¡Hola a todos! ¿Es raro que yo actualice un martes, verdad? Lo sé, suelo hacerlo los domingos pero hace dos semanas no tenía listo el capi, y el pasado domingo estaba súper cansada después de haber salido toda la noche del sábado. Así que pensé en dejarlo para el domingo que viene, pero los últimos reviews han hecho que lo publique antes xD No hace falta que me sobornéis, eh, aunque me hizo gracia leer los reviews xD Muchas gracias de verdad a todos los que habéis comentado el primer capi, nueve reviews ni más ni menos, ¡y todos buenos! Es una historia muy loca y no sé a dónde me llevará pero tengo todas las ilusiones puestas en ella y espero que no os decepcione. :)

Gracias a Tania (Tengo que decir que yo shippeo tanto a los Quick como a los Quartie. Quinn y Artie siempre fueron mi crackship preferida para Quinn, y los Quick me hicieron feliz en la primera temporada, lo poco que hubo de ellos. Su escena en la clase de repostería con la harina, el azúcar y los huevos siempre será el mejor de sus momentos para mí, a la par con el nacimiento de Beth y su "Did you love me?" "Yes. Especially now" Eran un amor, pero RIB los dejó a un lado como a mis niños, tenía que hacerles justicia de algún modo xD ¡Gracias por leerlo y por el review!); a Skyla VanDougle (Siento haber tardado tanto, ojalá te guste el nuevo cap ^^ ¡Muchas gracias por tu review!) Y sí, son muy locas xD); a Maru (Si me tocase a mí un estudiante de intercambio así le daría las gracias a Dios todos los días jejejeje Mercedes ha tenido mucha suerte, aunque no se de cuenta. Uy, ¡las mejores vibras! Ojalá así sea :D Gracias por dejar review, Maru, estoy deseando saber qué te parece el nuevo capi, eso sí, que sea en un descanso de tu estudio, ¡eh! xD Mil besos); Rosa Elena (¿Sabes qué? Gracias a vosotros, yo tampoco puedo decidirme por RileyStreet o Samcedes, aunque bueno, RIB nos los ha quitado y ahora tenemos más fácil fangirlear por RileyStreet que por Samcedes así que, de momento éstos ganan xD Siento haber tardado en publicar el segundo, espero que te guste ^^ Un beso y un abrazo Rosa Elena. Y sí, moléstame por twitter, eh. Es una orden xDD); Catita (En respuesta a tu duda... Puck... es Puck. Sabe qué es lo que tiene y no tiene que hacer para no perder a su chica, veremos si sigue el buen camino o se tuerce xD ¡Cariños!); María Elena (¡Gracias! Ojalá te guste la nueva actualización. ¡Besos! ^^); Ainaris (¿Una fan incondicional? ay *_* ¡Bienvenida! Mil gracias por los reviews. Y no, no hace falta que me sobornéis xD siento la tardanza, espero poder actualizar pronto. Ojalá te guste el nuevo cap, ¡muchas gracias por tus reviews!); Savri (La amistad Quinncedes es lo mejor que existe, y el calvo también nos la quitó :( No es justo. Aynss. Aquí está el nuevo capi, Savri, gracias por leer la historia ^.^)

Perdón por la tremenda nota de autor, es inmensamente enorme. Pero ahora sí que sí, os dejo con el nuevo capitulo.


Disclaimer: Glee no me pertenece.


En el capítulo anterior:

El profesor no había entrado solo y ahora once alumnos miraban curiosos al chico que lo acompañaba sin decir ni una sola palabra. Mercedes tragó saliva sin dejar de mirarle. El chico era alto, atlético. Su pelo, rubio, y sus ojos... No podía verlos bien desde tan lejos, pero hubiese jurado que eran verdes. Y hermosos. Éstos miraban a todas partes, tratando de memorizar las caras de sus nuevos compañeros, mientras les regalaba una sonrisa.

—Chicos, os presento a Sam Evans, vuestro nuevo compañero.

—Hola —dijo él, levantando la mano para saludar.

Si el chico había querido decir algo más, nunca lo sabrían, pues el señor Schue siguió hablando y lo que les dijo, hizo que Mercedes deseara poder esconderse bajo tierra y no salir.

—Es uno de los estudiantes del Programa de Intercambio. Estudiará en el McKinley este año y vivirá en casa de la familia Jones —les informó, señalando a su vez a Mercedes.

—Ohhh, ¿eso era lo que íbamos a saber? —le preguntó en voz baja Quinn, dejando de mirar al chico nuevo y viendo ahora a su amiga. Ésta no le devolvió la mirada, sus ojos habían hecho contacto con los de él durante un segundo y su nuevo compañero de casa le había sonreído, provocando que ella se sonrojase un poco.

