DISCLAIMER: La gran mayoría de los personajes y lugares le pertenecen a Hajime Isayama. Los nuevos personajes que aparecen son de mi autoría. Este fic va dedicado para Fernanda Ballardo, Sofía Smith, Cinthya Valdéz y Diamond Zacharius.
ÁNGEL DE LA GUERRA
Prueba de carácter
El lejano trino de los pájaros anunció el inicio de un nuevo día. Arropada sólo con una sábana delgada, Nanaba despertó al mismo tiempo que tocaban la primera campanada en el cuartel, junto con sus demás compañeras. Podía escuchar varios bostezos y algunas charlas entre las que parecían conocerse más tiempo.
—¡Reclutas del Ciclo N° 83! —una soldado del cuartel abrió la puerta, sorprendiéndolas— El Instructor Luther las requiere en la formación, deprisa.
—¿Tan temprano? —masculló una recluta que durmió al costado de la joven rubia— Oye, ¿qué crees que hagan hoy?
—No lo sé —apenas respondió, sacudiendo su cabello revuelto.
Con un estirón de brazos, Nanaba se despojó de toda pereza y fue a los vestidores a cambiarse, aprovechando que sus compañeras lo hacían en la gigantesca habitación común. No le tomó demasiado tomar un ligero desayuno y logró acoplarse al grupo de chicas que salía a la explanada de entrenamiento, ubicándose entre las últimas. Allí, unos dedos tocaron su hombro.
—Buenos días.
—Eh… —intentó recordar.
—Nile Dok, el de la cena —tomó su mano para besársela, haciéndola sonrojar—. Ayer no me presenté como debía.
—¡Buen día! —alguien los interrumpió— Veo que no pierdes el tiempo.
—Qué fastidioso —chasqueó los labios—. Sólo la saludaba.
—Sí, claro —Mike sacudió su cabeza, entre risas, y miró a la muchacha—. Tendrás que perdonarlo, Nanaba.
—Tu amigo es muy raro —disimuló su rubor cuanto pudo, mientras veía a Nile distraerse con otros compañeros.
—Ya te acostumbrarás —caminó con ella—. ¿Lista para el primer día?
—Supongo —Nanaba observó titubeante a las numerosas filas en el patio—. ¿Te han dicho algo?
—Casi nada. Sé que hay una prueba de bienvenida para hoy.
—¿Allí? —señaló unos armazones gigantes— Se ve difícil.
—Es posible —Mike estiró sus manos frente a sí—. No lo sabremos hasta averiguarlo —le dio ánimos, mientras se retiraba.
En poco tiempo, los reclutas ocuparon sus puestos fijos en la formación; al mismo tiempo que el instructor Luther inauguraba la jornada con un largo trote de calentamiento: según rumores, era su preludio favorito de la prueba clave para un futuro soldado.
La resistencia de los cadetes fue puesta a prueba, y pocos tardaron en comprobar el intenso ritmo del Ejército. El vigor inicial que los había impulsado se tornó en el evidente cansancio de sus rostros, junto con el sudor y las muecas por el enorme peso de las mochilas que cargaban. Tras quince minutos, el inmenso grupo había completado tres vueltas y Nanaba continuó el trote bajo el inclemente sol de verano, acompañada de decenas de camaradas que parecían alejarse: no podía culparlos y tampoco lograba determinar el por qué, pues ignoraba si se debía a la rapidez de ellos o su propia lentitud. Un fuerte suspiro la abandonó: ¿sabía lo que estaba haciendo?
—¡Estamos entre los últimos!
—¿Tú también? —Nanaba reconoció a uno de los compañeros de la cena.
—Al menos, seguimos en pie —resopló—. Nanaba Erzengel, ¿cierto?
—Sí. ¿Erwin Smith?
—Te acordaste —sonrió, pese al agotamiento—. ¿Podrás imaginar que es la primera vez que hago tanto ejercicio?
—Estamos igual —replicó, cada vez más cansada—. Francamente, pensé que me adaptaría más rápido. Si así es el primer día…
—Descuida, no durará mucho.
—Qué optimista —ironizó.
