DISCLAIMER: La gran mayoría de los personajes y lugares le pertenecen a Hajime Isayama. Los nuevos personajes que aparecen son de mi autoría. Este fic va dedicado para Fernanda Ballardo, Sofía Smith, Cinthya Valdéz y Diamond Zacharius.
ÁNGEL DE LA GUERRA
Por el bien de la verdad
Un suave aroma a madera y pergamino inundó el olfato de los reclutas del Ciclo N° 83, conforme ocupaban sus sitios para su primera clase de teoría. Entre los cuarenta y ocho alumnos que ocupaban el segundo salón del ala norte, Erwin parecía ser el más entusiasmado y lo demostró con el fuerte aspirar de su nariz contra su libro abierto: acción que no pasó desapercibida por quienes lo rodeaban, al oírlo jadear de felicidad.
—Eres tan raro —Nile arqueó las cejas, algo avergonzado.
—¿Por qué? —Smith contempló las hojas con una enorme sonrisa— ¡El olor del papel nuevo es igual o mejor que el Paraíso!
—De todos modos…
—Déjalo, Nile —Mike contuvo una carcajada, dos asientos a su izquierda—. Es divertido.
—Pues ya le contagiaste tu manía de olfatear —suspiró, buscando a su alrededor—. ¿Nanaba llegó?
—Todavía no —acotó Erwin—. Tal vez la derivaron a otro salón.
—Lo que faltaba —un gesto de inconformidad decoró el rostro de Nile—. ¿Quién la ayudará si no entiende alguna clase?
—La subestimas —Mike respiró hondo y apoyó su quijada sobre sus manos, sonriente—: ella sabe defenderse.
—Eso ya lo sé —se sonrojó por su propia contradicción—. Me refiero a que no tiene muchos amigos, quizás nos necesite y…
—Seguro querrá un asiento vacío —miró hacia la derecha—, ¿verdad, Erzengel?
—¡Nanaba! —Nile volteó, sorprendido y aún ruborizado— ¡¿D-desde cuándo estás aquí?!
—El suficiente tiempo para oírte —Erwin se acercó más a Mike y jaló el brazo de su otro compañero para que le dejara un espacio—. ¡Nos alegra que estés aquí!
—Casi me confundo con el tercer salón, no vi la lista al costado de la puerta —Nanaba tomó su lugar—. ¿Todo bien?
—Claro que sí —Nile sonrió más relajado y le ofreció un lápiz que le sobraba en su carpeta.
—Buenos días —una voz firme y serena los interrumpió, haciendo que todos se levantaran para el saludo militar—. Tomen asiento, por favor.
El hombre de unos treinta años, cabello gris, camisa blanca, lentes y mirada tranquila examinó a los estudiantes en silencio, sin abandonar la sutil sonrisa de su rostro.
—Mi nombre es Javarus Schüller. Seré su profesor de historia, letras, biología y teoría sobre los titanes, en los tres años que dure su entrenamiento. Espero, de buen grado, que puedan desenvolverse como excelentes estudiantes; pero sobre todo, como grandes soldados que llevarán esperanza a la humanidad —le entregó una hoja al recluta más próximo a su escritorio, mientras tomaba una tiza—. Pasen la lista y anoten sus nombres: ojalá tenga la suficiente memoria para acordarme de todos al final de esta semana. Sin más que decir, iniciemos.
El corto y potente discurso del maestro motivó la sonrisa de uno que otro recluta y se dispusieron a anotar los primeros trazos que éste dibujaba. Con su lápiz a la mano, Erzengel observó a sus compañeros rellenar la primera hoja de su cuaderno, para luego fijar la mirada en un punto cualquiera del pizarrón.
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—¿Cómo son ellos? —Nanaba miró a un hombre rubio que la abrazaba con ternura, bajo la protección de un frondoso manzano.
—Enormes —señaló la abundante copa que los guarecía del sol de mediodía, no muy lejos de su casa—. Nuestro árbol apenas les haría sombra.
