¡Hola a todos un domingo más!

Antes de nada, me gustaría agradecer infinitamente los 100 reviews que me habéis ido dejando en esta historia. Jamás creí que pudiese llegar a gustar tanto, y me hace muchísima ilusión saber que estos personajes y sus peleas y reconciliaciones se han ganado un huequito en vuestros corazones. Gracias por seguir ahí, después de tanto tiempo, y gracias por seguir leyendo cada una de mis historias. Ellas no serían nada sin vosotros, los lectores. Y yo tampoco lo sería. Mil gracias, de verdad, y ojalá que este capítulo os guste.

Tengo que avisar que, este capítulo es bastante fuerte, como bien dice el título, empiezan los verdaderos problemas y con estos, iremos viendo cómo los personajes van reaccionando ante ellos, uniéndose o separándose aún más.

Y nada más, disfrutad del capítulo y... Ya me contaréis al final.


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 15: "Problemas"

A la mañana siguiente, Sam Evans, se sentaba nervioso en uno de los numerosos bancos de la Iglesia de St. John. Se sentía fuera de lugar, aunque se había puesto un traje y sus mejores zapatos, pero se encontraba en un sitio nuevo, en una ciudad nueva y aunque llevaba ya una semana viviendo en Lima, aquello no era Kentucky y estar lejos de su familia tampoco le ayudaba. Para colmo, los Jones habían decidido sentarse dos bancos más adelante y él se había quedado solo con Mercedes, que no había tardado ni dos segundos en abandonarle también, para ir a reunirse con el coro.

Desde el banco en el que se sentaba, Sam podía ver cómo ella charlaba con ellos, mientras miraba de vez en cuando hacia la puerta principal.

¿A quién demonios esperaba?

"No blasfemes en la casa de Dios, Sam Evans."

Podía oír a su madre reprenderle en su mente.

—¿Puedo sentarme aquí?

Levantando la cabeza, Sam vio cómo de repente, Quinn Fabray, la capitana de las animadoras y novia de Noah Puckerman, aparecía frente a él, con un vestido amarillo de flores y una sonrisa dulce en su rostro.

—Por supuesto que sí —dijo un aliviado Sam, feliz de por fin conocer a alguien entre tanta gente extraña. Moviéndose hacia un lado, el chico le dejó un hueco libre a su derecha, viendo cómo luego, ella levantaba su mano y saludaba a Mercedes con efusividad. Respondiéndole ésta con una sonrisa, antes de seguir hablando con los chicos del coro—. Me alegra que hayas venido —susurró Sam de repente, haciendo que Quinn le mirase, confusa—, cinco minutos más y creo que hubiese echado a correr hasta llegar a casa.

Quinn no pudo evitar soltar una risita al oírlo, provocando que Mercedes se girase en su sitio para verles.

—Te sientes un poco fuera de lugar, ¿a que sí?

—¿Solo un poco? —Rió él, no consciente de que Mercedes Jones, desde su posición en el coro, observaba cada uno de sus movimientos.

—Bueno, vale. Mucho. Pero es normal, yo también me sentí así la primera vez que los Jones me trajeron aquí. No tienes nada que temer, ellos te aceptarán tal como eres. Y te darán la bienvenida, como los Jones te la dieron —dijo, saludando a uno de los niños que ocupaban el banco contiguo al de ellos.

—Ojalá tengas razón —susurró el chico, fijando su vista en Mercedes esa vez.

Estaba preciosa. Con aquel vestido fucsia que le cubría las rodillas y los zapatos de tacón que provocaban en él emociones ni remotamente dignas de sentir en una iglesia.

—La tengo. Yo siempre la tengo —rió Quinn, observándola también a ella y luego a él—. ¿Qué le sucede? Está rara...

—¿Sí? —¿A qué se refería con ello? Él no la conocía lo suficiente para saber si lo estaba o no. O quizás sí...

—Sí... No... No lo sé —respondió, rápidamente—. Hace días que no hablo con ella —dijo, intentando reprimir una mueca de tristeza que no pasó desapercibida para él.

—Ayer se cayó de la bici —le dijo al oído, sin dejar de mirar a la chica que permanecía junto al coro.

—¿Y está bien? ¡Oh, Señor! ¿Se hizo daño? —Preguntó Quinn, elevando la voz y haciendo que la gente de los bancos de al lado la mirase extrañada.

—Sí, bueno... Un poco —En realidad, mucho. Se había hecho muchísimo daño y Sam todavía seguía queriendo aplastarle los huesos al imbécil que había provocado su accidente.

Aquella noche, mientras soñaba cómo Mercedes Jones le cantaba solo a él en una iglesia repleta de gente, Sam había decidido hacer hasta lo imposible por encontrar aquel coche y a su dueño, y hacerle pagar hasta que él le suplicase que parase.

—¿De dónde demo...? —Sam vio cómo la chica se corregía a sí misma antes de blasfemar igual que él—. ¿De dónde sacó la bici de todas formas?

—Los Jones las compraron para nosotros.

—¿En serio? —Quinn le miró, alucinada—. Pobre Mercy...

—Sí...

Sam todavía podía recordar el miedo que había pasado cuando la había visto tirada en medio de la calle luego del accidente. Su desesperación al verla llorar y comprobar cada una de sus heridas. Sus manos temblorosas mientras él trataba de borrar cada una de sus lágrimas derramadas. Ella le había dado un susto de muerte, haciendo que su corazón se parase. Y a la vez, horas después, ella lo había despertado de nuevo, haciendo que éste latiese fuertemente con un beso dulce. Uno que había ocupado su mente toda la tarde y que debería olvidar, o acabaría volviéndose loco.

—¿Sam? ¿Me estás escuchando?

—¿Eh?

—Supongo que ese "eh" responde a mi pregunta —rió Quinn, mientras se alisaba su vestido y se preparaba para la misa—. Ya va a empezar.

—Oh... —El chico se sentó derecho en su sitio, avergonzado por perderse en sus pensamientos una vez más. De no haberlo hecho, él habría podido darse cuenta del momento en el que Shane Tinsley había entrado en la iglesia y se había sentado tres bancos alejado de ellos.

Ahora el chico llamaba la atención de Mercedes y hacía que ella le mirase antes de sonreírle, tímida y fijar su vista en el sacerdote.

Durante unos segundos, Sam Evans deseó que aquella sonrisa tímida hubiera sido para él.

¿Ella habría decidido por fin su respuesta? ¿Aceptaría salir con Shane?

Por favor, no.

Se descubrió rezando, de repente, por que aquello no ocurriese.

Shane Tinsley no era un buen chico para ella. ¿Qué podían tener en común?

Nada.

Él al menos iba al Glee Club con ella y...

