¡Hola a todos un domingo más!

Como siempre, siento haber tardado en subirlo y espero que os guste esta nueva actualización. Hoy no me voy a enrollar mucho en la nota de autor, solo deciros que muchas gracias por seguir leyendo esta historia, y animaros a que dejéis un review diciendo qué os está pareciendo. Si estáis del lado de él, del de ella. De ninguno…

Y… nada más, disfrutar del capítulo nuevo y ya me contaréis :D


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 14: "El primer beso nunca se olvida"

Sus labios habían reclamado los de ella en un beso febril. En tan solo dos segundos, éstos habían hecho lo que el chico había deseado hacer durante días.

Besarla.

Callarla con un beso.

Silenciar sus gritos y sus ofensas hasta hacerlas desaparecer, mientras sus labios se amoldaban a los de ella con rabia, con pasión.

Con deseo.

Sus manos habían dejado ya su espalda, resultado de haberla atraído hacia sí, y ahora atrapaban su rostro entre ambas, tratando de que ella no se alejase de él. Acariciando sus orejas mientras sus labios hacían lo mismo con los de ella.

Tenía que detenerse. Debía parar, pero Sam Evans no quería abandonar aquel paraíso en el que se encontraba. ¿Estaba soñando despierto, verdad? ¿Era uno de aquellos sueños que tanto le atormentaban por las noches?

No...

Mercedes Jones no estaba soñando. Aquello era la realidad. Por muy imposible que le resultase creerlo, él la estaba besando. Sam Evans la estaba besando, ¡y ella se estaba dejando!

¿Cómo habían llegado a ello? Hacía unos segundos, ellos estaban gritándose y lanzándose un insulto detrás de otro y ahora... Él acariciaba sus orejas, mientras sus labios la besaban y ella se creía desfallecer.

Si no se agarraba a él, Mercedes acabaría en el suelo, avergonzada y queriendo que éste se abriese para tragársela por completo. Sus piernas le flaqueaban, incapaces de mantenerse en pie, y sus manos buscaron su camisa en un intento por agarrarse a él, aunque fuese solo a un pedazo de tela. ¿Era aquello lo que un beso de él provocaba?

Sam...

—Mercedes... —le oyó susurrar junto a sus labios, notando cómo sus manos la alejaban ya de él, luego de acariciar su nariz con la de ella. ¿Porque lo había hecho, verdad? Ella no lo había soñado—. Lo... Lo siento... Oh Dios, lo siento mucho, Mercedes.

Sin duda, aquellas no habían sido las palabras que ella hubiese esperado oír de su boca.

Sus ojos se habían abierto por fin y ahora le miraban, viendo la culpabilidad y la vergüenza en el rostro de él.

—No pasa nada —dijo por fin ella, después de un largo silencio, haciendo que el chico como resultado abriese la boca incrédulo al escucharla decir aquello.

¡¿No pasa nada?! ¡Mercedes! ¡Te acaba de dar tu primer beso!

Sí. Lo había sido. Pero eso él nunca lo sabría. No necesitaba un nuevo motivo para reírse de ella. Había tenido suficientes a lo largo de la semana. ¡Demonios! Ella misma le había dado uno hacia dos minutos al corresponderle a su beso.

¡Malditas hormonas!

—Sí... Sí pasa. Yo... No sé en qué estaba pensando. Soy un idiota —Mercedes se mordió la lengua al oírle, ya que de no hacerlo habría corrido el peligro de responderle que sí lo era—. Soy... Soy un idiota. Un... Tenía planes. Tenía esperanzas.

—Sam... —Ella no conseguía entender qué era lo que el chico intentaba decirle.

—Quería llevarme bien con la familia con la que viviría. Lo intenté. De verdad lo intenté. Pero en tan solo dos días conseguí que su hija me odiase .

—Sam, yo no te—

No le odiaba, simplemente prefería atacarle cada vez que podía.

—Sé que no podemos llevarnos bien, lo sé. Sé que está en nuestra naturaleza pelearnos. Yo te digo algo y tú me respondes. Tú me gritas y yo lo hago aún más. Pero esto... Esto que ha pasado... Lo siento de verdad, Mercedes —le dijo, acercándose un paso hacia ella y mirándola a los ojos—. De corazón, lo siento mucho. Ni siquiera sé porqué—

¡Sí lo sabes! ¡Querías hacerlo! Querías besarla como lo estás deseando hacer ahora.

Su conciencia no mentía. No cuando lo único que había deseado el chico era seguir besándola hasta cansarse. Hasta que el aire de sus pulmones se le acabase por completo, instándole a luchar por respirar una vez más.

No podía dejar que aquello volviese a pasar. No podía permitirse besarla cada vez que ellos tuviesen una de sus peleas, porque Sam Evans estaba completamente seguro de que así sucedería. Él la besaría hasta callarla, hasta acabar con sus gritos y hacerlos desvanecer en un remolino de besos. Besos torturadores que le volverían loco y le harían reconocer lo que no quería.

No... Sus discusiones debían terminar.

Sus peleas debían acabar o Sam Evans estaría completamente jodido.


Mercedes se había quedado sin palabras al oírle. El chico no solo se estaba disculpando por el beso, sino que parecía estar intentando también limar las asperezas entre ambos. ¿Acaso el beso que se habían dado había podido conseguir que ambos dejasen sus orgullos a un lado y luchasen por llevarse mejor?

Si así había sido, a Mercedes no le parecería descabellado, teniendo en cuenta que ella misma se había quedado completamente muda durante unos minutos, para luego terminar soltándole un "No pasa nada".

¡Malditas hormonas!

—¿Mercedes?

—¿Sí? —Respondió ella, sin darse cuenta de que había estirado la palabra como una tonta.

"¿Sí?" Oh, por favor, Mercedes... Solo te falta pedirle que te bese de nuevo. ¡Reacciona por el amor de Dios!

—¿Me estás escuchando?

¡Alto y claro!

—Sí.

—Esto no volverá a pasar. Te lo prometo —dijo, convenciéndose a sí mismo de que aquella vez sería la primera y la única que él habría podido disfrutar de tenerla para sí.

—No volverá a pasar —repitió ella, sintiendo cómo la tristeza la embargaba. Acababa de robarle su primer beso y éste no había significado absolutamente nada para él.

¿Qué te esperabas, Mercedes? ¿Huir lejos con él? Esto no es una estúpida película americana. Además, él te odia y tú no le soportas.

Su conciencia trataba de hacerla entrar en razón pero sus hormonas no la dejarían.

—Si de verdad te arruiné la cita, lo siento mucho. No fue mi intención —mintió él, llamando su atención. Sam era totalmente consciente de que sí lo había sido pero nunca se lo reconocería.

