Hola a todos. Lo primero que debo hacer antes de que se me olvide es, dedicarle este capítulo a Cory Monteith, como dije en el anterior. La mayor parte del capítulo fue escrita antes de su fallecimiento, incluida la canción, pero fue por él, por lo que decidí titularlo así. Con "Don't Stop Believin' le conocimos y aprendimos a quererle. Yo no podré olvidarle, y sé que los gleeks que hay ahí fuera tampoco podrán. Cory y Finn seguirán vivos en nuestros corazones y también en esta historia, que será mi última, por lo que intentaré darle un mayor protagonismo. En este capítulo, no saldrá. Pero os he dejado aquí abajo unos spoilers de los próximos, que queda a vuestro criterio y decisión el leerlos o no.

No leáis toda la nota de autor que os moriréis de lo larga que es, buscad vuestro nombre en ella si habéis dejado review ^^

Ah, le he cambiado el rating al fic. Ha pasado de K+ a T.

Gracias a las que habéis dejado comentarios en el anterior. Me sacáis una sonrisa y me animáis a seguir escribiendo cuando ya se va la ilusión de hacerlo. Gracias a Savri (Sí... Un hermano. xD Y sí, mi última historia. Cada vez me cuesta más ponerme a ello, es mejor dejarlo antes de terminar hartando a la gente. Gracias a ti también, Savri, de verdad, gracias por estar ahí. Te quiero mucho. No,¡ tú eres lo más! :*); a Maru (que ahora mismo voy a leer lo que ha publicado porque he estado corriendo estos días para acá y para allá y no he parado. ¿Lo que menos quiere es ser su hermano? Um... Veremos a ver qué opina Sammy de eso xD Mercedes y sus ideas... pues sí, va a costar, y mucho. Pero bueno, que primero se tienen que hacer amiguitos que en eso se basa una buena relación :3 ¡Besotes!); Catita (Uy, que Mercedes tenga algo con otra persona dices... jejejeje Mi boca está sellada. O no. xD ¡Cariños! ^^); Tania (Pues por fin vais a saber qué esconde Sam en su mochila xD Muchísimas gracias por preocuparte, de verdad, mi familia está bien, afortunadamente ninguno viajaba en el tren, y el accidente fue a sesenta kilómetros de donde yo vivo, aunque ahora en Agosto tengo que viajar en tren y tengo un poco de miedo, pero intentaré no pensar en ello mucho :) En cuánto a las preguntas, no lo sé. Con uno de los spoilers que os dejo abajo, quizás te puedas imaginar algo, pero no tengo las respuestas a tus preguntas. No porque no quiera decíroslas, sino, porque aún no me he decidido. Y me había olvidado de Karovsky, fíjate tú xD Quién sabe, quizás aparezca para hacerle la vida imposible a mis niños o para enamorar a Kurt... no sé xD ¡Besos y abrazos mil!)


Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario, Finn no moriría, se marcharía a Europa y cumpliría sus sueños.


Capítulo 7: Don't Stop Believin'

Terminar aquellos ejercicios le había llevado una hora larga, sin embargo él no se había aparecido todavía, lo que la aliviaba y la preocupaba a la vez. ¿Tanto tenía que ordenar? Solo tenía una maleta y...

¡Diablos! Esperaba que no estuviese cambiando la habitación de Bobby por completo. Aunque ella no había oído ningún ruido que así lo indicase cuando había ido al baño, y su hermano le había dado plena libertad para hacer lo que Sam quisiese.

Mercedes miró a su alrededor y observó su cuarto, quitándose los auriculares de los oídos, recordando que después de habérselos puesto, no podía saber si el chico hacía ruido o no. Sus habitaciones eran diferentes y la de ella, siempre había sido la más pequeña. En eso, Sam también había tenido suerte. Ella podía haber ocupado la de su hermano, pero se había negado en el pasado. Puede que la suya fuese la más pequeña, pero era y sería siempre su habitación. La adoraba. Nada colgaba de sus paredes, al contrario que en la de Bobby, y todo estaba siempre súper ordenado, aunque su padre se empeñase en ponerlo todo patas arriba cada vez que entraba allí solo para tratar de que su hija se soltase un poco. La mayoría de las veces, ella le echaba antes incluso de que él consiguiese poner un pie dentro. No le gustaba que entrasen, y por esa razón, no se la había enseñado a Sam. Claro que, ella sí había entrado en la suya y volvería a hacerlo para ayudarle con la conexión a Internet.

—Pensará que soy una egoísta —reflexionó, en voz alta, a la vez que suspiraba profundamente.

Era de verdad egoísta, pero no podía evitarlo. No quería que nadie rompiese su clima de estudio. Era una egoísta y una perfeccionista. Al igual que Rachel Berry. Quizás por esa misma razón, las dos chocaban tanto. Se asemejaban.

—Ni hablar. Yo no soy una "lameculos" —dijo, a la vez que recordaba cómo aquella mañana había acudido corriendo al despacho del señor Schue. Sus propios pensamientos le respondían, llevándola por un camino que no le gustaba—. Eso no es ser "lameculos" —se respondió a sí misma, negando con la cabeza. Querer que el profesor la tuviese en cuenta no era ser pelota.

