¡Hola a todos!

Antes de nada, dejad que me disculpe por haberos hecho esperar tanto por una actualización. Hace mil que debería haber terminado este fic y sin embargo, aquí estoy todavía, dos años y medio después.

Nunca sé qué decir en estas notas de autor así que simplemente, doy las gracias a todos aquellos que me habéis hecho inmensamente feliz estos años con vuestros reviews, tweets y mensajes de apoyo. Me alegra muchísimo saber que esta historia consiguió ganarse un hueco en vuestros corazones y que a pesar del tiempo, aún seguís ahí, queriendo ver si algún día estos dos tercos podrán reconocer finalmente lo que sienten el uno por el otro. Lo cierto es que realmente le quedan pocos capítulos a la historia, así que más les valdría irse dando prisa...

Como siempre, los pensamientos de los personajes están escritos en letra cursiva.


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 18: "Feliz cumpleaños, Mamá"

—La cuestión, Mercedes Jones, es que yo no quiero oírlo.

Había dicho él fríamente, caminando a su lado sin ni siquiera mirarla y dejándola atrás. Ella acababa de romperle el corazón y ni siquiera lo sabía.

Decirle aquellas palabras había sido demasiado para él, pero el dolor de haber visto aquellos vídeos había resultado más grande y su orgullo había aflorado, creando una barrera entre los dos. Hacía tan solo media hora que ella se había quemado sus suaves manos, haciendo que él corriese hacia ella, preocupado, comprobando sus heridas con cuidado y cariño; y ahora, era él quién se alejaba, abriendo la puerta y dando un paso, sintiendo cómo aquella suave mano, ahora vendada, le detenía.

—Sam, no te vayas —su voz sonó suplicante.

Sam intentó no mirarla, seguir adelante y cruzar aquella puerta que le separaría para siempre de ella, pero no pudo hacerlo. No cuando su voz era quién le detenía. Su voz y aquellos ojos tristes que ahora le miraban, mientras un par de lágrimas rodaban por su mejilla. Ella estaba llorando y Sam luchó contra sí mismo para no darse la vuelta y resguardarla entre sus brazos. Le había hecho daño y sin embargo, su corazón seguía queriendo cuidarla y protegerla, abrazarla hasta que aquellas lágrimas cesasen por completo y una nueva sonrisa, una dedicada a él, volviese a aparecer en sus labios.

—Por favor —Mercedes lo intentó una vez más, acariciando la mano de él y consiguiendo separarla del pomo de su puerta—. Sé que debí habértelo dicho. Sé que hice mal. Pero déjame explicártelo. Déjame hacerlo, por favor.

—Mercedes —él quiso hablar, quizá para negarse o finalmente rendirse, pero Mercedes no llegó a saberlo, pues nuevamente volvió a hablar.

—Por favor, solo escúchame. Luego podrás irte, te lo prometo —le aseguró, mirándole con ojos esperanzados. Solo necesitaba unos minutos, luego, ella sabía que el chico se iría. Le había perdido.

Había perdido un amigo, un compañero. Un amor.

Mercedes sintió una nueva lágrima recorrer su mejilla, limpiándosela rápidamente y girando sobre sus pasos para dirigirse a su mesa de estudio. Allí, el vídeo que él había visto todavía seguía reproduciéndose, deteniéndolo en cuestión de segundos y girando la pantalla hacia él, deseando de verdad que él le diese la oportunidad de explicarse.

—No sé quién los envía —empezó diciendo, notando cómo él lentamente se aproximaba a ella—. Ni cómo pudo conseguirlos.

—¿Desde cuando los recibes? —Preguntó Sam, temiendo oír su respuesta.

Mercedes dio un profundo suspiro antes de responderle con sinceridad. No le mentiría ni ocultaría nada que él quisiese saber.

—Recuerdo que el primero lo recibí a los pocos días de tu llegada. La primera semana, un día después de la novatada —contestó Mercedes, no pudiendo evitar sonrojarse al recordar aquello. Aun después de haber visto aquellos vídeos mil veces, y a pesar de que el protagonista de ellos estaba allí parado delante de ella, la chica todavía seguía poniéndose nerviosa cada vez que se acordaba de aquel día en los vestuarios del equipo de football. Aquel primer día que había visto a un chico desnudo.

