Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.

Capítulo cinco

Cuando el león ruge, la leona ataca a la yugular

Es una lástima que no sepas que cuándo tú comenzaste con tu juego de asesinatos, yo ya estaba jugando también.

~Robb White.

Bella

—¿Esto me hace una hipócrita si sigo considerándome pro-vida? —le pregunté mientras me ponía mis zapatos blancos.

—¡Todos afuera! —Rugió una voz detrás de mí, haciendo que me detenga antes que pudiera levantarme de mi silla.

¿Quién mierda pidió morir? Gritó mi mente mientras volvía mi mirada hacia el fondo de la habitación para ver el rostro detrás de la voz.

Me hirvió la sangre.

Edward pronto-a-estar-jodidamente-muerto Cullen bajaba las escaleras —mis putas escaleras— con su cabello sexy y sus ojos verdes más filosos que una hoja de afeitar. Era hermoso, y casi me arrepentí de querer poner una bala en su cabeza y luego arrojarla contra una pared.

—¿Así que este es el hombre detrás de la perra? —Rio Laurent. Antes de poder detenerme, tomé la culata de mi pistola y la estrellé contra su rostro una y otra vez hasta que escuché un estallido. Lo había golpeado hasta dejarlo inconsciente y tirado en su silla.

Limpiándome la sangre del rostro, tomé aire profundo y le tendí el arma a Seth antes de girarme hacia el follable idiota.

—Te has sobrepasado, Cullen —siseé entredientes.

Me miró de arriba abajo con disgusto y lujuria.

—¿Yo? Creo que estás equivocada aquí, amor. Después de todo, acabo de firmar un poderoso documento que hace todo esto mío.

—¿Acaso tu papi te compró tu entrada a Dartmouth? Porque no pareces ser bueno leyendo. —Le fulminé con la mirada, tratando de que las olas de lujuria que emanaba él no me molesten—. Ese papel dice que trabajas conmigo después de nuestro casamiento, Cullen, y todavía no estamos casados así que sigues siendo un puto invitado en mi puta casa.

Él sonrió y fue sexy, tanto que quería asesinarlo por eso.

—Se una buena prometida y diles a tus mascotas que salgan o los mataré, cariño.

No mates. No mates. Bella, cálmate y no mates.

Sus ojos verdes me observaron como si yo fuera su juguete nuevo. No iba a perder más la calma delante de mis hombres. Mirando por la habitación, vi como cada uno de mis hombres tensaron sus manos a sus costados, esperando a que dé una orden. Sólo un movimiento de mi cabeza sería señal para que pongan tantas malditas balas como sea posible en el hijo de puta frente a mí.

—Seth, Jacob, llévense al Sr. Ross y despiértenlo. Si no copera, por favor demuéstrenle el video en vivo que tenemos de su hermano, quién falló miserablemente en esconderse, y la bomba en su casa —dije, sin romper nunca el contacto visual con él—. El resto de ustedes, váyanse.

Por el rabillo de mi ojo, noté sus miradas sorprendidas antes de seguir mis órdenes y correr como las cucarachas corren de la luz. Solo se quedaron dos hombres a los que reconocí como los hermanos de Edward.

—Eso se aplica también para ustedes —les dije y en vez de escucharme, simplemente sonrieron y miraron a su hermano.

—Mis hermanos se quedan aquí —dijo él sonriendo.

Adelantándome, me detuve cuando estuve a un centímetro de él. Podía sentir su aliento en la punta de mi nariz. Solo sonreí dulcemente.

—Sólo si están en bolsas para cadáveres —respondí, caminando alrededor de Edward y miré a los dos hombres que todavía no se iban—. Tienen dos segundos.

Ellos posaron su vista hacia el hombre, que se encontraba muy cerca detrás mío, una vez antes de irse por la puerta. Una vez que se cerró, me giré, lanzando mi puño hacia su cabeza solo para ser recibido por su palma. Tomándolo, me tiró hacia la silla dónde una vez estuvo Laurent. Tomó de mi mejilla con una mano, y con la otra tomó firmemente mis dos muñecas.

