¡Hola a todas! Lamento muchísimo la tardanza, finalmente me operaron y la verdad no tenía muchas ganas de sentarme a escribir. Finalmente cuando me senté, estaba tan bloqueada en la vida que todo lo que escribía no me gustaba y terminaba borrándolo. En fin, aquí está el capítulo, espero que les guste.

Un abrazo.

HERMIONE GRANGER

Lo que esconde un Malfoy

Nunca me había parado a pensar en el poder que poseemos las mujeres. Siempre había creído con eterna convicción que los hombres eran inmunes a ciertos encantos, sobre todo a mis encantos. Sin embargo, desde aquella noche con Dragón hacía casi un mes atrás, algo se había transformado en mi interior. Era una sensación que no había sentido anteriormente y que lograba comparar con una luz, amarilla, brillante e incesante en todo el centro de mi pecho. La luz me brindaba la seguridad de la que siempre había carecido, la luz me hacía sentir femenina y lograba sacar de mi interior a la chica atrevida, la chica que se creía y se hacía sentir irresistible.

Mi físico no era algo que me enorgullecía, de hecho, siempre había luchado con mi autoestima, siempre había reprochado mi falta de belleza, siempre había odiado lo invisible que parecía ser a los ojos masculinos. Mis inseguridades eran como un laberinto, nunca parecían terminar, un camino llevaba a otro, otro camino lindaba con otro, convirtiéndose así en un enredo enorme del cual no podía salir. El único reflejo de ello era mi incesante actividad, mi incesante búsqueda de ser mejor que los demás. Los ciegos confundían esas cualidades con arrogancia, pero yo no me engañaba. Estaba lejos de ser arrogante, estaba lejos de ser creída. Tristemente, lo único que necesitaba era atención en algo que sí resaltaba, en algo en lo que sí servía…

Por eso, ver la reacción de Malfoy ante mí cercanía fue un descubrimiento bastante… excitante. Admito que dármelas de seductora no era un juego demasiado atractivo para mí, primero porque me sentía incapaz de seducir a alguien y segundo porque creía que carecía de las cualidades básicas para hacerlo.

Ginny una vez me había dicho que tenía que dejar fluir mis feromonas para atraer a miembros del género opuesto, me dijo que necesitaba liberarlas para que los hombres pudieran olerlas y acercarse, de lo contrario, nunca se sentirían lo suficientemente interesados. Presté atención a cada una de sus palabras, anotándolas en mi corazón y sellándolas en mi mente; Merlín sabía que algo de verdad deberían tener porque la pelirroja era famosa entre los chicos, toda una rompe corazones, y aunque me negara a ser como ella y romperle el corazón a alguien, (especialmente si ese alguien fuera tan dulce como Harry), tenía esa curiosidad inherente a toda mujer, esa necesidad de saber qué se sentía ser deseada, qué se sentía seducir de manera exitosa.

Pero jamás, ni en mi sueños más alucinantes esperé soltar mis feromonas precisamente con Draco Malfoy, y mucho menos soñé que funcionara. Eso había sido una verdadera sorpresa.

La verdad es que ni siquiera lo planeé, todo salió solo. Quizás todo fue causa de su repentina cercanía, o del el simple hecho de que Draco Malfoy encendía mi curiosidad; y aunque él era hombre, siempre había mostrado reticencia hacia mí persona, asco incluso. Pero ese día, al ver la forma en que me miraba, la forma en cómo se acercaba a mí y el letargo que parecía haberlo impregnado, no pude evitar sentirme hermosa, deseada y con ganas de seducir. Lo veía como un juego, parecido al gato y el ratón. Yo daba, yo sugería, pero él actuaba. Era sencillo.

Evidentemente, no iba a avanzar más de ahí. Era Malfoy, por Merlín. Sin embargo, una sensación de éxito rotundo me había impregnado al ver cómo se decepcionaba al decirle que apestaba. Cierto poder femenino se había adueñado de mí ser y me sentía como la reina del mundo, como si nada me fuese imposible. Finalmente, me sentía bella y capaz de ser deseada, hasta por mi peor enemigo.