¡Oh, no! Ni siquiera lo pienses.

Shane era un estúpido. ¡Esa era la única razón!

Y más le valía mantener sus manos alejadas de ella o Sam le aplastaría los huesos como planeaba hacer con el imbécil que la había hecho caer de la bici, si algún día tenía la suerte de volver a encontrarse con él.

—Hoy tenemos con nosotros a un chico nuevo... —Oyó decir de repente al sacerdote, después de haber notado cómo Quinn Fabray le daba un codazo para que se despertase—. Sam Evans —el sacerdote le pidió que se pusiese en pie, ante la sonrisa de Mercedes y sus padres—, él ha venido desde Kentucky y vivirá en la casa de Robert y Patricia Jones durante un año. ¡Démosle todos la bienvenida!

—¡BIENVENIDO, SAM! —Gritaron todos los presentes al unísono, provocando que el chico se sintiese abrumado durante unos segundos. Tenía una multitud de ojos fijos en él, y entre ellos, las sonrisas de los Jones, que ahora miraban hacia atrás con orgullo.

—¿Quieres decir unas palabras, muchacho? —Le preguntó el sacerdote, al tiempo que Quinn le daba ánimos para que hablase. Sam buscó la mirada aprobadora de Mercedes antes de carraspear y comenzar a hablar.

—"Tranquilo" —Pareció verle vocalizar desde su sitio en el coro. Ella también le estaba dando ánimos y la sonrisa que le regaló, hizo que el chico se decidiese por fin.

—Hola... Yo soy Sam —dijo, sintiéndose un poco idiota—. Aunque eso ya lo sabéis —Ugh... Aquello era realmente difícil... El chico volvió a buscar la mirada de ella en busca de ayuda—. Yo... Solo quería darles las gracias por su recibimiento, y agradecerle también a los Señores Jones por esta oportunidad que me están dando —dijo, viéndoles sonreír—. Y... creo que eso es todo.

—Agradezcámosle también a Dios que Sam esté aquí con nosotros hoy —dijo el sacerdote, haciendo que todos volviesen sus cabezas hacia él, entonando un "Alabado sea" —. Bienvenido de nuevo, Sam, y te deseo todo lo mejor en este año. Estaremos encantados de ayudarte en lo que sea.

—Muchas gracias, Padre —Sam volvió a sentarse, temiendo que alguien volviese a hablarle nuevamente. Pero para su suerte, la misa continuó su curso.

—Te dije que te darían la bienvenida —susurró Quinn a su lado, divertida.

—No creí que lo hubieses dicho en sentido literal —respondió él con sus mejillas como tomates—. Podrías haberme avisado.

—¿Y perderme la escena? ¡Ni de broma! —Dijo ella, a la vez que le pedía silencio—. Esta es la mejor parte.

Sam no pudo oír más porque lo siguiente que vio fue cómo Mercedes Jones se dirigía hacia el altar con el coro a sus espaldas y empezaba a cantar con ellos.

—Canta como los ángeles —se sorprendió diciendo, incapaz de dejar de mirarla.

—Así es —respondió Quinn a su lado, observando a todos mirarla con adoración, incluido Shane Tinsley.

Él la miraba como todos ellos, y durante un segundo, Mercedes le devolvió la mirada, haciendo que Sam se preguntase si de repente ella había tomado ya su decisión. Los ojos de Shane habían brillado como respuesta y su sonrisa se había hecho más grande, causando en Sam la necesidad de borrársela a base de...

¡Estamos en la casa de Dios, Sam Evans!

Se recordó él, suspirando resignado.

¿Acaso creía que algún día ella podría cantarle a él como lo había hecho aquella noche en sus sueños?

El sonido de numerosos aplausos le hizo reaccionar, dándose cuenta de que la canción ya se había terminado. Sam siguió con la mirada cómo ella regresaba a su sitio y desde allí, les regalaba una sonrisa a Quinn y a él. O quizás solo fuese a Quinn.

Cansado, él intentó poner su mente en blanco durante el resto de la misa, y prestar atención al Padre. Pero cuando ésta acabó, los intentos de olvidarse de todo terminaron fracasando, cuando Mercedes dejó su sitio en el coro y bajó las escaleras al mismo tiempo que Shane las subía para hablar con ella.

—¿Qué hace Mercedes hablando con Shane Tinsley? —Le preguntó Quinn, una vez todos los asistentes habían ido saliendo.

—No lo sé —Respondió Sam, mordiéndose la lengua para no decirle que esa era la misma pregunta que él mismo se estaba haciendo.

Ambos observaron cómo ella y Shane bajaban las escaleras y se sentaban a hablar en uno de los bancos, provocando en ambos rubios una mezcla de sorpresa e incredulidad. Los padres de Mercedes habían salido ya de la iglesia y Sam agradeció que así fuese, o de lo contrario, ellos habrían visto a su hija flirteando con un chico sentada en uno de los bancos de la iglesia de St. John.

¿Por qué eso era lo que estaban haciendo, verdad?

Es decir, ellos no se estaban riendo. Ni tocando, pero ¡ugh! Sam desearía poder oír todos lo que ellos se estaban diciendo.

—Quizás ha decidido darle una oportunidad después de tanto tiempo —habló Quinn, haciendo que él la mirase.

—Fueron el viernes a Breadstix —dejó caer Sam, deseando que aquello no hubiese tenido lugar.

—¿En serio? No lo sabía —la oyó decir, no pudiendo ocultar ya su tristeza. Mercedes no le estaba contando las cosas a Quinn, lo que hacía que Sam se preguntase de verdad si cuando finalmente lo hiciese, ella le hablaría del beso que él le había dado.

—Sí —fue su única respuesta.

No le diría que Shane había terminado pidiéndole salir, o que ella le había respondido que necesitaba tiempo para pensarlo. Eso sería algo que solo ellos sabrían. Y Quinn, si en algún momento la propia Mercedes decidía contárselo.

—Me alegra muchísimo saber que le ha dado una oportunidad. No a él, sino a ella misma —dijo Quinn, observando cada uno de los gestos de su amiga—. Ella es increíble y se merece lo mejor.

—Sí... —Dijo él, viendo cómo la chica miraba a Mercedes con una sonrisa.

Ella es increíble y se merece lo mejor.

¿Ella lo era?

Sí...

Increíble... Increíblemente pesada, increíblemente toca pelotas e increíblemente...

Dulce...

Pensó Sam, recordando el sabor de sus besos y la ternura de su voz. ¿Cómo podía ser tan amarga y dulce a la vez? Tenía que ser imposible.

—Ya vienen —le oyó decir a Quinn, viendo cómo ambos se levantaban del banco y se dirigían hacia las puertas de la iglesia.

