Descargo de responsabilidad: los personajes le pertenecen a su autor.


Kanon, llegó al fondo del mar y se postró delante de Julian-Poseidón, quien lo observaba con expresión solemne ante la mirada de desconfianza del resto de generales, lo cual, para Kanon, era aceptable y completamente comprensible dado los hechos ocurridos durante la guerra contra Atenea, pero no sé dejó intimidar y miró a Poseidón esperando su sentencia.

Desde que se les devolvió la vida, sabía qué tarde o temprano, Poseidón, le pediría cuentas sobre sus actos, así que estaba dispuesto a cumplir su castigo. Sin embargo, para su sorpresa, Poseidón, le había ofrecido de nueva cuenta la scale de Dragón Marino, ya que no contaba con un lugar en el ejército de Atenea y a él le faltaba un general. Tras una charla con su hermano, decidió aceptar. De eso ya habían pasado varios meses, recordó Kanon mientras observaba el paisaje submarino.

Escuchó el sonido de pasos acercarse a su pilar y no tuvo que girarse para saber que era Thetis la que se acercaba, el sonido de sus tacones era inconfundible. Se tensó un poco al sentirla cerca, pero mantuvo la mirada en el amplio mar, mientras intentaba mitigar sus emociones.

—¿Qué te preocupa? —le preguntó entrando a su sala.

Kanon, se giró para observar a Thetis, entrar en sus dominios en el Atlántico Norte, la vio avanzar hacia él y el general, observó con descaro el cuerpo que lo había atormentado en sueños durante la última semana, en su mente decidió que sus sueños no le hacían justicia a la exuberante mujer que tenía delante.

—Buenos días, Nereida —saludó. Thetis elevó una ceja.

—Buenos días, General de Dragón Marino —devolvió el saludo solemne—. ¿Descansaste bien? Estos días te veías realmente agotado. ¿Tan mal te trató Atenea? —bromeo.

—Solo tuve malas noches —una suave risa salió de los labios de la sirena—. Pesadillas, Thetis —aclaró intuyendo lo que ella había imaginado.

Pensamientos que no estaba muy alejados de la realidad, pero no pensaba decirle a la sirena que era ella y sus torneadas piernas lo que lo atormentaban durante la noche y a veces, también durante el día. Cerró los ojos apartando esos pensamientos, tenía otros asuntos de los qué ocuparse.

—Oh, bueno, siendo así —detuvo su risa, se encogió de hombros —estando aquí tal vez te vaya mejor.

—¿A qué te refieres? —preguntó confundido.

—Ya sabes, el cosmos de Poseidón nos protege de la influencia de otros dioses, no estamos exentos de caer en su poder, pero no estamos expuestos tampoco.

Kanon, la miró como si le hubiese revelado el misterio del Santo Grial. Ahora que lo pensaba, eso era verdad, desde que había llegado al Santuario Marino, su mente se había despejado, todavía tenía pensamientos poco honorables sobre la mujer que tenía delante, cierto, pero al menos ya no confundía su imaginación con la realidad. Eso y que los dos días que llevaba ahí, tampoco había sido atormentado en sueños.

Sí Poseidón podía neutralizar la influencia de Citerea, tal vez los pudiera ayudar con el problema que se cargaban por culpa de la diosa. No sabía sí su dios estaría dispuesto a ayudarlos, pero no perdía nada con intentarlo. Necesitaba hablar con él con urgencia, pero para su mala suerte, Julian se encontraba fuera. Sus pensamientos fueron interrumpidos por su compañera.

—¿Kanon? —lo llamó Thetis. El general parpadeó y la observó—. ¿Qué sucede? —preguntó preocupada.

—¿Sabes cuándo vuelve Julian? —apremió, tenía que convencerlo de ayudarlos. La sirena parpadeó sin entender, pero se apresuró a responder.

—Según Sorrento, mañana temprano. ¿Por qué? —frunció el ceño.

—Ya lo sabrás, sí me disculpas, necesito ir a supervisar los entrenamientos.

—Sí necesitas descansar, puedo pedirle a Krishna que lo haga —ofreció preocupada. Kanon, negó.

