Capítulo 4
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Estaba harto de ella…
No es que jamás le hubiesen seguido antes, pero la insistencia de aquella mocosa, que aprovechaba el más mínimo descuido para drenar a sus muertos, durante esos últimos viajes estaba logrando orillarlo y lo desquiciaba cada vez con más facilidad. No importaba dónde, ni cuando, ni la hora o la persona, esa chiquilla aparecía de la nada, aprovechaba hasta la última gota.
Era grotesco.
Pero normalmente no se quedaba a sacarle plática, como aquella primera vez, aunque si le dejaba en la cabeza el eco de sus risitas tontas, y pronto comprendió que cuando ella tenía ganas de hablar era difícil sacársela de encima. Además era proficiente en las artes marciales y escurridiza como una asquerosa cucaracha, la desgraciada, y no podía ahuyentarla como normalmente lo hacía con el resto de sus rivales, investigadores o seguidores. Parecía estar atado a ella, conectado por alguna especie de goma.
Arrancó la aguja del cuerpo de su víctima y se la arrojó de vuelta, con la intención de quizá perforarle un ojo, pero ella le mató las esperanzas antes de poder tener la satisfacción.
—¿Qué quieres? —cedió al fin, arrojando el bulto que llevaba en el hombro.
El golpe seco de ese reciente cadáver no hizo eco en la cabeza de ninguno. Toga lo miró con desconfianza unos momentos y luego se giró ligeramente, cubriéndose el rostro con ambas manos, frotando sus rodillas suavemente; una sonrisa se extendía por su rostro y pronto la emoción la traicionó, se arrojó sobre él, pero terminó enredada en un pequeño ajetreo que, si bien no logró plantarle la cara en el suelo, si la alejó un par de metros.
—Quiero estar contigo —insistió, sin dejar de sonreír.
—¿¡Ah!? ¿Sigues con eso?
Se regodeó un poco más, sonrojada. —¡Qué vergüenza!
Hidan juntó las cejas, su guadaña emitió un sonido agudo al golpear el suelo y, usándola como punto de apoyo, miró a la mocosa como si fuera un bicho raro, como si no estuviese comenzando a acostumbrarse ya a aquellos extraños desplantes. Toga pareció recobrar ligeramente la calma, aunque no había perdido la estúpida sonrisa, había dejado de dar brinquitos de pie en pie y de ocultar su rostro tras sus palmas.
—Te lo digo enserio, mocosa —murmuró —, esfúmate.
Desinflándose un poco más, dibujó círculos en el suelo con su pie y apretó un poco los labios.
—Me daba miedo intentarlo —declaró, sin levantar la mirada. —Lo intenté… no funcionó.
—Ahhhh… ¿Ahora que tanto murmuras?
—¿Cómo haces eso? —exigió. —¡Lo intenté, pero sigo sangrando!
—¿Eh?
La muchacha no le indicó de qué estaba hablando, pero un pequeño empaque, similar al de un jugo embazado, apareció bien sujeto por los dedos que apenas asomaban por la manga de aquel enorme suéter. La consistencia y color del líquido le indicaron que se trataba de sangre almacenada; hizo un gesto de asco, al tiempo que el paquetito desaparecía en alguna parte de aquel atuendo.
—Es tuya, queda un poco aún —declaró.
Se esforzó por no sacudirse la sensación desagradable que le bajó por la espalda al escuchar aquello.
—¿Eres una nure-onna o algo?
Negó, vehemente, y se acercó a él, confirmando que no sería atacada… al menos no pronto. Escondió las manos tras su espalda y se paró en puntillas para verlo fijamente al rostro, luego de inspeccionar las heridas sangrantes del torso. Recordó la herida que aún sangraba en su brazo.
Hidan se mantuvo erguido, evitándola a toda costa.
—Si yo me hubiera apuñalado, como tú lo haces, habría muerto, ¿cómo haces para no morir?
—… no te estoy entendiendo —murmuró, a través de dientes apretados.
Exhaló y extendió la mano, quería tocarlo, pero el muchacho se alejó de un salto, afianzando la guadaña en sus manos y preparándose para el ataque. Cubrió su rostro con sus manos de nuevo, regodeándose ligeramente por la vergüenza que sentía de pronto, sus mejillas hervían.
—La otra noche bebí tu sangre y dibujé el círculo… pero no funcionó.
Por un momento creyó haber escuchado mal, pero la muchacha le miraba con un dejo de seriedad que no podía ignorar. Bajó su arma, lentamente, luego de asegurarse que aquella loca no le iba a saltar encima y a cortarle el cuello de nuevo. Una sonrisa creció en sus labios y luego de unos momentos comenzó a carcajear.
Toga sacudió las manos, avergonzada una vez más. —¡No te rías!
—No había reído así en años —murmuró, aferrando una mano a su abdomen lleno de heridas. —¡En verdad estás loca!
Observó el puchero en el rostro de Toga, los ojos ligeramente más grandes y brillantes de lo que eran en realidad, incluso lucían ligeramente redondos, a pesar de aquella perspicacia puntiaguda con la que los había bendecido la genética. Se rascó la nuca, sin deshacerse de la sonrisa que le había adornado el rostro y miró el techo de aquel almacén abandonado.
—¿Cuál era tu nombre, mocosa?
—Toga Himiko —susurró, sonrojándose.
Asintió. —Bebes la sangre de la gente y les robas las habilidades, ¿así funcionas tú?
—… algo así —murmuró, guardándose los secretos necesarios.
Hidan se acercó a ella entonces, le tomó de la barbilla con suavidad, de esa manera seductora como lo hacía cuando sus víctimas eran mujeres y quería evitarse los gritos demasiado temprano; le miró fijamente a los ojos, encontrándose de nuevo con uno de los gestos más inocentes del mundo y una adoración infinita en las pupilas que lograron asquearle un poco. Apretó la sonrisa y negó una sola vez.
—Me sorprende que pudieras llevar a cabo el ritual, no lo niego —le susurró al oído, sintiéndola estremecerse; apretó su mano alrededor del cuello de ella, sintiendo el pulso bajo sus dedos. —No vuelvas a ofender a Jashin-sama de esa manera o te mato.
Las nure-onna son parte de la mitología japonesa y son espectros de mujeres serpiente que comen humanos o beben su sangre.
Viernes, 12 de febrero de 2021
