¡Feliz 2016 a todos!

¿Cómo estáis? Deseo de todo corazón que todos vuestros deseos se cumplan en el nuevo año que empieza y que éste venga cargado de cosas buenas y mucho amor.

Siento de verdad no haber podido actualizar antes de que se acabase el año. Apenas tengo tiempo entre las clases, y las vacaciones de Navidad llegaron como un alivio, dándome un descanso por fin y permitiéndome actualizar y acabar los dos últimas fics que me faltan por cerrar.

Por que sí. Searching for a Heart y el Estudiante de Intercambio están próximas a su final.

El otro día publiqué el penúltimo capítulo de la versión en inglés de Buscando y hoy, seis de Enero, día de Reyes para todos aquellos que lo celebréis, estoy publicando el que de momento creo, será el penúltimo capítulo de Estudiante de Intercambio. Han sido muchos años, y muchos capítulos escribiendo esta historia de dos personajes que consiguieron ganarse vuestro cariño y el mío, pero como siempre, todo tiene su final, y el de estos dos enamorados está a punto de llegar.

Gracias de nuevo a todos aquellos que me habéis dejado reviews a lo largo de todos estos años, los que me habéis tuiteado o mandado mensajes. Gracias por todo vuestro apoyo, porque fue eso, lo que siempre me impulsó a escribir. Lo que hizo que siguiesen llegando a mi cabeza nuevas historias sobre estos dos personajes a los que siempre llevaré en el corazón. Nunca dejéis de decirle a vuestros autores lo que os gusta y lo que no. Apoyadles, hacedles saber lo importantes que son para el fandom. Comentad sus historias, animadles a escribir. El fandom nunca morirá mientras haya artistas y escritores que quieran continuar lo que otros no han podido o hayan querido.

Y ya me despido, diciéndoos que espero no tardarme demasiado en publicar el último capítulo (si no cambio de opinión), y que ojalá os guste el diecinueve (aunque el título ya sea bastante revelador).

Avisar que como siempre los pensamientos están escritos en cursiva y que el capítulo contiene saltos temporales, que espero se entiendan bien, pero de no ser el caso, no dudéis en preguntar.

Una vez más, gracias.


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 19:

"Porque Te Quiero"

No podía respirar. Sus pequeñas piernas le dolían, pero aún así, ella no podía dejar de correr. No podía dejar de buscarle. Asustada, preocupada por lo que él pudiese llegar a hacer.

¿Cómo había podido sucederle a él?

—Sam... —Su corazón le llamó asustado, mientras la oscuridad de aquellas gradas la invadía.

Le habían visto ir hacia allí. Le habían visto correr hacia aquellas gradas queriendo esconderse. Y ella no había tardado un segundo en correr detrás de él deseando detenerle, deseando ser tan grande como él y poder correr, alcanzarle antes de que su cuerpo desapareciese en una oscuridad absoluta.

—Sam, por favor, responde —Le había llamado una vez más, su cuerpo recorriendo a tientas aquel lugar, mientras una sensación de pánico la envolvía—. Sam...

No quería llorar más, no quería tiritar de frío. Pero tampoco podía luchar contra ello, no cuando encontrarle era lo único en lo que podía ya pensar.

— ¡Vete Mercedes! ¡Vuelve allí dentro! —Oyó finalmente, mientras su corazón se rompía, habiéndole encontrado y perdido a la vez. Le estaba diciendo que se marchase. La estaba alejando de él.

—No... —Salió de ella como un susurro, sus pies caminando hacia él con toda la seguridad que aquella total oscuridad podía brindarle.

— ¡Vete! —Gritó, asustándola durante un segundo, antes de retomar una vez más su camino hacia él.

— ¡No, no me iré! —Le hizo saber, finalmente consiguiendo llegar a dónde él estaba, arrodillándose a su lado sin perder un segundo. —No me iré... —Repitió, mientras sus manos buscaban a tientas las de él y alejaban la botella de alcohol que el chico sostenía con fuerza en una de ellas. Las que sintiéndose libres, se cerraban ya entorno a la chica en un abrazo necesitado—. Estoy aquí... —Dijo una vez más, mientras sus manos abrazaban su cuello y éste, sentía las lágrimas de él, mojándola y enfriándole la piel—. Estoy aquí...


Tres días antes...

Mercedes Jones observó por última vez el cartel del baile que su mejor amiga le había señalado, antes de cerrar por fin su taquilla y emprender su camino al exterior.

—No voy a ir, Quinn —habló, dirigiéndose a la animadora que ahora la miraba como si de pronto le hubiesen crecido dos cabezas al lado de la suya.

—Claro que vas a ir, ¿por qué no habrías de ir? —La reprendió, incrédula.

— ¿Porque nadie me ha invitado? ¿Te parece poca razón? —Mercedes sonrió, tratando de quitarle importancia al asunto.