Shane pasó por su lado, saludándoles con la cabeza, y luego se fue, mientras Mercedes saludaba a Quinn con un beso.

—Has estado fantástica, Mercy. Como siempre —dijo la rubia, mirando a Sam y esperando que él también la felicitase.

—Ha estado guay —contestó él, viendo cómo ellas le miraban con caras de póker.

¿Guay? ¿En serio, Sam?

Estaba haciendo el ridículo, ¿pero qué podía decirles? ¿Que era la mejor voz que había oído nunca? ¿Que de verdad cantaba como los ángeles? O que estaba preciosa y que ese vestido era un verdadero pecado en una iglesia como aquella. O quizás el verdadero pecado no fuese el vestido en sí, sino el hecho de que él quisiese quitárselo, dejándolo caer hasta el suelo, mientras eran sus labios los que la vestían en su lugar.

—Sam me dijo que te caíste de la bici, ¿cómo estás? —Preguntó una preocupada Quinn, haciendo que Mercedes la mirase y luego se fijase en Sam.

—Oh... Lo cierto es que intento olvidar que ha sucedido —dijo, asesinando con su mirada a Sam—. Fue una caída muy vergonzosa.

—No, no lo fue —respondió Sam, seguro de sí.

—¿Qué tal si te vienes esta tarde a casa y me lo cuentas? Hace mucho que no hablamos.

—¿No has quedado con Puck?

—No. ¿Y tú? ¿Has quedado con Shane? —Quiso saber Quinn, mientras Sam no le quitaba el ojo de encima para ver su respuesta.

—¿Por qué habría de hacerlo? —Preguntó Mercedes, confusa.

—Bueno... Nosotros supusimos... —Empezó a decir Quinn, recibiendo una mirada asesina de Sam. ¿Ella quería cargarle con las culpas? ¡No había sido él quién lo había supuesto!

—Quinn... No estoy saliendo con Shane —respondió Mercedes, rápidamente.

—Oh... —Quinn y Sam se miraron el uno al otro, avergonzados.

—Y deberíamos irnos yendo o mis padres se irán sin nosotros —les apuró, queriendo largarse de allí cuánto antes.

—Es cierto —admitió Quinn, empezando a caminar detrás de ellos—. Pero vendrás esta tarde, ¿verdad?

—Sí, Quinn. Iré esta tarde —respondió Mercedes, sabiendo que tarde o temprano, ella tendría que contarle todo a sus mejores amigos.

Sam las seguía unos pasos más atrás, deseando de verdad poder estar delante cuando aquella conversación tuviese lugar. ¿Qué sucedería si Mercedes decidía contarle a Quinn lo que había pasado entre ambos? ¿Podría volver a mirar a la chica sin que ella le recordase como el tío que había besado a su mejor amiga? Y lo que era aun peor... ¿Se lo contaría a Puck?

No, por favor.

Sam ya tenía suficiente con recordar aquel beso cada minuto, no necesitaba que además Puck le hablase de él a cada segundo, como lo había hecho desde que él había cometido el error de contarle que la había visto desnuda.

—Que tengan un buen día, Señores Jones —oyó decir a Quinn, mientras les saludaba con un beso y luego se alejaba, despidiéndose con la mano.

—Otra vez viniendo a misa sin su novio —protestó el señor Jones, una vez todos se habían subido al coche.

—Es judío, Robert. Además, ¿no era que te caía mal? ¿Para que querías que viniese entonces? —Rió la señora Jones, haciendo reír a Sam y también a su hija.

—Igualmente —murmuró Robert, encendiendo el motor y arrancando el coche.

Durante el camino, los cuatro hablaron de lo bonita que había sido la bienvenida a Sam y lo bien que Mercedes había cantado. Ella no le había dirigido la palabra durante todo el trayecto, pero cuando finalmente llegaron a casa, y los señores Jones subieron arriba a cambiarse de ropa, Sam la detuvo al inicio de las escaleras, y le hizo la pregunta que llevaba tiempo rompiéndole la cabeza.

—¿Le dijiste que no?

—¿Eh?

—A Shane... —Se detuvo unos segundos, viendo la expresión de desconcierto de la chica. No debía habérselo preguntado. No debía haber cometido ese error, pero Sam ya no podía aguantar más el no saber. ¿Qué había querido decir con que no estaban saliendo? —¿Tu respuesta fue no?

—Sí.

—¿Sí de que fue no? ¿O sí de que fue sí? —Preguntó, a punto de volverse loco.

Su estúpido corazón y su cerebro parecían haberse parado y no respondían a sus palabras. O quizás él fuese de verdad estúpido y no entendiese ni una sola de ellas.

—Sí de que fue no —respondió ella, sin poder entender porqué le estaba preguntando aquello.

Ella no entendía nada.

Ni siquiera podía entender la razón por la que había sentido que debía decirle que no. Que aquella debía ser su respuesta. Durante la canción, Mercedes había estado decidida a darle un sí. Shane incluso la había mirado, esperanzado, pero luego, cuando había caminado hacia ella para buscarla, su sonrisa había desaparecido de su rostro, deseando que fuese otra persona la que subiese a felicitarla.

Otra persona que no fuese él.

Con aquello había podido comprobar que nunca podría verlo como nada más, y así se lo había dicho, viendo cómo él lo aceptaba y le deseaba lo mejor.

Mercedes sabía el porqué, pero no podía entenderlo.

O quizás tuviese miedo a hacerlo.

—¿Por qué? —Fue la pregunta de él, y la sonrisa que había nacido en ella segundos antes, al sentirle tan perdido, había muerto con aquellas palabras.

¿Cómo decirle que ella nunca podría verse saliendo con él? ¿Cómo decirle que en aquella cita que ambos habían compartido, lo único en lo que había podido pensar habían sido las manos de Santana y Britt recorriendo su cuello, mientras él se dejaba tocar? ¿Cómo decirle que la mañana que ella había pasado con él había sido su mejor "no cita"? Incluso con el accidente.

Oh, Mercedes, no...

La chica negó con su cabeza, tratando de olvidar todo aquello. Tratando de hacerse entender lo obsesionada que estaba. Porque eso era lo que sin duda le estaba pasando.

Estaba obsesionada con él.

Obsesionada en gritarle. En contestarle como él lo hacía cada vez que se encontraban. En sacarle de sus casillas, en tocarle las narices como él lo había dicho mil veces.

Y en besarle...

—¿Por qué le dijiste que no? —Insistió una vez más, Sam, esperando su respuesta.

—No lo sé —mintió, queriendo marcharse de allí. Queriendo subir las escaleras por fin, y dejar atrás aquella conversación que no llevaría a nada bueno—. Sam... Tengo que subir a lavarme las manos —se excusó, dándose la vuelta y alejándose de él tan deprisa como sus doloridas rodillas se lo permitían.