—Necesito distraer mi mente. Nos vemos más tarde —la sirena asintió y lo despidió.

Kanon, se mantuvo ocupado el resto del día, evitando intencionalmente a Thetis, su presencia le ponía incómodo de un modo que no sabía explicar. Necesitaba pensar en la mejor manera de salir del embrollo en el que Citerea los había metido. Había abandonado el Santuario Ateniense, más por recomendación de Saga que por voluntad, no le gustaba el estado en el que estaban las cosas y hubiera preferido quedarse con ellos.

Aparentemente todos estaban bien, excepto Afrodita, quien se volvió a disculpar por lo sucedido y más con él, que ni vela tenía en ese entierro ya que no pertenecía a la Orden de Atenea. Sí, Cipris tenía que haber respetado su posición como general marino, en eso estaba de acuerdo, pero en cierta forma era su culpa, supuso, sí no pasara la mitad del tiempo con su hermano... O tal vez simplemente, Afrodita había visto las dos estrellas de Géminis y no se detuvo a explorar sí los dos estaban afiliados a Atenea, quien sabe.

Ni él ni nadie culpaba a Afrodita. De algún modo el acoso de la diosa se tenía que terminar y bueno, las condiciones de Afrodita Urania eran de esperarse, sí quería ganar aquel juego, lo lógico era que los arrastrara a su territorio, a diferencia de Poseidón y Hades que habían declarado la guerra a la diosa de la guerra inteligente —qué, a pesar de lo cuestionable de su método, se había demostrado eficaz—, Citerea, los había arrastrado a dónde ella tenía la ventaja.

Se dejó caer en su cama, ahora con su mente ocupada en lo que diría a Poseidón, tal vez él los pudiera ayudar. Cerró los ojos con deleite, era satisfactorio poder tener pensamientos claros y ocuparse de cosas prácticas, algo que en los últimos días no había podido hacer, por culpa de no-sabía-quién, que no dejaba de pensar en Thetis.

Era curioso, reflexionó el general, jamás había pensado en ella de esa manera, la encontraba atractiva, por supuesto, pero no le generaba esos sentimientos «impuros» —como los había llamado Saga, cómo sí él fuera un santo, pensó con ironía Kanon—, pero desde que comenzara aquello, es que no podía de dejar de pensarla y soñarla. Simplemente era algo que no podía explicar. Cerró los ojos y sin darse cuenta, se quedó dormido.

—jefe —un soldado se postró frente a él sacándolo de sus sueños—. El señor Poseidón ha llegado, me pidieron que le avisara.

—Gracias soldado, puede retirarse —despejó el sueño de su semblante y se dio cuenta que había amanecido.

Kanon se levantó de su cama y llamó a su scale para presentarse ante Julian-Poseidón. Mientras avanzaba por el Santuario Marino, se encontró con Thetis charlando animadamente con algún soldado, eso hizo que lanzara una mirada asesina al tipo y un gruñido de frustración saliera de sus labios, acelerando el paso para dejar atrás aquella imagen, que no entendía por qué lo irritaba tanto.

Se arrodilló delante Julian-Poseidón y luego de los protocolos e informes de rigor, Kanon, procedió a contarle el problema que tenían él y los santos de Atenea. El señor Julian —o Poseidón—, lo escuchó atentamente sin interrupción hasta que terminó.

—Así que Afrodita ha decidido declarar la guerra a Atenea —el que habló fue Poseidón. Kanon asintió—. Cipris, no ha estado en guerra desde la era del mito y la última en la que participó fue en la de Troya y no le fue nada bien —comentó pensativo—, pero no por ello no es de temer. Citerea, puede ser extremadamente peligrosa, no por nada fue la única que pudo dominar a Ares por mucho tiempo y Zeus ni se diga, jamás pudo tocarla y siempre estuvo a su merced, igual que yo —sonrió—, la cantidad de hijos que tenemos lo demuestran. Jamás había mostrado interés en meterse con Atenea, ¿qué la orilló a ello?