Cerrando el libro de biología por fin, se recostó en la silla, colocándose de nuevo los auriculares en las orejas, justo a tiempo para oír cómo en el reproductor empezaba a sonar su "Don't Stop Believin' "

Mercedes sonrió, al oír los primeros acordes, mientras empezaba a tararear la melodía.

"Just a small town girl, livin' in a lonely world

She took the midnight train goin' anywhere"

No tardó en ponerse de pie, dirigiéndose hacia la ventana, bailando la coreografía como si estuviesen allí de nuevo, en el campeonato regional.

"Streetlight people, looking just to find emotion

Hiding, somewhere in the niiiiiiight"

Cantó, prolongando la nota, y olvidándose por completo de dónde estaba. Elevando los brazos y sintiendo la música dentro de ella.

Era su himno. El de todos ellos. Y cada vez que la oía, no podía evitar levantarse y cantarla, sin pensar en nada más.

"Don't stop believin'

Hold on to that feeling

Streetlight people

Ohhh, woahhhh

Don't stoooop"

Se había vuelto loca, pero era superior a ella. Aquella canción representaba todos sus sueños. Los de ella, los de todo el Glee Club. Y cada vez que la cantaba se le ponían los pelos de punta. Y el corazón le latía a mil por hora, y...

—¡Bravo! Wow... Eso fue... ¡Wow!

¡Oh, no!

Mercedes se dio la vuelta a tiempo de ver cómo Sam le aplaudía sin parar, atónito.

¡Genial! Ella no había querido que el chico entrase en su habitación y él había terminado haciéndolo, para colmo, en el peor momento. Por favor, que un agujero se abriese en el suelo y se la tragase.

—En serio, ¡ha sido fabuloso! —Exclamó, alucinado, dejando de aplaudir, por fin.

—Gracias... —Consiguió decir, sintiendo el rubor en sus mejillas.

—Siento haber entrado así, yo... venía a llamar, pero te oí cantando y... no pude resistirme a entrar. Es... una pasada cómo cantas. Por un momento pensé que se me iba a desencajar la mandíbula, viéndote —El chico se calló por fin, esperando no abrumarla. La verdad era que él también estaba empezando a sonrojarse.

—Oh... Gracias.

Vamos, Merce... ¿Eso es todo lo que vas a decirle?

No todos los días un chico le decía algo tan bueno, a parte de los miembros del coro de la iglesia o los asistentes a ésta y de haber sido otra persona, ella no habría tardado en sacarle fuera de su habitación. Pero era él, y acababa de decirle algo bonito, no le echaría fuera como hacía con su padre aunque estuviese muriéndose de vergüenza en ese mismo instante.

—¿Qué tal tu habitación? —Le preguntó, dejando los auriculares y el reproductor encima de la mesa.

—Oh... Pues... Justo acabo de terminar ahora mismo de sacarlo todo.

—¿Sacarlo todo? —Mercedes arqueó una ceja, asustada.

—De la maleta.

—Ah, sí, claro —Dios Santo, ¡qué estúpida! ¿Qué había pasado con lo de dejar de asumir las cosas? Cinco segundos después, ya había pensado que el chico quería deshacerse de todo lo de Bobby.

—Y venía a-

—A que te ayudase con lo de la conexión, claro. Sin problema —le sonrió, caminando hacia él. Sam le abrió la puerta en un segundo y ambos salieron de su cuarto directos al de él—. ¡Vaya! No has cambiado nada...

—No. Es la habitación perfecta —le aseguró, dirigiéndose hacia el pc que ya estaba colocado encima del escritorio.

Mercedes sonrió al escucharle, viendo cómo el chico le ofrecía asiento.

—Oh, no. No necesito sentarme. En dos segundos, lo tendrás listo, y podrás ver a tu familia —le aseguró, dando un par de clics aquí y allí, que dieron sus frutos—. Ya se te está abriendo el Skype.

—Oh, vaya... Qué rapidez —dijo Sam, con una sonrisa, buscando su teléfono móvil para avisar a su familia con una llamada perdida. Sus hermanos no tardaron un segundo en aparecer delante de la pantalla, con su madre justo detrás, cuidando de que los pequeñuelos no hiciesen nada indebido.

—Sam... ¿Cómo estás?

—¡Sammy! —Gritaron a la vez los pequeños, dejando sorda a Mercedes.

—Hola —les respondió él, emocionado—. Os dije que podríamos hablar —sonrió—. Hola mamá, estoy bien.

—Me alegro, hijo. ¿Qué tal es todo por ahí? ¿Qué tal es la familia con la que vas a vivir?

Mercedes observaba con curiosidad la pantalla del ordenador portátil. Allí, dos pequeños rubios se sentaban delante de ella, con su madre detrás, de pie y un poco encorvada para que su hijo mayor pudiese verla. Ellos todavía no se habían dado cuenta de que alguien más estaba en la habitación con Sam. Alguien que sentía que no debería estar, ya que éste era un importante momento para el chico y su familia.

—Oh... Es asombroso, mamá. Lima, el instituto... El Glee Club —exclamó, sin darse cuenta de que con su sonrisa, había hecho sonreír también a Mercedes—. ¡La casa de los Jones es enorme! Y me han dejado una bici para que pueda ir de un lado a otro.