—Primero, ¿tu chiste? —Jadeó en mi rostro como un león ansioso por saltar hacia su presa—. No fue gracioso.

—Segundo. —Pasó su pulgar por mis labios—. Desde el momento en que la tinta tocó el maldito papel, eras mía. Mía para follar. Mía para ordenar y mía para ponerte jodidamente en tu lugar.

—Tercero. —Me besó salvajemente rápido antes de alejarse—. Todo esto se termina. Tú te sientas a mi lado y permaneces hermosa, como una dama.

Le miré con ojos bien abiertos.

—¿Es eso todo, señor?

Él sonrió y antes de que pudiera hablar, le di un buen cabezazo en su nariz. Su cabeza cayó hacia atrás y perdió su agarre en mí. Levanté mis rodillas lo suficiente como para patearle en la entrepierna, haciendo que me soltara por completo.

—Maldita… —empezó a sisear, pero no le dejé terminar de hablar pues lo empujé hacia el suelo enredándolo con mis piernas. Ahora con mis tacones blancos y sucios en su cuello, le fulminé con la mirada.

—Primero —repetí presionando más fuerte contra su cuello—. Acostúmbrate a esta posición porque tú eres mi perra, no al revés.

—Segundo, ¡nunca vuelvas a poner tus labios sobre mí sin mi puto permiso! —le grité.

Antes que pudiera llegar a mi tercer punto, torció mi pie y me hizo caer al piso, aplastándome con su peso. Sus ojos ardían con ira mientras respiraba fuertemente por la nariz.

—Mi madre me dijo que nunca golpeara a una mujer, pero estás presionando mis límites —rugió.

—Qué curioso, mi padre me dijo lo mismo. ¿Quieres que me disculpe? —le siseé, justo mientras empujaba mis pulgares en sus ojos, forzando a que sus manos soltaran mi garganta.

Peleamos y luchamos en el suelo como animales salvajes hasta que me levantó y me tiró contra la pared más cercana.

Tomé una silla y la estrellé contra su costado. Y así siguió, ambos intentando lo mejor que podíamos para matarnos el uno al otro.

Cuando le paté en su costado, me agarró como una muñeca de trapo y me arrojó hacia otro lado de la habitación. No fue nada, en vez de dejarme sentir el dolor, me puse de pie de un salto. Mis tacones ahora estaban lejos y el vestido que me había puesto, sólo para conocerlo, estaba destrozado en los costados. Su chaqueta se había perdido en el medio de la pelea, su camisa estaba rota, su corbata apenas colgaba de su cuello, su cabello estaba aún más alborotado, y sus ojos estaban más salvajes que una puta jungla.

Cuando mi puño se estrelló contra su mejilla, él sacó su arma y apuntó directamente a mi rostro. Se detuvo cuando me miró bien. Jadeando como la bestia que era, la lujuria volvió a sus ojos con toda su fuerza.

Sin pensarlo dos veces, me empujó contra la pared antes de atacarme a besos.

Su boca estaba en todas partes, desde mi cuello y mi pecho, hasta mi rostro, antes de encontrarse con la mía otra vez. Agarró firmemente mi culo con una mano y mi pecho con la otra, la que todavía sostenía su arma. Sentía su dureza contra mi cintura, tratando de encontrar la mejor manera de entrar en mí. Todas sus acciones eran inhumanas, casi animalísticas, como un hombre muriendo de sed y la única fuente de agua era mi piel.

Amé cada momento de ello.

Pero no le dejaría ganar. No me inclinaría ante él. Ni hoy. Ni mañana. Ni nunca.

Él estaba muy ocupado tratando de bajar la cremallera de mi vestido, que quitarle su arma fue como quitarle un dulce a un niño. Frotándose frenéticamente contra mí cada vez más fuerte, más cerca, casi me entrega el arma.

Con un gran empujón, obligué a su cuerpo separarse del mío, sorprendentemente ya extrañándolo su calor. Él se me quedó mirando con los ojos muy abiertos y casi desesperados. Apunté con su arma y disparé, haciendo que su pierna se doblara. Él miró en shock como la bala atravesó su muslo.

Rugió en dolor antes de caer de rodillas.

Así es, inclínate ante la Capo.