—Oh, vamos Mercy. Las cosas han cambiado mucho. Ya no son los chicos los únicos que pueden hacer que las chicas vayamos al baile.

—Quedan tres días para el baile, Quinn. ¿Cómo pretendes que encuentre a alguien a tres días del baile? —Preguntó Mercedes, intentando hacerle ver que aquello era una misión imposible.

— ¡Tiene que haber alguien! Yo podría preguntarle a Puck y él podría preguntarle al equipo, o tú podrías preguntarle a Sam si conoce a... —La cheerio guardó silencio, antes de poder apenas acabar su frase—. Lo siento, Mercy... Sé que tú habrías preferido ir con él.

—Eso ya pasó, Quinn. Sam y yo solo somos amigos —dijo una vez más, a la vez que se detenía al lado del coche de su mejor amiga.

—Han pasado meses y todavía no lo entiendo, te lo juro —protestó la rubia, mientras cerraba su puerta y esperaba que Mercedes se subiese en él.

— ¿Qué es lo que no entiendes?

— ¡Cómo os queréis y no estáis juntos! —Exclamó, encendiendo con rabia el motor del coche.

—Él y yo solo... —Comenzó a decir de nuevo, siendo interrumpida por Quinn.

—Solo sois amigos, sí. Por Dios Santo, Mercedes, llevas diciendo eso meses.

—Porque es la verdad. Algo entre nosotros no tendría sentido, Quinn — Trató de hacerle entender, aun sabiendo que no lo conseguiría.

— ¿Cómo puedes saber que algo no tiene sentido sin haberlo intentado al menos? Tú le quieres y ni siquiera se lo has dicho. O es que de verdad estás esperando a que se vaya para decírselo —Su mejor amiga la miró, esperando de verdad una respuesta que nunca llegó—. Juro que sois los dos enamorados más tontos que conocí en toda mi vida— resopló—. ¿Te pensarás al menos lo del baile? Tienes que salir y divertirte, Mercy.

—Lo más probable es que mi padre ni siquiera me deje ir, Quinn —Mercedes se encogió de hombros, mientras se bajaba ya del coche.

—Si es así, dímelo, yo podría hablar con él y decirle que estaría cometiendo el mayor de los errores —se ofreció, gentil, haciéndola sonreír.

—Gracias, Quinn. Te mandaré algo esta noche, lo prometo —le dijo, despidiéndose con la mano y cerrando la puerta del coche, viendo cómo la chica bajaba la ventanilla de éste y le gritaba un "Tú, piénsatelo" antes de seguir su camino y alejarse calle abajo.

Quinn tenía razón. Le había dicho aquella frase por meses. No solo a su mejor amiga, sino también a ella misma. Repitiéndosela una y otra vez, mientras trataba inútilmente de quitárselo de la cabeza. De arrancárselo del corazón dónde el chico había decidido encerrarse hace meses.

Le quería. Estaba enamorada de él. Pero ella nunca podría decírselo.

Así lo había decidido meses atrás, aquel día en el que ella había creído perderle a causa de los videos que él había encontrado en su ordenador. En aquel entonces, ella había comprendido lo importante que su amistad significaba para él, y con un profundo dolor, sintiendo que entre ellos nunca existiría más que aquella amistad que les unía, Mercedes se había prometido a sí misma el no hacer jamás nada que la estropease. Nada que pudiese romper lo bonito que ambos tenían.

Había renunciado a demasiado, pero le seguía teniendo a él.

Como amigo, como compañero de casa. Como el chico que conseguía que su corazón latiese fuertemente en su pecho cada vez que él le sonreía.

Lejos había quedado ya el musical, las vacaciones de Navidad y La Pascua. Se encontraban ya en Mayo, y el pronto se marcharía de su vida para regresar con su familia.

Quizás nunca llegase a volverle a ver.

Quizás... Quizás eso fuese lo que ella necesitase para olvidarle.

—Hey... —Su voz se oyó dulce detrás de ella, y Mercedes no pudo evitar que su corazón sonriese al oírle, al mismo tiempo que sus labios lo hacían.

—Hey... —Le saludó ella también, cerrando la puerta principal y viendo cómo su padre se levantaba también del sofá, siguiendo a Sam hacia la cocina.

—Cariño, no me habías dicho que éste sábado había un baile —habló el señor Jones, notando cómo su hija ponía sus ojos en blanco al oírle.

—Papá. No es "un baile" es "el baile". Lo hacen todos los años. Tú también fuiste a él, y mamá —le recordó su hija, negando con la cabeza.

—Muy graciosa, Mercy. Me refería a que no sabía que era esta misma semana —aclaró.

