¡Hola gente!
Sí, vuestros ojos están viendo bien. He vuelto a escribir. ¿A que creíais que esto nunca sucedería? Yo también, no os voy a mentir. Recuerdo haber dicho en la nota de autor del capítulo anterior, allá por el 2016, que quedaba prácticamente un capítulo para el final y aquí estamos, casi cinco años después y esto que aún no se termina… Ha pasado tanto tiempo que me había incluso olvidado de cómo se publicaba.
Siento de verdad haberos hecho esperar todo este tiempo. Siempre había estado en mi mente darle un final a estos dos locos enamorados pero supongo que la falta de inspiración y de práctica al escribir hizo que esto se demorase años. Pero llegó el 2020, un año de confinamientos y de grandes pérdidas, un año raro y triste que cambió nuestras vidas por completo y nos hizo enfrentarnos a cosas que nunca pensamos que sucederían; el año en el me releí cada una de las historias que alguna vez había publicado en esta página, reencontrándome con mi forma de escribir y con esta historia inconclusa que pedía a gritos un final, y por fin me senté delante del ordenador, dispuesta a escribir lo que serían los últimos capítulos de esta historia. Y es que además de este, habrá un capítulo más, y un epílogo que pondrá el punto final.
De corazón, mil gracias a todas aquellas personas que han leído no solo esta historia sino también mis otros fics durante todos estos años, han dejado y siguen dejando reviews, tweets y mensajes llenos de cariño. Espero que este regalito de Navidad que os dejo por aquí os guste, y que en el año nuevo que comienza, se cumplan todos vuestros deseos y que venga cargado de cosas buenas, que nos hacen muchísima falta.
El capítulo 20 se titula así por la canción del mismo nombre de Lady A (anteriormente Lady Antebellum), una de las canciones que me inspiraron y que me ayudaron a plasmar en el papel los verdaderos sentimientos de estos dos. Como siempre, recordar también que los pensamientos están escritos en cursiva.
Y ya me despido por el momento hasta la próxima actualización, a disfrutar del capítulo y… ¡Felices fiestas!
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 20:
"Just a kiss"
Le besaba.
A él.
Como tantas veces había soñado. Después de tanto tiempo sufriendo en silencio por un amor no correspondido, Mercedes le besaba con todo su corazón.
Había deseado aquello tanto. Tanto.
Unir sus labios con los de él de nuevo, sentir sus manos acariciándola con suavidad, como si ella fuese algo frágil que podía romperse. Con cariño, como él lo hacía en cada uno de sus sueños, aquellos que nunca había creído poder hacer realidad.
Ella le besaba y jamás podría dejar de hacerlo. No ahora que había permitido que su corazón le hablase, no ahora que ella por fin lo había dejado en libertad para amarle sin reservas, para demostrarle todo el amor que llevaba escondido dentro de él. De aquel corazón estúpido que le había añorado en silencio y ahora latía fuertemente en su pecho, enamorado.
–Mercedes –susurró el chico, acariciando sus labios con los de él.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué había hecho?
Él se había sincerado.
Había confesado lo que por tantos meses había tratado de esconder. Se había pedido a sí mismo el no revelar aquella verdad nunca, pero habían sido aquellas tres palabras. Tres palabras habían bastado para que aquel secreto finalmente terminase saliendo a la luz.
Los señores Jones habían depositado en él su confianza, pero él… ¿Qué había hecho él a cambio? Enamorarse de su hija, prendarse de ella y quererla en silencio.
Porque sí. Sam Evans la quería.
La adoraba.
Poco a poco, aquella chica con la que no había podido dejar de discutir aquellas primeras semanas había terminado metiéndosele muy adentro. Haciéndole imposible olvidar su risa, su voz. Terminando por ocupar cada uno de sus pensamientos y sus sueños. Aquellos en los que él podía tenerla. Aquellos que jamás creyó poder hacer realidad.
Él la quería y así se lo había confesado.
Completamente rendido y avergonzado, había dejado salir aquellas tres palabras, y ella le había besado. A él, a alguien que no se lo merecía. No después de lo que le había hecho a su familia, la que tanto le había ayudado y la que no tenía la culpa de tener la mala suerte de haberle recibido a él en el reparto de estudiantes.
Rompiendo aquel beso al tiempo que sus manos acariciaban sus pequeñas orejas una vez más, el chico descansó su frente en la de él, su nariz rozando la de ella con cariño. Como lo había hecho en el pasado, aquella primera vez. Como desearía hacerlo siempre.