—Tercero, si me vuelves a interrumpir, Edward Anthony Cullen, que Dios se apiade de ti cuando envié tu alma a conocerlo —siseé entre dientes antes de besarle en la mejilla y desarmar la pistola, caminando hacia la puerta.

Cuando la abrí, allí se encontraban mis hombres con armas en la mano apuntando a Jasper y Emmett, los cuales estaban en la misma posición. Eso explicaba por qué ninguno había entrado. Si entraban y se encontraban con el cadáver de alguno de los dos, hubiesen sido obligados a abrir fuego al enemigo. No podían abrir la puerta sin darle la espalda al enemigo.

Mis hombres me miraron de arriba abajo con sonrisas orgullosas en sus rostros.

—¿Qué quiere que hagamos con ellos, señora? —preguntó uno de mis hombres, Ben Franco, sonriendo ampliamente. Él odiaba a los Cullen casi tanto como Jacob.

Me giré hacia mis cuñados y solo sonreí antes de acercarme y ofrecerles mi mano.

—Me disculpo por no ser presentada apropiadamente. Como ya saben, soy Isabella Marie Swan, pero pueden llamarme Bella.

No aceptaron mi mano. En su lugar, me miraron con sus armas en alto.

—Oh, cierto, su hermano. —Fingí olvidarme—. Está un poco golpeado y necesitará un doctor. Pero no se preocupen, el disparo fue limpio. Estará bien en unas horas. Pueden verlo y le encargaré a Ángela que les enseñe sus cuartos.

Asentí a mis hombres, ordenándoles que suelten sus amas —fruncieron el ceño, pero cumplieron— antes de seguirme hacia el ascensor. Este se abrió para revelar no sólo a mi padre, sino al Sr. Cullen también; haciéndome dar cuenta otra vez que los Cullen fueron bendecidos con una belleza casi innatural.

Mi padre me miró de arriba abajo antes de sacudir su cabeza y suspirar mientras que Carlisle sólo me miraba sin expresión en el rostro.

—¿Mi hijo te hizo esto? —preguntó, mirando mis brazos y piernas magulladas, labios cortados y cabello desordenado.

—Sip. —Sonreí—. Y le disparé por ello. Si no fuera mi futuro esposo, hubiera sido peor. Espero que podamos ser presentados correctamente luego, Sr. Cullen, ya que encuentro impresionante su trabajo pasado.

Y con eso, me metí en el ascensor mientras este se volvía a abrir. Fue solo cuando las puertas se cerraron que vi a los hermanos de Edward correr hacia la habitación para buscarlo. Contuve mi risa.

—Me sorprende que no le hayas disparado en la rótula por esa mierda, señora —dijo Ben mientras volvíamos a la planta baja.

Sonreí maliciosamente.

—¿Cómo me vería con un esposo discapacitado, Ben?

En cuanto llegamos a la planta superior, me dirigí directamente a mi habitación, cambiándome en un traje de baño blanco y dorado y fui hacia la piscina.

Me sentía sucia y cansada, pero lo último que quería era que los moretones en mi piel se quedaran por más de un par de horas. La única manera de evitar eso era tomando un baño en agua helada. Sería molesto al principio, pero después de unas horas, mi piel, y mi mente, estaría casi como nueva. Dios sabía que ahora estaba arruinada.

Todavía podía sentir sus manos sobre mí, demandantes y posesivas; sus labios mientras mordía mi cuello, mi oído, y luego mis labios. Él no sólo era un buen besador, sino que era un besador sensual. Quería asegurarse, con solo un beso, que estuviera mojada por él y dispuesta a ceder. Si yo hubiera sido otra persona, hubiese funcionado.

No había duda en mi mente que él sabía qué hacer y cómo hacerlo. Él era una fuerza y no me hubiera molestado, si no hubiera venido a mi casa y hubiera tratado de convertirme en su esposa modelo.

En la piscina, mi cuerpo se estremeció, pero necesitaba tratar de escaparme de él. Sin embargo, no pude. Él estaba allí, tratando de meterse en mi cabeza. Lo odiaba. Lo detestaba. Sentía lujuria hacia él y eso me hacía enojar conmigo misma. Sentía la electricidad de sus manos, su sensual lengua; no podía negar que lo deseaba.

