Hola de nuevo a todos. ¿Cómo estáis? Siento que hace mil años que no me pasaba por aquí. Algunos probablemente os hayáis incluso olvidado de la historia, otros me estaréis queriendo matar por no haber actualizado antes. Lo siento de verdad. Entre las clases, el viaje, la final de esa serie que no quiero nombrar y el querer disfrutar de algún tiempo libre, hicieron que mi inspiración se marchase a Rusia otra vez. Finalmente ha vuelto, y espero poder retenerla hasta acabar esta historia por completo. ¿Sabéis que en una semana, el 27 de Abril, "Estudiante de Intercambio"cumple dos años? Todavía recuerdo cuando pensaba que este fic solo duraría unos meses. Y lo hubiese hecho de no ser porque sus dos personajes volvieron a estar juntos en la serie, dándome el doble de trabajo y dejándome poco tiempo para escribir. Ahora que ésta ha acabado, es el tiempo de cerrar todos esos proyectos abiertos que se merecen un final, y pasar página. Espero poder actualizar pronto con un nuevo capítulo, aunque no puedo prometer nada.
Los pensamientos como siempre van en letra cursiva.
Y eso es todo, disfrutar del capítulo y regaladme un review diciendo qué os ha parecido.
Disclaimer: Sam y Mercedes no me pertenecen. Una lástima.
Capítulo 17: Romeo y Julieta
Observando cada una de las fotos que tenía en su mesa de estudio, Sam Evans apenas podía creerse que más de un mes entero hubiese pasado desde el momento en el que había pisado aquella casa por primera vez. Todavía podía recordar la bienvenida que los Jones le habían dado el primer día, mirando aquella foto en la que él y Mercedes trataban de sonreír a la cámara mientras el flash cegador de ésta atacaba sus ojos sin compasión. La señora Jones se las había regalado en su segunda semana y él con cariño las había colocado junto a las de su familia en aquella mesa en la que Scabbers descansaba dormido en su jaula. A éstas, pronto se le habían sumado nuevas fotos. Del Glee Club, del equipo de football, de la familia Jones al completo. De ellos dos junto con Bobby, aquel fin de semana que el hermano de Mercedes había decidido hacerles una visita. Habían sido pocos días, pero Sam había podido ver lo mucho que los dos hermanos se querían y se echaban de menos el uno al otro. Él había tenido que dormir en el sofá, dejándole la habitación a Bobby, pero no le había importado. O quizás había sido el hecho de ver cómo la chica bajaba cada noche a arroparle creyéndole dormido, lo que había hecho que no le importase.
Todo había cambiado entre ellos.
Ya no se peleaban, ya no discutían, y aunque Sam a veces echaba de menos hacerla enfurecer, su preciosa sonrisa hacía que se olvidase de ello pronto, haciendo que su corazón latiese con fuerza y sus mejillas enrojeciesen.
Eran amigos. Amigos que se habían hecho inseparables. Dos personas que habían intentado con todas sus fuerzas el llevarse bien en una casa de locos.
Aquellos primeros días de peleas habían quedado atrás, junto con las heridas que ambos habían sufrido y que habían curado y cicatrizado con el paso del tiempo.
Después de su pelea con Azimio, Sam había permanecido en el banquillo más de dos semanas, curando aquella mano, y ella... Mercedes le había ayudado en todo cuánto había podido, aun cuando Sam se había negado a que lo hiciese. La chica todavía seguía sintiéndose culpable por lo sucedido, y Sam había terminado por entender que nada de lo que él dijese o hiciese le haría cambiar de opinión.
Sus tardes de estudio se habían vuelto una costumbre, y éstas solo eran interrumpidas por la llamada al trabajo de él o los ensayos de la obra. Había tardado, pero días después, Sam también había regresado al taller de la familia Hummel.
Y junto con el musical, el Glee Club, el equipo de football, Sam apenas tenía tiempo pasa salir de casa y divertirse. Aún así, las ofertas no le faltaban y no había semana que una nueva chica no se acercase a él para pedirle una cita, recibiendo como respuesta un "Ahora no, quizás en un futuro" que hacía que sus sonrisas se apagasen al oírle.