Estaba escapando de él. Estaba huyendo de sus preguntas.

Y la sonrisa que el chico había dejado salir cuando ella le había confirmado su respuesta, había cambiado hasta transformarse en una mueca de desilusión.

¿Qué se esperaba realmente? ¿Un "Porque no eres tú"?

Tonto e iluso, sigue soñando.

—Au... —oyó, levantando la cabeza y fijándose en cómo la chica permanecía apoyada en el pasamanos, al final de las escaleras. Por alguna razón, ella no había conseguido llegar arriba y ahora él corría a su encuentro, preocupado porque algo malo le hubiese ocurrido.

—¿Qué pasó? —Se detuvo a su lado, no sabiendo qué hacer ni cómo ayudar.

—No es nada, solo... Sentí que mi rodilla no me sostenía. Pero ya estoy bien —le despreocupó, empezando a caminar para llegar a su habitación cuánto antes. ¿En qué momento se le había ocurrido correr después de la caída del día anterior? ¡Estaba loca!

—Déjame ayudarte —le pidió, pasando su mano por su cintura y la de ella por su cuello. La cercanía de sus cuerpos hizo que el chico se pusiese ligeramente nervioso, tratando de encubrirlo con nuevas palabras—. No deberías correr, ya lo sabes.

—Sí. Lo sé. Es solo que...

—Mercedes —la detuvo, antes de que llegaran al pasillo—, ¿estabas huyendo de mí? Yo... No quería sonar entrometido, es solo que...

—¿Qué? —Preguntó la chica, con miedo, todavía con su mano en su cintura. Su cuerpo temblaba entre sus brazos y ella de verdad esperó que el chico no lo notase o se moriría de la vergüenza.

—¿Te ha hecho algo? ¿Es por eso que le has dicho que no? —Quiso saber, viendo el miedo en los ojos de la chica. Shane Tinsley no le gustaba ni un pelo, y ¡Dios le ayudase! Pero él le machacaría si ella le respondía que sí a aquella pregunta.

—Sam...

—No puedes no saber el porqué Mercedes —intentó explicarle él—. Tiene que haber una razón.

Tiene que haberla, pero no la que tú quieres oír, Sam.

Se recordó él.

—No me sentía cómoda con él —respondió la chica de pronto, sintiendo sus ojos verdes clavados en ella—. No me hizo nada —le aclaró, antes de que él pensase lo peor—. No hizo nada, Sam. Simplemente, no me veía saliendo con él.

—Oh... —El puño que Sam había apretado con fuerza mientras la oía, liberaba ahora sus dedos, aliviado. Shane no había osado hacerle nada y él se encargaría de que aquello continuase siendo así.

—¿Chicos? —Oyeron sorprendidos, como la puerta de la habitación de sus padres se abría y éstos salían a su encuentro, a tiempo de ver cómo la chica se separaba rápidamente de él y les sonreía.

—¿Sí, mamá?

—¿Qué hacéis que aún no os habéis cambiado? Vamos, corred, que en nada tendré la comida lista —les apuró Patricia, pasando a su lado, mientras Robert los miraba con cara rara.

—Ahora vamos, Señora Jones —respondió Sam, sin moverse de su lado, al tiempo que le hacía un gesto con los ojos para que empezase a andar.

Su intención era esperar a que los señores Jones bajasen, para poder sostenerla y ayudarla a llegar allí, pero ella no le dejó.

—Ya puedo sola, Sam —le sonrió, levantando ligeramente su vestido para enseñarle su rodilla vendada—. Fue tan solo un pinchazo.

—Pero... —Quiso protestar él, mientras clavaba sus ojos en aquellas piernas prohibidas para él.

—Estoy bien. Anda, corre tú a cambiarte —le apuró, observando por última vez aquel traje que le sentaba tan bien. Estaba realmente guapo. Todavía podía recordar las risitas y los cuchicheos de sus compañeras del coro al verle levantarse para hablar en la misa. "¿Cómo puedes compartir techo con él, Mercedes? Yo me desmayaría cada vez que me hablase." "Es guapísimo. ¿Nos lo presentas?"

Tiene novia.

Había sido su respuesta para ellas, y eso había conseguido que ellas se callasen. Aunque ella había terminado mintiendo en la casa del Señor y por ello tendría que rezar tropecientas mil Ave Marías.

—¿Seguro? —Le oyó decir a Sam, haciéndole volver a la realidad.

—Seguro —sonrió una vez más, empezando a caminar a su lado—. ¿Lo ves? Todo bien.

¿Todo bien?

Todo realmente bien.

Pensaba él mientras trataba de no recordar cómo la chica se había subido el vestido para enseñarle las vendas que cubrían su rodilla. Si su intención había sido querer matarle, lo había conseguido porque todo lo que podía ahora ver eran sus manos sobre aquel trozo de tela pidiéndole que le mirase unas piernas que él ya no podía dejar de mirar.

Sam pudo observarla por última vez con aquel vestido, antes de que ella entrase en su habitación y cerrase la puerta detrás de ella.

Mercedes le había dicho que no. ¡Ella le había dicho que no a Shane Tinsley!

En la soledad de su cuarto y ante un dormido Scabbers, Sam Evans elevó su puño al cielo y gritó.

¡Sí!


A la mañana siguiente, Sam y Puck cruzaban los pasillos del McKinley en dirección al salón del coro.

—Así que ayer tocó salida con los Jones.

—Sí. Nos fuimos a dar una vuelta por la tarde para que me enseñasen los mejores lugares de Lima y todo eso.

—Suena aburrido —dijo Puck, frunciendo los labios.

—Bueno, no estuvo mal... —Hubiese estado mejor si Mercedes también hubiese ido con ellos, pero Sam no se podía quejar. No después de lo mucho que habían hecho por él los señores Jones.

—Te lo habrías pasado mejor con nosotros. Finn, Artie y yo nos fuimos a casa de Mike a jugar al baloncesto y luego nos pusimos a ver pelis y acabamos hablando de tías.

—Por supuesto —respondió Sam, risueño.

Razón de más para no haber ido, sin duda. Probablemente el principal tema de conversación hubiese acabado siendo su vida amorosa, y Sam no estaba preparado para hablar de ello. Ni con ellos, ni con nadie.

—Tienes que venir la próxima vez. Será divertido.

—Sí, bueno. Espero poder —dijo él, entrando ya al salón del coro y sonriendo al ver que Mercedes y Quinn ya se encontraban allí, sentadas una al lado de la otra en la tercera fila.

Puck no tardó ni dos segundos en correr al lado de su novia y saludarla con un beso, mientras Sam seguía su camino y se sentaba al lado de Mercedes.

