¡Buenos días! Siento haber tardado tanto en pasarme por aquí. He visto en el "ask" que la gente pedía actualización ya, así que he conseguido prepararlo antes del domingo. Muchas gracias a todos los que me deseasteis un Feliz cumple. Me hicieron muchísima ilusión vuestros tweets, reviews y mensajes. ¡Gracias! Fue un día increíble, lleno de cariño. *_*

Gracias también por los comentarios del capítulo anterior: a María Elena (que me dejó tres xD Muchas gracias! :D Besos para ti también); a Maru (jajajaja Me hacen gracia tus preguntas xDD ¿Sabes que no te voy a contar nada, verdad? Tendréis que leerlo vosotros jijiji Kurt es el mejor xD Ojalá te guste este nuevo capi ^^ Besitos!); Savri (los padres de Merce son unos cabr*nes xD pobrecilla... Artitany? No tengo ni idea jijijii Un beso!); Catita (Puck es bueno cuando quiere xD ya veremos cómo sigue la cosa... Muchos cariños! ^^); Rosa Elena (¿Se ve cierto interés de Sam por Mercy? ¿Sí? Jejejeje Mi boca está sellada xD Ay, qué bonita la felicitación *_* Muchas gracias!:D Un beso y un abrazo para ti también); Arania (Ohh, espero que tengas o hayas tenido mucha suerte en el exámen! Mil gracias por el review! Besitos!).


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 4: Bienvenido a la familia:

Mercedes necesitó parpadear varias veces antes de poder creerse lo que sus ojos estaban viendo. Sus padres, Robert y Patricia Jones, sostenían entre sus manos serpentinas y matasuegras que acababan con el silencio y la tranquilidad de aquella enorme casa. Sus caras eran dos grandes sonrisas y sus pies caminaban hacia ellos haciéndoles entrar en casa. Cosa que la chica hubiera deseado no hacer.

Segundos antes, ella le había preguntado a Sam si estaba listo para hacerlo, pero ahora, viendo el recibimiento de sus padres y todo lo que habían preparado para ellos, o más bien para él, la chica dudaba de que ella en verdad lo estuviera.

¡La habían engañado como a una tonta!

Su madre le había mandado a su teléfono móvil un mensaje de texto explicándoles que tendrían que volver a casa por sí mismos, ya que ellos no se pasarían a buscarles y ella se lo había creído.

¡Oh! ¡Qué estúpida! ¡Debería haberlo supuesto! Debería haber considerado el hecho de que sus padres no renunciarían a una fiesta en honor al nuevo integrante de la familia. Si en verdad aquello era una fiesta... La decoración así se lo demostraba, pero los únicos asistentes parecían ser sus locos padres y ellos dos.

Mercedes se había quedado tan quieta junto a la puerta, reprochándose una y otra vez el haber sido tan tonta, que ni siquiera había advertido cómo su madre había cambiado rápidamente la serpentina que tenía en sus manos por una cámara de fotos y ahora la dirigía hacia ellos.

¡Dios mío!

Un flash cegador les sorprendió de repente, provocando que sus ojos se cerrasen rápido intentando sufrir el menor daño posible.

Cuando la chica volvió a abrirlos, Sam, a su izquierda, la miraba con una ligera sonrisa que pronto se hizo mayor al acercarse la señora Jones.

Sonreía.

El chico sonreía.

Él no había querido salir huyendo como ella lo hubiera hecho de haber estado en su lugar, y eso, en cierto modo, la tranquilizaba.

Mercedes se frotó los ojos durante unos segundos, aprovechando que ahora ellos permanecían atentos a las presentaciones. Había jurado en un primer momento que aquel proceso les resultaría incómodo tanto a sus padres como al chico, pero si en un principio Sam había estado nervioso, el miedo a conocerles se le había esfumado con aquella bienvenida. Ahora, su padre le apretaba la mano, fuerte y con seguridad, mientras las balanceaba a ambas, quizás demasiado.

—Soy Robert Jones, Sam. Es una gran alegría para nosotros tenerte en esta casa por todo un año.

