Mu, observó tranquilo el ir y venir del Gran Papa, esa mañana, se había decidido ir y confesarle lo que sentía por la Dama Pandora; lo había meditado mucho y más por las circunstancias actuales, pero entre más lo pensaba más convencido estaba que la comandante del Inframundo, era la dueña de su corazón, no tenía dudas de ello.
Claro que entendía las preocupaciones del Gran Papa, pero no había forma de que se equivocara —o al menos de eso quería convencerse—, Pandora lo había cautivado desde la primera vez que la viera en aquella reunión entre sus dioses. Su suave sonrisa, sus hermosos ojos, esa fuerza con la que se enfrentaba a todos, pero a la vez era delicada y tímida. Encantadora en todo el sentido de la palabra.
—No se puede cometer ningún error, Mu —la voz de Shion lo sacó de su ensoñación—, tienes que estar seguro completamente.
—Lo estoy —afirmó con convicción.
—Dioses ¿y sí el Señor Hades se ofende?
Mu, parpadeó sorprendido, así que su preocupación iba encaminada a lo que Hades tuviera que decir que a Afrodita, eso lo hacía sentir tranquilo, puesto que, significaba que su maestro confiaba en su buen criterio para tomar decisiones. Sonrió.
—Bueno, esperemos que no lo tome a mal y sí lo hace, que el castigo caiga sobre mí, lo último que quisiera es causarle un problema a la Señorita Pandora —explicó Mu con calma. Shion finalmente se detuvo a ver a su discípulo.
—¿Estás seguro de esto? —Mu, afirmó con total seriedad. Shion suspiró—. Esta tarde la Señorita Saori visitará a la Señora Perséfone, aprovecharemos para hablar con el Señor Hades, más te vale que no estés confundido Mu, sí esto sale mal...
—Shion —Saori-Atenea salió de sus habitaciones y se acercó al Papa—, ten confianza, por favor. Yo hablaré con Hades y todo estará bien —aseguró.
El Gran Papa, todavía se quedó en silencio observando tras la máscara a su querido alumno, qué lucía tranquilo y seguro, dándole más confianza sobre su decisión. Le preocupaba el hecho que su discípulo se hubiese fijado en la segunda mujer con más autoridad en el Inframundo, pero él no era quién para juzgar los designios de las Moiras, solo esperaba que todo fuera a bien, la felicidad de Mu —y la del resto de sus santos, por supuesto —era muy importante para él.
—Esta bien —finalmente aceptó el Papa. Mu sonrío agradecido.
El caballero de Aries, salió con una resplandeciente sonrisa y se dispuso a bajar los doce templos pensando en lo que sucedería aquella tarde, después de meses de platicar con Pandora de manera clandestina, por fin se animaba a formalizar, solo esperaba que las dudas de su maestro fueran infundadas, sin embargo, ni ese pensamiento podía apagar su estado de ánimo. Estaba feliz.
Llegó a Piscis, donde saludó a Afrodita quien en ese momento se ocupaba en sus rosas de las escaleras, que, al verlo, dejó lo que estaba haciendo para girarse hacia Mu, arqueando una ceja.
—Buenos días, Afrodita —saludó el caballero de Aries con una resplandeciente sonrisa.
—Hola, Mu, se te ve muy feliz —comentó Afrodita, retirándose un mechón de su cabello que se le pegaba a la cara.
—Nada de eso —negó sin dejar de sonreír.
—Mu, no me engañas —sonrió el santo—, ¿a caso tiene que ver con cierta dama del Inframundo? —preguntó perspicaz. La tez de Mu adquirió un ligero sonrojo.
—¿Se notaba mucho? —Afrodita rio.
—Un poco... —se encogió de hombros—, no es como que, durante los preparativos de la boda de Hades y Perséfone, se notara mucho que buscabas la compañía de la Dama Pandora y viceversa, o qué cuando empezaron las visitas entre el Santuario del Inframundo te ofreciste en la escolta que la acompañaría, ni lo suspiros que lanzas al aire de la nada o la sonrisa boba...
