¡Feliz año!
Antes de nada, mil gracias a todas aquellas personas que se leyeron el capítulo anterior y a las que se animaron a releer la historia completa. Gracias, de verdad, por acompañarme durante tantos años y dejar mensajes tan llenos de cariño.
Tal y cómo prometí, aquí estoy de vuelta con el capítulo 21 en el 2021. Ya solo quedaría el epílogo para darle un final a la historia de estos dos.
Como siempre, recordar que los pensamientos están escritos en cursiva.
Me despido por el momento hasta la próxima actualización, que será ya el epílogo. Ojalá os guste y ¡feliz semana!
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 21: "Todo va a salir bien"
Cuando los señores Jones regresaron por fin, Sam y Mercedes ya habían terminado de limpiar la cocina y de recoger y ordenar el resto de la casa. Ahora permanecían sentados en el sofá, esperando que sus padres entrasen ya por la puerta.
–Cariño, hemos vuelto –oyeron decir a la señora Jones al tiempo que Mercedes apretaba ligeramente la mano del chico dándole fuerzas.
–Buenos días, mamá, papá… –Sentados en aquel sofá, los chicos se giraron para verles entrar.
–Buenos días, señores Jones –dijo él también, alejándose un poco de la chica.
–Buenos días… Vamos un segundo arriba y en breve estaremos con vosotros, ¿de acuerdo?
–Sí, papá –respondió su hija, observándoles subir las escaleras.
Aquello era una completa tortura. ¿Cuánto más tendrían que esperar?
Sin embargo apenas tuvo tiempo de pensarlo pues pronto vieron al señor Jones bajar las escaleras de nuevo y entrar en el salón, tomando asiento en uno de los sofás enfrente de los chicos.
El hombre les miró, sin decir una palabra y esperó a que su mujer bajase también y le acompañase.
–¿Quieres un vaso de agua, papá? –Le ofreció Mercedes, a la vez que se levantaba para servírselo.
–No hija, estoy bien. Gracias. Vamos a esperar a tu madre, tenemos mucho de qué hablar.
Mercedes volvió a tomar asiento al lado de Sam.
–Siento el haberos hecho esperar – se disculpó la señora Jones mientras bajaba ya las escaleras y se sentaba en el sofá contiguo a su esposo–. ¿Cómo estáis, chicos? ¿Cómo habéis dormido?
–Bien –respondió Mercedes, notando cómo el chico se quedaba en silencio a su lado.
Había llegado el momento, ¿verdad? Aquel en el que él revelaría todos y cada uno de sus secretos. Aquel que Sam habría deseado nunca tener que vivir.
Ahora los señores Jones le miraban fijamente, probablemente sin aún poder creerse aquel pasado que el chico había querido esconder y no había podido.
Sam Evans dio un profundo suspiro antes de romper a hablar finalmente.
–Siento muchísimo todo esto, señores Jones. Les he defraudado –el chico bajó la cabeza de verdad avergonzado–. Ustedes confiaron en mí y yo… Siento mucho el haberles hecho pasar por esto.
–Oh, Sam –Patricia Jones negó con la cabeza, mirando al chico y luego a su marido–. No digas eso, hijo.
–Es la verdad, señora Jones. Les mentí, les oculté a qué me dedicaba. Lo que hacía –se sinceró, sacando aquella espina que guardaba dentro. Se había equivocado desde el principio, ¿no es cierto? Debería haberles dicho la verdad. Sincerarse con ellos desde un primer momento como ahora lo estaba haciendo pero prefirió borrarlo. Hacer como si aquel pasado no existiese. Y eso era imposible–. Sé que hice mal, ahora lo sé. Debería habérselo contado, debería haberles advertido que aceptarme en su casa podría tener consecuencias y ahora ya es tarde, demasiado tarde.
–Sam… Nosotros ya lo sabíamos –le contó el señor Jones, al tiempo que Sam levantaba la cabeza por fin.
–¿Cómo?
–¿Lo sabíais, papá? –Mercedes también se había quedado quieta, no pudiendo creer lo que estaba oyendo.
–Tus padres nos lo dijeron, Sam –empezó a explicarle ahora Patricia–. La primera vez que fuimos a visitarles contigo. Nos contaron todo por lo que habíais pasado y lo que habíais tenido que hacer para salir adelante.
–Lo sabían… –Susurró el chico.
Lo sabían y no les había importado. Habían dejado que el chico viviese en aquella casa, compartiendo techo con su hija, permaneciendo cerca de ella. Ellos habían confiado en él, mucho más de lo que nadie algún día lo habría hecho y él… ¿Con qué les había pagado?
