Bienvenidos una semana más a la lectura del loco fic del Estudiante. Capítulo 5 ya...
Conforme pasa el tiempo, tengo cada vez más claro que este será el último fic dedicado a mis niños. Por eso, quizás os parezca más lento o carente de acción. Él representará una buena manera de despedirme de ellos, así que espero poder hacerlo lo mejor posible, con una historia bonita, no sé si de amor, o de una preciosa amistad (es broma). Y largo, lo suficiente como para que tenga sentido, pero no de más, como para que os aburráis. O eso espero. Gracias por haberme acompañado durante estos dos años, y también por seguir haciéndolo durante este loco viaje que ya lleva cinco capítulos. Esto no implica un adiós, porque el Estudiante seguirá adelante, es solo un gracias por todo.
Gracias a Mialune (ay, te contesto con la misma pregunta, ¿Sam tiene alguna novia en otra parte?¡No tengo ni idea! xD Mercy, la pobre, ya no sabe que hacer con sus papis, son de lo mejor y de lo peor a la vez, todo en uno xD ¡Muchas gracias por tu review! ^^); Alondra (Kurtcedes es amor, pero ya sabemos que Murphy acaba con todo lo bueno u.u); Maru (jajaja pareces Sherlock tratando de descubrir lo que lleva Sammy en la mochila jijiji Me muero con tus reviews xDD Te voy a dar el premio a los más divertidos lol); Ale (jejejeje Extraño tus reclamos, espérate a que empiece el angst xD ¡Muchas gracias por el review Ale! ^^); catita (jejeje Todos decís que Sam tiene curiosidad por Merce, aynsss.. ¿de verdad es así? xD ¡Cariños y besitos!); Rosa Elena (Pues al final no fue más extenso, pero si llegó antes. En cuánto a lo de la acción... de momento se están conociendo, quién sabe... a lo mejor no se gustan :O jejejeje Gracias por tu review :D ¡Un abrazo y un beso!
Disclaimer: Glee no me pertenece. Pero mi corazón siempre seguirá latiendo como un loco al oír la melodía de Don't Stop Believin'.
Capítulo 5: El esperado regalo
Mercedes cerró finalmente la puerta del cuarto de baño y se recostó sobre la pared contigua, cerrando sus ojos, consciente de que, matar a Noah Puckerman sería lo siguiente a hacer en su lista.
¡Quería gritar! ¡Quería descargar de alguna manera la rabia que llevaba acumulando desde aquella mañana! ¡Ah! Si tan solo se hubiese quedado callada... Pero siempre tenía que darlo todo por sentado. Esa era su mala costumbre. ¡No aprendía! Pasasen los años que pasasen, Mercedes seguía asumiéndolo todo. Solo tendría que haber guardado silencio y escuchar cómo el chico le contaba uno por uno los secretos que Puck le había dicho, y así, no habría hecho el ridículo. Pero, ¿eso habría sido pedirle demasiado a un día como aquel, verdad? Un día que estaba deseando que llegase a su final y a la vez, sabía que eso todavía ocurriría horas después. Horas en las que sus padres podían cometer nuevas locuras y ella, nuevos errores que la harían querer esconderse bajo tierra otra vez.
Todo va a salir bien, Mercedes.
Se dijo a sí misma, sin conseguir creérselo en absoluto. Nada había ido bien desde esa misma mañana, en la que había perdido la oportunidad de llegar antes que Rachel Berry al despacho de su profesor, y esperar que el día mejorase era un milagro que pocas veces tenía la suerte de poder ver.
Abriendo los ojos por fin, se dispuso a bajar rápidamente las escaleras, antes de que el chico saliese del baño. Lo que menos necesitaba en ese momento era que él pensase que ella lo estaba acosando. Curiosamente, Kurt había creído que ella así lo estaba haciendo y eso había hecho que la chica tratase de disimularlo con más ganas, provocando justamente que todos pensasen lo contrario.