—Já, qué bueno. Los padres de Aretha le han buscado un chico para que la desvirgue —soltó Santana, provocando que decenas de ojos dejasen de mirar al nuevo estudiante y la mirasen a ella.


Capítulo 2: "Mercedes... como la marca de coches"

—Santana López, eso ha estado-

—Mal —completó Kurt la frase del profesor.

—Fuera de lugar —añadió Quinn.

—Totalmente —dijeron Tina y Artie a la vez.

—Es Santana, estaba tardando en soltar una de sus groserías —opinó Rachel, volviendo la vista al frente.

—Cállate, Hobbit.

—¿Lo veis? —preguntó Rachel, encogiéndose de hombros, y fijando sus ojos en Sam, al tiempo que le susurraba un "No te acerques a esa".

—Le estáis asustando —habló Puck, levantándose de la silla y bajando hacia donde estaban situados Sam y el señor Schue—. Bienvenido, tío. No te arrepentirás de haber decidido apuntarte—. Puck le dio unos pequeños golpes amistosos en el hombro y le señaló la silla que había libre junto a la suya—. Me llamo Noah, pero todos me dicen Puck, por mi apellido, Puckerman. Ven, siéntate conmigo. En poco tiempo te contaré todos los chismes y secretos del William McKinley.

—Umm... ¿Gracias? —respondió Sam, dejándose conducir hacia arriba.

—Oh, no me las des —dijo Puck, sentándose ya de nuevo al lado de su novia.

—Puck...

—¿Sí, Señor Schue? —el judío, volvió su vista al frente.

—Pensaba pediros que os presentaseis uno por uno y...

—Oh, no se preocupe. Le haré un resumen para acabar antes —Sam al oírle, sonrió a su lado, mirando al fondo de la fila. La latina, que llevaba por nombre Santana, se había referido a su compañera de casa por el nombre de Aretha, pero dado el mote que había usado para referirse a la morena bajita de la primera fila, diría que aquel no era su verdadero nombre. Sam no tuvo que esperar mucho tiempo para averiguarlo, pues Noah Puckerman, Puck, empezó a presentárselos uno a uno ante la atenta mirada del señor Schue. Probablemente, el profesor estuviese temiendo que fuese a soltar alguna tontería. Y eso precisamente, fue lo que él hizo—. Bien, empecemos por delante de todo. El de la esquina izquierda que ves allí delante es Artie Abrams, el de gafas—. Sam le miró al tiempo que Artie le sonreía y se levantaba las gafas que se le habían escurrido ligeramente. El chico no solo llevaba gafas sino que, además, permanecía sentado en una silla de ruedas que Puck no le había nombrado. Sam sonrió y murmuró un "hola" que fue olvidado pronto al pasar a la siguiente persona—. A su lado, tenemos a Tina Cohen-Chang, y junto a ella, Rachel Berry, también conocida como "la roba solos".

En el salón pronto se oyeron las protestas de Rachel, pero éstas quedaron nuevamente silenciadas por las presentaciones de Puck.

—El gigante que se sienta a su lado es su novio Finn Hudson y ahora mismo, quaterback y también capitán del equipo de football. Por cierto, deberías presentarte, estoy seguro de que serías un buen receptor—. Sam se lo quedó mirando, pensativo. La verdad era que no sabía todavía si presentarse o no. Se le había pasado por la cabeza, pero le habían hablado también del club de natación y... Puck volvió a hablar rápidamente, haciendo que se olvidase de sus propios pensamientos—. Esos dos de ahí delante son Mike Chang y Brittany Pierce, los mejores bailarines de New Directions. Y ésta que se sienta a mi lado, es mi preciosa novia, Quinn Fabray —le oyó decir, completamente orgulloso—. Te queda claro, ¿no? Es decir, como te vea mirándola...

—Puck... Ahora eres tú quién le estás asustando —observó Quinn.

—Solo estaba bromeando —se excusó el judío, restándole importancia—. No lo decía de verdad. O sí, quién sabe —rió, volviendo a sus presentaciones—. ¡Sexy Mama! Espero que los Jones le den bien de comer, porque viene un poco flacucho y en el equipo los necesitamos fuertes.

Mercedes deseó tener un palo en la mano para poder atizarle con él en la cabeza. ¿Cómo se le ocurría llamarle así delante de todos? ¡Y delante del nuevo! La chica ya no sabía qué podía haber sido peor, si el comentario de Santana sobre su virginidad o que Puck le llamase como lo hacía siempre.

—Se llama Mercedes —le dijo Puck a Sam, mientras ella lo miraba con ganas de matarle—. Solo yo puedo llamarle "Sexy Mama".

