La ira de Draco

Se hizo silencio en cuanto ingresé a la sala de reuniones en la Cámara. Cerré la puerta con cuidado y observé a todos los presentes con detenimiento, no me sorprendió encontrar a Pansy entre la pequeña multitud congregada en el lugar. Ella estaba sentada con una sonrisa radiante en su rostro, entre sus pálidas manos traía el diseño de su vestimenta, yo sonreí complacido al notar su mirada soñadora y lo contenta que se veía con lo que había ideado para ella. La verdad es que no esperaba menos.

Como siempre, Roger prescindía la charla flotando en el estrado con su sonrisa fantasmagóricamente estúpida.

-Mi querido Dragón, bienvenido. – el fantasma me hizo señas para que me sentara en mi lugar de siempre, lo cual hice sin dedicarle una palabra a nadie. Últimamente mis estados de ánimos eran bastante pobres, bastante volubles. Todo por causa de la maldita sangre sucia que aparecía en mis pensamientos cada dos segundos. – Te agradará saber que todos los preparativos para la Subasta marchan de maravilla…- comenzó Roger con una sonrisa satisfecha. – Todos los diseños que nos entregaste están siendo estudiados por las hadas y las dríadas, requieren tu presencia mañana por la noche para que evalúes la maqueta y luego el sábado para comenzar con las remodelaciones. – Asentí.

-¿Han confirmado asistencias los invitados? – pregunté con un gruñido, porque hasta hablar me cabreaba.

-Las invitaciones están siendo enviadas lo más rápido posible. La mayoría ha respondido afirmativamente. – respondió Zabini observando un pergamino que supuse era la gran lista de los invitados para la subasta. Miré el pergamino amarillento y recordé que nunca me habían mostrado la codiciada lista de invitados, ni siquiera sabía quiénes iban a venir para la gran noche, no se habían dignado en pedirme opinión alguna.

-¿Puedes darme la lista? – todas las miradas se posaron en mí. Zabini pestañeó dos veces como idiota, Pansy levantó las cejas con sorpresa, Nogalina comenzó a jugar con su pluma distraída. Y Roger, el maldito estuvo a mi lado en cuestión de segundos.

-No tiene sentido que perdamos tiempo con la lista mi querido Dragón. Hay muchas cosas que hacer, por ejemplo, pensamos en una especie de vino muy conocido en el sur cuyos efectos secundarios…

-Zabini, dame la maldita lista.- dije poniéndome en pie lentamente. ¿Acaso pensaban que era idiota? Era evidente que me estaban ocultando algo, algo importante que seguramente terminaría en despertar el volcán en mi interior. Al ver que mi socio no hacía ningún movimiento por obedecerme, me acerqué a él y le arrebaté la lista. Paseé mi mirada por los nombres, buscando a alguien en particular, a alguien que no se apartaba de mis pensamientos, de mis sueños, de mi vida. En cada maldita esquina aparecía casi de la nada, como invocada por mis desaforados deseos de cogérmela otra vez, de besarla hasta la locura y cogérmela una segunda vez. ¡Me estaba volviendo loco! Cada día, cada minuto era un vivo infierno para mí, y éstas mierdas en vez de apoyarme, de ayudarme a buscar una solución, ¿la invitaban a la subasta en contra de mi voluntad?

Pero en vez de ver su patético nombre, me crucé con uno que me dejó en shock.

-¡Harry Potter! – exclamé incrédulo, con los ojos abiertos como dos huevos fritos. ¿Qué mierda hacía el cicatrizado en la lista de mi subasta? Observé a Zabini y pude jurar que estaba sonrojado. -¿Esto es una broma? – pregunté casi sin voz. Roger no se inmutó.

-El señor Potter…

-Invitaste a mi enemigo número uno…- lo interrumpí - al cicatrizado de mierda que ha arruinado mi vida entera…

-…Es un futuro cliente potencial, razón por la cual…

-…Por su culpa todo el maldito colegio piensa que estoy deprimido, casi al borde del suicidio…

-… Decidí invitarlo, además, la fortuna del señor Potter está estancada. Financieramente hablando le vendría bien una liberación.- terminó Roger su digno discurso.