—No te preocupes. Tenías que hablar con tus hermanos, ¿no es cierto? —Preguntó, tratando de sonreírle, haciéndole ver que no le guardaba rencor por ello—. Una pena que no pudieses quedarte con Santana y Britt.

—¿Bromeas? Ya no sabía cómo largarme de allí. Fue una suerte que Shane y tú os estuvieseis yendo en ese momento.

—No parecías estar pasándolo tan mal, Sam.

Al contrario que ella.

—¿Honestamente? Me sentí como un objeto entre sus manos.

—Lo siento de verdad —dijo ella, sintiendo pena por todos aquellos chicos que habían aceptado salir con ellas dos. A lo lejos se podía ver que el único interés que ambas tenían era la una hacia la otra.

—Hey, no pasa nada. Tampoco es que me esperase otra cosa.

—Estoy segura de que pronto alguna de las animadoras te invitará a salir.

Genial, Mercedes. ¿Qué demonios haces inflándole el ego?

—Gracias —¿Ella acababa de regalarle un cumplido? ¿En serio?

—Shane lo hizo —dijo ella de repente, tratando de nivelar la conversación de nuevo—. Es decir, no te invitó a ti. Me invitó a mí. A salir. Con él. Me invitó a salir con él.

¡¿Por qué se lo cuentas?!

—¿Shane te invitó a salir? —Preguntó Sam, cómo si no le hubiese oído decir la frase unas tres o cuatro veces.

La había invitado a salir. El muy idiota iba a salir con ella. Después de los intentos por arruinarles la cita y detener aquel beso que Sam había estado a punto de presenciar, Shane Tinsley la había invitado a salir.

—Sí...

—¿Y tú qué le respondiste? —Preguntó, notando cómo las esperanzas de que ella le dijese que no se hacían cada vez más pequeñas.

—Yo... Le dije que debía pensármelo.

—Oh... —Fue lo único que Sam respondió, reprimiendo un suspiro de alivio—. ¿Crees que podrías? Es decir... ¿Aceptarías? —Insistió una vez más, pareciendo desesperado.

—No lo sé —respondió ella, sintiendo cómo él volvía a adelantar un paso hacia ella.

—¿Qué tienes que hacer mañana?

—¿Perdón?

—Mañana por la mañana. ¿Tienes algo que hacer? —Preguntó de nuevo.

—No, ¿por qué? —¿Adónde quería llegar?

—Quiero compensarte.

—Compen... ¿Qué? —¿Compensarla? ¿Por qué demonios estaba siendo amable con ella? ¿Qué había sido del Sam Evans que le gritaba por todo? Éste que ahora la miraba no le gustaba en absoluto. Se parecía al que ella había conocido el primer día. Aquel Sam dulce, simpático, que había desaparecido en cuánto la había visto desnuda. Aquel que le dedicaba sonrisas y le enseñaba a montar en bici... Oh no. ¿No era eso lo que él tenía en mente, verdad?

—Dije que te enseñaría a montar en bici y no lo hice. Esta es mi oportunidad para ayudarte. Sería como una compensación por todos los malos ratos y...

—Pero eso no sería una recompensación. ¡Sería una tortura! Ya puedes ir pensando otra cosa.

—Oh, vamos... No seas miedica.

—¡Yo no soy miedica! —Gritó, queriendo aniquilarle. ¿Qué se creía el muy idiota?

—Sí lo eres, ¡admítelo!

Sam... ¿Qué haces?

Si seguía gritándole así, ¡acabarían besándose de nuevo!

—¿Por qué tienes que estropear todo cada vez que hablas?

—¿Perdona? Yo solo dije la verdad. ¡No habría dicho nada si no te hubieses negado!

—Tenías razón. ¡Eres un idiota! —Respondió ella, enojada a más no poder.

—Yo seré un idiota, pero tú vendrás conmigo mañana.

—Pues tendrá que ser a rastras porque yo no pienso hacerlo.

—Oh, no dudes que lo haré. Te sacaré de la cama si es preciso.

—¡No puedes obligarme a hacerlo! —Chilló, alucinada.

—¿Sabes qué? Tienes razón, no puedo —dijo él, con pena fingida viendo cómo ella sonreía feliz—. Pero me debes un favor, así que... Mira por dónde, vas a pagármelo.

—¿De qué estás hablando? ¡Yo no te pedí ningún favor!

—¿Ah no? —rió Sam—. "La fiesta es en honor a Sam, papá. ¿Verdad, Sam?" —La imitó.

—¿Y por un simple sí, ya te tengo que hacer un favor?

—¿Un simple sí? ¡Me usaste para salir con Tinsley!

—¡Y tú ahora me estás usando para hacer la buena acción del día y quedar bien ante mis padres! —Le espetó.

—¡Eso no es cierto!

—¡Sí lo es! ¡Se nota a leguas!

—Eres imposible —bufó Sam, cansado de gritar.

—¡Le dijo la sartén al cazo! —Pero ella no dejaría de hacerlo. Mercedes seguiría gritando hasta que él cerrase de una vez su enorme boca.

—Me da igual lo que pienses. Vas a venir conmigo y punto —le hizo saber convencido. Podía gritar, podía patalear, pero él acabaría llevándosela consigo.

—¿Además de idiota, cavernícola? ¡Lo que me faltaba! —Dijo indignada, poniendo la cabeza en alto. Si el chico pensaba que podía llevársela obligada, estaba muy pero que muy equivocado. No lo conseguiría. Ni siquiera con aquellos ojos que la miraban profundamente. ¿Cuáles eran sus intenciones? ¡Oh Dios! ¿Por qué parecía que él iba a saltarle encima en cualquier momento?

¡Sam, regresa a la tierra!

Se pidió a sí mismo, mientras sus ojos la miraban cuál depredador en caza. No podía besarla de nuevo. ¡No podía!

Aquellas ganas y deseos que sentía por rozar sus labios cada vez que ella le gritaba tenían que parar. ¡Tenían que morir!

Demonios... Pensaba que aquel deseo irracional hacia ella acabaría en el momento en el que sus labios se uniesen en un beso. ¡Pero no! Lejos de acabarse, aquel beso había hecho que éste se incrementase, y que no solo sus labios se muriesen por probarlos de nuevo, sino también sus manos y su...

¡Oh Dios, Sam! ¡¿En serio?!

Suspirando profundamente, el chico terminó aceptando su derrota. Sam no acabaría jodido porque ya lo estaba. Completa y rematadamente obsesionado con ella. Y si Mercedes Jones volvía a levantarle la voz un segundo más, Dios le ayudase porque besarla no sería lo único que le haría esa noche.