Sam esbozó una pequeña sonrisa dirigida a la chica. Aquella no era la primera vez que él la veía, pero sí la de ella. Al menos ahora sabía su nombre y podría llamarla de algún modo que no fueran aquellos dos motes. "Sexy Mama" y "Aretha". No, definitivamente no la llamaría así, a no ser que deseara que la chica descargase su ira sobre él. Ahora parecía querer matar a Puck, así que no tentaría a su suerte. Iba a pasar un año en su casa, y lo último que querría sería llevarse mal con la hija de la familia con la que viviría.

—Nadie puede llamarla Sexy Mama" —le aclaró el chico que se sentaba al lado de Mercedes—. Yo soy Kurt. Kurt Hummel, el hermanastro de Finn.

—No todavía —lo corrigió el moreno.

—Será pronto. Y todos vendréis a la boda —dijo, feliz.

El moreno se encogió de hombros y su novia aprovechó para hablar de nuevo.

—Bien, ya están hechas las presentaciones, ¿podemos empezar ya la clase, Señor Schue?

—Falto yo —les recordó la latina.

—Ya sabe cómo te llamas y que no debe acercarse a ti, Santana. No necesita saber nada más.

—Cállate, "Narizota"

Rachel abrió la boca para luego cerrarla rápidamente, mordiéndose el labio y negando con la cabeza. No pasaba nada. Santana podría llamarla como a ella se le viniese en gana, al fin y al cabo, la estrella de New Directions era ella y eso nunca cambiaría. Santana la miró dudosa de que no le respondiese, y luego, se giró de nuevo hacia el chico y se presentó a sí misma.

—Soy Santana López, la capitana de las Cheerios —pronunció, orgullosa, recibiendo un carraspeo por parte de su amiga Quinn—. Co-capitana. Soy co-capitana junto con Quinn.

La rubia asintió con la cabeza, al tiempo que se oían delante las risitas de Rachel Berry.

—¿Te pasa algo, Hobbit?

—¿Podemos seguir con la clase?

—¿Rachel va a darnos hoy la clase, Señor Schue? —preguntó Brittany, confusa—. Si es así, yo me marcho. No me gustan las judías —Explicó, recibiendo miradas de todos los allí presentes—. ¿Qué? Saben fatal. Peor que los guisantes aún.

—No, Britt. Rachel no va a daros la clase hoy. La daré yo, que para eso soy vuestro profesor. Solo si me dejáis seguir, claro.

—Prosiga, señor Schue —oyeron decir a Finn, antes de que su novia volviese a abrir la boca para meterle prisa.

Sam se removió en su asiento, buscando un bolígrafo y una libreta para apuntar todo lo que fuese oyendo, pero Puck lo detuvo, contándole que rara vez tomaban notas. El chico lo miró, asombrado, y luego, volvió su vista al frente para observar cómo el profesor escribía unas notas en la pizarra y nadie las apuntaba.

Cuando había llegado al instituto esa mañana, había jurado que pertenecer al Glee Club sería la primera buena decisión que tomaría sin arrepentirse. En Tennessee, de dónde venía, también había formado parte de él. No llevaba por nombre "Glee" pero era bastante parecido. O quizás no tanto, porque aquellas personas con las que pasaría el curso desde ese momento en adelante parecían estar como cencerros. O como cabras. Completamente locos. Y francamente, Sam dudaba que pudiese llegar a entenderles en algún momento de ese año que viviría en Lima. El resumen de presentaciones que Noah Puckerman, Puck, le había hecho, solo había servido para entender que Rachel Berry era una marisabidilla, a la que Santana López se la tenía jurada. Que no debía tocar ni mirar a Quinn, o sino se las vería con él; y que el gigante de la primera fila, novio de Rachel y quaterback del equipo de football, sería pronto el hermanastro del chico que se sentaba al lado de Mercedes.

Echando un vistazo rápido a la clase, Sam trató de recordar cada uno de los nombres, pero la gran mayoría se le habían olvidado ya. No importaba, con el tiempo los recordaría perfectamente. Mientras no se olvidase del de Mercedes y no la llamase por cualquiera de aquellos dos motes que les había oído, todo iría bien.

Cada vez que su mirada se concentraba de nuevo en la pizarra y en lo que intentaba explicarles el profesor, nuevos ojos le miraban, curiosos. Así había sido desde esa mañana cuando había cruzado las puertas. Decenas de personas viéndolo recorrer aquellos pasillos. Animadoras con su traje, deportistas con su chaqueta del equipo. Rojo y blanco parecían ser los colores del instituto. Mirase donde mirase, veía aquellos colores. Y también parecían dominar el Glee Club, pues al menos, seis de los doce integrantes, se vestían con ellos. Siete, si al final él también se decidía por presentarse a las pruebas. El club de natación también tendría una de esas chaquetas, así que de una manera u otra, Sam también empezaría a vestir de rojo y blanco. Contemplando pasarse más tarde para echarle un vistazo a los entrenamientos, se inclinó hacia su "nuevo amigo" Puck.