—¡Oh, no! —exclamó, entrando en el salón y corriendo hacia la mesa de cristal que había en el centro, enfrente de la tele y el confortable sofá. Si el día no había empezado bien, el helado medio descongelado que ahora manchaba la mesa y amenazaba con hacer lo mismo con el suelo, acababa de empeorarlo.
Con el lío de las fotos, ni siquiera se había dado cuenta del momento en el que alguno de sus padres, o quizás el propio Sam, lo habían dejado encima de aquella mesa. La tarrina se había ido descongelando y ahora, la mayor parte de la mesa era un charco de chocolate que se dirigía hacia la alfombra favorita de su madre.
—¡Dios mío! —Chilló, precipitándose fuera del salón y entrando en la cocina para sacar del armario un trapo con el que limpiar aquel desastre—. ¿Mamá?
Mercedes les llamó a ambos, pero sus padres no parecían encontrarse en la cocina. La chica no tardó en salir de nuevo, ésta vez con el trapo en su mano, entrando en el salón y casi llevándose a Sam por delante.
—Lo siento —se disculpó, parándose enfrente del chico para recuperar su respiración.
—No pasa nada —Sam le sonrió, arqueando una ceja después al no entender la razón por la que la chica corría. Empezaba a acostumbrarse a aquellos choques entre ambos que llevaban sucediéndose toda la mañana. La chica le señaló en ese momento la mesa del salón, sacándole de dudas—. ¿Se ha derretido?
—Me temo que sí —respondió Mercedes. Impregnando el trapo con el líquido que ahora empezaba a gotear sobre la alfombra y levantándose luego a por un plato—. Algo me decía que ese iba a ser su final —susurró, regresando de la cocina y pasando la tarrina del helado al plato para poder limpiar más fácilmente.
El helado y yo tenemos algo en común.
Pensó, mientras pasaba el trapo por encima de la mesa.
Sí... Los dos habían terminado siendo olvidados.
—Lo siento mucho —se disculpó él, provocando que ella se girase al oírle.
—Oh... Más lo siento yo. Fuiste tú quién lo pagó y yo quién me olvidé de él con el lío de las fotos. Debí haber pensado que esto pasaría.
O no. Tienes que dejar de asumirlo todo. ¿Recuerdas?
—No... Quiero decir... Fui yo. Fui yo quién lo dejó ahí... Lo siento —le dijo, agachándose a su lado para quitarle el trapo de sus manos—. Debería ser yo quién limpiase este desastre.
—Oh... —Mercedes sintió cómo su mano se posaba junto a la de ella—. Ya casi está. No te preocupes —le sonrió, levantándose y dándole una última pasada a la mesa.
Las mejillas del chico habían vuelto a sonrojarse y el gesto le había recordado a aquella misma mañana cuando se habían conocido y Sam le había asegurado que no se daría cuenta de que él viviría con ellos. Mercedes estaba empezando a comprobar que él lo decía de corazón y eso la tranquilizaba. Ella misma le había dicho a Kurt que el chico nuevo parecía buena gente y cada minuto que pasaba, lo confirmaba. Aunque aquello no le hacía dejar de pensar en el hecho de que ella había perdido por completo su intimidad desde el momento en el que el pobre había entrado por la puerta. Y tampoco, que todo aquello había sido culpa de sus padres por ocultárselo después de tanto tiempo. Los mismos padres que...
Mercedes se quedó parada en medio de la cocina, recordando que ni siquiera sabía dónde se habían metido.
¿Se la habrían jugado de nuevo?
Más les valía que no les hubiesen dicho de comer todos juntos y luego les hubiesen dejado solos, porque de ser así, los mataría. ¡Vaya si lo haría!
—No sé dónde se han... —empezó a decir, viendo cómo ambos entraban en ese momento por la puerta de la cocina que daba a la parte trasera de la casa.