–Y aun así me aceptaron en su casa –Sam no podía creérselo.
–¿Por qué no habríamos de hacerlo? Eres un buen chico, Sam. No cualquier persona habría cuidado de nuestra hija como tú lo hiciste durante todos estos meses. Una vez te dije que no hacía falta una promesa para saber que nunca dejarías que nadie le hiciese daño –le recordó Robert Jones –, y lo decía de verdad.
"Muchas gracias, Sam. No solo por la tarta ni por la intención, sino por lo feliz que hiciste hoy a mis chicas. Desde el mismo momento en el que pusiste un pie en esta casa supe que haría bien en confiar en ti. No hace falta una promesa para saber que nunca dejarás que nadie le haga daño."
Así se lo había dicho aquella noche en el cumpleaños de su mujer, cuando las habían encontrado a ella y a su hija en ese mismo salón, dormidas en el sofá. Aquella noche, su mujer había reído como nunca antes, feliz de poder compartir aquel día con toda la gente que la quería y a la que ella amaba y él, no podría estarle más agradecido a aquel chico que había llegado a su casa para hacerlas sonreír, para devolverles aquella sonrisa que su hijo Bobby se había llevado cuando se fue.
–Señor Jones, yo… No lo soy, yo… –¿Cómo decirle que aquello no era cierto? Que habían confiado de verdad en él, y lo único que el chico había hecho había sido enamorar a su hija a sus espaldas. Sam respiró hondo, antes de dejar salir aquel último secreto. El que sin duda haría que ellos tomasen la decisión de echarle de aquella casa–. No la cuidé por eso, ni siquiera la cuidé porque así se lo había prometido, señor Jones. Lo hice porque la quiero, estoy enamorado de su hija.
El corazón de Mercedes dio un salto en el momento en el que le oyó decir aquellas palabras. ¿Estaba soñando? ¿O las había oído de verdad? Él tenía que haberse vuelto completamente loco. Solo así podría entender que él hubiese decidido sincerarse por completo cuando horas antes le había pedido en vano que ella permaneciese ajena a todo aquello.
Su mano rápidamente buscó la de él, no queriendo dejarle solo. Haciendo lo que ella le había prometido aquella mañana. Protegerle. Como tantas y tantas veces él lo había hecho.
Cuidarle.
Y quererle.
–Le juro que traté de olvidarla. Lo intenté con todas mis fuerzas pero no pude, señores Jones. La quiero –el chico la miró, mientras ella aceptaba su mano entre las suyas, haciéndole ver con aquel gesto que no se iría. Mercedes nunca lo haría.
–Sam –el señor Jones intentó hablar, siendo ahora interrumpido por su hija.
–Papá, yo también le quiero –la oyeron decir, a la vez que su madre no podía evitar llevarse una mano al pecho al oírla decir aquellas palabras haciendo que la chica dejase de mirar a su padre, para ahora mirarla a ella–. Sam es esa persona, mamá – le dijo, recordando aquella conversación que habían tenido en el pasado–. Sam es mi persona.
"Un día pasará. Un día mirarás a esa persona a los ojos y tu corazón te lo dirá. Y el resto de ti temblará solo con tenerla cerca."
–Oh, Mercedes –Patricia Jones no podía evitar mirar a su hija con cariño.
–Y él me cuida, papá. Todo el tiempo. Como tú se lo pediste –empezando a contarles todo cuánto el chico había hecho por ella. No podía parar, no podía detenerse. Su caída de la bicicleta, la pelea con Azimio, cada uno de los granizados de los que el chico la había protegido. Cada burla. Él había estado allí. A su lado–. Puede que no hubiera sido por la promesa, pero él lo hizo. Y lo sigue haciendo.
–Mercedes –Sam, intentó hablar, pero ella no le dejó.
–No, Sam. Sé que no querías que se lo dijese, pero debo hacerlo.
–¿Qué ocurre, cariño? –Preguntó su madre, preocupada.
–Yo también lo sabía. Lo que él hacía. Yo también os mentí, mamá, os lo oculté. Si tan solo os lo hubiésemos contado… Quizás lo de anoche no habría pasado.
–¿Qué quieres decir, Mercedes? No entiendo –el señor Jones le pedía que se explicase.
–El vídeo que pusieron anoche en el baile no es el único que existe, papá. Alguien lleva meses enviándomelos a mi correo electrónico.
–Cariño, tenías que habérnoslo dicho –le reprochó su madre.