—¿A qué hora soléis entrenar? —le preguntó, haciendo el menor ruido posible para que el profesor no le oyese. De todos modos, éste se encontraba escribiendo en la pizarra así que era poco probable que les pillase hablando.

—A última hora, justo antes de comer. ¿Por qué? ¿Te has pensado lo de hacer las pruebas? —le respondió Puck, mientras observaba cómo su novia y Mercedes Jones giraban sus cabezas hacia ellos. Los ojos de Sam volvieron a hacer contacto con los de ella durante unos segundos antes de que la chica girase la cabeza de nuevo. Quinn le sonrió, y luego pareció decirle algo a Mercedes que asintió con la cabeza, mordiéndose el labio.

—Quizás —sonrió, mirando fijamente a su nueva compañera de casa. Se había fijado en él durante unos segundos y ahora sus ojos huían de él, o al menos eso era lo que Sam podía deducir de su comportamiento. Aunque también podría estar intentando atender a la clase, que era lo que él sin duda, debería estar haciendo también.

—Pásate. Te gustará, lo sé —le animó Puck, al tiempo que el señor Schue se giraba y empezaba a hablar de nuevo.

Sam asintió con la cabeza y terminó de apuntar en su pequeña libreta lo que el profesor había escrito. Podría seguir más tarde haciéndole preguntas a Puck, ahora tenía que concentrarse en la clase o les fallaría a sus padres. Después de todo por lo que habían pasado, aquel programa de intercambio le brindaba una gran oportunidad que él no podía desperdiciar. Respirando profundamente, prestó la máxima atención posible a lo que el señor Schue les estaba enseñando.

Mientras tanto, Mercedes se removía por enésima vez en su silla, nerviosa, dando gracias de haberse podido sentar entre sus dos mejores amigos. Desde ese lugar, podía ver toda la clase. La pizarra, que en realidad era a lo que debería estar atendiendo, la primera fila y la última, dónde ellos estaban sentados. Todos le miraban a él, cada uno de ellos giraba su cabeza en algún momento de la clase para comprobar o curiosear acerca de lo que el chico nuevo hacía. De haber estado en su lugar, seguramente Mercedes se hubiera sentido como un mono de feria. Aunque era normal, y ese interés que todos tenían por conocerle todavía duraría semanas. Después de eso, el pobre también sería un objetivo a granizar. Quizás cuando hablase con él, debería advertirle acerca de esa posibilidad. Puck se había ofrecido a enseñarle todos y cada uno de los secretos del McKinley, pero el judío rara vez recibía granizados. Ella debía ser quién se lo dijese. Formar parte de los Titanes, que parecía ser en lo que él estaba interesado, no le salvaría de ellos. Desde el mismo instante en el que había entrado en el salón del coro, se había convertido en un perdedor, tal y como lo habían hecho todos en su día. Mercedes esperaba de corazón, que el chico no se arrepintiese de haber tomado aquella decisión. El Glee Club podía brindarles todas las sonrisas del mundo, pero también toda la tristeza, lo que hacía que ella se plantease cada día el abandonarlo. Más todavía después de esa mañana, en la que de nuevo, Rachel se le había adelantado.

Mirando su reloj disimuladamente, comprobó que tan solo les quedaban cinco minutos de clase. ¿Cómo podía habérsele pasado tan rápido aquella hora? Entre el resumen de presentaciones y los insultos que Santana López le había dedicado a Rachel Berry, casi se les había pasado la mayor parte de la clase.

Sin volver a mirarle, ni mover su cabeza en dirección a él, Mercedes se preguntó qué pensaría de ellos el chico. Probablemente, que a todos les faltaba un tornillo. Y no era para menos.

—Ya queda menos —le susurró Kurt a su izquierda. Al parecer, no había disimulado tan bien el mirar la hora.

Mercedes le sonrió y asintió al tiempo que veía cómo Santana buscaba con la mirada a Sam. Realmente, la latina no perdía el tiempo y parecía haber encontrado una nueva presa a la que cazar. De nada serviría que Rachel le hubiera recomendado al chico que no se acercase a ella, Sam también caería sus redes como lo habían hecho todos los demás. Era solo cuestión de tiempo.

—Y esto es todo por hoy, chicos —habló el señor Schue, y todos sus alumnos se levantaron rápidamente al son de la sirena que marcaba el final de la clase.

—Magnífica clase, Señor Schue. Como siempre —le felicitó Rachel. Mercedes no podía verla desde la fila de arriba, pero hubiese jurado que su cara era una enorme sonrisa.

—Qué lame culos que es —resopló Santana, poniendo los ojos en blanco.

Rachel no le respondió tampoco esa vez. Con la cabeza alta, unió su mano a la de Finn y ambos salieron por la puerta de clase sin esperar a nadie. Mercedes soltó una risita disimulada al ver la cara de desconcierto de Santana. Esa era ya la segunda vez que Rachel no le respondía y presentía que la latina estaba empezando a impacientarse. Quizás eso era lo que la morena pretendía. Que ella la dejase en paz al no prestarle el menor caso. Si esa era la solución, Mercedes también podría ponerla en práctica.