—¿Vuelves a estar mirando esa horrible foto? Acabaré tirándola —la oyó decir, levantando la vista y observándola reclinada sobre el marco de la puerta con sus brazos cruzados. La chica negaba con la cabeza mientras se mordía el labio inferior intentando no echarse a reír.
— Hazlo y no volveré a hablarte —le hizo saber, mientras se levantaba de la silla y empezaba a recoger sus ropas regadas por la cama. La promesa que ambos habían hecho la primera semana de no entrar en la habitación del otro había quedado pronto olvidada.
—¿Lo dices en serio? ¿Solo eso necesitaría para conseguirlo? — dijo, burlona, entrando en el cuarto por fin, y sentándose en la cama sin pedir permiso. Aquello ya se había vuelto más que una costumbre para ella.
—Oh, vamos... Tu vida sería muy aburrida sin mí y lo sabes —Rió Sam, guardando su ropa limpia en el armario y girándose hacia ella con una sonrisa, alcanzando a ver cómo ella ponía sus ojos en blanco—. Es la verdad, Mercedes Jones. Admítelo —dijo, señalándola con el dedo y esperando su respuesta.
—No pienso admitir nada —dijo, levantándose ya de la cama y caminando de nuevo hacia la puerta—. No hasta que tú admitas que no serías nada sin mí —respondió, divertida.
—Yo no sería nada sin ti —contestó de repente, dejándola sin habla durante unos segundos—. Es decir, yo no habría conseguido pasar mis exámenes sin tu ayuda. Ni entregar mis trabajos. Y desde luego no sabría cómo hacer una tarta de cumpleaños para tu madre sin que tú me enseñases cómo —explicó, rápidamente, notando cómo sus mejillas se volvían rojas una vez más, rezando para que ella no lo notase.
—Oh, ya. Claro —respondió Mercedes, tratando de sonreír.
Durante un segundo había creído que él lo había dicho por más razones que aquellas que había nombrado. Durante un segundo, ella había querido creer que aquellas palabras que él le había dicho eran una confirmación de lo mucho que ella le importaba pero...
Oh Dios, Mercedes, ¿un mes después y todavía sigues pensando en lo mismo? SU-PÉ-RA-LO.
—Y hablando de tartas... ¿Se han ido ya?
—¿Eh?
—Tus padres, ¿se han ido ya? —Insistió Sam, viéndola perdida.
—Oh, sí... ¡Sí! Se han ido. Debemos apresurarnos o no nos dará tiempo a tenerlo todo listo —dijo, desapareciendo por la puerta, cruzando el pasillo en dirección a las escaleras.
—¡Hey! ¡Aun no has admitido que tu vida sería aburrida sin mí! —Gritó él, dejando también su habitación y siguiéndola escaleras abajo.
—Porque no lo es —rió ella, entrando en la cocina sin perder tiempo.
—Algún día, Mercedes Jones. Algún día conseguiré que lo admitas.
—Quizá en tus sueños —dijo, empezando a sacar todo lo necesario para la tarta.
—Nah... Pasará. Ya lo verás. E incluso conseguiré que dejes de llamarle horrible a esa pobre foto que no sé por qué odias tanto.
—¡Oh! Quizás sea por el hecho de que yo salgo horrible en ella. O por la diferencia de alturas que hace que parezca una enana a tu lado y tú un gigante. O que ni siquiera pude salir con los ojos abiertos por culpa del dichoso flash.
Sam rió sin poder evitarlo, viendo cómo ella se quedaba mirándole. Lo cierto era que aquella foto era una de sus preferidas. En ella, la chica trataba de mirar hacia la cámara sin conseguirlo, mientras él la miraba a ella sonriéndole. Mercedes tenía toda la razón, se veía pequeñita a su lado y eso por extraño que pareciera, a Sam le resultaba aún más adorable. Debería ser él quién se sintiese avergonzado por mirarla de aquella manera y en cambio era ella quién odiaba la foto.
—Tonterías —fue la respuesta de él, intentando sacar de su cabeza la idea de contarle lo que en realidad pensaba él de aquella horrible foto.
—Tonterías —le imitó ella, hundiendo sus manos en la harina a la vez que leía la receta. Lo cierto era que cocinar solía relajarla pero las demás veces que había terminado haciéndolo no eran para nada comparables con la hora que pasaría con Sam en la cocina ayudándole a preparar aquella tarta.
