En la Salón Patriarcal, diez de los doce santos de oro se reunían al rededor del Gran Papa y la diosa Atenea, recibiendo noticias. La tarde comenzaba a caer y todos se mostraban sorprendidos por la repentina reunión, pues había sido de carácter urgente y Shion no había esperado a ver sí llegaban Milo y Deathmask, que seguían obstinados en no salir de su templo.

—Bien, los he reunido porque hay unas cosas que tenemos que realizar y no se pueden posponer. La señorita Saori-Atenea, me ha dicho que necesita que tres de ustedes vayan a Japón y ayuden con la fundación de su abuelo y la que ella ahora precede, para ello he designado a Saga, Shaka y Aldebarán —los mencionados asintieron con cierta duda—. Bien, como saben, Milo, Deathmask y Aioros saldrían rumbo a Asgard, pero esto se debe posponer debido a que Poseidón nos ha ofrecido la paz y no estamos en posición de rechazarla.

—Bueno, al menos una buena noticia —exclamó Saga.

—Sí —concordó Shion—. Las negociaciones serán llevadas frente a Hades, quien hará de juez conciliador y el encargado de redactar el documento oficial —todos lo miraron incrédulos—, ¿qué? Hasta los dioses están sujetos a la burocracia, no me culpen, no soy quien hace las reglas —se encogió de hombros.

La Sala Papal se llenó de murmullos y preguntas que Shion escuchó con paciencia, desde el por qué Hades iba hacer de juez, cuando se había reunido Poseidón con su diosa y otros tantos sin sentidos típicos de aquellos fuertes guerreros que a ojos de Shion seguían siendo niños.

—El que Hades sea el mediador, fue a petición de Poseidón y que nuestra diosa no tuvo problemas en aceptar confiando en su buen criterio. Poseidón se reunió ayer tarde con ellos, cuando nuestra diosa se encontraba de visita con la Señora Perséfone. ¿Alguna otra duda?

Esperó alguna nueva objeción, alguna queja o cualquier otra cosa que no llegó y, supuso que aquello se debía a la ausencia de Milo, que era el más quisquilloso de todos.

—Bien, alguien avísele a Deathmask y a Milo que, llegado el día, tienen que responder al llamado para ir al Santuario Marino y a su vista a Asgard —aquello fue dicho con tanta autoridad que ninguno tuvo valor para replicar.

En las escaleras de Piscis, Aioros informó a Camus que él se encargaría de hablar con Milo, a lo que Camus agradeció con un asentimiento de cabeza y un ligero gracias, pues la última semana su relación había estado tensa con el guardián del octavo templo y preferiría mantener su distancia por el momento, aunque nadie sabía decir por qué.

Shura y Afrodita decidieron bajar hasta Cáncer para informar a su compañero de la decisión del Papa y charlar como tenían por costumbre. Cuando llegaron a Cáncer, Deathmask, observó el perfil de sus amigos y pudo notar la preocupación en sus rostros luego de que le dieran la noticia de que tenía la orden de viajar a Asgard.

—Quiten esa cara —comentó en cuanto estuvieron en la sala de su templo.

Conocía perfectamente la razón de su preocupación y en cierto punto la entendía. Más de un año había pasado desde que lucharan en Asgard. Un año en el que habían vuelto a la vida, habían ayudado a Hades a recuperar a su consorte, casi perdía la amistad con Afrodita por culpa del alcohol y sus estúpidos remordimientos y un año en el que no podía olvidar a Helena. Todavía se sentía culpable por casi vender a su mejor amigo a Minos, así que, de cierto modo, aquel viaje, se lo debía.

—Es la única que tenemos —informó Shura encendiendo un cigarrillo. Deathmask rodó los ojos.

—Muy gracioso...

—Nos preocupas —concilió, Afrodita, evitando una guerra verbal entre las ironías de Deathmask y los sarcasmos de Shura.

—No tienen por qué —respondió tranquilo—. Estaré bien.

—¿Seguro? —cuestionó Shura—. Puedo pedir ir en tu lugar o ir contigo. Estoy seguro que...

—Es algo que tengo qué hacer —respondió recargándose en el respaldar del sofá—, por mí y por Afrodita, también —el mencionado lo miró sin entender —. Es un punto en contra de esa horrible diosa —Afrodita rio.

