VICEVERSA
Capítulo 2: Las relaciones falsas siempre tienen más contras que pros
Minato no vio a Kushina hasta la noche del domingo una semana después. En un encuentro fortuito, la kunoichi arribaba con el resto de su equipo para entregar el informe de su misión a la oficina del hokage justo cuando él salía de la suya para recoger unos papeles que necesitaba leer esa noche. Vio cómo los profundos ojos de Kushina le seguían con la mirada y ella articuló silenciosamente un "espérame".
Por supuesto, Minato no la esperó.
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Era de esperarse que la gente de la aldea murmurara cosas sobre los dos. Ser víctima de los cuchicheos de los habitantes de la Aldea de la Hoja era algo común para él. Si debía ser sincero, se enteró primero por los chismes que sería nombrado aprendiz de hokage que por la oficina principal. Estaba consciente también de que la gente no lo hacía con malicia; era más bien su necesidad de estar informados. Que supiera eso, sin embargo, no le restaba a su incomodidad ni evitó el gemido que hizo cuando un alumno de la academia le preguntó si era verdad que estaba saliendo con Kushina-sensei.
—Por supuesto que no.
—Lo sabía —exaltó el niño y fue corriendo a recibir dinero de sus amigos.
Probablemente habían apostado sobre ellos. ¿No se suponía que debería de estar lanzando shurikens a un tronco?
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La volvió a ver el lunes. De nuevo a la hora de la comida. Ella usaba su traje de jounin al igual que él; cosa rara, porque cuando Kushina estaba en modo civil utilizaba alguno de sus largos, largos vestidos holgados.
—¿Otra misión? —siempre hablaban del mismo tema. Una y otra vez. Cambiar un poco el rumbo de la conversación era bueno.
—No-oh —canturreó—. Voy a entrenar con Fugaku cuando me largue de aquí.
—Debe ser difícil —acotó él— entrenar con un Uchiha si usas tu chaleco de jounin.
Ella hizo un ruido con la garganta entre la aceptación y la desestimación—: Hablando de Fugaku…
Volvieron a entrar al local de comida, la mujer saludó a Minato y también a Kushina. Esta vez la ninja originaria del remolino devolvió el saludo y ordenó algo para comer. Se sentaron en la misma mesa de la esquina. El Rayo Amarillo se preguntó cuándo se suponía que iba a salir el kunai que le había prometido la chica la última vez.
—No vas a rendirte, ¿verdad?
—Oh —ella abrió los ojos exageradamente y se tapó la boca con ambas manos—, ¿ahora eres adivino, 'ttebane?
Él rodó los ojos y decidió cambiar de tema.
—¿No tienes nada más qué hacer a estas horas? —inquirió. Kushina parecía tener mucho tiempo libre. Normalmente los shinobis tenían un trabajo aparte del de ser ninjas; pocos se dedicaban completamente a las misiones por la falta de estamina y disminución de su vida personal. Los Uchiha entrenaban a las aves mensajeras, los Nara criaban venados y los Yamanaka atendían la más grande florería de Konoha, por poner unos ejemplos. Normalmente era cosa de clanes, pero, pensándolo bien, Kushina no tenía un clan. Al menos ya no.
—Siempre tengo cosas qué hacer. Pero estoy regalándote precioso tiempo.
Entonces Kushina volvió a forzar un interrogatorio en Minato que no los llevó a nada.
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—¿Y? —preguntó Fugaku en medio de un jadeo y bloqueando una patada de Kushina—. ¿Cómo va lo de Mikoto?
Kushina reculó, esquivó un pequeño katon del Uchiha lanzándose hacia un lado y realizó los sellos de un fuuton para contraatacar.
—Estoy trabajando en eso 'ttebane.
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Kushina volvió a Minato el martes. A la hora del almuerzo, en la misma mesa de siempre. Curioso que pensara él en la mesa de la esquina más apartada como la mesa de siempre si consideraba que no formaba parte de su rutina normal comer con la kunoichi.
—Mañana —le informó ella cuando terminó de comer— seré sensei invitada en la academia para una clase de fuuinjutsu. No me esperes.
No es que la fuera a esperar, pero era bueno saber.
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Si Kushina —quien era más bien persistente y no una mala persona— iba a insistirle a Minato todos los días que Fugaku era un buen tipo y que le ayudara a juntarlo con Mikoto, entonces, efectivamente Fugaku debía ser un buen tipo, ¿no? Reflexionó en el pensamiento un poco antes de desecharlo.
Una cosa no estaba relacionada con la otra.