–Lo siento –dijo, a la vez que trataba de borrar aquellas lágrimas que él había causado.
Besar aquellos labios de nuevo había sido todo con lo que él había podido soñar. Tenerla tan cerca, poder tocarla. Era un egoísta, ¿verdad? Lo era. Un jodido egoísta.
Las manos de Mercedes se aferraban ahora a las del chico, no queriendo soltarle. Queriendo olvidar aquellas dos palabras que el chico había dejado salir y que no habían hecho más que romper su corazón de nuevo.
Otro Lo siento. Siempre un Lo siento.
¿Por qué Sam? ¿Por qué lo hacía una y otra vez? Disculparse.
¿Por qué?
Dios mío, ella le había besado. A él, le había besado. Y el chico la había separado. Había roto aquel beso tal y como lo había hecho la primera vez, porque no lo había querido en realidad, ¿no es cierto?
Había vuelto a suceder.
Había vuelto a ilusionarse con alguien, a creer que–
Aquel Te quiero… Aquellas palabras habían sacudido su corazón hasta el punto de no poder pensar. Hasta el punto de dejar salir aquella verdad que había guardado durante tantos meses.
No…
Ella no las había soñado. Aquellas tres palabras habían sido reales, ella las había escuchado de verdad. Tan claramente como hacía segundos había oído su Lo siento.
Él se lo había confesado y nuevamente se disculpaba.
¿Por qué?
–Yo… No debería habértelo dicho, Mercedes.
¿Se arrepentía? ¿Lo hacía, verdad? El chico se había arrepentido de confesárselo.
–No te mereces esto –él negó con la cabeza sin saber lo que aquellas palabras podrían provocar en ella.
No, claro que no.
Se lamentó Mercedes.
La chica no se lo merecía. ¿Porque ella no podía tener nada bueno, verdad? Nada suyo, solo de ella.
Él le estaba rompiendo el corazón sin saberlo y–
–Te lo mereces todo –dijo él por fin.
–¿Todo? –preguntó Mercedes con un hilillo de voz, no pudiendo contener nuevas lágrimas y dejándolas salir, haciéndola ver aún más vulnerable.
–Todo –afirmó él, secándoselas. Tratando de borrarlas pero era imposible–. Creí que podría irme, marcharme lejos de aquí sin decírtelo, pero no puedo… No puedo. Aún después de todo lo que ha pasado, aún después de todo lo que te he hecho, sigo necesitándote cerca. Soy un egoísta.
–No digas eso, no… –Quiso callarle.
–Sí lo soy. Un egoísta, Mercedes. Un cobarde que se escudaba detrás de una promesa para poder estar cerca de ti. Porque eso me pidió tu padre, ¿lo sabías? Cuidarte, velar porque nada malo te pasase. Tus padres confiaron en mí para protegerte, Mercedes, ¿y yo qué hice?
–Cuidarme, Sam. Protegerme. Sí lo hiciste. Todo el tiempo –quiso hacerle saber, esperando que él de verdad la escuchase–. Cuando me caí, cuando Azimio y Shane dijeron… aquellas cosas –la chica guardó silencio durante unos segundos, antes de seguir nombrándole todas y cada una de las cosas que el chico había hecho por ella–. Siempre estuviste ahí, Sam. A mi lado. Cuidándome.
–¿Cómo también lo hice hoy, no? Todo el mundo sabe ahora lo que hacía, Mercedes. Quién soy. Y tú… Tus padres –negaba con la cabeza–. Os he avergonzado.
–Sam, ¿puedes dejar de pensar en nosotros por un segundo? – ¿Cómo podía llamarse egoísta si lo único que hacía todo el tiempo era pensar en ellos, preocuparse por ellos? –. Escúchame.
–No… Deberías irte –debería permanecer lejos de él.
–Te dije que no me iría y no lo haré, Sam. ¿Y sabes por qué? –Sostuvo su rostro entre sus manos, tratando de hacerle entrar en razón–. Porque estando en mi lugar, tú tampoco te habrías ido. No me habrías dejado sola como tú me lo estás pidiendo ahora. Te quedarías conmigo, como lo haces siempre. No por una estúpida promesa que tuvieses que cumplir, sino porque eres una buena persona.
–Mercedes…
–Alguien que no puede evitar pensar en los demás en lugar de él mismo, incluso después del daño que te han hecho esta noche, Sam.