Intentando disimular su nerviosismo, la chica siguió hablando, explicándole cómo y cuando los había ido recibiendo uno a uno después de ese día, sintiendo su mirada fija en ella.

—¿Quién más lo sabe? —Fue su siguiente pregunta, sin apartar sus ojos de los de ella—. ¿Quinn? ¿Tus padres?

—No. ¡No! —Mercedes elevó su voz, sobresaltando por un segundo a Sam—. Nadie lo sabe. No se lo he dicho a nadie. No- No pensaba decírselo a nadie.

—¿Ni siquiera a mí? —Espetó él.

—No, Sam. Ni siquiera a ti —dijo ella con sinceridad. No, no le mentiría. Se había cansado de mentirle, de esconderle cosas que él debería saber. Ella jamás se lo hubiese dicho. De no haber descubierto aquellos vídeos, ella jamás le hubiese confesado que sabía uno de sus mayores secretos.

—¿Por qué? —Preguntó él, más confuso que dolido. Quería respuestas, y no conseguía entender cómo ella había podido jugar con su confianza y esconderle algo así. Algo tan profundo, su mayor secreto. Su razón para querer volver a empezar, lejos de su casa y de su familia.

—Porque quería que tú lo hicieses. Quería que tú decidieses si querías contármelo y cuando hacerlo. Quería que tú fueses quién se abriese. Sam... —Mercedes respiró profundamente una vez más, antes de continuar—. Yo nunca se lo habría dicho a nadie. Ni a mis padres, ni a Quinn o Kurt. Eso es algo que solo puedes hacer tú. Es tu secreto, Sam. Y aunque nunca te hubieses decidido a contármelo, yo lo habría entendido.

—Mercedes —el chico nuevamente intentó hablar, pero ella no estaba decidida a guardar silencio.

—Siento haberte hecho daño. De verdad lo siento —pudo decir, antes de sentir cómo el chico la atraía hacia sí y la abrazaba con fuerza, escondiendo su rostro en su cuello, sintiendo en él las lágrimas que Sam había tratado de reprimir todo ese tiempo. Mercedes no pudo evitar que ella también derramase algunas, apretándose contra él mientras una sonrisa emocionada cubría sus labios. ¿Qué significaba el abrazo que estaban compartiendo? ¿Que él había decidido perdonarla? ¿Que no le había perdido? A su amigo. A su compañero.

¿Al chico que hacía que su corazón latiese como loco en su interior?

—Sam —susurró, acariciando su espalda con temblorosas manos.

Pero él no le respondió. Se limitó a seguir abrazándola, mientras su nariz olía su cuello y sus lágrimas mojaban su piel suave. Ella era lo más bonito que existía en su vida, y en aquel momento, con aquellos correos abiertos y una puerta cerrada dándoles privacidad, Sam por fin había podido darse cuenta de ello.

Ella no le hubiese dicho nada. De no haberse sincerado con ella, la chica nunca se lo hubiese echado en cara. Eso le había dicho, y con aquellas palabras, el corazón del chico había vuelto a latir descontrolado.

Ella sabía su secreto, y no le importaba.

No le importaba lo que hubiese hecho en el pasado, ni el hecho de que él nunca se lo hubiese revelado. Lo único que le importaba era él, ¿no es cierto?

Sam negó con la cabeza, separándose ligeramente de ella, para mirarla a los ojos y secar sus lágrimas con sus dedos.

—Siento mucho haberte hecho llorar —fueron sus únicas palabras, antes de acariciar sus mejillas y colocar uno de sus rizos detrás de su oreja izquierda.

—Creí que te había perdido —dijo ella de pronto, sin poder contener sus palabras. Su sinceridad hizo que el chico se sorprendiese durante unos segundos, para luego negar con la cabeza.