–Lo siento –ahora finalmente se daba cuenta del error que había cometido. Si hubiese hablado, si les hubiese dicho la verdad no le hubiesen hecho daño. Sam no habría tenido que vivir aquella noche ni el miedo a tener que marcharse de allí–. Papá… El señor Schue nos contó que teníais que ir a ver al director mañana –dijo preocupada, recibiendo un sí por parte de su padre–. No le pasará nada malo, ¿verdad? No pueden expulsarle.
–No lo permitiremos –les aseguró el señor Jones–. Te lo prometo, chico. Haremos todo lo posible para que eso no suceda.
–Gracias de verdad, señor Jones. Se lo agradezco de todo corazón.
–Gracias, papá –le dijo su hija, levantándose para dejar un beso en su mejilla y luego otro en la de su madre–. Mamá, muchas gracias –su madre la abrazó con cariño, antes de que ella regresase al lado de Sam para recibir uno de él.
–¿Viste? Te dije que funcionaría, Patricia. Qué poca confianza tenías en mí –oyeron decir al señor Jones, haciendo que los chicos rompiesen el abrazo para volver a mirarles.
–¿Mamá? ¿De qué está hablando? –Preguntó Mercedes, completamente perdida.
–Tu padre, hija, que ha descubierto que le encanta hacer de celestino –Patricia negó con la cabeza, sin poder ocultar su sonrisa.
–¿Cómo?
–Que también lo sabíamos, cariño. Sabíamos que os gustabais. Debo decíroslo, disimuláis fatal –dijo el señor Jones, dejándolos sin palabras.
¿Estaba de broma, verdad? Tenía que estarlo.
Pero no lo estaba. Su padre no lo estaba. Aquello era real.
Durante unos minutos, el hombre había aparentado una seriedad que no tenía, pero ahí estaba de nuevo, Robert Jones, haciendo que su hija se avergonzase por completo.
–¿Estás queriendo decir que lo de pedirle a Sam que fuese conmigo al baile lo hiciste a propósito?
–Bueno… Esperaba que algo bueno sucediese cuando le sugerí que te llevase, pero desde luego no lo que al final pasó. Lo siento de verdad, Sam.
–No necesita disculparse, señor Jones. Volvería a ir a ese baile una y mil veces –no pudo evitar decir.
Y no les había mentido.
Volver a pasar por todo aquel dolor, Sam lo haría. Infinitas veces. Todo para poder volver a vivir aquel momento junto a ella. El baile le había regalado lo que más quería. Lo que más había anhelado.
A ella.
A la chica que ahora le miraba con amor, sin importarle que delante de ella a tan solo un metro de distancia sus padres la estuviesen viendo. La misma que ahora entrelazaba sus dedos con los de él. Sin miedo, sin dudar, mientras la sonrisa más grande se formaba en sus labios.
–Eso sí. La norma de no subir chicos – señalando a su hija – y chicas – señalando a Sam – a vuestras habitaciones se mantiene, y con más razón ahora. No podéis pasar juntos de estas escaleras, ¿queda claro?
–Muy claro –respondió Sam, rápidamente.
–¡Papá! Pensé que confiabas en nosotros –protestó Mercedes.
–Y lo hago, cariño. En lo que no confío es en vuestras hormonas –se excusó.
–Robert Jones, cada vez te pareces más a mi padre –oyeron decir a Patricia, negando con la cabeza, al tiempo que su teléfono móvil vibraba anunciándole de la llegada de un mensaje–. Son tus padres, Sam. Dicen que están viniendo para aquí.
–Les hemos llamado esta mañana, pensamos que querrías tenerlos cerca después de lo sucedido ayer.
–Muchas gracias, señores Jones. No sé cómo podría agradecerles todo lo que están haciendo.
–No hay nada que agradecer, chico. ¿Y no creéis que ya va siendo hora de empezar a hacer la comida? Me muero de hambre –les recordó Robert, mirando su reloj–. Venga cariño, te ayudo a preparar algo –le ofreció la mano a su mujer, que pronto la aceptó, empezando a caminar hacia la cocina–. Dejemos unos minutos solos a este par. Pero ojo, no os penséis que no os voy a estar vigilando.
–Sí, señor Jones –volvió a responder Sam, sin dudar siquiera, viendo cómo finalmente ellos entraban en la cocina–. No me puedo creer lo que acaba de pasar.
–Ya somos dos –dijo Mercedes, todavía alucinada.
Sus padres habían hecho grandes locuras, pero jamás habría pensado que fuesen a reaccionar de esa manera al revelarles que ellos se querían.