—Esto no se trata de rapidez —aseveró—. Observa bien: los de adelante retrocederán y el Instructor va a llamarnos la atención.
El brillo en los ojos de Erwin llenó a Nanaba de una extraña confianza: era la primera vez que conocía a alguien demasiado seguro de sus palabras y tuvo que esperar un rato para comprobar la predicción del chiquillo. No era una suposición tan ilógica, después de todo, ¿pero cómo había acertado, siendo apenas un novato?
Por cada minuto, varios grupos de cinco a diez se acumulaban tras ellos, hasta que Erwin y Nanaba tomaban la posta de quienes ya habían decidido rendirse. La joven rubia no pudo evitar alegrarse, al escuchar las felicitaciones a los más resistentes del día, junto con la promesa de una media ración extra en la cena. La larga fila se había reducido una tercera parte; y si bien no estaba entre los primeros, Nanaba podía observar a quienes lideraban el eterno trote.
—Tu amigo —señaló a lo lejos, a la primera fila—, allá.
—¿Mike? —el muchacho pudo ver su silueta— ¡Increíble! Debemos pedirle consejos de cómo lo hace.
—Nos tomará tiempo estar a su altura.
—Nada es imposible —celebró Erwin—. Mira, estamos entre las veinte primeras filas. En un mes, seremos los de la quinta.
—¡Alto! —el fuerte grito de Luther detuvo a todo el regimiento, que acató la orden a medias— ¡Dije «Alto» a los de atrás! ¡¿Qué mierda tienen en las orejas, vómito de titán?! ¡Descanso de diez minutos!
Al instante, Nanaba y Erwin bajaron sus mochilas y se sentaron en la arena, apenas cuidando su limpieza o el excesivo calor del suelo bajo sus traseros. A su alrededor, todos se estiraban o imitaban sus acciones mientras la mirada hosca del instructor marcaba a cualquier recluta inocente en su camino; y sin mucha ceremonia, escribía unos garabatos en un papel. Luego de estirarse unas tres veces, Nanaba resolvió levantarse con ayuda de Erwin, al mismo tiempo que dos muchachos los alcanzaban.
—Aquí están —Nile se aproximó a ellos—. ¿Dónde se habían metido?
—Fila quince, a la mitad —Erwin se encogió de hombros—. ¿Cómo nos hallaron entre tanta gente?
—Díselo al sabueso —indicó a Mike, que estaba a su costado.
—¿Qué hizo?
—Nada malo: ¿creerás que nos encontró con sólo olfatear? —dijo, codeando el brazo de su amigo— ¡Bendita sea su nariz tan grande!
—No te has bañado, es fácil reconocer tu olor —resolvió Mike.
—¡¿Oye, qué estás diciendo?! —Nile se avergonzó, en medio de la sorpresa de Nanaba y las risas inocentes de Erwin y Mike— ¡No me pongas en ridículo!
—Gritas demasiado —sacudió la cabeza de su compañero y miró a los otros dos—. Para ser el primer día, estuvieron en buena posición.
—Al contrario —Nanaba negó con modestia—, tú te has esforzado bastante.
—Es verdad —secundó Erwin—. Si sigues así, estarás entre los aspirantes a la Policía Militar.
—¿Policía Militar? —la joven repitió, intrigada.
—Es la división más importante del Ejército de las Murallas, sólo los diez primeros cadetes pueden ingresar.
—¡Y ahí estaremos! —Nile abrazó a Mike, quien asintió— ¡Seremos los mejores soldados del Ciclo N° 83! ¿Qué les parece?
—Les deseo mucha suerte —Erwin los felicitó a ambos—. ¡Yo me uniré a la Legión de Reconocimiento!
Un corto silencio invadió a los cuatro y Nanaba pudo notar las miradas tensas de Mike y Nile: aquellas que Erwin no se molestaba en captar.
—¿La Legión, dices? —el joven Dok repitió.
—¡Sí! —Smith ratificó emocionado— Ha sido mi sueño siempre.
—Pero los titanes… —Nile no pudo continuar, al sentir un fuerte codazo de Mike— bueno, supongo que ya nos contarás el por qué —concluyó—. Por cierto, ¿qué división elegirás tú, Nanaba?