Mercedes todavía no podía entender cómo aún después de haber pasado las últimas semanas compartiendo la mayoría de las tardes con él, ella aún sentía aquellos nudos en su estómago cada vez que le tenía cerca.
—Pongámonos a ello, ¿Sí? Mis padres regresarán pronto y quiero que todo esté perfecto —dijo en voz alta, intentando sacarse de la cabeza todas aquellas películas de cocineros que se había visto aquella semana.
Mercedes Jones, ¡céntrate!
Se gritó a sí misma, haciendo lo posible por olvidar aquellos sueños que ella todavía seguía teniendo.
Porque sí... A pesar del tiempo que había pasado, Sam Evans todavía seguía apareciéndosele y torturándola en sus sueños.
O quizás tortura no fuese la palabra ideal para describirlos... Quizás locura. Sí, locura y placer era lo que obtenía de él cada noche en sus sueños.
Si tan solo éstos pudiesen hacerse realidad...
—Me parece una buena idea.
—¿Eh? —Preguntó sobresaltada, fijándose en cómo parte del paquete de harina había estado a punto de terminar en el suelo.
—Decía que me parece bien ponernos a ello.
—¿A ello? — ¡¿A ello?!
—¿La tarta? —Le recordó él, arrodillándose para levantar del suelo una de las cucharas que también se le habían caído—. Mercedes, ¿estás bien?
—No... Sí. ¡Sí! —Exclamó, huyendo hacia la nevera para sacar los huevos que iban a necesitar.
Lo cierto era que no. No estaba bien. Y eso se lo debía por completo a aquellos vídeos que seguían llegándole a su correo electrónico. Aquellos vídeos que ella no podía dejar de ver una y otra vez y de los que solo ella tenía constancia que existieran.
—¿Seguro? —Preguntó Sam, levantándose ya del suelo, y colocándose a su lado—. Si te sientes mal, podemos dejarlo. Puedo prepararle otra cosa—
—No, no. Estoy bien. Estoy perfectamente. Son solo... Nervios. Sí, nervios por el musical.
—Oh... —Sam respiró aliviado al oírla decir aquello. Lo que menos quería en ese momento era importunarla si ella no quería ayudarle. Ya se sentía de por sí en deuda con ella para cuánto más molestarla con un regalo para su madre. Aún así, ella parecía estar encantada de ayudarle lo que definitivamente no le ayudaba en nada a él a quitársela de la cabeza—. No tienes porque tenerlos. Eres la mejor y lo sabes —quiso tranquilizarla o al menos intentarlo.
Mercedes no pudo evitar sonreír como una tonta al oírle. No por el hecho de que él le hubiese dicho que era lo mejor, incluso por encima de su protagonista y pareja del musical, Rachel Berry, sino porque al hacerlo, Sam había acariciado su hombro con cariño, haciendo que aquellas mariposas que ella desearía haber matado mil veces, revoloteasen incluso más fuertes.
—Gracias... ¿Cómo van vuestros ensayos por cierto? —Preguntó, no pudiendo evitar sentir celos del hecho de que una vez más, Rachel Berry hubiese podido ganarle disfrutando de los besos de Sam Evans. Era en una obra musical y no en la vida real, sí, pero eso a su cuerpo no le importaba. Al menos no para soñar con él todas las noches y probar aquellos labios que ella misma había rechazado la última vez.
Idiota. Idiota. ¡Idiota!
—Van... —Rió Sam, observándola desenvolverse en la cocina. Lo cierto era que él debía ser quién estuviese haciéndolo, pero ella no parecía recordarlo en absoluto—. Blaine debía haberme sustituido a mí y no a Finn.
—Kurt definitivamente no piensa lo mismo —respondió ella, divertida, recordando cómo Finn había decidido renunciar a su papel en la obra y el señor Schue había tenido que buscar como reemplazo a su sobrino Blaine, un estudiante de internado que vivía en el pueblo de al lado. Pronto, el chico se había hecho con el papel, y además, había conseguido que Kurt Hummel se enamorase perdidamente de él en el proceso.
—Seguro que no —Sam dejó salir otra de sus risas, viendo cómo ella dejaba lo que estaba haciendo y le miraba por fin —. Así que... ¿Vas a dejar que haga algo de la tarta o simplemente voy a mirar cómo lo haces?