De un segundo a otro, él se había quedado callado.

Demasiado.

Mercedes no podía dejar de mirarle con cierto miedo, tratando de adivinar que le estaría pasando por su cabeza, dudando si hablar o no. Dudando si marchase y dejar por imposible aquella conversación entre ellos y cada una de las siguientes. ¿Cómo demonios iban a convivir durante un año entre peleas y gritos? ¡¿Cómo?!

—Mercedes... —Empezó a decir él, agachando la cabeza unos segundos antes de volver a mirarla fijamente. Sus ojos habían cambiado de expresión y ahora la miraban expectantes, no asesinos, ni cazadores como lo habían hecho minutos atrás.

—¿Sí? —Volvió a preguntar, sintiéndose de nuevo una tonta, y no pudiendo entender cómo el chico podía hacer que ella quisiese matarle durante un segundo y al siguiente, conseguir que ella le respondiese con su voz más dulce.

—Por favor... Ven conmigo mañana —susurró él, esperando que bajando la voz la chica le diese un sí—. Quiero que aprendas de verdad. No quiero hacer la buena acción del día. No quiero quedar bien ante tus padres. Quiero... Quiero que tú lo consigas. Que se sientan orgullosos de ti por vencer tus miedos. Sé que no te gusta. Sé que temes que te suceda algo, pero yo estaré allí. No te pasará nada —dijo, asegurándoselo de corazón—. Te lo prometo.

—¿Lo prometes? —¿Cómo decirle que no? Diablos... ¿Cómo negarse a aquellos ojos que ahora la miraban como un corderito? Era imposible.

—Lo prometo —le aseguró, regalándole una de sus sonrisas, mientras se preguntaba de verdad, porqué tenían que terminar peleándose todo el tiempo pudiendo sonreírse el uno al otro como ahora lo estaban haciendo.

Su voz... Su voz era tan dulce y suave. ¿Por qué no podía hablarle así todo el tiempo?

¿Porque eres un idiota y ella te odia, por ejemplo?

—Siendo así, supongo que tendré que aceptar —respondió Mercedes, dejando escapar una de sus risitas que pronto hizo que se muriese de vergüenza. ¿Qué estaba haciendo? ¡¿Qué demonios estaba haciendo?!

—Sí, supongo que sí —sonrió él, deseando poder congelar el tiempo para nunca dejar de oír su risa—. ¿Cerramos el trato como siempre?

—¿Puede ser sin babas? ¿Al menos solo por esta vez? —Le pidió Mercedes, buscando la mano de él, antes de que a éste se le ocurriese escupir en ella.

—Es justo —respondió él, aceptándole la mano y acariciándosela inconscientemente con su pulgar, notando cómo una corriente le recorría el cuerpo y le revivía—. Eh... Ahora debería irme... —dijo, soltando ya la mano de la chica, y alejándose hacia atrás unos pasos—. Mañana tendremos que madrugar y debo dejar que descanses.

—Claro —dijo ella, sintiendo ya su falta en su mano.

—Sí... Bueno... Eso es todo hasta mañana, supongo... Ummm... Buenas noches, Mercedes.

—Buenas noches, Sam —sonrió, viendo cómo el chico se daba la vuelta por fin y salía al pasillo dejándola sola.

¿Se ha olvidado que estamos en su habitación?

Mercedes rió, dudando si llamarle o no, o esperar a que él mismo se diese cuenta de su error. Pero finalmente decidiéndose por la primera opción.

—¡¿Sam?!

—¡¿Sí?! —El chico llegó corriendo como si fuese de verdad necesario para apagar un fuego.

—Soy yo la que tiene que irse —le explicó, pasando a su lado y no dándole tiempo a que él se avergonzase por su despiste—. Buenas noches, Sam. Que descanses.

—Buenas noches, Mercedes —respondió él, viendo cómo la chica cerraba ya la puerta detrás de sí.

—¿Se puede ser más estúpido, Scabbers? ¿No, verdad? —Le preguntó al pequeño animalito, observándole dormir. Justo lo que él tendría que estar haciendo si al día siguiente quería estar listo temprano para su cita con Mercedes.

¡No es una cita!

Se dejó claro, tomando el ordenador portátil en sus manos y llamando a sus padres por Skype. Siendo tan tarde, sus hermanitos probablemente estuviesen ya durmiendo, pero él les dejaría un beso con su madre, y a la vez, ella se quedaría tranquila por no haberles hablado desde la noche anterior.

—Hola mamá —la saludó sonriente, feliz por poder charlar con ella y sacarse de su mente, aunque fuese durante unos minutos, aquel beso que él le había robado, y la posibilidad de que Shane Tinsley fuese el único que pudiese dárselos desde ese momento en adelante.


Mercedes durmió poco esa noche. El beso que Sam le había robado y el miedo a soñar con él una vez más la mantuvieron despierta, mientras el temor de hacer el ridículo al día siguiente la recorría.

Iba a montar en bici una vez más.

Y él estaría allí.

Sam estaría allí, no para burlarse, o eso esperaba ella, sino para ayudarla.

¿Habría hecho bien en aceptar? ¿Podrían pasar una mañana de sábado sin lanzarse insultos y gritos el uno al otro? ¿Sin... Sin besarse?

Sí, claro. Como si fuese a suceder de nuevo.

Su mente le pedía una vez más que abriese los ojos y que dejase de hacerse ilusiones que solo le harían daño. Él le había dejado claro que no volvería a pasar. Aquel beso que él le había robado, había sido y siempre sería el único posible entre ellos, por mucho que ella quisiese que el chico la besase una y otra vez más.

—Olvídalo ya, Mercedes —se pidió a sí misma, delante del espejo mientras observaba sus pequeños ojos cansados—. Él sólo me besó para callarme —admitió, consciente de que aquel beso no había sido cariñoso, dulce ni tierno. Sino un beso cargado de rabia que manifestaba lo que de verdad sentían el uno por el otro.

Ojalá pudiese contárselo a sus amigos. Ojalá pudiese hablar con Quinn y Kurt sobre ello. Pero no podía, no cuando sabía que ellos nunca conseguirían llegar a entenderlo. ¿Cómo podrían si ella misma no había podido hacerlo?

Sam Evans había llegado a su vida para revolucionarla y ponerla patas arriba.

—Señor... ¿En qué estabas pensando cuando decidiste que él viniese a vivir a esta casa? —Preguntó, oyendo cómo alguien llamaba a la puerta del baño—. ¡Ya salgo!

Se le había hecho tarde a pesar de estar ya despierta cuando su reloj había sonado. No había hecho más que vestirse, luego de tomar una ducha en la que había comprobado que su período había decidido marcharse por ese mes. Y ahora, Mercedes abría la puerta del baño con una sonrisa en sus labios. Una que pronto se tornó en una alucinada "O" al verle aparecer a él con su pecho desnudo frente a ella.