—¿Yo? —se sintió contemplada por los tres varones y titubeó— Pues…
—¿Mike Zacharius? —una soldado se presentó inesperadamente— El Instructor pide tu presencia en su oficina, dentro de seis días, después de las clases de teoría.
—De acuerdo —aceptó.
Y a excepción de Erzengel, que observaba la dirección que tomaba la soldado, los tres cadetes contemplaron el grácil y atractivo andar de aquella mujer.
—No luce nuestra insignia —Erwin jaló el cuello de su camisa, acalorado.
—Sí la tiene, pero no es de nuestro ciclo —Nile tragó saliva—. Debe ser cinco años mayor que tú, Mike.
—Quién sabe… —apenas respondió, mirando sutilmente a la soldado.
—Ella nos despertó esta mañana —la voz de Nanaba los sacó de semejante trance hormonal—. ¿Qué?
La charla no pudo seguir por la siguiente orden del instructor Luther; y con la llegada del mediodía, los cadetes ya estaban erguidos frente a una serie de cuerdas y arneses perfectamente atados a tres vigas convergentes en la cima, las cuales alcanzaban los cinco metros.
—No puede ser… —Smith miró las máquinas con un asombro descomunal— ¡es tal como decían! ¡La Prueba de Selección de Equilibrio!
—¿A qué te refieres? —Nile se acercó a Erwin.
—Es el examen más importante del cuartel. Los reclutas aprenderemos a levitar en el aire con ayuda de esas máquinas, y quien no lo logra…
—Entiendo —Dok suspiró, algo temeroso—. ¿Cómo es que lo sabes todo?
—Mi padre —el semblante de Erwin cambió unos segundos—. Él me lo dijo.
—¿Fue un soldado?
—No, enseñaba en la escuela de mi vecindario.
—Oh…
—¡Ustedes siete! —a la voz del Instructor Luther, los cadetes mencionados al azar dieron un paso al frente y se ubicaron en las máquinas; entre ellos, la joven Erzengel— Vayan al centro de cada equipo de maniobras, ¡y los demás, observen! ¡Sus compañeros harán la demostración del primer día!
—¿Demostración? —Nanaba repitió en voz baja, mientras veía a una asistente colocarle un cinturón con ganchos especiales.
—No es tan terrible —la animó—. Busca una posición especial para mantenerte rígida.
—¿Qué…? —apenas entendió y quiso preguntarle más, pero la soldado se había retirado, dejándola con el inmenso panorama de los reclutas que la observaban.
Poco a poco, sintió las cuerdas ser tiradas hacia arriba y por primera vez en muchos días, la inestabilidad volvió a apoderarse de ella. Nanaba reprimió un grito al tambalear en el aire y aplicó cuantas posiciones se le ocurrían, sin demasiado éxito. No había mucha distancia entre sus pies y el suelo, pero la sola sensación de vacío terminó por sabotear su equilibrio y al cabo de unos segundos, sus manos impactaron contra la arena del campo. Alrededor, oía algunos ecos de asombro y una que otra burla disimulada hacia ella y los demás participantes.
—¡Zacharius, excelente! —el instructor observaba el desempeño de cada uno—¡Rheinberger, perfecto! ¡Dok, usaré tu cabeza como trapeador si no te levantas!
Pese a la incómoda posición, Nanaba pudo girar su cabeza al costado y mirar el acierto y fracaso de sus compañeros. Nile había quedado boca abajo y con un montón de polvo sobre su cabello, mas no lo detuvo de realizar una maniobra que lo pusiera nuevamente en juego; mientras otro chico reclamaba ayuda.
—¡Rugar! ¡¿Qué eres, un maldito malabarista?! ¡Esas piernas, muchacho! —Luther continuó su revisión— ¡Smith, bien! ¡Dauver, más resistencia, pero nada mal!
Conforme se acercaba, la joven entró en pánico y en un intento desesperado, estiró varias veces sus brazos para impulsarse. Sentía el dolor de sus músculos por el trote, rogaba que algún milagro la pusiera en pie antes de que aquel hombre llegara; sin embargo, el poco vigor de su cuerpo cayó en picada cuando la enorme sombra del instructor se detuvo frente a ella.