No se lo merecía. El chico no se merecía vivir el dolor que aquel vídeo le había causado.
–Qué idiota fui, Mercedes. ¿De verdad creí poder dejar el pasado atrás? Ahora todo el mundo lo sabe y… Me expulsarán –dijo, dándose cuenta finalmente de lo que aquello significaba. Lo harían, ¿verdad? Tendría que irse.
Después de tanto tiempo, después de tantos meses, aquel miedo que el chico había tenido las primeras semanas tras su pelea con Azimio había vuelto a él, recordándole que aquello era una posibilidad. Que él terminaría yéndose incluso antes de que acabase aquel año y esa vez, nadie podría evitarlo.
–No digas eso… Mis padres no lo permitirían, Sam. No dejarían que eso sucediese.
–Yo les fallé. Les mentí, Mercedes. No merezco que hagan eso por mí –bajó la cabeza de nuevo, avergonzado, de verdad sintiendo lo que les había hecho a los Jones. No… No se lo merecía. El chico no se merecía que aquella familia que tanto le había cuidado, luchase por que él se quedase allí.
–No, ¿me oyes? No digas eso nunca más –la chica volvió a buscar su rostro, tratando de darle la fortaleza que parecía haberle abandonado. No dejaría que él se hundiese, jamás dejaría que aquello pasase–. Te mereces todo lo bueno de este mundo, Sam.
–No te merezco a ti –no pudo evitar decir, sintiendo cómo las manos de la chica buscaban su cuerpo y lo abrazaban con cariño, hundiendo su rostro en el cuello de él y acariciando con ternura su pelo rubio.
Estaba tan equivocado… No había nadie en el mundo para Mercedes que la mereciese más que él.
Nadie…
¿Cómo podía pensarlo acaso?
Las manos de él la rodeaban también ahora, buscando aquel abrazo.
¿Cómo podía él merecer a alguien así?
Sam le había pedido que se fuera, que se alejase de él. Y ella se había negado. Seguía allí junto a él, debajo de aquellas sucias gradas, en una completa oscuridad. Ella no se marcharía, y él ya no tenía las fuerzas para seguir pidiéndole que lo hiciese.
–Y aun así, no puedo mantenerme lejos –le confesó, siendo egoísta una vez más, notando cómo nuevas lágrimas resbalaban por sus mejillas–. Me haces tanta falta.
Aquello nunca cambiaría, ¿verdad? Aquella necesidad de tenerla cerca. No era nada para ella, no tenía ningún derecho de pedírselo, pero la necesitaba. Tanto como necesitaba respirar.
–Estoy aquí –le aseguró Mercedes, abrazándole ahora con más fuerza–. Estoy aquí, Sam. Nunca podría estar en otro sitio que no fuese aquí. Contigo.
Porque ella también le protegería. Ella también le cuidaría hasta de sí mismo. No permitiría que él siguiese haciéndose daño, no le dejaría.
–Tú también me haces falta –se armó de valor, dejando que su corazón hablase, demostrándole con palabras todo lo que aquel beso le había querido decir minutos antes–. Yo también lo creí, Sam. Creí… Creí que podría estar lejos de ti. Como una amiga, como una compañera –no podía callarse. Las palabras seguían saliendo una detrás de otra, sin detenerse. El chico se había alejado ligeramente y ahora acariciaba nuevamente sus mejillas húmedas –. Tan cerca y a la vez tan lejos. Deseaba besarte… Deseaba tanto que tú lo hicieses de nuevo. Pero no lo hiciste. No volviste a hacerlo, y yo… Traté de olvidarte. Traté de borrarte de mi cabeza. Porque no quería perderte.
–Merce… –Él quiso hablar, pero ella ya no podía detenerse.
–Te quiero, Sam. No sé cuándo pasó, ni cómo sucedió, pero me enamoré de ti –dijo finalmente, todavía sin poder creer su valentía.
–¿Me quieres? –Fue lo único que el chico pudo responder, a la vez que su frente buscaba nuevamente la de ella, suspirando.
–Te quiero, sí –afirmó ella.
–¿De verdad? – Preguntó de nuevo, ésta vez provocando una risita por parte de la chica.
¿Acaso no se lo creía?
–Sam Evans, te quiero… Te adoro.