No sabía si debía mi nueva libertad al hecho de que ya no era virgen, o a la persona que me la había quitado, pero lo cierto era que veía las cosas con un matiz diferente, e incluso me sentía diferente. Me sentía curiosa con éste nuevo poder que parecía poseer, y estaba segura que si lograba afectar a alguien como Malfoy, pues tendría la habilidad de afectar a cualquiera… ¿Sería posible? ¿Estaría dispuesta a probarlo?

Suspiré al sentir el fuego del desafío correr por mis venas, haciéndome estremecer levemente.

-¿Tienes frío? – me preguntó Malfoy girándose con el ceño fruncido. No le respondí inmediatamente. Simplemente me quedé sentada, observado como sacaba una mochila y la llenaba de algunos suplementos que pudiéramos necesitar en nuestra cacería. La verdad es que tenía rato sumida en mis propios pensamientos, a veces, escuchaba que Malfoy me decía algunas cosas, pero yo lo ignoraba, proporcionándole algunos sonidos distantes que le informaran que de cierto modo, le estaba prestando atención.

Un cosquilleo se adueñó de mi pecho mientras las comisuras de mis labios se estiraban levemente. No era necesario que me viera en un espejo para saber que mi cara expresaba a la perfección que estaba tramando algo.

Finalmente, negué con la cabeza. Malfoy me miró preocupado por unos segundos para luego volver a la tarea que lo ocupaba anteriormente.

-Malfoy…- me sorprendí al notar que mi voz sonaba sugerente, extraña incluso para mis oídos, pero sobre todo, mi voz sonaba natural, como si hubiese sido entrenada para seducir. No sabía si mi pequeño experimento funcionaría o no, ni siquiera quería pensarlo demasiado, porque si lo hacía mi repentina valentía se extinguiría en un infinito mar de inseguridad.

-¿Mmm? – ni siquiera se giró a mirarme, pero no dejé que eso me decepcionara.

-¿Algunas vez has probado los servicios de ese tal prostíbulo? – noté que su espalda se tensaba ante mi inocente pregunta, observé abstraída la forma en cómo su cuello, alto y masculino, se giraba para encararme. Mi mirada viajó hacia sus ojos, los cuales descubrí observándome con recelo. Sonreí notando que me gustaba ese papel de seductora enigmática.

Las cejas de Malfoy eran pobladas y ligeramente oscuras, sus pestañas también tenían un tinte parecido, quizás un poco más claro, pero sus ojos eran definitivamente los que llamaban la atención. Parecían dos témpanos de hielo reposando en el mar en pleno amanecer, en el momento justo en el cual el cielo está nublado, dónde ni siquiera se han manifestado la gama de colores en el firmamento. No sabía descifrar si me gustaban o no, pero me sorprendí ante el hecho de que escasamente lo había mirado a los ojos. La verdad es que escasamente teníamos una conversación decente, sin insultos y hechizos volando entre nosotros. Pero algo tenía seguro, ya no le tenía recelo a Malfoy, quizás nunca se lo tuve porque simplemente lo tomaba como un niño caprichoso, uno que no descansaba hasta obtener lo que quería y quitárselo injustamente a los demás, llanamente un niño inmaduro y consentido, para nada peligroso.

Últimamente, muchos miembros del castillo e incluso del profesorado, lo consideraban como un ser indómito, de cuidado. Nadie sabía cómo actuar con él y en un acto de desesperación, la Directora me había implorado que le hablara, o que le prestara un poco de compañía. De eso ya hacía bastante tiempo, y la verdad nunca me detuve a pensar en ello o a intentar concederle su deseo. Sin embargo, no me era desapercibido que últimamente nos encontrábamos en casi todos lados y aunque él fingía indiferencia hacia mí, había algo que me indicaba que no me dejara llevar por esa fría apariencia. Quizás esa era la simple razón por la cual había accedido a ayudarlo en esa loca excursión cazando a unas bestias asquerosas.

Su mirada seguía posada sobre mí, interrogante, ignorante ante mis turbulentos pensamientos. Di un paso hacia él y me causó gracia verlo retroceder levemente.

¿Qué escondía Draco Malfoy? ¿Qué hacía encerrado en su habitación por tanto tiempo? ¿Por qué decían que estaba deprimido?