–Si no fuera por ellos, quizás ahora seguiríamos como antes.
–Sí –el chico tenía razón. De no haber sido por las locuras de sus padres, de no haber sido por éstos, ellos quizás hubieran seguido negándose a aquello que sentían. Luchando por olvidarse el uno del otro y haciéndose daño mutuamente sin quererlo.
–Tengo demasiadas razones para estar en deuda con ellos, Mercedes –susurró él, no queriendo que su padre les escuchase, al tiempo que buscaba nuevamente su mano y la acercaba a sus labios dejando un beso suave en el dorso–. Pero si tuviese que decir una sola cosa en la vida de la que les estaré por siempre agradecido–
–¿Cuál sería? –Quiso saber, Mercedes.
–Que de no haber sido por ellos, nunca te habría conocido –le respondió, viendo cómo la sonrisa de su chica se hacía todavía más grande, y sus brazos le buscaban rodeando su cuerpo en un abrazo. Sam la apretó contra sí, queriendo que aquel momento nunca se terminase. Qué tonto había sido… Querer luchar contra aquel amor, intentar olvidarla, mantenerla lejos de él y a la vez tan cerca. Nunca lo suficientemente cerca.
Pero ahora…
Sam no haría nada que estropease aquello que ambos estaban construyendo. Jamás haría nada que pudiese ponerlo en peligro.
–¡Que os estoy viendo!
Oyeron gritar desde la puerta de la cocina al señor Jones, arrancando nuevas risas en los chicos, al tiempo que éstos se separaban, y decidían ir a ayudarles.
Cuando después de comer, el timbre de la puerta sonó, Sam y Mercedes pensaron que eran los Jones que ya volvían con sus padres de la estación de autobuses. Sin embargo, se equivocaron.
Al abrir la puerta, Mercedes Jones se encontró con el Glee Club al completo y la mayor parte del equipo de football del instituto.
–¿Sam? –Le llamó, sonriente, consciente de cuánto se alegraría el chico al verles.
–Hey… ¿Qué hacéis todos aquí? –Preguntó él, saludándoles uno a uno e invitándoles a pasar.
–Tenemos algo que decirte –dijo Rice, uno de sus compañeros del equipo –. Sentimos mucho lo que te pasó ayer, tío –se disculpó, mientras pasaban al salón.
Mercedes, Quinn, Tina y Kurt habían ido ya a por las sillas libres de la cocina y ahora todos los visitantes se las repartían junto con los sofás, dejándoles un sitio a los anfitriones.
–Gracias, chicos. No hacía falta que vinieseis todos, de verdad –les agradeció Sam, sincero.
–Que no te engañen, Evans. Éstos también han venido a comprobar si lo que han oído es cierto –le hizo saber Santana.
–¿Qué han oído? –Preguntó él.
–Puede que… se nos haya escapado que… Que-Mercedes-y-tú-estáis-saliendo-juntos –dijo Finn rápidamente, esperando que el chico no se enfadase mucho al oírlo.
–Y es verdad –afirmó él, no entendiendo a qué venía todo aquello. ¿Acaso creían que ellos querían mantenerlo en secreto?
Si no fuera por todo lo que estaban pasando, si no fuera por sus miedos a que lo expulsasen… El chico no desearía más que atravesar aquellas puertas del McKinley a la mañana siguiente con ella a su lado, mientras sostenía su mano y le mostraban a todo el instituto lo que de verdad sentían.
–En cualquier caso, no era nuestro el contarlo –se disculpó Rachel.
–Primera vez que dice algo con sentido –escucharon decir a Santana.
–Nos alegramos de verdad, tío, al menos algo bueno ha salido de todo esto –oyeron decir a otro jugador que Mercedes recordó recibía el nombre de Manning.
–Gracias, chicos –respondió Sam, mirándoles a cada uno de ellos.
–Debimos haberlo visto venir, sabíamos que era idiota pero, ¿tanto? –habló ahora Green, otro de los Titanes, llamando la atención de Sam y haciendo que el chico se preguntase a quién podía estar refiriéndose –. Evans… Fue Azimio Adams quién hizo que pusieran ese vídeo en la pantalla anoche.
–¿Cómo? –El chico les miró, perplejo.
¿Estaban de broma, no? ¿Azimio? ¿El gilipollas de Azimio?
"¡Joder! ¡Estás loco, ¿lo sabes?! ¡Todos en esa familia estáis locos! ¡No dudes que conseguiré que te expulsen por esto, imbécil! Te habría sido mejor quedarte callado. ¿Quién protegerá ahora a tu chica cuando estés en un bus de vuelta a tu ciudad de mierda?"