—Hey... —La saludó con una sonrisa nerviosa.

¿Por qué se había sentado siquiera a su lado? Perfectamente podría haberse sentado al lado de Puck, al fin y al cabo, ambos habían estado hablando segundos antes pero... Ella no le había sonreído al entrar, y por una razón que Sam no alcanzaba a entender, aquello había hecho que él quisiese alegrarle el día.

—Hola —respondió ella, mirándole durante unos segundos antes de volver su vista al suelo. Sam no se había engañado y lo más seguro era que incluso supiese la razón por la que ella estaba así. ¿Era lunes, verdad? Y ello significaba reuniones con el señor Schue.

La semana anterior, cuando él había llegado a Lima, Sam se había topado por los pasillos del McKinley con una veloz Mercedes que corría como loca hacia su despacho. Ella había terminado llegando tarde y Rachel había acabado dándole sus ideas de la semana al profesor.

—¿Qué sucede? ¿Te duele la pierna? —Susurró en voz baja, viendo cómo la clase empezaba a llenarse de gente.

—Rachel Berry ha vuelto a adelantárseme —respondió la chica, encogiéndose de hombros—. Y esta vez no fue culpa del despertador, sino mía, por no recordar que con lo del accidente, me iba a llevar más tiempo llegar allí.

—Vaya. Lo siento de verdad... —¿Qué responderle? ¿Qué podría decirle para borrarle aquella sonrisa triste? Él no quería verla así. Preferiría mil veces que la chica le gritase o que le llamase de todo antes que verla triste por no haber podido llegar a tiempo.

—No pasa nada. El lunes que viene llegaré —dijo ella, mirando sus piernas escondidas dentro de sus mallas negras. Aquel día había pensado llevar un vestido a clase pero pronto había cambiado de idea al recordar que todavía podían verse sus vendas en su rodilla cada vez que se sentaba—, o no... —Acabó la frase, convencida de que ni siquiera el lunes siguiente conseguiría llegar antes que ella.

—Sí llegarás —dijo él, seguro de sí mismo.

—¿Tienes una bola para ver el futuro? —Preguntó la chica, divertida, mientras veía al señor Schue entrando ya por la puerta.

—No, pero yo me aseguraré de que Rachel Berry tenga que retrasarse —respondió con una sonrisa pícara, sentándose derecho en su sitio y prestando atención a la clase, mientras notaba la mirada confusa de Mercedes a él. No sabía cómo demonios lo haría, pero ella conseguiría llegar la primera el lunes siguiente. Costase lo que le costase.

Cuando Will Schuester se giró hacia la pizarra para escribir, Mercedes Jones se inclinó hacia él para susurrarle al oído.

—No tienes porqué, pero gracias de verdad —fueron sus palabras, seguidas de una sonrisa sincera.

Una que le llenó el corazón de felicidad, aunque fuese durante solo unos segundos.

Todo había cambiado entre ellos en tan solo unos días. Todo había mejorado, hasta de verdad creer que ellos podrían estarlo consiguiendo.

Ya no discutían, lo que en parte Sam echaba de menos, y a veces, él la pillaba mirándole, y ella le sonreía como respuesta, haciéndole sonreír también a él. Luego, él miraba hacia otro lado, tratando de disimular el hecho de que también la había estado mirando a ella.

Todavía podía recordar cómo se había metido con ella la noche anterior al verla salir del baño con su pijama de perritos.

—¿Has decidido sacarles a pasear? —Le había preguntado él, divertido, y ella no había dudado en responderle con un "idiota", mientras la vergüenza la poseía y una sonrisa comenzaba a formarse en sus labios. Sonrisa que pronto se había convertido en risas, las mismas que le habían contagiado a él, hasta que el señor Jones había aparecido en el pasillo y les había mandado a dormir a ambos.

Esa misma noche, Sam había tratado de no soñar con aquellos perritos metiéndose en su cama por primera vez, pero había sido imposible, y ella había terminado acompañándoles a todos en el mundo de sus sueños.


Sam salía de las duchas una hora después, caminando directo hacia su casillero donde Puck ya le estaba esperando.

—Trescientas flexiones más, ¿Eh, Evans? —Rió Puck, sentándose en el banco de al lado mientras esperaba que su amigo se vistiese.

—Estoy empezando a pensar que la entrenadora me tiene manía —masculló Sam, dejando la toalla a un lado y enfundándose dentro de sus pantalones vaqueros. La semana pasada ella les había castigado a ambos por estar hablando pero, ¿cuál había sido su excusa esta vez? No podía alcanzar a entender cuál podía haber sido, pues el chico estaba del todo seguro que él no había hablado con nadie durante el entrenamiento, ni la había desobedecido en ningún momento.

Vale... Puede que hubiese perdido la concentración durante un segundo al ver cómo Mercedes y Quinn bajaban de las gradas entre risas y se marchaban, pero, ¡solo había sido un segundo! Y él rápidamente había borrado de sus labios la sonrisa que las chicas habían podido arrancarle.

—Nah... Lo hace con todos los novatos, para que no se duerman y no den por sentado su puesto en el equipo. Muchos hacen las pruebas y luego pasan de todo, ¿sabes? La entrenadora Beiste no quiere perder el tiempo. Si luchas por ello, vales. Si te rindes y pasas de todo, no.

—Yo no tengo pensado rendirme —dijo, poniéndose rápidamente su camiseta y la sudadera.

—Esa es la actitud, Evans —le animó Puck, buscando chocar sus cinco, fallando en el intento al ver cómo Sam le hacía guardar silencio de repente.

—Y entonces le dijiste que no —oyeron decir a Azimio, alto y claro, mientras soltaba una de sus alocadas risas.

—Sí —aquella era la voz de Shane Tinsley, Sam no tardó ni dos segundos en poner toda su atención en la conversación.

—¿Y ella qué hizo? ¿Se puso a llorar? —El muy idiota no dejaba de reírse y ello hacía que Sam rechinase los dientes. ¿Estaba hablando de ella, verdad? Estaban hablando de Mercedes. El muy gilipollas de Tinsley se había tirado un farol y Azimio se lo había creído.

—No lo sé... Me fui antes de poder ver si...

—Apuesto a que sí. Pobre Princesita... Por fin sabe lo que es sentir que te rechacen. Se cree lo mejor de lo mejor porque no se abre de piernas como lo hacen las demás. ¿Acaso cree que alguien querría follársela a parte de ti? —Azimio siguió con sus risas ajeno por completo a que no solo Shane Tinsley permanecía escuchándole, sino también dos furiosos Noah y Sam—. Solo alguien que quisiese ganar una apuesta o alguien a quién le gustase desflorar vírgenes lo haría.

—Azimio... —Shane intentó detenerlo pero él estaba ya demasiado lejos de poder callarse.