Esa y miles de interrogantes se agolpaban en mi cabeza, demandando una respuesta que era imposible otorgar. Sabía que él no confiaba en mí, yo tampoco lo hacía, sin embargo, sentía cierta afinidad con su forma de ser tan taciturna. Sin proponérselo, Malfoy se estaba convirtiendo en un enigma bastante interesante, que estaba despertando mi curiosidad, y cuando eso sucedía, nada era lo suficientemente poderoso para apagarla.

-¿A qué viene esa pregunta? – cada sílaba venía impregnada con un fuerte sentimiento de sospecha. Sus ojos, eran dos rendijas que me miraban fijamente, tratando de encontrar el señuelo de mi interrogatorio.

Me encogí de hombros con soltura y me acerqué más a él.

-Simple curiosidad.- admití ladeando la cabeza y ofreciéndole una sonrisa inocente.

Malfoy alzó una ceja, un gesto lo suficientemente arrogante como para hacerme soltar una carcajada, pero me contuve, continuando con mi calmada fachada.

-Tu curiosidad está empezando a molestarme.- solté una risita.

-¿Por qué? – insistí con desenvoltura, sorprendiéndome por la facilidad en la cual se me ocurrían los argumentos para romper sus fastidiosas defensas.- No considero que te esté preguntando algo demasiado insólito. Después de todo, has visitado el lugar.

-¿Y qué te hace pensar que te diría algo así? – preguntó cruzándose de brazos y mirándome con el ceño fruncido.

-Creo que ya hemos pasado las formalidades de hurón y sangre sucia. – dije rodando los ojos ante su respuesta. – Estamos en medio del bosque prohibido a punto de cazar a unos bichos asquerosos, lo cual significa que tenemos confianza el uno del otro. Somos un equipo. – afiancé mis palabras tocando mi pecho y luego tocando el suyo. Malfoy se encogió ante mi contacto, pero no apartó mi mano, yo tampoco lo hice y experimenté con cierta algarabía que su piel irradiaba calor, un calor abrumador y pegajoso que se infiltró en cada célula de mi cuerpo sin mucha dificultad. – Además…- continué como si nada – Te estoy ayudando en esto, merezco una explicación más extensa.

Lentamente, el rubio se descruzó de brazos y dio un paso hacia mí. Mi brazo se flexionó y mi mano se abrió, provocando que mi palma estuviera en pleno contacto con su pecho desnudo. Me quedé ensimismada, mirando como nuestras pieles se tocaban. Me pregunté si su sangre estaría burbujeando de asco ahí donde lo estaba tocando. El pensamiento casi me sacó una sonrisa.

-Como ya hemos pasado las formalidades de hurón y sangre sucia…- comenzó Malfoy con la voz baja, ronca y con un extraño tinte que no pude descifrar. – ¿por qué no me respondes algo…?

-La que comenzó con las preguntas fui yo. – alcé la mirada para encontrarme con la suya. Traté de buscar alguna emoción en sus facciones, pero su piel permanecía muda ante mi escrutinio, sus ojos eran dos pozos en perfecto estado de calma y tranquilidad.

-Ambos podemos jugar al mismo juego Granger.

Nuestras miradas se encontraron irradiando desafío y orgullo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder ante el otro, haciendo de una manera retorcida, más interesante nuestra pequeña competición. Los segundos pasaron sin hacer que la tensión que nos rodeaba disminuyera, sino procurando todo lo contrario. Sintiendo mi caída, Malfoy sonrió lenta y expertamente, sabiendo que mi curiosidad era más grande que cualquier cosa.

-Si respondo tu pregunta, la que sea que tengas pensada…- comencé dubitativa.- ¿Responderás la mía?

-¿Eres incapaz de responder con un simple sí o no?

-¿Responderás mi pregunta?- insistí ignorándolo. Él suspiró y asintió.

-¿Por qué te interesa tanto saber de mi vida sexual? – me preguntó seriamente, sin rastro de burla en su tono, solo simple curiosidad.

Me quedé en silencio, sin saber qué responder. ¿Por qué me importaba? ¿Qué ganaba con saber si Malfoy había echado una cana al aire en La Cámara? ¿Qué cambiaría? Absolutamente nada. Mi pregunta había sido hecha para atraerlo a mi red, no para tener un trasfondo.

