Son ahora mismo en España las doce de la noche xD Cada vez tardó más en actualizar jejeje Aquí estoy con un nuevo capítulo, que hará que más de una quiere matarme cuando lo lea. xD Lo sé, soy así de malvada :P Hoy planeaba colgar el capi 7 en realidad, pero el pasado domingo debido al triste fallecimiento de Cory no publiqué el seis, así que lo estoy haciendo hoy. Paradójicamente, el capi 7 se llama Don't Stop Believin' así que será dedicado a él por completo.
Muchas gracias a todas por vuestros reviews. Gracias a Maru (¿Traficante de doritos? Jajajajajaja No lo había pensado xD ¿Sabes que no te voy a decir nada, verdad? xD Soy una tumba lol El pueblo va a tardar en saber me parece a mí. Ay me encantan tus reviews :D ¡Gracias!); a Tania (Muchas gracias por tu felicitación *_* ¿La novia de Lord Tubbington? Umm, no sé... xD Te digo lo que le dije a Maru, soy una tumba xDD Gracias por tus reviews, de verdad, me sacáis una sonrisa con ellos ^^), a Rosa Elena (jejeje Sammy es mucho de sonrojarse porque sí, no te creas jijijiji Tu review es amor, ¿lo sabes, verdad. En momentos como estos, es bonito saber que alguien le echará a una de menos cuando se vaya. Mil gracias, de verdad. No sabéis lo que significan para mí vuestras palabras. Un beso enorme, Rosa Elena); Mialune (¿Klaine? Pues... no sé, la verdad xD ¿No quieres que Sam tenga una novia? Ala, qué malvada xD Yo tampoco puedo creer que Cory ya no esté :( Es una tristeza muy grande. Una amiga y yo le hemos escrito un homenaje, ya os pasaré el link cuando esté colgado.)
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 6: Un nuevo hermano:
Todos la miraban, provocando que el calor que sentía en sus mejillas no desapareciese. Sus padres sonreían y Sam trataba de darle ánimos, pero ella solo podía recordar que aquellas cosas que sus padres les habían regalado eran un peligro humano. Tenían solo dos ruedas mientras que un coche disponía de cuatro, y sin embargo, las temía. Y estaba segura de que antes de que acabase el día, ella se caería de aquella bicicleta.
Sus pies habían confiado en las palabras del chico y la habían llevado hacia ella, subiéndose despacio. Pero andar, buscar los pedales con sus pies, eso ya era otra cuestión. Una que la aterrorizaba.
—¿Has montado alguna vez? —El chico la devolvió a la realidad, clavando sus ojos verdes en ella. La forma en la que se mordía el labio le hacía ver que la pobre chica estaba demasiado nerviosa y asustada.
Mercedes asintió con la cabeza, sin atreverse a poner sus pies en los pedales. No lo haría todavía. Era demasiado pronto y sus padres estaban delante. No quería caerse y avergonzarse aún más al oír sus risas.
—Entonces sí sabes hacerlo, solo tienes...
Mercedes completó la frase por él.
—¿Miedo? ¿Pánico? —La chica se había arrepentido al momento de haberlo dicho. Se había presentado al chico nuevo como una persona autosuficiente y seria que tenía unos padres locos como cabras y sin embargo, ahora la veía completamente asustada a causa de una bicicleta, como si fuese una cría de cinco años. ¡Qué vergüenza...! Él casi no había tenido tiempo de olvidarse de su error cometido hacía una hora y ella ya estaba volviendo a avergonzarse delante de él.
—Iba a decir... que solo tienes que respirar profundamente, y pensar que estas caminando.
—¿En serio? —La chica lo miró, sorprendida. Había vuelto a terminar su frase y nuevamente había fallado. Ella y su manía de asumir las cosas...
—Sam tiene razón, cariño. Respira hondo y súbete —le oyó decir a su padre.
—No...
—Robert, no la presiones —le pidió su mujer. Sabía que su hija tardaría un tiempo en tomar el valor para subirse, pero lo conseguiría—. Ven, dejémosles solos —Patricia buscó su mano para llevárselo de allí.
—Pero...
—Ven... Déjales un rato o no querrá subirse —dijo, viendo cómo su marido asentía y la seguía hacia el interior de la casa.
Sam les vio alejarse, volviendo su mirada a la chica, a la vez que soltaba el manillar finalmente, poniendo distancia.
