Descargo de responsabilidad: los personajes le pertenecen a Masami Kurumada.


Aioria, se paseaba de un lado a otro en la arena del coliseo ya vacío a esa hora de la tarde, se encontraba nervioso e intranquilo por lo que no quería ser interrumpido o molestado por nadie. Al menos eso creyó hasta que sintió una suave mano tocarle el hombro. De inmediato se giró para observar el rostro metálico de Marin cerca de él.

—¿Qué te preocupa, gatito? —preguntó tranquila. Aioria sonrió ante el mote. No esperaba toparse con nadie, pero la compañía de Marín, siempre la encontraba agradable y siempre le era bienvenida.

Sin pensarlo mucho, la tomó de la mano y la llevó a las gradas para sentarse, disfrutando de su compañía. Observó el horizonte, demorándose en responder y sin soltar su mano, tenerla cerca era lo único que le daba cierta tranquilidad y sosiego a su ya, de por sí, carácter temperamental. Se dejó envolver por el cálido tacto y finalmente respondió.

—No sé cómo ayudar a Afrodita —soltó sin dejar de ver la lejanía —creo que ya es conocimiento de todos nuestro pequeño «enfrentamiento» con la Diosa de la Belleza, ¿no?

—Algo se ha escuchado —asintió—, pero nadie sabe decir a ciencia cierta qué ocurre.

—Afrodita, me refiero a Urania, está empeñada en llevarse a nuestro Afrodita, tiene un año rondándolo más o menos y hace una semana, ella y él hicieron una clase de apuesta, Afrodita... —arrugó el entrecejo —Piscis, confío en nosotros y Urania, le dijo que, si tanta confianza tenía que nos atreviéramos a ganarle, que superáramos nuestros deseos carnales y conociéramos el «verdadero amor» —se llevó las manos al cabello.

—Temes no poder ayudarlo —concluyó Marin. Aioria asintió sin volver su vista—. Eso explica por qué tú, Cáncer y Escorpio no se han ido de juerga estos días, además de que su estado de ánimo no ha sido el mejor, por ahí dicen que pronto se tendrá que levantar de nuevo el templo de Leo —su burló la santo.

Aioria sonrió sincero, la primera vez que lo hacía en esa semana, era increíble lo que Marin podía lograr con su sola presencia, sí tan solo no fuera un idiota y ella no fuera su mejor amiga...

—No queremos fallarle a Afrodita tan pronto —se encogió de hombros, deteniendo sus pensamientos—. La verdad es que nos dejamos mucho. Aunque... Afrodita dice que no nos preocupemos, que no temamos fallar, que está seguro todo saldrá bien. No sé cómo puede estar tan tranquilo.

—Confía en ustedes —se aventuró Marin—. Así como hace un año ustedes confiaron en él. Todo saldrá bien y sí no, estoy segura que no los culpará por convertirse en un... ¿Cómo se les llama a los soldados de Urania? —Aioria se encogió de hombros—. Bueno, lo que sea, de la diosa de la Belleza.

—Eso no me hace sentir mejor, ¿sabes? —finalmente la volteó a ver.

—Pero es la verdad —se levantó—. Así que es mejor que lo enfrentes —aconsejó—. Sí me disculpas, quedé de ir con Shaina al pueblo —Aioria asintió —nos vemos. Cuídate.

—Igual —despidió Aioria y la vio alejarse.

Dejándolo de nuevo solo en las gradas. Hasta que sintió a alguien acercarse y giró el rostro solo para observar a Afrodita encaminarse a donde estaba y mirarlo con expresión molesta.

—Te comportas como un idiota —dijo el santo de Piscis en cuanto estuvo cerca.

—Hola, Afrodita, ¿espiando? —saludó irónico. Molesto por el insulto.

—Claro —respondió sin inmutarse. Aioria lo miró mal. Sonrió—. No, es más que obvio. Venía de asegurar que mi prado —señaló al este—, estuviera bien y bueno, me topé con ustedes. No entiendo por qué no te acercas más a ella —observó la figura de Marin hasta que se perdió de vista.

—¿A qué te refieres? —preguntó frunciendo el ceño.

—A la santo que se acaba de ir. Salta a la vista que te gusta y mucho.

—No lo voy a negar —respondió tranquilo—, pero no soy para ella, creo que me conoces lo suficiente para saberlo. Hago con Death, lo que no hace con ustedes.

—No me interesan sus intimidades —se burló Afrodita sentándose a su lado. Aioria rodó los ojos.

—Sabes a lo me refiero —bufó.

—Mala broma, lo sé, disculpa, pero ¿se lo has preguntado? Digo, vives amargándote la existencia por un rechazo que no has recibido. ¿Me equivoco?

—¿Seguro que no espías?