—Tranquilo papá. Ningún chico me va a tocar ni a invitar a bailar, porque no voy a ir, así que no tienes de qué preocuparte —Le hizo saber, mientras agachaba su cabeza ya en el plato que su madre había colocado enfrente de ella segundos antes.

— ¡Oh, cariño! ¿Por qué no vas a ir? —Preguntó Patricia Jones, pasándole un plato a cada uno de los demás, tal y como había hecho con su hija.

—Eso. ¿Por qué no vas a ir? —Quiso saber su padre también, como si de verdad no estuviese loco de felicidad porque su hija fuese a quedarse en casa y mantenerse lejos de todos aquellos chicos con las hormonas revolucionadas como él siempre les llamaba.

Ahora todos la miraban, incluido Sam, esperando una respuesta que Mercedes retrasó cuánto pudo.

—Porque nadie me lo ha pedido —le dolió reconocer, agachando la cabeza y rehusando ver sus caras de lástima, haciéndose un silencio incómodo en la mesa que el señor Jones pronto se apresuró a romper.

—Oh, pequeña... Estoy seguro de que a Sam le encantará acompañarte, justo me estaba diciendo que él tampoco tiene pareja para el baile —resolvió Robert Jones con una sonrisa en su boca.

¿Con Sam? No... No.

Eso era aún peor que el hecho de que nadie la hubiese invitado. Era... triste, e injusto para él, y... ¡Por Dios, ¿cómo había podido ocurrírsele aquello a su padre?! ¡¿Estaba loco?!

—Papá... —Intentó hablar Mercedes.

— ¿Qué dices, Sam? ¿Te gustaría acompañar a mi hija al baile? —Los ojos del señor Jones se posaron en él, esperando una respuesta.

¡Dios mío, su padre le estaba coaccionando! Obligándole a ir con ella, sí o sí. Negándole la oportunidad de ir con alguien que él de verdad...

¿Qué, Mercedes?

Se preguntó a sí misma.

¿Alguien que de verdad quisiese?

¿Alguien que de verdad le gustase? No su compañera de casa o la amiga que ella era para él.

¿Por qué tenía que habérsele ocurrido aquella absurda idea a su padre? ¿Por qué? Ella no quería... No cuando la única razón sería el haberse sentido obligado a ello.

Di que no, por favor...

Pidió silenciosamente, revolviendo el contenido de su plato sin apenas probar bocado y esperando aquel no que nunca llegaría.

—Claro que sí, Señor Jones —había respondido él, haciendo que el corazón de Mercedes empezase a latir fuertemente—. Me encantaría —la chica pudo ver aquella sonrisa dulce que ahora le regalaba y ello hizo que su corazón se hundiese un poco más en su pecho.

Él había dicho que sí. Simplemente, porque así se lo habían pedido sus padres.

Iría con él. Pero todo sería una mentira. Una realidad que ella nunca viviría.

Como cada uno de los sueños que la inundaban cada noche. Aquellos que nunca se irían, no hasta que él desapareciese por siempre de su vida.

Sus padres habían continuado hablando después de su respuesta, pero ella apenas podía escucharles ya, su mirada triste fijada en Sam, viéndole comer, charlar con ellos como si no acabase de fastidiar su noche del sábado aceptando ir al baile con ella.

—Sí, tenemos poco tiempo. Pero todos podríamos ir mañana al centro comercial. Necesitaremos un traje para Sam y un bonito vestido para Mercy.

—También unos zapatos y quizás una corbata —apuntó el señor Jones, sin darse cuenta de que su hija se había levantado de la mesa y la abandonaba ahora.

—Tengo que llamar a Quinn —avisó, aún dudando de que alguno de ellos la escuchase por encima de aquella algarabía.

¡Parecían ilusionados! Mercedes no podía entenderlo.

Cuando hacía tan solo unos minutos, ella le había dicho a Quinn que pensaba que su padre no le dejaría asistir al baile, Mercedes no le había mentido.

¡Así lo había creído!

Pero al parecer se había equivocado completamente. Su padre estaba feliz. ¡Sonreía! Mientras ella trataba de entender cómo era posible que él le dejase salir cuando nunca antes...

Oh no, papá.

Sus pies se detuvieron en medio del pasillo, al tiempo que la verdadera razón por la que su padre lo había hecho, llegaba por fin a su cabeza.

¿Él era el único en el que confiaba no es cierto? Sam era el único chico que su padre aceptaría como su acompañante al baile. El chico que no la tocaría como todos aquellos adolescentes hormonales que solo tenían una cosa en mente. El único que la trataría como lo que en realidad era, su compañera de casa. Su amiga...

Y él había aceptado. Lo había hecho porque se sentía en deuda con ellos. Lo habría aceptado mil veces porque él era un buen chico. El mejor que Mercedes había conocido y el que ella amaba con todo su corazón.