—¡Oh, genial! Ya habéis bajado. Vamos a comer que me muero de hambre —le oyeron decir al señor Jones, no tardando en sentarse a la mesa. El hombre palmeó la silla que tenía a su lado, indicándole al muchacho que se sentase con él—. Aquí, Sam.
Mercedes observó cómo el chico se sentaba en el sitio de su hermano, sonriéndole a su padre. Éste echaba de menos a su hijo mayor y así lo demostraban sus acciones. La chica temía que él acabase traspasando su cariño a Sam, cosa que a ella nunca le sucedería. Estaba completamente segura de ello. Su madre no tardó en sacarla de aquellos pensamientos pidiéndole ayuda con la comida.
—Así que... ¿qué te ha parecido lo que has visto de Lima? ¿Y la casa? ¿El instituto? —El señor Jones empezó a hacerle una retahíla de preguntas que no parecían tener un final.
—Robert, no le abrumes —le pidió su mujer, dejando las fuentes en la mesa.
—Una a una, Sam —rió el señor Jones, dando su primer bocado.
—Cariño... ¿qué hace el helado en la nevera? —le oyeron decir a la señora Jones, girando todos sus cabezas para comprobarlo.
—Lo siento, mamá. Con la bienvenida no me di cuenta y lo dejé encima de la mesa del salón —Sam quiso desmentirla rápidamente, culpándose él mismo de aquello, pero el señor Jones habló de nuevo, impidiéndoselo.
—No te preocupes, pequeña. Era una tapadera. Necesitábamos ganar más tiempo antes de que llegaseis. Hay de sobra en el frigorífico.
—No sé cómo no lo pensé antes... —susurró la chica, más para sí misma que para todos los que se sentaban a la mesa. Genial... Sam había pagado por aquel helado y ni siquiera les habría hecho falta.
—Vamos a comer, que esto se enfría —les recordó la señora Jones, sentándose al lado de su hija—. Sam, ¿te gustaría bendecir la mesa?
—Claro...
—Papá ya se ha comido algo —le delató Mercedes, haciendo oídos sordos a las súplicas de su padre para que no lo hiciese.
—Robert... —Su esposa frunció el ceño, como hacía cada vez que aquello sucedía. Lo que venía siendo bastante a menudo—. Cuando tú quieras, Sam.
—Gracias, Señora Jones —El chico carraspeó un poco nervioso, antes de animarse a decir las primeras palabras—. Señor, te pedimos hoy que bendigas estos alimentos que nos has dado y te damos gracias por escuchar nuestras peticiones. Amén.
—Amén.
—Y bien, Sam. Cuéntanos... Queremos saberlo todo de ti —dijo el Señor Jones, mientras masticaba un trozo de su filete de ternera y se echaba un poco de ensalada.
—Oh, pues... —de repente, Sam vio cómo tres pares de ojos se fijaban en él, haciendo que se sonrojase. Debía calmarse o con los nervios, acabaría tomándose en serio la petición del señor Jones y terminaría contándoles absolutamente toda su vida. Y su pasado, sin duda, era algo que Sam jamás podía volver a tocar.
Mercedes le sonrió al ver cómo el chico se quedaba callado y eso, le hizo sonrojarse aún más. Sus mejillas parecían ya semáforos y cuando quiso de nuevo hablar, su voz salió de él demasiado aguda para su gusto.
—Mi familia es de Tennesee. Somos mis padres, Dwight y Mary Evans, dos hermanos más pequeños, Stevie y Stacy, y yo. Me gustan los deportes y... —El chico guardó silencio durante un segundo, pensando si les supondría un problema que él soliese cantar. Aunque su hija también lo hacía, y ellos habían visto su guitarra entre sus pertenencias así que negarlo no habría tenido mucho sentido—. Cantar —dijo finalmente, observando cómo la cara de Mercedes cambiaba y la chica agachaba la cabeza.
—Oh... También te gusta cantar.