—Sí, ya entendí —interrumpió Mu al tiempo que sus mejillas adquirían un tono que podía competir con las rosas demoniacas de Afrodita —y sí, hoy iremos a hablar con Hades.
—¡Eso es genial! —aplaudió Afrodita —pasa por mi templo más tarde o mejor, quédate aquí hasta la hora en que vayan al Inframundo, te haré un ramo digno de la hermosa dama.
—Gracias, Afrodita —ambos Santos se adentraron al templo de los peces gemelos—, pero ¿no estás preocupado? Y sí lo que siento no es...
Mu, se interrumpió mientras tomaba asiento en la sala de estar de Piscis, hasta ese momento no había vislumbrado lo que podía significar sí lo que sentía no era real. Afrodita, no era especialmente cercano a ninguno de ellos, salvo Deathmask y Shura, pero siempre estaba dispuesto a ayudarlos cuando lo necesitaban. No quería fallar.
—¡Por favor! —exclamó el santo de Piscis, rodando los ojos. Mu, lo miro confundido—. No te preocupes por Cipris ni por mí, ¿sí? —respondió en tono molesto—. Te he visto, he visto como miras a Pandora, he visto como te mira ella, las sonrisas que se forman en sus rostros cuando unen sus miradas; la sonrisa que pones cuando alguien la menciona. Sí no es el amor que Urania quiere que sientas, entonces estamos condenados, eres al que más fe le tengo —sentenció.
—¿Afrodita? —preguntó Mu confundido.
—Está bien, Mu, solo quiero que dejen de preocuparse por el resultado de esto, quiero que sean felices, fallen o no, no somos perfectos. No los culparé. No me emociona terminar en manos de la diosa que me da nombre, pero tampoco es tan terrible, sí la conocieras, entenderías de lo que hablo —movió una ceja, coqueto.
Entendió a lo que se refería, conocía la reputación de la diosa y la de su compañero también, aunque algo le decía que aquello no lo decía en serio. Afrodita, hablaba de la belleza de la diosa como sí informara del clima, aunque con sus gestos daba a entender una cosa; su voz no iba acorde, lo sabía porque lo había escuchado hablar de eso con Shura y Deathmask más veces de lo que le hubiese gustado, así que estaba en posición para darse cuenta que a Afrodita, realmente no le interesaba la diosa en lo más mínimo ¿cómo era posible? Se preguntó. Sin embargo, no se atrevió a comentar nada y se limitó a sonreírle.
Mu, también pudo comprender que Afrodita se tomaba el asunto con bastante filosofía. Cuestionando qué tanto había visto el santo de Piscis para madurar de esa forma, sabía que todos en el Santuario, se habían visto obligados a crecer de manera apresurada, pero intuía que Afrodita, era, junto a Saga, de los que más habían madurado. Le hubiese gustado tenerle más confianza para preguntar.
—Gracias, Afrodita —respondió por fin—, pero descuida, no te fallaremos —la convicción se notaba en sus palabras.
—Sé que así será —sonrió—. Ahora, ¿qué prefieres? ¿Rosas o tulipanes —ofreció cambiando de tema y poniéndose serio?
—Lo dejo a tu consideración, sabes más de esas cosas que yo —aceptó con una sonrisa cálida.
—No, no, tienes que escogerlas tú, es la esencia de tus sentimientos. Ahora bien, puedo sugerirte algún tipo de flor y explicarte lo que, dicen los expertos —hizo comillas con los dedos —significa cada una.
Afrodita, lo invitó a un pequeño invernadero aislado de rosas demonio, donde exhibía una amplia variedad de flores de jardín de todo tipo e hizo gala de sus conocimientos sobre botánica, cada familia de flores, lo que su forma y color podían transmitir y el significado de cada una. Mu lo escuchaba atento.