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Cuando entró al local ese jueves, vio a un grupo de mujeres paradas alrededor de su mesa habitual; todas estaban vestidas como kunoichis y portaban alguna clase de arma en su mano. Estaban hostigando a alguien, no hacía falta quebrarse la cabeza mucho para darse cuenta de ello. Aunque sabía quienes eran todas porque ya había revisado los expedientes de los ninjas al servicio de La Hoja en su trabajo, a algunas las reconoció más personalmente como chicas que lo habían invitado a almorzar o le habían llevado el almuerzo en alguna ocasión. Se temió lo peor.
—Creo que están amenazando a tu… —la dueña se aclaró la garganta, buscando la palabra adecuada— amiga.
—Eso me temo.
Comprendió Minato que era el momento de ser el caballero de brillante armadura de la pelirroja. Era lo menos que le debía porque eso no era algo que se mereciera. Pero ella fue más rápida. Levantándose de la silla (Minato por fin pudo verla entre la marea de chicas), desarmó a tres de las cinco chicas con una técnica un poco brusca pero eficaz—. Se los clavaría por el culo, pero es de mala educación utilizar la violencia a la hora de la comida —luego se encaminó hacia él en medio de pisotones.
—Tus fans quieren pelear 'ttebane. Supongo que contigo, porque yo no tenga nada qué ver —la jounin señaló hacia la mesa con el pulgar; el veneno destilando en su comentario—. Asegúrate de darles un autógrafo después de noquearlas.
El grupo de chicas jadeó al unísono.
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—Ni siquiera entiendo por qué no me quieres ayudar —espetó enfurruñada Kushina ese mismo jueves después de que las fans de Minato se marcharan despavoridas del local—. No es como que te fuera a arrancar un riñón o algo así. Sólo tienes qué presentarlos, que interactúen un poco hasta que Mikoto se dé cuenta de que Fugaku es el hombre de su vida y él se arme de valor para proponerle salir, dattebane.
—No es tan sencillo como piensas —se sinceró Minato—. Mikoto está… resentida.
Los ojos de Kushina relampaguearon ante la nueva información. ¿Estaba bien contarle? Kushina se estaba esforzando mucho, no era una mala persona (fastidiosa, sí) y entre tantos susurros rondando por la aldea, nunca había habido alguno de la pelirroja hablando mal de alguien a sus espaldas.
—¿Resentida? ¿Por qué? ¿Puedo ayudar en algo? Algo como patearle el trasero a alguien, ¿eso no ayudaría a Fugaku?
—Es muy tarde para patear traseros —porque él ya lo había hecho. Uzumaki pareció desilusionarse tras sus palabras.
Entonces, un chunin llegó por Kushina. Hacía falta un miembro para una misión esa misma tarde; alguien se había reportado enfermo y necesitaban que ella lo cubriera. Al parecer ella estaba al servicio de la aldea cuando fuera que lo requiriera.
—¡Pero debes contarme cuando regrese 'ttebane! —se despidió apresurada.
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A Mikoto no la había visto desde la tarde del domingo, por lo que fue una grata sorpresa cuando tocó a la puerta de su oficina cinco minutos antes de que terminara su jornada. Namikaze había estado ocupado por las tardes con papeleo que se llevaba a casa y sabía que de todos modos Mikoto ayudaba por las tardes en el gimnasio local para civiles. Después de todo, cada habitante de Konoha no era ni tenía las habilidades para ser un shinobi.
Al igual que él mismo, su amiga tenía 20 años y toda su vida había sido considerada la belleza de la aldea con su cabello negro bruma y sus brillantes ojos oscuros; su piel blanca y los pómulos altos, adornados con un suave rubor del color de los melocotones maduros. Mikoto era una muchacha jovial, de rango chunin, y sus padres eran dueños tanto del gimnasio local como de una pequeña franquicia de ropa civil. De hecho, sus padres eran civiles, sus tíos también. Ella era la única ninja en su familia.
Mikoto gustaba de la atención, aunque tampoco buscara llamarla. Su belleza le garantizaba miradas y su afable personalidad pretendientes en cualquier lugar. Ese era su don y también había sido el motivo de su caída. Como ella no tenía malas intenciones para con nadie, pretendió que todos en el mundo eran como ella. Cuando entendió en medio de lágrimas que estaba equivocada fue también cuando su personalidad tuvo un cambio drástico. Incluso Minato, su mejor amigo desde el primer día de Academia, sufría de vez en cuando por algún desplante. Pero, al menos con él, Mikoto sentía la necesidad de disculparse aunque fuera a medias.