-¿Sabes Granger? Hasta alguien con un cerebro del tamaño de un camarón podría darse cuenta que me estás provocando.- su mano, más grande que la mía y muchísimo más poderosa se cerró sobre mi muñeca. Esperé que me apartara de su cuerpo, pero no lo hizo, su tacto no era brusco, no había dominancia en su gesto, simplemente presencia. – Lo que no puedo terminar de entender es el propósito.

-Estoy tratando de hacer un pequeño experimento.- admití con osadía. Malfoy alzó una ceja arrogante.

-¿Qué exactamente quieres experimentar?

No respondí, simplemente observé el modo en como nuestras pieles se unían. Fruncí el ceño ante la sensación de pertenencia que me asaltó de repente. ¿Qué nos estaba sucediendo? ¿Qué me estaba sucediendo?

Me aparté de él bruscamente, abochornada por lo que acababa de hacer, por lo que sin duda alguna había estado dispuesta a hacer. Sentí mis mejillas ardiendo, así que le di la espalda con el pretexto de beber un poco de agua para que no notara mi sonrojo. Esperé que me ignorara, esperé que dejara el tema ir, hasta incluso esperé otro insulto de su parte; sin embargo, jamás esperé que se acercara a mí, o que su altura se alzara sobre mí como un manto oscuro, uno que estaba despertando nuevas ansias en mi interior.

-Me estoy convirtiendo en una cualquiera…- susurré casi sin voz.

-¿Qué dijiste? – el cálido aliento del rubio me acarició la sien. No nos estábamos tocando y sin embargo… sin embargo sentía que me acariciaba, sentía una atracción sin medida que sólo había experimentado una vez en mi vida. – Granger, creo que necesitas ir a la enfermería. Piensas demasiado.

Sus palabras cayeron sobre mi cuerpo como un balde de agua fría.

Sin decir nada más, se apartó y continuó con su tarea como si nada. Suspiré, diciéndome a mí misma que era lo mejor, esperando con todas mis ansias que no se hubiese dado cuenta acerca de lo estúpida que era. ¡Merlín! ¿En qué estaba pensando? Sacudí la cabeza, tratando de deshacerme de tantos pensamientos que me asaltaban de improvisto. Lo mejor era que me sacara de la mente eso de la seducción y esa tontería de creerme Helena de Troya. No lo era, nunca lo sería, y aunque Dragón me había hecho sentir como una mujer preciosa y deseada, no significaba que los demás me vieran igual, sobre todo si esa persona era Draco Malfoy. Quizás ese momento de letargo que había visto había sido una confusión por mi parte, quizás era asco lo que había en su mirada, quizás se acercaba para jugar conmigo… No lo sabía y tampoco pretendía perder el tiempo pensando en ello.

Con un suspiro, tomé asiento en la silla que ocupaba anteriormente y apoyé mi barbilla en la palma de mi mano. Me sentía la persona más estúpida de la tierra. ¿Cómo se me había ocurrido intentar seducir a Malfoy? ¡Ni siquiera me gustaba!

-Estoy listo…- me giré para observar a mi oxigenado compañero que era inmune a mis encantos, colocarse la mochila sobre la espalda. Se había puesto una chaqueta y con la barbilla me señaló otra, encima del catre. Levantándome me acerqué al lugar y me la puse, sintiéndome un poco mejor.

H&D

Ingresé en la cueva con el corazón en la garganta, tenía los ojos abiertos y miraba frenéticamente a todos lados buscando a mis atacantes, sin embargo, todo estaba tan silencioso que no presagiaba nada bueno. La cueva en la que estaba era enorme, y bifurcaba hacia varios caminos, tomé el que olía terriblemente mal.

-Lumus- susurré caminando hacia la profundidad del lugar. A cada paso, el olor se iba haciendo cada vez más insoportable, así que haciendo una mueca de asco, me coloqué la mano en la nariz. Finalmente, luego de varios minutos, llegué a la guarida de los gusanos gigantes.

Me quedé parada en el mismo sitio dónde los había encontrado. Tragando saliva alcé la varita y apunté a uno de los gusanos que yacía profundamente dormido en un lecho de hojas de Magnoliums junto con sus hermanos y grité con todas mis fuerzas.