—Oh... Sí, claro. Por supuesto.
Qué vergüenza.
Él definitivamente sí le había pedido que ella le ayudase pero Mercedes había intentado que él no se lo recordase. Haber aceptado aquella petición había sido fácil, llevarla a cabo mientras le veía cocinar y ensuciarse sus manos no lo era tanto. Sobre todo cuando aquella suciedad no era más que harina y chocolate que le hacían aún más sexy de lo que ya era.
Oh, por Dios...
—Entonces, ¿bato yo los huevos?
—¿Eh? —Preguntó distraída.
—Estabas batiendo los huevos, ¿Quieres que yo lo haga por ti o prefieres que haga otra cosa? —Se ofreció, gentil, sin saber lo que aquellas palabras causarían en ella.
—Por mí... —susurró Mercedes, con las manos de él sobre las suyas mientras trataba de quitarle el recipiente. Ella había empezado a hacer presión a la vez, intentando deshacerse de su agarre. Lo que había resultado en unos huevos sin batir, completamente regados por la mesa.
—Oh, Dios mío. ¿No puedes estarte quieto? ¡Ahora tendré que volver a empezar!
—Fuiste tú —La acusó él sin contemplación—. Y espero que esta vez sea yo quién lo haga.
—No si vas a derramar cada mezcla.
—Otra vez. Tú lo hiciste, no yo. Solo tenías que dejarme hacerlo. Yo también sé —protestó, cansado.
—Si tanto sabes hacerlo, ¿por qué me pediste que te ayudase?
—Que me ayudases. Esa es la palabra. No hacerlo todo tú sola. De verdad quiero aprender, Mercedes —dijo, sincero—. Siento esto —señaló, mientras se apresuraba a limpiarlo—. Prometo no causar más desastres.
—No, yo lo siento —dijo ella, culpable—. Iremos poco a poco esta vez, ¿está bien?
—Me parece perfecto —sonrió él, buscando más huevos en la nevera.
Una hora después, la tarta estaba ya casi lista para salir del horno, y ellos todavía tenían un arduo trabajo por delante.
—Esto sí que es un desastre —rió Mercedes, viendo cómo había terminado la cocina.
—Yo lo limpiaré. Puedes ir a cambiarte si quieres, luego te ayudaré con lo demás.
—¿Qué? No. Esto no lo hiciste tú solo —dijo, decidida.
—Oh, vamos. Admite que agradeces que te libere de la carga.
—No admito nada, y no me estás liberando porque tú no tienes ese poder.
—¿No? —Sam arqueó una ceja, divertido.
—No —rió ella, sabiendo lo que vendría a continuación.
—Pero yo la libero, soldado Jones. Usted tiene permitido abandonar la base —pronunció Sam, con voz grave.
Mercedes ni siquiera sabía a quién estaba imitando en ese momento, pero ello no hizo que sus risas se detuviesen. Adoraba sus imitaciones.
—¿Está usted rehusándose a cumplir mis órdenes, soldado?
—Sí, sí. Definitivamente, sí —rió aún más fuerte, caminando hacia atrás a la vez que agarraba con su mano un poco de harina en caso de que las cosas se pusiesen realmente mal.
—Respuesta incorrecta —dijo él, empezando a correr detrás de ella, solo para verla detenerse, y arrojar la harina de sus manos hacia su pecho—. Oh, no... No acabas de hacer eso.
—De hecho, sí. Lo acabo de hacer —dijo, burlona, soltando una de sus risitas. Oh, no... Ella no sabía lo que aquellas risas provocaban en él.
Ambos habían vuelto a moverse alrededor de la mesa, corriendo en círculos como dos niños pequeños, convirtiendo aquel desastre de la mesa en uno incluso mayor.
—Pida clemencia, soldado Jones —dijo Sam, sosteniendo en su mano derecha una cucharada de chocolate del que les había sobrado.
—¿Te detendrás si lo hago?
—Podría ser —Respondió él, avanzando ligeramente hacia su lado de la mesa.
—Entonces puede que me rinda —contestó ella, esperando que él se acercase hasta quedar en frente—. ¡Pero no antes de hacer esto! —Chilló, tiñéndole el rostro de chocolate a la vez que intentaba correr alejándose de él.