–Y yo también a ti, no sabes cuánto, Mercedes –respondió, todavía sin poder creérselo. Habían perdido tanto tiempo… Tantos meses alejándose el uno al otro sin darse cuenta de lo que verdaderamente se necesitaban.
Su nariz acarició de nuevo la suya, deseando besarla. Queriendo ser él quien esta vez lo hiciese, tal y cómo ella lo había deseado durante tanto tiempo y así se lo había dicho segundos antes.
–Voy a besarte de nuevo, Mercedes Jones. Con todo el cariño del mundo –le dijo, recordando aquella conversación que habían tenido meses atrás en la enfermería. Con todo el cariño del mundo. Como así debía haber sido también su primer beso.
Con todo el cariño del mundo.
Recordó Mercedes, sintiendo cómo sus labios finalmente se unían a los de ella.
Sam también la quería. Tanto como ella lo hacía. Habían sido tan tontos…
La besaba lento, despacio, como si todavía no se creyese con derecho a hacerlo. La besaba con dulzura, con un amor que no le cabía en el pecho.
Y ella le correspondía de la misma forma. Como tantas veces lo había soñado, imaginado. Solo que aquello no eran sueños. No lo eran. Lo que estaban viviendo, lo que estaban sintiendo, era la realidad.
–Te quiero –susurró ella junto a sus labios, una vez más.
Jamás se cansaría de decirlo.
–Te quiero –respondió él, dejando suaves besos en aquellos labios que tanto había anhelado –. Te quiero, te quiero –repitió, recibiendo como regalo nuevas risas de la chica.
Risas y besos que le habían hecho casi olvidar. Casi hacer desaparecer por completo de su mente lo que había sucedido aquella noche. Mas no podría. Jamás podría borrar el motivo que les había llevado allí. A ese lugar donde se encontraban protegidos de todos los que querían hacerles daño.
Acariciando su pelo, Sam Evans la abrazó de nuevo, aferrándose a ella como si creyese que aún después de todo, la chica podría desaparecer. Desvanecerse en medio de aquella oscuridad que les rodeaba.
–Gracias. Por todo –dijo de corazón–. Gracias por no irte, gracias… por quererme. Simplemente, gracias.
Ella era su luz. Su faro en la tormenta. Un soplo de esperanza cuando ya todo se había derrumbado a su alrededor.
–Una vez te dije que mi vida sería muy aburrida sin ti, ¿lo recuerdas? –Sonrió ella entre lágrimas.
–Sí –por supuesto que lo recordaba–. Lo dijiste.
–Y era verdad –le aseguró, dejando un beso en su corazón, antes de recostarse en su pecho, sintiendo cómo sus brazos la rodeaban con cariño–. Sam, ¿qué pasará ahora con nosotros?
Se habían dicho que se querían, se lo habían confesado pero eso no impedía el hecho de que su marcha era inminente. Tarde o temprano, él tendría que irse, volver junto con su familia y ella–
–Yo… No quiero perderte, Sam.
El chico la silenció, al tiempo que dejaba un beso en su pelo.
–No lo harás. No me perderás.
–Pero –él no lo entendía, ¿verdad? Mercedes ya no podría mantenerse alejada de él. Había probado lo que era la felicidad, ya nada sería lo mismo sin él.
–Funcionará, Mercedes, haremos que funcione –harían todo cuánto fuese posible, pero nunca cesarían en el intento. No si eso significaría echar por la borda el inmenso amor que se tenían.
–Haremos que funcione –repitió ella.
Lucharían contra el tiempo y la distancia, contra todos aquellos que le habían hecho daño y que nunca entenderían lo que era el amor de verdad.
Porque eso era lo que ellos sentían. Un amor incondicional. Uno que habían intentado hacer morir sin conseguirlo. Un amor que aguantaría todo.
–Merce… sácame de aquí. Llévame a casa –le pidió, cansado.
A casa.
Aquella en la que les esperaban sus padres. ¿Serían ellos ya conscientes de lo que les había pasado aquella noche?
Mercedes se levantó, ofreciéndole una mano a Sam. Su vestido había quedado hecho un desastre pero no le importaba. Nada le importaba. Solo él.
Ambos empezaron su camino de regreso al instituto, mientras sus pequeñas manos se aferraban a su cintura y el chico la rodeaba con los suyos protegiéndola de la fría noche. No tardaron mucho en cruzar aquel pasillo que les llevaría a la salida. El que no encontraron vacío.
Todos y cada uno de sus amigos les esperaban.