—Así que, solo tienes que escoger y yo pongo manos a la obra —dijo luego de terminar su largo discurso, sobre flores y su significado.
—¿Estás seguro que no te importa?
—Para nada, adelante.
Mu optó por tulipanes y gerberas de un color que le recordaban los ojos de Pandora y así se lo hizo saber al santo de Piscis, quien rodó los ojos y no dudó en burlarse de él.
—Me aventé un maravilloso discurso para que salieras con semejante sensiblería. Hay que ver, pero imagino que está bien, el tulipán morado es un símbolo de romance verdadero, aunque también hay quiénes lo asocian con la lujuria —alzó una ceja picando un poco para molestar. Sonrió cuando las mejillas de Mu se tiñeron de rojo —y las gerberas, dignidad. Creo que van bien con la Dama Pandora —concluyó y se puso manos a la obra.
Cortó las flores señaladas por Mu y se dispuso a trabajar en el ramo que había ofrecido ante un Mu que no supo replicarle nada y simplemente se dedicó a observar al santo de Piscis trabajar con auténtica fascinación, jamás había visto a Afrodita en esa faceta, sabia de su conexión con las plantas, pero verlo trabajar en ellas y no sólo en sus rosas era increíble. Sonrió al ver el resultado de su trabajo. Eran unas flores preciosas y tal como había dicho Afrodita, dignas de Pandora.
—Gracias, Afrodita —dijo Mu, recibiendo el precioso ramo de flores moradas.
—De nada —sonrió. Luego lo acompañándolo a la salida de su templo—. Suerte —le gritó cuando el de Aries comenzó a descender.
Afrodita volvió a entrar a su templo y se dirigió a su habitación en donde sacó una pequeña caja de cristal que contenía una rosa con quince pétalos. Un regalo de Anteros a la diosa Atenea como muestra de su apoyo. Observó la hermosa rosa con detenimiento.
Cada pétalo representaba a uno de ellos, incluso Kanon, Shion y Saori, cuando un pétalo se tornara dorado era porque habían conseguido cumplir con su tarea. Hasta el momento, solo uno lo había conseguido.
—Sí comienza a marchitarse —le había explicado Saori—, es porque no se estaba en el camino correcto.
Sin embargo, él no lo creía, para tener un poder así, se necesitaba la bendición de las Moiras, solo ellas tenían el poder de saber el destino de cada ser humano —incluso dioses—, por eso había decidido conservarla él cuando Saori-Atenea se lo informó y la había hecho prometer que no lo sabría más que ellos dos, pues para su suerte, ni a Shion le había contando. Sí le preguntaba, diría que todo estaba bien. No pensaba estresar a nadie con esas tonterías, sí encontraban el amor que bueno y sí no, pues también. Nadie tenía que saber sobre aquella flor.
—Sí, hasta yo me olvidaré de ti —sintió una pulsación y sonrió—. No está en ti decidir que o quién es lo mejor para mis compañeros ni para mí —un nuevo pulso y alzó la ceja—. Shion, es un caso especial, él supo aceptar sus sentimientos desde hace mucho, tiene más de doscientos años, tiempo más que suficiente para aclarar cualquier cosa, el resto no corremos ni contamos con esa suerte —esperó una nueva pulsación—. No puedes imponerte. Sí nos tenemos que equivocar pues que sea, no eres una Moira para decidir nuestros destinos. Serás de origen divino, pero eres tan terrena como yo, ¿qué sabrán esos dioses que no hacen otra cosa que satisfacer caprichos de amor?
No obtuvo más respuestas y la volvió a ocultar entre sus cosas, dispuesto a también olvidarse de ella. Dejaría que las cosas siguieran su curso sin alterar nada, no había habido cambios en el pétalo que le correspondía a Aioria. Sin embargo, no por eso se iba a preocupar ni intervenir, conocía bastante bien la mitología griega y las grandes tragedias comenzaban siempre con el intento de evitarlas. Troya era el más claro ejemplo de ello.