—¡Qué miedo! —se asustó— ¡Podrían venir aquí!
—No, mientras esté para impedirlo…
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—Primer capítulo del libro —los dedos del maestro Schüller tamborilearon en la mesa de la joven, sacándola de sus pensamientos—, señorita…
—Nanaba Erzengel —se puso de pie, tomando su libro.
—¿Erzengel? —repitió el apellido con una expresión extraña y continuó— Puedes comenzar.
—Claro, profesor —buscó la sección indicada y tragó saliva para aclarar su garganta—. «La Historia de los Titanes. En este libro, poco podemos explicar más allá de los cien años que registra nuestro pueblo tras las Murallas. Sin embargo, todas las fuentes coinciden en un hecho terrible que ha marcado a la humanidad: la existencia de seres espantosos que intentan dominar nuestro mundo hasta la fecha. He aquí un relato de cómo nuestro pueblo escapó a su exterminio y el terror que todavía nos inspiran los titanes…»
El salón se mantuvo en silencio, conforme Nanaba leía detalladamente aquella parte de la historia que jamás había conocido, sus manos sudorosas se esforzaban por no soltar el libro, comprobando en sí misma el miedo ancestral a dichas criaturas. Nile escuchaba cada palabra, atento a los sucesos y a la muchacha que recitaba cada párrafo con buena entonación. Los ojos de Mike se abrían de vez en cuando, asombrado por las aberraciones de los titanes contra los humanos: preso de una rara sensación, abrazó su cintura para disimular su propio temor.
Por otro lado, a diferencia de sus amigos y demás reclutas pasmados por el relato, Erwin oía el contenido del libro con total seriedad. Sus ojos azules despedían un brillo peculiar, en señal de su total escepticismo; su mano derecha se movía en extraños tics, como si deseara alzarse; mas no cedió y su autocontrol lo obligó a reprimir cualquier movimiento que delatara su inoportuna curiosidad. Cuando Nanaba terminó de leer y ocupó su asiento, los reclutas se sumieron en largos segundos de tensión que el mismo maestro se encargó de romper.
—¿Alguna duda sobre su estadía en el cuartel? —la pregunta del maestro desconcertó a sus alumnos— No los culparía si así fuera: la libertad es invaluable; y si bien no hemos conseguido ofrecerles algo más que estos muros, al menos respetaré su decisión de permanecer o no en el Ejército —propuso—. Suena contradictorio, viniendo de alguien que forma soldados; pero deseo asegurarme que contaré con hombres y mujeres leales al anhelo que los titanes nos han arrebatado —hizo una pausa—. Quiero saber si todavía están dispuestos a ofrecer sus corazones, sabiendo el infierno que nos espera.
Schüller hizo el saludo militar ante la clase. Sus ojos penetrantes desnudaron a cuantos reclutas tenían el valor de sostenerle la mirada. La seriedad en su solicitud alertó a sus oyentes: no era un simple discurso, se trataba de elegir; y la primera respuesta no tardó en manifestarse. Casi tan decidido como su profesor, Erwin Smith se levantó de su lugar e imitó aquella sagrada postura.
—El mundo merece una nueva oportunidad, maestro. Quiero estar presente cuando eso ocurra.
—También yo —Mike lo secundó al instante, seguido después por Nile.
Nanaba observó a sus tres amigos erguidos, junto con otros reclutas que iban levantándose hasta llegar a la cantidad de cuarenta y uno. Todavía sentada, no pudo ignorar el titubeo de sus demás camaradas, segura de que la revelación de aquel libro despertaba el pavor irracional en cualquiera. Supo que no tenía cómo ni por qué juzgarlos: era tan o más cobarde que todos ellos.
En silencio, sufrió por su propia debilidad y se recordaba a sí misma el juramento hecho ante el instructor Luther; la imagen de Mike apoyándola en el Equipo Tridimensional regresó a sus memorias, la forma cómo la había defendido ante el severo entrenador aceleró sus latidos. La joven volvió a levantarse de su asiento y llevó el puño derecho a su pecho: se había hecho una promesa. No podía fallar. No caería otra vez.
