Hola de nuevo. Hace mucho que no me paso por aquí, lo sé. Según pone en la página, desde el 7 de Agosto, lo que es mucho tiempo. Pero mi inspiración se había ido a no sé dónde y aún no tengo claro si ha vuelto como debería. Bueno, vosotros lo juzgaréis con este capítulo. xD
Permitidme que el capítulo de hoy vaya dedicado a Ale y a Luna, dos personas que se merecían un gran regalo por sus cumples y que este año no ha podido ser, sorry niñas, mi inspiración se ha puesto en huelga u.u pero ojalá que este capi os saque unas sonrisas al menos. Os deseo lo mejor del mundo porque os lo merecéis, mil gracias por estar ahí.
Si habéis visto la serie One Tree Hill, sabréis de dónde ha salido una escena que transcurre hacia el final del capi. No diré cuál, para no spoilear, pero a quién acierte le doy un premio jejeje Quería actualizar ayer por ser el aniversario de OTH pero no me dio tiempo, así que, os lo dejo hoy.
Los agradecimientos los he puesto al final de la página, que una vez más, me han quedado enormes.
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 8: "Novatadas"
Esa misma mañana, tiempo después, Sam veía cómo Mercedes se encaminaba hacia el instituto sin despedirse. Los Jones apenas habían estacionado su coche en el parking del McKinley y ahora la miraban alejarse tal y cómo lo estaba haciendo el chico.
—Se le pasará —le aseguró Patricia Jones—. No te preocupes.
—Menos de un día y ya me odia. He batido mi propio record —dijo, sincero.
Y así lo creía.
Ella no había vuelto a hablarle desde el incidente de aquella mañana al levantarse. Ni siquiera para preguntarle si había enjaulado de nuevo a Scabbers, la cuál seguramente, habría sido su primera pregunta. Y tampoco le había pedido los cereales en la mesa del desayuno, cuando los había tenido delante de él y alejados de ella. Mercedes había preferido levantarse y buscarlos ella misma, antes que dirigirle la palabra. Al parecer, la chica se estaba tomando en serio lo que él le había dicho y había empezado a actuar como si, verdaderamente, él no formase parte de aquella casa. En mala hora se le había pasado por la cabeza asegurarle que no se enteraría de su presencia, pues ella misma estaba encargándose de hacerle el vacío.
—Oh, no pienses eso —Robert Jones hizo aspavientos con su mano, restando importancia a las palabras del chico. O quizás sus movimientos eran una indicación de "bájate del coche o llegaremos tarde al trabajo". Sam no sabría decirlo—. Mi pequeña no sabe odiar. Es todo amor.
Patricia le sonrió a su marido y asintió con la cabeza, antes de dar también su opinión.
—Se ha llevado un susto, eso es todo —dijo, girándose hacia atrás, donde aún permanecía sentado Sam—. Tardará unas horas en volver a hablarte, seguramente, pero no te preocupes. Ella es así. Ya la irás conociendo —La mujer le sonrió, intentando despreocuparle—. Dale su espacio y ella misma volverá a hablarte cuando se le haya pasado el enfado.
Las palabras de la señora Jones actuaban como un bálsamo reparador, pero la línea seria que habían formado los labios de su hija segundos antes, cuando el día anterior habían dibujado una hermosa sonrisa, le hacían pensar lo contrario. Sam no estaba tan seguro de que ella volviese a hablarle sin que él hiciese nada. Pero quizás la señora Jones tuviese razón y el silencio fuese la mejor opción.
—Hazle caso, Sam. Verás como no es nada.
—Sí, claro —asintió, abriendo ya la puerta del coche para bajarse—. Muchas gracias por traerme —sonrió, bajándose rápidamente, y alejándose un poco del coche.
—Esperemos que Mercy no tarde mucho en volver a hablarte o la vuelta en bus será de lo más incómoda —Robert Jones elevó la voz para que el chico le oyese por encima del ruido de los coches estacionando.
Sam sonrió, al tiempo que el motor del coche se encendía y el señor Jones dejaba atrás el aparcamiento.