—¿Una bici? ¡Qué guay! —Gritaron los niños, a la vez, haciendo reír a la chica. Él les había dicho que se la habían prestado pero la realidad era otra. Quizás aquella fuese una mentirijilla piadosa.

—¡Sí! ¡Y me van a traer caramelos! Los Jones son dentistas.

—¿Caramelos? —Exclamó Stacy.

—Jo, mamá, ¿podemos ir a visitar a Sam? Yo también quiero caramelos —le pidió Stevie.

—Por ahora no, cariño. Más adelante —le respondió su madre acariciándole el pelo y sentándose en la silla que se había buscado, segundos antes.

—Hermanos... Quieren venir a verme, solo porque tengo caramelos —se giró divertido Sam, buscando por primera vez a la chica con la mirada. No se había olvidado que estaba allí, por supuesto que no.

Mercedes soltó una risita que se oyó al otro lado de la pantalla.

—¿Quién está ahí? —Preguntó Stacy, curiosa, haciendo que su madre girase la cabeza para intentar ver a quién pertenecían las risas.

—Es la hija de los señores Jones —respondió Sam, al tiempo que le pedía a la chica que se acercase.

—¿Tienen una hija? —Preguntó rápidamente la madre de Sam, en un tono que a Mercedes le recordó el momento en el que ella se había enterado de que compartiría casa con un chico.

Al parecer, a su madre tampoco le hacía mucha gracia que su hijo viviese con una chica. Y en realidad, no tenía de qué preocuparse. Ni que fuera a pasar algo entre ellos.

—Sí. Se llama Mercedes y también canta.

—¿Ah sí? —Volvió a preguntar la señora Evans, con aquel retintín que empezaba a molestarle a Mercedes.

Ella era una chica, sí. Y amaba cantar. ¿Qué pasaba con eso? ¿Creía que era una mala influencia para su hijo? ¿O que iba a fugarse con él?

—Hola —dijo Mercedes finalmente, acercándose para que la cámara la mostrase.

—¡Hola Mercedes! —Chillaron Stevie y Stacy a la vez, casi dejándoles a todos sordos.

—Hola Mercedes, soy Mary Evans —la madre de Sam se presentó, con la sonrisa más hermosa. Aunque ésta no consiguió hacer que la de la chica se hiciese más grande.

La señora había suspirado, aliviada, lo que la había hecho pensar que, entre los miedos que había podido sentir, ver cómo la chica se fugaba con su hijo no estaba entre ellos.

—Encantada de conocerla, Señora Evans —respondió la chica, tratando de sonreírle a todos—. Y vosotros dos, sois Stevie y Stacy, ¿verdad? Sam me ha hablado mucho de vosotros —les contó, iluminando sus caras.

—No es cierto —rió él, negando con la cabeza.

—Y, ¿cómo llegó? ¿Qué tal está? —Preguntó Stacy, haciendo que Mercedes guardara silencio y Sam carraspease como respuesta. ¿A quién se refería? ¿A Sam? Ella no entendía...

—Estoy... bien, Stace... —El chico abrió los ojos más de lo necesario, a la vez que comenzaba a rascar su nuca.

—Yo... —La pequeña quiso hablar de nuevo, pero su hermano la silenció, a su lado, a la vez que Sam, al otro lado de la pantalla, se levantaba para dejarle sitio a la chica.

—De hecho, acabo de recordar que le dije a los señores Jones que les avisaría para que os conociesen. Voy a buscarles. Siéntate, por favor, Mercedes.

—No hace falta, de verdad. Estoy bien —La chica sonrió, negando con la cabeza.

—Vuelvo ahora, ¿vale? No os vayáis, eh.

—No, no —le aseguró su madre—. Ve.

—El chico abandonó rápidamente la habitación, dejando a Mercedes sola, con un ordenador portátil y una familia a la que no conocía.

—Cántanos algo, Mercedes —fue lo primero que oyó.

—¿Cantar? —Preguntó, mirando la sonrisa que se dibujaba en el rostro de los pequeños Evans.

—¡Sí!

—¿Cualquier cosa? —Preguntó, nerviosa.

—¡Sí! —Respondieron ellos de nuevo, con más ganas todavía.

—Bueno... Ésta es una de mis canciones favoritas... —Carraspeó, cerrando los ojos para poder entonar la canción, consciente de que si los abría, no lo conseguiría.

Los niños y su madre no tardaron en maravillarse con su hermosa voz, mientras la oían cantar el famoso "Amazing Grace".

No había hecho más que cantar una o dos estrofas y ya había conseguido, los fervientes aplausos de los niños y los ojos llorosos de la madre.

—Eso fue hermoso —susurró Mary, secándose una lágrima, una vez había terminado la canción.

Puede que se debiera a la lejanía de su hijo, o a la intensidad del momento, pues Mercedes dudaba de que ella hubiese conseguido que la señora se emocionase hasta el punto de llorar.

—Muchas gracias —dijo la señora.

—No tiene por qué, señora Evans.

—Sí tengo. Nosotros... —Mary guardó silencio antes de hablar demás—. Es mejor que vaya a buscar a Dwight antes de que Sam vuelva —dijo, levantándose y saliendo de la habitación apresuradamente.