—Cuente conmigo, profesor.
[…]
Unos pasos acelerados recorrieron los balcones de las casetas donde impartían las clases teóricas. Con su típica expresión malhumorada, el instructor Luther avanzó en sentido contrario a los reclutas que terminaban la jornada académica de dos horas y entró al salón de Schüller, quien estaba acompañado por Erwin, Nile, Mike y Nanaba.
—Buenos días, Instructor —a diferencia de los cadetes que hicieron el saludo militar, éste lo recibió sin tanta ceremonia.
—Ahórrate el protocolo por hoy —contuvo su mal humor y miró con malicia a los muchachos—. ¿Pedí invitados?
—Ya se iban —el profesor le entregó su cuaderno a Erwin y les hizo un ademán a los cuatro para que abandonaran el salón—. ¿Qué sucedió?
—Eso quiero saber —le presentó un pequeño expediente—: seis jóvenes abandonaron mi regimiento hace una hora.
—No es nada, si hacemos el balance de tus doscientos ingresantes este año.
—Javarus —resopló, tratando de no perder la paciencia—, siempre te he considerado un hombre razonable; pero a veces tus decisiones me hacen dudar de mi propio juicio. ¿Qué les dijiste hoy para hacerlos desertar?
—La verdad —enderezó varios papeles y los colocó en su escritorio—. Esos seis niños no podían estar en el Ejército.
—¿Bajo qué criterio?
—¡El mío, Heine! —lo tuteó, algo incómodo—. Sólo di mi clase introductoria, la misma que han llevado los cadetes por generaciones. Si ellos se espantan con un pequeño relato de terror, no quiero imaginar el desastre al que llevarán a sus escuadrones por el miedo, una vez graduados. Tal vez no hice lo correcto, pero al menos no obligué a esos muchachos a tomar un camino que no estaban dispuestos a seguir —le dio la espalda para borrar la pizarra—. Tómalo como un filtro de mi parte.
—¡Por María, Rose y Sina! —se frotó el rostro, mientras tomaba el expediente— Sabes que el Ejército no puede darse el lujo de perder aspirantes.
—Soy consciente del asunto —el profesor detuvo su quehacer y volvió a mirarlo—, por eso necesitas personas con mucha fortaleza mental y emocional; y créeme cuando te digo que tienes mucho potencial dormido en esta nueva promoción. No los eches a perder con tu mal carácter.
Luther arrugó el ceño ante el último calificativo y no tuvo más argumentos para rebatirle a su colega de división. Resignado a la deserción de aquellos seis reclutas, dio media vuelta para retomar sus actividades, mientras el maestro Schüller suspiraba agotado.
Cuando el instructor abandonó el salón, Erwin y sus amigos voltearon al instante y fingieron estudiar sus anotaciones al pie de los escalones. Nerviosos, les pareció sentir la terrible mirada del militar sobre sus cabezas, mientras sus botas impactaban contra la arena; y esperaron a que estuviera lo suficientemente lejos para abandonar aquella forzosa actuación.
—Eso estuvo cerca —Nanaba se apoyó contra la pared del balcón, con un suspiro de alivio—. ¿Cómo se enteró tan rápido?
—Las noticias corren deprisa en un lugar pequeño —Smith agitó su libro para refrescarse.
—El Instructor salió molesto —Nile echó su mentón y brazos sobre sus rodillas—. Ojalá el profesor no tenga problemas por este incidente, me cae tan bien.
—Al parecer, ya ha ocurrido otras veces —Mike respiró hondo, cruzando sus brazos—. No sentí temor en sus palabras.
—¿Cómo estás tan seguro? —la muchacha se le acercó, intrigada por su afirmación.
—Llamémosle «intuición» —señaló su nariz, con una sonrisa torcida.
—O literalmente «meter las narices donde no debes» —la broma de Nile tomó por sorpresa a Nanaba—. Es su especialidad, ¿puedes creerlo?
