Pothos, sonrió triunfante cuando al fin pudo escabullirse hasta las Estancias Papales. Había sido difícil colarse en el Santuario sin ser detectado, pero lo había conseguido, casi en su primer intento; tenía que moverse rápido sí no quería ser sorprendido por Atenea o algún santo, antes de cumplir con su misión. Detalló con cuidado el lugar y una brillante sonrisa apareció en su rostro cuando vislumbró a su objetivo: el Gran Papa.
A su ver, era tiempo de que Shion tuviera remembranzas sobre su amor condenado, ya habían pasado cerca de 245 años. Era momento de que recordara lo que un día fue y no volverá, que añorara el hermoso tiempo en él que amó y fue amado, no se podía ser feliz, sí la persona amada no estaba al lado, pensó. Preparó sus flechas, haría un trabajo tan digno como el que había dejado en la casa de Cáncer. Apuntó.
Una mano, salida de las sombras evitó que la flecha diera a su objetivo. Sorprendido, el dios buscó con la mirada el origen de tal acto. sin creer quién era el causante de aquella interrupción, no tuvo tiempo a reaccionar o si quiera a protestar cuando una segunda mano salió de las sombras para tomarlo y arrastrarlo con él hacia la oscuridad del recinto, dejando en su lugar solo un pequeño resquicio de su cosmos.
Shion, levantó la vista de los papeles que en ese momento revisaba al sentir una corriente de aire cálido cruzar por su nuca. Sonrió. Una preciosa imagen se coló en su mente. Recordó con cariño sus días como santo de oro; la mano que sujetó la suya hasta el momento de separarse definitivamente superados por sus responsabilidades; las bromas tontas y otros tantos hermosos recuerdos que lo asaltaban cada vez que rememoraba esos lejanos días.
Sí, Shion jamás evocaba al que fuera el amor de su vida con tristeza, se había quedado con todos los momentos que había pasado a su lado, le gustaba recordar y siempre una sincera sonrisa aparecía en su rostro. No había espacio para la tristeza. Todavía había mucho amor en su corazón como para olvidar que, aunque ya no estaba, la felicidad iba a lado de todo lo que era, incluso su recuerdo.
—Algún día —susurró Shion sin borrar la sonrisa.
Dejó los papeles de lado y se dirigió a su habitación, necesitaba descansar. Había estado trabajando durante todo el día y apenas había levantado la cabeza de sus papeles. todavía había mucho que arreglar en el Santuario y él no se podía permitir distracciones. Echó un vistazo hacia el ventanal y observó la oscuridad que se extendía a lo largo de las doce casas y con un largo suspiro, se fue a dormir.
La noche se cernía sobre el Santuario y las sombras siniestras que se dibujaban a la luz de la luna cobraron forma en un rincón del jardín de Piscis, había sido sencillo llegar hasta ahí sin perturbar el descanso de su guardián. Dos figuras exactamente iguales caminaron hacia el interior del recinto con la seguridad de saberse protegidos por la oscuridad de la noche, atentos por sí algún otro erote andaba cerca.
Dentro del templo, encontraron a su guardián dormido en el sillón de su sala con un libro descansando a su lado e ignorando su presencia. No se ocuparon de él. Continuaron hasta la habitación dónde tras una inspección rápida encontraron lo que buscaban: una rosa de quince pétalos. Tras asegurarla y no dejar huella de su presencia, se desvanecieron del mismo modo en que habían llegado.
Fobos y Deimos arribaron al Olimpo justo en el momento en que Helios partía en su cuadriga de fuego y comenzaba su recorrido por el cielo, mientras Aurora y Selene volvían a sus templos. Saludaron a los dioses escuetamente y avanzaron hasta el templo olímpico menor que les interesaba, el del amor. Tenían que hacerle una visita rápida a su hermano antes de que su madre se le ocurriera aparecer.
