Capítulo 7
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Las pupilas doradas brillaron con la luz del sol.
Cuando desaparecía no lo hacía intencionalmente. No iba por la vida buscando a alguien con quien obsesionarse, pero había impulsos que seguía sin poder controlar, y no era raro encontrarla escondida en algún sitio, con algún incauto clavado entre sus cejas y aunque pareciera que ese era el caso, la situación era diferente esta vez.
El sonido del papel ondeando en el viento, antes de ser adherido a la pared le resonaba en los oídos. Aquellos cartelones de se busca habían ido en aumento, reconocía a algunos de los agregados, a la mayoría los había visto en el hombro de Hidan, luego de una cacería, y a otros les había robado la luz ella misma; en la radio no dejaban de hablar de ello y en la televisión y las redes sociales era más y más frecuente encontrar peticiones de los familiares de aquellos desaparecidos, que buscaban desesperación cualquier resquicio de sus seres queridos.
Aquella perspectiva inusual la divertía bastante, en ocasiones le seducía la idea de dar indicios, hacer llamadas anónimas, quizá disfrazarse de alguien más para poder disfrutar de los gestos de sorpresa y de la negación… quería saciar su curiosidad, pues las excentricidades del mercado negro eran capaces de ofrecer cantidades inimaginables de dinero, pero la desesperación y el dolor de una madre conseguían más.
Levantó su bufanda, ocultando la sonrisa divertida que se extendió por sus labios y observó al muchacho, que se encargaba de pegar los cartelones a los muros, adherir el último. Agachó el rostro al encontrarse con un rostro que no le interesaba y se alejó, con las manos metidas en los bolsillos.
La cara de Hidan no era conocida aún y eso era lo único que le importaba.
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La luz de aquella tarde entraba por las ventanas, con una inusual pereza. Hidan dejó salir una estridente carcajada y se recargó en la silla luego, sin dejar de sonreír, ni de mirar a la muchacha de largos cabellos que se mantenía sentada a la mesa con él y seguía platicando, animadamente, gracias a la risa que él acaba de obsequiarle.
A pesar de su gesto divertido, estaba aburrido y harto, la muchacha era linda, pero completamente idiota, esa compañía lo único que le ofrecía era una verdadera monserga. Quería terminar con aquella falacia de una vez y por todas, pero había trabajado el tiempo suficiente en eso para saber que aún quedaba bastante tiempo antes de que aquella tarea terminara y que no había terminado con sus cartas aún. Se reacomodó en el asiento, sin deshacerse de la sonrisa, pero permitió que sus ojos vagaran por el interior del establecimiento, observando rápidamente, pero con detenimiento, a cada uno de los comensales que compartían aquella cafetería con ellos.
Sabía que no había policías encubiertos pisándole los talones, en aquella ciudad los elementos de seguridad pública podían ser unos verdaderos ineptos y sus presas eran demasiado variadas, cuando los héroes e investigadores encontraran las conexiones entre todas y cada una de las personas que habían desaparecido por su causa, ya sería demasiado tarde y él se encontraría lejos de aquella ciudad, cobrando recompensas en algún otro lado.
Volvió la mirada a la muchacha y asintió, exagerando un poco su gesto de interés por unos momentos y dejando caer entre la mesa unas palabras. Dio un sorbo a su bebida, pero ni así pudo deshacerse de la inquietud que le oprimía la garganta.
No era a policía de quién estaba cuidándose… era de esa estúpida mocosa.
—Necesito estirar un poco las piernas —dijo, estirando las piernas bajo la mesa, luego de dejar escapar un comentario que iba de acuerdo al monólogo de la muchacha. —¿Te gustaría ir a otro lado?
Observó el sonrojo que fue disimulado y luego de un gesto de seriedad, obtuvo una afirmativa.
Cuando abandonó la cafetería, con el brazo enredado sobre los hombros de aquella "conquista" no pudo evitar mirar detrás de él, como había estado haciendo desde que conociera la verdadera naturaleza de Himiko… la sensación de tener una mirada encima de sus hombros no lo había abandonado desde entonces, a pesar de las intermitencias.
Desde que la viera transformarse la primera vez no podía confiar en ninguno de los rostros que le pasaban por la calle.
Desde el otro lado del vidrio, un hombre observaba distraído por la ventana y hacía una marca en su libro. Se quitó los lentes que lo habían ayudado a leer momentos antes y se llevó la taza a los labios, dando un largo sorbo al café y saboreando, abstraído.
Una pluma descansaba a lado del libro, que ahora se encontraba completamente cerrado, y sus ojos observaban fijamente la dirección en la que Hidan se había alejado con el brazo bien acomodado sobre los hombros de la muchacha. La mano que descansaba sobre la tapa del libro se apretó lentamente en un puño, las uñas clavadas sobre la cubierta dañaron ligeramente la portada, dejando líneas pálidas y rollitos de cuero.
Luego de pagar la cuenta, tuvo que enredarse en la conversación indeseada acerca de libro para mantener las apariencias, pues no podría romper la faramalla y dejar cualquier indicio que se convirtiera en sospechas más adelante.
Salió del café y se alejó en la dirección contraria en que lo había hecho el muchacho. Sus oídos habían estado pendientes de la conversación en la otra mesa, pero no había obtenido nada de interés. No miró a la muchacha más de la cuenta, ni siquiera miró directamente a Hidan, pero los mantuvo siempre en su vista periférica, absorbiendo cada detalle de aquel encuentro casual.
Arrancó la hoja donde había hecho la anotación y luego arrojó el libro con fuerza, perdiéndose en el callejón y deshaciéndose de esa burda apariencia. Sabía que necesitaba cambiar su táctica o no llegaría a ninguna parte con Hidan… no de la manera en que había pintado el cuadro la primera vez que lo viera en aquel bar.
Sábado, 27 de marzo de 2021