—Tiempo sin verte.
—Deberes de hokage.
Minato dejó su papeleo a un lado. Era importante su entrenamiento para hokage, pero no había nada urgente entre los archivos que debía revisar y ya era hora de salida. Se levantó de su escritorio y se encaminó con la chica a la salida conversando de cosas banales como el clima, las sillas para hokage y los dedos manchados de tinta del shinobi.
—Supe por ahí que te estás viendo con una chica.
Consternado, Minato hizo una mueca. Probablemente hablaban de Kushina.
—No puedo creer que no me hayas dicho nada.
—No la estoy viendo de esa… Mmmm… forma. Ella tiene negocios conmigo. Al parecer.
—Todas las chicas de Konoha tienen negocios contigo —puso los ojos en blanco, exasperada porque esa era una conversación vieja.
—No ese tipo de negocios —aclaró él.
—¿Es una kunoichi?
—¿No sabes quién es? —se sorprendió el rubio—. Vivimos en la ciudad más chismosa del planeta. ¿Cómo puedes no saberlo?
—Los ignoro a todos, lo sabes. No es como que no hubiera escuchado algo como esto antes sin que terminara siendo mentira —eso probablemente era verdad—. Además tú me dirías de primera mano, ¿cierto?
—Por supuesto —concedió rápidamente.
—¡Qué interesante será conocer a la novia oficial del Rayo Amarillo de Konoha! —exclamó Mikoto al aire.
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Minato fue llamado a la oficina del tercer hokage a primera hora de la mañana. Creyó que sería algo importante. Fuera de su formación como yondaime hokage, él también era un shinobi y, aunque había un pacto de no agresión con el resto de las aldeas ninja que no tenían lazos con Konoha, tampoco se había firmado un tratado de paz. Y, sin buscar ser presuntuoso, él sabía que era uno de los activos más valiosos de Konoha. Debajo, tal vez, sólo del hokage y del capitán de los ANBU.
Grande fue su sorpresa cuando la única razón por la que Hiruzen lo había llamado era para discutir su vida personal.
—Supe que últimamente te estás viendo con la chica Uzumaki.
Obviamente era fútil negarlo.
—Estamos negociando un… favor.
—Oh, así que ahora se llaman favores a las citas —bromeó el hokage y, sin bien no era poco común escucharlo hacer comentarios jocosos, que los hiciera sobre su vida personal era un poco chocante.
—No es nada como eso. Se lo aseguro.
—Está bien, no tienes qué explicarme nada. Sólo quería decirte que me alegro por sus nuevos lazos. Sin importar lo que sean, será beneficioso para la aldea.
Claro. De eso se trataba. Aunque el único precedente en Konoha era Mito Uzumaki, la esposa del difunto Hashirama Senju, en el resto de las aldeas se aseguraban de que el jinchuuriki tuviera conexiones directas con el hokage para garantizar su seguridad. No era sencillo ni bien visto por la gente común ser el contenedor de una peligrosa bestia de colas.
Empero, sin importar si Kushina estuviera relacionada con él, él se aseguraría cuando tomara el cargo que no le sucediera nada. Ya fuera ella la jinchuuriki o alguien más.
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Su próximo encuentro con Kushina se dio la mañana del domingo. Minato sabía por su trabajo que esa era la hora a pactada para que el equipo ninja que habían enviado desde la semana pasada llegara a la aldea. Se saludaron casualmente, más o menos como si fuera parte de su rutina diaria. En algún punto, ciertamente, lo era.
—Veámonos mañana donde siempre —le pidió.
Lo admitía. Había cedido.
El rostro de ella pareció iluminarse por la emoción.
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Comieron en silencio y, a pesar de la ansiedad que exudaba Uzumaki, quizá ella también entendió que ese no era el mejor lugar para hacerlo. Cuando terminaron de comer y pagaron por sus respectivos alimentos, corrieron directo al campo de entrenamiento 6. Según Kushina era el menos concurrido entre semana y a Minato le alegró saber que la chica tenía razón. Kushina se metió las manos a los bolsillos e inclinó la cabeza, esperando una explicación rápida, sin rodeos.
—Creo que podemos intentarlo —comenzó Minato—; podría ayudar a que Mikoto y Fugaku se conozcan. El resto será cosa de ellos. No voy a presionar a Mikoto, pero tampoco voy a interponerme. No puedo ofrecer más.
—Me parece justo —estuvo de acuerdo la kunoichi.
—¿Cómo se supone que lo vamos a hacer?