—No me digas que sabes todo lo que pasa a tu alrededor, con sólo olfatear —Erwin se mostró interesado en dicha revelación—. ¡Apuesto a que ubicarías titanes usando tu nariz!
—Bueno, nunca lo he intentado —llevó su mano a la nuca, abrumado por tanta atención—; pero hace tiempo salvé a una gallina de un perro callejero, porque olí su deseo de comérsela.
—¡Fascinante! —la emoción de Smith no se hizo esperar— ¿Por qué mañana no le cuentas al profesor Schüller sobre tus habilidades? Quizás…
—Oye, mi amigo no es un bicho de laboratorio —lo defendió Nile.
—Lo siento —se retractó al instante—, no quise ser grosero.
—Ya estoy acostumbrado —Mike aceptó su disculpa y miró a la muchacha—. Verdad, Nanaba, ¿te sientes mejor?
—Creo que sí —abrió y cerró sus dedos con cierto cuidado, debido a la rigidez de las vendas que envolvían sus manos—. Las heridas ya no sangran.
—Qué bueno, porque más tarde reanudarán las sesiones de equilibrio —Zacharius avanzó junto a sus amigos, rumbo a las casetas—: juzgando el inicio del día, creo que se va a desquitar con muchos. Trata de no arruinarlo esta vez.
—Gracias por los ánimos —soltó, sarcástica, motivando las carcajadas de Erwin y Nile.
[…]
Tan pronto como llegaron al comedor, los reclutas devoraron las raciones del almuerzo con mucha satisfacción y seguros de que la jornada de estudio y entrenamiento los había agotado mucho más que el día anterior, al punto de atreverse a predecir, entre bromas y lamentos, si aquel ritmo se mantendría o subiría de nivel con los meses.
Habituados a los chismes entre comidas, Nanaba, Nile y Mike almorzaron sin hacer demasiado escándalo; mientras Erwin intercalaba cada cucharada de puré con un jadeo de asombro con la boca llena.
—¿Quieres dejar de hacerlo? —Nile se asqueó— Te oyes raro con esos sonidos.
—Pefdón, ef que… —pasó el bocado y tomó agua— ¡aaah! ¡Es que este libro es emocionante! Hay tantos detalles aquí que nunca mencionan en la escuela.
—Supongo que lo reservan para el Ejército o la clase alta —Nanaba peló una papa cocida—. Tenemos suerte.
—Dijiste que tu padre era profesor —habló el joven Dok—. ¿Jamás te mencionó esa parte de la historia?
—Sí lo hizo —el tono de su voz cambió de golpe.
—¿De verdad? —Nanaba apoyó sus brazos en la mesa— ¿Y qué te dijo?
—Oigan… —Mike detuvo a Nanaba, tras olfatear el aire.
—Ya me llené —cortó la charla y ofreció su plato—. ¿Quieren más?
—Pero si no has comido casi nada —Nile observó su plato.
—¡Atención! —la voz de un soldado hizo que todos miraran hacia la puerta del comedor— ¡Erwin Smith y Anka Rheinberger!
—Aquí —el muchacho levantó la mano, al mismo tiempo que la otra recluta.
—El Instructor ordena que vayan a su despacho.
Erwin no titubeó y cogió su libro, saliendo junto con Anka en presencia de todos. Desde sus lugares, los amigos del cadete Smith quedaron confundidos por aquella reacción tan fría.
—¿Qué habrá ocurrido? —Erzengel rompió el silencio del trío.
—Oí que Luther nos hará entrevistas personales —explicó Nile—. Lo que no entiendo es por qué Erwin se comportó así.
—¿Cómo te sentirías si invaden tu privacidad? —Mike aprovechó en tomar la ración de Erwin— Es increíble que no lo hayan notado.
Nanaba apenas cruzó miradas con Nile y guardó silencio, avergonzada por su ingenuidad. Sumida en sus pensamientos, la joven de cabellos rubios imaginó un sinfín de escenarios que pudieran motivar el hermetismo de Erwin, estremeciéndose con la posible idea del abandono o la muerte de su progenitor. Presa del remordimiento, Nanaba intuyó que había un misterio oculto bajo la diáfana apariencia de Smith y se propuso averiguarlo.