—Un gusto el conocerle, Señor Jones —respondió el chico, balanceando su mano con la de él. Sam jamás había sentido tanta fuerza en un apretón de manos.

—El gusto es nuestro, chico —dijo Robert, palmeándole en el hombro y soltando ya su mano para presentarle a su mujer—. Ella es Patricia Jones, mi esposa.

—Bienvenido a nuestra casa, Sam. A partir de ahora también la tuya —la señora le tendió la mano, cambiando a su otra mano libre la cámara de fotos.

—Muchas gracias, Señora Jones —contestó, sin borrar su sonrisa de sus labios, y aceptando la mano de la mujer sin apretar demasiado.

—Y a nuestra pequeñina ya la conoces —oyeron hablar de nuevo al señor Jones, posando sus oscuros ojos en su hija, al tiempo que la apretaba contra sí con cariño.

—Papá... —protestó, tratando de separarse a la vez que él la pegaba más a su cuerpo.

Oh, Señor... ¿Por qué no la soltaba? ¿Es que acaso no veía que eso era lo que ella quería? Mercedes sentía cómo sus mejillas entraban en calor más y más a cada segundo.

"Nuestra pequeñina."

Su pequeñina, sí. A la que habían engañado con artimañas para que lo regresase a casa y de la que seguramente se reirían cuando el día acabase y se fuesen a dormir. Sin olvidar también, la pequeñina a la que habían ocultado haberse apuntado al programa de intercambio que les había traído a Sam a aquella casa de locos.

—Es un saco de malas pulgas y se enfada por cualquier cosa, pero la adoramos. Créeme, tú también lo harás con el tiempo. Es un sol.

La señora Jones rió y ayudó a su hija a separarlos al tiempo que Sam contenía sus risas.

—¡Mi peinado, papá! —le reclamó Mercedes, haciéndose a un lado y tratando de calmarlo con sus dedos.

—Lo siento, pequeña —se disculpó él, recibiendo una mirada de reproche y cariño por parte de su mujer—. Haznos unas fotos, cariño. Aquí, junto a la chimenea, debajo del cartel. ¿Qué te parece?

—Claro —aceptó ella, moviendo sus manos para dirigirlos hacia allí.

—Sam, ponte tú en el medio —propuso rápidamente el señor Jones—. O mejor no. Esperad. Me pongo yo y los jóvenes de la casa a mis dos lados.

Mercedes resopló, consciente de que una gran sesión de fotos comenzaría en ese salón y de que no terminaría hasta que a su madre le doliesen los dedos de tanto apretar el botón, lo que nunca había llegado a suceder.

Su padre se había colocado en el medio de ambos como previamente les había propuesto y ahora pasaba los brazos por encima de cada uno de los chicos, mientras sonreía hacia la cámara.

—Decid "queso" —le oyeron ellos, mirando hacia el objetivo.

—Queeee-so —dijeron Sam y él, a la vez que Mercedes dibujaba una sonrisa perfecta, consecuencia de largos ensayos fotográficos.

—Qué guapos —les felicitó la señora Jones, viendo el resultado final de la foto en la pantalla.

—Ahora tú, cariño —Robert Jones empezó a caminar hacia su mujer, para sostenerle la cámara, pero ella lo detuvo antes de dársela.

—Déjame que les saque una a los chicos primero.

—Ah, claro. Sí —respondió su marido, al tiempo que se hacía a un lado para no salir en la foto y observaba cómo Sam y Mercedes se colocaban, mostrándoles sus sonrisas.

—Cariño, pégate un poco más —le pidió su madre, ajustando el objetivo de la cámara.

Mercedes hizo lo que ella le pidió, dando un paso hacia su derecha a la vez que se chocaba con Sam. Se había pegado demasiado, lo que le hizo plantearse el volver atrás, pero su madre la detuvo.

—Quédate ahí, justo ahí. No te muevas. A ver... —decía, mientas su hija sentía el cuerpo del chico a su lado—. Sonreíd un poco. Sam, pásale el brazo por encima del hombro—. La señora Jones no paraba de hablar a la vez que ellos entendían sus peticiones—. Madre mía, qué alto es. Te saca más de una cabeza... Dejadme que encuadre mejor la foto.