—Erzengel —la voz de Luther delataba su total decepción—, ¿acaso has inventado un nuevo uso del Equipo Tridimensional? Porque ahora me siento un completo idiota por no haberlo hecho antes —tomó a Nanaba del cuello de su chaqueta y la obligó a mirarlo—. ¿Se puede saber qué mierda estás haciendo?
—Y-yo, ¡las cuerdas, señor…! —balbuceó sin sentido, temblorosa.
—¡¿Te han comido la lengua?! —vociferó— ¡¿Qué clase de soldado planeas ser, si ni siquiera puedes levitar como los otros?! —la echó bruscamente hacia atrás— ¡Arriba!
Todo el regimiento, incluso los reclutas que manejaban los equipos, guardó silencio por el salvajismo del instructor. Algunas chicas se cubrían el rostro por lástima, mientras los varones sentían una mezcla de piedad y risa por la situación de la muchacha. Erwin pidió discretamente que lo bajaran del equipo, al mismo tiempo que Mike y Nile, mas no pudieron acercarse. Desde sus puestos, podían ver el sufrimiento de Erzengel al tratar de mantenerse erguida, sus inevitables descensos y la rudeza de Luther para enderezarla cuantas veces se le antojara.
En la mente de Nanaba, los gestos de sus camaradas se triplicaron junto con el bochorno de sentirse inútil y algunos recuerdos que inoportunamente aparecían.
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—No olvides quién eres, mocosa.
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—¡Erzengel, de pie! —volvió a jalarla.
—N-no… —fue lo único que masculló, al mismo tiempo que sus manos chocaban de nuevo contra la arena.
—¡Maldita sea, niña! —la apretó de los hombros, provocando un doloroso quejido en Nanaba— ¡¿Tengo que suplicarte o qué?!
—¡No, señor! —sintió cómo el instructor la alzaba de nuevo.
—¡Más carácter! —Luther se fue a la manija que ajustaba las cuerdas, sin dejar de mirarla —Eso, quédate ahí… ¡no otra vez! ¡Te dije que las piernas…! ¡Aaah, mocosa del demonio! ¡Mantente erguida!
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—¡Nada de lo que hagas cambiará las cosas!
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—Duele… —un hilo de voz salió de los labios de Nanaba.
—¡Mañana sufrirás el doble, y así será hasta que salgas de este chiquero para servir a la humanidad! —le recordó su discurso de presentación— ¡¿No es eso lo que querías?! ¡¿Ser la mejor soldado del regimiento?!
—Instructor… —Mike apenas alzó la mano, en shock junto a Nile y Erwin.
—¡Por favor! —Nanaba suplicó entre lágrimas, al sentir un nuevo tambaleo.
—¡Esas palabras no existen aquí! —la contradijo— ¡El mundo no va a escucharte! ¡Eres tú o los malditos titanes fuera de las Murallas!
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—¡Es la ley del más fuerte! ¿Qué te hace creer que puedes romperla?
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—¡¿Dónde queda tu juramento, Erzengel?! ¡¿Vas a rendirte?! —gritó una vez más, frustrado por su debilidad— ¡Decide ahora!
—¡Basta! —rompió en llanto, sujetándose de una de las cuerdas— ¡No más, por favor, no más! No más…
Los puños de Luther temblaron a tal punto que golpeó la manija del equipo, haciendo que Nanaba cayera estrepitosamente. El rápido impacto contra el suelo y la fricción de las cuerdas hirieron las palmas de sus manos, dejando como resultado un hilo de sangre en el campo.
El instructor se mantuvo a una distancia prudente: la contempló en su máximo agotamiento, escuchándola toser contra el polvo; y quiso un ápice de piedad hacia ella, que sacudiera su cabeza y caminara en dirección a los reclutas que se abrían paso por temor a una mala reacción de su parte.
—¡Es todo por hoy! Vuelvan a sus habitaciones —fue la última orden de Luther y todos obedecieron, no sin antes mirar de reojo a las tres únicas personas que levantaban con cuidado a la desfalleciente cadete.