—Vamos a fingir encuentros tan casuales como podamos. Eso debería bastar, ¿no crees?
La Habanera Sangrienta se encogió de hombros—. Supongo.
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Kushina le explicó el plan a Fugaku tan sencillamente como pudo. Porque era sencillo. La cosa es que Fugaku tampoco era muy adepto del Rayo Amarillo, pero estaba dispuesto a darle todas las oportunidades que requiriera para cambiar su opinión si eso significaba que podría tener una chance con Mikoto.
—Entonces hoy, a las 7, vamos a ir al campo de entrenamiento número. Ahí estarán ellos y les diré: "hey, ¿por qué no entrenamos juntos, 'ttebane?" y Namikaze dirá: "por supuesto" —remedó su voz—. Mientras yo me ocupo del rubio, tú te preocupas por no morirte frente a Mikoto, ¿está bien? Está bien.
Fugaku no tuvo tiempo de responder.
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Lista con su plan, Kushina y Fugaku llegaron corriendo al campo de entrenamiento en medio de una infantil competencia de el-que-llegue-al-último-es-un-huevo-podrido. Ella ganó, pero rodó por un buen tramo de al menos cuatro metros para hacerlo. Cuando levantó los ojos, tres pares de ojos la miraban. Hacia abajo. Seguía en el suelo.
—Hola —dijo no muy convencida de que esa debería ser su manera de presentarse. Fugaku le tendió una mano para que se levantara que ella aceptó.
—Sentimos interrumpir —lamentó Fugaku con una voz tan ensayada que parecía robótica—. No pensamos que estaría ocupado.
—Ya veo —dijo Mikoto, antagonista.
—¿Estás bien? —preguntó Minato. Kushina lo ignoró.
—¿Les molesta si nos unimos a su entrenamiento, 'ttebane?
—Por supuesto que n…
—Sí nos molesta —interrumpió Mikoto.
Se dio la vuelta y todo terminó allí.
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—¡Dijiste que me ayudarías, 'ttebane! —reclamó la pelirroja al otro día a la hora de la comida, muy, muy molesta.
—¡No sabía que iba a molestarse por algo tan trivial!
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Dos días después, trataron de encontrarse en el puesto de dangos. Nuevamente se suponía que Kushina y Fugaku llegaran por su cuenta, como quien no quiere la cosa, justo en el momento preciso. Kushina debía saludar a Minato y sentarse todo lo casualmente que pudiera en su mesa, sin pedir permiso para evitar una respuesta negativa de la otra chica.
Así lo hizo.
El problema fue que, justo cuando iba a sentarse, Mikoto habló muy ceñuda—: Estoy hablando con mi amigo en privado.
Fugaku ni siquiera tuvo la oportunidad de hablar.
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—¿Le hice algo? ¿Me odia? —al otro día, nuevamente, Uzumaki se quejó con Namikaze en medio de muchos gemidos lastimeros. Esta vez fueron a comer a un lugar donde ofrecieran sake. Minato, por otra parte, no bebió. Seguía en horas de trabajo.
—Intentaré preguntarle.
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Volvieron a tratar cuatro días después, cuando Kushina regresaba de una misión, en el puesto de ramen que frecuentaba tanto, Ichiraku. Minato había dicho que no era bueno que ellos fueran los que propiciara los encuentros todo el tiempo. Sería sospechoso. Ya era lo bastante sospechoso que se encontraran dos veces en una semana cuando antes apenas y lo hacían una vez por mes. Quizá menos. Y tenía razón.
Kushina estaba en su elemento, devorando ramen como si no necesitara masticar siquiera. Fugaku jugaba con sus fideos, moviéndolos de aquí para allá con los palillos. Estaba nervioso y, para ser sincero, desanimado.
—¿No te vas a comer eso? —preguntó ella—. ¿Me lo puedo quedar?
Fugaku miró del plato a su amiga y de su amiga al plato—: Creo que lo intentaré un poco más —dicho eso, se llevó una porción a la boca. Mientras masticaba, se preguntó si alguna vez Mikoto le daría una oportunidad.
Ella era una chica guapa, elegante y alegre; una buena kunoichi y una hija ejemplar. O al menos había sido alegre hasta hacía algún tiempo. Kushina ya le había mencionado que algo había pasado con Mikoto, pero que todavía no había podido sonsacárselo a Namikaze. A Fugaku le encantaría volver a verla sonreír como antes y tontamente creía que quizá él podía ser el que pudiera lograrlo. La sonrisa de Mikoto era la más bonita de toda la aldea. A lo mejor, lo admitía, no la conocía lo suficiente para tener sentimientos muy profundos por ella, pero también estaba seguro de que cada pedacito nuevo que pudiera conocer de ella sólo lo haría caer más y más profundo en esos sentimientos de afecto.