—Bu... Buenos días —consiguió decir, tratando de pasar a su lado sin mirar. ¿Acaso no tenía camisetas? ¿Por qué demonios no se ponía una?

—Buenos días, Mercedes —sonrió él, cambiando rápidamente su expresión también al ver cómo la chica iba vestida.

¡Aquellas mallas deportivas que llevaba se apretaban contra su trasero de una manera que debería estar completamente prohibida! ¿Cómo pretendía que él consiguiese enseñarle algo cuando ella iba vestida así? Sería imposible no mirarle la retaguardia y...

¿La retaguardia? ¿En serio, Sam?

—Voy a desayunar —le comentó de pasada, siguiendo por el pasillo mientras él la veía alejarse, moviendo su trasero dentro de aquellos pantalones.

—Yo... Voy a darme una ducha... ¡Fría! —Musitó para sí, entrando finalmente y cerrando la puerta.


Para cuando bajó, minutos después, ya todos estaban sentados a la mesa.

—Buenos días, Sam. Mercy nos estaba contando que la has convencido para montar en bici otra vez.

—Me costó, pero finalmente lo conseguí, Señor Jones —sonrió Sam, aceptando una taza de leche que la señora Jones le ofrecía, agradeciéndole el gesto.

—Y no ha podido ser en mejor momento porque justo ayer terminé de arreglar la tuya.

—¿En serio? ¡Guau! Muchas gracias, Señor Jones —respondió Sam, contento de poder acompañarla.

—De nada, muchacho. Ya te dije que lo haría —sonrió Robert, inclinándose hacia su hija—. Ahora ya podréis hacer carreras para ver quién gana.

—Sueña, papá... Sueña —fue su respuesta, bebiendo un sorbo de su taza de chocolate. Si le hubiesen regalado el coche en lugar de aquellas dos bicis como ella les había pedido, ahora no estarían teniendo tantos problemas. O quizás sí, porque seguramente ambos acabarían peleándose por ver quién lo hubiese conducido.

—Disculpadme. Tengo que hacer unas llamadas —dijo el señor Jones, comenzando a levantarse—. Pasadlo muy bien, chicos. Y Sam... Cuida mucho de mi niña. ¿Lo harás?

—Claro que sí, Señor Jones. Por supuesto.

—Papá... Ya no soy una niña.

—Eres mi niña, Mercy. Siempre lo serás. Aun cuando tengas setenta y ya no te queden dientes —le hizo saber, dejando un beso en su pelo.

—¡Papá! —Protestó de nuevo, intentando apartarle de ella.

—Ya me voy, ya me voy —dijo, pasando al lado de Patricia y regalándole un beso dulce.

—¿Por qué siempre tiene que avergonzarme delante de la gente? —Murmuró Mercedes por lo bajo, haciendo que su madre se acercase a ella.

—Cariño, cuando tengas hijos lo entenderás —habló, dejando su taza en el fregadero y saliendo al jardín.

—Mis padres también lo hacen —se sinceró Sam, restándole importancia—. No te preocupes.

—Pero tus padres seguro que te dejan salir con gente y—

—¿Lo dices por Shane? ¿Por eso les mentiste?

—Supongo —respondió ella, sintiéndose de repente incómoda con aquel cambio de tema.

—¿Y cómo harás entonces si empiezas a salir con él?

—Si estás preocupado porque te pueda utilizar como tapadera, tranquilo, no lo haré.

—Yo no... No quise decir...

—Ni siquiera sé si voy a aceptar su propuesta, Sam.

—Oh —Ella no lo había decidido aún... Y Sam esperaba de verdad que cuando ella lo hiciese, la respuesta fuese un rotundo no, o de lo contrario, él tendría un nuevo trabajo y ese sería, arruinar todas y cada una de las citas que ella tuviese con Tinsley.

—¿Podemos olvidarnos del tema por hoy? Esta mañana es para nosotros, ¿no? Quiero decir... Para montar en bici —se corrigió rápidamente, sintiendo cómo sus mejillas le quemaban.

No puedes ser más obvia, ¿verdad, Mercedes?

—Para montar en bici —respondió Sam, sintiendo cómo su sonrisa se iluminaba durante unos segundos.

Ella le había pedido que se olvidase de Tinsley por una mañana y aquellas palabras habían sido cánticos de gloria para él.

Sí. Esta mañana es para nosotros.

Repitió él para sí.


Dos horas después, Sam volvía a detenerse, dejando su bicicleta a un lado y corriendo hacia ella para felicitarla. Habían decidido ir al parque porque suponían que aquel lugar sería menos peligroso para practicar, y la chica, a pesar de sus miedos, había conseguido hacerlo tan bien como el primer día. Al menos ahora ya no le llevaba media hora decidirse a poner el pie en el pedal.

—¿Qué pasó ahora? —Preguntó él, una vez más, tratando de no reírse y recibir un nuevo golpe en su brazo.

—Dijiste que no volverías a reírte —protestó ella, sosteniendo la bici entre sus manos y volviendo a colocarse para subirse en ella.

—¡Y no lo hice! —Le dijo él, aguantando sus risas como podía—. Aún...

—Sam...

—Lo estabas haciendo muy bien, Mercedes.

—¿En serio? —Ella así lo pensaba, pero no estaba de mal que él le diese algo de ánimo, aunque fuese solo por una vez.

—Claro que sí. ¿Por qué te detuviste?

—Estabas... La verdad es que estabas yendo muy rápido y se me enganchaban los pies con los pedales —Sam no la dejó continuar, subiéndose a su bici una vez más.

—Iremos más despacio esta vez, aunque pronto comprobarás que es más difícil así que ir rápido —dijo él, animándola a subir de nuevo.

—Yo... No tienes porque cambiar el ritmo por mí, Sam.

—Pie en el pedal, manos en el manillar. ¿Lista?

—¿Supongo? —Se oyó decir, no muy convencida. Tampoco es que le hubiese dado mucho tiempo para hacerlo.

—Vamos entonces —sonrió él, dejando que ella arrancase delante para observar una vez más su preciosa retaguardia. Cosa que había intentado evitar circulando a su lado o ligeramente adelantado, pero al parecer, ese era el día en el que Mercedes Jones quería torturarle a toda costa.


Para cuando el parque comenzó a llenarse de niños y padres que disfrutaban de un soleado sábado, ellos ya habían decidido lanzarse a las carreras, comprobando rápidamente que hiciera lo que hiciese, Mercedes Jones siempre perdería por tener las piernas más pequeñas que él.