—Mike… —rompió la tensión.
—Debemos buscarlo —respondió el aludido.
—Es lo que iba a decirles —Nile intervino, tan asombrado como los otros dos.
—¿Coincidencia? —Nanaba esbozó una triste sonrisa— La oficina del Instructor no está muy lejos —se levantó al mismo tiempo que sus amigos.
Una vez más, los cadetes oyeron a más gente dejar el comedor, sin que esto afectara su sagrada tarea de alimentarse. Empeñados en hallar el paradero de Erwin, el trío corrió por el patio hasta llegar al extremo norte del cuartel, donde se ubicaba el despacho de Luther; siendo los escalones, el límite de su marcha. Su indecisión los hizo contemplarse: ¿quién sería tan atrevido para interrumpir a una autoridad?
—Piedra, papel o tijera —Nile hizo un ademán y los tres agitaron sus puños hasta definir la victoria.
Luego de cuatro intentos, Zacharius bufó por haber perdido en aquel juego infantil y carraspeó antes de llegar a la puerta del despacho. Cuando se dispuso a tocar, la figura de una muchacha de cabello castaño interrumpió su acción.
—¿También los citaron? —Anka se adelantó, examinándolos.
—Buscamos a Erwin Smith —habló Mike.
—Salió hace unos minutos —les explicó, en tanto señalaba un establecimiento cercano a los salones de teoría—. Por la etiqueta de su libro, supongo que fue a devolverlo.
Los tres agradecieron a Anka por la información y dieron media vuelta, rumbo a la biblioteca, seguros de que la calma de dicho lugar cooperaría en su búsqueda. Discreto como de costumbre, Mike abrió la puerta y olfateó a su alrededor.
—¿Y bien? —susurró el joven Dok.
—Hay muchos aromas aquí —Zacharius entró con Nile y Nanaba, maravillado por los estantes y las centenas de libros dispuestos en orden—, puede estar en cualquier rincón.
—Lo dices como si no pudieras sentirlo.
—De hecho, Erwin no huele a nada.
—¿Qué rayos…?
Un siseo los hizo cubrir sus bocas y, entre gestos, acordaron recorrer las mesas y los estrechos pasillos sin hacer tanto ruido. Movido por su intuición, Nile torció hacia la derecha por el último corredor y oyó una pregunta que, por el tono usado, juzgó demandante.
—¿Cómo puede concluir que la teoría es incorrecta?
—Silencio, Smith —la voz del profesor Schüller resonó en un forzado intento por no gritar—, te van a escuchar.
—¿Y por qué no puedo hablar? —Erwin sonó determinado, ignorando la presencia de Mike, Nanaba y Nile tras el borde de un lejano armario— ¿Es tan malo?
—No tengo idea —Javarus se mostró nervioso—; pero en lo personal, veo que le falta demasiado sustento a lo que propones.
—Es porque no hay cómo averiguarlo —insistió, apretando su libro—. He oído sus explicaciones, domina muy bien los temas de las enciclopedias y estoy de acuerdo con ellas. Aun así, no es suficiente: estoy seguro que hay algo más allá de esas paredes. Si tan sólo nos dejaran investigar…
—¡Por las Murallas, Erwin! —el maestro se llevó la mano a la frente, entregándole una hoja llena de garabatos hecha por el cadete—. Debes entender que es un tema delicado, ¿por qué recurres a mí para esto? No puedo ser tu cómplice.
—Le apasiona el conocimiento. ¡Quién mejor que usted, para compartir la idea que tengo!
—Será mejor que lo dejemos aquí —frenó su entusiasmo en un santiamén—. Es arriesgado, sobre todo para alguien de tu posición. Si nadie quiere que averigüen sobre los titanes, es porque así lo disponen: por tu bien, no hurgues más.
