Capítulo 11

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La idea del romanticismo que tenía Himiko no era la común, pero se había habituado rápidamente a ella y mentiría al decir que no la encontraba interesante. No distaba mucho de la regla general, había citas y le gustaban demasiado los arrumacos de los que él tanto huía, y aunque tenía pasatiempos que cualquier otra muchacha de su edad tenía, su idea de diversión no era del todo aburrida o insulsa… y no era normal.

Decir que era una degenerada era poco.

Arrastró la guadaña por el suelo y miró a su alrededor, recargando su puño libre en la cintura, mientras miraba a la chiquilla que lo observaba con ensoñación. En momentos le asustaba lo acostumbrado que estaba a ella a esas alturas, pero ya no podía seguir fingiendo que no le subía un poco el ego la manera en que ella parecía adorar incluso el aire que lo rodeaba… era exagerado y podía volverse en su contra rápidamente, pero nadie podía renegar de un poco de atención.

—¿Satisfecha? —inquirió, ignorando el dolor de sus heridas.

Himiko asintió una sola vez, sus ojos seguían el hilillo de sangre que le escurrió de los labios al abrir la boca.

Sonrió de lado y se echó el cadáver al hombro. —Aquí termina la cita de hoy…

—¿Ya te vas? —apresuró, saliendo de su ensueño y poniéndose en pie.

—Tengo que entregar el cuerpo para que cobren la recompensa antes de que se empiece a descomponer —explicó, por primera vez.

—Pero aún estás sangrando.

—No me voy a morir —le recordó, ligeramente fastidiado… la atención comenzaba a volverse en su contra.

—Quédate.

—No.

Acortó la distancia entre ellos y acercó la mano a la herida del abdomen, con la clara intención de clavar los dedos en ella, pero la mano de Hidan se apretó alrededor de su muñeca, tan fuerte que los nervios de sus muñecas no tardaron en protestar por la presión, podía sentirlo en las puntas de los dedos.

Hidan tiró con facilidad de ella, acercándola a su rostro. —Prometiste no interferir con mi trabajo.

Miró los ojos violetas en silencio y luego bajó la mirada por el rostro, intentando no mirar directamente la mancha de sangre con la que había estado soñando momentos antes. Asintió al llegar a su barbilla y clavó la mirada en el suelo.

—¿Vas a tardar mucho? Podríamos desayunar juntos…

Se rascó la frente con la uña de su pulgar, violentamente, y apretó los dientes para no espetarle alguna estupidez. Se pasó la lengua por los dientes e inspiró, lentamente, aunque aquello realmente no se deshizo de las ganas que tenía de mandarla lejos de un golpe. Se daba asco a sí mismo por lo que estaba a punto de hacer… consciente de que Himiko solo quería lamerle las heridas y que tenía días queriendo pasarse de la raya.

—Bien… volveré para la hora del desayuno —arrastró, mirando más allá de ella.

Aplaudió emocionada. —¡Desayunaremos en mi apartamento!

La miró en silencio y asintió al verla alejarse con sus pasos saltarines. Recargó el brazo en su guadaña y metió la otra mano en el bolsillo de su gabardina, sintiendo la capsulilla que llevaba consigo desde que confirmara que la guardia de Himiko caía durante las citas; observó la espalda en silencio y cuando la muchacha se giró para mirarlo, le dedicó una sonrisa que no alcanzó sus ojos y se despidió de ella con un gesto de la mano, ganándose un gesto de sorpresa que le indicaba la existencia de un sonrojo.

Desencajó la quijada.

La pesada placa de metal hizo su habitual sonido y cuando dejó de escuchar ecos y estuvo consciente de que la chiquilla había desaparecido, caminó en sentido contrario y se encontró con una mirada roja apenas girara para tomar otra dirección y entrar en otro de los túneles. Tuvo cuidado de no hablar o reaccionar, pues los ecos viajaban por kilómetros ahí dentro y pronto confirmó el silencioso andar de Itachi, que jamás emitió un solo eco al caminar.

—No puede escucharnos —dejó salir el portador de las pupilas rojas, que giraron lentamente, perdiendo el brillo y volviéndose oscuras de nuevo.

—¿Pudiste hacer contacto visual con ella?

—En estas condiciones, no, pero ya la conozco… dame dos días.

—Es astuta.