–Hey, ahí vienen –oyeron decir a Finn, haciendo que todos se acercasen corriendo a los recién llegados.
–Tío, ¿cómo estás? –Preguntó Puck, preocupado, a la vez que su novia Quinn se acercaba a Mercedes y dejaba un beso en su mejilla.
–Bien, estoy bien –asintió Sam–. ¿Qué hacéis aquí fuera, chicos? Deberíais estar en el baile.
–¿Bromeas, no? Ni de coña vuelvo yo ahí dentro, no después de lo que te hicieron –bramó Kurt, siendo rápidamente apoyado por su novio Blaine.
–Mi hermano tiene razón, Sam. Estamos justo donde tenemos que estar –añadió Finn, sintiendo como la mano de Rachel le buscaba, aprobando lo que el chico había dicho.
–Gracias, de verdad. Gracias –Sam mordió su labio, intentando no dejarse llevar por la emoción y el cariño que sus amigos le profesaban. Todos estaban allí. Mike, Tina, Artie, Brittany, incluso Santana.
Todos habían dejado aquel baile en el que se habían divertido tanto, para venir a apoyarle. A él. Al estudiante de intercambio que se había hecho un hueco en sus corazones.
–No se dan, Evans – habló la morena, haciendo que el chico se quedase asombrado al oír cómo ella no se había referido a él por el que parecía su apodo favorito–. Y sí, te estoy dando un descanso por esta noche. Me temo que mañana volverás a ser Boca de trucha.
–Qué buena eres, San –dijo Brittany a su lado, dejando un beso en la mejilla de su novia.
Porque sí. Había costado.
Les había costado mucho, pero finalmente, las dos chicas habían apostado por lo que sentían y ahora eran una pareja. Un todo. Ya nada le importaban los cuchicheos y opiniones de aquellos que habían querido hacerles daño en el pasado. Se querían, se amaban. ¿Qué podía tener eso de malo?
Nada.
Pensó Sam, buscando ahora la mano de Mercedes para entrelazar sus diminutos dedos con los de él, a la vez que le sonreía con cariño.
No…
Amarse como ellos lo hacían nunca podría ser malo.
–Oh, Dios, ¿significa esto lo que yo creo que significa? –Oyeron preguntar a Quinn, a la vez que Tina a su lado no podía evitar echarse a llorar, murmurando un "Son tan bonitos" que hizo que Mike la abrazase, intentando consolarla.
Mercedes asintió con la cabeza, viendo en su mejor amiga la mayor de las sonrisas.
–¡Aleluya! –Oyeron decir a Kurt–. Por fin podremos tener citas dobles.
–Triples –le recordó Quinn.
–No es justo, con nosotros nunca queréis tenerlas –se quejó Rachel.
–Porque a ti no hay quién te aguante, Berry –le recordó Santana, a la vez que se giraba hacia la nueva pareja y la felicitaba–. Me alegro de verdad por vosotros. Y ya nos podéis ir anotando en esa lista de citas dobles, porque nosotras no vamos a ser menos, ¿verdad Britt-Britt? –Le preguntó, recibiendo un claro sí por parte de su chica.
–Yo también quieroooooo –oyeron decir a Tina, mientras Mike a su lado suspiraba intentando consolarla sin resultados.
–Ay, qué solito estoy –habló finalmente Artie, haciendo que todos se acercasen a él para abrazarle.
Y así les había encontrado Will Schuester minutos después en aquel pasillo alejado del baile, no pudiendo evitar el observarles durante un rato.
Atrás habían quedado las peleas y las rivalidades entre ellos. Eran una piña y así se lo habían demostrado. Un verdadero equipo. Mucho más que eso.
Aquellos chicos eran una familia.
–Sam… –Llamó su atención, finalmente–. El director ha llamado a tus padres, Mercedes, les ha convocado para una reunión el lunes a primera hora.
El chico asintió, a la vez que aquel miedo que había sentido esa noche regresaba a él.
–Siento mucho lo que pasó esta noche, Sam –dijo de corazón.
–Gracias, señor Schue.
–Podéis ir a casa a descansar, tus padres os están ya esperando –les dijo, recibiendo también las gracias por parte de la chica.
–Nosotros os acompañamos, Mercy –le hizo saber Quinn.
–No hace falta, Q, de verdad –quiso negarse la chica.