—Este miedo que tienes... ¿Tiene alguna causa? —Preguntó, curioso, esperando su respuesta. La primera que conocería por su parte y no por terceras personas.
—No lo sé... —Susurró la chica, suspirando—. Puede que algo me pasase de pequeña y no lo recuerde. Lo único que sé es que las temo.
—Entonces... ¿Por qué te han comprado una?
—Esa es una buena pregunta —respondió ella, suspirando de nuevo—. ¿Por qué se apuntan a un programa de intercambio sin consultármelo? ¿Por qué se lo dicen a Bobby y no a mí?
Sam la miró, entendiendo que, seguramente, la chica creía que a sus padres poco les importaba el hecho de que ella tuviese miedo a subirse en una. Pero que el señor Jones la hubiese preparado y pintado para su hija lo hacía dudar que aquello fuese así. Quizás lo veían como una manera de que ella se enfrentase a sus miedos.
Mercedes comenzó a bajarse de la bicicleta, sosteniéndola aún en sus manos.
—Dije que te enseñaría el vecindario, vamos.
—Pero... Yo dije que te enseñaría a montar —le recordó el chico, sin entender porqué razón lo había olvidado tan pronto.
—Pero no conseguirás enseñarme en un día —negó con la cabeza. Ni siquiera sabía si podía ser capaz de reunir el valor para volver a subirse—. Y debes estar en casa para cuando hables con tu familia.
—Oh... —Ella lo recordaba. El chico sonrió, al saber que ella había prestado atención a lo que él había dicho en la mesa.
—¿Vamos? —Preguntó de nuevo, caminando ya hacia la puerta.
—No —respondió él, rápidamente.
—¿No? —Mercedes se dio la vuelta, asombrada—. ¿Cómo que no?
—No —le aseguró Sam, sosteniendo la bicicleta de la chica en sus manos—. Dije que te enseñaría a montar en bici y eso es lo que haré. Será montada en bicicleta cuando tú me enseñes el vecindario.
—No lo dices en serio... —Mercedes rogó porque él cambiase de opinión. Había estado a punto de conseguir salir de aquel garaje y olvidarse por un tiempo de aquella bicicleta pero su nuevo compañero de casa no se lo había permitido.
—Claro que sí, vamos —le pidió él, colocándose de nuevo del otro lado del manillar—. Además, dijiste que debía estar en casa para cuando hablase con mi familia, y como puedes ver, ya lo estoy.
Su comentario la hizo reír, descargando así, algo de la tensión que sentía al querer subirse y no poder.
—Gracias por hacer esto —le dijo, colocando las manos en el manillar al lado de las suyas y subiendo la pierna para sentarse de nuevo en el sillín—. No tenías porqué hacerlo. Es decir... dijiste que apenas me enteraría que vives con nosotros y...
—Y a la primera de cambio, dejo que un helado se derrita y estropee la alfombra —le recordó él.
—Un helado que habías pagado tú, y que ni siquiera necesitábamos —No, teniendo muchos más en el congelador.
—Ya... —Sam la había escuchado con claridad, pero aquello no le hacía menos culpable.
—Lo que quería decir era que eres muy amable queriendo ayudarme.
—Quizás tenga una razón egoísta para hacerlo —dijo, observando la reacción de la chica—. Estoy acostumbrado a montar en bici acompañado —sonrió, esperando que ella también lo hiciese.
—Oh... —Ahora era ella la que se quedaba boquiabierta. Ahí estaba su respuesta a la pregunta que Kurt y ella se habían hecho esa misma mañana. El chico sí tenía verdaderamente una novia. Y ahora mismo, la estaría echando de menos, mientras trataba de mantenerse ocupado dándole clases a ella. Mercedes le sonrió finalmente, muriéndose de curiosidad por saber cómo sería la chica. Cosa que desde luego, no se le ocurriría preguntarle. Ya había hecho bastante el ridículo con lo de Kurt y Puck, y no pensaba volver a hacerlo. Si el chico nuevo quería contarle cosas de su novia, sería él quién lo decidiese.
—¿Estás preparada? —Le preguntó, dejando sus manos encima de las de ella en el manillar.
—No, pero es mejor empezar cuánto antes —respondió, levantando un pie y dejándolo en uno de los pedales.
—Genial, ahora voy a apartarme, colocarás el otro pie y te darás impulso, ¿de acuerdo? Si crees que te vas a caer, busca el suelo con tus pies y frena la bici.
—Es muy fácil decirlo... —Mercedes tembló, solo de pensar en no poner sus pies a tiempo en el suelo y caerse.