—Hey... —Su voz la devolvió a la realidad una vez más, recordándole que todavía seguía parada en medio de aquel pasillo.

—Hey... —respondió ella una vez más, girándose hasta detenerse enfrente. —No tenías porqué hacerlo. Aún puedes—

Sus palabras murieron, observando cómo él negaba con la cabeza, sonriendo con la misma dulzura con la que lo había hecho segundos atrás en la mesa.

—No tenía, pero quiero —le hizo saber, convirtiendo aquella bonita sonrisa en una mueca de preocupación —. A menos que no quieras. Quizá tuvieses alguien en mente y—

—No... ¡No! —Casi chilló, Mercedes—. No tenía a nadie en... mente.

—Bien —dijo él, sonriéndole una vez más.

—Bien —añadió también ella.

¿Cómo decirle que no? ¿Cómo negarse a aquellos ojos y a su sonrisa? Ella jamás podría.

Jamás lograría decirle que no. A pesar del daño que podía causarle, a pesar de la desilusión de saber que él no lo habría hecho de no haber sido obligado, Mercedes jamás podría decirle que no.

—Yo... Te dejo que hables con Quinn —pudo oírle decir, antes de verle girarse y desaparecer camino de la cocina.

¿Él la había oído? En medio de aquella algarabía que sus padres habían montado, ¿él había conseguido oírla?

—Cállate, estúpido corazón. —susurró para sí, a la vez que se daba la vuelta por fin y subía corriendo las escaleras buscando un poco de privacidad.

¿Estás en casa?

Tecleó rápidamente con su teléfono móvil.

Sí.

No tardó en responder Quinn, contestándole Mercedes nuevamente y sentándose enfrente de su ordenador.

¿Puedes entrar a Skype?

Sí, dame solo un segundo.

Había sido su respuesta, mientras Mercedes encendía el ordenador y abría el programa, esperando que ella se conectase para teclear en la pantalla.

¿Puedo llamarte?

Yo lo haré.

Respondió rápido Quinn, apareciendo en su pantalla casi al segundo.

—Mercy, ¿qué sucede? ¿Te encuentras bien? —La chica miró la pequeña pantalla como si en ella fuese a encontrar una posible señal de lo que pudiese estar pasando, pero lo único que pudo ver fueron los ojos tristes de su mejor amiga.

—Voy a ir con él, Quinn. Voy a ir con Sam al baile —dijo, al tiempo que la boca de la Cheerio se abría como plato, no pudiendo creerse lo que estaba oyendo.

— ¿En serio, Mercedes? ¡Eso es genial! ¡Oh, Dios mío! —Chilló, no tardando en guardar silencio—. ¿Por qué no estás sonriendo? ¡Es Sam! ¡Vas a ir con Sam, Mercy! Sam te ha pedido que vayas con él al baile — Quinn la miraba como si se hubiese vuelto loca.

— ¡Él no me lo pidió, Quinn! Mi padre le obligó a que lo hiciese —le explicó Mercedes, sintiendo cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos tristes queriendo encontrar una salida. Queriendo dejarla en ridículo después de tantos meses.

—No... Mercy...

—Sí. Él aceptó porque es una buena persona, Quinn. Porque sabía que de no haber ido con él, nadie me hubiese invitado al baile.

—No digas eso.

—Es la verdad. Y él lo sabía —volvió a decir Mercedes, viendo cómo su mejor amiga negaba con la cabeza.

—Mercy... Kimberly le invito y él le dijo que no. Y no fue la única que lo hizo. Puck me lo dijo.

— ¿Cuándo? —Quiso saber Mercedes, sin poder creerse lo que estaba escuchando.

—Hace unos minutos.

— ¡No! Cuándo se supone que le invitaron.

— ¿A lo largo de esta semana? No lo sé, Mercedes —Quinn de verdad no sabía, y tampoco entendía el porqué de aquella pregunta—. Lo único que sé es que él les dijo que no, Mercedes. A todas menos a ti.

Las palabras de Quinn la tomaron por sorpresa, como si de verdad ella no se hubiera planteado lo que aquello significaba en realidad.

—Les dijo a todas que no, menos a ti. ¿Lo comprendes?

¡No! No lo comprendía. ¡No tenía ningún sentido! No cuando él mismo le había dicho a su padre que no tenía pareja para ir al baile. No cuando él mismo le había preguntado a ella si había alguien en su mente con el que de verdad quisiese ir.

¡Por Dios Santo, nada tenía sentido!

—Mercy, deja de pensar en porqué lo hizo o no y solo disfruta. Date esta oportunidad —propuso Quinn con entusiasmo— Aunque solo sea por esta vez, diviértete. Haz lo que te pida tu corazón.

—Está bien, es hora de cortar la llamada, estás empezando a decir disparates, Quinn Fabray —no pudo evitar sonreír, secándose una de sus lágrimas, mientras negaba con la cabeza. Estaba loca... Su mejor amiga estaba completa e irremediablemente loca. Pero aún así, Mercedes la quería.