[…]
Una tela húmeda se deslizó por la mejilla izquierda de Nanaba, quien aguantó las pequeñas punzadas de dolor.
—Perdón —un temeroso Erwin detuvo su limpieza—, no quise…
—Descuida —la muchacha bajó la mirada, avergonzada—. No tienen que hacer esto, en serio.
—Pues no íbamos a dejarte así —habló Nile, sentado a su lado en uno de los escalones de la caseta de varones—. ¡Maldito Luther! ¿Quién diablos se cree para…?
—Suficiente, Nile —Mike calló a su amigo, mientras curaba la mano derecha de Nanaba con tristeza—. Nadie se lo esperaba.
—Aun así, no debió hacerlo —el joven Dok se cruzó de brazos, muy molesto.
—Ya está —el joven Zacharius miró el vendaje que hizo—. Debes tener cuidado o se abrirá la herida.
—Gracias, Mike —Erzengel esbozó una triste sonrisa.
—¿Ahora qué haremos? —Erwin se deshizo de la tela y sacudió sus manos— El Instructor continuará mañana y no tolerará fallas. Además, Nanaba no está en condiciones de…
—Será mejor que volvamos —los interrumpió y se levantó, para sorpresa de los varones—. Gracias por todo.
—Nanaba… —Mike contuvo su impulso de detenerla y la vio marcharse, mientras el viento agitaba sus cabellos.
El aroma de la muchacha llegó directo a su nariz, captando más de lo que Erwin y Nile podían a simple vista. Al son del ocaso, percibió su profunda melancolía y estaba seguro que al igual que él, sus amigos tenían el mismo sentimiento atorado en el pecho.
No pasó mucho tiempo, cuando el Ciclo N° 83 ya cenaba en la noche. Las charlas del comedor siguieron como en el primer día, a excepción de algunos ojos curiosos que miraban a una persona en especial. Tras coger su ración en bandeja, Nanaba salió de la fila y caminó hasta su mesa, donde la esperaban Mike, Erwin y Nile. Los muchachos la miraban en ocasiones y apenas terminaban sus platos, debatiéndose en silencio qué palabras servirían para subir su ánimo.
—¡Hmp! —el carraspeo de Nile rompió la tensión, tras haberse atorado con un pedazo de papa— La comida está deliciosa, ¿no?
—Supongo —lo secundó Mike.
—¡Quién lo diría! —Smith lo miró asombrado— Ayer sufrías con la misma ración.
—Pero hoy no, ¡se han esforzado esta vez! —replicó—. Apuesto a que Nanaba piensa igual.
—Son las mismas lentejas de anoche —la muchacha respondió a secas, mas notó su falta de tacto con sus compañeros y se corrigió—, pero el sabor es distinto.
—He escuchado que los reclutas también preparan la comida —Erwin tomó un buen trago de agua—. Lástima que no sepa cocinar.
—Igual —Nile chocó su puño con el de su amigo—. Mike sabe a medias.
—¿Y tú, Nanaba? —Zacharius quiso sacarle conversación.
—Algo… —apenas dijo, sin quitarle la vista al plato.
—No tienes que ser tan modesta, debes tener la mejor sazón de las mujeres del regimiento —Nile la alabó.
—Nunca probaste su comida, ¿cómo estás seguro?
—Porque sí, Erwin —le hizo una mueca, recordándole sus intentos de animar a la joven—. Es una chica y tiene talento de por sí.
—No todas las mujeres cocinan —aseveró Mike.
—Es verdad. En mi casa hay una cocinera, porque mi madre decía que era terrible con las ollas —recordó Smith.
—Espera, ¿tuviste cocinera? —Mike se sorprendió— ¿Qué lujos son ésos?
—En realidad, era la amiga de mamá. La ayudaba por una hora, a cambio de recibir lecciones de costura para confeccionar vestidos. Desde que tengo memoria…
Erwin detuvo su discurso al ver que Nanaba ya había llevado su platillo vacío al puesto de comida, en medio del mutismo de todo el comedor. Cuando se retiró del lugar, los reclutas retomaron sus charlas, unos que otros hablando del vergonzoso entrenamiento en la explanada.