No podía ser… Finalmente se había salido con la suya, ¿verdad? Finalmente conseguiría lo que tanto había querido. Conseguir expulsarle.
¡Maldito fuese!
–Fue Shane quién le delató –le informó Puck–. Al parecer, Jacob Ben Israel tenía unos videos de ti aparte del que vimos en el baile, y Azimio le amenazó para que no los sacase a la luz hasta que él decidiera cuando hacerlo.
Mercedes les escuchaba sin poder creérselo. ¿Por qué Azimio les odiaba tanto? ¿Qué le habían hecho para que él quisiese hacerles tanto mal? No podía entenderlo.
La chica buscó la mano de él, tratando de calmarle, aun sabiendo que aquello sería imposible. No ahora que Sam sabía por fin quién había sido el verdadero causante de todo aquel daño.
–Cuando le vea –intentó decir, pero ella no le dejó.
–Cuando le veas no harás nada, Sam, por favor.
–Mercedes tiene razón, Sam. Deja que el instituto se encargue de esto –le pidió Quinn, apoyando a su amiga.
–De esta no se va a poder librar, te lo aseguro –añadió Kurt con Blaine a su lado –. Hay pruebas suficientes como para perderle de vista durante bastante tiempo.
–Más le vale que así sea –masculló Sam, a la vez que notaba el dedo pulgar de la chica acariciando su mano con suavidad.
Ella tenía miedo.
Temor de lo que él pudiese llegar a hacerle al idiota de Azimio en cuánto volviese a verle, mas él no lo haría. A pesar de las ganas que tenía de ser el quién le hiciese desaparecer, Sam Evans no haría nunca nada que pusiese en peligro su estancia en aquella casa. Nada que le hiciese perder aquella confianza que sus padres y ella habían puesto en él. Cómo hacerlo, si los señores Jones planeaban hacer hasta lo imposible porque él se quedase allí con ellos. En aquella casa que le había dado todo. Aquella que seguía brindándole momentos llenos de cariño junto a ella y a las personas que realmente le importaban.
El timbre sonó, haciendo que la chica se levantase, siendo detenida por él y pidiéndole que guardase asiento de nuevo.
–Ya voy yo –le susurró, dejando un beso en su mejilla, empezando a andar mientras en el salón comenzaba a oírse un murmullo de voces entre los visitantes–. Papá… –Su voz se quebró, viendo por fin quién había detrás de la puerta. Abriéndola de par en par para dejarle paso y buscándole con necesidad.
–Hijo –oyeron decir al señor Evans, emocionado, mientras le daba el mayor de los abrazos y palmeaba su espalda con cariño–. Estamos aquí, hijo. Por fin, estamos aquí.
Sintiendo una suave caricia en sus manos, Sam abrió los ojos en el abrazo para encontrarse con la sonrisa más triste.
–Mamá… –Susurró, a la vez que su padre se separaba de él y dejaba que su madre le abrazase también.
–Cariño – Mary suspiró profundamente, apretándole fuerte contra sí, queriendo proteger a su niño de todo y de todos.
Porque eso era él para ella. Siempre lo sería.
Su niño.
Un niño grande que había tenido que dejar de serlo para ayudarles a ellos. Uno que había tenido que crecer muy deprisa y renunciar a tantas cosas para lograr salir adelante. Alguien que no se merecía todo el daño que le seguían haciendo.
Una lágrima resbaló por su mejilla y su marido la secó con delicadeza, antes de unirse también a ellos, rodeando con sus fuertes brazos a sus dos corazones, dos de las personas que más quería en su vida.
– ¿Y los pequeños? – Preguntó de repente Sam, abriendo nuevamente los ojos y notando su falta. De haber estado allí, los dos diablillos ya estarían saltando encima de ellos.
–Se quedaron allí con los vecinos. No nos parecía bien traerles aquí con todo lo que ha pasado –le informó su padre.
–Además, no queríamos abusar de la cortesía de los Jones, bastante están haciendo por nosotros dejando que nos quedemos aquí contigo.
–¿Os vais a quedar? –Preguntó, ilusionado.
–Todo el tiempo que necesiten, Sam –oyeron decir al señor Jones, viendo cómo dejaba el pequeño equipaje de los Evans y su mujer cerraba la puerta detrás de él–. Y no sería abusar. Sabéis que adoramos a esos pequeños revoltosos –el señor Jones giró su cabeza hacia el salón, viendo por fin como muchos ojos le miraban–. ¿Qué es esto? ¿Una fiesta?