Eros los miró sorprendido pues no estaba habituado a verlos por el Olimpo. Ellos, a diferencia de él, no tenían un templo ahí. Recuperado de la sorpresa, los miró con desdén, los detestaba, no solo por su naturaleza, sino porque, aunque siempre lo negara a los demás, les envidiaba el afecto que su padre les prodigaba, afecto que a él y a sus otros dos hermanos les negaba, aunque sí era justo, Afrodita hacía hacia ellos lo mismo que Ares.
—¿Se les ofrece algo? —Eros dejó a un lado sus pensamientos y se cruzó de brazos.
—Por supuesto, ¿o crees que esto es una visita de cortesía? —Deimos devolvió, con una sonrisa burlona.
—No, claro que no, ustedes desconocen el significado de esa palabra. Entonces, ¿qué quieren?
—Asegurarnos qué Afrodita no le ganará a Atenea —Fobos mostró la rosa —y tú, te vas asegurar de ello.
Eros, abrió los ojos sorprendido, no esperaba que ellos estuvieran al tanto de lo que sucedía entre su madre y Atenea ni mucho menos que se fueran a involucrar en favor de la segunda. ¿Por qué? se preguntó el dios. Ares detestaba a Atenea y él bien sabía que ellos nunca iban en contra de su padre, al menos no tenía conocimiento de ello, ¿sería acaso una forma de venganza? lo dudaba.
—Sabemos que Afrodita no se va a ir de limpia, aunque Atenea ahora tiene un interesante aliado que seguro querrá esto sea más justo, ¿no? —continuó Deimos sentándose en el cómodo sillón.
—Hades —confirmó Eros—, también Poseidón o eso se dice.
—Según Hermes, están por pactar la paz.
—¿Hablan con Hermes?
—Si, pero eso no es de tu incumbencia, sabemos que Afrodita tiene recursos —señaló Fobos—. ustedes. ¿Qué planean? —cuestionó mirándolo con curiosidad.
—¿Qué interés tienen en todo esto?
—Asunto nuestro, responde —ordenó Deimos.
Eros tuvo que tuvo que cerrar los ojos y respirar con fuerza para calmarse, odiaba tenerlos cerca, siempre lograban intimidarlo, mucho más que Ares e incluso Afrodita.
—Mantener a Himeros alejado, ya sabes cómo es...
—Sigue siendo tú némesis, ¿no? —Fobos cuestionó. Asintió, no tenía caso negarlo—. Por eso es el que me cae bien —Eros bufó—. Dame tus flechas de desamor.
—¿Qué? —preguntó Eros incrédulo —no...
—Escuchaste bien, entrégalas —volvió a ordenar Fobos —y no trates de jugar con nosotros, pequeño, sí no tendremos que ver que pesa más, el dolor y el miedo o el amor —los ojos dorados brillaron con fulgor y él tuvo qué hacer lo ordenado. Entregó las flechas.
—Cuando madre se entere...
—¿Afrodita? —se burló Deimos —¿Qué puede hacer contra nosotros? —Eros tuvo que morderse un labio, sabía que tenían razón, su madre no podía hacer nada, no tenía autoridad con ellos.
—Fue un gusto saludarte, Eros, pero tenemos que irnos. Saluda a Afrodita de nuestra parte y recuerda, sí un pétalo de esta pequeña se marchita, pagarás.
Eros los vio salir de su templo. en su mente trataba de procesar lo que acababa de ocurrir. sentía la tensión que dejaban en el aire el Dolor y el Miedo. No se movió hasta que Himeros y Anteros, hicieron acto de presencia.
—Vi a nuestros hermanos salir de aquí, ¿a qué vinieron? —preguntó Himeros al ver la cara de su hermano.
—Sí, no es común ver por aquí a Fobos y Deimos. Mucho menos visitándote a ti —secundó Anteros.
—Vinieron a asegurarse que Atenea gane.
—¡¿Qué!? —preguntaron los dioses al mismo tiempo—. ¿Por qué? —continuó Himeros.