—Sí la vieses, créeme que de lo último que la catalogarías sería de horrible. Es bellísima.

—No lo dudo, su fama la precede aún después de milenios —se encogió de hombros—. No les diré qué me entusiasma esto, pero es un viaje que aquí todos sabemos he pospuesto por casi un año.

—¿Seguro no quieres que te acompañe? —ofreció una última vez el español.

—Nah —negó con un gesto de la mano—. Alguien tiene que cuidar a la florecita.

—Cuida tu lengua Alexandros —Afrodita le golpeó la cabeza.

—Oye, no me digas así —se quejó.

—Yo no me llamo florecita, pero tú sí Alexadros, no veo el motivo por no llamarte así —razonó el sueco.

—A veces me pregunto por qué seguimos siendo amigos —rodó los ojos.

—Espero que Minos no vaya a echar mucho de menos a su cliente estrella —comentó Afrodita sin voltear a verlo. Deathmask resopló en frustración, Afrodita sabía cómo dar donde dolía.

—jum, no creo que tenga tiempo de tal, Radamanthys no lo deja ni respirar —Afrodita lo volteó a ver indignado.

—¿Sigues en contacto con él? —elevó una ceja.

—Ehhh, sí —admitió, rascándose una mejilla—, pero nada de tratos ilegales, lo prometo —elevó una mano reforzando su promesa.

Minos, un año atrás, le había surtido botellas de licor tomados de las bodegas de Radamanthys, el pago: su mejor amigo. Nunca supo para qué quería Minos a Afrodita, no le interesaba, sí era sincero, en ese tiempo lo único que le importaba era poder tener una botella de vino en su templo sin que nadie se diera cuenta y la Colina del Yomotsu era el sitio ideal para negociar. Afrodita, había advertido que algo extraño le sucedía e incluso muchas veces le reprendió su cercanía con Minos, el cuál era el espectro que menos le agradaba y fue a peor después de eso, ahora no se le podía ni mencionar al juez.

Fue el acercamiento que tuvo con Lune, durante aquellos tortuosos días en el que Afrodita iba y venía del Santuario al Inframundo y viceversa, ayudando para que todo saliera como las damas de ambos bandos querían, por lo que se dio cuenta de su trato con Minos, al parecen el de Balrone le tomó aprecio a su amigo y no tuvo reparos en contar lo que sabía, ganándose una reprimenda por parte de su superior pero que nada había sido comparado con el castigo de ambos, castigo que a la fecha Minos todavía cargaba. Hades, había sido sumamente severo.

Afrodita, no le había guardado rencor por aquello una vez que lo hubo perdonado, que tampoco fue difícil, tan solo se había tenido que someter a rehabilitación ante su atenta mirada y con eso. Realmente se había comportado como un gran amigo y era por eso que ahora se sentía en deuda con él, aunque le aterraba volver a Asgard y revivir todo lo sucedido, lo tenía que hacer, lo sabía, solo así podría ayudar a Afrodita.

—Te creo —le sonrió, Afrodita.

Se quedaron en Cáncer hasta entrada la noche, Deathmask y los otros partirían a Asgard por la mañana, así que le hicieron compañía jugando baraja y charlando de cosas triviales, tratando de olvidarse por un rato de lo que tenían encima y haciendo lo posible porque el de Cáncer olvidara la melancolía que lo había invadido esa semana y que, solo por la estricta vigilancia de Afrodita, no había tenido una recaída.

—Estará bien, es fuerte a pesar de todo —alentó Shura mientras avanzaban por los templos.

Afrodita se mantuvo en silencio un largo rato, pensando en lo mal que lo había pasado su amigo en los últimos meses, sintiéndose miserable por no haber podido hacer más por Helena, sí hubiera sido más rápido, sí no hubiese perdido el tiempo fingiendo que nada pasaba, sí hubiese prestado más atención, puesto más empeño, era una larga lista de cosas que pudo haber hecho y no hizo. Miró hacia las estrellas mientras el frío viento les daba en el rostro.

—Sufrió tanto por no haberla podido ayudar más —Afrodita, respondió en tono pensativo—. Pero tienes razón, estará bien —se giró para ver al de Capricornio—, por cierto, ¿no se te hace tarde para ir a Sagitario?

—Ya no hago esas visitas —sonrió.

—¿Por qué? —preguntó Afrodita intrigado, un cambio de conversación le caería bien, sí no acabaría deprimido igual que Deathmask.