Mikoto y el Rayo Amarillo arribaron a Ichiraku cuando Kushina iba en su cuarta orden. Fugaku seguía en su primera. Mikoto parecía distraída, demasiado enfrascada en su conversación con el rubio como para prestarles atención y arrugarles el ceño. Fueron quizá 90 segundos así: Kushina sorbiendo el ramen, Mikoto hablando con Namikaze y él mirando a la chica. Eso hasta que su pelirroja amiga alzó la voz y pidió un quinto plato. Con su tono de voz tan elevado, automáticamente todos los presentes dirigieron su atención a ella. Fugaku la vio intercambiar una mirada con el aspirante a hokage; su amiga lucía genuinamente sorprendida de verlo allí. Lo esperaba, sí, pero seguramente había ignorado su llegada en favor del ramen.
—Hola, ¿qué les trae por aquí?
—Obviamente el ramen —le respondió Minato. No fue en un tono grave, sino más bien amigable. Casi juguetón.
—Uhhm-hu; gran elección.
Fugaku creyó que era su momento de incluirse en la conversación.
—Espero que alcancen algo antes de que Kushina se lo acabe todo —no era una broma, ya había sucedido.
Tan pronto como terminó de hablar, vio a Mikoto hacer lo que más se temía: fruncir el ceño, hacer una mueca de disgusto y terminar todo allí—: Minato, ¿vinimos aquí a comer o a charlar?
Fugaku no se ofendió, por supuesto que no lo hizo, pero se dio cuenta de lo horrible que había sonado eso. Kushina, quien había conservado su temple y buen humor en todos los encuentros, se quedó quieta como una piedra, los palillos en su mano apretados, a punto de romperse. Era bueno que Namikaze fuera listo, porque inmediatamente se disculpó con ellos y se retiraron del lugar para evitar hacer las cosas más raras. Sonó especialmente sincera la disculpa que le hizo a Fugaku, como si de verdad lamentara las acciones de su amiga.
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—¡¿CÓMO TE PUEDE GUSTAR ALGUIEN COMO ELLA?! —chilló Kushina de regreso a casa, jalándose los cabellos. Se veía muy frustrada y rabiosa—. ESTABAS AHÍ CUANDO NOS TRATÓ COMO SI FUÉSEMOS ESCORIA, 'TTEBANE.
Fugaku no quiso justificarla, así que se mordió la lengua. Mikoto tenía derecho a no hablar con ellos si le apetecía, era estúpido creer que podrían forzarla, pero la manera en la que había hecho patente su desagrado había sido la menos educada posible, así que su mejor amiga tenía razón para estar furiosa.
—Lo siento —se disculpó. Aunque ni él mismo estaba seguro de si se disculpaba por Mikoto o por obligar a Kushina a soportar tanto.
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Minato esperaba a Kushina al otro día, solo que pensó que se presentaría a la hora de la comida, como siempre, y no a primera hora de la mañana. Como era mejor terminar las cosas rápido, Minato la invitó a pasar a su oficina y prosiguió a hacer el sello estándar para encerrar todo el ruido en la habitación, de manera que nadie de afuera pudiera escuchar de lo que hablaban incluso si la pelirroja alzaba su voz, cosa que hizo inmediatamente.
—¡¿Por qué tiene qué ser tan perra, 'ttebane?! —espetó—. Puede ser tu amiga, pero ayer fue una completa y total perra loca y no sé qué diablos hicimos para merecernos ese trato de mierda. Si no fuera porque a Fugaku todavía le gusta ya le hubiera partido la maldita cara de un puñetazo en lugar de estar aquí como estúpida quejándome contigo.
El Rayo Amarillo tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reclamarle a Kushina por hablar así de Mikoto y para no regañarle por usar un lenguaje tan altisonante en su presencia. Lo que menos necesitaba eran problemas a menos de 5 minutos de haber entrado a la oficina.
—Tiene sus razones —medio explicó.
—¿Razones para ser una perra con alguien que no le ha hecho nada? No creo —insistió.
Minato consideró sus opciones: Decirle todo a Kushina o terminar con esa charada. La razón le dictaba que fuera por la segunda opción, pero él también estaba preocupado por Mikoto. No podía vivir ofendiendo a la gente solo porque tenía el corazón roto. Y, llegados a ese punto, Uzumaki merecía alguna clase de explicación.
