FIC
Historias de Albert y Candy
Caballero de Media Noche
Por Mayra Exitosa
Rubí era una pelirroja, demasiado delgada y muy alta, su pareja era muy bajo, y ella ansiaba ser amada por el enorme caballero de media noche, su cita fue un regalo especial que se había dado, no deseaba que sus amigas supieran que ella también tenía necesidades específicas, su esposo era un buen hombre, pero no era un gran amante y ella había soñado con encontrar un hombre realmente alto, que la rebasara y porque no, también que fuera bastante patón, para que pudiera llenar aquel hueco que nadie llenaba tan fácilmente. Y fue esa noche que en la oscuridad, con su barba de candado, un bigote muy bien arreglado, su cabello corto y negro azabache, le daba una intimidad increíble, la tomaba de pie, la tomaba en el asiento y hasta pegada a la pared, desquitaba aquello que habían sido sus ahorros de muchos años, era un hombre fino, un hombre que al amarla, le hablaba en francés, era muy delgado y de estatura mayor a la de ella, y si, patón como un elefante y con una buena vara enfundada, ella lo había sentido con sus delgadas manos, y él la había cumplido aquellos sueños que nunca se maginaba, cruzaba sus piernas en su cadera y el la tomaba como una sirena de arriba abajo, desesperado, era todo un hombre, blanco de mirada obscurecida, su nariz puntiaguda y ese tono ronco en que le decía " como tú, ninguna" Se sentía cleopatra, se sentía Sharon Stone en bajos instintos, sobre todo cuando se quedo de rodillas y se lo puso en la boca, era un Dios, era mil cosas, ese hombre, la volvía loca.
Mientras Albert lejos de saber que ya tenía ayuda en su trabajo tan agotador, hastiado y cansado veía el amor como un escape de ensueños, dormir y verla coqueteándole y pidiéndole que la amara, y el que no fuera posible mirándose que no se atrevía anegarle nada a Candy y ella deseosa en el centro de la cama, pero el si poder hacer nada, no reaccionaba, se había cansado tanto de satisfacer a muchas damas, que la que amaba, ya no le podía responder, o es acaso un castigo por haber tomado la decisión de trabajar de un modo tan inadecuado que ahora la afectada era su mujer. - ¡Dámelo Albert! ¡Lo quiero todo! ¡Hasta el fondo! Y por fin se levantaba y no solo su miembro, sino también él al no responder al amor de su vida.
Despertaba angustiado, su parte viril no había funcionado ni con Candy completamente desnuda. Viendo a su alrededor, ya era pasado de medio día, y Candy jamás había mostrado una parte de su cuerpo, esa pesadilla no tenía razón de ser. Algo si no podía negar era el extrañarla tanto, el saber que lo buscaba y el ahora estaba con sus cabellos en tinte castaño y portaba una barba de candado, sus ojos traía lentes de contacto y no deseaba ser reconocido por nadie, sin embargo, ir a la oficina le daba a tener que volver a cambiar todo su look, por lo que llamaba a George para que fuera hacerse cargo de la cita, y llegar a tiempo a la cita con la dama e cuestión, pues no podía estar perdiendo el tiempo con el inversionista de sistemas, lo mejor era que lo analizara Johnson y se lo dejara para tomar decisiones más acertadas cuando estuviera en sus cinco sentidos, haber atendido a tres damas una noche, lo había dejado agotado, después de ahí, ya solo atendía a dos damas con diferencia de cuatro horas.
Su menú constaba de un coctel de camarones y eso se le hacía extraño, ¿Quién había enviado ese cambio de alimentos? había sido George, algo se sabía porque ahora comía maricos cada que despertaba, pescado y legumbres al vapor.
- Buenas noches querido, estoy lista. Una mujer con sobre peso, lucía algo extraña, para no ser identificada se había puesto una peluca rubia, con coletas, y el labial rojo prostitución estaba por fuera d ellos labios, era algo extraño de ver, así pensaba conquistar a un hombre. Con toda la paciencia, notaba que estaba nerviosa, temblaba cual hoja al viento y con todo cuidado tomaba un pañuelo desechable y le limpiaba cariñosamente los labios, el lente de contacto estaba fuera de la pupila, casi quería reír al verla, dos personas totalmente disfrazadas, la dama estaba avergonzada de tomarse un desliz, al hacerle platica lo notaba y ella llotraba quitándose los lentes de contacto que sentía que uno de ellos se iba a ir atrás del ojo.