–Claro que hace falta, no os vamos a dejar solos, Mercedes –oyó decir a Puck, viendo cómo por primera vez había decidido dejar atrás el apodo de Sexy Mama. Quizás fuese porque la ocasión no lo merecía o porque ella ahora tenía a alguien que se molestaría al oírselo decir, de cualquier forma, la chica agradeció aquel gesto.
–Vámonos entonces –accedió, diciéndoles a todos adiós y empezando a caminar al lado de Sam directa a la salida.
El frío no tardó en golpearles de nuevo una vez habían cruzado aquellas puertas, al tiempo que Sam se quitaba su chaqueta y la tendía sobre sus hombros.
–Sam, vas a resfriarte –protestó.
–Estoy bien, Mercedes –le aseguró, llegando ya al coche y dejándole las llaves a su amigo–. Conduce con cuidado, ¿de acuerdo? Confiamos en ti –le pidió, abriendo la puerta trasera una vez Puck había desbloqueado el coche, y ayudándola a subir.
–Gracias por venir con nosotros –habló en ese momento Mercedes, sosteniendo la mano de Sam junto a la suya.
–Gracias por dejar que lo hiciésemos –le respondió Quinn, feliz de poder ayudar a su mejor amiga.
Ella se lo merecía todo. No había nada en este mundo que Mercedes Jones no se mereciese.
El viaje en coche había sido en completo silencio, y ahora, Puck aparcaba el coche en aquella calle y ellos se bajaban de él, mientras los miedos volvían a asaltarla.
Mercedes no estaba preparada para soltar su mano. No… No estaba preparada para dejarle ir. Pero tenía que hacerlo, ¿verdad? No podía echar más leña al fuego.
–Todo va a salir bien –susurró junto a su oído, tratando a la vez de convencerse a sí misma.
Sí… Todo iba a salir bien. Sus padres lo entenderían. Sus padres no le odiarían. Ella no se lo permitiría.
La puerta de la entrada les sorprendió, mostrándoles a unos señores Jones, cansados.
–Cariño, ¿cómo estáis? –Oyeron decir a la señora Jones, a la vez que su marido abría del todo la puerta, dejándoles entrar.
–Estamos bien, mamá –respondió su hija, temiendo la reacción de su padre.
Mas el señor Jones no les dijo nada, volteándose hacia Puck mientras le mostraba su cara de pocos amigos.
–Noah Puckerman, ¿qué haces en mi casa? –le soltó.
–Robert, deja en paz al pobre chico. ¿No ves que han venido a acompañarles? Deberías estarle agradecido.
–No hace falta, señora Jones. Todo está bien –respondió Puck, recibiendo un "Lo siento" por parte de su novia.
El chico negó con la cabeza, restándole importancia. Entendía que el señor Jones no le aceptase. Entendía que nadie le aceptase, no después de todo por lo que Quinn había tenido que pasar sola. Ellos habían estado junto a ella, mientras que él… Él la había dejado sola, cuando ella más le había necesitado.
Y ahora trataba de enmendar los errores cometidos. Ahora trataba de ayudarles a ellos. A sus mejores amigos. Y de verdad esperaba que el señor Jones no se lo pusiese de verdad difícil.
–Ya es tarde. Deberíais iros todos a la cama. Mañana hablaremos sobre lo ocurrido –Mercedes le oyó decir a su padre, sin saber qué pensar. No parecía enfadado y sin embargo… Ella no podía evitar el sentir miedo.
Abrazando por última vez a Quinn, la chica levantó su mano, diciéndoles a todos adiós y comenzó a subir las escaleras, al tiempo que oía cómo Sam se despedía también y la seguía. Un "Gracias por cuidar de ella, Quinn" fue lo último que oyó de su madre antes de girar por el pasillo en dirección hacia su habitación.
Mercedes acarició por última vez aquella chaqueta que llevaba sobre sus hombros y luego, se la quitó, queriendo regresársela a su dueño.
Las manos de él la buscaron durante unos segundos y la abrazaron, resguardando la cabeza de la chica allí donde su corazón latía, rodeando su cuerpo con sus brazos, a la vez que movía sus pies con pequeños pasos. Como un baile. Uno más que aquella noche habían compartido.
El último.
Sam dejó un beso en su pelo antes de separarse finalmente de ella, y aceptar la chaqueta que la chica le devolvía.
Nada se dijeron. Mas no hizo falta.
Sam la observó entrar en su habitación, mirándole una última vez antes de cerrar la puerta y luego, él se dirigió a la suya.