—¿A ustedes les pagaron o qué? —Nile golpeó la mesa con un puño— ¡Se supone que debíamos mejorar el ánimo de Nanaba!
—Exacto, no armar discursos forzados —Mike reclamó su elocuencia sacada de la manga y suspiró—. De todos modos, no iba a funcionar: en ocasiones, es bueno dejar solo a alguien, hasta que pueda asimilar mejor las cosas.
—Lo siento, Nile. No cooperé —se lamentó Erwin.
—Ya está hecho —el joven recostó su rostro sobre sus brazos apostados en la mesa—. ¿Saben a dónde fue?
—Al dormitorio de las chicas, obviamente —aclaró Smith—. Ni se te ocurra decir que la seguiremos.
—Claro que no, tonto —habló, malhumorado.
—Te preocupas mucho por ella —Mike tomó lo último que le quedaba de agua, sin dejar de mirar a Nile—. Sólo la conoces dos días.
—¿Y eso qué? —se sonrojó.
—A veces eres muy intenso —hizo una corta pausa.
—Hueles demasiado —Nile captó el verdadero mensaje de Mike, frunció el ceño y se retiró con su bandeja.
—No entiendo —Erwin lo vio irse y miró a Zacharius—, ¿a qué se refieren?
—Cosas… —el joven bajó la vista, dando por finalizada la charla.
[…]
Madrugada. El cuartel de Trost se sumió en total paz, apenas se oía la brisa veraniega agitar las prendas de algunos superiores y el tambaleo de otras cuerdas.
En el dormitorio de los varones, dormían de dúos a tríos en una misma cama, excepto por algunos que ocupaban más espacio: entre ellos, Mike Zacharius, recostado en el colchón más cercano a la puerta. No era de los que solían moverse inconscientemente ni soportaba los ronquidos de otros; su peculiar sueño profundo era la cómica envidia de Nile, su amigo de la infancia que parecía conocerlo más que cualquiera.
Sin embargo, esa noche conspiraba contra su propio descanso y al sentir un chillido, despertó inmediatamente: todos seguían sumidos en su placentero sueño. Adormilado y con un raro ardor en la palma de la mano, Mike se levantó y caminó hasta la puerta, cuidando que su peso no hiciera rechinar el suelo del cuarto. Así logró salir al exterior, rumbo al baño, para refrescarse y volver a descansar; hasta que un nuevo ruido llamó su atención. A lo lejos, vio la explanada, las vigas del Equipo Tridimensional y un ente tirando del primer arnés.
Una gota de sudor bajó por el rostro del cadete: no creía en fantasmas, pero su curiosidad pudo más que el temor y se acercó a aquel lugar, comprobando la identidad de aquella aparición nocturna.
—¿Nanaba? —corrió hasta ella— ¡¿Estás demente?!
—Tengo… ¡que intentarlo! —la muchacha jaló la soga que había atado a la manija para moverla por su cuenta, pero ésta se zafó— ¡Rayos! Debo ajustarlo más…
—¡No, lo que harás es volver! —se interpuso— ¡Estás herida!
—¡Cállate! —lo alejó con un empujón— La última prueba será en la mañana, no quiero fallar de nuevo.
—¿Y si esto no es para ti? —replicó por impulso—. No lo tomes a mal, pero tal vez deberías aceptarlo: no todos servimos para ser soldados —la vio sollozar—. Si el Instructor te descubre aquí, su castigo será peor que la expulsión, ¡y lo sabes!
—No me importa —limpió una lágrima rebelde—. Voy a pasar esta prueba, con o sin tu ayuda.
—Será peor, Nanaba —la tomó de los brazos, gentil—. Por favor, vuelve a casa.
—¡No me pidas eso! —se negó, reprimiendo el llanto— No pienso hacerlo…
Mike suspiró: jamás había visto tanta determinación en alguien. Los ojos de la joven brillaban fieros, su debilidad había pasado a segundo plano y aquella entereza fue suficiente para que Zacharius desistiera de persuadirla.