—Esto sería más fácil en una cuesta abajo. Los pedales se moverían solos y...
—¿Estás de broma? —Mercedes lo miró como miraba a sus padres cada vez que hacían una nueva locura.
—No he dicho nada —respondió él, sintiéndose Puck de pronto después de llamarla Sexy Mama.
Si no medía sus palabras alrededor de la chica, corría el mismo peligro de que ella algún día terminase atizándole como amenazaba hacer con Puck. Ella tenía su genio y a la vez, a Sam le causaba gracia que una bicicleta pudiese asustarla. En cierto modo, la chica le recordaba a Stacy cuando él le había enseñado a montar. Quizás aquellos recuerdos habían sido los causantes de que él caminase hacia ella y se ofreciese a enseñarle hacía unos minutos—. Vamos... Sé que puedes —le dijo él, convencido de que, tarde o temprano, la chica conseguiría subirse al otro pedal.
—O no —Mercedes respiró profundamente, tratando de calmar sus nervios y vencer esos miedos que la atormentaban. Con las manos temblorosas, sus ojos buscaron la ventana de la cocina, comprobando que la cortina se movía, lo que hacía indicar que sus padres la estaban observando. Les habían dejado solos pero seguían mirando la escena desde lejos, lo que hizo que se sonrojase aún más.
—Sí —El chico volvió a llamar su atención, sosteniendo de nuevo el manillar. En algún momento, su pie había dejado el pedal izquierdo y ahora Sam la animaba a que volviese a hacerlo—. Voy a contar hasta diez y te subes.
—¿Hasta diez mil, dices? —Preguntó, tratando de sonreír, pero solo consiguió que él lo hiciese.
—Uno... Dos... —Empezó a contar él.
—¿Tenía que intentarlo, no? —Preguntó, esperando que él se detuviese, lo que no sucedió.
—Tres... Cuatro...
—Me voy a caer. Es una realidad. O peor aún, voy a chocarme con algo.
—... Siete... Ocho...
—Tú no te pongas delante, por favor.
—Nueve... ¡Diez!
—Ay Dios mío.
—¡Ahora —Chilló él, haciéndose a un lado y viendo cómo la chica subía el pie derecho y se daba impulso.
—Sigue recta, no gires. ¡Sigue! —Pero ella no le hizo caso. En su lugar, apretó el freno con fuerza, a punto de caerse hacia delante.
—Ibas bien, ¿qué ha pasado?
—Dijiste que cuando creyese que iba a caerme, apretase el freno —le recordó.
—Pero no ibas a caerte, ibas muy bien —dijo él, parándose a su lado.
—Díselo a mi mano, actuó ella solita — Sam vio cómo ésta le temblaba todavía encima del manillar de la bici. Solo se había tratado de un movimiento reflejo debido al miedo que la chica tenía.
—Lo estabas haciendo muy bien, de verdad —trató de tranquilizarla, regalándole una sonrisa. Ella asintió a la vez que soltaba el manillar unos segundos y estiraba sus manos.
—Pareces un experto en esto. No es la primera vez que le enseñas a alguien, ¿verdad?
—En realidad, no. Stevie y Stacy aprendieron gracias a mí —dijo, recordando que les estaba hablando de ellos como si la chica debiese conocerles—. Mis hermanos —le aclaró.
—Sí —respondió Mercedes sonriendo, a la vez que imaginaba aquellas clases del chico con los dos pequeños. Había dicho que eran menores que él—. ¿Cuántos años tienen?
—Pues... Stevie tiene nueve y Stacy, ocho. Son los reyes de la casa.
—Es una gran diferencia de edad —dijo, viendo cómo él se la quedaba mirando—. Es decir... La tuya y la de ellos —aunque no tenía ni idea de cuál era la del chico, si se paraba a recordarlo.
—¿Verdad? Todo el mundo me lo dice —Sam esbozó la sonrisa que ponía cada vez que hablaba de sus hermanos pequeños—. Casi todo lo que saben, se lo enseñé yo.
—¿Y a ti quién te enseñó a montar en bici? —Preguntó la chica, sabiendo que darle conversación, haría que se olvidase de volverla a subir en la bici—. ¿Cómo aprendiste?
—Oh... No quieras saberlo —le aseguró, negando con la cabeza.
—¿Por qué no?
—Por que no es digno de contar —admitió, sonrojándose sin poder evitarlo.