—¡No tan rápido, traidora! —Él había conseguido atraparla entre sus brazos y ahora limpiaba su cara, pintando la de ella con su mismo chocolate. Ambos estaban hechos un asco y sin embargo, él no podía dejar de verla preciosa.
Hermosa.
La más deliciosa tarta que nunca antes había probado.
—Déjame ir...
—¿Vas a volver a ensuciarme? —Preguntó, con sus brazos cerrando su cintura impidiéndole liberarse de él.
—No.
—No te creo. Eso dijiste la última vez.
—Pero ahora estoy diciendo la verdad. Lo prometo —Respondió, sintiendo que si no la soltaba pronto, ellos acabarían metiéndose en serios problemas—. Sam...
—Mercedes... —Susurró él su nombre también, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a temblar entre sus brazos. ¿Tenía frío? ¿Era eso? ¿O aquello era su reacción a lo que podía llegar a provocar en ella?
Dios Santo, él realmente quería besarla una vez más. Incluso con su rostro lleno de chocolate y harina, él no hacía más que desear cubrirle de besos. Volver a probar aquellos labios que una vez había reclamado con furia para él.
Estaba tan cerca de ellos... Apenas centímetros. Solo necesitaba robárselos. Solo tenía que secuestrarlos en un beso. Uno que le abriese los ojos y le hiciese ver que él no era como ella había creído en un principio. Que aquel beso que él le había dado podía ser reemplazado por uno dulce. Uno como el que él había querido darle aquella mañana en la enfermería, y ella había terminado por rechazar. Esa vez no se lo permitiría. Esa no vez no lo haría, porque Sam Evans no iba a pedírselo, iba a robárselo.
Bip. Bip. Bip.
No...
—La tarta —dijo ella, abriendo los ojos y girando su cabeza fijando su vista en el horno.
No... Aun no...
Pensó él, odiando aquella tarta y aquel reloj que había decidido sonar en aquel preciso momento.
—Es la hora. Hay que sacarla —le dijo, deslizándose de entre sus brazos, dejando un vacío en él—. Y esconderla antes de que vuelvan. ¿Sam? ¿Me estás oyendo?
—Sí... ¡Sí! —No... En realidad no. No cuando por segunda vez él había sentido cómo le arrebataban la oportunidad de probar sus labios dulces.
—Date prisa. Voy a ayudarte a limpiar y vas a dejarme porque apenas queda tiempo, ¿está bien?
—Está bien —repitió él, rindiéndose ante sus palabras. Quizás eso era lo que debía hacer. Rendirse por completo. Dos veces había sucedido algo que los había detenido Y eso sin duda, eran señales. ¿No es cierto? Señales de que no debía ni siquiera pensar en ella. Señales de que estaba haciendo mal, tratando de besar a la hija de la familia que le había ayudado tanto. ¡Y en su propia cocina! Justo después de hacerle una tarta de cumpleaños a su madre.
Sam Evans, eres el peor...
Sus pensamientos murieron a la vez que el chico oía cómo el timbre de la puerta principal sonaba poniendo sus corazones a mil por hora.
—¿Ya están aquí? —Preguntó, sin saber qué hacer, ni hacia dónde correr. La cocina continuaba hecha un desastre pero lo peor era el hecho de que la fiesta sorpresa estaba muy lejos de estar lista.
—Ellos tienen llaves. Debe ser Quinn. Dijo que vendría a ayudarnos, ¿puedes ir a abrirle? —La oyó susurrar, sin comprender porqué lo hacía.
—Voy —respondió él, alejándose de la cocina.
Momento en el que Mercedes Jones aprovechó para apoyarse en la pared y suspirar profundamente, tratando de calmar aquel corazón que seguía latiendo fuertemente queriendo salírsele del pecho.
Él había intentado besarla. ¡Una vez más! Sam había intentado hacerlo y ella mentiría si no dijese que esa vez ella sí le hubiese dejado hacerlo.