Largó un suspiro cansado. De repente se sintió un anciano. Pero habría qué hacerlo.
—Debe ser porque Fugaku es un Uchiha.
—Eso ya lo sabía, duh.
—No es solo eso… —bueno, era el momento—. Mikoto tuvo una mala relación, no hace mucho, con un Uchiha. Desde entonces se ha negado a salir con nadie porque cree que todos los hombres somos iguales; ni siquiera en plan de amigos. Creo que es evidente que odia principalmente a los Uchiha. Pero no es realmente personal; discute incluso con su padre en una base diaria. En realidad, yo tengo suerte de que todavía me hable. Tú debes desagradarle por extensión, por ser amiga de Fugaku Uchiha. Yo realmente no puedo decir que apruebo a tu amigo para pareja de Mikoto —se sinceró aún más—, pero creo que ella necesita dejar de odiar por odiar, principalmente a los Uchiha. Podría traerle problemas en el futuro. Un clavo saca a otro clavo —se encogió de hombros.
Pasaron los minutos mientras Kushina procesaba la información. Parecía estarla considerando con una seriedad poco propia de ella.
—Jamás he tenido el corazón roto —admitió—. No puedo decir que la entiendo, pero ¿de verdad es tan malo como para odiar a todo y a todos?
Namikaze creyó que era un pregunta retórica, pero no. Esta era otra faceta de Kushina, donde se mostraba bastante inocente, así que se tomó la molestia de responderle—: Depende de la persona y de qué tanto hayas querido al otro…
—Aun así yo puedo no saber mucho, pero me doy cuenta de que no está bien, 'ttebane.
—No, no lo está.
—¿Entonces vamos a rendirnos?
Oh, vamos, estaban en el mismo buque. Ella tenía razón.
—No lo sé. Pero si queremos que estén juntos, aunque sea en la misma habitación, necesitamos crear una situación donde Mikoto esté obligada a quedarse en la misma habitación que él.
Era más fácil decirlo que hacerlo.
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Cuando Kushina salió de la habitación, no volvió en todo el día. Ni siquiera para la hora del almuerzo.
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Minato se encontró con Shikaku Nara esa noche. Estaba de camino a beber algo de sake e invitó a Minato a acompañarlo; él no se rehusó. Era lunes, pero hacía mucho que no se bebía siquiera un sorbo.
Hablaron sobre cosas banales, las nubes, el sueldo, las misiones o la lavandería. Cualquier conversación servía para acompañar al sake.
—¿Es verdad lo tuyo con Uzumaki? —preguntó el Nara en algún momento de la noche por curiosidad.
—No. Solo tenemos negocios en común.
—¿Qué puedes tener en común tú con Uzumaki, aparte de ser shinobis? —dijo con un deje de burla, pero no insistió—. Pero Uzumaki no es un mal partido para ti. ¿Recuerdas lo que hablamos hace un tiempo sobre la mujer que se case contigo? Creo que Kushina cubre todos los puntos importantes. Sólo debes tolerar su bocota y malos modales.
—Creo que se te ha subido el alcohol.
—Puede ser, pero debes admitir que te hace falta una novia para ver si las chicas dejan de tirarse encima de ti. Parece chiste que te molestes por eso —y zanjaron el tema.
Por otra parte, Minato recordaba la conversación vagamente. Habría sido hacía más de un año cuando habían estado fuera de Konoha en un enfrentamiento con el País del Rayo. Shikaku se había herido de forma fea y estaba desvariando, seguro de que moriría antes de casarse. De repente había pasado de hablar de sí mismo a construir una imagen mental de la futura esposa del Rayo Amarillo de Konoha: debía ser terminantemente una kunoichi para poderse defender de las fans locas del shinobi, de carácter fuerte para evitar que eso le afectara, comprensiva para que entendiera que él no iba a poder llegar a casa todo el tiempo, pero firme para ponerlo en su lugar cuando se excediera con los deberes de hokage. Y guapa, por supuesto, para estar a la altura de él. Una tontería, si le preguntaban a Minato.
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Esa noche Minato soñó con algo. Ese algo le provocó escalofríos, pero le dio una idea para crear múltiples oportunidades para que Mikoto y Fugaku pudieran encontrarse sin tener más remedio que respirar el mismo aire.
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Kushina despertó ese día con los ánimos por el suelo. Uno de esos días del mes donde se preguntaba para qué se levantaba de la cama si seguía dándole misiones de rango B todo el tiempo. Estaba también ese asunto con Mikoto y, aunque a veces no lo pareciera, ella de verdad verdad estimaba a Fugaku y quería ayudarlo a que fuera feliz. Ser un Uchiha era su bendición y su maldición, ahora más que nunca. El meollo del asunto estaba en que no encontraba una manera de hacerlo sin que Mikoto lanzara veneno con esa maldita lengua suya.