—Me alegro que no dejases que me fuese —respondió él, con una ligera sonrisa.

—No podía, Sam. Mi vida sería muy aburrida sin ti —dijo ella, haciendo que aquella sonrisa se hiciese más grande.

Ella lo había dicho. Aquellas palabras que él había querido oír horas antes y que ella le había asegurado que sólo habría podido oírlas en sus sueños. Ella las había dicho.

Mercedes no pudo evitar que una sonrisa se formase también en su rostro, mientras él buscaba sus manos para observarlas.

—¿Te duelen? —Preguntó, elevándolas un poco para ver el resultado de las curas.

La chica negó con la cabeza todavía sonriendo. Él había cambiado su expresión y ahora la miraba de nuevo con preocupación, quizá temiendo que ella le estuviese mintiendo.

—Te lo prometo, Sam. No me duelen —le aseguró, intentando deshacerse de sus manos, pero él se lo impidió, mirándola fijamente—. ¿Qué sucede?

—¿Podrías... Podrías darme otro abrazo de esos? —Preguntó, deseándolo con todas sus fuerzas.

—Hey... Tú fuiste quién me lo dio, ¿recuerdas? —Bromeó Mercedes, esperando que él se riese. Mas él no lo hizo, de verdad esperando por una respuesta—. Ven aquí —susurró, atrayéndole una vez más hacia ella y estirándose un poco para alcanzar su cuello.

Él estaba necesitando un abrazo y sin embargo, era ella quién sentía que su corazón se desbocaba al tenerle tan cerca. Al sentir su respiración en su cuello y sus manos en su cintura, apretándola contra él.

Ojalá pudiese quedarme siempre así.

Pensó, no queriendo soltarse, aún sabiendo que aquel abrazo siempre significaría más para ella que para él. Tenía que dejar de soñar, olvidarse de aquello que había hablado con Quinn minutos antes, y darse cuenta de que una amistad entre ellos era todo lo que un día podrían tener. Había estado a punto de perderle, y por nada del mundo haría algo que pusiese en peligro lo que ambos tenían. Algo como besarle, unir sus labios con los de él en un beso dulce. Aquello había quedado para siempre prohibido.

Mercedes no pudo evitar suspirar en el abrazo, sintiendo los labios de él rozar ligeramente su cuello.

Sam lo había hecho inconscientemente, sin apenas darse cuenta y ahora, el chico sentía cómo sus mejillas y sus orejas enrojecían sin poder evitarlo, separándose ligeramente y a la vez, no deseando hacerlo y queriendo permanecer en aquel lugar, con los brazos de ella rodeándole para siempre.

Hueles tan bien.

Habría querido decirle.

Pero no lo hizo, y el sonido de unos golpes en la puerta pronto lo devolvió a la realidad, separándose de ella del todo, antes de que ésta se abriese por completo.

—¿Mercedes? Tus padres están preguntando por ti y por... Oh, aquí estás, Sam —sonrió Quinn, ajena a la escena que había tenido lugar minutos antes.

—¿Puedes decirles que bajamos ahora? —Preguntó Mercedes, colocándose delante del portátil para que su mejor amiga no llegase a ver uno de los correos que aún permanecían abiertos. Sam no tardó en darse cuenta de lo que ésta había hecho, y le sonrió a Quinn, asintiendo con la cabeza.

—Claro —respondió ella, tomando el pomo de la puerta en su mano derecha y cerrándola con delicadeza detrás de ella. Mercedes había podido alcanzar a ver una sonrisa en el rostro de la rubia antes de que ésta se fuera. Si ella supiese lo que en realidad había sucedido allí...

—Eso... Eso era lo que venía a decirte —dijo de pronto Sam, haciendo que ella fijase su vista de nuevo en él—. Tus padres acababan de llegar y venía a avisarte cuando vi... —Sam vio cómo la chica asentía con la cabeza antes de seguir hablando—. Quiero contártelo —dijo después de un profundo suspiro.

—No tienes que hacerlo, Sam —le hizo saber ella.