Estaba perdida, ¿verdad? Completamente loca por él. Y eso estaba mal, realmente mal. Porque lo único que él quería era remediar aquel primer beso que ellos se habían dado. Solo eso. Él se lo había dicho y el chico parecía no haber cambiado de opinión a pesar del tiempo que había pasado. Pero su corazón no lo entendía, éste seguía queriendo que él la besase, aún sabiendo que aquello le destruiría y lo partiría en mil pedazos.
—¿Qué ha pasado aquí? —Preguntó Quinn, entrando en la cocina, seguida de Sam—. ¿Habéis hecho una tarta o la habéis matado? —Rió, viendo el desastre que tenía enfrente.
—¡La tarta! —Gritó Mercedes en ese momento, abriendo el horno con sus manos desnudas y quemándose en el intento.
—¡Mercedes! —Chillaron los dos chicos a la vez, corriendo hacia ella y separándola del horno. Ella no había hecho más que poner las yemas de sus dedos sobre la fuente pero eso había sido suficiente para despertarla de la burbuja en la que se encontraba.
—No ha sido nada. Hay que sacarla o se quemará —dijo, levantando los dedos en alto.
—Déjame verla —le pidió Sam, buscando su mano para examinarla.
—La tarta, Sam —dijo ella, en un susurro.
No quería que él la acariciase con sus manos. No quería que él se preocupase por ella. No delante de Quinn. No después de haber actuado como una idiota sin ni siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—Shhh... —La silenció, dejando de mirarla por un segundo—. Quinn, ¿podrías sacarla? Los guantes están en el primer cajón.
—Claro que sí —respondió la chica, haciéndolo con cuidado, mientras prestaba atención a lo que ambos hablaban.
—¿Te duelen? —Preguntó él, preocupado, observando sus dedos y acariciando su mano con cariño—. ¿Por qué hiciste eso, Merce?
—Fue un fallo tonto, apenas la toqué —le hizo saber, sintiendo la mirada profunda de aquellos hermosos ojos verdes—. Estoy bien.
—No lo estás. Deberías ir a echarte una pomada en ellos. Sam y yo limpiaremos todo esto y luego si estás mejor puedes ayudarnos con la decoración —propuso Quinn, haciendo que ambos volteasen a verla.
—Yo lo haré. Yo limpiaré todo esto —dijo él, dejando su mano libre por fin y separándose ligeramente de ella cómo si él también hubiese salido de repente de su burbuja—. ¿Puedes ir tú con ella y ayudarla a hacer la cura?
—Por supuesto. No nos llevará mucho tiempo —le informó, colocándose al lado de Mercedes y conduciéndola hacia la salida.
—Tomaos el que necesitéis —le oyó decir Quinn, acompañado de un profundo suspiro, antes de abandonar la cocina.
Bravo, Mercedes. Acabas de quedar como una idiota frente a tus mejores amigos.
Se reprendió a sí misma. A la vez que se recordaba que eso era lo que ambos eran y en lo que él se había terminado convirtiendo a pesar de su deseo de poder ser mucho más que eso.
Ella y Quinn habían terminado sentadas en el baño, con el botiquín de primeros auxilios a su lado.
—¿Cuándo vas a decirle que te gusta? —Soltó Quinn de repente, haciendo que los ojos de su amiga se abriesen como platos.
—No sé de qué me hablas.
—No intentes engañarme porque te conozco mejor de lo que tú crees. Te he estado observando estas semanas, Mercedes. Me asombra que nadie se haya dado cuenta antes que yo.
—¿De qué?
—De que te gusta.
—¿Quién? —Preguntó ella, queriendo ganar un tiempo que de sobra sabía no le serviría de nada.
—¡Sam! —Chillo, más de lo que hubiese querido, recibiendo como respuesta un fuerte golpe en su hombro—. ¡Au! ¿Estás loca?
—¡Tú lo estás! Baja la voz. Pensará que le estamos llamando —susurró.
—Y vendría corriendo en tan solo un segundo —rió Quinn, negando con la cabeza.
— Porque es una buena persona.
—No. Porque le gustas, Mercedes Jones —le dejó claro, cerrando el tubo de pomada y guardándolo en el botiquín de nuevo.
—Yo no le gusto.
—Entonces, ¿cómo explicas lo que pasó en la cocina hace unos minutos? —Preguntó Quinn, retándola a que inventase una buena excusa.
—Estaba preocupado. Como tú lo estabas.