—Una rosa —Poseidón alzó una ceja que lo instaba a explicarse mejor —poco después de que nos volvieran a la vida y yo viniera aquí, el Santuario recibió la visita de Eros, que según tengo entendido siempre ha tenido buena relación con Atenea —Poseidón asintió —por lo que lo recibimos, pero por comentarios desatinados por parte de un pony con alas —masculló eso último entre dientes. Poseidón lo escuchó y pudo adivinar a quién se refería —Eros se ofendió y pues nunca hay que meterse con el amor, ¿no? Afrodita, qué es el santo de oro de Piscis, tuvo que hacer frente, ya que, las Moiras, decidieron se encontrase fuera cuando ocurrió el incidente. La condición de Eros para liberar al Santuario fue un presente que complaciera a su madre y...

—Una rosa lo suficientemente bella para mitigar su furia —concluyó el dios. Kanon lo vio sorprendido—. Afrodita, jamás vio bien la amistad de su hijo con la vestal Atenea —explicó—. Así que el santo de Piscis logró complacer a la caprichosa Cipris. No me sorprende que lo quiera, como guerrero o como amante, da lo mismo. Afrodita siempre ha sabido apreciar la belleza, venga de donde venga.

Poseidón, observó a su General, realmente se veía preocupado. Todos los presentes se quedaron en silencio por largo rato, mientras pensaba en qué hacer. Intervenir directamente no le convenía, pues contrariar a Afrodita, nunca era buena idea, pero le guardaba aprecio a Kanon a pesar de todo y sería humillante que Cipris lograra lo que él no pudo, derrotar en algo a Atenea y estaba Julian, que seguía terco en amar a Saori. Supuso que solo había una cosa que podía hacer.

—Bien, creo que puedo ayudar de alguna manera, no puedo intervenir directamente, pero algo puedo hacer —respondió finalmente.

Kanon lo vio agradecido y el resto de los generales lo miraron sorprendidos, no esperaban una respuesta positiva de su parte, todavía no se limaban asperezas con el Santuario Ateniense, como para intervenir, pero ninguno se atrevió a replicar.

—¿No es mala idea meterse en un asunto que concierne a los santos de Atenea? —preguntó Sorrento acercándose a su dios cuando todos comenzaron a retirarse.

—No vamos a intervenir, lo que haga o no Afrodita, no es nuestro asunto, trataremos esto de manera diplomática, será un asunto de paz entre nuestros reinos como el que ya hizo el Santuario con Hades. Además, ella no tuvo pega en involucrar a uno de mis generales y tu superior —respondió con autoridad. Sorrento asintió.

—¿Qué hay que hacer? —cuestionó el joven incapaz de contradecir órdenes.

—Prepara una visita al Inframundo, sé qué Atenea lo frecuenta, así que trata de que coincida nuestra presencia. Puedes retirarte.

Sorrento, hizo una reverencia y sin más, se encaminó a cumplir con lo mandado que le dieron, no muy convencido. Seguía pensando que aquello no era bueno, pero no había nada qué hacer sí Poseidón estaba decidido a ayudar.

Kanon, se dirigió hacia su pilar cuando fue interceptado por la persona que en esos momentos no quería cerca.

—Thetis —saludó el marino con expresión neutra.

—Así que, Afrodita, ¿eh? —la sirena se acercó.

—Los chismes vuelan —comentó Kanon.

—¿Cómo terminaste involucrado? —preguntó curiosa.

—Afrodita no quiso detenerse a averiguar cuál de los dos gemelos era el de Atenea, supongo.

—¿Qué piensas hacer? —Kanon la vio de reojo.

—Es obvio, ¿no? Ayudar lo más que pueda, Afrodita no se irá del Santuario.

—Me re...

—Tengo cosas qué hacer, sí me disculpas...

La interrumpió, sabiendo a lo que se refería: cómo cumpliría su parte, pero era algo que no estaba dispuesto a compartir con ella. Se alejó sin darle tiempo a replicar nada. Sabía que se estaba portando como un auténtico idiota con la única persona en todo el Santuario Marino que no lo había desdeñado cuando volvió y que, además, le había brindado su apoyo y se había convertido en su amiga y precisamente por eso se alejaba, no quería cometer una estupidez de la que después podría arrepentirse, en más de un sentido.