—No tengo, pero quiero —dijo decidido, cerrando el portátil y tomando su mano para llevarla hacia la puerta—. Te lo contaré todo, no ahora. Ni quizás hoy. Pero lo haré. Quiero compartir este secreto contigo.

Ella no pudo hacer más que sonreír como respuesta, de verdad apreciando aquel gesto. Sam quería contárselo todo, quería darle la llave a su pasado. A sus recuerdos.

Él confiaba en ella, y Mercedes jamás haría nada que pusiese en peligro aquella amistad.

Antes de abrir la puerta y salir por fin de su habitación, ella le detuvo, formulándole unas últimas preguntas. Con el hallazgo de los correos, habían olvidado por completo lo realmente importante del asunto, que era sin duda, la procedencia de éstos.

—Sam, los correos... ¿Tienes alguna sospecha de quién podría estarlos enviando? —Preguntó, con esperanza de que él tuviese una idea de quién pudiese haberlo hecho.

—Podría ser cualquiera —respondió él, mordiéndose el labio inferior quizás haciendo un verdadero esfuerzo en descifrar la identidad de aquella persona—. No lo sé. Todos lo sabían allí.

Esa había sido su principal razón para marcharse lejos.

Irse, comenzar una nueva vida en la que nadie supiera de él y lo que había tenido que hacer para ayudar a sus padres. Marcharse lejos de su casa y de su familia, dándoles una nueva oportunidad a ellos y a él mismo.

Había terminado viviendo con los Jones, la mejor familia que pudiera haber encontrado. La familia que ese mismo día celebraría el cumpleaños de uno de sus miembros si ellos finalmente decidían dejar aquella habitación y bajar al salón.

—Olvídate de ellos por un rato, ¿sí? Hoy es el cumpleaños de tu madre —le pidió él, buscando una vez más su mano para bajar con ella—. Y nosotros tenemos una tarta que estoy deseando que pruebe —sonrió, empezando a caminar seguida de él. Sam había soltado su mano para que ella pudiese cerrar la puerta y ella ya la echaba de menos.

—Estará deliciosa, ya lo verás —le aseguró la chica, caminando a su lado. Él no había vuelto a agarrar su mano, pese al deseo que ella tenía de que él lo hiciese.

¿Por qué tendría que hacerlo? No eres nada suyo, Mercedes Jones.

Solo su amiga. Su compañera de casa. La chica que guardaba uno de sus secretos. La que le había ayudado a preparar una tarta de cumpleaños a su madre y con aquel gesto, habían terminado hasta arriba de harina y chocolate. ¡Los mismos que todavía ella llevaba en su camiseta!

Oh, Dios.

Pensó, deteniéndose en aquel pasillo y llamando con aquel gesto la atención de él.

—¿Qué sucede? —Preguntó, preocupado. De verdad creyendo que algo malo le había pasado.

—Estoy horrible —dijo, simplemente, no pudiendo evitar empezar a reír, mientras elevaba sus manos al aire y le pedía que la mirase. Había ido a su habitación con la intención de arreglar aquel desastre y en verdad, lejos de hacerlo, lo había empeorado aún más, derramando lágrimas y haciendo que unos ojos tristes acompañasen a aquellas ropas sucias y desaliñadas. ¿De verdad pensaba presentarse así en la fiesta de cumpleaños de su madre? Vale que ella no se hubiese dado cuenta de ello luego de aquella escena que ambos habían compartido, ¿pero él? Sam la tenía delante, ¿cómo no había podido ver que había estado a punto de aparecer delante de los invitados de sus padres con esas fachas?

Entonces, él negó con la cabeza, y lo que le dijo, la hizo recordar aquella mañana de sábado que ella había pasado con él. Montando en bici, charlando y dejando atrás aquellas peleas que no les llevaban nunca a nada bueno. Cuidándola cuando aquel imbécil había decidido saltarse un semáforo y ella, imprudente, se había caído de la bici haciéndose daño en piernas y manos. Él siempre estaba allí para ella, haciendo que sonriese aún entre lágrimas y aumentando los latidos de su alocado corazón.

