Afrodita, no se cansaba de maldecir a Shun en su mente, mientras observaba por décima vez —en los últimos cinco minutos—, su reloj. Respiró profundo en un intento por controlar el intenso mal humor que amenazaba con invadirlo. No era un hombre paciente y odiaba que le hicieran esperar. Shun lo pagaría, eso era seguro. Parecía imposible que realmente fuera el sucesor de Shaka. Inhaló y exhaló un par de veces para mitigar su ira.
Habían acordado —y por acordado entiéndase un simple recado en la salida del Santuario—, verse en la entrada del templo de Aries, donde él y Shura estuvieron esperándolos por espacio de quince minutos, hasta que un soldado se había acercado a ellos para notificarles que se irían por su lado, pero que los alcanzaban en la montaña, cuando llegaron a la cabaña —que les había costado encontrar porque no conocían de nada el lugar y no había cosmos que los guiara —encontraron una nota en la que los citaban en lugares diferentes.
Shura esperaba a Shiryu en la cascada y él, cerca del templo Donglin a Shun. No entendieron por qué los habían apartado tanto, pero habían decidido seguirles el juego. Ahora se arrepentía. Al menos sí hubieran estado juntos, habría podido descargar su mal humor con su compañero y amigo, en cambio, estaba cerca de un templo, donde cualquiera podría verlo.
Observó la vegetación que lo rodeaba, no era mucha, pero suficiente como para tranquilizarlo, se aseguró de que no hubiera nadie a los alrededores, lo último que quería era tener un acceso de ira y perjudicar algún monje incauto que paseara por el sitio. Shun debió planear mejor su no reunión, porque después de diez minutos de espera, estaba seguro que no iba aparecer y enviarlo a un lugar aislado, con sus antecedentes, era lo más sensato.
Decidió que lo mejor era volver con Shura, que, sí no se equivocaba, también estaba lidiando con un alumno prófugo. Dio algunos pasos y se hubiera retirado sí un cosmos, nada familiar, no hubiera llamado su atención. De inmediato se puso en guardia. No tenía tiempo ni ganas de lidiar con nadie ni averiguar qué intenciones tenía. Una rosa piraña apareció en su mano en cuanto logró ubicar al espía. Esperó un momento y atacó. Un grito agudo lo hizo maldecir de nuevo.
Se dirigió caminó hacia el lugar al que había dirigido su ataque tras unos matorrales altos. Sorprendiéndose al encontrar a una santo que lo miraba con odio e ira, sin su máscara y en el suelo. Elevó una ceja y se cruzó de brazos. No entendía qué intenciones podía tener una santo, que de inmediato ubicó como de bronce, pero dado su historial, era mejor irse con cuidado. No se preocupaba por él, la muchacha no era rival, pero no quería problemas.
—¿Qué hacías escondida? Pude haberte matado, ¿sabes? —dijo dándole una mirada de indiferencia.
La vio desviar la vista y buscar su máscara. Soltó una pequeña risa de incredulidad, pero mantuvo su postura esperando una respuesta. Detalló el rostro de la joven antes de que se colocara la máscara y decidió que era bonita. Una pequeña sonrisa cruzó sus labios.
—No esperé ese ataque —respondió finalmente levantando la vista.
—No, eso es obvio, ¿por qué te ocultabas? Aunque creo que lo correcto sería preguntar primero por quién eres, jamás te he visto.
La vio apretar los puños y eso le hizo fruncir el ceño, ¿será que sí la conocía? Era una simple santo de bronce y claro que era irrelevante, no era uno de los cinco divinos, no podía culparlo de no saber con quién hablaba, pero sin duda le guardaba rencor, suspiró cansado, su pasado había tardado en llegar.
—No debería sorprenderme que no me recuerdes, cuando acabaste con mi isla y mi maestro, ni siquiera te importó el hecho de que me dejaste con vida —apretó su látigo con su puño.
—Eso no me dice mucho —comentó tranquilo.
—Isla Andrómeda, ¿te suena? —dijo con la voz llena de ira.
—Oooh, alumna de Cefeo, ya veo. ¿Eres amiga de Shun? —la vio asentir.
Afrodita soltó un resoplido volviendo a maldecir al santo de Andrómeda y miró de nuevo a la santo que ya se levantaba. Apreció de mejor forma su cuerpo. No estaba mal, pensó, pero Shun no calculó el hecho de que ella le guardaba rencor, sí quería encontrarle pareja, hubiera buscado a alguien que no estuviera relacionado con su pasado, vaya cosa, jamás pensó que volvería a verla —había muerto y luego de su resurrección ni siquiera se acordaba de ella—, pero estaba claro que las Moiras no dejaban nada a medias.
—¿Qué haces aquí? —la respuesta era obvia para él, pero quería saber qué le había dicho Shun.
—Shun me pidió que le hiciera compañía a la hija del maestro Dohko.
—Ya veo, supongo que Shun no está por aquí —la vio negar—. A todo esto, ¿cómo te llamas? —ladeó la cabeza y la miró con curiosidad.
—¿Te interesa?
—Sí, tomando en cuenta que me espiabas.
—No estaba espiando —se defendió —reconocí tu cosmos y...
—En lugar de elevar el tuyo y anunciarte, decidiste intentar ocultarte y espiar con no sé qué intenciones, aunque sí eres alumna de Daidalos, no es difícil adivinar—concluyó Afrodita—. ¿Cuál es tu nombre? —volvió a preguntar.
—June de Camaleón —dijo por fin la muchacha.
—Correcto, June de Camaleón, fue un placer —se dio vuelta con claras intenciones de marcharse.
—¡Espera! —Afrodita se giró a verla—. No puedes irte, no hemos acabado —dijo segura.
