco. Pero no era necesario ser la mejor amiga de Lu para saber que eso no era cierto. Y de la misma manera, quizá el verdadero carácter de Gray tampoco tenía nada que ver con los chismes y la fama que fluía libremente por internet.
Rebobiné, recordando lo que había dicho. ¿Me puse tan en ridículo como él acababa de insinuar?
-No me hacían chiribitas los ojos, ¿verdad? ¿Te crees? – pregunté, temiendo la respuesta.
-Sí, te las hacían.
¡Mierda!
-Así que eres amiga de Lu. Es decir, no perteneces a la industria musical ni nada por el estilo, ¿verdad? – siguió, concentrándose en mí. Su rostro tenía una expresión más amable, su humor había cambiado. No era capaz de seguirle el ritmo. Se puso a tocar un rápido acorde con las palmas de las manos en la barandilla.
-No. Trabajo en una librería, a pocas manzanas de aquí.
-Muy bien. – Bajó la mirada hacia mí; parecía satisfecho con la respuesta -. Y, cuéntame, ¿de qué hablabas por teléfono?
-Oh, de nada en concreto.
-¿En serio? – Se acercó a mí -. ¿Qué te pasó en la nariz?
Al instante subí la mano para impedir que me viera la cara. Solo tenía un pequeño bulto en la nariz, pero en aquel momento me parecía más grande.
-Me la rompió mi hermana cuando éramos pequeñas.
-No la ocultes. Es muy bonita.
-Bueno. – Bajé la mano. Enseguida se dio cuenta de ese defecto, ¿qué más daba?
-¿Por qué te la rompió?
-Un día se enfadó y me lanzó un camión de juguete.
-No te he preguntado cómo, sino por qué.
Contuve un suspiro.
-Ella quería tener un gatito y yo soy alérgica.
-¿Y no le regalaron un perrito?
-Yo quería un perro, pero mi madre se negó. Mi hermana todavía sigue echándomelo en cara.
Frunció el ceño.
-¿No tuviste una mascota cuando eras pequeña?
Negué con la cabeza.
-¡Vaya putada! Todos los niños deberían tener una mascota. – Parecía realmente indignado por mí.
-Sí, ya, bueno. Pero eso ya pasó y no me ha ido mal. – Fruncí el ceño y bebí un poco más de cerveza. Tenía la impresión de que iba a necesitarla; la conversación estaba empezando a parecerme surrealista.
Permaneció en silencio frente a mí con una leve e intencionada sonrisa. Solo eso, y volví a sentirme fascinada. Noté que se me curvaban los labios en una especie de media sonrisa idiota y esperanzada.
Gray.
Gray Fullbuster.
¡Dios, era guapísimo! Mis hormonas, que llevaban inactivas demasiado tiempo, empezaron a bailar de alegría. Algo empezaba a ocurrir debajo de mis jeans… Algo que hacía mucho tiempo que no pasaba.
-¡Ahí están! Otra vez e hacen chiribitas los ojos – murmuró él.
-¡Mierda! – Cerré los ojos y los apreté con fuerza.
Cuando Levy me descubrió con mi novio siete años atrás, fue un momento muy vergonzoso para mí, sobre todo porque se fue corriendo a contárselo a mi madre. Y aunque mi madre no se encontraba en un estado… digamos capaz de preocuparse por ello, me avergoncé igual. Sin embargo, esta situación era todavía peor.
-Te has sonrojado. Juvia, no estarás imaginándote haciendo guarradas conmigo, ¿verdad?
-¿Yo? Nooo.
-Mentirosa – se burló en voz baja -. Estás imaginándome sin pantalones.
Sin duda.
-Y eso, amiga mía, debería darte vergüenza. Es una invasión a mi intimidad. – Se acercó todavía más. Su aliento me calentaba la oreja -. Solo te diré una cosa: no sé qué estás imaginándote, pero en realidad es todavía más grande.
-No estoy imaginándome nada.
-Lo digo en serio. Es casi monstruoso. Tanto, que no puedo controlarlo.
-Gray…
-Vas a necesitar un látigo y una silla para domesticarlo.
-Ya basta.
-¿No te parece bien?
Me cubrí con las dos manos la cara ruborizada. Pero no me reí. No solté ni una risita, porque las mujeres hechas y derechas no lo hacen. ¿Acaso tenía dieciséis años o qué?
Dentro del apartamento vi a los chicos gritar y levantar los brazos. El sonido quedaba matizado por las puertas correderas de cristal. Abrí los ojos de par en par cuando, de pie, Laxus se puso a lanzar insultos a la pantalla al tiempo que agitaba los brazos como si se hubiera vuelto loco. Mirajane se reía y de repente recuperé la razón, haciendo que mi cerebro lanzara señales de advertencia a mi cuerpo. Tenía que salir de allí lo más rápidamente posible antes de hacer más el ridículo. El lóbulo frontal es un buen consejero, sí señor. Al menos ya no pensaba en Gray ni lo miraba fijamente.