–No… Señor Jones, puedo –quiso explicarle Sam.
–No me puedo creer que hayáis hecho una fiesta y no nos hayáis invitado –bromeó Robert, entrando en su salón y saludando a cada una de las personas que ahora le miraban, atónitos–. Bienvenidas, chicas y chicos, para los que no me conozcan, me llamo Robert Jones y ella es mi preciosa mujer, Patricia –la mujer les saludó desde la puerta, desde donde miraba la escena junto con los Evans–. Somos los suegros de Sam – añadió, feliz.
–¡Papá! –Exclamó, queriendo que el suelo se abriese y le tragase.
¿Cómo podía decir algo así delante de todo el Glee Club? ¡Y de los Titanes! Y, oh Señor… lo había dicho también delante de los padres de Sam. ¡Qué vergüenza!
–Encantado, señores Jones, tienen ustedes una casa muy bonita –habló Blaine, luego de sentir cómo Kurt le apretaba la mano buscando su ayuda, viendo cómo Mercedes miraba a su padre con ganas de asesinarle.
–Muchas gracias…
–Blaine. Blaine Anderson, señor Jones. Soy el novio de Kurt –dijo, orgulloso.
–Ahora lo recuerdo… Tú eras su pareja en el musical, ¿cierto?
–Sí. Mi tío Will me pidió que formara parte de él cuando Finn decidió dejarlo –les explicó.
Al oírle, los ojos de Finn buscaron en ese momento a Sam, viendo cómo el chico había hecho lo mismo y ahora le miraba recordando aquella última escena del musical.
Don't stop Believing.
Su canción.
Aquella que Sam, entre bambalinas, le había pedido que saliese a cantar.
Finn había dejado el musical pero Sam le había ofrecido aquella última canción para que la cantase con Rachel.
Y él así lo había hecho. Rodeado de todos sus amigos más queridos, Finn había entonado aquella canción.
Su himno.
El de todos los miembros del Glee Club.
Los que ahora permanecían allí, acompañando y apoyando a dos de sus amigos.
–Mary, Dwight, venid a conocer a estos chicos tan simpáticos –habló de nuevo el señor Jones, animándoles a que se acercasen –. Mercedes, Sam, ¿cómo es que no les habéis ofrecido nada de beber? Vamos, id a la cocina a por unos refrescos –les pidió, viendo cómo su hija se levantaba ya y se dirigía hacia allí, deteniéndose en la puerta del salón para saludar a los padres de Sam, antes de seguirle a él a la cocina.
–Siéntese aquí, señora Jones –le ofreció Quinn, a la vez que Puck a su lado se levantaba también para dejarle su sitio al señor Jones. Dos de los Titanes se habían levantado ya y ahora los señores Evans ocupaban sus sitios.
–Gracias Quinn… Noah –la señora Jones se sentó, al tiempo que su marido se acercaba para colocarse a su lado.
–Qué menos que dejar que me siente en mi propio sofá – rezongó el señor Jones.
–Robert… –le reprendió su mujer, comprendiendo a la vez que éste nunca cambiaría.
–Así que vosotros sois de quiénes Sam tanto nos ha hablado –oyeron a la señora Evans, mientras ésta intentaba contener su emoción –. Me alegra el saber que nuestro hijo tiene tan buenos amigos que le apoyan –dijo, sincera.
–Sam se lo merece, señora Evans –dijo Finn ahora, siendo apoyado por todos.
–Y Mercedes también –añadió Kurt, sonriéndole con cariño a los padres de su mejor amiga.
Desde la puerta, cargados de botellas y vasos, los chicos se miraron durante unos segundos el uno al otro, antes de volver a centrar sus ojos en la escena que tenía lugar delante de ellos.
Habían venido por ambos. Estaban allí por ellos dos. Para apoyarles… Para acompañarles y ayudarles a pasar aquel momento que les había tocado vivir.
Sus amigos, sus compañeros.
Su familia.
La que compartía su misma sangre, y la que no lo hacía, pero de la que habían terminado formando parte después de todos aquellos meses. Porque eso eran aquellas personas que ahora se levantaban para ayudarles a ambos con aquellos vasos.
Una familia de verdad.
–¿Estás seguro de que no quieres dormir en tu habitación? No tengo ningún problema en ser yo quien ocupe el sofá –le ofreció su padre por tercera vez ese día.
–No hace falta, papá, de verdad. Estoy más que acostumbrado a dormir en él. Además, ya no soy un niño como Stevie y Stacie para dormir con sus padres, en este caso con mamá –bromeó el chico.