—Sólo diez veces —resolvió, moviendo la manija del equipo—. Si nada cambia, te habrás marchado al alba.
—Hecho —sonrió triste, mientras sus pies se despegaban del suelo.
Primer intento. Como en el entrenamiento, Nanaba perdió el equilibrio y cayó boca arriba. Igual que antes, sintió ser levantada. Segundo y tercer intento, casi igual. La resistencia de sus piernas flaqueaba de vez en cuando, pero sin tanta rapidez en la caída. Desde su puesto, Mike podía observar los ligeros cambios en la posición de Erzengel y volvió a alzarla para el quinto intento. Una hora había pasado y a la novena vez, una chispa de esperanza removió el corazón de Nanaba al sentir que duraba suspendida en las cuerdas más tiempo. «Siete minutos», contó Zacharius, y la vio tambalear.
—N-no es suficiente… —la voz de Nanaba reflejó su cansancio.
—Has logrado mucho —la ayudó a erguirse—, ¡más de lo que imaginas!
—Pero…
—¡Olvida lo que dije! —Mike secó el sudor de su frente y mejillas—. Dale razones a Luther para que te mantenga en el Ejército, ¡hazlo, Nanaba!
—No me rendiré…
—¡No lo harás!
La joven hizo un último esfuerzo y adoptó una postura firme, más inclinada hacia la izquierda, pendiente de no recargar su peso en alguna esquina de su cuerpo, mientras Mike le expresaba todo el aliento posible. Su semblante mutaba de la seriedad a una sonrisa de orgullo, su mirada fija en Nanaba destellaba casi tanto como el cielo teñido de azul y violeta, cual cercana señal del alba. Erzengel reprimió el dolor de sus músculos, sobre todo al oír que llevaba más de diez minutos sin perder el equilibrio.
—¡Bien, Nanaba! —Mike gritó por última vez— ¡Dominaste el uso del Equipo Tridimensional, lo hiciste!
—¡Sí! —sintió un desbalance y volvió a caer, esta vez sobre los brazos de su camarada.
Zacharius apenas trastabilló, todavía de pie, y examinó el estado de la joven que lucía agitada y con los cabellos desordenados. Cuando quiso librarla de los ganchos de su cinturón, sintió todo el peso de Nanaba recargarse repentinamente sobre él y su rostro palideció: no muy lejos de las vigas, los primeros rayos de sol iluminaron la silueta de alguien que ya llevaba tiempo observándolos.
—¡Instructor Luther! —Mike lo reconoció, abrazando por instinto a Nanaba.
El susodicho no dijo ni una palabra. Contempló a la pareja por varios segundos, junto con las cuerdas y la manija que él mismo se había encargado de mover para bajar a la chica. Cuando juzgó correcto, les hizo una seña para que lo siguieran a su despacho. En silencio, Mike y Nanaba fueron al lugar indicado, esperando la orden que supondría su directa expulsión del Ejército.
—Usaron el Equipo Tridimensional sin autorización —Luther fue el primero en hablar—. Entrenaron de madrugada, sabiendo que está prohibida cualquier actividad no contemplada por mí.
—Si me permite…
—¿Qué vas a decir, Zacharius? —lo interrumpió— En primer lugar, es la niña quien me debe una explicación —se acercó a ella—. Estoy esperando.
—No tengo excusa, Instructor —contestó cabizbaja, pero la mano de Luther alzó su mandíbula a la fuerza.
—Cuando te dirijas a mí, hazlo de frente.
—Lo siento.
—Deja de pedir perdón, no soy un maldito pastor del Culto —aseveró, soltando su quijada—. Ayer fuiste un desastre en el campo.
—¡Pero ya no lo soy! ¡Pude sostenerme, lo ha visto! —aseveró— ¡No dejaré el cuartel, aunque usted me lo pida!
—Y supongo que así lograrás convencerme —dio media vuelta unos segundos, antes de enfrentarla nuevamente—. ¿Qué te hace pensar que puedes continuar en mi pelotón? —aguardó unos segundos y al notar el mutismo de la muchacha, se dirigió a Mike— Zacharius, ¿qué responderías en mi lugar? ¿Erzengel merece quedarse?