La adoraba.

—No son disparates y lo sabes. Te quiero, Mercy, y quiero lo mejor para ti —ella lo decía de corazón, y aquello hizo que Mercedes derramase aún más lágrimas, que resbalaron por su mejilla entre sonrisas.

—Yo también te quiero, Quinn.

— ¿Me vas a hacer llorar a mí también, Mercedes? Oh, ¡por Dios! Ya lo has hecho. ¿Por qué siempre acabamos llorando? —Rió, secándose las lágrimas que ahora resbalaban también por su mejilla.

—Porque somos un par de tontas —Rió Mercedes también, deseando estar del otro lado de aquella pantalla para poder darle un abrazo.

—De eso nada, somos las chicas más inteligentes de Lima —dejó claro, Quinn, negando con la cabeza—. Las que por cierto necesitan un vestido más para el baile de éste sábado. ¿Quieres que te ayude a elegirlo?

—A juzgar por lo emocionados que estaban mis padres hace un segundo, no me extrañaría que lo eligiesen ellos por mí. Pero te lo diré en cuanto sepa algo.

— ¡Perfecto! —aplaudió Quinn, emocionada —. Y Mercedes...

— ¿Sí?

—Todo va a salir bien —la oyó decir antes de despedirla con la mano y cortar la llamada.

Ojalá, Quinn...


—Oh Dios, Mercy. Estás preciosa, cariño —exclamó su madre nada más verla, intentando en vano no echarse a llorar—. La cámara... ¿Dónde he dejado mi cámara?

—La dejaste en el salón —el señor Jones irrumpió en la estancia, tendiéndole la cámara a su mujer y siendo rápidamente empujando por su hija hacia el exterior.

— ¡Papá! —Protestó la chica.

— ¿Os falta mucho? Nos estamos desesperando allí abajo. Tened un poco de compasión —pudo decir, antes de que ambas le cerrasen la puerta en las narices.

— ¿Estás lista? —Le preguntó su madre, secando una de sus lágrimas y preparando la cámara para inmortalizar el momento.

—No es el día de mi boda, mamá. Solo es un baile —quiso quitarle importancia, a pesar de lo nerviosa que estaba y cómo el miedo y la vergüenza hacía que le temblasen las manos.

—Ya lo sé, pero es tu primer baile, cariño. En cuánto menos lo esperemos, el tiempo pasará y tú nos dejarás solos.

—Para eso aún falta mucho, mamá —rió Mercedes, finalmente entendiendo el motivo de aquellas lágrimas—. Por favor, no llores o me harás llorar también a mí.

—Es que te ves tan bonita. Cariño, todos se van a quedar boquiabiertos cuando te vean.

Mercedes se miró por última vez en el espejo, antes de caminar hacia la cama donde tomó su abrigo y su bolso.

Hacía dos días que se había comprado aquel vestido con la ayuda de Quinn y de su madre, y en aquel entonces, su corte le había gustado, como lo había hecho también su precioso color lila. Sin embargo ahora, mientras los miedos y temblores la asaltaban, Mercedes estaba empezando a pensar que éste era demasiado corto e incluso un tanto pequeño. Con un escote demasiado pronunciado, y una falda que se adhería a ella como las gotas de lluvia lo habrían hecho en un día de tormenta.

¡Tenía que bajar ya mismo o al final terminaría cambiándose o negándose a ir!

Sujetando su pequeño bolso y su abrigo entre sus manos, la chica caminó los dos pasos que la separaban de la puerta, comenzando aquel camino que la llevaría a Sam.

Estaba nerviosa, ansiosa. Tenía miedo de caerse y hacer el ridículo delante de él. Porque sin duda, ¡eso sería lo acabaría sucediendo por haber elegido aquellos tacones que la llevarían al suelo!

Sus pies bajaban ahora los escalones despacio. Tanto que Mercedes creyó que todos se estarían riendo, pero no había sido así. Todos la esperaban en el fondo de las escaleras. Su padre con una sonrisa grande en sus labios, su madre con la cámara preparada para disparar y Sam...

Él tenía un ramillete de flores entre sus dedos. Un lindo ramillete que elevó hacia ella cuando la chica se detuvo a su lado, al mismo tiempo que le sonreía y le oía decir aquellas dos palabras que la hicieron flaquear.

—Estás preciosa.

—Gracias —no pudo evitar sonrojarse como nunca antes, notando cómo el calor le recorría los pómulos y se alojaba allí, no queriendo escapar—. Tú estás muy elegante —consiguió decir, queriendo golpearse con lo primero que encontrase a mano tan pronto como lo había dicho.

¿Muy elegante? ¡Por Dios, Mercedes!