—¿Almorzamos juntas? —le preguntó Quinn, mientras veían cómo Santana bajaba ya la escalera y se paraba al lado de Sam. Mercedes quiso contestarle pero la rubia la silenció, queriendo escuchar la conversación de los otros dos chicos.

Los demás integrantes del coro ya se habían marchado y tan solo quedaban ellos cuatro y Puck que, al parecer, se negaba a irse sin el chico nuevo.

—¿Y bien? —le oyeron decir a Santana.

—Lo... Lo siento. San... ¿Santana? —preguntó, reafirmando que ese era su verdadero nombre. Recibiendo un asentimiento y una sonrisa por parte de ella—. Lo siento, ya acepté la propuesta de Puck. Quizás otro día.

—¿Otro día? —Santana empezó a reírse, al tiempo que se giraba y empezaba a andar, negando con el dedo en alto.

—No te preocupes. Volverá —le aseguró Puck, dándole unos toques en su hombro—. ¿Vamos?

—¿Me das unos minutos? Tengo que hablar con... —Sam buscó a la chica encontrándose con su mirada huidiza. Quinn y ella habían presenciado su conversación con Santana y ahora parecían querer disimularlo, sin conseguirlo.

—¿La "Sexy Mama"?

—Noah Puckerman, deja de llamarla así —le reclamó su novia, acercándose a él, y tirándole del brazo para sacarlo de clase—. Mercy, te espero fuera.

—Okay —respondió ella, bajando la escalera para encontrarse de frente con su nuevo compañero de casa.

Caray, el chico era verdaderamente alto. Y ella se veía muy pequeña a su lado. Bueno, quizás no tanto como se veía Rachel Berry al lado de Finn, pero lo suficiente para que ella tuviese que levantar la cabeza para mirarle. Mercedes sonrió, al tiempo que se fijaba en sus hermosos ojos. Eran verdes, tal y como lo había pensado desde aquella silla en la que había permanecido sentada toda la clase. El chico que tenía delante de ella era Sam Evans, su nuevo compañero de casa. El estudiante de intercambio que sus padres se habían conseguido con aquella locura. Durante un segundo, recordó la frase de Santana al inicio de la clase. Mercedes no le había respondido en ese momento, dejando que la vergüenza la poseyese, y ahora, ésta volvía de nuevo, provocando que sus mejillas se sonrojasen. ¿Qué habría pensado de aquel comentario el chico? ¿Habrían sido aquellas palabras las que le habían hecho denegar su proposición? De todos modos, Mercedes ni siquiera sabía qué era lo que Santana le había pedido, pues ésta lo había hecho cuando ella estaba hablando con Quinn. Pero lo más probable fuese que la latina lo hubiera invitado a salir, dadas las miradas depredadoras que le había echado durante toda la clase.

Y él le había dicho que no.

Quizás era gay. Pensó, a la vez que Sam le sonreía de vuelta como ella lo estaba haciendo. O quizás tuviese novia y ésta se había quedado allá en... ¿Dónde era que vivía? Ni siquiera lo sabía.

—Así que... te llamas Mercedes —dijo el chico por fin, asegurándose su mochila en sus hombros.

Ella solo asintió, perdida aún en sus pensamientos. Él no podía ser gay, claro que no. Sería una gran pérdida para las chicas el serlo de verdad. Aunque no para los chicos. De ser verdaderamente gay era bastante raro que su amigo Kurt no se lo hubiese mencionado. Él nunca solía equivocarse, su gaydar o radar gay como lo llamaban, siempre había sido muchísimo mejor que el suyo. Mercedes había tenido que confesarle que le gustaba el año anterior para que él le contase la verdad acerca de su sexualidad. Ella no lo había visto venir en aquel momento, y ahora cuando aquella idea asaltaba su cabeza, nunca la descartaba.

—Como la marca de coches —le oyó decir, risueño. Observando cómo sus mejillas y también sus orejas se teñían de un rojo chillón.

—Mis padres... —le explicó la chica—. Digamos que tienen un "gran" sentido del humor —Mercedes recalcó la palabra con sus dedos, haciéndole reír—. Pronto les conocerás. Espero que no hagan que te arrepientas de haber venido.