—¡No es justo! —Protestó, bajándose de la bici y sentándose en unos de los bancos que quedaban libres—. No hay manera de ganarte —dijo, tratando de recuperar el aliento.

—Algún día —le aseguró él, sentándose a su lado, notando la proximidad entre ambos y cómo el corazón le latía con fuerza resultado de la carrera que se habían pegado.

—Gracias por los ánimos, Sam, pero ambos sabemos que eso nunca sucederá —dijo ella, haciendo chocar su hombro con el de él.

¿Qué demonios haces, Mercedes?

¿Se había vuelto loca? Eso debía ser, no tenía otra explicación.

—¿Crees que has perdido tu miedo? —Preguntó él de repente, haciendo que la chica le mirase fijamente. Quería saber si aquel temor ya no era parte de ella. Quería saber si de verdad él había ayudado a hacerlo desaparecer.

—Puede que sí. Y supongo que eso ha sido gracias a ti —se sinceró ella, dejando de mirarle y poniendo su vista al frente.

—Me alegro de verdad. Y aunque lo dijese antes, sé que esto no compensa todo lo mal que lo has pasado por mi culpa esta semana.

—Sam...

—De verdad me gustaría que pudiésemos llevarnos bien —dijo él, suspirando profundamente—. Sé que no será fácil. Porque yo soy un idiota que lo estropea todo y tú una toca narices con mucha curiosidad —Mercedes carraspeó en desacuerdo haciéndole reír una vez más—, pero...

—Pero crees que podríamos conseguirlo —acabó la frase por él.

—Sí. De verdad creo que sí.

—Yo también lo creo —respondió ella, mirándole de nuevo—. Es decir, no podemos seguir así durante un año, ¿verdad? Acabaríamos volviéndonos locos.

O teniendo sexo salvaje en la cocina.

Pensó Sam, queriendo golpearse la cabeza con el árbol más próximo.

¡Dios, céntrate!

—Creo que ya lo estamos —rió él, con sus mejillas completamente rojas, haciéndola reír a ella también. Al menos él sí se sentía así. Ella le ponía así.

—Gracias por esta mañana, Sam. Gracias por enseñarme.

—Gracias a ti por dejarme —respondió él, con una sonrisa de cariño.

—Y siento haberte golpeado. Tengo esa mala costumbre y no debería-

—Oh, no fue nada. Con estos músculos ni me enteré —dijo él, levantando el brazo y enseñándoselo con chulería.

En otra ocasión, ella probablemente se hubiese molestado por su respuesta, pero no esa vez. No cuando él había aguantado durante dos horas cómo ella le golpeaba con su puño cada vez que se reía, sin quejarse ni una sola vez.

—Deberíamos irnos yendo, Mister Músculos —bromeó Mercedes, levantándose y estirando su mano para ayudarle a levantarse a él. Lo había hecho inconscientemente, sin ni siquiera saber porqué, pero cuando él aceptó su mano y sus dedos acariciaron los de ella, Mercedes se alegró de haberlo hecho.

Habían sido apenas unos segundos, y luego, la mano de ella le había soltado, pero la sonrisa de Sam se había hecho grande con aquel único gesto.

—¿Una carrera hasta casa? —Preguntó Mercedes, subiéndose pronto a la bici.

—¿Eh? —Dijo un distraído Sam, viéndola subirse con rapidez—. No creo que sea... Mercedes, no. Espera... —No pudo seguir hablando porque la chica salió a la carrera, dejando el parque y siguiendo calle abajo sin perder tiempo—. ¡Joder!

A toda prisa, Sam se subió a su bici y pedaleó tan deprisa como sus piernas se lo permitían.

—¡Voy a ganarte esta vez! —Gritaba ella, pedaleando más fuerte. ¡Iba a ganarle, era un hecho!

—¡Mercedes, espera! ¡No! —¿Por qué corría tanto? Estaba siendo temeraria, estaba... Era peligroso—. ¡Mercedes!

Oh Señor, ¡no!

—¡No deberías subirte si no sabes montar, niña! —Oyó gritar al hombre que se alejaba en su coche calle abajo después de haber provocado que la chica frenase, y terminase cayendo sobre la calzada. Se había saltado un semáforo. ¡El muy hijo de puta se había saltado un semáforo y todavía tenía el atrevimiento de protestar!

—¡Mercedes ¡Oh Dios, Mercedes! ¿Estás bien? —Dijo Sam, ayudándola a sentarse sobre la acera sin importarle que ambas bicicletas estuviesen todavía en peligro de ser aplastadas por los coches que pudiesen pasar.

—Sam...

—Hey... ¿Cómo estás? Mírame —le pidió, tomando su rostro entre sus manos y observándola. Buscando en ella heridas o rasguños que pudiese haber sufrido.

—Soy idiota —se lamentó.

—¿Qué? No, no... No digas eso. Él es el idiota, no tú. Se saltó un semáforo, Mercedes. Debería haber frenado y... —Sam respiró profundamente, tratando de olvidarse del cabrón que le había hecho aquello y fijando su vista ahora en las extremidades de la chica.

—No Sam, sí lo soy. Me creí una experta con solo dos horas de clase. Soy estúpida, y- ¡Ay! —Se quejó, viendo cómo él ahora le tocaba la mano para limpiarle las piedras que se habían adherido a ella.

—Lo siento —dijo, acariciando sus heridas con delicadez y dejando un beso en ellas, haciendo que miles de maripositas le recorriesen el cuerpo a ella, y sus mejillas se encendiesen hasta el infinito.

—Sam... ¿Qué...?

—Es lo que le hago a Stacy cuando se cae de la bici.

—Oh...

La estaba tratando como a su hermana pequeña, por supuesto. Cómo no hacerlo cuando la chica por más que había intentado impedirlo, había terminado llorando, y ahora las lágrimas mojaban sus mejillas avergonzándola por completo.

—Déjame verte —le pidió, observando y buscando cada una de sus heridas hasta asegurarse de que ninguna fuese profunda—. Siento mucho todo esto. Jamás pensé que pudiese pasar y ahora-

—Sam... Estoy bien —intentó tranquilizarle—. Horrible... y completamente avergonzada, pero bien.

—¿Avergonzada por qué? Ya te dije que no había sido tu culpa, Mercedes —respondió él, mirándola fijamente y viendo cómo ahora la chica trataba de borrar sus lágrimas agachando la cabeza—. Hey... —Susurró dulcemente, tratando de levantar su barbilla con sus dedos para que ella le mirase—. Tú nunca podrías estar horrible —le aseguró, borrando una de sus lágrimas con sus dedos—. No llores, anda —le pidió, sintiendo cómo su corazón latía fuertemente en su pecho debido a la proximidad. ¿Cómo podía haber dicho que estaba horrible? Ella estaba preciosa.