Mercedes suspiró triste, al haber pensado mal de aquella mujer. Su hijo había viajado lejos de su casa y no lo vería durante mucho tiempo. Era difícil ponerse en su lugar, y lo único que Mercedes había hecho era pensar que la señora temía que ella lo engatusase o algo parecido. Y en realidad, no debería tener miedo. No tenía nada que temer. Mary Evans no lo sabía, pero Mercedes acababa de ganarse un hermano.

Y justamente, éste entraba por la puerta en ese momento, seguido de sus padres. Los pequeños no habían dicho palabra todavía y ambos la miraban boquiabiertos.

—¿Qué pasó? —Quiso saber Sam, al ver a sus hermanos.

—No lo sé. Solo les canté una canción y-

—Eso lo explica todo —dijo él, hablándole luego a sus hermanos —. Es una pasada como canta, ¿verdad?

—¡Canta mejor que tú! —Chilló Stevie, a la vez que su hermana le daba un codazo.

—Gran verdad —respondió Sam, provocando que la chica se sonrojara—. ¿Dónde está mamá?

—Fue a buscar a papá —le respondió Stacy.

—Oh, genial. Mirad, ellos son Robert y Patricia Jones.

—¡Hola Señores Jones!

—¿Stevie y Stacy, verdad? —Preguntó la señora Jones, sonriente.

—¡Sí!

—Sam nos ha dicho que os gustan los caramelos.

—¡Sí!

—Cuando vengáis a visitarle, os regalaremos muchos, y cuando él vaya, os llevará aún más.

—¿De verdad? —Preguntaron, emocionados.

—Pero antes de nada... ¿Os habéis lavado los dientes? Es muy importante no olvidarse nunca, eh. Si no, no se pueden comer caramelos y dulces.

—Jo... —Protestaron, poniendo pucheros.

—Hay que limpiarlos bien. Para que no se nos caigan —dijo también su mujer.

—O si no, seréis viejecitos sin dientes —Robert quiso asustarles.

—A mí se me cayó uno el otro día —le contó Stevie, abriendo la boca.

—Oh... ¿Y se lo pusiste al Ratoncito Pérez?

—¡Sí! ¡Me trajo dos dólares!

—¡Guau! Eso es mucho... —Exclamó el señor Jones, riéndose y haciéndoles reír a todos.

Mercedes pudo comprobar de refilón, cómo el chico la había mirado unos segundos antes de romper a reír. Seguramente, buscando saber qué impresión le causaban sus pequeños hermanos.

Ellos eran adorables, y tan bonitos como su hermano. Todos parecían haber salido a la madre, que era rubia como ellos, o quizás también lo fuese el señor Evans. Se había fijado levemente, pero estaba casi segura de que el color de ojos de Sam era el mismo que el de su madre.

Del otro lado de la pantalla, se oyó el cerrar de una puerta, mostrándoles que los señores Evans habían entrado en la habitación.

—Sam... Hijo... —Stevie y Stacy se hicieron a un lado para que su padre se sentase en una de las sillas. Mary no tardó en hacer lo mismo, sentando a ambos niños en sus regazos—. ¿Qué tal el viaje?

—Genial papá —Sam sonrió, un poco nervioso. Quería causarles buena impresión a todos los allí presentes. A sus padres, para que se sintiesen orgullosos de él, a los señores Jones para que viesen lo importante que era la familia para él. A sus hermanos, a los que echaba mucho de menos y a Mercedes, que le sonreía cada vez que la miraba—. Ellos... Son los Señores Jones, Robert y Patricia, y ella, es su hija Mercedes.

El asombro de su padre al verles por primera vez había durado un solo segundo, y ahora, los saludaba con alegría al otro lado de la pantalla.

—Soy Dwight Evans, y ésta es mi mujer Mary. Mis hijos pequeños, Stevie y Stacy —les presentó, sonriendo.

—Ya les hemos conocido antes —le contó el señor Jones.

—Son unos encantos —opinó Patricia Jones.

—Y un peligro también —rió Mary.

—Los Señores Jones son dentistas, papá. ¡Y nos van a regalar muchos, muchos y muchos caramelos! —Chilló Stevie.

—¿De verdad? —Preguntó Dwight, sonriente—. ¿Y le habéis dado las gracias?

Los pequeños se giraron rápidamente hacia la pantalla, entonando un "Gracias" que les hizo romper a reír a todos.

—Yo también quiero darles las gracias por haber aceptado a nuestro Sam.

—Oh, tutéanos, por favor. Más o menos, somos de una misma edad —Mary y Patricia se miraron durante unos segundos, sonriéndose. Mercedes pudo ver cómo la madre de Sam trataba de no emocionarse de nuevo.

—Y no hace falta que nos lo agradezcáis. Hemos tenido mucha suerte en el reparto. Sam es muy buen chico —dijo Robert Jones.

—No les va a decepcionar —oyeron decir a su madre, clavando sus ojos en su hijo, mientras acariciaba el pelo rubio de su pequeña Stacy.

—No lo hará —les aseguró Dwight Evans, asintiendo con la cabeza, de acuerdo con su mujer.