Quizá debería rendirse. Quizá debería convencer a Fugaku de que había otros peces en el mar y todo eso. Quizá sería lo mejor para él. Quizá también era lo mejor para todos.
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Cuando llegó a la Torre Hokage a la hora del almuerzo, Minato parecía estar esperándola. Se le notaba cansado, como si no hubiera pegado el ojo en toda la noche. No le dio mucha importancia al asunto, pero estaba segura de que no le había prometido que iría. Aunque, ahora que recordaba, solía aparecerse sin avisar.
Distraída, siguió a Namikaze mientras pensaba en cómo terminar su sociedad. A ella le parecía evidente de que él estaría extasiado de que se echara para atrás. Ella, por su parte, tendría más tiempo libre para practicar con ese libro de recetas de cocina que le había regalado la madre de Fugaku las pasadas navidades.
Le sorprendió, sin embargo, que Minato tuviera otros planes.
—Creo que sé cómo obligarlos a estar juntos.
—¿De verdad? —preguntó ella con mediano entusiasmo. La última vez que propuso un plan había fracasado.
—Es sólo que no te va a gustar.
—Mientras pueda ayudar a hacer feliz a Fugaku no necesito que algo me guste.
—Solo promete que no gritarás y lo pensarás más de un segundo antes de dar una respuesta.
—Si me haces prometer eso es porque es algo malo, ¿verdad?
—Más o menos. ¿Lo prometes?
—Lo voy a intentar.
—Eso me sirve —Minato no se veía muy convencido—. En fin, el plan es fácil, si queremos que Fugaku y Mikoto, dos personas que no frecuentan los mismos sitios ni tienen un solo amigo en común, se encuentren y estén sentados juntos por al menos quince minutos una vez a la semana la mejor opción es que comencemos a salir —dijo tan rápido que parecía que quería hacerle alusión a su apodo.
Kushina no estuvo segura de que hubiera escuchado correctamente—: Espera, ¿me lo repites?
Y él lo repitió.
—Hay que salir juntos.
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Minato vio pasar una serie de emociones por el rostro de Kushina, tan claras como el agua de un estanque: la primera fue confusión, porque no entendía cabalmente lo que le estaba pidiendo, la segunda era incredulidad; no creía que le estuvieran haciendo semejante propuesta; la tercera fue asco o, más bien, un rechazo profundo y la última fue una ira desenfrenada.
Él sabía que iba a terminar así por eso la había llevado hasta una parte solitaria de Konoha.
—¡¿Cómo se te ocurre proponerme semejante idiotez, dattebane?! —bramó iracunda.
—Te dije que no te iba a gustar.
Para ser francos, a Minato tampoco le gustaba. Consideraba que su propio plan atentaba contra el razonamiento más inteligente y no tenía ni pies ni cabeza, pero también notaba que tenía sus puntos a favor. Y sus puntos a favor fueron los que le hicieron decidirse por la opción de siquiera proponerlo.
—No es que quiera salir contigo, solo vamos a pretender —volvió a tratar.
Las desventajas eran la cantidad de gente que estaría preguntándole por su nueva relación. Pero eso ya lo estaban haciendo y ni siquiera habían comenzado a salir falsamente. Mentirle a todo el mundo, a Mikoto principalmente; dañar su orgullo, tener qué invertir tiempo en un fraude, simplemente salir con alguien que no le gustaba y un largo etcétera.
Pero los pros eran muy atrayentes también. Su principal motivo, por supuesto, era reconciliar a Mikoto con el resto de los portadores del cromosoma Y para que pudiera volver a abrirse a las personas. No necesitaba que terminara en un tórrido romance con la próxima cabeza del clan Uchiha, si Mikoto lograba entender bastaba. Luego estaba aquella fascinante forma en la que Kushina había manejado a sus fans aquel día, apenas quejándose, apenas esforzándose. Minato estaba consciente que desde que había comenzado a comer con la kunoichi menos y menos chicas lo molestaban con almuerzos especiales y citas por la noche. Quizá le tenían miedo a Kushina y eso era un punto a favor. Esa tranquilidad era suficiente para que él dijera que sí. También estaba eso de que tanto él como ella eran huérfanos; no hacía falta llevarle a conocer a sus padres para legitimizar aún más la charada.