—Probablemente ni siquiera la hayan besado nunca. ¿Y francamente, quién cojones querría?

—Yo —respondieron a la vez Sam y Puck, mirándose durante unos segundos el uno al otro, antes de mirarles a ellos.

—¿En serio? ¿Los dos a la vez? ¿O por turnos? —Rió Azimio, viéndoles acercarse—. Míralos Shane, parece que después de todo la virgen desata pasiones. ¿Sabe Quinn que quieres morrearte con su mejor amiga, Puckerman? ¿O es que acaso quieres hacer un trío con las dos?

—Te vas a ganar unas hostias como sigas hablando de ellas así, idiota —le aseguró Noah.

—¿Así cómo? No he dicho nada que no sea verdad. Y ya que ambos querríais besarla, ¿por qué no hacéis una orgía e invitáis a todo el resto del equipo? No podéis ser los únicos que os divirtáis, ¿no? Aquí, mi colega Shane seguro que estaría encantando de hacerlo una última vez antes de echarla de nuevo...

Sam ya no podía seguir escuchándole. El muy idiota seguía hablando, pero él ya no era consciente de lo que le decía. Sus puños se habían apretado fuertemente, y ya solo le veía como algo a lo que golpear.

Iba a volver a meterse en problemas después de tanto luchar por escapar de ellos, pero ya nada le importaba.

¡No le importaba una mierda!

—¡Sam! —Puck consiguió detenerle incluso antes de que su puño alcanzase la mandíbula de su enemigo—. ¡No!

—¿Qué te pasa, novato? ¿Me ibas a pegar? —Rió Azimio, negando con la cabeza—. Mirad al nuevo perro guardián de los Jones que pronto se ha aprendido el trabajito.

—Azimio, déjale en paz —le pidió Shane, queriendo que todo acabase de una vez.

—¿Pero tú de qué lado estás, Tinsley?

—Eso Tinsley. ¿Tú de qué lado estás? —Le imitó Sam, queriendo asesinarle con la mirada—. Inventándote mentiras para quedar bien frente a la mierda más grande del instituto.

—¡¿Estás hablando de mí, idiota?! — Chilló Azimio, colérico.

—¡Estoy hablando de ti, idiota! —Gritó Sam a su vez, echándose hacia delante al mismo tiempo que Azimio lo hacía también, y enganchándose ambos por los cuellos de sus chaquetas.

—¡Mierda lo serás tú, novato! ¡Y tu jodida familia de acogida! —Gruñó, aplastándole con fuerza contra las taquillas.

—¡Cállate la maldita boca! —Gritó Sam, girándole y estampándole ahora a él.

—¡Cállamela tú si tienes huevos, imbécil! —Respondió, tambaleándose ligeramente y llevándoles a los dos al suelo, mientras veían cómo Shane y Puck trataban de separarles sin conseguirlo.

—¡Sam! —Puck lo intentó por todos sus medios, pero lo único que consiguió fue que fuese Sam quién se colocase encima, y golpease a Azimio en la nariz con todas sus fuerzas.

—¡Hijo de puta! —Gritó horrorizado, recibiendo un nuevo puñetazo en la nariz, viéndose liberado por fin de las zarpas del rubio—. ¡Me la has roto, cabrón! ¡Te mataré!

—¡Prueba! —Le retó Sam, sintiéndose arrastrado por Shane y Noah hacia atrás, mientras pataleaba tratando de liberarse.

—¡Pedazo de gilipollas! ¿Tú también te crees mejor que los demás? ¿O es que los Jones te prometieron la virginidad de su hijita si matabas por ella? —Azimio escupió sus hirientes palabras mientras se palpaba la nariz con cuidado.

—No vuelvas a mencionarles. No vuelvas a decir sus nombres. ¡Ellos no existen para ti! —Gritó Sam, tratando de liberarse nuevamente, sin conseguirlo.

—¡Joder! ¡Estás loco, ¿lo sabes?! ¡Todos en esa familia estáis locos! ¡No dudes que conseguiré que te expulsen por esto, imbécil! Te habría sido mejor quedarte callado. ¿Quién protegerá ahora a tu chica cuando estés en un bus de vuelta a tu ciudad de mierda?

—Como la toques... Te juro que como lo hagas...

—No podrás hacer nada, ¿recuerdas? Ya no estarás aquí —dijo Azimio, notando cómo la puerta se abría y la entrenadora Beiste entraba en los vestuarios.

—¡¿Qué demonios ha pasado aquí?! ¡Sam Evans, ¿qué diablos has hecho?!

—Entrenadora... Ha sido mi culpa — intervino Puck, rápidamente—. Azimio y yo estábamos discutiendo sobre las nuevas posiciones del equipo y se nos ha ido de las manos.

—¡¿Se os ha ido de las manos?! ¡Las únicas manos que veo aquí destrozadas son las de él!

—Sam estaba tratando de defenderme, entrenadora.

—¡¿Rompiéndole la nariz a Azimio?! ¡Exijo saber la verdad ahora mismo!

—Eso es lo que pasó, Entrenadora Beiste —respondió Shane, mirando a Azimio y pidiéndole con la mirada que por favor les siguiese en el juego.

—¿Estáis de broma, no?

Sam guardaba silencio mientras veía a una colérica Shannon Beiste pidiendo explicaciones.

Había vuelto a meterse en problemas. ¡Joder! ¡Una vez más había vuelto a meterse en problemas!

Acabaría expulsado. Seguramente Azimio tendría razón y acabaría en un bus de vuelta a casa de sus padres, una semana después de llegar a Lima. Sam ya podía imaginarse la desilusión de las dos familias al ver que él les había fallado otra vez.

Pero lo peor no era aquello, sino el hecho de que ella se quedaría sola. Y él ya no podría protegerla.

Había tratado, había intentado no reaccionar ante sus palabras, pero no había podido. Durante un segundo, la cara de Azimio se había convertido también en la cara de aquel hombre que había provocado su accidente, y Sam le había golpeado una y otra vez, vengándose por lo que ambos habían dicho y hecho. Y ahora... Ahora él ya no podría hacer nada más por ella.

—Eso es lo que sucedió, Entrenadora Beiste —dijo Puck nuevamente, al ver que ellos no pretendían decir nada—. Se lo prometo.

—¿Tú también me lo prometes, Shane? Porque a Noah no le creo ni esto —dijo, levantando sus dedos en alto.

—Entrenadora Beiste, deje que por favor me lleve a Azimio a la enfermería. Su nariz no ha dejado de sangrar —le pidió él, evitando así el jurar en vano.

—Sam también tiene que mirarse su mano, entrenadora —le recordó Puck, notando la mirada fija de su amigo en sus dedos magullados.