—Creo que esa era la intención —rió él, llevando sus manos a aquella corbata que ella había notado tenía el mismo color que su vestido—. Esto es para ti. Es un ramillete —dijo, ruborizándose ahora él.

Al parecer ella no era la única que podía pasar vergüenza en un momento como aquel.

—Es precioso, Sam. Muchas gracias —pudo responder, antes de ver cómo el flash de la cámara empezaba a buscar sus víctimas.

—Sam, ayúdale a ponérselo y colocaos para una foto —habló el señor Jones, echándose a un lado y poniéndose a la cola. Al parecer aquella foto no sería la única que se harían esa noche.

Mercedes estiró su mano, nerviosa, viendo cómo sus dedos, todavía temblando, esperaban que él se lo colocase, mientras otro flash cegador inmortalizaba la escena.

Él también temblaba. Sus dedos también lo hacían y aquello, aunque solo se debiese al nerviosismo por no poder cerrar con facilidad el broche que el ramillete llevaba, había ayudado a tranquilizar a Mercedes.

—Deprisa, Robert. Colócate tú también o se les hará tarde, cariño —su madre les devolvió a la realidad, pronto observando cómo su marido le tomaba la palabra y se colocaba al lado de su hija con una sonrisa.

—Sam, aquí tienes las llaves del coche. Supongo que no hace falta decir que me los cuides mucho a ambos.

—Papá...

—No, Señor Jones. No hace falta —sonrió Sam, viendo cómo Mercedes ya se alejaba de él, buscando su abrigo, no tardando en salir detrás de ella para ayudarle a ponérselo.

—Y portaos bien.

—Robert, déjales disfrutar del baile —su mujer se detuvo junto a él, dándole un beso en la mejilla.

—Está bien... Iros, venga. Divertíos —sonrió él, acompañándoles hasta la puerta.

—Gracias papá.

—Gracias, Señor Jones —dijo él a la vez, despidiéndoles con la mano, siguiendo el camino de baldosas hasta el portal de la casa. Abriéndolo y pronto subiéndose en aquel coche que habían tardado tanto en tener la oportunidad de usar—. Aun no me creo que nos lo hayan prestado.

— ¿Crees que habrá micrófonos en él? —Preguntó divertida, observando en todas direcciones.

—A lo mejor hay cámaras —rió Sam, arrancando el motor y acelerándolo para alejarse del vecindario.

—No me extrañaría nada. Si les hubiesen preguntado, habrían aceptado hacer de carabinas sin pensárselo dos veces —se burló ella, notando cómo sus manos volvían a temblarle una vez más.

— ¿Tienes frío? —Preguntó él, pasados unos minutos.

—No, estoy bien —negó rápidamente—. Yo... Quería darte las gracias por haber venido conmigo. Nunca te lo dije, pero de no haberlo hecho ahora probablemente estaría sentada en el sofá, viendo una película con mis padres como si se tratase de otro sábado cualquiera —admitió, dejando por fin que su corazón hablase. Haciendo aquello que Quinn le había pedido, aunque fuese durante aquella noche.

—No tienes porqué —respondió él, sin dejar de mirar la carretera a la vez que hablaba—. Yo también habría pasado mi sábado así de no haber sido gracias a ti —acabó la frase con una sonrisa.

Una que la hizo dudar y preguntarse si aquello que Quinn le había dicho sobre Kimberly y las demás había sido cierto.

No podía ser, no tenía sentido.

Mercy, deja de pensar en porqué lo hizo o no y solo disfruta. Date esta oportunidad

Las palabras de Quinn volvieron a su cabeza como un torbellino, dispuestas a hacerle olvidar. Dispuestas a que ella dejase de pensar una y otra vez y simplemente se divirtiese.

Haz lo que te pida tu corazón.

Le recordó su Pepito Grillo, sacando una sonrisa de su boca aún estando a kilómetros de distancia.

O quizás no tantos, ya que Sam había llegado al McKinley ya, y ahora trataba de aparcar en uno de los pocos lugares que quedaban vacíos. Apagando luego el motor y mirándola, a la vez que su mano buscaba la de ella tratando de darle seguridad.

— ¿Estás lista? —La animó, acariciando sus dedos suavemente, algo que no paso desapercibido para su estúpido corazón.

Ella asintió con la cabeza, al tiempo que él la soltaba y le decía que esperase unos segundos, saliendo así del coche y dando la vuelta a él. Abriendo ahora la de ella y ofreciéndole la mano como un perfecto caballero.

—Gracias —dijo ella, aceptándosela una vez más y saliendo del coche, viendo cómo él lo cerraba y aseguraba con llave, antes de emprender su camino hacia el instituto. —Pero... Ahora que hemos llegado, ya no tienes porqué quedarte conmigo. Puedes ir y estar con—

Mercedes intentó terminar la frase, pero el chico no se lo permitió, haciendo que ella se detuviese antes de alcanzar la entrada.