—Estás preciosa —habían sido sus palabras, acompañadas de una sonrisa sincera. Lo estaba. Aun con manchas de chocolate en su camiseta y después de haberla hecho llorar, ella estaba preciosa. Claro que ella tenía razón y esa sin duda no era manera de presentarse a un cumpleaños—. Pero estoy seguro de que lo estarás aún más en unos minutos. ¿Me equivoco?

Ella rió, negando con la cabeza.

—¿Quieres que te espere? —Se ofreció, nervioso, recibiendo otra negación por su parte—. Entonces iré bajando y felicitando a tu madre.

—Yo bajaré en seguida —fue lo último que ella dijo, antes de verla desaparecer de nuevo dentro de su habitación.

Minutos después, Sam la veía bajar finalmente las escaleras. Él había tenido razón. Con un vestido de flores que dejaba al aire sus suaves brazos y una brillante sonrisa en su rostro, ella había conseguido que todos los presentes se girasen a verla.

—Feliz cumpleaños, Mamá —dijo en voz alta, abrazando a su madre con cariño ante la atenta mirada de todos.


Horas después, Sam salía ya de la cocina habiendo acabado por fin de recoger y limpiarlo todo. El señor Jones le había ayudado, argumentando que aquel había sido un día especial y las chicas no debían ser las que lo hiciesen, y ahora, el hombre permanecía de pie en el salón, delante de aquel sofá en el que ambas se habían quedado profundamente dormidas.

—Mis dos ángeles —le oyó decir, observándolas con cariño.

Sam no pudo más que sonreír, colocándose a su lado y contemplando aquella misma estampa.

—Me duele el tener que despertarlas —suspiró, negando con la cabeza—. Pero si no lo hago mañana querrán matarme por haberlas dejado dormir en este incómodo sillón.

El chico rió al oírle, totalmente seguro de que aquello sería lo que sucediese.

—No lo haga. Solo llévela —se sorprendió diciendo—. Yo despertaré a Mercedes.

—¿Te das cuenta de que con eso al que querrá matar será a ti? —Bromeó el señor Jones, inclinándose para descubrir a su mujer de entre las mantas que la cobijaban.

—No sería nada nuevo —pronunció, observando ya cómo el señor Jones tomaba a su mujer entre sus brazos y se alejaba unos pasos, parándose unos segundos en frente de las escaleras.

—Muchas gracias, Sam. No solo por la tarta ni por la intención, sino por lo feliz que hiciste hoy a mis chicas. Desde el mismo momento en el que pusiste un pie en esta casa supe que haría bien en confiar en ti. No hace falta una promesa para saber que nunca dejarás que nadie le haga daño.

Aquellas palabras habían tomado por sorpresa a Sam, dando gracias que el señor Jones las hubiera dicho de espaldas a él, pues de no haberlo hecho, Sam Evans no hubiese sabido cómo mirarle.

—Buenas noches, hijo —terminó diciendo, empezando a subir las escaleras mientras su mujer, todavía dormida, se acurrucaba en su cuello, rodeándoselo con sus manos.

—Buenas noches, Señor Jones —le deseó también él, observándoles desaparecer por aquel pasillo.

Dándose cuenta a la vez de que él jamás podría vivir aquello. No con quién deseaba al menos. La chica que todavía permanecía dormida en aquel sofá.

Eres preciosa.

Pensó, no pudiendo evitar el agacharse a su lado para observarla más de cerca.

Un mes atrás, Sam había hecho ese mismo gesto cuando la señora Jones le había pedido que le llevase a su hija un vaso de leche caliente, y sus pies, uno detrás de otro, habían terminado llevándole hasta su cama observándola dormir. En aquel momento, Sam no había podido entenderlo. No había podido comprender qué había sido lo que le había hecho dar aquellos pasos para verla. A ella. A la chica que le odiaba y le guardaba rencor por haberla visto desnuda. A la chica que no podía sacar de sus pensamientos, y de aquellos sueños que le atormentaban cada noche.

Ahora... Ahora él lo sabía. Sam por fin lo entendía.