La mañana siguiente llegaría pronto. Demasiado.
Se dejó caer encima de su cama sin ni siquiera cambiarse.
Estaba cansado. Rendido. Había tenido miedo de lo que los señores Jones pudieran decirle. Todavía lo tenía. Pero ella le daba fuerzas.
Todo va a salir bien.
Le había dicho.
Recordando las palabras de Mercedes, el chico se quedó por fin dormido.
Cuando volvió a despertarse y se levantó, se encontró con una casa en completo silencio.
Abriendo la puerta con cuidado, salió al pasillo, dirigiéndose al baño. Después de un rato allí, Sam se lavó las manos, echándose un poco de agua fría en la cara.
Estaba horrible.
Ojeroso, cansado.
Volvería a su habitación a por ropa limpia y entonces se daría una ducha. Una que le despejase o que lo intentase al menos.
Se preguntó si los demás se habrían levantado o él habría sido el primero en hacerlo. La puerta de la chica continuaba cerrada y ningún ruido se oía dentro.
Cerrando con pestillo la puerta del baño y deshaciéndose de aquellas ropas que todavía llevaba del día anterior, Sam abrió el agua y se metió en la ducha, dispuesto a que aquellas gotas que caían sobre él, relajasen su cuerpo cansado.
Minutos después, recién duchado y vestido, él bajaba por fin las escaleras y se dirigía a la cocina, encontrando una nota de papel encima de la mesa.
Nos hemos ido a la Iglesia, chicos. Hemos querido dejaros dormir.
La Iglesia…
Se había olvidado por completo del día en el que se encontraba.
Era Domingo. Día de misa. Y él no había ido.
Ni Mercedes.
No habían querido que fuesen con ellos.
Por supuesto que no… ¿Cómo podrían? Si el chico les había avergonzado por completo. Todo el McKinley sabía ya lo que había hecho. Lo que hacía. Pronto, todo el barrio lo sabría. Ya no podría volver a pisar aquella iglesia, y los señores Jones lo sabían.
Dejando a un lado aquella nota de papel, el chico se apresuró a preparar el desayuno para tenerlo listo cuando ella bajase. La dejaría dormir todo lo posible, tal y cómo habían querido sus padres.
Mercedes tapó con rapidez sus ojos queriendo protegerse de la luz cegadora que inundaba la habitación.
Había amanecido ya.
Se había hecho de día y ella tendría que levantarse.
Apartando las sábanas a regañadientes, sus pies buscaron sus zapatillas para salir de la cama mientras sus manos frotaban sus ojos tratando de desperezarse.
Tenía que apurarse o de ninguna forma llegaría a tiempo a la Iglesia.
¿Qué hora sería? Se preguntó. Para segundos después abrir los ojos como platos al mirar su reloj.
No… Definitivamente no llegaría a tiempo.
Su madre solía despertarla cuando se quedaba dormida pero esa mañana no lo había hecho. Probablemente, Patricia había pensado que su hija no estaba preparada para cantar ese domingo. No después de la noche que habían pasado.
Buscando ropa limpia, la chica se dirigió al baño, metiéndose a la ducha minutos después. Dejando que el agua la relajase y tratase de hacer desaparecer aquel cansancio acumulado.
Tiempo después, una vez vestida y arreglada –si así podía definir el intento de solucionar el desastre que parecían ser su pelo y sus ojos aquella mañana–, Mercedes bajaba por fin las escaleras, encontrándose con Sam en la cocina.
–Buenos días –le saludó, a la vez que veía cómo el chico se volteaba a verla.
Estaba preciosa.
Sam Evans no podía entender cómo podía estarlo siempre, tan temprano en la mañana. Pero lo estaba. Todos los días, cada día.
Quizás porque ella era preciosa.
–Ahora lo son –respondió él.
Y ella no pudo reprimir una risita mientras él se acercaba para dejar un beso dulce en su mejilla.
–Tus padres se han ido a la iglesia –le hizo saber, señalándole la nota que ella pronto sostuvo entre sus manos para leerla. Sentándose en una de las sillas segundos después.
–¿Cómo estás? –Preguntó, mientras el chico le buscaba una taza de desayuno limpia y le pasaba la leche y los cereales.
–No sé. No sé cómo estoy –dijo, sincero, sentándose enfrente de ella en la mesa y echándose también un puñado de Lucky Charms.