—No lo sé, no dijeron y no me atreví a insistirles, pero esa es una buena pregunta. ¿Qué interés puede tener para que gane Atenea? Dudo que sea solo para molestar a Afrodita. Están dispuestos a ir a guerra sí no favorecemos a Atenea.
—Ellos están dispuestos a ir a guerra por lo que sea, son hijos de Ares, no lo olvides —respondió Himeros. Anteros y Eros lo voltearon a ver.
—Nosotros también —respondió con desdén Anteros.
—Bueno, sí, pero ellos viven con padre —se encogió de hombros.
—¿Qué vamos hacer?
—Condenarnos a una guerra contra el miedo y el dolor —comentó irónico Eros.
—¿En serio? —Anteros lo miró sorprendido.
—No. Hacer lo que dicen. Siempre les hemos hecho caso después de todo.
—¿Y Afrodita?
—Tendrá que vivir con su derrota o esperar a que nosotros fallemos, no sería la primera vez.
—Eso nos vuelve a Fobos y Deimos.
—Menudo problema —se quejó Eros—, por cierto, ¿saben algo de nuestros otros hermanos?
—Se supone que Pothos se encargaría del anciano y de Cáncer, pero desde ayer no sé nada de él —respondió Anteros.
—¿Tú cómo vas, Himeros?
—Tuve mi encuentro con uno de los regentes de Géminis, pero desde que está en el Santuario Submarino, no puedo hacer mucho, el cosmos de Poseidón y la energía natural del mar me impiden acercarme demasiado, todavía tengo cierto control sobre él, pero no durará.
—¿Qué hace un santo en dominios de Poseidón? —preguntó Anteros.
—Uno de los gemelos es un General, de hecho, porta la scale de Dragón del Mar —informó Eros.
—¿Cómo? —Himeros lo miró con sorpresa.
—Larga historia que no viene al caso. Así que además de Hades, Atenea cuenta con Poseidón. Afrodita la tiene difícil.
—Bastante, dio su palabra de no intervenir ante Hades y en un juicio, la palabra de Hades tiene más peso que la de cualquier otro dios, incluso Zeus.
—Cierto —aceptó Himeros—. Nosotros éramos su carta de victoria. Creo que Peito, había conseguido atraer al de Libra hacia una joven santo —Eros asintió.
—Yo iba a lanzarle una flecha de desprecio a ella.
—¿No lo hiciste? —Himeros se acomodó en el sofá y lo miró.
—No y ahora no podré, se las llevaron.
—¿Fobos y Deimos? O sea, no te van a dejar trabajar —se burló Anteros.
—¿No han hablado contigo? —Eros lo miró con sospecha.
—Solo me dijeron que sí intentabas detenerme les avisara, sabes que me adoran —sonrió.
Eros se llevó las manos a la cabeza en señal de frustración. El hecho de que Pothos no se reportara desde el día anterior no le gustaba nada y temía que la intervención de Deimos y Fobos fuera más allá de intimidarlos a ellos, en su pequeña interacción había notado que estaban dispuestos a todo por la victoria de Atenea.
Afrodita, no estaría feliz con la noticia. El plan era bueno y hasta cierto punto sencillo, pero todo se había complicado, había demasiados dioses involucrados indirectamente en aquel asunto. ¿Por qué su madre simplemente no había seducido al humano? No entendía. Había conseguido llevar a Troya a la guerra solo por su belleza, guerra que invariablemente había perdido, sí, pero no quitaba el punto.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la repentina desaparición del cosmos de Hedíligos, quien se suponía sería el encargado de flechar al santo de Sagitario, Leo y Tauro. Sus hermanos también fueron alertados y se miraron unos a otros, sorprendidos, pues había sido imposible no notar los cosmos familiares que también habían desaparecido.
—Adiós a la Adulación y la Persuasión —comentó Anteros con sarcasmo.
Las cosas se les estaba complicando, Eros tuvo que aceptar.