El cadete la miró nervioso y rememoró todo el esfuerzo de la madrugada. No estaba seguro de cuánto efecto tendría su discurso, pero la sinceridad era su única arma por el momento.
—No tengo la última palabra, señor —tragó saliva—; pero después de ser el hazmerreír del regimiento y verla entrenar a altas horas de la noche, sólo para conseguir su aprobación, yo le daría una oportunidad.
—Sin embargo, el mérito no es totalmente suyo —le recordó su participación en el entrenamiento—. Ella no lo habría conseguido sola.
—La ayudé a enderezarse, tal como usted lo hizo ayer —recalcó—. Si he violado alguna norma, castígueme. Si echa a Nanaba, nos ahorraremos más discusiones. Si la humanidad pierde en el futuro, habrá sido por su decisión: una recluta tenaz como ella puede hacer la diferencia.
Una fugaz expresión confusa marcó el rostro de Luther, antes de retomar su típica seriedad: en sus largos años como instructor, jamás le habían rebatido con tanta lógica; y lejos de exasperarse, decidió guardar silencio, en un intento de fingir su temporal derrota ante los nuevos cadetes.
—Te ves espantosa, Erzengel —opinó sobre su desaliñada apariencia—. Ninguna cadete de mi tropa ha egresado en tales condiciones y tampoco lo permitiría —dio media vuelta, rumbo a la ventana—: báñate y descansa. Pasado mañana tendrán mucho que hacer.
—¿Tendrán? —repitieron Mike y Nanaba, intrigados.
—Pospondré el entrenamiento —los miró de reojo—. ¿Debo explicarles?
—¡No, señor!
—Bien —suspiró—. Corran la voz a sus camaradas y váyanse.
Los cadetes se despidieron con el saludo militar y salieron de la oficina, rumbo al comedor, donde los demás desayunaban. En cuestión de minutos, aquel lugar se llenó de gritos alegres y expresiones de intriga: no sabían lo que había pasado ni el motivo por el que el instructor les daba un día de descanso; pero lejos de cuestionar aquel milagro, los reclutas coreaban el nombre de Mike Zacharius, llamándolo «El Salvador del Ciclo N° 83». Un título que jamás esperó y, sin embargo, representaba la gratitud que le correspondía a Nanaba, verdadero motor de la decisión de Luther.
En una esquina, al lado de Erwin y Nile, la joven sonreía por la efusividad de todo el grupo hacia el muchacho y agradecía que así fuera, pues su timidez y el cansancio de la madrugada la dominaban todavía. No obstante, estaba de acuerdo con que Mike recibiera todo el crédito y su discurso en el despacho de Luther volvió a su mente, recordándole el valor oculto que residía en su espíritu. Aquel coraje que el peculiar cadete no temió en alabar.
N.A.:
¡Buenas noches! Aquí, después de unas semanas, regreso con el segundo capítulo: la verdad, me alegra poder hacer este fanfic, tiene un significado bastante especial para mí, sobre todo por el apoyo que estoy recibiendo :')
Finalmente nos adentramos al régimen del Ejército, ¡y eso que sólo estamos en el inicio! Nanaba tendrá que pasar por muchas cosas, pero por suerte tiene a muy buenos amigos a su costado. ¡El cuarteto Mike/Nanaba/Erwin/Nile es divino! Sólo imaginarlos juntos en sus aventuras de cadetes me enternece y emociona mucho (aunque claro, no estoy segura de que todos ellos hayan estado juntos en el Cuartel de Trost; bueno, en los fanfics, todo vale XD). No obstante, con quienes me quedo esta vez es con Mike y Nanaba: más allá del shipp (al cual amo con mi alma), es bonito verlos interactuar, aquí se nota mucho la timidez de Nanaba (tiene sus razones, pronto la sabrán) y Mike tiene una magia tan especial para impulsarla, que sí se hace creíble verlo así. No por nada se convirtió en líder de escuadrón, demostrando fuerza y carisma :3
Sin más que decir, espero que disfruten mucho este capítulo, ¡muchas gracias por sus lecturas y reviews, saludos! :D