-No solo a su bolsillo le vendría bien una liberación.- comentó Zabini con una risita.

-¿Tú aceptaste esta locura? – le grité a Blaise casi dolido, el moreno suspiró y mirando a Roger respondió.

-Es una buena idea. Potter le vendría bien una distracción y quien sabe… Quizás ganemos unas buenas monedas con su presencia aquí. Aparte de todo eso, es una excelente publicidad Draco, piénsalo bien.

- ¡Piénsalo bien una mierda!- exclamé furioso. - ¡Potter no entra en la Cámara de los secretos! Primero destruyo éste lugar antes de que ese cicatrizado entre a disfrutar de lo que he creado como si nada.

-Creo que vendría bien recordarte, mi querido Dragón, que gracias a él tuvimos acceso a la Cámara.

Sentí como la sangre comenzó a hervir en mi interior, la ira burbujeaba por todo mi cuerpo consumiendo cada pensamiento racional que pudiera tener.

-¿Qué dijiste? – Roger me miró con seriedad.

-Será mejor que nos dejen solos.- los demás no esperaron que se lo repitiera, salieron lo más rápido que pudieron del lugar, solo quedamos el maldito fantasma, Blaise y yo.

-Draco…- comenzó Blaise.

-¿Te das cuenta que me estás traicionando? – grité mirándolo con reproche.

-¿Y tú te das cuentas que estás actuando como un niño caprichoso? – me respondió el moreno levantándose de la silla, dispuesto a intercambiar más que palabras. Me pasé las manos por el cabello, tratando de enfriar mis ideas.

-Blaise- comencé con mi tono conciliador.- Potty no es una buena idea. Podría correr a Mcgonagall, podría hacer muchísimas cosas en nuestra contra. Tú y yo – le apreté el hombro con fuerza y lo miré directo a los ojos, con toda la seriedad que pude traspasar continué.- podríamos ir a Azkaban. ¡A esa mierda no le importa porque ya está muerto! – Dije señalando a Roger – Pero tú y yo tenemos una vida por delante y muchos bolsillos que vaciar. No permitiré que nadie destruya lo que hemos creado.

-Siempre logras desacreditarme mi querido Dragón. Amo este lugar tanto o más como lo amas tú. Y aunque no lo creas, ustedes son mi familia y los quiero como tal. Jamás permitiría que algo malo les sucediera. – solté un resoplido, nada convencido con su perorata – Con respecto al señor Potter, ya no hay nada que hacer. La invitación fue exitosamente entregada hace unas horas.

Sin poder darle crédito a mis oídos, tomé asiento. Esto era demasiado, demasiado en lo que iba de mes. Primero, me asignaban a Granger para que la desvirgara y en vez de ser la tarea más asquerosa de la vida, resultó ser la mejor experiencia amorosa de mi vida. Segundo, el salón blanco había decidido darme una puñalada por la espalda traicionándome en mi propio juego. Tercero, último y más crucial, Potty vendría a la subasta. ¿Qué estaba pasando con el mundo? ¿Estaba girando en dirección contraria o qué?

Observé la sala de reuniones, los planos que contenían el diseño de la subasta, el calendario que iba a arrancar una vez terminara las fiestas… iba a continuar con mi escrutinio, pero un nombre llamó mi atención.

Hermione Jane Granger

-¿Qué es eso? – pregunté señalando el calendario.

-Ah, me olvidaba mencionarte que la señorita Granger vino a nuestras instalaciones. - ¿Qué?

-¿Para qué? – puedo jurar que si Roger no fuera un fantasma ya estuviese muerto.

-Quiere contratar nuestros servicios.

¡Mierda!

-¿Exclusivos? – la esperanza era un sentimiento al cual no estaba acostumbrado, jamás me había apegado a ella, pero éstas últimas semanas habían sido un caos. Así que no me sorprendió mi reacción al saber que ella había venido, me había buscado, quería pasar tiempo conmigo… ¡Merlín!