— ¿Bromeas? No pienso separarme de ti ni un segundo —dijo de repente, guardando silencio después al ver la reacción de ella—. A menos que tú no quieras.

—No, ¡no! Claro que quiero. Es decir... Lo siento. Creí que—

¡Oh, Mercedes! ¡Cállate ya!

Se gritó a sí misma.

— ¿Qué?

—Nada. Nada... ¿Vamos? —La chica le ofreció la mano, deseando con todas sus fuerzas que él se la aceptase, comprobando en pocos segundos que no solo él había decidido hacerlo, sino que también había entrecruzado sus dedos, entrando en aquel baile como si de una verdadera pareja se tratase. Haciendo que los allí presentes que habían podido verlos antes que nadie, abriesen sus bocas alucinados.

Mercedes no quería oír lo que todos estaban diciendo. No necesitaba hacerlo para saber lo que en realidad pensaban.

Diviértete, Mercy. Solo disfruta.

Le dijo aquella voz anclada en su memoria, mientras Sam se abría camino entre los presentes y se aproximaba a la zona dónde sus amigos se encontraban.

—Mercy, ¡estás preciosa! —Exclamó Quinn nada más verla, deteniéndose por un segundo al darse cuenta de cómo sus dos amigos habían llegado agarrados de las manos, odiándose después al ver que ella había sido la causante de que ellos dos se separasen.

—Tú también, Quinn —le hizo saber Mercedes, aceptando el abrazo que su mejor amiga le daba, mientras ésta susurraba a su oído aquellas palabras que tanto había recordado aquella noche.

Haz lo que te pida tu corazón.

Mercedes sonrío, devolviéndole aquel abrazo con el mismo cariño, al tiempo que le respondía con un sincero "Lo haré" antes de separarse y terminar de saludar a los demás.

Sam ya lo había hecho y ahora se detenía a su lado nuevamente, ofreciéndole el ir a por unos vasos de ponche para los dos.

—Aprovechad que aún no lleva alcohol. He oído que Puck planea echárselo en cuánto el señor Schue se despiste —les avisó Kurt, recibiendo una mirada reprobatoria por parte del chico.

—Noah... —Quinn le reprendió, esperando que realmente su novio no estuviese pensando seriamente en cometer aquella locura.

—Es solo una botella, princesa. ¿Qué mal puede hacer una botella?

— ¿Quieres volver al reformatorio? ¿Es esta la manera en la que quieres acabar el año, Puck? —Quinn, puso sus brazos en jarras, decidida a librarse de aquella botella y de su idea—. ¿Dónde la tienes?

—En la taquilla, pero allí se quedará, Quinn. De verdad. Anda, vamos a bailar un poco —dijo, a la vez que la atraía hacia la pista de baile, dónde todos pudieron ver rápidamente cómo él se arrodillaba en el suelo, y su novia se cubría los ojos con sus manos, mientras le obligaba a levantarse.

A su lado, los chicos se habían ido dispersando y ahora Sam la miraba, mientras le tendía una mano, quizá esperando que también ellos les acompañasen en la pista de baile.

— ¿Quieres bailar? —Consiguió oírle decir por encima del sonido de la música, recibiendo un sí por parte de ella y una sonrisa que no puedo evitar dejar salir.


Y así, bailando y riendo, habían terminado pasando aquella noche especial. Aquella que Mercedes nunca cambiaría por nada del mundo.

Sam no se había separado ni un segundo de ella, cumpliendo así lo que en un principio le había prometido. Había agarrado su mano. La había pegado a él mientras bailaban, colocando las suyas en su cintura y haciéndola girar y girar como si en una verdadera nube se encontrase.

La había hecho reír.

La había hecho soñar... Pero toda noche tenía su final.

—Estudiantes del William McKinley. ¿Lo estáis pasando bien? —habló de repente el director Figgins haciéndoles volver a la realidad.

— ¡Sí! —Gritaron todos como locos al tiempo que oían cómo la música se detenía y la pantalla situada detrás del director se encendía, haciéndole saber que el mejor momento de la noche había llegado.

—Estos son los nominados para rey y reina de... —Empezó a decir, siendo interrumpido por la música a todo volumen del vídeo que empezaba a reproducirse en la pantalla.

Aquel que hizo que Sam y Mercedes se congelasen por completo, mirándose el uno al otro con temor, antes de volver su vista al frente y comprobar que aquello que estaban viendo no era un sueño. Ni su peor pesadilla.

Era la cruda realidad.

La más cruel e injusta realidad que alguna vez habían vivido.

— ¿Quién ha sido? ¡Paren ese vídeo! —Gritó el director, tratando de mantener el orden en aquel estadio lleno de gente.