—Id ahora mismo. Pero me temo que hasta que no sepamos lo que realmente pasó, Sam se quedara sentado en el banquillo durante los partidos.

—¡¿Qué?! ¡No! Fue mi culpa, entrenadora. Se lo dije —protestó Puck, siendo detenido por Sam.

—No pasa nada, Puck —dijo, cabizbajo. Permanecer sentado en el banquillo no era nada comparado con la posibilidad de ser expulsado.

—Ahora a la enfermería. Y mañana cada uno de vosotros hará doscientas vueltas más al campo, y trescientas flexiones, ¿entendido?

—Entendido, Entrenadora Beiste —dijeron los cuatro a la vez.

—Ahora largo. Fuera de mi vista —les dijo, viéndoles salir uno por uno después de cerrar sus taquillas y guardar sus cosas.

—Novato, no creas que esto termina aquí. Ya encontraré otra manera de conseguir que te echen —le aseguró Azimio, mientras Puck le sostenía nuevamente para que no se abalanzase sobre él.

—Déjame, Puck —le pidió Sam, una vez que ambos habían visto desaparecer a los otros dos.

—Cálmate, ¿vale? No arreglas nada con conseguir que te expulsen.

—Le arreglo su cara de imbécil —masculló Sam, mientras el enfado se resistía a abandonarle —. ¿Por qué demonios tuviste que mentirle? ¿Vas a dejar de verdad que él se vaya de rositas después de lo que dijo de ellos? ¿De Mercedes? ¡¿De Quinn?!

—No... Sí... ¡No lo sé!

—¿No lo sabes? —Preguntó incrédulo, Sam, girándose hacia él.

—Le prometí a Quinn que no volvería a hacerlo, ¿vale? Le prometí que no volvería a meterme en problemas.

—Y aún así diste la cara por mí, Puck —le recordó Sam, confuso.

—Bueno sí. Y lo volvería a hacer mil veces. Porque con eso no solo te estaba protegiendo a ti, sino también a ellas.

—¿Eso crees?

—Sí, eso creo —respondió, empezando a caminar una vez más viendo cómo los pasillos del instituto se iban quedando vacíos—. ¿Quieres que todo el instituto sepa porque te peleaste con él? ¿Quieres que todos sepan lo que él dijo de ellas? ¿Qué crees que harán Mercedes y Quinn cuando sepan la verdadera razón, Sam?

—No lo sé —respondió él, sincero.

Aunque conociéndola, Mercedes seguramente le gritaría, y le diría que ella no necesitaba que la defendiesen. O aún peor, ella podría volver a regalarle su silencio, algo que Sam ya no soportaría.

Por el contrario, si no lo sabía, ella probablemente acabase pensando que él era de verdad un estúpido por romperse la mano por unas malditas posiciones en el equipo.

—Déjalo estar, Sam...

—No es fácil.

—Sé que no —respondió Puck, caminando a su lado y viendo cómo el chico observaba el suelo de aquel pasillo vacío—. ¿Duele?

—Duele horrores —dijo, rápido, suspirando profundamente.

—Me refiero a tu mano.

—Yo también. ¿A qué creías que me estaba refiriendo?

—A nada. A nada —respondió Puck, guardando silencio durante unos segundos—. Entonces... Fue ella quién le rechazó. ¿He entendido bien?

—Sí, joder. Fue ella quién lo hizo.

—Y él se hizo el chulito inventándose que había sido él quién en realidad lo había hecho.

—Es un gilipollas.

—Es idiota, sin duda. Solo Azimio podría haberse creído ese farol.

—Puck... —Sam se giró, de repente, deteniéndole en medio del pasillo.

—¿Qué?

—Si me echan... ¿Cuidarás de que no le pase nada malo?

—No seas alarmista, tío. Ellos no le harán nada.

—Le di mi palabra a su padre, Puck. ¿Lo harás? —Preguntó, serio.

—Claro que sí. Eso no tienes ni que pedirlo, amigo.

—Gracias... —respondió de corazón, girándose nuevamente y caminando hasta detenerse delante de la puerta de la enfermería.

—No hay de qué... —sonrió Puck, tocando la puerta con sus nudillos y esperando a que alguien les abriese del otro lado.

—Tendréis que esperar a que termine con vuestro amiguito. ¿Quién ha sido el que ha hecho esa obra de arte de ahí adentro? —Preguntó, mirándoles a ambos de arriba abajo.

Puck no tardó en señalar a Sam con el pulgar mientras trataba de echar un vistazo desde la puerta.

—Lo dicho, esperad aquí fuera un rato —dijo ella, cerrándole ésta en sus narices. Sam tuvo que reprimir una risa al ver su cara de desconcierto.

Sus pies le llevaron a sentarse en el banco de al lado, siendo imitado por Puck, segundos después.

—Mercedes tiene suerte —le oyó decir, llamando su atención.

—¿Suerte de qué? —Quiso saber Sam, confuso.

—De tenerte —respondió sincero, haciendo que Sam le mirase como si de repente le hubiesen crecido dos cabezas al lado de la suya.

—Yo solo hago lo que prometí —se excusó Sam, notando cómo sus mejillas y sus orejas se teñían de el color que tanto odiaba.

—No lo dudo, es solo que...

—¿Qué?

Puck rió, antes de poder responderle por fin.

—¿Cuándo vas a reconocer que te gusta?

—¿Quién?

—¿Quién va a ser? Mercedes...

—¿De qué estás hablando? Ella no me gusta —respondió, alucinado.

—Claro que no —dijo Puck, sin poder disimular su sonrisa.

—¡Claro que no! —Chilló Sam, mirando a un lado y a otro—. Claro que no —susurró, bajando ya la voz.

—Claro que no —repitió Puck, haciéndole rabiar.

—Deja de repetir eso.

—¿Porque no es verdad?

—¡Sí! —Se levantó, desesperado.

—Osea que sí te gusta — rió, levantándose detrás de él, y colocando una mano sobre su hombro izquierdo—. No es nada malo, Sam. Es normal. Quiero decir... El roce hace el cariño. Y vosotros habéis tenido mucho de eso. De roce, me refiero. No de cariño —aclaró.

—¿De qué coño me estás hablando?

—¡Que admitas de una jodida vez que te gusta la Sexy Mama!

—¡Yo no pienso admitir que me gusta...!

—¡SAM! —oyeron de pronto gritar, girándose para alcanzar a ver cómo Mercedes y Quinn se dirigían a la carrera hacia ellos desde el fondo del pasillo—. ¡Oh, Dios mío, Sam! ¡¿Qué te ha pasado?!