–Me temo que para tu madre nunca dejarás de serlo, hijo. Ni aun cuando seas viejo y ella tenga nietos –rió Dwight, sentándose en el sofá al lado de su hijo–. Y hablando de nietos…
–Papá, no empieces –le cortó Sam.
–Solo iba a decir que me alegro muchísimo por vosotros, hijo. Mercedes es una chica maravillosa.
–Lo es –le dio la razón, feliz de que sus padres aprobasen su relación–. Ella lo es… todo. Y puede que mañana tenga que irme, o quizás dentro de dos semanas, poniendo cientos de kilómetros entre nosotros, pero sé que funcionará, papá. Sé que lo conseguiremos, porque nos queremos.
–Ojalá así sea, Sam –respondió Dwight, posando su mano en el hombro de su hijo y apretándolo suavemente –. Os lo merecéis –dijo, de corazón, empezando a levantarse del sofá –. Debería irme ya y dejarte descansar, mañana será un día muy largo. Buenas noches, hijo.
–Buenas noches, papá –le deseó Sam, viéndole marcharse escaleras arriba antes de recostarse en el sofá y cerrar sus ojos.
No pudiendo evitar que una enorme sonrisa se formase en sus labios cuando, tiempo después, esa misma noche, oía cómo la chica bajaba finalmente las escaleras y caminaba hacia él, buscando con sus manos la manta y arropándole. Tal y como había hecho tantas veces. Todas aquellas veces en las que él había tenido que dormir allí, dejándole su cama a Bobby.
Su mano rozó la de ella durante unos segundos sobre la manta y la chica aguantó la respiración, temiendo haberle despertado.
–Creí que esta noche no vendrías –susurró él.
–Sam Evans, cualquier día de estos me matarás de un susto –se quejó ella llevando su mano al pecho, el cuál le latía sobresaltado, mientras él ahora se tumbaba de lado y le hacía un hueco para que la chica pudiera sentarse en el sofá–. Creí que estabas dormido –le explicó, dándose cuenta al instante de las palabras que el chico había dicho–. Un momento… ¿Qué quieres decir con "esta noche"? ¿Acaso…? –Le preguntó, temiendo la respuesta.
–Me temo que "nunca" estuve dormido –admitió, Sam, viendo cómo la chica abría la boca y luego la cerraba, sin decir nada–. No quería que dejases de hacerlo, por eso nunca te lo dije.
–Dios mío, qué vergüenza. Debiste creer que estoy loca –aquello no podía ser verdad. Definitivamente, no podía ser cierto.
Sam Evans había sido consciente de todas y cada una de las veces que la chica había bajado a aquel salón para arroparle. Para cuidarle. Para mirarle en silencio. Como una loca.
No…
¡Loca era decir poco!
–No digas eso –le pidió Sam a la vez que su mano acariciaba su mejilla, observando aquellos hermosos ojos que le miraban bajo la tenue luz del salón–. Nunca creería algo así. Solo… No sabía que eras un poco Edward Cullen –rió Sam.
–Muy gracioso, Sam, muy gracioso –Mercedes frunció el ceño, a la vez que él se enderezaba en el sofá para unir sus labios en un beso dulce–. No creas que con esto voy a olvidar que me has comparado con un vampiro deprimido –le dejó claro recibiendo un nuevo beso de él.
–¿No? Creí que funcionaría –puso morritos, para luego robarle uno más–. Nunca te lo dije, pero gracias por haberlo hecho todos estos meses –dijo de corazón, señalándole la manta.
–A ver… Alguien tenía que evitar que te enfriases –respondió ella, tratando de quitarle importancia–. ¿Te imaginas que hubieses acabado resfriado? Adiós locales y regionales.
–Claro que sí… Por eso mismo lo hacías –se burló, Sam, negando con la cabeza a la vez que se mordía el labio.
–¿Y por qué más iba a ser si no? –Sonrió la chica, haciéndolo ella también, divertida. Provocando que el chico la secuestrase de nuevo entre sus brazos y le regalase a aquel labio que la chica había mordido segundos antes, el más dulce de los besos.
Un tiempo y varios besos después, Mercedes Jones terminaba de arroparle y se despedía de él, regresando a su habitación intentando hacer el más mínimo ruido, entrando en ella y cerrando con cuidado la puerta.
Estaba en una nube.
Él hacía que ella se sintiese en una nube.
Metiéndose dentro de su cama, la chica no pudo evitar que sus pies se moviesen, golpeando el colchón y las sábanas, incapaz de mantenerse quieta, tratando a la vez de que nadie oyese los chillidos de felicidad que intentaba silenciar con sus manos.