Era preciosa.

Y Sam deseó tener delante de él al hijo de puta que le había hecho eso para aplastarle los huesos hasta que no pudiese respirar.

—Gracias —había sido la respuesta de ella, antes de dedicarle la sonrisa más bonita del mundo. La que ahora le estaba matando a él lentamente después de haberla deseado tanto.

Se moría de ganas por besarla, pero Sam no lo hizo, separándose ligeramente y correspondiéndole con una sonrisa tan grande como la que ella le había regalado.

—¿Por el cumplido? —Quiso saber él, buscando ahora las manos de ella una vez más—. No tienes porqué dármelas, es la verdad —admitió sin miedo.

—Por todo, Sam —respondió, secando una lágrima perdida—. Vamos a casa, ¿sí? Quiero descansar y-

—Déjame que te ayude —le pidió él, tratando de ayudarla a levantarse.

—Sam, yo puedo sola.

—No, no puedes. Y no hagas que me enfade de nuevo porque soy capaz de llevarte en mis brazos hasta tu casa.

—Nuestra casa —le corrigió ella, soltando una risita.

—Eso. Sí. Nuestra casa —repitió él, agradecido porque la chica hubiese dicho aquellas palabras. Quizás todo estaba de verdad empezando a mejorar entre ellos.

—Sé que podrías. Seguro que sí, Mister Músculos, pero de verdad, no hace falta. Solo... Tengo que levantarme despacio y...

—Con cuidado —acabó la frase por ella, colocando uno de sus brazos por encima de su hombro mientras el suyo se aferraba a su cintura, levantándola poco a poco y con cuidado como ella le había dicho—. ¿Podrás aguantar aquí un segundo mientras busco las bicis?

—Sí... —Respondió, animándole a que se apurase, viéndole correr y traerlas en menos de dos segundos. Mercedes dio gracias a Dios de que aquella calle no fuese muy transitada pues las dos bicicletas habían quedado olvidadas en el medio de la carretera luego del accidente.

—Yo llevaré la mía.

—No creo que... —Sam quiso oponerse, pero la chica estaba completamente decidida a ello—. Está bien. En ese caso... Ponla a tu derecha y acércate a mí.

Mercedes frunció el ceño, sin poder entenderle, pero aún así lo hizo. Notando cómo el chico usaba su mano izquierda para dirigir su propia bici y la derecha para pegarla a él y ayudarla durante el camino.

—¿Cómo vas? —Le preguntó, después de comenzar a andar calle abajo, camino a casa.

—Bien. Voy bien. La rodilla me escuece y el tobillo me duele pero eso es todo.

—¿Y tus manos?

—Bien... Nada que un agua oxigenada y unas tiritas no puedan arreglar.

—¿Crees que podrías tener algo grave? Quizás deberíamos ir al hospital. La verdad... Las caídas de Stacy no suelen ser tan aparatosas. Aunque nunca se cruzó con ella un hijo de puta que no sabe una mierda de las leyes de circulación —masculló entre dientes, empezando a cabrearse de nuevo.

—Me alegro.

—¿Eh?

—Que me alegro de que Stacy no haya tenido nunca esa mala suerte.

—Ah... Ya, yo también —respondió él, dejando de mirar a la calzada y mirándola a ella—. No me respondiste. ¿Crees que necesitarías ir al hospital?

—¡No! No, no. Fue una caída tonta. Estoy bien.

—¿Y el tobillo? Quizás lo tengas...

—¿Dislocado? No, no creo, Sam. No te preocupes, de verdad.

—Okay... Pero sí deberíamos ir a denunciarlo.

—¿Denunciarlo? —Dijo, elevando la voz y deteniéndose en medio de la acera—. ¿Y qué les diríamos, Sam? ¿Que un coche negro se saltó un semáforo a tres calles de casa e hizo que me cayese de la bici en medio de la carretera?

—¿Por ejemplo?

—¡¿Por ejemplo?! ¿Tú sabes la cantidad de coches negros que hay en Lima? ¡Sería como buscar una aguja en un pajar!

—Yo sé el modelo. Y la marca...

—¿Y te sabes la matrícula? Porque eso es lo que realmente necesitamos, Sam —Mercedes arqueó una ceja, inquisitiva.

—Bueno, no. Pero...

—Exacto. Así que dejémoslo así. Fue una caída tonta y ya está.

—¡Pero no está, Mercedes! ¡El muy cabrón te tiró de la bici! Podrías haberte roto el cuello. Podrías haberte abierto la cabeza. Ahora mismo podrías estar muerta, Merce...

—Lo sé, Sam-

—No... No lo sabes. No lo entiendes. No puedes entenderlo. Te vi caer. Te hiciste daño. Cuando ayer te prometí que nada te pasaría. Te lo prometí, ¿recuerdas? Y tú confiaste en mí —El chico ya no podía detener sus palabras por mucho que lo intentase. Se estaba abriendo ante ella, le estaba contando su verdadero temor.

—Sam, no... No fue tu culpa.

—Ya lo sé. Ya lo sé, Merce. Y eso es aún peor. Porque el hijo de puta que lo hizo se fue. Se largó sin ni siquiera prestar ayuda y tú no quieres que pague —estaba enfadado. Sam estaba realmente cabreado y ya no podía callarse.

—Me has llamado Merce —dijo de pronto ella, dejándolo completamente perdido.

—¿Eh?

—Me... Me has llamado Merce...

—¿Lo he hecho? —¿Lo había hecho? Ni siquiera se había dado cuenta.

—Nunca nadie me había llamado así.

—Yo... La verdad, no me di cuenta. Supongo que es una manera de acortarlo. Mercedes es bastante largo y-

—Me gusta —dijo, sonriéndole.

—¿Sí? —Dijo, embobado.

—Sí. Me gusta de verdad —le aseguró, volviendo a tomar su bici entre sus manos y empezando a caminar una vez más—. Y sé que debería denunciarle, Sam. Pero también sé que nosotros no deberíamos estar montando en bici sin llevar casco.

—Ya lo sé, pero...

—Estas heridas se curarán antes de lo que esperas —le dijo, sintiendo la mano derecha de él nuevamente en su cadera. ¿Por qué cada vez que lo hacía, su columna mandaba descargas a todos los rincones de su cuerpo?

—No me gustaría que dejases de intentarlo por ese gilipollas —le confesó Sam, acariciando inconscientemente su cintura con sus dedos.

—Eso no pasará. De hecho, ahora sé lo que podría pasarme y ya no tengo miedo.