—P-pero mi padre… —su voz se quebró un poco.
—Cometió un error alimentándote esas ideas —señaló su hoja, dejando en shock a Smith—. Si hay forma de que los tres hablemos, para advertirle…
—No hace falta —Erwin dejó el libro en una repisa—. Sólo olvide lo que le dije.
Javarus quedó sorprendido por la abrupta respuesta del muchacho y lo vio caminar rápido, cabizbajo. En el momento que el cadete Smith llegó al nivel de la recepción, giró su cabeza instintivamente hacia la izquierda y cruzó miradas con sus camaradas. Con el rostro afligido por la discusión con su maestro, arrugó su papel con garabatos y lo lanzó al suelo, para luego salir con el rostro bañado en lágrimas.
Nanaba no dudó en recoger la hoja. Los tres clamaron su nombre siguiéndolo, y quiso la caprichosa temporada veraniega que una repentina lluvia bañara todo el campo, transformando la arena en lodo resbaladizo. El llanto reprimido hería su garganta y estando ya cerca de las solitarias caballerizas, no previó su trastabillar contra una pequeña roca y cayó de bruces, mientras sus amigos se agachaban ante él, indiferentes al barro que ensuciaba sus trajes.
—Erwin —Nile acarició amistosamente su espalda—, lo siento…
—N-no, tú no… —gimoteó como una criatura— y-yo t-tengo la culpa…
—Vamos, cálmate…
—Creí q-que… era lo correcto —siguió su lamento—. Sólo hablé del exterior, yo-yo… y-yo no pensé que s-se llevarían a mi p-papá, ¡murió por mi culpa! —sollozó más fuerte, mientras Mike lo atrajo para abrazarlo— ¿P-por qué le hicieron eso a m-mi papá? ¡Él no era malo! ¿Por qué…?
No hubo más interrogantes. Nile siguió reconfortando a Smith, con la quijada temblorosa y un hilo de voz que se unía a su dolor. Mike se quitó la chaqueta y trató de cubrirlos a todos, reforzando su abrazo. Amparada por la sombra que le daba la prenda de su amigo, Nanaba tomó la mano de Erwin y le devolvió la hoja perteneciente a su difunto padre, entrelazando sus dedos con los del rubio. Al igual que el joven Smith, los tres dejaron que las gotas de lluvia se confundieran con sus propias lágrimas, pactaron en silencio guardar aquel amargo secreto y sufrieron por su amigo y la injusticia del mundo. Allí bajo el aguacero, los cuatro reafirmaron la amistad que los uniría de por vida.
[…]
—¡Atención! —la potente voz del instructor resonó al mismo tiempo que el golpe de las botas del Ciclo N° 83 contra la arena.
Luther contempló la formación de los ciento noventa reclutas que ahora componían su regimiento, luego de haber recibido la renuncia de otros cuatro más en los días posteriores a las clases de teoría. Las palabras del profesor Schüller volvieron a hacer eco en su mente y tardó más de lo acostumbrado en iniciar su discurso matinal: acción que no pasó desapercibida por los reclutas que se miraban disimuladamente.
—Se ha cumplido una semana de su entrada a este cuartel —el tono grave y pausado de su voz confundió a sus subordinados—. Imagino que habrá sido un periodo muy difícil para todos; y ahora más que nunca, son conscientes de lo que demanda ser parte del Ejército de las Murallas —respiró hondo—. ¡Los insto a continuar con la misma energía! Los tres años de entrenamiento pasarán rápido y para ese entonces, serán tan fuertes como los muros que defienden a la humanidad. ¡Resistirán como dignos soldados del rey, llevarán la esperanza a quienes lo necesiten y yo quiero estar ahí cuando eso suceda!
Los cadetes del Ciclo N° 83 no esperaron ninguna indicación y dieron un grito tan potente que alertó a los asistentes de los demás establecimientos. Ante Luther, realizaron el saludo militar más genuino en sus cortas vidas, exaltados por la confianza que ahora recibían. Luego de unas cuantas palabras, la formación se dispersó para cumplir las nuevas actividades del día.