—Sí, señor —le respondió Sam, sin saber dónde se estaba metiendo—. Lo primero que hice al entrar en el instituto fue averiguar si había club de canto. Allí conocí a Mercedes.
—¿Has dicho que te gustan los deportes? —preguntó de pronto la madre de Mercedes, cambiando de tema.
—Podrías unirte a los Titanes —dijo su marido a la vez—. Mi hijo Bobby fue quarterback durante mucho tiempo.
—Un amigo me animó a pasarme a hacer las pruebas. Mañana, seguramente.
—Oh, pues mucha suerte, Sam —le dijo la señora Jones.
—Seguro que lo conseguirá —añadió su marido, sonriente—. Si quieres luego podemos hacer unos pases para que entrenes un poco. En la parte trasera tenemos un jardín y una pequeña cancha de baloncesto. Luego, cuando os enseñemos lo que... —El hombre se quedó callado, casi a punto de contar la sorpresa—. Casi se me escapa —rió, siendo reprendido por su mujer, y dándole todavía más ganas a su hija de descubrir cuál era aquella sorpresa que les tenían—. Lo verás después, Sam.
¿Lo vería después? ¿Qué se supone que vería después? Mercedes pidió que un milagro sucediese y que aquella sorpresa fuese un coche nuevo para ella. O para los dos. No le importaría tener que compartirlo con el chico nuevo a pesar del poco tiempo que llevaba en la familia.
—Muchas gracias, Señor Jones —respondió el chico, sonriente. Con aquel gesto, sus padres se lo habían ganado, Mercedes podía asegurarlo por completo. Y si así no hubiera sido, éstos se lo ganarían con el posible regalo.
—Dijiste que un amigo te animó a entrar en el equipo —le recordó Patricia Jones—. ¿Le conocemos?
—Es Puck, mamá —respondió la chica, antes de que Sam pudiera hacerlo—. Sam ya conoce a todos los chicos del club.
—Entonces también habrá conocido a Quinn —dijo el señor Jones, dejando el tenedor encima de la mesa, y buscando el vaso de vino que tenía a su derecha—. Es una chica muy guapa y simpática —su padre empezó a elogiarla delante del chico—. Vivió en esta casa también, el pasado año.
—Eso me dijeron —respondió Sam, viendo cómo la chica negaba con la cabeza. ¿Qué estaba sucediendo ahí?
—Pasó un mal año, pero es una buena chica —continuó diciéndoles el señor Jones.
—Papá, Quinn tiene novio —le recordó su hija, poniendo sus ojos en blanco.
Sam trató de no reírse al comprenderlo todo. El señor Jones parecía querer juntarlo con Quinn, y no importarle en absoluto que la chica estuviera saliendo con Puck.
—No me cae bien ese chico —sentenció Robert Jones, frunciendo el ceño.
—Porque salió con tu hija —apuntó su mujer.
—¡Solo fue un día! —gruñó Mercedes cansada ya de tanto repetirlo.
—No —les aseguró el señor Jones—. Porque dejó embarazada a una niña de quince años. Por eso mismo.
—Noah parece haber sentado cabeza, Robert. Tienes que darle una oportunidad —la señora Jones trataba de interceder por los amigos de su pequeña, pero su marido parecía no querer ayudarla—. Deja el pasado atrás.
Aquellas palabras se clavaron en la mente del chico, estremeciéndose ante la idea de que los señores Jones averiguasen el suyo. Sam también tenía un pasado que olvidar.
El señor Jones se llevó otro trozo de carne a la boca, guardando silencio, al tiempo que su mujer le pedía disculpas a Sam.
—No se preocupe, Señora Jones —le sonrió el chico, viendo después cómo la señora se inclinaba hacia Mercedes y le susurraba algo a su oído. Algo que hizo que la chica se sonrojase y agachase la cabeza intentando que él no la viese—. ¿Yo también puedo hacerles preguntas?
—Claro, Sam —le respondió Robert, dejando el tenedor a un lado—. Dispara —dijo, mientras Mercedes dejaba escapar una risita.