INCENDIO! – La ráfaga de fuego salió con presteza de la punta de mi varita, incendiando no a uno, sino a dos de los gusanos de la pequeña camada. Retrocedí un paso al escuchar los terribles chillidos de las bestias que se retorcían en medio de la llamarada de fuego que les había lanzado. El mayor de ellos y el asesino, se despertó retorciéndose, agitando su nariz roja mientras olfateaba el aire, dio un paso con su viscoso cuerpo y puedo jurar que me miró, porque profirió un rugido enorme, uno que jamás pensé que pudiera salir de su cuerpo. Los chillidos de sus dos hermanos finalmente habían dimitido, con asco observé sus cenizas en medio del nido. Los demás se acercaron para oler a los hermanos caídos, mientras que el mayor seguía con su nariz roja apuntando a mi dirección.

-Si idiota, yo maté a tus hermanitos.- dije extendiendo el brazo una vez más. El gusano dio otro paso hacia mí, y aproveché la oportunidad de lanzarle otro hechizo, ésta vez, otro de sus hermanos lo agarró y sus chillidos fueron más grandes que las dos primeras víctimas.

Eso fue suficiente.

Con un rugido de furia los dos gusanos restantes salieron corriendo tras de mí, no esperé dos segundos para salir corriendo, me giré para corroborar de que las bestias siguieran detrás de mí, satisfecha al verlas a dos metros de distancia, apuré el paso y salí de la cueva.

Inmediatamente, el hechizo de Malfoy me levantó en los aires. Los gusanos comenzaron a mover desesperados sus narices rojas tratando de encontrarme, pero sin éxito a la hora de alcanzarme. Malfoy no perdió tiempo, su hechizo me impulsó en lo profundo del bosque y asustada a punto de pegar chillidos, me balanceé entre las líneas del aire y entre las copas de los árboles con los gusanos en el suelo haciéndome cacería.

-Merlín, permite que Malfoy consiga el bendito cascarón. – supliqué a los cielos observando la sombra del rubio sumergirse en las profundidades de la cueva.

Mi viaje por los aires continuó hasta que finalmente llegué al árbol en el cual nos habíamos escondido horas antes. Aterricé con elegancia, a pesar de mis nervios y agucé el oído para ver si podía escuchar a mis perseguidores en lo profundo del bosque, pero los había dejado atrás hacía unos minutos. Así que haciendo rápidamente unos hechizos de protección, ingresé al árbol a esperar a Malfoy.

Con las manos temblorosas por mi incómodo viaje en las alturas, me serví un poco de agua y bebí con desenfreno. Con un suspiro, me senté en el catre y solté una risita. ¡Merlín! ¿Cuánto tiempo había pasado sin tener una aventura de este estilo? La verdad es que desde la muerte de Voldemort, nuestras vidas se habían regulado hasta convertirse en una aburrida rutina. La única acción que había tenido fue mi viaje hacia la Cámara de los secretos, del resto, todo era tan normal, tan aburrido que no me había dado cuenta lo mucho que extrañaba la emoción de una aventura, de una escapada por el bosque prohibido. Se había convertido un hábito romper las reglas, así que era extraño convertirme en la alumna respetuosa que hacía mucho tiempo pretendía ser. Aunque siendo honesta, jamás esperé que mi compañero de aventuras fuera Malfoy precisamente.

Eché un vistazo a mi reloj y corroboré que habían pasado diez minutos desde que aterrizara en el árbol. ¿Dónde rayos estaría Malfoy?

Recordé con fastidio sus palabras:

"En caso de que no regrese en media hora, vete al castillo y no le digas nada a nadie. ¿Entendido?"

Me había negado rotundamente, por supuesto, pero el muy astuto me había hecho prometerle que lo esperaría media hora y si no regresaba me iría. Bueno, faltaban veinte minutos…. Y en caso de que no llegara, iría a buscarlo.

H&D

Los estúpidos treinta minutos habían pasado. ¿Dónde miércoles estaba Malfoy?

Ya para esas alturas, había ordenado la pequeña estancia, arreglado el catre, había ido a dar varias vueltas alrededor del árbol para ver si lo conseguía y nada, nada, nada.

Con un resoplido, me senté en una rama del nogal y observé la oscuridad del bosque ante mí. Esa noche hacía frío, así que me envolví mejor en una manta gruesa que había encontrado y empecé a comerme las uñas. Los nervios me estaban consumiendo y cada pensamiento, cada suspiro iba dirigido a mi compañero de aventura y su desaparición.