—Más o menos, como fue la vuelta de ayer —recordó él.
Bueno, quizás no había sido tan incómoda, porque esa vez sí habían hablado, pero había sido, sin duda, una vuelta en bus con bastantes silencios que le habían hecho desear llegar cuánto antes a casa.
—¡Sam Evans! —oyó gritar detrás de él, dándose la vuelta para encontrarse de frente con Noah Puckerman y su preciosa novia, a la que recordó no podía mirar o perdería "sus pelotas".
—Hey —Sam les saludó con una sonrisa.
—¿Y Mercedes? —Preguntó la chica, vestida con su traje de animadora y con una perfecta coleta como peinado.
—Oh... Umm... Creo que tenía prisa por entrar —le explicó él.
No le contaría las verdaderas razones que tenía para haberlo hecho. O al menos, no él. Si la propia Mercedes quería hablar de ello con su mejor amiga, era su decisión.
—Pero hoy no es lunes... —susurró Quinn, pensativa, al tiempo que Puck la rodeaba por la cintura con el brazo y dejaba un beso en su mejilla.
—No te preocupes por la Sexy Mama... —dijo, recibiendo las miradas asesinas de ambos rubios—. Wow, vale, vale. Voy a tener que dejar de llamarla así. Estáis empezando a asustarme. Sobretodo tú, que acabas de llegar —señaló a Sam con su dedo índice. Al parecer, nadie le había enseñado educación.
Sam no sabía qué responder. Sus ojos habían reaccionado solos, tan rápido como lo habían hecho los de Quinn, al oírle decir aquel mote. Puck la seguía llamando Sexy Mama y ella seguía hablándole, y sin embargo, a él le estaba regalando un silencio atronador de quién sabe cuántas horas por el susto que Scabbers le había dado aquella mañana. No era comparable, él lo sabía. Y Puck también se lo había dejado claro con aquella frase.
Sobretodo tú, que acabas de llegar.
Acababa de llegar a su vida y ya la había enfadado. Quizás con el paso del tiempo, él sabría qué hacer para ganársela de nuevo. Para hacer que ella volviese a hablarle más rápidamente, para ganarse su confianza. Porque lo que era ahora mismo, no tenía ni la más remota idea. Lo único que sabía era que Noah Puckerman tenía "unas pelotas impresionantes" si no temía llamarla Sexy Mama después de todas las veces que ella se lo había prohibido.
Sam vio cómo Quinn bajaba el dedo de Puck que lo señalaba, y ponía los ojos en blanco.
—Vamos a llegar tarde a clase —les dijo a ambos.
—Mira tú qué pena... —rió el judío, siguiendo a la chica hacia las puertas de la entrada—. ¡Eh, Sam! —Lo llamó de nuevo, girándose hacia atrás —¿Sigue en pie lo de las pruebas, no?
Quinn se dio la vuelta también, esperando la respuesta del rubio.
—Claro —contestó, asegurándose la mochila en sus hombros y empezando a caminar hacia el interior.
—Genial, tío. Te necesitamos en el equipo —Sam siguió escuchándole una vez cruzaron las puertas del McKinley, y se perdieron por sus pasillos. Mantener la cabeza ocupada prestando atención a lo que Noah Puckerman le contaba hacía que no recordase el hecho de que su compañera de casa había dejado de hablarle y en cierto modo, le odiaba: y también, el hecho de que aquel era el segundo día de instituto y todavía le quedaban muchísimos más.
Primer objetivo: Entrar en el equipo de football.
Pensó mientras entraba en clase de Matemáticas.
...
Mercedes Jones se pasó toda la mañana llegando la primera a sus clases. Se había bajado del coche sin despedirse y había corrido como un torbellino hacia su taquilla, esperando que a Sam no se le ocurriese perseguirla. Había comprobado también, para su suerte, que ellos no coincidían en ninguna de las materias, lo que sin duda la había salvado de una charla no deseada en historia o química.
No estaba preparada para verle de nuevo, o más bien, no estaba preparada para que él la viese a ella. Y es que él había entrado en su cuarto esa mañana y ella...