Sin duda era un descubrimiento oportuno y acertado.
Y funcionó… Hasta que él se inclinó y puso la cara a la altura de la mía, haciéndome sentir que me iban a estallar los pulmones.
-Tienes un hueco entre las palas – dijo, estudiando mi boca con los ojos entornados -. ¿Lo sabías?
-Sí.
Me observó como si yo fuera una extraterrestre que acabara de aparecer ante su puerta. Bajó la mirada por mi cuerpo, aunque tampoco podía ver nada, cubierta como estaba por el abrigo y las botas altas. Eso tampoco me consoló. Su sonrisa de apreciación me debilitó las rodillas. Me pareció que tardaba una eternidad en volver a mirarme a la cara.
¡Dios, ese hombre sabía lo que hacía! Me había desnudad por completo sin quitarme ni una sola prenda de encima.
-Tus ojos tienen un bonito tono… ¿son azules? – preguntó -. Me resulta difícil asegurarlo con esta luz.
Carraspeé.
-Sí. Tengo los ojos azules. Oye, ¿puedes dejar de hacer eso?
-¿El qué? – Ahora parecía algo ofendido -. ¿Qué estoy haciendo?
-Me miras de una manera que hace que me ponga en tensión. No me gusta.
-Has sido tú la que ha empezado. Además, ya estabas tensa mucho antes de venir aquí. Es más, si me preguntas, yo diría que te pasas el día en tensión. Venga, cuéntale al tío Gray todos tus problemas.
-Caray… Qué considerado por tu parte… Te lo agradezco, pero estoy bien.
Se acercó un poco más y me eché instintivamente hacia atrás. Un fastidio, que no hubiera sitio para escapar.
-¿De qué estabas hablando por teléfono, Juvia?
-Oh, ya sabes… Asuntos personales. No me apetece hablar de eso ahora.
-Me pareció oír que una amiga te había robado algo y que ibas a perder el apartamento. ¿Es así? ¿Es eso?
-Cierto. – Me dejé arrastrar por la preocupación. Me dolía el corazón. ¡Maldita Sherri! No es que yo fuera una completa ingenua, pero me ocupaba de la gente que quería. Pensaba, estúpida de mí, que era lo que tenía que hacer. Cuando mi madre se puso enferma, asumí la responsabilidad de cuidarla como una obligación. No me quedó otra opción. Sin embargo, el estado actual de mis finanzas sugería que no era un hábito demasiado bueno -. Sí. Has hecho un buen resumen.
-¡Joder! No, Juvia, no te pongas a llorar – me pidió alarmado, abriendo los ojos como platos -. Que yo no soy Nats, y no sé qué hay que hacer.
-No voy a llorar. – Parpadeé con furia, volviendo la cara a un lado -. Ya te he avisado que no quería hablar de esto.
-Perdona. Dios, no se me ocurrió que te podrías a llorar.
Se me había acabado la cerveza. Era el momento de marcharme. Además, necesitaba salir de allí antes de que mis ojos me traicionaran y me empezaran a caer lagrimones. Y seguramente Gray tenía mejores cosas que hacer que hablar conmigo, que tomarme el pelo. La conversación estaba poniéndose muy incómoda, a pesar de que era la más sorprendente de mi vida. Por un momento hasta conseguí olvidarme de todos mis problemas.
Por ello precisamente me obligué a sonreír.
-Así que… - Le tendí la mano, anhelando un contacto final. Necesitaba tocarlo una última vez. Hay que comprenderme, su foto había estado colgada durante años en la pared de mi habitación, pero ya tocaba despedirse, aunque no quisiera -. Ha sido un placer conocerte.
-¿Estás dejándome colgado? – me preguntó, riéndose.
-No, yo…
-Deja de mirar al infinito, Juvia. Se valiente y mírame a los ojos – me ordenó.
-¡Ya lo estoy haciendo!
-¿Te da miedo volver a contemplarme y que te hagan chiribitas los ojos?
-Sí, claro… - Ironicé antes de chasquear la lengua, exasperada -. ¿Sueles reírte así de tus fans o qué?
-No. Pero jamás hubiera pensado que podía ser tan divertido.
Me fijé en que seguí tendiéndole la mano, a la espera de la suya. Estaba a punto de retirarla cuando me la agarró. Lo miré a la cara, pensando que no iba a volver a enfadarme. El problema era que Gray Fullbuster tenía un físico imponente. No se apreciaba ni la más leve imperfección. Sin embargo, como siguiera riéndose de mí, comenzaría a ver sus defectos.