Sam negó con la cabeza, sin saber qué responderle. Él también lo esperaba, pero dada la gratitud de aquella familia al apuntarse al programa y aceptarle en su casa, dudaba de que aquella fuese la mejor respuesta. Por su parte, el chico estaba deseando acabar ya con aquel día de clases y conocer la casa donde viviría por todo un año. En su viaje había contemplado la posibilidad de que la familia con la que viviese tuviera hijas y no hijos, pero ahora, conociendo a la chica que tenía enfrente, tampoco le parecía que hubiese tenido tan mala suerte en el reparto. Al menos no le había tocado vivir con la chica "roba solos" o con la latina que parecía querer meterse en sus pantalones. O con la novia de Puck, a la que según el judío no podía mirar ni tocar. O a decir verdad, con cualquiera de las tantas chicas que se había cruzado por los pasillos de aquel instituto. Cada una de ellas le habían mirado fijamente, unas con curiosidad y otras con una adoración que le hacía sentir incómodo. Debería haberse acostumbrado a aquello después de tanto tiempo, pero ahora estaba en otro estado y acudiría a otro colegio, Sam solo deseaba dejar todo su pasado atrás. Y con aquella nueva oportunidad podría conseguirlo. Estaba decidido a luchar por sus estudios. Haría que sus padres se sintiesen de nuevo orgullosos de él, e intentaría no causar demasiados problemas en la familia Jones, ayudándoles en todo lo que necesitasen. Y para ello, lo primero que debía hacer era llevarse bien con la hija de estos, forjar una amistad o al menos una no enemistad entre ellos. Curiosamente, Mercedes había sido la única que no se lo había quedado mirando las dos veces que se había cruzado con él. De hecho, Sam estaba completamente seguro de que la chica ni siquiera sabía que se habían chocado aquellas dos veces.

—Así que... ¿Debería tener miedo? —Preguntó divertido, observando la cara de desconcierto de la chica—. Yo... Te oí decir que planeabas cometer un asesinato.

Oh, Dios mío...

Mercedes abrió la boca ante la sorpresa de saber quién había sido la persona con la que se había chocado. Justamente él había tenido que ser quién escuchase aquellos mensajes amenazantes que ella le había dejado a su madre. Ojalá la tierra se abriese en ese momento y se la tragase. ¿Qué estaría pensando él? Probablemente que su estancia en aquella casa iba a ser una completa tortura, con padres que no les informaban a sus hijos de las decisiones tomadas e hijos que se avergonzaban de sus padres y querían hacerles desaparecer. Bobby, el hermano de la chica, tenía suerte de estar estudiando fuera de aquella casa de locos. Mercedes le echaba muchísimo de menos. Y ahora que Sam iba a ocupar su habitación, o al menos eso era lo que Mercedes sacaba en claro, su hermano mayor ni siquiera tendría dónde dormir cuando regresase de Nueva York.

—Yo... La verdad es que... —titubeó, tratando de explicarle al chico cómo había sucedido todo—. No sabía que venías. Mis padres no nos dijeron que se habían apuntado y...

—¿Nos? —El chico arqueó una ceja dudoso—. ¿Te refieres a...?

—A mi hermano Bobby. Está estudiando en Nueva York y suele venir en vacaciones. Pero no te preocupes por eso. Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él —le tranquilizó la chica. Mercedes veía ya a su hermano durmiendo en el sofá del salón. Pobre.

—Siento que te hayas enterado así —En cierto modo, la entendía. Él había llegado como una invasión sin ni siquiera darle tiempo a hacerse a la idea, y la chica disponía de muy poco tiempo para ello. Acababa de perder su intimidad en aquella casa y la comprendía de verdad por estar dolida con sus padres—. Te prometo que no seré ninguna molestia. Ni te enterarás de que vivo allí.

Mercedes rió al oírle, a la vez que advertía la necesidad que el chico tenía de querer caerle bien. Negó con la cabeza, tratando de tranquilizarle. Aquello ya estaba hecho y no tenía vuelta atrás. Un año se pasaría rápidamente y en el transcurso de éste, seguramente conseguirían conocerse lo suficiente para que entre ellos se crease una bonita amistad. Quién sabe, quizás al término de ese año, ella lo echase de menos cuando se marchase.

—No creo que sea así, pero gracias por intentarlo —respondió, de nuevo con aquella sonrisa que el chico conseguía sacarle. Empezaba a pensar que no todos ellos eran iguales, o al menos, él no parecía ser como los egocéntricos de su instituto.

Aquella comparación le hizo recordar que debía contarle acerca de los granizados, pero el chico habló de nuevo cambiando rápidamente de tema.

—El director me ha dicho que tus padres se han llevado ya mis maletas —le informó, al tiempo que veía la reacción de la chica y ésta, no le daba buena espina. ¿Aquel miedo repentino de Mercedes significaba que ella temía que le revolviesen toda su ropa? Sam palideció solo de pensar lo que podrían encontrarse entre sus pertenencias.

—Oh —fue lo único que ella respondió, preocupándole todavía más.