—Sí, sin duda. La única diferencia es que yo no acaricié tu mano mientras te curaba. Ni te comí con los ojos mientras te hablaba.
—Eso no sucedió.
—Sí sucedió.
—No, no lo entiendes. Yo fui quién le comía con los ojos, no él —se descubrió diciendo.
—Así que admites que te gusta —rió Quinn, entusiasmada.
—Sí... No. Oh, Quinn... —La chica no pudo evitar agachar la cabeza sabiendo lo que vendría.
—¿Qué sucede, Mercy? —Preguntó su amiga, cambiando su semblante a uno triste. Aquello parecía mucho peor de lo que Quinn se había imaginado.
—Casi nos besamos, Quinn. Antes de que tú llegases casi nos besamos. Otra vez.
—¿Otra vez? ¿Qué quieres decir con otra vez? ¿Cuántas fueron, Mercedes?
—Dos... Tres, si contamos cuando de verdad lo consiguió.
—¿Cómo? ¿Cuándo? —Preguntó, anonadada.
—La primera semana —tragó con dificultad.
—¡¿La primera semana?! Dios mío, Mercy. ¿Lo has estado guardando todo este tiempo? ¿Por qué no me lo dijiste?
—Me daba vergüenza, Quinn —sus ojos habían empezado a aguarse, y la chica hizo lo posible por mantener aquellas lágrimas impidiendo que saliesen y la hiciesen parecer aun más estúpida.
—¿Por qué? —Quiso saber, estirando su brazo para secar una de ellas.
—¿Por qué? Porque me gusta de verdad, Quinn. Me gusta mi compañero de casa. El chico que vive bajo el mismo techo que mis padres. Sueño con él. Sueño que me besa todo el tiempo —se lamentó.
—¿Y eso está mal?
—¡Lo está! Lo está cuando no quiero que me rompa el corazón. Lo está porque se que terminaré ilusionándome y sufriendo una vez más como pasó con Kurt.
—Mercy, Sam no es gay —quiso tranquilizarla..
—Quinn, ya sabes a lo que me refiero.
—No, en realidad no. Explícate.
—Él juró que no volvería a besarme. Solo quiere hacerlo porque quiere remediar sus propias acciones —dijo, impotente. No sabía cómo hacerle ver cómo se sentía.
—Estoy aún más perdida que nunca, Mercy.
—Me besó a la fuerza, Quinn. Mi primer beso fue en una pelea donde ninguno de nosotros podía callarse. Él lo supo y ahora... Ahora quiere borrar ese recuerdo en mí.
—Y si eso es lo que quieres, con lo que sueñas... ¿Por qué no dejas que él lo haga?
—Porque no creo que pudiese superarlo. Sería peor el remedio que la enfermedad —dijo, sonriendo levemente por aquel pequeño juego de palabras, sintiendo en sus labios lágrimas saladas que no había podido contener—. No creo que pueda besarle una vez más sin decirle lo que siento.
—Pues hazlo. Díselo. Tan fácil como eso.
—Ojalá lo fuera.
—Mercy, a él le gustas de verdad. Puedo verlo —dijo, sosteniendo con cariño su mano.
—Solo se preocupa por mí. Nos hemos hecho muy amigos, Quinn.
—Un amigo no le pediría un ensayo a Rachel Berry un lunes a primera hora de la mañana para impedirle llegar a la oficina del Señor Schue y así conseguir regalarte la semana de Whitney en el Glee Club. Un amigo no recibiría un granizado en el pasillo, colocándose enfrente de ti y protegiéndote cuando era a ti a quién iba dirigido. Le gustas, Mercy. Créeme. Lo sé.
—Tengo miedo. Por primera vez en mucho tiempo, de verdad tengo miedo de abrir mi corazón para que me lo rompan.
—Eso no pasará. No esta vez —le aseguró, secándole las lágrimas que había derramado— Hablarás con él, ¿okay? —Le pidió, recibiendo un asentimiento por parte de su amiga—. ¿Sabes lo que me hizo descubrir que estaba en lo cierto? —Rió Quinn, notando los curiosos ojos de su amiga en ella.
—¿Qué? —Ahora era Mercedes quién se secaba las lágrimas con un pañuelo, borrando cualquier rastro que éstas hubiesen dejado.