Aquellos días habían pasado tan rápido… Mercedes había comenzado la semana triste, consciente de que aquel sábado, ella no acudiría al baile. Se quedaría en casa, deseando haber ido con él y ahora… ¿Quién le iba a decir que su deseo había terminado haciéndose realidad?
Él la había llevado. Habían bailado y reído. Habían llorado… Derramando lágrimas que ella habría querido evitarle. Se habían apoyado el uno en el otro. Como ellos solo sabían. Como lo harían siempre.
Se querían.
Sam Evans la quería.
Pensando en él y en sus hermosos ojos, Mercedes Jones finalmente se quedó dormida.
A la mañana siguiente, los Jones y los Evans junto con Sam y Mercedes se sentaban en las sillas de espera delante del despacho del director. Habían llegado temprano, quizás demasiado. Y aquella espera estaba poniendo aún más nervioso a un Sam que no podía parar de mover los pies, inquieto.
–Todo va a salir bien –le susurró Mercedes a su lado, tratando, en vano, de que el chico se calmase. Momento en el cuál la puerta se abría por fin y Sam se levantaba como un resorte.
–Buenos días, Sam –fue Will Schuester quién habló, dejándoles espacio para que entrasen–. Señores Jones, señores Evans –éstos fueron pasando a su lado, recibiéndoles con un apretón de manos–. Lo siento, Mercedes. Vas a tener que esperar fuera.
–Pero –
–Son las normas –se excusó Will, haciéndole ver que nada podía hacer.
Los ojos de Sam buscaron los de ella, resignados, a tiempo de ver cómo Mercedes le susurraba un último "Todo va a salir bien" antes de que la puerta se cerrase delante de ella.
–Tomen asiento por favor, señores – oyeron decir al director–. Como todos saben soy el director Figgins, y ellos son algunos miembros del Consejo Escolar, el profesor y director del coro, Will Schuester, las entrenadoras Shannon Bieste y Sue Sylvester, la consejera escolar Emma Pillsbury y el señor Burt Hummel –les presentó haciéndo ahora lo mismo con los recién llegados–. Y ellos son los señores Jones, padres de Mercedes y los señores Evans, padres de Sam.
–Corta el rollo, todos sabemos ya quiénes somos y por lo que estamos aquí hoy –saltó la entrenadora Sylvester.
Oh, Dios…
¿Iban a expulsarle, verdad?
Sam palideció, completamente convencido de que aquello era lo que iba a pasar sin duda.
–Sam… Te hemos convocado hoy aquí, a tus padres, los reales y los suplentes, y a ti, para disculparnos –el director volvió a retomar la palabra.
–¿Cómo?
–Queríamos que supieras que lo sentimos, Sam –habló ahora la entrenadora Bieste–. Sentimos de verdad lo que pasó en el baile.
–No… ¿No planean expulsarme? –El chico no pudo evitar preguntar, aun con miedo.
–¿Expulsarte? –Sue Sylvester no pudo evitar reír al oírlo –. ¿Y perdernos esos movimientos? De ninguna manera, Labios de rana, te quiero el año que viene en mi equipo de animadoras.
–¿El año que viene? – No… Sam no podía haberla escuchado bien. Definitivamente, Sue Sylvester no podía haberle dicho aquellas palabras.
–Señores Evans, señores Jones –Figgings llamó su atención–, hemos decidido extender por un año más la beca de Sam –les informó, viendo cómo el chico le observaba, atónito.
–Eso significa… –Empezó a decir Sam.
–Eso significa que estaremos encantados de que puedas graduarte en el William McKinley si así lo quieres –le explicó el señor Schue.
–Siempre y cuando tus padres y los señores Jones, que seguirán siendo tus tutores, estén de acuerdo, por supuesto –les recordó la señorita Pillsbury.
–Lo estamos –dijeron los cuatro a la vez, haciendo que el chico sonriese como nunca antes.
Estaba soñando, ¿verdad? Lo que estaba sucediendo no podía ser real. ¿Cómo había podido tener tanta suerte?
–¿Entonces qué, Sam? – Burt Hummel llamó su atención, sintiendo a la vez cómo todos en aquel despacho le miraban expectantes –. ¿Te quedas?
Si os ha gustado el capi o lo habéis odiado, ya sabéis, os invito a pasaros por el cuadradito de aquí abajo y dejar un review.
Nos vemos en el epílogo.
Un abrazo enorme.
Syl