No. Sam esperaba de verdad que no hurgasen entre sus cosas. Cuando Figgins le había comentado que ellos se las habían llevado no había advertido aquella posibilidad, pero ahora, viendo el temor en los ojos de su nueva compañera, sabía que lo más posible era que aquello se produjese. Oh, ¡joder! ¿Y si veían sus... o las...? ¡Mierda! Los Jones eran capaces de eso y más, ¿verdad?

¡Un momento! ¡Ellos no iban a descubrir nada! ¡No podían!

Mercedes dio un respingo ante la sorpresa de ver cómo el chico se arrancaba a carcajadas. En tan solo un segundo, Sam había dejado su cara de preocupación y había estallado en risas, haciéndole temer que él en el fondo estuviese tan loco como sus padres. O eso, o la locura estaba empezando a contagiársele y temía que a ella le tocara ser la siguiente. ¿Iba a decirle cuál era la razón de aquellas risas o tendría que quedarse con la curiosidad?

—Acabo de recordar que tienen candado —le explicó, completamente rojo.

Vale, olvidarse de aquel "pequeño" detalle había sido una gran cagada por su parte, pero el alivio que sentía ahora al darse cuenta de que los Jones jamás encontrarían sus raras colecciones era inmenso.

—¿Debería tener miedo? —Preguntó la chica, copiándole sus mismas palabras—. ¿Llevas una pistola dentro o algo por el estilo? —rió, notando cómo sus sonrojos pasaban ahora también a sus orejas.

—¿Cómo? No, no. Claro que no —Respondió, antes incluso de darse cuenta de que se había tratado de una broma. Aquel primer encuentro no estaba yendo tan mal como lo había esperado. Definitivamente, Sam Evans no había tenido mala suerte en el reparto de casas. Al menos, no en lo que se refería a su nueva compañera. En cuánto a los padres de la chica, estaba deseando conocerles para comprobar si de verdad eran como su hija los describía.

Mercedes sonrió de nuevo, al tiempo que se fijaba en la puerta de la clase. Aquellas risas casi habían hecho que se olvidase de que había quedado con Quinn en el almuerzo. Ella probablemente estaría impacientándose por la tardanza, o quizás no, seguramente su novio Puck la estuviese entreteniendo. De cualquier modo, Mercedes debería abandonar ya la clase antes de que el timbre que daba comienzo a las demás materias volviese a sonar, avergonzándoles por perder la noción del tiempo.

—Entonces, ¿cómo hacemos? —Le preguntó el chico, volviendo a llamar su atención—. Después, digo —No quería ser un estorbo, eso le había dicho, pero al menos necesitaba saber dónde iba a vivir durante aquel año. Lo cierto es que tenía la dirección, pero ni la más remota idea de cómo llegar. Claro que también podría subirse a un taxi y aparecer allí. Quizás eso era lo que debería hacer.

—¿Nos encontramos al final de las clases? —propuso la chica rápidamente, tomándole por sorpresa. Puede que sus padres no le hubiesen dicho nada acerca del plan de intercambio, pero eso no debería impedirle el ser una buena anfitriona. Al fin y al cabo, el chico no tenía la culpa de que a ellos les faltase un tornillo. Además, Sam le había prometido que apenas se enteraría de que vivía con ellos, lo que era realmente imposible de creer, pero si el chico estaba dispuesto a intentarlo, ella no sería quién se lo pusiese difícil.

—¿Al final? —Repitió Sam, asegurándose de nuevo la mochila sobre sus hombros—. Sí... Claro. Genial. ¿Dónde? —preguntó, con una gran sonrisa.

—¿En el aparcamiento? Llamaré a mis padres para que vengan a recogernos.

—¿No tienes coche? —Se interesó. Y al segundo siguiente, se había arrepentido de haber hecho la pregunta. Al parecer, la chica había tomado aquello como un reproche—. Solo... solo es curiosidad. Yo tampoco tengo —le explicó, esperando poder así excusarse.

—No. Mercedes no tiene un Mercedes que la lleve —le dijo con cierto retintín que parecía querer indicar que aquella no era la primera vez que la chica lo oía o decía.

—Yo no... No quise... —empezó a disculparse, pero ella lo detuvo antes de que pudiese acabar la frase.

—No, no. Perdona —le dijo, cabizbaja. Estaba tan acostumbrada a responder siempre de la misma manera que ni siquiera se había dado cuenta que el chico no tenía porqué saberlo. Él acababa de llegar, ¿cómo podría saber que oír aquella frase era su pan de cada día? Debería haberle respondido como lo había hecho cuando le había preguntado su nombre. Sam no pretendía reírse de aquello, solo había sido mera curiosidad y ella se lo había echado en cara—. Es solo que... Llamarse como la marca de coches tiene sus inconvenientes —le dijo, encogiendo sus hombros tratando de hacerle ver que no le importaba. Lo que no era ni de lejos cierto, pero eso él no tenía porqué saberlo.