-¿Cuándo desea verme?

-Nunca dije que quisiera verte a ti…- esas palabras sellaron mi destino.

H&D

Ingresé al Salón Blanco con sigilo, tan silencioso como me lo permitieran mis piernas. No estaba tan oscuro como esperaba, la luz de la luna alumbraba lo suficiente como para distinguir a mi objetivo entre las sábanas. Allí yacía la sangre sucia, respirando lentamente en un sueño conciliador y apaciguador. No pude evitar quedarme allí parado como un idiota observando el lento ascender y descender de su pecho, el recorrido que hacían sus cabellos castaños sobre la almohada, la frágil forma de su muñeca, el sensual doble de sus dedos. Todo era tan excitante, tan precioso que no quería moverme, no quería existir siquiera porque sentía que eso ponía en peligro su presencia. Ésta era una vista que no me pertenecía, ella era una persona que no pertenecía y mientras más rápido la sacara de mi cabeza, muchísimo mejor. Pero como todo en mi maldita vida había sido una complicación eterna, no era tan ingenuo de pensar que Granger sería algo tan pasajero.

Sin querer perder ni un segundo el espectáculo que me estaba brindado, me senté a unos pasos de la cama y saqué de mi abrigo mi pequeño diario, el que llevaba a todas partes en busca de inspiración y sin más dilación comencé a dibujar. En una hoja solo dibujé sus manos, la forma de sus dedos, la curva tan elegante de su muñeca que hasta ahora me tenía extasiado. En la segunda hoja dibujé parte de su rostro y la forma en cómo su cabello se extendía entre la almohada. En la tercera, dibujé sus labios carnosos, besando con mis dedos su arco de cupido y acariciando con mi pluma la forma tan obstinada de su barbilla.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, absorto en mi obra de arte, en mi musa particular. Pero la verdad es que no tenía ganas de irme. Mi cuerpo me urgía su compañía, me urgía tenderme con ella, rodearla con mis brazos y servirle de apoyo en su sueño profundo. Me rasqué el cuello, pensando que quizás todo esto lo tenía bien merecido por ser un idiota, un niño caprichoso que en busca de llamar la atención disfrutaba hiriendo a otros.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí? – la voz de Roger me despertó de mi letargo, no me giré a mirarlo. No pretendía desperdiciar un segundo en su asquerosa cara cuando la tenía a ella a escasos pasos de mí.

-No lo sé.- respondí.

-Le di una pócima para dormir. Quizás despierte en un par de horas.

-Bien, no ha estado durmiendo mucho que digamos.- dije ausente. Sentí la mirada inquisitiva de Roger sobre mí, así que le respondí con un suspiro.- Ha tomado más cursos de los que debería, ha estado haciendo un montón de cosas no sé por qué razón. Apenas tiene chance de comer.

-Lo dice el alumno que menos visita el comedor.- rodé los ojos ante la ironía de su comentario.

-Me dijo que estaba muy flaco.- dije a modo de explicación. Roger asintió con una sonrisa. - ¿Hablaste con ella?

-Sí, lo hice.- al ver que no pretendía darme una respuesta más satisfactoria, decidí no seguir presionándolo. Al cabo de unos segundos continuó.- Draco, no creo que sea buena idea que afiances tu relación con la señorita Granger. – Tragué saliva nervioso.- Podría poner en peligro tu trato con las demás clientes y tu trabajo en éste lugar.

-Tuviste que pensar en eso antes de asignármela, no después.- respondí con amargura señalando la marca de mi cuello.