—Afrodita, tú mejor que nadie sabe por qué —el mencionado arqueó una ceja. Shura sonrió más ampliamente—. Citerea, ¿te suena? Tengo que dejar de sentirme mal por haberlo matado —se encogió de hombros —ahora tengo que buscar el amor —Afrodita no pudo evitar soltar una sonora carcajada, Shura, de manera inusual, también sonrió.

—¡Ya era hora! —alzó sus manos al cielo—. Entonces, ¿almorzamos en el pueblo?

—Te espero temprano en mi templo —confirmó Shura con una sonrisa.

Afrodita se despidió de Shura en Capricornio y continuó hasta su templo, cuando llegó a Acuario, se dio cuenta de que Camus ya estaba dormido y decidió no molestarlo, por lo que pasó sin anunciarse. Al llegar a la entrada de su templo, se sorprendió al encontrar a Milo esperándolo.

—Hola —saludó el griego elevando una mano.

—Milo, hola. ¿Pasa algo? —Milo negó y asintió confundiendo a Afrodita.

—¿Tienes tiempo?

—Claro, tengo que encargarme de mis rosas, sí no te molesta —el griego negó y ambos entraron al jardín de Piscis.

Milo observó a Afrodita trabajar en su jardín con las manos en los bolsillos de su pantalón cuidando de no tocar ninguna de las rosas que poblaban aquel templo, lo último que quería era tener a Afrodita diciéndole idiota mientras contrarresta el veneno. También observó un momento las estrellas antes de decidirse a hablar.

—¿Cómo estás? —preguntó y vio a Afrodita sonreír.

—Estoy bien, Milo, gracias. ¿Tú qué tal estás?

—Bien, gracias, mejor que nunca.

—Milo... —dejó un momento sus rosas para mirar al griego con una sonrisa que Milo tradujo como: deja de hacer al payaso y empieza a hablar.

—Bueno, tal vez no esté taaaan bien, pero —Milo vio a Afrodita alzar una ceja—. Estoy aterrado —finalmente aceptó—. Quiero decir, temo ser el responsable de que termines siendo el... bueno... Lo que sea que la diosa Afrodita quiera de ti —Afrodita no pudo evitar reír.

—Milo, dime que no es por eso que estás enojado con Camus.

—No —la apresurada respuesta hizo sospechar a Afrodita—. Sí. Me desespera que esté tranquilo, o sea, ¿cómo puede? y me tengo que ir a Asgard, cualquier cosa puede pasar y ¿me odiarías sí te fallo? —lo miró con pesar.

Afrodita dejó sus rosas y se acercó a abrazar a Milo, quien sin pensarlo dos veces correspondió, apretándolo fuerte. Recibiendo un beso en su mejilla como respuesta.

—No te odiaría, a ti ni a ninguno. Sus dudas solo hacen que me sienta más responsable de haberlos metido en esto, no te atormentes y por favor —alzó las manos al cielo—, no atormentes al pobre de Camus, confío en ambos, tú también hazlo, ¿quieres?

—Bueno —respondió no muy convencido—, pero sí en cinco meses no ha encontrado a su media naranja y yo todavía no vuelvo, prométeme qué lo harás buscar hasta debajo de las piedras o le clavarás una rosa dejándolo descalificado... No, eso no —reflexionó—, porque entonces tendría que golpearte. Bueno, solo lo primero —dijo confundido. Afrodita volvió a reír, para él, a veces, Milo, seguía comportándose como un niño.

—Te lo prometo, sí eso te hace estar tranquilo.

—Gracias —Milo sonrió —bueno, no te molesto más, sí me disculpas...

—Habla con Camus mañana —advirtió Afrodita —sí lo despiertas, te juro que bajo y al que le clavo una rosa es a ti.

—¿Por qué? —volteó a verlo sorprendido y un tanto asustado.

—Camus no recibe bien que lo despierten y mis rosas son las que pagan su mal humor.

—Ya me iba y no te preocupes, tus rosas estarán a salvo.

Afrodita lo vio salir de su templo a gran velocidad y pudo respirar tranquilo cuando lo sintió bajar Acuario sin molestar a su ocupante, continuó cuidando de sus rosas, preguntándose cuántas conversaciones como aquellas tendría a lo largo de esos seis meses, esperaba no muchas.