Mercedes sonrió con cariño a la familia que se encontraba del otro lado. Estaban orgullosos de su hijo. Se podía comprobar en sus ojitos y en las emociones que ahora llenaban sus corazones. Le querían y le echarían muchísimo de menos, pero aquella era una gran oportunidad para él. Mercedes se sorprendió de pronto, sintiendo envidia de él. Cambiando su vida, y dándole un giro. Ella no habría podido, de hecho, había palidecido al oírselo decir al señor Shue pensando que ella sería quién viajase. Y sin embargo, él no había tenido miedo. Iba a pasar un año fuera de su casa, viviendo con unos completos desconocidos, pero no estaba asustado. Es más, el chico le sonreía. En ese mismo momento, le estaba sonriendo y ella, por enésima vez en aquel día, se lo había quedado mirando.

—¿Qué sucede? —Preguntó, al ver que no sólo él la miraba ahora, sino también sus padres y la familia Evans al completo.

—Nada. Le decíamos a los padres de Sam que los tres nos íbamos ya. Seguramente tienen mucho de qué hablar.

—Oh, claro papá. Perdón —Genial... Se había quedado como tonta mirándole y ahora todos pensarían que ella era una despistada—. Encantada de conocerles, señores Evans.

—Hasta pronto, Mercedes. Y muchas gracias —dijo Mary, sonriéndole con cariño.

—¡Adiós Mercedes! —Los niños gritaron al unísono, a la vez que la chica se despedía de ellos con la mano.

—Voy a ir preparando la cena. Sam, cuando esté, Mercedes vendrá a avisarte.

—Oh, genial, Señora Jones. Muchas gracias.

—Yo también tengo hambre —habló el pequeño Stevie.

—Cenaremos pronto, Stevie. Cuando colguemos la llamada. ¿O no quieres hablar con Sam?

—No, en realidad, prefiere comer caramelos —se burló Sam, oyendo cómo la puerta se cerraba y los Jones lo dejaban solo con su familia.

...

Era ya muy tarde cuando Mercedes se dejó caer por fin en su cama, echándose las sábanas por encima. Había sido un largo día y aún le quedaban otros tantos por pasar. Todo un curso, para ser exactos. Aunque pasadas las horas, aquella tarde no había sido tan mala. Y la cena que la familia había compartido con el chico nuevo tampoco. Había pensado que sería peor y se alegraba, de verdad, de haberse equivocado. Sam se había adaptado a la familia verdaderamente rápido, y contrario a lo que harían otros chicos, planeaba ayudarles en todo, o eso había podido comprobar cuando el chico se había levantado de la mesa con la intención de lavar los platos. Con una sonrisa, ella le había recordado que tenían un lavavajillas y él se había sonrojado, diciéndole después que le ayudaría entonces, a preparar los platos para introducirlos en el electrodoméstico. Después de eso, su padre y él habían salido a hacerse unos pases con el balón y su madre se había quedado hablando con ella mientras les veían desde la cocina.

—Hemos tenido suerte —le había dicho ella, observándoles a ambos.

—Es un buen chico —respondió su hija.

—Y tiene una bonita familia.

—Sí —eso hacía que Mercedes no pudiese entender los motivos del chico para separarse de ellos. De haber estado en su lugar, ella no habría podido marcharse de su lado. A decir verdad, ni con una familia como la de ella, podría haber sido capaz de alejarse de ellos durante todo un año.

—¿Qué tal te fue en el instituto?

—Bien —respondió, encogiéndose de hombros, a la vez que observaba cómo su madre buscaba la cámara de fotos y le sacaba dos o tres a ellos jugando en el jardín—. Si sales fuera, te saldrán mejores.

—No. No quiero molestar. Tu padre y Sam están creando un vínculo ahora mismo —dijo la señora Jones, haciendo reír a su hija—. Además, a Sam no le gusta hacerse fotos —Patricia guardó silencio, tomando dos fotos más.

—Tenías que haber sido investigadora privada —rió.

—Uy no, yo no sirvo para esas cosas — Patricia negó con la cabeza.

—¿Seguro? Porque fuiste tú la que se dio cuenta de lo de Puck el año pasado sin decirte nada. Y eso que fue solo un día.

—Casi dos —le corrigió su madre—. Lo recuerdo perfectamente. Tu ilusión al volver del instituto un día y tu enfado al siguiente —Mercedes se quedó callada mientras su madre viajaba en el tiempo. Ella tenía razón. Se había ilusionado con él. Como también lo había hecho con Kurt. Pero aquello no volvería a repetirse, no volvería a dar nada por sentado, ni a creer en cuentos que solo hacían que su corazón se ablandase. Ninguno de aquellos chicos que acudían al instituto merecían la pena en realidad.

Mercedes suspiró profundamente a la vez que veía cómo su madre les sacaba una foto más.

—Él no era para ti. Su corazón ya tenía dueña —la oyó decir—. Te ilusionaste y no salió como esperabas. Pero un día pasará. Un día mirarás a esa persona a los ojos y tu corazón te lo dirá. Y el resto de ti temblará solo con tenerla cerca. Y él o ella se enamorará de ti y-

—¿Él o ella? —Preguntó Mercedes, en shock—. No soy gay, mamá.

—Bueno, yo siempre digo que no hay que dar nada por sentado...