¡Llevaba puesto un pijama de vaquitas!
Su mente se lo recordaba una y otra vez, y ahora, en medio de la clase de química con el Señor Harris.
Debería estar enfadada con Sam, y furiosa porque su rata le hubiese asaltado en su cama, o que con ese hecho, él también había entrado en su habitación, y sin embargo, una vez se había metido en la ducha y abierto el grifo de agua caliente, solo había podido pensar que ella misma había tirado de él para que entrase. Era ella quién tenía la culpa de que él la hubiese visto con su pijama de vaquitas.
Qué vergüenza, por Dios.
Se suponía que él no entraría a su habitación de nuevo, ¡habían hecho un pacto! Se suponía que ella estaba a salvo allí dentro. Ella y sus pijamas ridículos. Puede que Sam tuviera secretos, pero ella también los tenía, y él había conseguido descubrir uno de ellos. Uno que había hecho que "el gato le comiese la lengua" y no desease volver a hablarle en mucho tiempo. Todo por culpa de aquel diminuto animal, el que estaba segura que acabaría cocinando la próxima vez que se escapase de su jaula.
Tratando de alejar de su cabeza aquellos pensamientos asesinos, se obligó a prestar atención a la clase. Al fin y al cabo, poco arreglaba con lamentarse y pensar en ello las veinticuatro horas del día, sobretodo en aquel laboratorio en el que podía terminar incendiando cualquier cosa. Lo que sí esperaba era que a Sam no se le ocurriese irse de la lengua porque entonces sí que...
—Señorita Jones, me alegro de que esté de nuevo con nosotros —le llamó la atención el señor Harris, provocando que con sus palabras todos girasen sus cabezas hacia ella.
Sí, definitivamente, tenía que dejar de pensar en Sam Evans y en el hecho de que la había visto con uno de sus pijamas de animalitos o se pasaría "dormida" la mayor parte de sus clases.
El señor Harris prosiguió con la clase y ella siguió copiando lo que había escrito en el encerado. Bases, ácidos y media hora después, Mercedes salía ya del laboratorio directa hacia su taquilla.
Era la hora del almuerzo y ella esperaba no toparse con Sam en la cafetería. Lo que sería un milagro dado que las pruebas de football habían sido ya y seguramente todos ellos estarían celebrando allí su entrada en el equipo. A esas horas, Sam sería un Titán más, y eso significaba que sus padres volverían a salir de casa para ver sus partidos tal y como hacían con Bobby; y para disgusto suyo, los compañeros del equipo y las Cheerios llenarían su casa, o al menos el salón, ya que la principal norma puesta por su padre era "No chicos/chicas en las habitaciones".
Había sido pensar en ellas y aparecer dos por la esquina. Kimberly y Cindy... Venían directas hacia ella, sin la intención de apartarse.
—Meredith... —la saludaron con desgana y siguieron su camino hacia el final del pasillo.
Es Mercedes.
Las había corregido tantas veces que ya ni se molestaba. Ni siquiera le dirigirían la palabra si ella no fuese la mejor amiga de Quinn Fabray, la capitana del equipo.
—Aretha... —Esta vez fue Santana quién le habló, caminando detrás de las dos primeras, y con Brittany Pierce a su lado.
—J. Lo —respondió Mercedes, oyendo cómo su teléfono móvil empezaba a vibrar en su bolsillo.
Las dos Cheerios siguieron su camino, dejándola en aquel pasillo que empezaba a vaciarse. Todo el mundo tenía mucha hambre y ella también debería ir corriendo a la cafetería si quería conseguir algo de comida antes de que se acabasen los buenos platos.
—Quinn... Ya estoy yendo para ahí, dame un segundo —contestó, sin mirar el identificador de llamadas, pues era obvio que sería ella la que llamaba. Siempre comían juntas y Mercedes se estaba retrasando.
Sin embargo, del otro lado de la línea no le respondió la voz suave de su mejor amiga, ni ninguna otra. Solo se oían respiraciones que no le gustaban nada de nada.