—Observo, es distinto —atajó—. Deberías acercarte a ella. No pierdes nada con intentar —le palmeó el hombro y se puso de pie.

—¿No temes que nos equivoquemos? —lo detuvo antes de que se fuera. Afrodita se giró a verlo.

—Es mejor equivocarse que no hacer nada, Aioria. ¿Qué sí fallas? Al menos te queda que lo intentaste. Olvida mi estúpida apuesta, ¿sí? —guiñó un ojo y comenzó a alejarse.

Aioria, no podía creer la tranquilidad con la que Afrodita se estaba tomando las cosas, le constaba que todos estaban sumamente preocupados por el asunto, incluso Shion y Saori-Atenea, que también habían sido metidos en aquel embrollo. ¿Cómo le hacía para estar tan relajado? Tal vez le daba igual para que dios trabajara pensó Aioria, ya le había dado la espalda a Atenea una vez... sacudió la cabeza alejando esos pensamientos, no podía ni debía juzgarlo, lo tenía claro.

Se quedó un rato más reflexionando en las palabras del santo de Piscis y luego largó un suspiro de cansancio necesitaba tomar una decisión y lo único que hacía era darle vuelta al mismo asunto, sin dejar de imaginar a la mujer, que, aunque nunca le había visto el rostro, había logrado conquistar. Tomó una decisión.

Se convenció así mismo, de que, sí Afrodita lo alentaba a acercarse a Marin, era porque estaba bien, ¿no? Más, porque Afrodita no era del tipo que daba consejos, no a menudo, al menos. Sin darle más vueltas al asunto, se levantó de dónde estaba sentado y se encaminó hacia su templo, sí se daba prisa, podía alcanzar a Marín en el pueblo.

Después de una ducha rápida, Aioria, se apresuró a salir de su templo, topándose con Dohko que lo vio sorprendido por la prisa que llevaba y no dudó en detenerlo picado por la curiosidad, pues hacía días que el de Leo no abandonaba su templo más que para los entrenamientos.

—Buenas tardes, viejo maestro —saludó haciendo una leve inclinación. Dohko lo miró entre divertido y molesto.

—Aioria, ¿cuántas veces he dicho que soy solo Dohko? —Aioria se rascó la cabeza —¿Dónde es el incendio? —continuó tranquilo, haciendo referencia a su prisa.

—Disculpa, es que no creo que me acostumbre —respondió —y voy al pueblo.

—¿Has vuelto a las andadas? —preguntó elevando una ceja.

—No, es solo que... bueno... —Aioria bajó los hombros en señal de derrota y procedió a explicarse—. Voy al pueblo a buscar a una chica, no es lo que piensa —aclaró de inmediato cuando vio la ceja de Dohko alzarse de nuevo con diversión—. Es una compañera, ella es... bueno...—se maldijo internamente, sí no podía explicarse al viejo maestro, ¿cómo lo haría ante ella?

—Te refieres a la Santo de Águila, ¿no? —aventuró Dohko, apiadándose del muchacho.

—Sí, ¿cómo...? —Aioria lucía sorprendido.

—Muchacho, creo que aquí todos nos hemos dado cuenta y lo único que puedo decir es: ¡ya era hora! Vamos, te acompaño, no vaya ser que de última hora te eches atrás.

Aioria, sonrió y asintió agradecido, el viejo maestro tenía razón, necesitaba a alguien para darse ánimo. Recorrieron el camino que separaba el pueblo con el Santuario con calma, no había prisa, el sol todavía no comenzaba a ocultarse por lo que todavía era temprano.

—¿Y qué te animó a decidirte? —preguntó con curiosidad Dohko.

—Afrodita —contestó—, me convenció que estaba bien declararme, que era mejor saber que lo intenté y fallé que el no haberlo intentado.

—Muy sabio —asintió Dohko.

—No sé —dijo Aioria—, pero siento que está tomando las cosas con demasiado calma.

—Aioria, él te lo dijo, es mejor fallar que no intentar. Sí deja ver que le preocupa esto, sí es que le preocupa, para empezar, nos sentiríamos más presionados y eso no ayuda a tomar buenas decisiones y al final, el resultado sería justamente el que se quería evitar.

Aioria, reflexionó en las palabras del viejo maestro encontrando sentido a las mismas. Él, bien pudo pasar esos seis meses cuestionándose y a la postre, fallar por su propia indecisión, ahora lo tenía claro.

—Creo que tiene razón, maestro —Dohko, sonrió—. Por cierto, usted qué o cómo... quiero decir...

—Confío en que, llegado el momento, lo sabré, pasé doscientos años en los Cinco Ancianos y jamás me preocupé por estas cosas, ni aun de joven —se encogió de hombros—. Sí no lo consigo, estábamos destinados a fracasar.

—Pero...