— ¿Ese es Sam? —Podían oír, mientras a su lado todos le miraban—. ¿Es un stripper?

— ¡Es él! ¡Es Evans, oh Dios mío! ¡Está desnudo! —Murmuraban otros, mientras un destrozado Sam, se hacía paso entre los presentes, abandonando aquel baile a la mayor velocidad a la que le permitían sus piernas.

—Sam... —Susurró Mercedes, sintiendo cómo su corazón le gritaba que fuese tras él.

¿Cómo habían podido hacerle eso? Aquellos vídeos... Su pasado... ¡Ellos no tenían ningún derecho!

— ¡Callaos! —Gritó, pronto haciendo el silencio en aquel espacio lleno de gente—. ¡No sabéis hacer otra cosa que reíros de la gente! ¡Debería daros vergüenza!

— ¡Di que sí, Sexy Mama! —Exclamó Puck, apoyándola—. ¡El siguiente que vuelva a reírse, acabará la noche buscando sus dientes en el suelo! —Les advirtió a todos, al tiempo que todos los miembros del Glee Club se le sumaban, no tardando en hacerlo también parte del equipo de football.

Sin poder contener más sus lágrimas, Mercedes echó a correr, siguiendo el camino por el que Sam había desaparecido. Sus tacones imposibilitándole el correr más deprisa para poder alcanzarle antes.


Ya en el presente...

Le abrazaba. Como nunca antes lo había hecho.

Con cariño, con amor.

Sus suaves rodillas permanecían sobre aquel frío suelo, mientras las piernas de él las rodeaban y sus brazos se cerraban en torno a su espalda, apretándola contra sí.

Aquel lugar era oscuro y sucio pero no le importaba, no cuando sentía cuánto él la necesitaba.

—Sam... ¿Has bebido? —Preguntó con miedo, recordando la botella que minutos atrás le había arrebatado de las manos. Sabiendo que de haberlo hecho en realidad, no se hubiese enfadado con él.

—Creí que me haría olvidar. Pensé... Pensé que me ayudaría a borrar esta noche de mi cabeza, pero no pude...

Mercedes cerró los ojos con fuerza al oírle, sus manos acariciando su pelo rubio con suavidad.

—Siento mucho habértela estropeado, Merce. Yo... Siento mucho haberte arruinado esta noche —dijo, mientras los ojos de la chica se abrían de nuevo encontrándose con aquella oscuridad que tanto odiaba.

¿Cómo podía decirle una cosa así? ¿Cómo podía pensar siquiera en ella después de todo por lo que él había pasado aquella noche?

—No digas eso... Sabes que de no haber sido por ti, nadie me habría pedido que viniese esta noche —le recordó, haciéndole ver cuánto se lo agradecía. Haciéndole ver que de verdad había sido él quién había hecho que aquella noche fuese posible.

—Eso también fue mi culpa —dijo él, separándola con suavidad, sosteniendo su delicado rostro entre sus manos.

— ¿Qué quieres decir? No entiendo...

—Que nadie te invitó, porque yo les prohibí que lo hiciesen, Merce.

—Eso no puede ser. ¿Por qué habrías hecho eso? No tiene ningún—

Quiso decir, antes de sentir cómo las manos de él la silenciaban, guardando él también un silencio que pronto rompió.

—Porque te quiero —confesó, con aquellas grandes manos acariciando sus mejillas húmedas con cariño.

Y ella finalmente le besó.

Porque así mismo se lo había pedido su enamorado corazón.

Continuará...


Supongo que a estas alturas me estaréis odiando por este final, así que os invito a que os paséis por el cuadradito de aquí abajo y me gritéis cuánto queráis. ¡Estoy muriendo por saber qué os ha parecido!

Agradecimientos:

Gracias a AndrielMellark (fue la misma ilusión que me hizo a mí recibir el correo con el aviso de tu review. Muchas gracias, de verdad. Decirte que Sam todavía no lo ha hecho, pero espero que lo haga antes de que acabe este fic, porque ese sin duda es uno de los mayores secretos que queda por cerrar. Ojalá te guste este capítulo y muchas gracias nuevamente. ¡Un beso!); a HearthyRoss (Soy cruel y creo que con este capítulo aún querrás matarme más, ojalá que te guste. ^.^ ¡Un abrazo fuerte!); a Maru (Espero que ya estés recuperada del todo, y que sigas teniendo esa fe en mí hasta el final jeje. Algo me dice que vas a querer matarme por este capítulo también. Ojalá te guste. ¡Un besito!); y a Lore(que aun sin saberlo, dejó su review en el momento en el que yo llevaba medio capítulo escrito, dándome la fuerza para terminarlo y publicarlo. Muchas gracias y siento haber tardado. Un beso).

A todos los demás:

Mil gracias

Syl