Capítulo 2
.
Exhilarante…
Esa era la única descripción que podía darle, usando una sola palabra, a la experiencia religiosa a la que era tan afín y la cual prolongaba siempre que podía… siempre con el bien común en mente, en el nombre de Jashin-sama.
Ese gusto suyo, era uno de esos adquiridos, de los que solo podía disfrutar un connaisseur como lo era él mismo. Una risa sumamente baja escapó, como un sonido gutural de su garganta, mientras la larga cuchilla se deslizaba lejos de su cuerpo, con un movimiento rápido. Se deleitó con la sensación de dolor que provocó cada movimiento de la lámina y el que procedió una vez su cuerpo se encontró libre del arma y el gemido que escapó de los labios de su acompañante fue toda la música y confirmación que necesitó para dar por concluido su ritual.
Nunca se cansaría de ver los gestos de dolor, ni del dolor mismo… y esperaba jamás acostumbrarse.
Sus jadeos resonaron en el túnel, haciendo ecos que se confundían con los sonidos de las ratas y el agua que corría en la lejanía. Su mano estampó contra el concreto del muro, su piel perdía lentamente el tono oscuro que le había recorrido, pero gracias a la ausencia de luz aquel detalle pasó desapercibido con facilidad. Limpió la sangre que escurría de sus labios y saboreó la que aun subía por su garganta, deleitándose en las últimas oleadas de dolor, en lo que su cuerpo se recuperaba de aquel ajetreo y la excitación
Sonrió, si bien las cloacas nunca habían sido su lugar preferido, si resultaban ser el destino final, comúnmente elegido por su presa.
Se echó al hombro al agonizante pobre diablo al que se le escapaba la vida más rápido de lo que pasaba el tiempo y, no sin dificultades, caminó hacia la salida de aquel asqueroso lugar, arrastrando su pierna lastimada.
Podría vivir la vida entera de esa manera.
Esquivó aquella punta que brilló débilmente al ser arrojada y al escucharla clavarse en el cadáver que llevaba sobre los hombros comprendió que no era a él a quien habían atacado realmente. Una risilla infantil recorrió el túnel, seguido de unos sonidos extasiados, y el de la poca sangre que aún quedaba en el cuerpo de aquel hombre al ser extraída.
—Es una suerte que el departamento de policía sea tan incompetente… porque eres estúpidamente fácil de encontrar.
Los ecos de aquellas palabras se alejaron, en la oscuridad, en ambas direcciones. Había algo familiar en aquel tono de voz infantil, pero no lograba encontrar en sus memorias la fuente de aquella sensación.
—¿Quién eres? —demandó, deslizando por su manga una afilada punta de metal.
—Tú y yo haríamos buen equipo —saludó, saliendo de la oscuridad.
La luz que se colaba a través de la tapa de la alcantarilla fue suficiente para que reconocieran el rostro contrario. La sonrisa de Toga, amplia, coronada por aquel enfermizo sonrojo. Hidan no titubeó ante ella, pero una sensación de intranquilidad lo recorrió apenas un momento.
—Tu… —murmuró. —¿Qué mierda quieres?
—… solo quiero confirmar los rumores.
Jugaba con una navaja, que emitía un débil brillo cada que giraba ligeramente en la punta de su delgado dedo. Los ojos de la muchacha lo miraban con la misma adoración con la que él veneraba a su señor.
—¿Qué rumores? —insistió.
Esquivó la estocada y al mirar los ojos dorados se encontró con una frialdad que no había esperado llegar a ver en ellos, a pesar de la pérfida sonrisa que atravesaba el rostro y la sensación de peligro que emitía aquel gesto. Esquivó una estocada más, pero fue claro desde un inicio que el combate cuerpo a cuerpo no era su fuerte contra ella, además aquel lugar era demasiado estrecho para poder desenvolverse como le gustaría. Terminó enredado en aquel cuerpecillo femenino que hacía poco tiempo había abandonado la adolescencia.
El cadáver en el suelo, la navaja presionada sobre su cuello.
Toga sintió las múltiples cicatrices bajo sus dedos y ahogó un chillido, al tiempo que cortaba. La sangre no tardó en empaparle las manos y no pudo contenerse, la acumuló inmediatamente, ávida, temiendo desperdiciar hasta la última gota de aquel preciado líquido pegajoso.
—¿Qué mierda…? —masculló, sintiendo los borbotones de sangre que le escurrían entre los dedos.
La arrojó lejos de él, escuchando de nuevo su estúpida risa. Sus ojos brillantes a causa del dolor, el delirio aún se aferraba a su cerebro como una criatura recelosa lo haría de su peluche favorito. Aseguró su cuello con un pañuelo y un rudimentario broche de aluminio, pero no pudo evitar sonreír…
Satisfecho, como después de un orgasmo, se pasó las manos por el cabello, peinándolo de nuevo.
—Creo que te amo… —resonó la voz femenina.
Carcajeó, descaradamente, echándose el cadáver al hombro de nuevo y miró a Toga antes de salir de la alcantarilla. La saliva le atoró la risa en la garganta… no por la insistente mirada, pero por la obviedad en el gesto serio.
Ella no mentía.
—… estás loca, niña.
Toga se mantuvo impávida, viéndolo ocultar la luz con su cuerpo y el vuelo de su gabardina, y cuando la luz del exterior le golpeó en la cara, antes de que la pesada tapa fuera arrastrada y la oscuridad la envolviera de nuevo, no pudo evitar entrecerrar ligeramente los ojos. Se relamió los dedos, sintiendo el sabor metálico adueñarse inmediatamente de su boca, se mordió los labios y apretó los ojos luego de que sus pupilas se perdieran.
.
.
.
Es difícil entender los azares del destino, los caprichos de la vida, las vueltas del universo… la estupidez en la que fuera que creyera quien estuviera pensando en aquello. Un día carcajeaba a gritos, alimentado por la euforia del último sacrificio…
—¿Vas a matarme, Hidan? —susurró, sonrojada, los ojos perdidos en la emoción, las risas escapando de su garganta.
—Asquerosa rata de alcantarilla —siseó.
Viernes, 15 de enero de 2021