Además, Kushina no era desagradable. A lo largo de estas semanas le había cogido una especie de cariño. El mismo cariño que se le tiene al perro callejero que te ladra amigablemente todos los días rumbo al trabajo, pero cariño al fin.
—¡Maldita sea, NO! ¡Tengo una reputación qué mantener, dattebane!
Ella siguió negando y negando y él dejó que continuará haciéndolo hasta la saciedad, esperando el momento adecuado para utilizar su última carta.
Honestamente, ya ni siquiera sabía por qué se esforzaba tanto.
—Puedo conseguir que hagas misiones A. Puede que incluso una S.
Sí lo hubiera contado no se lo creerían, pero había dejado a Kushina Uzumaki sin palabras por una vez.
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El plan de Minato era sorpresivamente estúpido y sorpresivamente lógico. Ella y él fingirían salir para así llevar a sus respectivos mejores amigos a unas citas dobles con la excusa de querer que sus personas más importantes aprendieran a llevarse bien. Ellos se escaparían en algún momento de la velada alegando que querían pasar más tiempo juntos y sin gente a su alrededor para que Fugaku y Mikoto quedaran irremediablemente solos los dos. Lo mejor de todo era que ella no tenía que tener ninguna clase de contacto físico con Minato, pues eso de ser su novia era solo de título, y que podría contarle a Fugaku el plan, quedando libre de cualquier comentario pretencioso —en su mayoría— por parte del Uchiha. La única ignorante de la situación sería Mikoto. Para cuando tuvieran qué contarle la verdad, esperaban que ella y Fugaku estuvieran demasiado enamorados como para molestarse.
Además, la idea de la cita doble podría utilizarse cuantas veces quisieran sin ser demasiado sospechosos como con sus encuentros casuales Así que, si Kushina observaba el cuadro completo, las cosas no estaban tan mal. Sin mencionar que iba a hacer misiones A. Las misiones A equivalían a más dinero y más dinero significaba que su sueño de comprar una casa… No, más realista, su sueño de conseguir antes de terminar el año el enganche para su nueva casa estaría un paso más cerca.
Y Kushina, de sangre caliente y decisiones rápidas, lo tuvo claro antes de que cantara el gallo.
Acepto 'ttebane. Ya tuve un novio falso antes —dijo, recordando a Fugaku—. Tener otro no va a matarme.
Bueno, nadie se había muerto de eso todavía, ¿o sí?
el título del capítulo es irónico, en realidad quería poner "las relaciones falsas siempre tienen más contras que pros, pero aún así se llevan a cabo en fanfiction", las edades para esta versión editada son 20 para Minato, Kushina y Mikoto y 24 para Fugaku jajaja
aquí terminaba el capítulo 1 original, así que:
Notas de autor originales de 2013:
Es un universo ninja aún, pero no sigue el canon (para quienes no sepan, canon es —la madre Wikipedia nos dirá—: En el contexto de la ficción, el canon de un universo ficticio comprende aquellas novelas, historias, películas, etc. que se consideran "oficiales" o desarrolladas dentro del contexto "real" de la historia, así como ciertos eventos, personajes y hechos claves que tienen una existencia lógica dentro del universo"), aunque tenga varios de sus elementos.
Asumamos que Kushina, Minato y Mikoto tienen la misma edad. Unos 17. Minato no estuvo con Kushina en la academia más que algunos meses porque es un jodido genio y nada tenía que hacer en esa clase. Fugaku será de unos 19.
¿Por qué las parejas están, como se dice en mi tierra, al revés volteadas xD al principio? Porque he visto que en muchas historias toman como regla que las dos chicas sean mejores amigas y los chicos tengan una buena relación. Quise hacerlo al revés para esta historia.
La idea se basa en cierto corto de La Pequeña Lulú que vi hace ya muchísimos años. Lulú decía que el amor actuaba de una forma extraña ya que, por ejemplo, si ella le decía a su amiga Anita que le gustaba Tobi, Anita correría a contarle al mejor amigo de Tobi (del cual no recuerdo el nombre) acerca de Lulú y Tobi, siendo que los que de verdad se gustaban eran el amigo y Anita pero que no se juntarían hasta que tal cosa sucediera xD
Ya. Muchas notas de autor. Nos leemos después y prometo actualización en Strawberry (para quienes conozcan esa historia), para mañana.
¡Besos embarrados de Nutella para todos!
PD: esta historia no tendrá más de seis o siete capítulos. Tal vez menos.
PD2: ¿Ya se vieron Road to Ninja? ¿Qué les pareció?