—Acabar, ¿qué? —frunció el ceño.
—Viste mi rostro —respondió extendiendo su látigo.
—¿Y?
—Tengo que matarte —Afrodita no pudo retener la risa.
—¿Tú a mí? Niña, por favor. Eres la que espiaba y no pudiste evitar mi rosa piraña que fue lanzada al azar, ¿qué esperas lograr en un enfrentamiento directo?
—Morir sí es necesario —Afrodita suspiró de frustración.
—No me interesa matarte, ni desangrar a Mu por tener que reparar tu armadura. No tienes oportunidad, acéptalo.
Se dio la vuelta, pero tuvo que detenerse para contrarrestar el ataque del látigo de Camaleón. Lo detuvo con una mano y se giró para verla de nuevo alzando una ceja. A veces le sorprendía la insensatez de algunas personas. No podía creer que esa niña estuviera dispuesta a morir por algo tan absurdo como la ejecución de una orden, solo esperaba que Daidalos estuviera en mejor término, pero estaba seguro que el maestro era más sensato que la alumna.
—No hemos terminado —volvió a decir la joven. Afrodita entrecerró los ojos.
—Cómo desees.
Apretó el látigo y de un movimiento digno de un santo de oro la derribó y se colocó encima de ella dejándola inmóvil. Le quitó la máscara y la vio a los ojos convocando una rosa blanca. Ante la mirada de desconcierto de June, le acarició el rostro con ella.
—Te dije que no eres rival. Shun me logró vencer porque él es excepcional, pero tú... —enredó la rosa en los rubios cabellos y acarició su rostro —no eres como él —se apartó y tras una gélida mirada, se fue.
Caminó hacia dónde había sentido el cosmos de Shura, suponiendo que, al igual que Shun, Shiryu tampoco se había presentado, aunque tomando en cuenta su encuentro con la Camaleón, seguro que Shura, solo, no estaba. Los iba a matar, en cuanto pudiera abandonar aquella maldita montaña, los mataría, se juró.
Llegó hasta la cascada, donde encontró a Shura platicando animadamente con una joven que de inmediato supuso era la hija de Dohko, sonrió al ver que sus suposiciones eran correctas. Ambos se giraron a verlo y Shura elevó una ceja. Respiró hondo tratando de calmar su mal humor y se acercó hasta ellos.
—¿Qué hay? —saludó Shura en cuanto se reunió con ellos.
—Más bien, quién no hay —respondió tratando de sonar tranquilo, sin mucho éxito—. Buenos días —saludó a la joven —Afrodita de Piscis —se presentó.
—Buenos días —devolvió el saludo—. Shunrei —la joven hizo una leve inclinación de cabeza—. Le decía a Shura que Shiryu y Shun me pidieron que les dijera que no podían presentarse a sus entrenamientos esta semana.
—Ah, ya —hizo una mueca de enfado que no pasó desapercibido para ninguno de los dos.
—Deben tener hambre —dijo la joven, intuyendo que Afrodita quería hablar con Shura a solas—iré a preparar el almuerzo.
—No es necesario, nosotros...—comenzó Shura.
—Me pidieron que los atendiera y eso haré, ¿quieren que se los traiga aquí? —preguntó poniéndose de pie.
—No, nosotros iremos —negó Afrodita.
—Entonces no demoren —respondió comenzando a alejarse.
—Parece una buena chica —comentó Afrodita sin mucho interés.
—Sí —concordó Shura—. Por tu cara, deduzco que no te fue bien, ¿me equivoco? —Afrodita bufó —¿Qué pasó?
—Lo que imaginamos.
—¿Tan mal te fue? —Afrodita soltó una ligera carcajada.
—Es una santo de bronce —Shura alzó una ceja—. Alumna de Cefeo. Intentó atacarme y le vi el rostro.
Shura, cuya risa no era fácil, comenzó a reír abiertamente entendiendo el mal humor de Afrodita quien lo miró mal y eso solo consiguió que riera más. Solo a Shun se le pudo ocurrir semejante cosa.
—Lo siento —se disculpó intentando controlarse—, quién lo hubiera imaginado de Shun. No puedo creer que haya pensado que sería buena idea emparejarte con alguna de sus compañeras de entrenamiento. Peor, que te vio matar a su maestro. Dioses.
—Ni yo —respondió Afrodita dirigiendo su vista hacia la cascada—. Aunque debo decir que la joven es... bonita.
Shura finalmente pudo conseguir controlar la risa de pronto había tenido una idea. Sonrió con malicia mirando a Afrodita quien frunció el ceño ante el gesto de su amigo.
—Jum, tal vez no se haya equivocado del todo, dicen que del odio al amor solo hay un paso —comentó simulando desinterés.
—¿Camus te ha prestado sus novelas? —preguntó Afrodita entrecerrando los ojos sin creer la tontería que le acababan de decir.
—Nop, he estado asaltando tu biblioteca, quién diría que eres tan cursi —se encogió de hombros. Ignorando la mirada molesta de Afrodita.
—Será mejor que vayamos a desayunar, tu novia nos debe estar esperando —respondió obviando el comentario e intentando devolver la pulla.
—No sería mala idea, sabe cocinar. Me ahorraría las visitas al pueblo —respondió tranquilo sin dejarse intimidar por el mal humor del otro.
—Pobre, Shiryu le consiguió un novio que aparte de feo es tacaño. Tal vez debamos considerar cambiar.
—No soy... —Shura lo miró molesto y Afrodita sonrió levemente arqueando una ceja.
—Al menos tu buen humor regresó —una mueca de disgusto cruzó su semblante.
—Y lo mejor es que fue a costa del tuyo, amigo mío —se burló Afrodita palmeándole el hombro, comenzando a caminar.