Y es que Mercedes Jones, a pesar de haber luchado contra ello, había terminado metiéndosele en el corazón.

Con su sonrisa, con cada una de sus peleas, poco a poco, ella había conseguido hacerse un hueco en él, hasta el punto de no ser capaz de pensar en nada más que no fuesen sus ojos, sus labios, o aquellas manos que parecían ser un imán para las heridas.

Sam no pudo evitar elevar su mano derecha para acariciar su mejilla, colocando uno de sus mechones detrás de su oreja izquierda.

Si antes había creído imposible que algo entre ellos pudiese llegar a suceder algún día, después de aquellas palabras del señor Jones, Sam había terminado por resignarse completamente.

¿Cómo decirle que en realidad la persona en la que más confiaba en el mundo para proteger a su hija, era la persona en la que menos debería confiar? ¿Cómo decirle que él ya la había besado y que volver a hacerlo era en todo lo que el chico ya podía pensar?

Ella estaba prohibida para él. Esa era la única realidad.

Nunca podría tener un futuro junto a ella, ni aquello que los señores Jones se profesaban. Nunca podría tomarla de la mano y recorrer juntos los pasillos del instituto. Tendría que verla salir, divertirse con otros chicos mientras él trataba de seguir adelante, siendo su amigo, su compañero de casa, y protegiéndole de todos los imbéciles que tratasen de propasarse.

Sería como su hermano.

Sam suspiró, recordando cómo el mismo señor Jones le había llamado hijo minutos antes.

Quizás fuese lo mejor, pensó, acariciando una vez más su mejilla suave. Al término de aquel curso él se iría de nuevo junto con su familia, y lo más probable fuese que acabasen perdiendo el contacto y nunca más les volviese a ver.

¿A quién quería engañar pensando que una relación así podría tener futuro?

—Hey... —susurró de repente ella, haciéndole despertar de sus pensamientos. Su mano derecha aún se encontraba acariciando su mejilla, y la chica le saludó con una sonrisa, mientras trataba de desperezarse.

—Hey... —la saludó él también, moviendo su mano y dejando que ella por fin se levantase—. Te quedaste dormida.

—Eso parece —rió, reprimiendo un bostezo—. ¿Mis padres se han ido ya? —Quiso saber, colocando sus pequeños pies dentro de sus zapatillas.

—Hace unos minutos —le contó él, ofreciéndole la mano para que se levantase—. Y nosotros también deberíamos irnos, si mañana quiero permanecer despierto cuando nos deleites a todos con tu increíble voz.

—No mientas —le pegó suave en el brazo, soltando una risita—. Siempre estás dormido cuando me toca cantar.

—Error —dijo él, frotándose el brazo a modo de queja—. Me paso la misa dormido excepto cuando te toca cantar.

Mercedes no pudo hacer otra cosa que reír, tapándose la boca casi al segundo, intentando hacer el mínimo ruido posible.

—Anda, vamos. No quiero ser yo la causante de que el Señor te castigue por dormirte durante el sermón —le animó ella, empezando a caminar hacia las escaleras, seguida por él.

Estaban cansados, rendidos, después de aquel día tan agotador, e inconscientemente sus cuerpos se acercaron, haciendo que Sam rodease su cintura con su brazo para ayudarla a subir, tal y como él había hecho un mes atrás.

En aquel entonces, ella había intentado por todos los medios que él no la ayudase, pero él no se había rendido.

Jamás lo haría cuando se tratase de ella, ¿verdad?

Sonrió triste, notando cómo la chica de repente, detenía ya sus pasos enfrente de sus habitaciones.

—Buenas noches, Sam —la oyó decir él, viendo cómo ella se soltaba de su agarre y entraba ya en su habitación, con una cansada sonrisa en su rostro.

—Buenas noches, Merce —susurró él, en la soledad de aquel pasillo.


Dos días después, ambos se presentaban al último de los ensayos para el musical, sentándose lejos y a la vez, dedicándose miradas fugaces de complicidad.