—¿Solo son Bobby, Mercedes y ustedes en la familia? —preguntó, recibiendo un asentimiento por parte de todos—. ¿Ambos trabajan?
—Robert es dentista, y yo le ayudo en la consulta —le explicó la señora Jones—. Recuérdame que luego te de unos caramelos que hemos traído para ti.
—Oh, muchas gracias —Sam sonrió, notando cómo la chica trataba de contener sus risas—. Mis hermanos pequeños me envidiarán cuando se lo cuente —rió.
—Seguro que los echaras muchísimo de menos —dijo la señora Jones, recordando a su vez a su hijo Bobby.
—Fue difícil explicarles que iban a dejar de verme todos los días, pero podré charlar con ellos vía Skype antes de que se vayan a dormir —les contó, terminándose el contenido de su plato.
—Oh, claro. Mercedes te ayudará a configurarlo para que puedas usar la conexión a Internet de la casa —Mercedes asintió con la cabeza, dándole a entender que estaba de acuerdo con ello.
—Muchas gracias, de verdad. Cuando hable con ellos hoy, les avisaré para presentárselos —les aseguró, con una sonrisa en sus labios. Hacía muy poco que les había visto por última vez, pero no podía evitar extrañarles. Y estar sin ellos sería más difícil aún con el paso del tiempo. Sus hermanos pequeños eran lo que más quería en el mundo. Haría lo que fuese por ellos.
—Nos encantaría, Sam. Muchas gracias —Patricia sonrió, levantándose para recoger los platos. Sam no tardó en ayudarle también a Mercedes a llevarlos al fregadero—. Y también es un caballero... —le oyó susurrar a la señora Jones directamente a su hija.
¿También era un caballero? ¿Cuál habría sido el primer comentario de la señora Jones? Fuese cuál fuese, había hecho que su hija se sonrojase, y ahora, lo hiciese él también, con aquel segundo.
—¿Qué vais a hacer por la tarde? —Les preguntó el señor Jones, levantándose de su silla para sacar del frigorífico la tarta helada—. He pensado que Mercedes podría enseñarle a Sam el barrio para que no se pierda. Y otro día que todos tuviésemos libre, podíamos ir al centro comercial, y enseñarle Lima, o al menos, los lugares más interesantes.
—¿Tienes la tarde ocupada, cariño? —le preguntó su madre, dejando los platos de postre encima de la mesa.
Mercedes empezó a colocarlos mientras le respondía con un no. Al parecer, ahora sí tendría algo que hacer aparte de los deberes.
—¿Te importaría entonces acompañar a Sam?
—Sin problema —asintió la chica, partiendo un trozo de tarta y colocándola en el plato de su padre.
—Esperaba que dijeses que sí, porque en ese caso, el regalo sorpresa os será muy necesario —le aseguró su padre, haciendo que la chica detuviese sus manos, casi dejando caer en la mesa el trozo de tarta helada reservado para Sam.
¡Tenía que ser un coche! ¡Su padre tenía que estar hablando de un coche! ¿Verdad? Su día solo podría mejorar con un regalo como aquel.
Por favor, por favor.
—Papá —protestó la chica, dejando la tarta en el plato de Sam sin ningún contratiempo—. Deja de torturarme, y cuéntanos cuál es la sorpresa de una vez.
—Tiempo al tiempo, cariño —Robert Jones rió, probando un trozo de su tarta—. Oh, voy a echarle un poco de lo que se ha derretido antes. ¿Queréis? —preguntó, abriendo la nevera.
Mercedes negó con la cabeza, al tiempo que Sam acercaba su plato para que le echase a él. El chico parecía no tener problemas con lo que comía. O quizás fuese el ejercicio que haría después, lo que le hacía comer sin engordar ni un solo gramo.