-Esa marca puede que sea algo temporal, no sabemos qué reacción desencadenaría si sucumbes a tus impulsos con la señorita Granger. En vista de esa situación, le sugerí a otro amante. – mierda, mierda, mierda…

Me levanté del suelo de golpe. No quería escuchar esto, no podía. El maldito de Roger era incapaz de entender cómo mis sentimientos se encontraban cuando se trataba de ella, era un maldito incordio. Con un nudo en la garganta, salí de la habitación por el balcón hacia el bosque. El frío de la noche golpeando en mi rostro fue lo suficiente para evitar que no me pusiera a llorar como un marica en medio del bosque. Tuve que controlarme para no regresar a Roger de rodillas suplicándole que no la cediera a otro, la idea de imaginarla con otro hombre era demasiado asquerosa, demasiado dolorosa para soportarla. Así que mi único medio de expresar mi frustración fue caminar como un león hambriento en busca de una cura a este mal que me estaba desquiciando. Me sumergí en medio del bosque, huyendo de ella, huyendo de Roger, huyendo de mí mismo, sabiendo que era inútil. Podía sentir al maldito de Roger a mis espaldas.

-Draco…

-Por Merlín, ¿Qué quieres de mí? – solo en dos ocasiones había escuchado mi voz de esa manera, apretada, sin fuerzas, forzada a salir cuando lo menos que quería era ser oída. La primera fue cuando Voldemort me pidió que matase a Dumblendore, ésta era la segunda.

-Quiero que te controles, no, no quiero. Necesito que te controles, necesito al antiguo Draco de vuelta y lo necesito ahora. Negocios son negocios, no puedes encapricharte por algo así de la nada, no puedes ser tan obsesivo.

Me eché a reír con amargura.

-Escúchame bien maldito bastardo, no hay nada que más quisiera que regresar a ser yo mismo. Pero todo esto es tu maldita culpa. Tú fuiste quien me la asignó, no yo. Jamás pedí acostarme con una virgen y menos si se trataba de ella.

-Entonces ¿Qué pretendes hacer? ¿Correr tras sus faldas en cualquier oportunidad? ¿Decirle que su querido Dragón es nada más y nada menos que Draco Malfoy en persona? ¿Ser su novio? – dicho de esa manera sonaba tan absurdo, tan fuera de contexto que lo único que pude hacer fue correr hacia él con un grito de frustración e inútilmente caerle a golpes. Su mirada no cambió, era la misma mirada de acero, implacable y determinada. Era la faceta que pocos conocían pero que yo sabía de primera mano.

-No voy a permitir que te delates al frente de la bruja más inteligente de Howgarts. Tampoco voy a permitir que pierdas la cabeza por un simple capricho que se te ha metido entre ceja y ceja…- su voz sonaba furiosa, pero no detuve mis estocadas, por nada lo haría. – Tú estás preocupado por Potter, pues yo estoy preocupado por ti. Así que más te vale que domines tu pequeña obsesión, porque después de la Subasta, estarás increíblemente ocupado con los nuevos clientes. Y no creas por un minuto que voy a prescindir de mi mejor prostituto para dárselo en exclusividad a una niña mocosa que anda creyendo en pájaritos preñados.

Roger desapareció. Continué golpeando el espacio que había ocupado sin detenerme, soñando que era su cuerpo al que infringía daño, soñando que estaba dolorido y ensangrentado por mi causa. Agotado, me tiré al piso con la respiración acelerada.

Yo tenía un pacto con Roger, uno que había hecho hacía mucho tiempo a causa de mi propia ingenuidad y orgullo. Sí, yo era el dueño de éste lugar, pero él era quien gobernaba y a pesar de que muchas veces no estaba de acuerdo con sus decisiones, eventualmente cedía porque veía la razón en ellas. Pero ésta vez no iba a sucumbir tan dócilmente.

Granger era mía. De nadie más. Primero moría antes de ver a otro bastardo usurpar mi lugar en su cuerpo.

Decidido, me levanté. Arreglé mi chaqueta, eché mi cabello hacia atrás, limpié el sudor de mi frente y observé el balcón del salón blanco donde dormía mi pequeña sangre sucia, ingenua, sin tener idea de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. En ese momento me hice una promesa, si estar con ella requería tejer una telaraña de mentiras, pues eso es lo que haría. Roger y los demás podían joderse de lo lindo, pero no estaba dispuesto a ser el peón en el tablero, ésta vez, yo sería la mano que moviera las piezas a mi propia voluntad…

CONTINUARA