Aquel secreto que ambos habían terminado por compartir, en lugar de distanciarles, les había unido definitivamente. Lejos habían quedado ya las peleas de los primeros días, o aquellas pequeñas burlas que solían dedicarse el uno al otro.

Una gran amistad les unía ahora. Una que ellos no romperían por nada del mundo, aunque aquellas miradas que se dedicaban les doliesen en el alma y cada roce o caricia que se descubrían compartiendo hiciesen que sus corazones se resquebrajasen un poco más con el paso de los días.

Repitiéndose a sí mismo una vez más la infinidad de razones por las que una relación entre ellos nunca podría suceder, el chico volvió su vista al frente, observando cómo Puck y Quinn se colocaban ya en el centro del aula para ensayar por última vez su canción en el musical.

"I want to know what love is."

Recordó, oyendo las primeras letras y deseando por una vez el poder hacer realidad sus deseos como rezaba aquella canción.

"I'm gonna take a little time, a little time to look around me

I've got nowhere left to hide, it looks like love has finally found me

In my life there's been heartache and pain

I don't know if I can face it again

Can't stop now, I've traveled so far, to change this lonely life

I want to know what love is, I want you to show me

I want to feel what love is, I know you can show me

Let's talk about love…"

Pero no podía. Sam nunca podría. Todo lo que le quedaba ahora era esperar. Esperar a que ese curso terminase por completo y él finalmente regresase a casa. Con su familia, con un pasado que quería olvidar.

Y lejos de ella.

Porque esa sería la única forma de que Sam Evans pudiese olvidarla. Poniendo miles de kilómetros entre los dos.


Ay, pobre Sammy, a este paso se nos marcha incluso antes de que se termine el año...

Hasta aquí el capítulo 18, chicos... Ya queda menos para el final. Animaos a contarme en un review qué os ha parecido... ¿Creéis que él podría marcharse antes de que acabe el año? ¿O decidirá finalmente sincerarse con Mercedes y contarle lo que en verdad siente? ¿Será ella quién lo haga primero? Muchas y más preguntas que espero pronto sean resueltas en los siguientes capítulos. Espero que os haya gustado el capítulo y mil gracias por leerlo.

No os olvidéis que se acerca el final...

Un besito

Syl

Agradecimientos:

Gracias a HearthyRoss (Si me llamabas cruel en el otro capítulo no quiero ni imaginarme qué me llamarás en este xD Me alegra muchísimo que te gustase. Ojalá que este te haya gustado también y no estés queriendo asesinarme lenta y dolorosamente xDD ¡Muchas gracias por el review! Besos y abrazos ^.^); aRosa Elena (bueno, puede que el Sam del que hablabas en tu review esté próximo a aparecer... O no, quién sabe xD Mi boca está sellada. Mil gracias por esas palabras de cariño, de verdad me hacéis inmensamente feliz sabiendo que mis Sam y Mercedes consiguieron robarse un pedacito de vosotros. Ojalá te haga gustado este capítulo. ¡Besitos yabrazos!); a Marce (Si te sirve de consuelo, yo también quería que se besaran cuando estaban en la cocina, pero no podía ser, ayns. Todavía no era el momento. Y sí, Sam se enfadó, aunque al parecer no le duró mucho. Algo tiene Mercedes que consigue que nuestro Sammy no permanezca enfadado por mucho rato. ¡Mil gracias por leerlo, Marce! Me alegra un montón que te haya gustado. Ojalá te guste este también y no me odies mucho xD ¡Besos y abrazos! :D); a Maru (jajaja ¡Sí! Me preguntaste dónde se habían quedado los vídeos, y BOOM, al final aparecieron como una bomba, distanciando a los Samcedes. Maru comiéndose reviews xD No pasa nada, si yo soy feliz con saber que os ha gustado y no queréis matarme. Aunque la mayoría de veces no sea así xD Muchas gracias por el review, Maru. ¡Un besote para ti también!); y a todos aquellos que me habéis dejado tweets pidiéndome una actualización. Espero no tardarme tanto la próxima vez.

Gracias por estar ahí.

Syl