Itachi enarcó una ceja, como toda respuesta de inconformidad ante la aparente desconfianza que había en sus habilidades, y desapareció de ahí, dejándolo envuelto en una ráfaga de plumas negras que cayeron lentamente a su alrededor. Tomó una que se pegó a la herida que tenía en el pecho y la observó en silencio, guardándola después en su bolsillo… podría dársela a la mocosa como obsequio luego.

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Se detuvo justo frente a la puerta del apartamento, sabía que se ganaría pucheros y reproches ante su apariencia aseada, pero esperaba que la herida aún sangrante en su abdomen fuera suficiente para deshacerse del inconformismo. Llamó con un par de golpes y luego de unos segundos de espera la puerta se abrió, el olor del interior le llegó a las fosas nasales, todos los aromas que había percibido en la mocosa se encontraban ahí dentro, por primera vez pudo confirmar su verdadero olor, concentrado e impregnado en cada superficie.

Sonrió.

—Hice panqueques esponjocitos —anunció, saltarina, dirigiéndose a una esquina donde mantenía un diminuto refrigerador e utensilios eléctricos de cocina.

El olor dulzón de los panqueques también inundaba el lugar.

Observó con atención cada detalle mientras la escuchaba renegar de que hubiera tomado un baño y no se molestó en tranquilizarla pronto. Si no fuera por el foco encendido, ahí dentro reinaría una oscuridad a medias gracias a que la ventana daba a un muro… aquello que había ahí atrás no podía llamarse callejón, a menos que fueras delgado y escurridizo como un gato.

Su frente sintió un golpecito y le sorprendió encontrar un colguije ahí arriba que servía para atrapar el sol que nunca entraba ahí, golpeó con uno de sus dedos el cristalillo que pendía y vio los cortos reflejos de colores escurrirse por las superficies. Sus ojos le prestaron atención a la estantería que había junto a la cama; la variedad de objetos al inicio parecía normal, había listones, peluches, prendedores, guantes, gorras y demás, cosas baratas en su mayoría… pero los frascos que había a lado, detrás o debajo de las cosas estaban llenas con conservas de partes humanas.

Ojos, lenguas, orejas, dedos y manos, órganos incluso.

Himiko dejó los platos en la mesa y su rostro serio se volvió sonriente al ver la mirada de Hidan clavada en su estantería. Se acercó a él lentamente y dejó salir una risilla, cuando al tocarlo este pegara un ligero respingo.

—¿Te gusta? —murmuró.

La observó fijamente unos momentos y luego volvió la mirada a la estantería. —¿Es tu muro de trofeos?

Negó suavemente, aferrándose a su brazo y recargando la cabeza en él. Dejó salir un pesado suspiro y caminó hacia allá, subiendo a la cama y tomando un frasco que descansaba debajo de una gorra. Los globos oculares se movieron tranquilamente, flotando dentro del líquido, con los nervios siguiéndolos como las colas de los renacuajos. Se llevó el frasco a su pecho y sonrió un poco, acariciando la tapa sellado hacía ya unos cuantos años.

—Son los ojos de mi mejor amigo —susurró después, mostrándole el frasco. —¿Te gustan? Eran hermosos, pero con el tiempo han perdido color… brillaban con un rosa intenso muy bonito…

Le dejó el frasco en la mano y luego tomó una mano seca en la que descansaba un anillo que dudaba fuera del estilo de Himiko.

—Ella era mi niña favorita, aspiraba a ser héroe… quería conocerla mejor… —se lamentó, acariciando suavemente la mano.

—Es un lindo memento —murmuró, sarcástico, devolviéndole le frasco. —Es original, no todos tienen un mausoleo en sus casas…

Himiko sonrió ampliamente entonces, una sonrisa sincera que no estaba teñida de nada más que tranquilidad. Eran pocas las personas que no la criticaban por ello. Dejó sus mementos en su sitio y volvió a lado de Hidan, enredándose de nuevo en su brazo.

—¿Verdad que no es malo? —susurró.

Hidan enarcó una ceja y luego la miró, sonriendo… quizá seguiría su ejemplo. Le acarició el rostro con cuidado, quitándole el cabello de las mejillas.

—No, no lo es… es muy buena idea, de echo.

Guardaría su estúpida cara sonriente en un frasco.


Viernes, 21 de mayo de 2021