—¡Esto sí! —Vaya... Al parecer, Mercedes debería hacerle más caso a los consejos de su madre.

—Está bien, está bien... No hay por qué exaltarse.

—¿Qué sucede? —Preguntó Robert Jones, nada más entrar por la puerta con Sam.

—Tu hija me acaba de decir que "solo" le gustan los chicos.

—¡Mamá! —Chilló Mercedes, alucinada.

—Oh... Lástima que no vayas a salir con ninguno de ellos hasta el año dos mil cincuenta. Ya sabemos cómo son todos —Su padre se giró hacia el chico nuevo—. No te lo tomes a mal, Sam.

—No, no —Él negó con la cabeza, rápidamente. Los señores Jones eran unos locos de cuidado, pero en el tema "Chicos" parecían ser tan iguales como los demás padres.

—No es justo —susurró Mercedes, avergonzada. Lo cierto era que había protestado y ni siquiera sabía el porqué.

—Claro que no es justo, cariño. Quedarse embarazada a los dieciséis no lo es.

Vaya... Su padre había tardado menos de un día en volverle a sacar el tema, y lo peor era que le conocía tan bien que sabía perfectamente que él no se olvidaría de recordárselo todos los días de su vida. El señor Jones no quería que su hija tuviese el mismo destino que Quinn. Todavía le guardaba rencor a Noah por ello, todos lo habían podido ver en la comida, y Mercedes de verdad esperaba que la amistad que estaba empezando a nacer entre él y Sam, no se viese truncada por los comentarios de su padre. Comprendía que él no pudiese dejar el pasado atrás, pero no tenía porqué desconfiar. Ella misma se encargaba de mantenerlos lo más alejados posible. Aunque eso no era realmente necesario, pues rara vez se acercaba alguno.

De refilón, sus ojos se fijaron en Sam, tratando de descubrir qué estaría el chico pensando sobre el tema. Su padre volvió a hablar en ese momento, provocando que ambos le mirasen.

—Ya sabes las normas de esta casa. Los chicos no pueden pasar del salón. Ya lo hablé con Sam y lo de que no voy a hacer distinciones va en serio, pequeña. Nada de chicas en tu habitación—dijo, señalando a Sam—. Y nada de chicos en la tuya —señaló a Mercedes.

—Pero... ¿y Kurt? —Preguntó, recibiendo una mirada dudosa por parte de su padre.

—No me gusta que se quede a dormir...

¡Dios Santo! A veces, Mercedes Jones parecía estar viviendo una realidad alterna. Su padre estaba loco como una cabra si pensaba que Kurt podía pensar en hacer algo así con ella.

—Papá... Kurt es gay —dijo, tratando de no mirar a Sam. La última vez que había dicho aquellas palabras había sido por hablar de más.

—Ajá —Mercedes suspiró al escucharle asentir. Aquellas palabras no parecían tranquilizarle. Definitivamente, si algún día pretendía vengarse de las locuras de éstos, cambiar la sal por el azúcar no podría compararse a fugarse con un chico toda una tarde. Ese era el talón de Aquiles de su padre. Ella, y ahora Sam, porque su padre también le había prohibido subir chicas a su habitación. Lo que no sabía él, era que Sam ya tenía una novia, y que ésta se encontraba muy lejos de allí.

—Todos deberíamos irnos a dormir —habló Patricia, casi empujando a su hija hacia la cama.

Mercedes sintió cómo sus manos apretaban ligeramente sus hombros, dándole a entender que dejase aquel asunto en sus manos. La chica se relajó, esperando que lo que ella hiciese funcionase, o de lo contrario, se quedaría sin fiestas de pijamas con su mejor amigo Kurt, y eso, era lo peor que podrían hacerle. Más aún que apuntarse al programa de intercambio sin consultárselo.

—¿Lo de "No chicos en tu habitación" también va por mí? —le preguntó Sam, una vez habían llegado al piso de arriba. Sus padres se habían metido rápidamente en su cuarto y él había aprovechado la oportunidad para hablarlo con ella.

—Supongo que sí. De todas formas, no me gusta que la gente entre en mi habitación —le soltó, aún molesta por lo sucedido en el piso de abajo.

—Oh... Lo siento. Yo no... —Sam no sabía qué decir, más que disculparse.

—No... Perdona. Siento haber reaccionado así. Es solo que... ¡Ugh! Me ponen de los nervios —se quejó, y luego bajó la voz casi en un susurro—. ¿Entiendes ahora lo del "parricidio"?

—Sí... Supongo que sí —Sam sonrió, recordando aquel primer encuentro en los pasillos cuando la había oído hablando por teléfono. Pobre chica... Ella también acabaría loca teniendo unos padres así.

—Pero lo de no entrar en mi habitación iba en serio. No me gusta que lo hagan —le contó.

—Okay —Sam asintió, entendiendo que no podría volver a hacerlo—. Yo no entro en la tuya, si tú no entras en la mía.

Mercedes frunció el ceño al escucharle. No creyó que el chico podría llegar a esos extremos pero era razonable lo que le pedía.

—Hecho —le respondió, tendiéndole la mano y quedándose muda al ver cómo él arrancaba saliva y la escupía en su mano, pidiéndole sellar así el pacto—. Oh Dios, no me pidas que haga eso. Es...