-¿Y qué significa ahora esa mirada? – me preguntó, acercándose -. ¿Qué estás pensando?
-Nada – repliqué a toda velocidad. Sentí mariposas en el estómago y todos aquellos pensamientos violentos desaparecieron.
-Mmm… no se te da nada bien mentir, ¿lo sabías? – Traté de soltarme de él, pero él retuvo mis manos con firmeza entre las suyas -. Bien, solo una pregunta más: eso que te ha ocurrido con tu amiga, ¿suele pasarte a menudo?
-¿Eh?
-Porque cuando estabas hablando por teléfono, con tu amigo, parecía que sí. – Me miró, bloqueando el cielo nocturno -. Me dio la impresión de que supone todo un problema para ti; que la gente suele utilizarte.
-No me apetece hablar de esto. – Retorcí el brazo, tratando de liberarme, pero incluso con la palma húmeda me resultó imposible.
-¿Te has dado cuenta de que tu amigo te pidió un favor a pesar de que sabía lo afectada que estabas por lo ocurrido? ¿Cómo te sientes al pensarlo? – Tiré de mi brazo, pero él siguió reteniéndomelo. ¿Cómo podía ser tan fuerte? -. Eso ha sido un golpe bajo. Es más, voy a decirte una cosa y perdóname: no reo que tengas muy buenos amigos.
-Mira… Tengo muy buenos amigos.
-¿Estás de coña? Unos te roban y otros te piden favores cuando estás jodida. De verdad, solo unos cabrones harían eso.
-Gray…
-Pero lo peor de todo es que lo permites. No lo entiendo.
-Yo no les permito nada.
-Sí, lo haces – afirmó en voz más alta -. Te aseguro que lo haces.
-¡Dios! ¡Es que no puedes callarte! ¿No tienes un botón o algo así para poder apagarte?
-¡Es acojonante! ¡Señores, me siento acojonado! – gritó, dirigiéndose a todo el condenado barrio -. ¡Esto tiene que terminar! No pienso soportarlo durante más tiempo. ¿Me has oído, Portland?
-Suéltame – ordené con los dientes apretado.
-Señorita Loxar, dejas que te traten como a un puto felpudo.
-No es cierto – gruñí. La idea me resultaba espeluznante. Me rebelaba contra ella. No lo sabía, y me sentía tan alterada que no podía admitirlo.
Gray puso los ojos en blanco.
-Venga, sabes que es así. Lo puedo leer en tu cara.
Sacudí la cabeza con firmeza. Pronunciar palabras coherentes estaba fuera de mis capacidades en aquel momento.
-Desde que oí tu conversación telefónica, supe lo que necesitabas: límites. Juvia, necesitas poner límites a tus amigos. – Hizo hincapié en cada una de las palabras tocándome la punta de la nariz mientras las pronunciaba -. ¿Me has entendido? ¿Te está entrando en la cabeza?
En ese momento algo se rompió en mi interior.
-¿Quieres que ponga límites? ¿Qué te parece si, para empezar, dejas de hablarme justo delante de mis narices? ¿Qué tal eso como límite? Mis asuntos no son de tu incumbencia, capullo.
Abrió la boca para responder, pero no se lo permití.
-No sabes nada sobre mí. ¿Crees de verdad que puedes llegar a psicoanalizarme para divertirte? Pues no. Mira, que te den. ¡Que te den por culo!
Se hizo el silencio, incluso la música que sonaba dentro pareció dejar de oírse. Un horrible silencio. La gente nos miraba a través del cristal con cara de curiosidad. La boca de Mirajane formaba una O perfecta.
-Joder – murmuré.
-Juvia…
¿Estaba chiflada o qué? ¿Qué había hecho? Mirajane me invita a una fiesta de gente famosa y yo me comporto como una psicópata con uno de los invitados. Sin duda, había llegado el momento de marchitarme y morir, lo notaba.
-Por favor, suéltame la mano.
No lo hizo.
-Venga, mírame a los ojos.
Me volví hacia él lentamente. Una sonrisa iluminó sus labios poco a poco.
-Eso ha ido cojonudo. En este momento estoy muy orgulloso de ti.
-Estás como una cabra.
-No.
-Sí, lo estás.
-Eso lo crees ahora, pero date tiempo. Piensa en lo que te he dicho.
Sacudí la cabeza sin decir nada.
-Ha sido todo un placer conocerte, Juvia. Pronto volveremos a hablar – aseguró, depositando un sutil beso en el dorso de mi mano antes de soltármela. Había cierto brillo en sus ojos, y no quería saber qué significaba, pero me inspiraba confianza -. Te lo prometo.