—Dicen que hoy aprenderemos a montar caballo —Nile acomodó la manga de su chaqueta—. Será la primera vez que me suba a uno.
—¿Acaso tu familia no tenía un corcel para llevar mercancías por la Muralla Rose? —le recordó Mike.
—Sí, y lo ataban a una carreta, ¡es muy diferente! —corrigió—. Todavía recuerdo cuando tu padre nos prestó a Freilan, pero mi mamá no me dejó cabalgarla.
—La mía piensa igual —secundó Erwin—. Siempre tuvo miedo de que me accidentara.
—Ahora serán libres —sonrió Mike, al mismo tiempo que llevaba su mano a la cabeza de Nanaba—. ¿Qué hay de ti, Erzengel? ¿Montaste algún caballo antes?
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—¡Huye, rápido! —fue el último grito desesperado de su madre, rogándole que obedeciera.
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—Sí —alejó sutilmente la extremidad de su amigo—, sólo una vez.
—Ya veo…
—¿Erwin Smith? —la presencia del profesor Schüller, vestido a la usanza de los soldados del cuartel, frenó el avance de los cuatro— Lamento interrumpir: quería pedirte disculpas por lo que ocurrió hace días.
—¡No, no se moleste! —se puso nervioso— Soy yo quien debería hacerlo.
—Al contrario —enfatizó—, he tenido un pésimo comportamiento y falté a mi promesa de alentar el saber. Ayer revisé los expedientes —miró un papel doblado entre sus manos, para luego levantar la vista— y supe lo que ocurrió con tu padre: después de lo que mencionaste y considerando el afán del gobierno por ocultar estas cosas, creo comprender las razones de todo. Realmente lo siento y se lo digo también a ustedes…
—Bueno —Erwin contempló a sus amigos—, no sé si ellos querrán decir algo.
—¡Sí, que el orgullo no es tan bueno en ocasiones! —Nile se adelantó, palmeando los hombros de Erwin— Ahora ya confirmé por qué me agrada, maestro.
—Lo mismo opino —Mike trató de controlar la risa.
—Es un buen profesor —Nanaba llevó su mano al pecho.
—Gracias, de todo corazón —correspondió su gesto.
—Sólo hay un detalle —la tensión en la voz de Erwin previno a sus compañeros y el docente, hasta que el último pudo notar cómo el cadete le extendía la mano—: dejará que siga con mis divagaciones. Sé que mi padre no se equivocaba y lo probaré.
—¡Hmp! —Javarus sacudió la cabeza con apacible resignación y estrecharon palmas en mutuo acuerdo— Llegarán lejos, muchachos. No lo olviden.
Los cuatro reclutas rieron de felicidad, en tanto el profesor Schüller notaba un brillo distinto en sus ojos. Finalmente podía estar tranquilo: la esperanza se había instalado en sus jóvenes corazones.
N.A.:
¡Buenas noches a todos! Finalmente, después de varios meses, puedo publicar un nuevo capítulo; es que realmente estoy emocionada de continuar este fanfic, así que mil disculpas por haberlos hecho esperar TwT
Si bien esta historia gira en torno a la vida de Nanaba, también aprovecho para hablar de otros personajes que han podido cooperar en su desarrollo, y éste es el caso de Erwin Smith: un joven cadete con ansias de querer conocer el mundo, pero que a la vez oculta un pasado muy doloroso :'( realmente fue un todo un reto explorar esta pequeña parte de su juventud (sobretodo ligado a la muerte de su padre) y quise relacionar esta situación con la primera vez (?) en la que Nanaba conoce oficialmente el «terror de los titanes»: gracias al manga/anime, sabemos que Erwin confiaba mucho en los veteranos, incluida Nanaba, por lo que se presentarán muchas ocasiones para verlos interactuar :3
Espero que les haya gustado este capítulo, ¡mil gracias por sus lecturas y reviews, y buena suerte para todos! :D