—Aioria, todos manejamos las cosas de diferente manera, mi reacción no va ser igual a la tuya ni a la de Mu, te apuesto a que hasta los gemelos tendrán situaciones diferentes, ¿me explico? No estoy diciendo que no haré nada, es solo que, a lo que dicen, el amor no es algo que se encuentra buscando es algo que llega solo, ¿o tú planeaste enamorarte?

Aioria negó con una suave sonrisa, estaba impresionado por las palabras que Dohko le había dado, no era frecuente oírlo hablar como el hombre de más de doscientos años que era, ya que su carácter era más bien relajado y alegre, solía no ser tan... profundo.

Llegaron al pueblo y sintió la mano de su compañero palmearle la espalda en señal de ánimo, para su suerte, encontraron a las santos en la plaza, charlando tranquilamente, Aioria pudo respirar tranquilo al notar que Marin se encontraba solo con Shaina. Aspiró y espiró profundo, se cuadró de hombros y se dio valor para acercarse hasta ellas, seguido de un sonriente Dohko.

—Aioria, hola —saludó Marin en cuanto lo vio. La sorpresa estaba impresa en su voz.

—¡Hola! —alzó su mano Dohko y la agitó exageradamente con expresión divertida.

—Vi-viejo Maestro, hola, disculpe, no lo vi —Dohko reprimió la risa pensando que seguro bajo la máscara la santo debía estar sonrojada, era una lástima.

—Me di cuenta —se giró hacia Shaina—. Señorita —dijo solemne—, me parece que aquí estamos de más. ¿Me acompaña?

—Eh... sí, claro, vamos. Nos vemos más tarde —le dijo a su amiga—. Aioria —se despidió con un simple gesto.

Aioria, vio a Dohko despedirse con un simple asentimiento de cabeza y una ligera sonrisa para demostrarle su apoyo. Le devolvió la sonrisa antes de verlo salir de la plaza en compañía de Shaina.

—Jum, eso fue raro —comentó Marin—, ¿por qué el viejo maestro se llevó a Shaina?

—Porque a Dohko le gusta hacer sentir incómodas a las personas y le gusta ayudar —explicó Aioria—. ¿Me acompañas un momento? Tengo algo que decirte.

—¿Seguro que está bien dejar a Shaina con el viejo maestro?

—Tranquila, estará bien, te lo prometo.

—Entonces, te escucho.

Aioria, se sentó en la banca, meditando en lo que debía decir, tenía que escoger las palabras correctas, sintió la mano de Marin tomar la suya, dándole ánimos. Giró a verla y lamentó que su rostro estuviera cubierto por su máscara, le hubiese gustado ver el rostro de la mujer que amaba, porque la amaba, estaba seguro.

Tal vez eso era lo que tenía qué decirle, así, sin más, Marin sabía cómo era, pero estaba seguro que por ella podría ser diferente o al menos lo intentaría y sí lo rechazaba, buscaría la forma de conquistarla, sí, eso era lo que tenía que hacer, se dijo convencido.

—Marin —llamó—, solo tengo dos palabras para decirte: te amo —soltó sin más.

—Aioria... —susurró— ¿lo dices en serio? —preguntó sujetándolo del brazo.

—Claro que sí, no mentiría con eso y menos a ti, sé que últimamente no me he comportado de la mejor manera y no pienso dar excusas —se giró para verla—, pero te doy mi palabra que mis sentimientos son sinceros.

Marin, se llevó la mano al rostro para retirarse la máscara ante un sorprendido Aioria, que casi se queda sin aliento ante el bello rostro que tenía frente a sí. Contempló pasmado cada rasgo, su boca, su nariz, sus ojos, sus mejillas que tenían un ligero sonrojo.

—Marin... tú... yo... no... ¿Por qué? —Aioria se atragantaba con sus palabras, mientras recibía una sonrisa divertida ante su diatriba.

—Bueno, creo que es la respuesta a tu confesión, además... —sus mejillas adquirieron un rojo más encendido —hay algo que he querido hacer desde hace mucho.

—El...

Aioria, no alcanzó a terminar su frase, cuando sintió los suaves y cálidos labios de Marin sobre los suyos, fue un contacto breve, apenas un ligero roce, pero suficiente para transportarlos a otro universo en donde solo estaban ellos que no se percataron que Dohko los miraba con una gran sonrisa.

—Me alegra que todo haya salido bien —dijo logrando que se separaron en el acto y fijaran su vista en él un tanto sorprendidos—. Shaina y yo descubrimos que hay una feria, ¿quieren venir con nosotros? —preguntó campante.

Aioria y Marin, se miraron por unos instantes y luego ambos asintieron levemente, logrando que la sonrisa de Dohko se ampliará más y les hiciera una seña para que lo siguieran. Se tomaron de la mano y caminaron hacia donde Shaina los esperaba.