Tendría que encontrar la manera de tenerlo y al mismo tiempo hacerle entender que no me iba a rendir ante él. Ni de cerca. Era yo, mi elección. Iba a ser animalístico y salvaje y una manera de relajarme.

Cuando por fin salí por aire, allí estaba él. El objeto de toda mi rabia, enojo y lujuria, estaba sentado junto a la piscina en un nuevo traje y con un vendaje sobre su pierna, la cual reposaba sobre mi silla. Saliendo del agua, tomé mi toalla mientras sus ojos recorrían mi cuerpo.

—¿Ves algo que te gusta? —pregunté, exprimiendo el agua fría de mi cabello.

Él frunció el ceño y asintió.

—Por desgracia, sí, pero es una ilusión. En cuanto te acercas, se convierte en una despiadada salvaje que te dispara en la pierna con tu propia arma.

—Si me convertí en una despiadada salvaje, fue solo porque otro despiadado salvaje entró en mi terreno. Si viniste por una disculpa, busca en otro lado. Ahora, levántate —le siseé.

Fulminándome con la mirada, se levantó. En el momento que me senté, tomó mi mano y vi en sus ojos que sintió sea lo que esa chispa era que sentíamos al tocarnos. En vez de decir algo, se inclinó una vez más, manteniendo su mirada en la mía. Se detuvo a dos centímetros de mi rostro antes de escuchar un clic cerca de mi muñeca. Bajando mi mirada, vi que no solo me había esposado la muñeca a la silla, sino que mi tobillo también.

—Después del show de antes, creo que necesitas un tiempo afuera. —Sonrió, besando mi frente como si fuera una mascota o un niño—. Estuviste nadando por mucho tiempo que te perdiste la cena, así que te hice un favor y te traje un poco. —Apuntó al plato que solo era alcanzable con mi mano libre—. Vendré y te liberaré en la mañana.

—¿Qué te hace pensar que no puedo abrir una cerradura, hijo de puta? —Bufé, tirando de las malditas esposas.

—Llené las cerraduras con cemento. No puedes abrirlas, amor, créeme, las he usado antes. —Sonrió, acariciando mi mejilla—. Si vuelves a apuntarme con un arma otra vez, Isabella, voy a esposarte bajo el agua.

Me besó de nuevo, esta vez en la boca, y con mi mano libre le abofeteé en su puto rostro. Su cabeza se corrió hacia un lado antes que se vuelva hacia mí y me guiñó un ojo coquetamente. Sexy bastardo hijo de puta. Con su mano libre, deslizó un anillo de compromiso con diamantes terriblemente grandes en mi dedo. Me soltó y tomó unas cuantas toallas, dejándolas caer sobre mí y caminó hacia la salida.

—Di que lo sientes y te liberaré ahora, amor, y entonces podremos empezar de cero —susurró, volviéndose hacia mí una vez más.

El hijo de puta estaba tratando de quebrarme.

—Púdrete tú y tu Audi 2010 que conduces —le escupí.

Frustrado, se pasó la mano por su cabello antes de negar con la cabeza.

—Hablaremos luego, entonces. Come. No me gustaría llevarte enferma a casa para conocer a mi madre. Me aseguraré que tu habitación se mantenga caliente. Mandé a todos a dormir. Buenas noches, esposa.

—Vete a la mierda, prometido —respondí, recostándome contra la silla.

Me encontraba bien hasta que se giró, apagó las luces y cerró la puerta. Él no lo sabía. Nadie excepto mi padre. Tenía un miedo irracional a la oscuridad. A pesar de que todavía había una luz tenue de la piscina que iluminaba el área, igualmente podía sentir el miedo crecer por dentro.

No había manera en el infierno que fuera a pasar la noche aquí. Suspirando, traté de calmarme antes de acercarme junto con la silla al borde del agua antes de saltar.

Iba a salir de aquí esta noche, incluso si tengo que romper mi mano para hacerlo. Esperemos que la silla se rompa contra las paredes primero.

De cualquier manera, él no iba a ganar.