—El desastre de cocina que quedó después de haber hecho la tarta.
—Oh... —Mercedes no estaba segura de haber entendido aquello que la chica trataba de decir.
—Me recordó tanto a nosotros... A Noah y a mí —dijo, no pudiendo evitar que su mente volase a aquel momento en el que eran ellos los que trataban de cocinar fracasando en el intento—. Tú puedes tener eso, Mercedes. Vosotros también podéis tener eso.
¿Podían? ¿De verdad podían? Mercedes no sabía si debía hacerle caso o no. Si Quinn llevaba razón aquella revelación le haría la chica más feliz del mundo, pero si se equivocaba... Si lo hacía, ella no quería vivir el resultado. No otra vez.
—Debería ir a cambiarme antes de que lleguen los invitados —le hizo saber, dejando el botiquín en el armario y caminando hacia la puerta.
—Y yo debería bajar y ayudarle a tu Romeo.
—No tiene gracia, Quinn.
—No la tiene, lo siento —se disculpó de corazón, haciendo cómo que cerraba su boca con llave y la lanzaba lejos.
—Te veré abajo en unos minutos —dijo, desapareciendo ya en el interior de su habitación, en cierto modo aliviada por haberle confesado la verdad a su mejor amiga.
Había necesitado tanto hacerlo... Se estaba volviendo loca y el compartirlo con alguien había podido aliviar parte de la carga que aquel secreto causaba en su interior.
Una carga que solo desaparecería por completo cuando se lo contase a él. A su Romeo, como Quinn le había llamado. Mercedes solo esperaba que cuando ese momento llegase y ella se decidiese a hacerlo, su historia no terminase tan mal como lo había hecho la trágica historia de amor de Julieta y su Romeo.
Entonces, le vio. Y todo se desvaneció delante de ella, excepto aquellos dos ojos que la miraban ahora defraudados y tristes, mientras uno de los vídeos en el que se le veía bailando desnudo se reproducía delante de él en su ordenador portátil.
Sam había descubierto los correos.
Él...
—Sam, puedo explicártelo —su voz tembló con miedo, sintiendo cómo su corazón le había perdido incluso antes de haberle tenido.
—La cuestión, Mercedes Jones, es que yo no quiero oírlo —respondió fríamente, caminando a su lado y dejándola atrás.
Continuará...
Oh oh... ¿Y ahora? ¿Qué pasará ahora? ¿Os animáis a adivinarlo en un review? Contadme que os ha parecido ;)
Agradecimientos:
A FeerRileyStreet (¡gracias por el review, bonita! Y siento que haya tardado tanto en actualizar. Ojalá no me mates por este capítulo... Creo recordar que ya viste mis fotos en el Carrusel, fue increíble estar allí dónde ellos estuvieron. Una experiencia que jamás podré olvidar :3 ¡Un besito!); a Marceline (jaja mis Sam nunca saben explicarse. No cuando tienen a Mercedes delante. Son unos desastres xD Ojalá te guste este nuevo capi, mil gracias por tu review *-* Un besito!); a HearthyRoss (Pues al final sí terminaron juntos. Al menos eso fue lo que quisieron dar a entender con las pocas líneas de guión que les dieron. Eso y el abrazo del video de Harry en "I lived" y el guión original que decía que Mercedes cenaba con él y le decía que estaba lista, son claras indicaciones de que fueron felices para siempre. Pero ya conoces a RIB, lo importante es lo importante. Francamente, yo estoy feliz con el final. Incluso me bastaba con la frase de que ellos seguían mandándose mensajes cinco años después, y él no podía ir en serio con ninguna chica porque en parte siempre la estuvo esperando a ella. Son el uno para el otro y todo el mundo lo sabe por fin. ¿Y lo mejor de todo? Que la serie ya se acabó y los personajes ya no sufrirán tramas estúpidas y sin sentido nunca más. Siento el párrafo que te he soltado, pero tenía que decirlo por aquí también. Siento también el no haber podido actualizar antes. Ojalá este capítulo esté a la altura. ¡Mil gracias por tus reviews! Un abrazo fuerte ^.^).
Gracias también a los que me comentáis por twitter y tumblr. Gracias por estar ahí.
Besos y abrazos
Syl