—Esperaba que dijeras eso, porque me encantaría repetir esta mañana algún día. Allí solía pasar las mañanas de los sábados con mis hermanos y-

—Y lo echas de menos.

—Sí. Muchísimo —dijo, soñador, imaginándose un día en el que los cuatro, sus hermanos, él y ella pudiesen montar en bici y pasar una mañana divertida, juntos.

—Bueno... Sé que no sería lo mismo que con ellos, pero me encantaría pasar otra mañana contigo montando en bici.

—¿En serio? —Dijo él, sin poder disimular su sonrisa.

—Sí, claro. Aunque con un final diferente, claro.

—Sí por favor —rió, viendo ya la casa de los Jones en su campo de visión—. Ya casi llegamos.

—Escucha... No le digas a mis padres lo que de verdad pasó, por favor. No quiero que se busquen más problemas.

—¿Qué quieres decirles entonces?

—Yo... No lo sé... ¿Que pise mal el pedal y me di de bruces contra el suelo?

Sam rió, solo imaginándose la posible escena.

—No sé si se lo creerán, pero podemos intentarlo.

—Bien... Estoy lista cuando tú lo estés —dijo, abriendo el portal para entrar al jardín delantero.

—Déjame llevar las bicis atrás y te ayudaré a subir las escaleras.

—Todavía puedo andar, Sam.

—Lo sé, lo sé. Pero quiero hacerlo —le pidió, corriendo atrás con las bicis a la vez que oía cómo Mercedes le gritaba que tuviese cuidado o él sería el siguiente en caerse. El chico no le dejó apenas avanzar hacia la puerta de la entrada pues en tan solo unos segundos, él ya estaba de vuelta, agarrándola de nuevo por la cintura y haciéndola temblar entre sus brazos.

—Todo irá bien —quiso tranquilizarla, lejos de saber la verdadera razón por la que la chica reaccionaba así.

Delante de ellos, Patricia Jones abrió la puerta de la casa, empezando a gritar como loca al verles llegar.

—Dios mío, cariño. ¿Qué ha pasado?

—Mercedes se cayó de la bicicleta, Señora Jones —dijo Sam, entrando con ella en la casa y viendo cómo la señora Jones se apresuraba a cerrar la puerta y correr detrás de ellos hacia el salón.

—¡Oh, Mercy, tenemos que llamar a una ambulancia!

—Estoy bien, mamá. No hace falta llamar a nadie.

—¿Seguro?

—Seguro, mamá. Solo tengo que desinfectar las heridas y-

—Yo traeré el botiquín —la cortó Sam, corriendo hacia la cocina y volviendo con él segundos después.

—Muchas gracias, Sam. Ya puedes irte, cariño. Seguro que tienes mil cosas que hacer.

—Yo... La verdad es que... Me gustaría quedarme con ella, Señora Jones. Quiero decir... Podría ser necesaria mi ayuda y-

—Tienes toda la razón —respondió Patricia, notando cómo la sonrisa de su hija se hacía más grande—. Esto va a escocerte un poco, cariño —la avisó, tomando una de sus manos entre las de ella y limpiándola con un poco de agua antes de aplicarle un algodón impregnado en agua oxigenada.

—¡Ay! —Se quejó, sin poder evitarlo, moviéndose y escondiendo su mano.

—Si no te estás quieta voy a tener que atarte, Mercy.

—Yo la sostendré, Señora Jones. Stacy hace lo mismo cada vez que tenemos que curarla.

Mercedes se removió en el sofá inquieta, tratando de rechazar su ofrecimiento. ¿Algún día dejaría de compararla con su hermana pequeña?

—No soy una niña para necesitar—

Quiso hacerle ver que no lo era, pero él ya había colocado su mano entre las de él con cariño.

—Shhh... Deja que tu madre te cure —le pidió, consiguiendo que ella se fuese calmando hasta dejarse hacer. Sosteniendo su mano y luego la otra, para que su madre pudiese curarla y cubrir sus heridas con tiritas.

De vez en cuando, el chico la sentía temblar entre sus manos y él intentaba por todos los medios el hacerla olvidar contándole chistes o pequeñas historias como hacía con su hermana Stacy.

—Creo que ahora viene lo peor, cariño. Tienes que quitarte el pantalón.

—¿Qué? No. Súbelo hasta arriba.

—Me temo que si hago eso, te haré más daño. Tienes que sacártelo —le dijo, mirando a Sam con aquellas últimas palabras.

—Oh, eh... Yo puedo ir a buscarle otro para que se cambie.

—Claro —respondió la señora Jones.

—¡No! —Chilló Mercedes, a la vez.

—Cariño, es solo un pantalón. Claro que puedes, Sam. Tráele el de su pijama, seguro que todavía está encima de su cama.

—¡Mamá! —Protestó Mercedes, avergonzada. Mas de nada le sirvió, porque el chico ya se había ido en su búsqueda y con ello, el volvería a entrar en su habitación. Volvería a tocar sus cosas, su pijama y...

Apenas tuvo tiempo a pensar qué más cosas podría hacer allí dentro, pues tan pronto se había ido, el chico había vuelto corriendo con el pantalón entre sus manos, pasándoselo a su madre.

¡Él le había bajado el pijama de vaquitas!

¡Necesito nuevos pijamas!

Sí. Los necesitaba. Unos que no la dejasen en ridículo cada vez que él se los veía puestos.

—Muchas gracias, Sam —le dijo la señora Jones aceptándolo.

—Estaré en la cocina mientras se cambia —les avisó, marchándose ya hacia allí.

—Ya has oído, Mercy. Vamos a cambiarte, cariño —La señora Jones ya se había levantado dispuesta a ayudarle.

—Mamá, yo puedo sola.

—Ya lo sé. Pero quiero ayudar. Me siento mal por haber apoyado a tu padre en su genial idea de compraros las bicis —Sam Evans oía sus voces desde la cocina, reclinado sobre el marco de la puerta. Él también se sentía mal. No podía evitar pensar que él mismo había tenido la idea de pasar con ella aquella mañana de sábado montando en bici. De no haberlo hecho, Mercedes todavía estaría durmiendo en su cama, disfrutando de su sábado, sana y salva, sin ningún rasguño o herida.

Pero él había tenido que estropearlo todo. Aquel idiota había tenido que hacerle caer y ahora... Ella se quejaba con cada uno de los roces del algodón en sus heridas.

—No digas eso, mamá.

—Es la verdad, Mercy. Si no os la hubiésemos comprado, nada de esto habría pasado.

—Si no nos las hubieseis comprado, yo todavía seguiría con miedo a subirme en una —la oyó decir Sam, haciendo que con aquellas palabras, la chica dejase una pequeña sonrisa en él—. Lo he pasado genial hoy, mamá. Hacia mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien —admitió la chica, sin saber que él todavía podía escucharlas desde la cocina.