Asqueroso.

—No es para tanto —rió Sam.

Esta es una casa de locos y ahora se nos ha unido uno más... ¡Viva!

—Venga... O prefieres sellar el acuerdo a lo "Mi Gran Amigo Joe" con una picadura de araña como decía Charlize Theron.

—¿Perdón? —Mercedes abrió los ojos, asombrada, mirándolo a él y luego a la mano que esperaba su choque. Antes de que Sam incluso pudiese responder, la chica selló el pacto—. Asqueroso...

—Lo mismo dice Stacy —rió él. Y con aquello, ya iban dos cosas que hacían que la recordase. Jesús, echaba de menos a su pequeña.

Mercedes sonrió a la vez que veía cómo él le ofrecía un pañuelo para que se limpiase la mano. Después de todo, el chico era un caballero.

—Es hora de que me vaya a dormir —dijo, devolviéndole el pañuelo, y notando cómo sus ojos se habían llenado de vida al recordar a su hermana—. Muchas gracias por el pañuelo.

—Sí... Yo también me voy. Que duermas bien —Sam se guardó el pañuelo en su bolsillo y esperó a que ella entrase para hacer lo mismo.

—Sí, tú también —dijo ella, antes de girarse y perderse en su habitación.

...

Sus manos acariciaban sus piernas haciéndola temblar. Su respiración se volvía entrecortada y el latido de su corazón retumbaba en su pecho. La estaba tocando. Él la estaba tocando y ella... No podía respirar. No cuando aquellas manos la recorrían y... Algo frío... ¿Su... su nariz? ¿Su aliento? ¿Qué...?

Ella no sabía lo que estaba sucediendo, solo que nuevamente, durante la noche, se había hecho un lío con las sábanas y ahora, cosquillas hacían que moviese sus piernas, incapaz de contenerse. Oh Dios, sus caricias...

Adormilada, abrió los ojos, dándose cuenta de que había vuelto a soñar.

Su padre no quería que subiese chicos a su habitación, pero ella lo hacía en sueños. No podía evitarlo.

Cerró nuevamente sus ojos, con la intención de regresar a dónde estaba, tan solo unos minutos más. Pero no tardó demasiado en volverlos a abrir, sobresaltada. Cosquillas volvían a asaltar sus piernas y el pulso volvía a acelerársele, levantando las sábanas y luchando con ellas para comprobar lo que allí había.

—¡AAAAAAAAAAAAAAH!

El grito que pegó, la hizo despertarse por completo, y dar un salto para salir de la cama, al tiempo que corría disparada hacia la puerta de la habitación, chocándose con Sam irremediablemente, en su camino hacia su cuarto.

—¿Qué ha pasado? —Exclamó asustado, viéndola temblar de pies a cabeza y llevándose una mano al pecho. De un momento a otro, su corazón había empezado a latir alocadamente.

—Hay un... Un... —Mercedes apenas podía hablar—. Una... —No acabó la frase. Lo siguiente que hizo fue buscar la mano de él y tirar hacia el interior de su cuarto.

—¿No era que no podía entrar? Ya has incumplido el pacto —Sam negó con la cabeza a la vez que soltaba su mano. La chica seguía temblando como una hoja al viento, y el pijama de dos piezas que llevaba no hacía más que provocarle ganas de reír. ¿Eran vacas lo que llevaba dibujado en él? Al menos eso era lo que podía ver en la parte de arriba, la de abajo era tan pequeña que el chico tuvo que apartar la vista para no quedarse más de un segundo mirando aquellas piernas.

—Hay un... Un...

Si conseguía acabar algún día la frase, él podría entenderla. De lo contrario, se pasarían allí toda la mañana, tratando de deshacer el misterio. Y él no podía perder tiempo, Mercedes le había despertado justo para darle de comer a...

—¡Mierda! ¿Dónde está? —Le preguntó, comprendiendo por fin, lo que ella trataba de decirle.

—A-ahí... Entre las sábanas.

—¿Lo has matado? —Preguntó, a la vez que corría hacia la cama y empezaba a revolver entre las sábanas—. Oh, Dios mío. Lo has matado.

—¡No he matado a nadie! —Protestó—. ¡Casi me muero yo del susto!

—Oh... Estás aquí, pequeñín... —Sam lo encontró por fin, sosteniéndolo entre sus manos, a la vez que trataba de calmar al pobre animalito.

—¿Qué ha pasado aquí? Hemos escuchado gritos desde la cocina —Preguntó la señora Jones, llegando en bata, junto con su marido.

—¡Sam tiene una rata!

—Oh... —Patricia abrió su boca en un perfecta O.

—Es un hámster, no una rata —le aclaró él—. Y está muy asustado.

—Ay, pobre... —La señora Jones se acercó despacio, para verlo mejor—. Qué hermoso es... ¿Cómo se llama?

—Scabbers —respondió Sam, sujetándolo entre sus manos para que no se escapase—. Es de mi hermana Stacy. Me lo regaló cuando supo que viviría lejos de ella. No quiere que esté solo.

—Oh... —Exclamó Patricia emocionada, a la vez que su hija resoplaba.

—Bonito regalo, casi me muero de un infarto.

