Capítulo 5
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Por más que Hidan intentara, no había podido desairar a aquella desequilibrada, era como si todo lo que intentara en lugar de repelerla la atrajera aún más. Comenzaba a agobiarse ante la idea de no poder quitarse a Himiko de encima, pero pronto comprendió que le era de utilidad, además de que la chiquilla solía tener unos periodos en los que desaparecía sin más.
Naturalmente había desconfiado de ella al principio, temiendo que interfiriera en su trabajo, pero ni le estorbaba, ni estaba ahí por el dinero, y quizá por eso le dejara quedarse, a pesar de esa extraña costumbre que tenía a colgársele del cuello; más allá de tener que dejarla saciar esas extrañas necesidades que la corroían, no había demasiados requerimientos para mantenerla contenta y hasta cierto punto tranquila.
Se había ganado una mascota… un tanto inestable.
Era como un hámster bajo la influencia de las metanfetaminas.
Era genuinamente feliz al verlo jodido luego del trabajo y se había acostumbrado pronto a esa afición que tenía la desgraciada por lamerle las heridas. Ya fuera en sentido figurado o literal. Era extraño. Ella parecía estar cada vez más y más enamorada de él a pesar de los fugaces enamoramientos que la alejaban de sus talones. No tenía sentido.
Por otro lado, estaba consciente a su vez de lo peligrosa que era ella realmente. Recordaba jactarse a sus tiernos dieciocho años de haberlo visto y vivido todo, se enorgullecía de aquella realidad que les estrujaba los corazones a las personas "decentes". Blandía esa bandera de degenerado al que nada lo sorprende, agitándola en las caras de todas las personas con las que se había encontrado a lo largo de su vida.
Pero Himiko había logrado dejarle sin palabras… en más ocasiones de las que le gustaría admitir.
Aquella noche la había seguido por curiosidad y quizá no estaría loco si asegurara haberse arrepentido. No estaba libre de pecado, él había destripado a unos cuantos, disfrutaba de los desgarradores gritos, las plegarias, los ojos desorbitados, la incredulidad en los rostros, esa evidente huida de la vida de un cuerpo del que él se convertía en dueño al más mínimo descuido. Lo adoraba.
Pero no había llegado a tal grado.
Apretó los labios y pasó saliva con dificultad, acostumbrado al olor de la sangre, al brillo de un órgano recién extirpado… desubicado por el gesto descompuesto de aquella mujer, que se regodeaba en una gloria a la que era completamente ajeno, bañándose en ella, casi podía ver los rayos de luz cayendo del cielo sobre ella, aunque realmente no los hubiera, aquella luz blanquecina que se colaba por los agujerillos del techo de hojalata, pertenecía a los potentes arbotantes de aquella planta y ni siquiera alcanzaban el suelo.
El sonido de los generadores, las calderas y la maquinaria pesada, que no descansaban una sola hora del día, había acallado los gritos que la rodearan minutos atrás.
Y las risas.
No pudo escucharlo, pero lo conocía a la perfección… el crujido de las articulaciones al ser dislocadas.
Era la primera vez que no la veía ordeñar a una presa… y no era la primera vez que veía aquel gesto de éxtasis en aquella cara de mejillas redondas, pero había algo diferente en el brillo que se escapaba por los ojos, que le habían notado tiempo atrás y no dejaban de mirarle, fijamente, velados. Aquella persona se llevaba cada parte, de aquel cuerpo desmembrado, a los labios, sorbiendo gustosa, con desesperación, hasta la última gota de sangre que no había dejado que se derramara del cuerpo hasta que empezara con aquel extraño festín.
Los dientes se clavaban, perforando, las manos apretaban con fuerza, la sangre escurría por sus antebrazos, goteando sobre sus mulsos, manchando aún más sus ropas y la piel de sus piernas. Podía escuchar el sonido de desesperación que escapaba en momentos de alguna parte, de lo más profundo de su ser, cuando el deseo la carcomía lo que tardaba en llevarse otro trozo a la boca.
Quería irse… pero había aprendido a no interrumpirla.
Esperó a que terminara, desviando la mirada cuando le pareció tener suficiente de observar como descartaba los órganos y trozos de cuerpo que dejaba hechos pulpa y ahora la rodeaban, desperdigados a centímetros de ella.
—Por eso me gustas…
Su mirada purpúrea se posó sobre la dorada, sin interés alguno, ya estaba acostumbrado a escucharla reiterar que eran almas gemelas.
Himiko se levantó del suelo, de esa manera infantil y saltarina, que utilizaba siempre que estaba contenta, y caminó lentamente hacia él, casi como un gato. Aún aferraba en una de sus manos lo que parecía ser la pulpa de un pulmón y tras llevárselo a los labios por última vez, lo dejó caer descuidadamente y sonrió.
Había terminado el espectáculo… y el olor a sangre que emanaba de ella era penetrante.
—Esto es lo que pasa a las cosas que amo… quiero tenerlas, por completo —susurró.
—… bien por ti.
—Pero a ti puedo volverte picadillo las veces que quiera, ¿verdad? —jadeó.
Un escalofrío le recorrió por primera vez el cuerpo.
Observó el gesto, descompuesto por un éxtasis que nunca había visto en otra persona, estaba familiarizado con ello… a su manera. La muchacha rio mientras se limpiaba la sangre de los labios y el mentón con la manga, pero no era esa risa estúpida de antes, era una que le surgía del alma.
—Estamos hechos el uno para el otro —repitió.
Observó la mancha de arrastre sobre la piel de la mejilla.
Absolutamente no.
Viernes, 26 de febrero de 2021