Genial... Ahora resultaba que les saldría horrible porque ella era una enana.

Gracias mamá.

Mercedes puso los ojos en blanco mientras rezaba para que aquel paripé terminase ya. Pobre chico que tenía que estar aguantándoles como ella lo había estado haciendo durante años. Y lo que le quedaba aún por sufrir...

Levantando la cabeza, ella buscó sus ojos al tiempo que los de él hacían contacto con los suyos y el chico le sonreía. Mercedes habría jurado que sus orejas habían vuelto a ponerse rojas, pero su madre le impidió comprobarlo, llamando su atención de nuevo.

—Mercy, sonríe, cariño.

Negando con la cabeza y tratando de no resoplar, Mercedes dibujó de nuevo su perfecta sonrisa al tiempo que su madre accionaba el botón de la cámara y el flash volvía a dejarles casi ciegos.

—Madre mía... —le oyó decir a Sam, dejando de sentir sus manos en su espalda. El chico se las había llevado a sus ojos, parpadeando después ligeramente.

—¿Estás bien? —Preguntó preocupada Mercedes.

Lo cierto era que ella ya estaba acostumbrada a aquel flash asesino, pero él... Sam acababa de conocerle y al parecer, estos no habían hecho buenas migas.

—Sí, sí. Es solo que... no suelo hacerme muchas fotos —respondió. Aunque la excusa que había usado, Mercedes no se la había creído ni por un segundo.

¿Quién podría hacerlo?

El chico era guapo, sí. No se lo había podido negar a Quinn ni tampoco a su amigo Kurt. Era guapo y el hecho de que no soliese hacerse fotos no encajaba. Su madre también había parecido notar lo mismo que ella porque rápidamente, había dejado la cámara a un lado y se había acercado para hablarle.

—¿No sueles hacerte fotos? —la mujer lo miró, asombrada—. Es una pena, porque eres muy fotogénico. Y no mucha gente lo es. ¿No te gusta o...?

—Mamá... —Mercedes trató de hacerle olvidar el tema, pero eso habría sido misión imposible.

—Mercy no lo es, aunque sale preciosa en ellas cuando sonríe de verdad y no cuando lo simula —dijo la señora Jones, desviando su mirada hacia su pequeña, la cuál le respondió con otro resoplo.

—Cariño, ponte para la foto. Faltas tú —les recordó el señor Jones, robándole la cámara de las manos y adelantándose unos pasos.

—Mejor más tarde, Robert. No quiero cansar a Sam —le dijo, negando con la cabeza, mientras buscaba la cámara de nuevo con intenciones de guardarla.

—Oh, no se preocupe, Señora Jones. Yo estoy bien —le oyeron decir, a la vez que se colocaba para una nueva foto, chocándose con Mercedes sin querer y haciendo que la chica dejase de mirar a sus padres para verle a él—. Perdón —le sonrió, tratando de buscar una reacción en la chica, pero ésta parecía haberse sumergido de nuevo en su mundo.

—Me pondré yo en el medio ahora y con esta foto ya basta por hoy. ¿De acuerdo? —propuso, haciendo lo que había dicho y rodeando sus cinturas con sus brazos.

—Decid queso —le oyeron al señor Jones.

—Queeeee-so —dijeron Sam y la señora Jones, mientras Mercedes colocaba su sonrisa de nuevo en su cara.

—Preciosa —susurró el señor Jones mirando a su mujer y luego, el resultado final en la pantalla de la cámara.

—Oh... No es verdad. Déjame verla —le pidió Patricia, adelantándose hacia él y robándole el aparato de las manos.

Sam no pudo evitar observar la escena con una sonrisa en su boca. Después de todo lo que había oído sobre ellos, el miedo a no encajar en aquella familia se había hecho grande en él, pero pronto había desaparecido por completo. Los señores Jones no parecían ser la descripción que la gente le había hecho sobre ellos. O quizás sí y en realidad, ésta lograba esconderse detrás del cariño que ambos se tenían. Sam había podido verlo en ellos en tan solo unos minutos, como también había podido ver el inmenso amor que le tenían a su hija. No comprendía aún porqué razón la chica se quejaba tanto de ellos, pero estaba completamente seguro de que su amor hacia sus padres era lo único que le hacía mantener la cordura.