Separando el teléfono de la oreja, se fijó en el número que aparecía en la pantalla.
¿Sam?
—¿Hola? ¿S...? ¿Hay alguien ahí? —Preguntó, casi dándose con la mano en la cabeza por lo estúpida que era. Claro que había alguien del otro lado, la cuestión era saber quién—. Si no responden, voy a colgar.
—No, no... Umm... Mer... Mercedes —la voz del otro lado de la línea se hizo presente segundos antes de que colgase.
—¿Sam?
¿Qué hacía llamándola? Ella no estaba preparada para hablar con él todavía. ¡Ni siquiera por teléfono!
—Mercedes... Yo... No quería molestarte. Tú serías la última persona a la que llamaría, te lo juro... Más después de lo de esta mañana. Pero la verdad es que no tengo-
El chico empezó a soltar una retahíla de palabras sin detenerse. Un monólogo telefónico del que Mercedes desconectó a los pocos segundos.
—Sam, ¿qué pasa? —lo paró.
—¿Puedes...? ¿Puedes venir aquí?
—Sitúa aquí, no soy adivina —respondió, sacudiendo la cabeza.
—Oh... Claro, sí... Eh... Los vestuarios. ¿Podrías venir a los vestuarios del equipo? —Preguntó con miedo.
—¿Para qué- ? —Quiso saber, pero él no la dejó continuar.
—Ven. Ahora. —Fue lo último que dijo antes de colgar.
—¿Qué demonios...? —Masculló, encaminándose hacia allí como un torbellino.
...
No estaba siendo su mejor día, sin duda. Había empezado mal, con Scabbers escapándose de su jaula y yendo a parar a la cama de Mercedes, y con ésta gritando y despertándoles a todos. Había conseguido en menos de un día que ella no quisiese volver a hablarle.
Y, ¡hey! Él habría hecho caso a los consejos de la señora Jones sin ningún problema, y le habría dado su espacio. Habría esperado incluso a que ella volviese a hablarle por sí sola, aunque hubiese tenido que esperar mil años... pero al parecer, no era el día de "dejar que las cosas se arreglasen por su propio peso" sino el de las bromas pesadas.
Sam notó cómo las mejillas todavía le ardían y las orejas las acompañaban. Acababa de llamar a Mercedes y no había hecho más que dejar el móvil de nuevo en su taquilla y cubrirse sus partes bajas con el balón de baloncesto que "amablemente" le habían dejado sus compañeros.
Estaba desnudo, como Dios lo había traído al mundo, y en el vestuario del equipo de football. Su día no había empezado bien, pero si le hubiesen contado cómo este podría haber empeorado no se lo hubiese creído. Sus compañeros, o más bien, aquellos que decían serlo, habían decidido que la mejor manera de darle la bienvenida al equipo era con una novatada...
Lo cierto es que debería haberlo supuesto, pues, de dónde venía, también las sufrían, pero esa era la primera vez que se mudaba y cambiaba de colegio, y los compañeros de verdad parecían buena gente, no se le había pasado por la cabeza que podrían ser capaces... Menos todavía el que Noah Puckerman hubiese formado parte de ello.
"Lo siento tío" Le había oído decir antes de salir por la puerta, llevándose con él su ropa. Al oírle, Sam había salido de la ducha a toda prisa, pero desnudo como estaba, no había podido llegar lejos. Resignado, se había dado la vuelta y había corrido hacia su taquilla, en la que había encontrado su teléfono móvil y una nota. Podían haberle dejado al menos una toalla, ¿no? Porque estaba mojado. De pies a cabeza. Y el suelo, súper resbaladizo. Y no había podido secarse con papel porque éste se le adhería al cuerpo y era tan asqueroso y avergonzante... y...
¡Dios! Había llamado a Mercedes, que no le hablaba desde esa mañana. De hecho, ella le odiaba. Sí. Y lo haría aún más cuando descubriese cuál era el motivo de su llamada.
¡Pero él no tenía la culpa!