- Tranquila, podemos hablar y tenemos todo el tiempo del mundo, eres hermosa, no necesitas nada para que tu marido te ame, solo se mas sencilla, sal a caminar una hora por día, consigue una mascota, será tu pretexto para ir a pasear, tu hermoso rostro necesita aire fresco,
- ¿De verdad lo crees? Es que he estado esperando que vuelva y llegará la próxima semana, quería estar radiante y mi amiga me dijo que pasarlo contigo me haría bien.
Albert asentía y escuchaba con atención todos los detalles, luego le acariciaba el rostro y tomaba una toalla húmeda, acariciándole con lentitud y haciendo que sus lagrimas ya no se marcaran en su maquillaje, poco a poco fue desnudando no solo su cuerpo, con sabanas extras, avergonzada de su forma física, la había ayudado a sentirse más humana, y le había besado como jamás la han besado, con una ternura en su frente y sus mejillas que le habían llegado hasta el alma, le hizo el amor con sus dedos, y ella se desarmaba cual dama colmada en sus más anhelado sentir. La dejo en el lecho y con estupenda maestría se adentró a las profundidades como un buzo experto, para salir librado de todo aquel arsenal general, ella radiante volvía ala vida, y el la ayudaba a sentirse mejor, le recomendaba un labrador, era los mas fieles canes, desde ese día Georgina volvía a sonreír, su redondeado rostro ahora lucía feliz, caminaba no una hora sino tres, y solo recordar al caballero de media noche, lo soñaba siendo inglés, siendo un duque, un barón, o un simple gerente, lo importante es que desde esa noche que paso con él, la vida le sonreía, ahora ver a su marido no la cohibía, ella había tenido a un hombre mejor en su cama, a un semental en toda regla y forma, aun con su exceso de peso el había escarbado en toda ella, para hacerla sentir la princesa furcia, con poder de tener al hombre más potente en su cama, y no a ese lechón que tenía por marido y que parecía gustarle todas las mucamas, ella bajo treinta kilos, y seguía esperando que su cita volviera a colocarse con aquel hombre tan increíble, porque ese era el único que la había colmado como debía, poseía un macanazo como aliado entre sus largas y esbeltas piernas, que había dejado tan hundido dentro de ella, que suspiraba tardes enteras caminando sin parar, tras machaco su labrador, quien ya deseaba beber agua, pues ahora su dueña, lo tenía listo para regresar a casa y escuchar como el esposo le rogaba que le abriera la puerta para amarla, era música para los oídos serenos de la ex gordita esposa de un financiero que se la pasaba degustando damitas, hasta que la suya se ponía mas buena y se daba su lugar, lo trataba como tapete, y le hacía jurar, que si se iba con otra, ella también lo cambiaría por un nuevo galán.
Ya habían pasado dos meses, no se había repetido ni una sola dama, y ahora lo comprendía, su sobrino Stear había llegado y George desesperado le había confesado lo que le había hecho la señora Elroy a su sobrino, y este como pudo intervino y ahora se dedicaba por las noches a dar placeres bien cobrados, pero como era muy solicitado, tuvo que sacrificar su estatus administrativo y George también se unía a atender damas desesperadas, pues ya se habían juntado cuatro diarias y treinta y seis a la semana, fue cuando Stear, preocupado porque no le dejaran vivir un poco a su tío, se unía al juramento y se sacrificaba en la habitación de hotel en la que se hospedaba, atendía solo a las damas que de peso no pasaran, pues podía lastimar su columna.
- ¿Cómo hiciste eso Johnson? - Lo siento joven, era mucha la demanda y el joven Cornwall me juraba que nadie debía saber mas el secreto, que el estaría con nosotros en esto. - ¿Tú también estas atendiendo clientas? - Por supuesto, ya no podía excédete de trabajo y ver como estabas tan agotado, nos han llegado varias y lo que estoy haciendo es que no te toquen repetidas, así han vuelto mas seguido, para ver si vuelven a tocar contigo.
Albert se quedaba asombrado, las cuentas se estaban estabilizando, ya eran tres en ese negocio no prospero, pero si redituable, debía buscar cambiarse y visitar a Candy, estaba muy preocupado por ella, las pesadillas no lo dejaban, sentía que iba a perderla y eso no le gustaba.
- Señor, la señorita Candy llamó. - ¿Qué le dijiste? Que sigo en le extranjero. - No, señor, ella llamo para… - ¿Para que George? - Para una cita. - ¡Que!
CONTINUARA…
Gracias por comentar, por leer historias de Albert y Candy
Deseando sea de su agrado
Un abrazo a la distancia
Mayra Exitosa