—¿Qué quieres...? —¿Qué quería decir? La estaba asustando.
—Mi madre me perseguía... —Susurró, al ver la mirada de la chica.
—¿Perdón? ¿Qué dijiste? —Preguntó, acercándose un poco más a él, ladeando un poco la bici.
—Mi madre me...
—No te escucho —Mercedes negó con la cabeza, dudando el poder acercarse más, sin caerse ella y la bici sobre el chico.
—¡Mi madre me perseguía con una escoba! ¿Vale? —Chilló, consiguiendo el efecto contrario. Que la chica se asustase y estuviese a punto de caerse hacia atrás. Sam pudo sostenerla a tiempo, antes de que la bici se la llevase al suelo.
—¡Jesús! —Exclamó Mercedes, mientras él las sostenía a ella y a la bici—. Espero que tú no me persigas con una escoba porque no conseguiría llegar muy lejos.
—Tenía seis años, todos mis amigos sabían montar menos yo. Fue una buena manera de vencer mi miedo —le contó, todavía sosteniéndola. Había dejado de tocar la bici, pero por alguna extraña razón, sus manos permanecían ancladas en la cintura de la chica. Probablemente, temiendo que ella se cayese, aún teniendo sus dos pies perfectamente en el suelo. Mercedes miró durante un segundo sus manos ancladas en su cuerpo y luego, él rompió aquel contacto, sonriendo de nuevo—. Pero no te preocupes, prometo no perseguirte con una escoba.
—Me dejas más tranquila —rió la chica, dándose cuenta después de lo inverosímil que era aquella conversación entre los dos. ¿De verdad acababa de conocerle y le estaba pidiendo que no la persiguiese con una escoba? A veces, Mercedes sentía que la locura de sus padres corría por sus venas, y ese momento sin duda, era una de aquellas veces.
Observando de nuevo a Sam, sus ojos se quedaron mirando su sonrisa. Había temido que el chico no encajase bien en aquella casa, pero parecía suceder todo lo contrario dada la felicidad que irradiaba su sonrisa. Si antes había pensado que era buena gente cuando se lo había comentado a Kurt, ahora estaba completamente segura de ello. Él era un buen chico, y ella no le pondría difícil el enseñarle a montar, no cuando él había puesto tantas ganas en ello. Le había dicho que solía montar acompañado, y lo más seguro, era que fuese con su novia, a la que estaría echando muchísimo de menos. El chico necesitaba distracciones y, ¿qué mejores que ver cómo ella trataba de no caerse de aquella bicicleta? Poniendo de nuevo las manos en el manillar, respiró profundamente.
—Volvamos a intentarlo entonces.
—Genial —dijo él, haciéndose a un lado.
Dos horas después, los chicos volvían a entrar en la casa, encontrándose con los señores Jones en el salón mientras veían la tele.
—¿Qué tal todo, cariño? —Le preguntó su madre, girando su cabeza al verlos llegar.
—Sigo viva, y no me he caído, lo que es un gran avance —les respondió su hija, sonriendo hacia el chico. Había rezado para que aquello no sucediese y al parecer, su deseo se había hecho realidad.
—Lo ha hecho muy bien, Señora Jones. Una clase más y lo tendrá dominado —le aseguró el chico.
—Muchas gracias, Sam —Patricia Jones le sonrió, contenta y agradecida porque finalmente su hija hubiese podido vencer por fin aquel miedo.
—Eso, muchacho. Muchas gracias —dijo también el señor Jones—. No se me olvida que tenemos que pintar la tuya. ¿Cuál dijiste que era tu color favorito?
—Oh... El azul, Señor Jones. Pero no hace falta que la pinte. Yo puedo hacerlo.
—De eso nada. No voy a hacer distinciones en esta casa. Arreglé la de mi pequeña y también lo haré con la tuya.
—Muchas gracias, señor —el chico hizo todavía más grande su sonrisa.
Lo cierto era que aquella escena debería haber causado celos en la chica o hacerla querer entrar en erupción, al fin y al cabo, él había llegado hacía pocas horas y ya empezaba a gozar de los privilegios o desventuras de vivir en aquella casa. Sin embargo, Mercedes no se sentía así. Se alegraba por el chico nuevo. Él se merecía lo mejor después de tener la mala suerte de acabar viviendo en una casa de locos. Y lo mejor, para sus padres, parecía ser una bicicleta con la que poder moverse.