—¡Estúpidas novatadas! —gruñó, apretando el balón con sus manos mientras estas empezaban a temblarle. Debería estar acostumbrado a aquella situación, al fin y al cabo, nunca había sentido vergüenza de su desnudez y... más de una vez, había llevado encima ropa que lo había cubierto menos que aquella pelota de baloncesto. Pero estaba allí, en los vestuarios del McKinley, con Mercedes a punto de aparecer por la puerta y una parte de él quería morirse de la vergüenza, mientras la otra deseaba que el tiempo pasase lo más deprisa posible y el momento quedase en el pasado como tantos otros que se empeñaba en olvidar.
Oyó pasos del otro lado de la puerta y se descubrió rezando porque ella fuera la que entrase. El solo hecho de que otro alumno o profesor le viesen desnudo y ocultándose detrás de una pelota de baloncesto le hacía querer tener a mano la capa de invisibilidad de Harry Potter. Aunque de haberla tenido en su poder, seguramente se la habrían llevado también. Cabrones.
La puerta se abrió por fin, y la chica no tardó en posar sus ojos en él. Sam se había girado quedando frente a frente, con la intención de que la pelota cubriese lo máximo posible y su trasero no se le viese ni siquiera de lado, pero de nada le sirvió, porque lo siguiente que sucedió, hizo que soltase la pelota sin darse cuenta y se precipitase sobre ella.
—¡Dios Santo! —El suelo resbaladizo había hecho que Mercedes se cayese redonda y ahora, Sam Evans, como Dios lo había traído al mundo estaba intentando ayudarle a que se levantase.
Tierra trágame.
Ella quería cerrar los ojos, olvidar lo que había visto y largarse de allí lo más pronto posible. Pero no podía, porque, en primer lugar, si los cerraba, corría el peligro de volverse a caer cuando se levantase, ya que el suelo estaba hecho un completo desastre. Señor... ¿por qué eran tan guarros? Y segundo, no podía salir de ahí y olvidar lo que había visto porque... ¡sería imposible!
Totalmente. Imposible.
Acababa de verle desnudo.
A Sam. En los vestuarios del equipo de football. Cuando compartían un baño en su casa. Y cuando él mismo la había visto esa mañana con un ridículo pijama de vaquitas. Bueno, no era comparable, la situación del chico era muchísimo peor, aunque parecía no importarle, porque no se le veía ninguna intención de cubrirse en absoluto.
¿Y qué demonios hacía desnudo con una pelota de baloncesto cubriéndole el, la, los...?
—¡Oh, Dios! —Tenía que cerrar los ojos y dejar de mirárselo, mirársela... Pero era el primer chico que veía desnudo y no podía parar y...
¡Mercedes!
Su conciencia le gritó y la obligó a que se levantase. Habían pasado segundos desde que había abierto la puerta de los vestuarios, pero a ella le parecían minutos. Demasiados minutos mirando las pobres partes bajas del chico. Bueno, no pobres. Definitivamente, no pobres.
—¿Estás bien? —Quiso saber Sam, tendiéndole una mano para que se levantase. La vergüenza que había sentido segundos antes había desaparecido y el miedo a que la chica se hubiese dado un golpe contra la puerta había ocupado su lugar. Al parecer, sí se lo había dado y éste debía haber sido bien fuerte porque sus ojos se le cerraban y no alcanzaba a cerrar su mano sobre la de él.
—¿Mercedes? —insistió de nuevo, esta vez, recibiendo un asentimiento por parte de ella, lo que hizo que él suspirase aliviado.
—¿Sam? —Preguntó en un susurro, bajando la cabeza para no mirarle.
—¿Sí?
—¿Podrías...? ¿Podrías vestirte? —Le pidió, sintiendo cómo sus mejillas se calentaban hasta el infinito.
—De verdad me gustaría, pero... no tengo nada que ponerme.
—¿Cómo?
—Los chicos me han robado las cosas —le explicó, buscando sus ojos, pero comprendiendo que ella no le miraría, pues seguía odiándole, sin duda alguna.