La comida se les había pasado demasiado rápido y aquello solo había sido una toma de contacto, pero Sam podía asegurar que aquella familia le pondría las cosas fáciles durante aquel año. Todos le habían caído bien, y la chica era simpática y divertida. Además, ambos parecían tener una cosa en común.
Su facilidad para sonrojarse y avergonzarse.
Ahora, Mercedes se mordía el labio, dejando los platos de postre en el fregadero, mientras él charlaba con su padre sobre las posiciones en las que le gustaría jugar en el equipo. La chica deseaba saber cuál sería la sorpresa. Él podía verlo en su nerviosismo al poner los platos en el lavavajillas.
Pronto ambos lo sabrían.
—Ha llegado el momento, Robert —le dijo la señora Jones, abriéndoles la puerta trasera de la cocina para que todos saliesen.
—Sí, ¡sí! ¡Vamos! —la oyeron chillar y salir disparada hacia el garaje. Sabía que la sorpresa que ellos les tenían estaría allí. ¡Lo sabía!
O quizás no...
Mercedes se quedó blanca cuando entró finalmente en aquella estancia donde sus padres y su hermano solían guardar sus coches.
Nada había allí.
No había ningún coche nuevo.
Solo había...
—¡Papá! —gritó con todas sus fuerzas, esperando a que ellos llegasen corriendo.
Aquello no podía estar pasando. Ellos no podían haberles regalado...
No...
—¿Te gustan? Las compramos en un mercadillo, para que podamos pasear todos juntos —dijo su padre con una sonrisa enorme en su cara.
La señora Jones no tardó en llegar, y detrás de ella, Sam, que se quedó boquiabierto cuando vio a qué se debía la cara de circunstancia de la chica.
—Papá... —Sam vio cómo la cara de la chica cambiaba, y luego, palidecía, sin poder creerse lo que veía—. Sabes que yo le tengo miedo a estas cosas —susurró.
Ya no le importaba que la sorpresa de sus padres no hubiera sido un coche, ni el hecho de que seguiría yendo al colegio en autobús o en el coche de ellos si la llevaban, sino el miedo que tenía a montarse en eso.
—Vamos, cariño —la animó su padre—. No te van a comer. Yo sé que puedes.
—No... Si me subo a eso me caeré —les aseguró.
—Yo puedo enseñarte —habló Sam, acercándose para observar una de ellas.
—Esa es la de Mercy. Es lila, su color favorito —recordó su padre, haciendo que su hija se reprochase el haberle gritado. Él la había pintado de ese color expresamente para ella, y su hija no hacía más que pedirle en su cabeza un coche nuevo.
—Oh... —El chico la dejó en su sitio, y buscó la suya, que tenía un color verde gastado.
—No sabía cuál era el tuyo, pero podemos pintarla del que quieras —le dijo el señor Jones.
—Muchas gracias de verdad —sonrió Sam, agradecido de tener algo con lo que moverse de un lado a otro en aquella ciudad—Me encanta montar en bicicleta.
Mercedes lo miró como si hubiese dicho algo increíble.
—Y a ti también te gustará, ya lo verás —le aseguró él, risueño—. Ven aquí, súbete.
La chica dio los dos pasos que la separaban de su bicicleta con miedo, y se paró a su lado, levantando la pierna lo suficiente para poder subirse.
—Prométeme que no te reirás si me caigo. Ninguno de vosotros —les pidió, echando un vistazo a cada uno de ellos. Eso sería lo último aquel día. Caerse delante de ellos, solo de pensar en el posible ridículo que haría, sus mejillas empezaron a arder.
—Lo prometemos, cariño —dijo su madre, con una sonrisa en sus labios, al igual que su padre.
—Lo prometo —dijo Sam, enfrente de ella, sosteniendo el manillar con sus manos encima de las de la chica, seguro de que todo saldría bien.
...
Hasta aquí el capítulo de esta semana, ojalá os haya gustado y, un beso enorme para todos. Hacedme saber qué os ha parecido. :)