Sus ojos la buscaron en ese momento, comprobando así lo que había podido sacar en claro.

La chica los miraba con una adoración que probablemente habría querido esconder, sin conseguirlo. Puede que fuesen unos locos de cuidado como se lo había oído decir a todo el mundo, pero ella los amaba, y desde luego, Sam se veía en un futuro echándoles de menos. Le habían abierto las puertas de su casa y de sus vidas, y eso, jamás podría borrarlo de su mente. Aquella era su gran oportunidad y no la rechazaría.

El chico se había quedado tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera se había dado cuenta de que todavía seguía mirándola. Mercedes escogió ese momento justo para girar su cabeza, dejando de observar a sus padres con su cámara de fotos, para fijar sus ojos en él. El contacto de sus miradas había durado tan solo unos segundos, pero lo suficiente cómo para que ella se diese cuenta de que el chico la había descubierto mirándoles con cariño. Rápidamente, ella había vuelto a desviar su mirada, y Sam había sentido cómo si le hubiesen pillado in fraganti en una situación embarazosa. Aquello no lo era para nada, en realidad, pero estaba seguro de que la chica, no quería que él supiese que sus padres, aquellos locos de cuidado como ella les decía, eran su verdadera debilidad. O quizás lo era, el amor que ellos se tenían.

—Que no es verdad, Robert —le oyó insistir a la señora Jones, volviendo sus ojos a la pareja. El padre de la chica intentaba demostrarle a su mujer que ella era la más bonita del mundo, pero la señora Jones no parecía querer dar su brazo a torcer—. Y déjame ya la cámara, que se hace tarde y aún no hemos comido. Seguramente los niños se estarán muriendo de hambre, ¿verdad? —La señora los miró y ambos sonrieron como respuesta.

Lo cierto era que sí, Sam tenía bastante hambre. En el almuerzo apenas había tenido tiempo de comer algo, y lo poco que había podido conseguir se lo había guardado para...

—Oh, ahora que lo dices, a mí también me está empezando a rugir el estómago —les informó el señor Jones, dándole la cámara a su mujer.

—Claro que sí, ya lo sabía yo —rió Patricia, guardando la cámara en su funda—. Mercy, ¿por qué no vais arriba a lavaros las manos y así le enseñas a Sam su nuevo cuarto?

—¿El de Bobby? —Preguntó su hija, con cierto retintín. Era más que obvio que su hermano se quedaría sin cuarto y tendría que dormir en el sofá cuando regresase a casa por vacaciones.

—¡Claro! Tu hermano nos ha dicho que Sam puede decorarlo a su gusto, aunque cree que algunos de los pósters que tiene colgados no querrá quitarlos —Mercedes se quedó boquiabierta al escucharla decir aquello. ¡Así que él también lo sabía! ¿Ella había sido la última en enterarse?

—Bobby... ¿Lo sabe? —preguntó en un susurro. Quizás aquel no fuese el mejor momento, con Sam en la misma habitación que sus padres, pero ella se sentía tan olvidada y necesitaba tantas respuestas...

—Por supuesto, cariño. Sam va a ocupar su habitación —le respondió su padre, como si fuese la respuesta más normal del mundo. ¡Y lo sería! Si se lo hubiesen dicho también a su hija. No era Bobby quién tendría que convivir con el chico la mayor parte de aquel año. ¡Sería ella!

¿Hola? ¡Yo también existo!

A pesar de lo que le habría gustado gritarles y reprocharles todo lo que ellos habían hecho, Mercedes resopló y bajó la cabeza ligeramente, consciente de que aquello sería lo último que podría hacer con él delante. El chico, por el azar, por el destino o por Dios sabe qué, había terminado viviendo en aquella casa y el pobre no tenía la culpa. Así que ella trataría de no hacerle la vida imposible y ayudarle en todo lo que el chico necesitase.

—Venga, subid arriba y luego comemos —les dijo la señora Jones.

—Tenemos una sorpresa para vosotros cuando terminemos de comer, así que no tardéis —les pidió Robert, observando cómo los chicos empezaban a subir las escaleras.