Miré el reloj por enésima vez. Habían pasado cuarenta minutos y la bestia de Malfoy no había regresado. Los peores escenarios empezaron a reproducirse en mi mente como si de una película se tratase. ¿Y si la madre de las crías había regresado? ¿O si ese hermano caníbal se lo había comido? ¡Merlín! ¿Qué iba a hacer ahora? ¡No podía dejar a Malfoy solo! Seguramente me necesitaba, seguramente el cascarón era demasiado pesado… ¡Merlín!

Me puse en pie, decidida a regresar a la cueva a averiguar que rayos estaba ocurriendo, era eso o quedarme allí sentada como la propia inútil sin hacer nada, y todos saben que no soy demasiado buena en eso de "no hacer nada", pero justo cuando iba a emprender mi camino, un resplandor tornasolado que provenía de los huecos entre los árboles capturó mi atención; observé con curiosidad una figura que apareció entre la niebla de la noche, con el corazón en la garganta vi a Malfoy caminando hacia mí.

El paso del rubio era triunfante, arrogante incluso, típico y digno de un Malfoy. A pesar de que estaba sucio, con el cabello desordenado y el abrigo echo jirones, se veía tan seguro y regodeado de sí mismo que fue imposible para mí no sonreír. Al verme, una sonrisa arrogante se dibujó en sus labios y eso fue incentivo suficiente para desbocar a mi corazón preocupado. Detrás de él venía flotando el precioso cascarón que nos había traído hacia lo profundo del bosque y hacia las asquerosas criaturas.

Incapaz de contener mi emoción, y preocupada por el vaho que salía de su nariz por causa del frío, salí corriendo y me le tiré encima en un abrazo que lo dejó patidifuso.

-¡Ya estaba a punto de ir a buscarte! – le dije a modo de reproche, los brazos del rubio tardaron en posarse a mi alrededor y cuando finalmente sucedió el frío de la noche se trasformó en un calor bien recibido que me recorrió entera. Con un poco de esfuerzo, intenté abrigarlo con mi manta, para que no pasara más frío.

-Creo haberte ordenado que te fueras después de media hora.- su voz no sonaba molesta, de hecho, sonaba divertida.

-No soy demasiado buena recibiendo órdenes.

-Vamos adentro, me estoy muriendo de frío.- cuando me depositó en el piso, fue que noté que había estado suspendida entre sus brazos. Me sonrojé y traté de desviar la atención de ese hecho dándome la espalda e ingresando al árbol. Una vez dentro y a salvo, expuse mi encanto. - ¿Por qué demonios te tardaste tanto?

Él no me respondió al momento, se sirvió un poco de agua y bebió con afán, luego se apoyó en la mesa y me miró con interés.

-No conseguía el caparazón. Al parecer el naturalista que escribió el libro que leí acerca de los gusanos, se equivocó estableciendo que los caparazones estaban a simple vista.- mientras hablaba, Malfoy se subió los pantalones y finalmente se quitó el abrigo destruido, bajó la vista hasta su abdomen e hizo una mueca al ver una herida. - Lo tenían enterrado. Cuando finalmente lo conseguí, apareció la mamá, no estaba contenta con los regalitos que le dejaste. – sonreí y me acerqué para revisar la herida, Malfoy se apartó.

-Estoy bien, un pequeño rasguño. – lo miré para nada convencida.

-¿Te lo hizo el gusano? – él negó con la cabeza

– El cascarón.

-Igual, déjame curarte…

-Granger estoy bien.- dijo apartándose un poco.

-¿Sabes lo preocupada que me tenías? – Le reproché dándole un pequeño golpe en el brazo.- No hallaba qué demonios hacer, y se me ocurrieron miles de formas de morir por causa de un gusano gigante y venenoso. Así que te vas a quedar tranquilo y me vas a dejar revisar tu herida. ¿Entendido? – dije imitándolo. Él rodó los ojos y asintió quitando la mano del lugar lastimado.

La verdad, la herida no era demasiado profunda, pero sí larga y había botado mucha sangre, levantando mi varita, hice un hechizo y ambos vimos cómo se borraba la línea carmesí.

-Gracias.- soltó entre dientes. – Creo que es hora de regresar al castillo.

Asentí. Demasiadas emociones para una sola noche…

CONTINUARA