Capítulo 3
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Verás, la cosa es así…
El cuadro sería un poco extraño, para quienes no estuvieran acostumbrados a andarse por los recovecos usuales de las ratas, y aun lo sería para quienes sí lo estaban, pues nadie tenía las actitudes de ella, pocos eran realmente felices o sonrientes, aquella sociedad estaba llena de callos y cicatrices, no había cabida para lo infantil. Indolente, siguió dejando que su brazo libre se meciera con su andar, aunque no pudiera dar los brinquillos que le gustaría al ir tan cargada.
Pocas veces volvía a ese sitio, a su habitación, era nómada y le gustaba el estilo de vida, pero incluso ella comprendía que tener un sitio al cual llegar y esconderse era en realidad una necesidad, tanto o más como comer. Dejó caer su mochila y el bulto que había arrastrado las últimas cuadras al suelo, sus ojos clavados en la oscuridad, intermitentemente interrumpida por la luz titilante de neón que de alguna manera alcanzaba a colarse por la ventana que daba a aquella estrecha callejuela.
Se quitó los zapatos y abandonó el genkan, con un único propósito en mente.
No era idiota, no lo diría en voz alta, al carajo quién necesitara una explicación… pero estaba claro, no lo era. Observó en silencio la habitación, un pujido le llegó lejano, y la sonrisa que había abandonado su rostro al convencerse de su resolución volvió a aparecer sobre sus labios; dejó que la luz del frigorífico le iluminara el rostro por demasiado tiempo, sus ojos clavados en aquel frasquillo de espesa sangre que había podido obtener días atrás.
—¿Por qué no te rindes? —murmuró, juguetona, tomando el frasco.
Volvió sobre sus pasos y miró, en la oscuridad, el bulto que se movía lastimeramente, emitiendo sonidos bajos de dolor y confusión. Golpeó con la punta de sus dedos la tapa del contenedor frío y sonrió cuando, al tocar a aquella persona, esta se contrajo en un intento por alejarse de su tacto. Hizo un pequeño puchero y, no sin dificultades, arrastró a aquel muchacho hasta el área que hacía de comedor, sala y habitación, dejándolo caer pesadamente en el suelo.
En ese punto la persona lloraba.
—¿Eh? ¿Es que no quieres ser mi amigo? —el puchero le distorsionó el rostro unos momentos. —Se supone que esto es divertido.
Sonrió al escuchar un poco más de esfuerzo en aquel sollozo y le acarició con cuidado el rostro, quitándole el trozo de tela con el que le había cubierto los ojos y acariciándole suavemente la herida sangrante del pómulo.
—Te quitaría la mordaza, pero no puedo molestar a los vecinos.
Regodeándose un poco, como escuchando música, sin dejar de reír, coqueta y pícara, se quitó la ropa sin vergüenza alguna.
La rosca hizo un suave sonido y se llevó la tacita a los labios, bebiendo unos cuantos sorbos de aquel líquido tan preciado que había conservado con tanto cuidado. Aquello solo hizo que los ojos que la miraban suplicantes, se desquiciaran una vez luego de haberse puesto tan tranquilos y que la desesperación de su invitado amenazara con volver inútil la mordaza que ahogaba lo que ahora eran gritos desesperados.
Los espasmos de su cuerpo al cambiar la sacudieron internamente unos momentos y observó aquel cuerpo desnudo, maravillada, nunca se cansaría de ser otra persona.
—¿Hmm?
Había puesto atención, esos últimos días… lo había observado. Todo. Al principio había sido un poco confuso, siempre divertido, pero había ciertas formalidades que en primera instancia le parecieran excentricidades de aquel desquiciado que se dedicaba a matar gente sin tocarlos más allá del primer corte que los condenara eternamente, pero pronto los eventos y la arrogancia de su nueva fascinación, al que le encantaba demasiado jugar con sus presas, le dieron a entender que cada una de las partes de aquella rutina era completamente necesaria.
Ya no podía reírse de él, coincidía con él, aquello era todo un ritual.
Y a ella le encantaba verlo.
Y aunque no era muy adepta a ver su propia sangre correr, tampoco era como que le molestara.
Sin dejar de mirar al muchacho que se retorcía en el suelo y había empezado a alejarse, deslizó una de las cuchillas hasta su mano y, luchando contra las ganas que tenía de clavarle la navaja y hacerle estallar el corazón, se contentó con hacer un miserable corte en la mejilla herida del muchacho, de donde manó la sangre casi con desesperación. Lamió la cuchilla y sonrió al ver que su cuerpo no se transformaba de nuevo, sino que obtenía aquella coloración a blanco y negro que le había asombrado cada vez.
Cortó su palma y dejó derramar una cantidad generosa de la herida, observando las gotas caer al suelo y convertirse rápidamente en un charquillo generoso. Dibujó tranquilamente el símbolo en el suelo, justo como había visto al muchacho hacer, asegurándose de no errar ni un solo trazo y miró al muchacho, que se acercaba cada vez más a la puerta, aunque no fuera capaz de huir por más fuerte que su intención fuera.
Sonrió ampliamente con aquel rostro que no le pertenecía, blandiendo una de sus tantas navajas, que pronto surcó el viento con rapidez, cortando de tajo en su brazo, sin duda alguna.
Viernes, 29 de enero de 2021