—Eso me consuela de verdad, hija.

—Fue una caída tonta —rió Mercedes. Sentándose de nuevo en el sofá, una vez cambiados sus pantalones. Su pierna ahora descansaba sobre las de su madre y la chica, volvía a apretar los dientes, una vez más, sintiendo el algodón húmedo en contacto con su rodilla.

—A Dios gracias —dijo la señora Jones viendo a Sam volver ya de la cocina—. Tendrás que ponerte un vestido largo mañana.

—¿Mañana? —Le oyeron decir, sentándose de nuevo al lado de ella, esta vez, un poco más lejos—. ¿Qué pasa mañana?

—Mercy va a cantar en la iglesia.

—Oh.

Dijo, haciendo que ella le mirase, curiosa, antes de tomarla por sorpresa con sus siguientes palabras.

—¿Puedo ir?

¿Lo estaba diciendo en serio? ¿Sam quería ir a verla?

Quiere ir, pero no a verme a mí.

Se convenció a sí misma.

—Claro que sí, Sam. Nos encantaría que vinieses —le aseguró la señora Jones, haciendo que el chico sonriese contento. Ni siquiera sabían si él creía en Dios. No sabían casi nada de él. Pero la sonrisa que el chico le había regalado a su madre por su respuesta era suficiente para confiar en él.

Me estoy ablandando, ¿no es cierto?

Se preguntó, deseando una vez más que el chico se acercase de nuevo a ella y la sostuviese mientras su madre la curaba. ¿Por qué de repente se sentía tan bien entre sus brazos? Tan segura, tan protegida. Era algo que no podía entender y con lo que no podía luchar por mucho que lo intentase.

—Esto ya está, señorita —le oyó decir a su madre, haciendo que ella volviese a la realidad—. Ahora subirás a descansar un rato, y si luego no quieres bajar, nosotros te subiremos la comida arriba.

—No hace falta, mamá. De verdad —dijo, esperando que él no terminase creyendo que ella era una niña consentida.

—Está bien. Te llamaré entonces cuando la comida esté lista —dijo, viéndola levantarse ya del sofá y observando cómo Sam no perdía un segundo en hacerlo también.

—Yo la ayudaré a subir, Señora Jones.

—Oh, Sam, eres muy amable —respondió ella, observándoles marchar y sonriendo al tiempo que veía cómo los chicos empezaban a llevarse mejor poco a poco.


—Ni siquiera ha preguntado la razón de la caída —dijo él, una vez habían terminado de subir las escaleras y se dirigían hacia su cuarto.

—Dale tiempo —rió Mercedes, deteniéndose junto a su puerta—. Aún puede preguntarlo. O mi padre.

—Es cierto —respondió él, observando su sonrisa.

Debía dejarla entrar, descansar un poco recostada en su cama hasta que la comida estuviese lista, pero él se resistía a abandonarla. Sus pies todavía seguían allí, enfrente de ella, viéndola sonreír. Deseando que él pudiese acostarse también a su lado y verla dormir.

Como lo hacía en sus sueños.

—Gracias otra vez, Sam —susurró la chica, rompiendo el silencio y haciendo que él se fijase en cómo sus pies ahora se ponían de puntillas y se inclinaban hacia él, dejando en su mejilla el más dulce de los besos.

El más tierno.

Y tan pronto como lo había hecho, la chica había agachado la cabeza, nerviosa, y se había escabullido dentro de la habitación, dejándole solo.

Solo y echándola de menos. Acariciando con su mano la mejilla que la chica había besado segundos antes, aún sin poder creerse que ella lo hubiese hecho.


No me matéis, ya me he muerto yo con tantos feelings que me provocan estos dos T.T

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado su "no cita"? ¿Creéis que ella saldrá con Shane? ¿O le dirá que no? ¿Qué cantará Mercedes en la iglesia? Chan chan… Miles de preguntas que serán resueltas en el siguiente capítulo. Espero poder tenerlo listo cuánto antes. Animaos a dejarme un review para saber qué os ha parecido ^.^

Agradecimientos:

A Paola (que aunque esta vez no dejó review, no dudo que lo hará cuando el 100 esté llegando xD Mil gracias por estar siempre ahí y aguantar que te dé la lata con los cambios de plot y con Shane con lo que tú le odias xDD ¡Un beso enorme, bonita! I love u 3); a Rosa Elena (¿Tú crees que le han servido para aclarar sus sentimientos?Umm… Jeje Siento de verdad haberos matado con ese final, no era mi intención, aunque sí debo reconocer que me encanta escribir finales así xD Ojalá te guste este. Ya me dirás que te pareció. Un besito, Rosa Elena y mil gracias por seguirla leyendo ^.^); a FeerRileyStreet (tengo que decirte que me encanta tu nombre aquí xD Debo de ser una de las pocas personas a las que Shanecedes no le importaba. Es decir, nunca fue más que un midgame, y como tú dices, él la trataba bien y la quería :) Pero sí, Samcedes forever. Ay, si nos diesen esa oportunidad, creo que todo lo que escribiría sería Samcedes, sí. xD ¡Muchísimas gracias por dejar un review, bonita! Un beso y un abrazo enorme :D); a AndrielMellark (aynss, siento haberlo dejado ahí y tardarme tanto en actualizarlo. Espero poder regresar pronto con el siguiente para no dejaros tanto tiempo con la intriga. Ojalá te guste este. Un besito y gracias por seguir leyendo ^.^); a Maru (jajaja Dice que conociéndome esto termina en negación, gritos, peleas y más peleas… Amén qué bien me conoces xDD Me encantó tu review jajaja Todo loco, como siempre. Muchas gracias, Maru. A ver qué te parece este. Un besito ^.^); a TaniaMalfoyFelton (Pobre Shane, pero ¿por qué todas le odiáis si es un pedazo de pan el pobre? xD Ayy, me alegro de que te haya gustado el capi. A ver qué tal este… xDD ¡Un besito! :D); a HearthyRoss (que justo me dejó el review cuando yo estaba preparando este nuevo capítulo para subirlo. Siento haber tardado tanto y haberos hecho esperar. Yo también quiero Samcedes en la 6ª :( Fue demasiado cruel separarlos otra vez, pero si tenemos suerte, los chicos encontrarán otra vez su camino de vuelta hacia el otro. Muchas gracias por leerlo y dejar review ^.^ Ojalá te guste la actualización. ¡Un beso!)

Gracias también a los que me comentáis por twitter y tumblr, me alegra saber que os gusta la historia.

Besos y abrazos

Syl