—¿Preferías que me hubiese traído a Spidey, la araña de mi hermano?

—¡No! —Mercedes estaba empezando a cambiar de idea acerca de lo adorables que eran los pequeños.

—Se llama Scabbers por Harry Potter, ¿verdad? —Preguntó la señora Jones, acariciando al animal—. Es adorable...

¡Era un ratón! Lo que había acariciado las piernas de Mercedes en su sueño. ¡Un ratón! No un chico. ¿Cómo demonios había podido llegar hasta allí de todos modos? Oh Dios, había soñado con un ratón. El rubor empezó a incendiar sus mejillas y la vergüenza la sacudió. Acababa de darse cuenta de cómo estaba vestida y cómo lo estaba él. ¡Llevaba su pijama de vaquitas y él... solo unos calzoncillos y... una camiseta de tirantes blanca que marcaba sus músculos y... ¡¿Qué demonios hacían todos en su habitación?! ¡Ella odiaba que la gente entrase allí!

—No nos dijiste que traías compañía, Sam.

—Lo siento, Señor Jones. Tenía miedo de que no me dejasen tenerlo. Su jaula es muy segura, de verdad. He debido dejarla mal cerrada ayer cuando me fui a dormir y... No sé cómo ha podido llegar aquí.

—Así que era eso lo que querías que no viéramos en tu maleta.

—¿En mi maleta? —El chico la miró, extrañado—. No. De haberlo traído en mi maleta, no habría Scabbers ahora mismo. Lo traía en mi mochila y lo dejé en la taquilla durante las clases. ¿Quieres tocarlo? —Preguntó, acercándose a la chica.

—Ni de broma. Ya me tocó él, bastante —le informó, partiendo la palabra en sílabas.

—Dijiste que te gustaba Harry Potter —se excusó él.

—Y no por ello se me ocurre tener un elfo doméstico —le respondió ella.

—Porque no existen —le recordó Sam, acercándole el animal un poco más.

—Necesito una ducha —dijo ella, abriendo la puerta para que todos saliesen de allí. Buscaría sus cosas y saldría directa hacia el baño. Quería a ese ratón lo más lejos posible de ella.

—Vamos, Sam —lo apuró Patricia Jones, acariciando una vez más al pequeño ratoncito. Éste era completamente blanco, como la harina.

—No les parece mal que lo tenga, ¿verdad? —Preguntó, antes de que Mercedes cerrase la puerta detrás de ellos, con algo más de fuerza de lo habitual.

—En absoluto, Sam. Pero intenta que no se escape de la jaula o Mercedes se lo dará de comida al gato del vecino —le dijo Robert Jones.

—Muchas gracias, señor —respondió Sam, entrando en su habitación, y cerrando rápidamente la puerta—. Creo que se ha enfadado de verdad con nosotros, amigo —le habló, metiéndolo en la jaula de nuevo y cerrando bien la puertecita. Sentándose en la silla del escritorio se lo quedó mirando—. ¿Cómo se te ocurrió meterte en su cama y tocarla? Qué locura... —Rió, viendo cómo el hámster empezaba a girar en su rueda. Sam apoyó la cabeza en su mano, hincando el codo en la mesa, preguntándose dónde la habría tocado Scabbers y qué tendría que hacer él para que ella los perdonase—. Al menos, ahora ya no tendré que esconderte —suspiró.

Continuará...

...

Spoilers de los próximos capítulos, no leer en caso de no querer spoilearse:

****Y allí estaba Mercedes, junto a su taquilla, tratando de recoger del suelo los libros que se le habían caído. Su casillero debía estar muy lleno. Sam sonrió, recordando que en el instituto de dónde venía, él también lo tenía repleto de cosas. Éstas se caían a todas horas cada vez que lo abría, y casi siempre, alguien le ayudaba a recogerlas para devolverlas al sitio. Como ahora también la estaban ayudando a ella. Sam había empezado a andar hacia allí, pero se había detenido, a tiempo de ver cómo uno de sus compañeros de equipo se agachaba y se los tendía a la chica. Tinsley... Era Shane Tinsley. Y ella le sonreía.

...

****—¿Sam? —Finn Hudson lo llamaba por tercera vez sin recibir respuesta, haciéndole incluso dudar el haberse equivocado de nombre.

—Sí —respondió finalmente, fijando sus ojos en él y dejando de mirar la puerta por dónde se habían ido las Cheerios.

—Te has quedado mudo.

—Acaban de invitarme a salir —le contó, sorprendido.

—Oh, eso... Está guay. ¿No?

—Santana y Brittany. Las dos. Acaban de invitarme a salir las dos. Al mismo tiempo. Y no al mismo tiempo de venir a preguntármelo. Me refiero a "al mismo tiempo", como en, "queremos salir contigo al mismo tiempo". A la vez —le explicó, sin poder entenderlo él. ¿Qué demonios tenía el agua de Lima que todos estaban como cabras?

—Ah, eso... Umm... Bienvenido al club... —le respondió Finn, echando un brazo por encima de los hombros del rubio.

...

Y hasta aquí el capítulo siete. Sed buenos y dejadme un review contándome lo que os ha parecido, me haríais inmensamente feliz. ^^

Un beso y gracias por estar ahí.

Syl