Sam no sabía cómo responderle. Si bien la primera opción habría sido elogiar el nombre de la chica, no creyó que en esa ocasión fuese lo mejor. Aunque el nombre sí era bonito en realidad. Era la primera Mercedes que conocía y su nombre encajaba perfectamente con su personalidad, si éste llevaba implícito un gran carácter y a la vez, una gran bondad.

En lugar de aquello, el chico sacó su teléfono móvil de su bolsillo y tecleó rápidamente sus iniciales en el aparato.

—¿Podrías apuntarme tu número? —le pidió tendiéndoselo para que lo aceptase entre sus manos.

Mercedes observó la pantalla durante unos segundos. En la parte del nombre, Sam había tecleado las letra en letras mayúsculas y ahora esperaba, con una sonrisa, a que ella teclease su número para darle a guardar. La chica lo hizo, teniendo que detenerse a borrar algún número que sus torpes dedos habían tecleado por error.

—Listo —dijo, a la vez que se lo devolvía, y Sam lo buscaba en la agenda para dejar una llamada perdida en el de ella.

—Muchas gracias —Sam devolvió su teléfono al bolsillo, y luego se llevo las manos a los bolsillos traseros de su pantalón—. Solo es en caso de que me retrase. He pensado en pasarme a ver los entrenamientos del equipo de football.

—Oh, no te preocupes. Las Cheerios entrenan al mismo tiempo, así que coincidiremos por allí —sonrió, a la vez que miraba de nuevo hacia la puerta—. Ahora deberíamos irnos o nos perderemos el almuerzo.

—Oh, sí —De no habérselo recordado, él seguramente se hubiese quedado allí hasta que sonase de nuevo el timbre. Aunque había quedado con Puck, y éste lo esperaba fuera como Quinn le había dicho a Mercedes—. Claro... Nos vemos luego —dijo, mientras daba dos pasos atrás y se alejaba un poco de ella. Ambos empezaron a caminar hacia la salida, no tardando en encontrarse con la pareja dedicándose amor en uno de los pasillos.

—Hasta que os decidís a salir. Sexy Mama, no me secuestres a mi nuevo colega, ya tendrás tiempo de enseñarle Lima —oyeron decir a Puck, recibiendo un codazo disimulado de su novia.

Sam sonrió al verlos, al tiempo que Mercedes volvía a negar con la cabeza. Algún día, ella atacaría a Puck, o quizás ya lo habría hecho. Y no era para menos, el chico parecía pasárselo genial cada vez que la llamaba así, aunque eso significase llevarse un golpe por parte de su novia.

Ésta se dirigió a Mercedes en ese preciso momento, alejándola de su lado y enganchándose a su brazo.

—Nosotras nos vamos a comer —les informó, desapareciendo de sus vistas al girar el pasillo.

—Vale, Quinn. ¿Podrías bajar la velocidad? Esto no es una competición —Mercedes la detuvo justo antes de llegar a la cafetería.

—Quiero saberlo todo. Todo —dijo, deletreando la palabra.

—¿Lo qué? —Ahora sí que estaba empezando a asustarse. Quinn la miraba como si fuera el último helado de fresa y no quisiera que nadie se lo robase.

—Cómo es que ha ido a parar a tu casa el chico más guapo de todo el Programa de intercambio —dijo la chica, como si de verdad supiese cómo eran los demás. Mercedes dudaba de que les hubiese conocido a todos pero no quería morir llevándole la contraria.

—Umm. Quinn. Tú tienes novio —le recordó, por si se le había olvidado.

—Y también ojos. Y oídos. Y quiero saberlo todo, todo —dijo, enlazando sus brazos de nuevo y tirando de ella hacia el interior de la cafetería —. Nada de comer, hasta que me lo cuentes.

¿Nada de comer? Mercedes la miró, anonadada. ¿No lo decía en serio, verdad? Porque ya se había perdido quince minutos o quizá más hablando con Sam. ¿Qué hora era? Ni siquiera sabía en qué hora se encontraba. La chica miró su reloj a la vez que tomaban asiento y ambas veían cómo Puck y Sam se dirigían hacia la mesa del equipo de football.

—No puedes decirme que no te parece guapo —le oyó decir a Quinn, llamando de nuevo su atención.

—No he dicho que no me lo parezca —suspiró la chica, desistiendo el levantarse a por algo de comer. En los cinco minutos que le quedaban de almuerzo le sería imposible saciar su apetito con Quinn tratando de sonsacarle información. Ésta sonrió enfrente de ella, al oír una respuesta de su agrado y se contuvo de dar saltos en la silla—. Está bien... ¿Qué es lo que quieres saber?

Continuará


¿Y bien? ¿Qué os ha parecido? ¿Alguien más opina que Quinn ha fangirleado demasiado? xDD Muchas gracias por leerlo y por vuestros reviews. Hacedme saber qué os ha parecido. Un beso enorme.

Syl