—¡¿Robado?! —Exclamó, girando la cabeza y volviéndose a cruzar con los hermosos ojos verdes del chico. ¡Aquellos que podría seguir mirando de haber estado vestido delante de ella! Se le hacía muy difícil mirarle así, sabiendo que, si sus ojos bajaban unos centímetros, su visión le enseñaría de nuevo muchas más cosas de aquel cuerpo al que Kurt había calificado como Adonis.
¡Tenías razón, Kurt!
—Una novatada. He entrado en el equipo —Sam tragó saliva, moviéndose ligeramente para cubrir sus intimidades con sus piernas, lo que hacía que se le viese más el trasero. Aunque eso no le importaba en aquella extraña situación, pues Mercedes había quedado recostada sobre la puerta impidiendo así que alguien más entrase en los vestuarios. Un gran alivio para él.
Mercedes lo seguía mirando a los ojos, dándose cuenta por fin, de que lo hacía con la intención de no mirar más abajo. Hacia aquella parte que había empezado a despertársele en ese mismo momento y...
¡AHORA NO!
—¡Asqueroso! —El insulto salió de la chica sin saber la reacción que causaría en él. Lo había gritado con tanto odio que Sam, se echó hacia atrás, tratando de cubrirse con la pelota de nuevo, hasta dar con su trasero en las frías taquillas.
Asqueroso.
Lo era.
Solo él podría estar sintiendo aquello en ese preciso momento. Asqueroso era poco insulto para él. Dios, la entendería completamente si ella no volvía a hablarle. Sería un año muy largo compartiendo la misma casa, y viéndola todos los días sin poder conversar con ella, pero... la comprendería.
—De verdad te lo digo. Es asqueroso —empezó a decir Mercedes, apoyándose con su mano en la puerta para darse impulso y levantarse con facilidad—. Odio los granizados, los baños portátiles, los cubos de basura, ¡pero las novatadas se llevan la palma! ¿Así planean darte la bienvenida al equipo? —Mercedes no dejaba de hablar mientras se quitaba su abrigo—. Los voy a matar —Y a Sam le pareció que lo decía muy en serio. Se había terminado de quitar el abrigo y ahora se lo pasaba para que él se lo pusiese—. Está un poco sucio por la caída y seguro te viene grande, o no, no lo sé. Pero al menos no tendrás frío.
¿Frío? Sam no tenía frío. Su cuerpo era un volcán en erupción en ese mismo momento. Su cara estaba completamente roja y juraría que la taquilla estaba comenzando a calentarse también detrás de él.
—Gracias —dijo, dándose ligeramente la vuelta para vestírselo, regalándole a la chica una vista más de su perfecto trasero.
¿Todo era perfecto en él?
Al parecer. Sí.
Mercedes se abanicó con su mano durante unos segundos mientras el chico se distraía vistiendo el abrigo. Hacía mucho calor allí. Demasiado. ¿Verdad?
—Siento haberte molestado, pero no se me ocurría a quién más llamar. Bueno, en realidad, no tenía a quién más llamar. Solo tengo tu móvil y el de Puck, y él fue quién se llevó mi ropa así que dudo que si lo llamase, me la trajese de vuelta.
—¡¿PUCK ROBÓ TU ROPA?!
—Bueno...
—¡Oh...! ¡Voy a matarle! —Y ahora Sam sí podría decir que la chica echaba chispas. No le habría gustado ser Puck en ese momento. Aunque tampoco arreglaba mucho siendo Sam ahora... Ella seguía hablando de lo que le haría a Noah Puckerman cuando le viese de frente y Sam juntó sus piernas como reflejo cuando oyó salir de su boca la palabra "castración".
—Y estoy seguro de que sufriría muchísimo... —la interrumpió él, antes de seguir oyendo el monólogo de las "Mil y una torturas a Noah" —. Pero...
—¿Pero? —Mercedes arqueó una ceja, esperando su respuesta.
—Mercedes... Así no puedo ir a clase —se señaló a sí mismo, vestido solo con el abrigo. Ni siquiera tenía unos zapatos que ponerse. No al menos allí —. Por eso mismo te llamé.