—¿Una sorpresa? —Preguntó su hija, girándose para mirarle. Oh... Una sorpresa—. ¿Qué es?

—No seas curiosa, cariño y subid, vamos —le dijo su padre, caminando hacia la cocina junto a su mujer.

Una sorpresa... La mente de Mercedes empezó a trabajar por sí sola. ¿Sería aquello que tanto había deseado? Sus padres les habían dicho que era para los dos, así que, tendría sentido que fuese... ¿Sí, verdad? ¿Sería el coche que tanto les había pedido? ¿Se lo habrían comprado por fin?

Por favor, por favor...

La sonrisa que se había formado en los labios de la chica cada vez se hacía más grande. Sam se preguntó si ella sabría cuál era aquella sorpresa de la que hablaban, pero no se la formuló. En su lugar, quiso saber si aquellas fotos que todos se habían hecho serían el pan de cada día en aquella casa, o al menos, eso era lo que él había podido entender.

—Vete acostumbrando —empezó a decirle ella, a medida que llegaban al fondo de las escaleras—. A Quinn solían hacerle al menos una por día —rió, dándose cuenta después de lo que había dicho—. Ella... Quinn vivió con nosotros el año pasado —le explicó, dejando el pasamanos y girando a la derecha.

—Lo sé. Puck me lo contó —respondió Sam, siguiéndola por el pasillo. La casa era enorme y el salón en el que habían pasado los últimos minutos era tan grande como acogedor. El chico ya se imaginaba viendo películas de miedo en aquel sofá las noches de tormenta.

—¿Ah sí? Vaya... —Mercedes abrió la boca, asombrada—. Era cierto lo que dijo que te contaría todos los secretos del McKinley —La chica abrió una puerta y entró rápidamente en el cuarto al que conducía—. Ésta es... tu nueva habitación —le informó, sonriente—. Como puedes ver, mi hermano es un apasionado de los cómics.

Sam se quedó maravillado al ver la decoración de aquel cuarto. No había lugar en aquellas paredes para ninguno de los postres que él se había traído de la casa de sus padres, pero tampoco le hacía falta. La señora Jones había tenido razón. Muchos eran iguales a los que él ya tenía, y otros tantos, Sam había deseado tenerlos en su colección desde hacía mucho tiempo.

—Es... asombrosa—fue lo único que pudo decir, mirando a todas partes.

—Lo es... Mi favorito es este —dijo Mercedes, señalándole uno del Capitán América.

—¿En serio? —Sam abrió la boca aún más, incrédulo. Sin duda, no habría esperado que la chica fuese también una apasionada de los cómics.

Mercedes asintió al tiempo que se fijaba en las cosas de aquel cuarto. Al parecer, su madre lo había ordenado y limpiado, probablemente, aquella misma mañana mientras ella estaba en clase.

—Soy más de la literatura fantástica, como Harry Potter o El Señor de los Anillos pero los superhéroes también me gustan —le aseguró, caminando hacia la salida, dándose la vuelta y viendo cómo el chico dejaba ya su mochila sobre la alfombra al lado de la cama y la abría ligeramente.

Mercedes siguió su camino, pensativa, hasta detenerse en la siguiente puerta, comprobando que el chico también la seguía.

—Esta es mi habitación —le informó, sin abrir la puerta—. Y ésta de al lado, la de mis padres.

Sam asintió, siguiéndola de nuevo. Ella no había querido enseñárselas y él no se lo reprocharía, al fin y al cabo, lo único que debería conocer de aquella casa eran las zonas comunes, su cuarto y el baño, que justamente, era lo que la chica le estaba enseñando en ese mismo momento.

—¿Y qué más te contó, Puck? —Mercedes le sorprendió de pronto, preguntándole aquello, mientras el chico entraba en el baño.

—Oh, pues... Muchas cosas... Me contó lo de Quinn, y cómo había acabado aquí. Y lo que pasó entre ellos y el chico alto...

—Finn —le recordó Mercedes.

—Sí, Finn... Y también me contó sobre el Glee Club en las Locales, y tu paso por las Cheerios. Y... —Había hablado de más.