—Mercedes Jones, ¿qué haces corriendo? Te dije que no deberías correr —le recordó, con el corazón latiendo a mil por hora. Jesús, había estado tan cerca de oírles hablando de ella... —Esto... Nada. No me ha pasado nada. ¿Por qué tendría que...?

—Todo el McKinley dice que Azimio y tú os habéis peleado —le explicó Quinn, girándose hacia su novio—. No habrás vuelto a meterte en problemas, ¿no, Puck?

—Hey... ¡Yo solo protegía a mi colega! —Se excusó el chico, viendo cómo Mercedes sostenía ahora la mano magullada de Sam entre las suyas, y le miraba con preocupación.

—Sam... Esto no es "nada". Es mucho —le reclamó, mirándole a los ojos.

—Hey, vamos... No ibas a ser tú la única con heridas de guerra, ¿no? —Rió él, queriendo quitarle hierro al asunto.

—Sam, no bromees... —respondió Mercedes, incapaz de disimular la tristeza en su voz.

—Estoy bien, Merc... Como un roble, vamos... No te preocupes —quiso tranquilizarla, acariciando su mano derecha con su izquierda.

—¿Te duele? —Preguntó la chica, ajena por completo a las miradas que la otra pareja les estaba dedicando.

—Bueno... —Le hubiese gustado poder decirle que no le dolía cuando ella sostenía su mano entre las suyas, pero no podía, porque lo cierto era que sí. Dolía demasiado, y si esa puerta no se abría en los próximos segundos, Sam terminaría viendo las estrellas del dolor que estaba sintiendo.

—¿Por qué se tardan tanto? —Preguntó ella, desviando su mirada hacia Quinn y Puck, y notando cómo los ojos de ambos permanecían fijos en las manos de ellos, haciendo que Mercedes, avergonzada, dejase por fin la mano de él libre y con cuidado.

—Le estarán arreglando la cara a Azimio. Teníais que haber visto cómo se la dejó —rió Puck, recibiendo un codazo por parte de su novia.

—¡Noah! —Protestó Mercedes también, alucinada.

—¿Qué? El muy idiota se lo merecía —se excusó él, encogiéndose de hombros—. Además fue él quién empezó, Sam no hizo más que defenderse —pudo decir, antes de oír cómo la puerta de la enfermería se abría y de ella salían Shane y Azimio por fin, aumentando la tensión entre los cuatro chicos en cuestión de segundos.

—¿Mercedes? —Dijo Shane, mirándola solamente a ella.

—¿Sí?

—¿Podemos hablar? —Le preguntó, notando cómo Sam se movía intranquilo a su lado—. Solo será un segundo.

—Supongo —respondió, empezando a caminar hacia él, pero siendo rápidamente detenida por Sam—. ¿Qué sucede?

—No vayas. Quédate conmigo —le pidió, casi como una súplica.

—Será solo un segundo, Sam. Te prometo que pronto estaré contigo ahí dentro —respondió, frunciendo los labios y alejándose unos pasos, antes de darse la vuelta y caminar con Shane hacia el fondo del pasillo. Azimio se había marchado sabía Dios cuando, y lo único que le preocupaba a Sam ahora era la seguridad de ella, y las mentiras que el gilipollas de Tinsley podría contarle sobre lo que de verdad había pasado.

Suspirando resignado, Sam se giró despacio, haciéndole un gesto a Puck, y luego, entró en la enfermería, para sentarse en la camilla y recibir por fin las curas que tanto necesitaba en ese momento.

Estirando su mano, el chico dejó que la enfermera hiciese su trabajo mientras él hacía un balance de lo torcidas que se le habían puesto las cosas en tan pocas horas.

Estaba jodido, realmente jodido.

Por un lado, su mano había terminado hecha mierda por culpa del subnormal de Azimio. Lo que había provocado que la Entrenadora Beiste volviese a castigarle, esta vez sentándole en el banquillo. No volvería a jugar en un largo tiempo, aunque tampoco iba a poder hacerlo hasta que su mano se le hubiese curado por completo.

Por el otro... Puck creía que Mercedes le gustaba.

Y eso no era así. No, por supuesto que no.

Mil veces no.

Lo que estaba era obsesionado.

Con su sonrisa. Con su dulce voz. Con aquellos labios que él no había podido dejar de besar en sueños. Con sus hermosos ojos, y sus pequeñas manos, aquellas que habían acariciado con cariño la de él.

Ella era tan bonita...

Oh, no...

Sam abrió sus ojos de repente, sintiendo cómo la verdad le golpeaba con fuerza.

CONTINUARÁ.


¿Qué verdad será esa? Chan chan chan... Decidme lo que pensáis en un review ^.^

¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Creéis que Sam debía haberse quedado quieto? ¿O hizo bien en actuar? ¿Y Shane? ¿Qué querrá hablar ahora con Mercedes? Todo esto y más, en el siguiente capítulo.

Agradecimientos:

A HearthyRoss (la felicidad parece haberse acabado por ahora :( Veremos a ver si pronto levantan cabeza estos dos, que cuando no es uno el accidentado, es el otro T.T Y yo también quiero todo eso para mis niños. ¡RIB, escúchanos! Si tú estás loca, yo lo estoy más jejeje Un besito, y ojalá te guste el cap); a FeerRileyStreet (Awww gracias por el review. Jo, qué bonito T.T ¡Contratar a Chord y Amber para una película sería lo más! ¿Te imaginas verlos en la pantalla grande? Ayns... Se vale soñar xDD Siento la demora en la publicación, pero aquí esta el nuevo capi. Ojalá te guste ^.^ ¡Un besito!); a Rosa Elena (¿Querías más acción? No sé si con acción te referías a este capi... En cuánto al Sam celoso... Bueno, habrá que ver cómo va yendo la cosa jijiji Un besito, Rosa Elena ^.^ Y mil gracias); a Maru (¿Aún seguimos en etapa de negación? xDD Me encantan tus teorías xD Aunque no puedo decir si serán o no ciertas jijiji Sam es raro, yo creo que esa es la respuesta a todo xDD Y en cuánto a lo que oculta... Ummm, te lo contaré otro día en otro capi jejejeje ¡Un besito, Maru! Ojalá te guste este capi); a mi niña Paola (Sabes que le acaricia las orejas en tu honor, porque sabe que te gusta mucho que él lo haga lol No sé si se besarán de nuevo tan rápido, eh. Mucho corres tú xD Y mírate, pidiendo sexo en la cocina jajajaja Sueña xD En cuánto al pijama de vaquitas... Mejor no digo nada xD ¡Felicidades por llevarte el review número 100! Dos años después y todavía te sigue haciendo ilusión lol No cambies nunca, bonita. Y mil gracias por pasarte a leer. ¡Un beso enorme! PD: No me mates porque no me cargue a Shane como tú querías. Aún estoy en ello... O no xD).