—Oh... Cierto... —Mercedes acababa de darse cuenta de que ni siquiera sabía el porqué la había llamado—. ¿Qué necesitas?
—Pues... —Sam se acercó a su nueva taquilla para sacar de allí la nota que le habían dejado al lado de su teléfono móvil—. Según pone aquí, me han dejado mi ropa en la taquilla.
La chica abrió los ojos, enfurecida. ¿Le habían robado la ropa y se la habían dejado en su taquilla? ¿Para que él fuese y recorriese desnudo todos los pasillos y escaleras hasta llegar a ella?
—¡LOS VOY A MATAR! —Casi rugió, girándose sobre sus pies y casi resbalándose de nuevo. Abrió la puerta con rapidez y salió de los vestuarios.
—¿Mer...? ¿Mercedes? —El chico se quedó pálido, viendo cómo la puerta se cerraba y se volvía a quedar solo. ¿No pensaría dejarle allí? ¿Verdad?
Para su suerte, aquello no sucedió. La puerta volvió a abrirse segundos después y la chica asomó su cabeza sin entrar.
—Rápido, ¡dime número de taquilla y combinación! —le pidió ella, dejando una sonrisa en los labios de él.
Continuará.
...
¿Y bien? No sé qué deciros, así que... ¿sorprendedme con vuestra opiniones en un review? Jejeje Hasta el próximo capítulo. Sed buenos.
Agradecimientos:
Gracias a los que me habéis dejado reviews y a los que me preguntáis por tuiter cuando serán las actualizaciones. Sobretodo gracias a Antonia, que se animó a dejar su primer review, es precioso. Gracias de verdad, tus palabras me emocionaron muchísimo. Y sí, lo más seguro es que sea mi última historia, al menos, dedicada a los Samcedes. Han sido dos largos años, casi tres, escribiendo solo de ellos y a veces siento que no me queda nada más por contar, aunque otras veces me vienen a la mente nuevas ideas, pero son muy pocas. Supongo que lo que necesitamos muchas veces es descansar durante un tiempo y si algún día se recuperan las ganas de escribir, empezar a hacerlo otra vez. Les tengo muchísimo cariño a estos personajes porque por ellos decidí empezar a escribir y gracias a ellos conocí a gente maravillosa, pero a veces necesitamos pasar página para no quedarnos anclados en el pasado, y esta es una de esas veces. Mil gracias por tu review, me hizo muchísima ilusión saber que os gustaron mis historias *_* Gracias también a quiénes me acompañan siempre, Maru (Yo adoro a Harry Potter y a todo el fandom, así que las cosas Harrypoterianas seguirán saliendo :D jajaja Te vas a convertir en la mejor investigadora al paso que vamos xDD Amistad afianza el amor, ¡sí! La cuestión es, ¿habrá amistad? xD Ya me dirás qué tal este xD ¡Un beso enorme!); Savri (Pues de momento no me ha llamado la atención ninguna otra pareja como para escribir sobre ellos, pero todo se andará xDD ¿Sammy te intriga? Umm, ya somos dos xD ¿Qué será lo que oculta...? xDD Mil gracias, Savri. Besos y abrazos ^^); Catita (¿Pero era con Sam con el que soñaba? ¿Sí? No sé yo, eh xDD Sam es muy raro, a saber qué esconde xD ¡Cariños!); Tania (Todas decís que Sam esconde algo jejeje ¿No te gusta Shane? Si es muy buena persona... xDD ¡Muchas gracias por tu review! Cuídate y muchos besitos ^^); María Elena (Me encantaría poder decirte que sí a la petición que me haces, pero en este momento me es imposible :( Lo siento. Me estoy guardando todas mis ideas para cerrar bien esta historia, y me sabe mal no haber podido regalarle a Luna, a Sonia y a Ale tres buenas historias solo para ellas. Lo siento de nuevo, ojalá que tengas suerte y alguien se anime a escribirla. Muchas gracias por tu review, me alegro muchísimo de que te haya gustado el capítulo ^^).
Muchos besos.
Syl