¡Qué demonios! Si le hubiesen conseguido un coche y a ella no, entonces sí que la habrían oído. ¡Vaya que sí!
—No hay de qué, Sam. Con algo tendréis que moveros por la ciudad —le recordó el señor Jones, desviando la vista de nuevo hacia la tele—. ¿Queréis sentaros un rato con nosotros?
—Yo tengo que hacer los deberes —se disculpó Mercedes.
—Y yo debería ir a deshacer mis maletas y colocar unas cosas, antes de hablar con mi familia.
—Es verdad... Pequeña, ¿por qué no le ayudas y luego te pones con los deberes? —Le pidió su padre.
—Claro...
—No —respondió rápidamente él, provocando que todos le mirasen—. Es decir... No hace falta, de verdad. Ve a hacer los deberes y cuando lo tenga todo listo, te avisaré para que me ayudes con la conexión a Internet.
—Vale... —Mercedes se encogió de hombros, empezando a caminar hacia las escaleras. El no rotundo del chico la había asustado en un primer momento, pero pronto había recordado aquella primera conversación que habían tenido en la que él le había dicho que no quería que nadie tocase sus cosas. Ella tampoco lo habría querido de estar en su misma situación. Solo de pensar en que sus manos tocasen su ropa interior la hacía enrojecer.
Sam no tardó en seguirla, subiendo las escaleras.
—Llamaré a tu puerta cuando esté todo listo —le recordó, entrando ya en su nueva habitación.
—Claro —Mercedes sonrió, esperando a que cerrase la puerta para abrir la suya. Sus mejillas todavía estaban calientes y tardarían bastante en enfriarse.
Lo peor era que ella era quién solía hacer la colada en la casa, así que la posibilidad de tener que lavar su ropa interior no era tan remota. Quizás si se imaginaba que aquellas ropas pertenecían a su hermano o a su padre le sería más fácil. No habían tenido la suerte de que les tocase una chica y ese sería el primer inconveniente. Aunque si lo pensaba bien, debía dar las gracias porque no les hubiese tocado una "sin cerebro". A éstas no podía aguantarlas y no entendía cómo Quinn lo conseguía. Había aprendido a soportar a Santana y a sentir cariño por Brittany, pero Amanda, Kimberly... No. Solo de pensar que les pudiese haber tocado una chica así como nueva inquilina, le hacía preferir el lavar calzoncillos de hombre todos los días, antes que someterse a aquella tortura.
—Será como si Bobby estuviese aquí —reflexionó en voz alta, buscando su carpeta, su lapicero, y sus libros para dejarlos sobre la mesa.
La música empezó a oírse en toda su habitación y un cd variado con canciones le subió el ánimo. El mismo Bobby se lo había grabado y regalado la última vez que había vuelto a casa. Eso había sido hacía dos semanas y la chica ya le echaba de menos. Quizás a sus padres les pasaba lo mismo y por eso habían decidido apuntarse al programa. A juzgar por las reacciones de su padre durante la comida y en el jardín, aquello parecía ser lo más probable.
—Solo que no es Bobby —dijo, abriendo el libro y la libreta de mates.
No era Bobby, claro que no. Aunque ellos les habían dicho que no harían distinciones entre ambos, así que, a ojos de sus padres, Mercedes tenía un nuevo hermano. Uno del que no sabía nada. Ni siquiera su edad, pero sí la de sus hermanos y lo geniales que éstos eran. No había parado de hablar de ellos en las dos horas en las que había tratado de enseñarle a montar en bici. Les adoraba y les echaba de menos. Y ella pronto les conocería.
Lo que sí sabía era que tenían algo en común. El Glee Club. Sam se le había presentado al señor Schue con una guitarra y Mercedes mentiría si no admitiese que deseaba oírle tocar y cantar. Will Schuester habría aceptado a cualquiera que le hubiese dicho que quería entrar en el club, pero algo le decía que esa vez, habían tenido la suerte de encontrar una buena voz con talento.
Con él podría disfrutar del Glee Club en casa como nunca había podido hacerlo con Bobby. Pensar en esa posibilidad, la hizo sonreír.
—Tengo un nuevo hermano —rió, mordiendo el bolígrafo, y centrándose ya en terminar la tarea lo más rápido posible.
Un nuevo hermano dice... xD Hasta aquí el capítulo de hoy. Hacedme saber en un review lo que os ha parecido. Ah, si queréis tirarme tomates, podéis, kiwis no, que los odio xD hasta el próximo capi.
Un besito
Syl