—¿Te contó que estuve en las Cheerios? —Los ojos de la chica se abrieron como platos.

—Sí... Y también que saliste con él durante un tiempo —soltó Sam, no seguro de haber hecho lo correcto contándole también aquello. En su viaje en autobús no había querido sacarle el tema, y éste había terminado escapándosele de todas formas.

—Fue solo un día —sentenció la chica, tratando de dejárselo claro—. Supongo que también te diría que el año pasado, pensé que Kurt, mi mejor amigo, estaba enamorado de mí, y al final resultó ser gay —Sin duda, ese recuerdo la acompañaría durante el resto de su vida.

—¿Cómo? —Sam se detuvo en el medio del pasillo, mirándola fijamente—. No... Eso no me lo dijo —admitió, deseando poder dar marcha atrás en el tiempo.

Ella también hubiese querido hacerlo de haber podido. Dios Santo, qué vergüenza... Había vuelto a hablar de más.

Sam sintió cómo de un segundo a otro, sus mejillas le ardían, consciente de que estas estarían completamente rojas, al igual que sus orejas, que siempre le hacían avergonzarse. Sin saber qué responder, se limitó a sonreírle y a echar una mirada rápida por aquel baño.

—¿Es el único de la casa?

La chica dio gracias a Dios de que él hubiese cambiado de tema. No sabía qué más cosas le habría dicho Puck, pero no volvería a aventurarse tratando de averiguarlas ella misma. Había cometido un error y no pensaba tener la mala suerte de volver a hacerlo.

—Oh... Mis padres tienen uno en su habitación. Éste no suelen usarlo —Obviamente el chico lo preguntaba con intención de saber si algún día podría encontrarse con alguno de ellos allí, pero para mala suerte de Mercedes, eso solo podría pasarle a ella.

—Genial —respondió él, viendo cómo ella se acercaba para lavar las manos y luego se las secaba en la toalla.

—¿Te espero abajo? —le preguntó, yendo hacia la puerta.

—Sí, claro. Gracias. Bajo ahora mismo —Sam le sonrió, viéndola salir por fin y dejándolo solo en aquel baño.

Frente al espejo, un Sam completamente rojo lo miraba, esperando que él abriese el grifo y bajase aquel calor que sentía en sus mejillas a base de agua fría. El chico resopló tal y como lo había hecho ella muchas veces desde que había entrado por la puerta principal y dejó salir el agua que atrapó entre sus manos para refrescarse.

Si no la detenía, la curiosidad que sentía en aquel momento acabaría haciendo que al día siguiente, el chico abordase a Puck para hacerle miles de preguntas. ¿Qué era lo que ella le había dicho? ¿Que había pensado que su amigo Kurt estaba enamorado de ella?

Si dejaba a un lado el hecho de que el chico parecía ser gay, el pasar tiempo a su lado podría haber sido lo que había provocado aquel pensamiento en ella.

Negando con la cabeza, Sam sostuvo la toalla entre sus manos y luego, se secó, tratando de que aquella pieza de tela se llevase también sus pensamientos. No era cosa suya inmiscuirse en la vida de la chica y tampoco lo era querer saber cosas de su pasado. Al fin y al cabo, él pretendía guardar bajo siete llaves el suyo propio y que nadie jamás lo sacase a la luz.

Quería conocerla, sí. A ella y a sus padres, pero sería por ellos mismos que lo haría, y no por lo que le dijesen terceras personas. Si Puck volvía a hablarles de ellos, Sam le pediría que no lo hiciese.

Dejando la toalla a un lado, Sam volvió a fijarse en su reflejo del espejo, antes de salir al exterior. Sus orejas ya no estaban rojas, pero no tardarían en ponérsele de nuevo como tomates, con las locuras de la familia Jones.

...

Sí, lo sé, muy corto, ¿verdad? En el próximo pasarán más cosas, lo prometo. Y espero no tardar mucho en publicarlo. Muchas gracias a todos los que me acompañáis en esta historia, de verdad. Me hace mucha ilusión saber que os está gustando. ¡Un beso y un abrazo enorme!

Syl