–¿Pudiste dormir algo al menos? –Preguntó, estirando su mano para alcanzar la de él y acariciándola suavemente.
–Estaba muy cansado y caí al momento. ¿Tú? –Preguntó, aceptando aquellas caricias dulces.
–Igual –asintió ella, bebiendo un poco de leche de su taza–. Sam, ¿has pensado que…? ¿Y si la persona que puso el video fue la misma que mandó los correos? –La chica dejó de nuevo su taza en la mesa, contemplando de verdad aquella posibilidad–. Tenemos que contárselo, tenemos que decirles que alguien te estaba haciendo daño, Sam. Tenemos que llegar hasta el fondo de todo esto.
–No, Mercedes –el chico negó con la cabeza, decidido.
–¿Cómo que no? ¿Acaso piensas esconderlo?
–Contarlo significaría que tú sabías la verdad.
–¿Y? –Mercedes no entendía a dónde quería llegar. ¿Es que acaso le daba igual saber quién le había hecho tanto daño?
–Que lo sabías todo de mí, Mercedes y que se lo ocultaste a tus padres. Tú también les mentiste –el chico se levantó, recogiendo su taza y dejándola en el fregadero, empezando a recoger la mesa.
–No me importa –le hizo saber ella, deteniéndole y haciendo que él la mirase–. No me importa que lo sepan, Sam.
–A mí sí, Mercedes. No quiero que te metas en esto, ¿vale?
¿Quería protegerla, verdad? Una vez más el chico trataba de protegerla y ella ya no sabía lo que hacer para dejarle claro que él ya no estaba solo. Que ahora la tenía a ella.
–Lo siento mucho, Sam. Pero no puedes decirme lo que tengo que hacer.
–No te estoy– el chico resopló, no queriendo discutir. Llevaban unas horas apenas juntos y ya lo estaban haciendo de nuevo. Discutir, como aquellas primeras semanas.
–Mentir sería esconderlo, ¿no lo ves? Sería ayudar a quiénes te han hecho esto. Voy a contarles la verdad. Voy a enseñarles esos correos –le aseguró, decidida.
–¿Nada que pueda decir te hará cambiar de opinión, verdad? –Suspiró él, dándose por vencido.
–Me temo que no –la chica bordeó la mesa para acercarse a él, dejando una mano en su pecho, allí donde su corazón latía–. Tienes que parar un poco, ¿vale? Ahora soy yo quién tiene que protegerte a ti –se estiró, dejando un beso en sus labios. Uno que a él le supo a poco y que no dudó en repetir, atrayéndola hacia sí.
–Hueles tan bien –susurró–. Me pregunto qué habré hecho en otra vida para tener una novia tan bonita.
–¿Soy tu novia? –La chica sonrió sin poder evitarlo.
–Creía que eso había quedado bastante claro ayer –ahora era él quién no podía dejar de sonreír.
–Bueno… En realidad nunca hiciste la pregunta –la chica negó con la cabeza.
–En ese caso… Mercedes Jones, ¿te gustaría ser mi novia? –Dijo él por fin. Dejando salir aquella pregunta que había querido hacerle durante tanto tiempo.
Y ella no pudo más que decir un "Me encantaría" antes de besarle de nuevo. Antes de volver a unir sus labios con los de él en un beso lento, suave. Se había acostumbrado tan rápido a aquello…
– Yo también me pregunto qué habré hecho en otra vida para tener un novio tan dulce –susurró, junto a su boca.
–Mmm, ¿solo dulce? –Se quejó, en broma.
–Y tierno –rió ella, recibiendo un nuevo beso de él–. Y cariñoso…
–Ajá –Sam no se cansaba de regalarle besos. Jamás se cansaría de ello.
–Y muy guapo –terminó ella, notando la risa de él en sus propios labios.
–Nah… No tanto como mi novia –dijo él, arrancando también nuevas risas en ella.
–Sam Evans, estás loco.
–Loco por ti –dijo, a la vez que se separaba ligeramente y observaba sus hermosos ojos.
Completa e irremediablemente loco. Sí, lo estaba.
Locura, amor.
Eso era lo que Sam Evans sentía por Mercedes Jones.
Si os ha gustado el capi o lo habéis odiado, ya sabéis, os invito a pasaros por el cuadradito de aquí abajo y dejar un review.
¡Felices fiestas y nos vemos en el próximo capítulo!
Un abrazo enorme.
Syl
