Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.
Capítulo siete
La Mia Famiglia es tu Teaghlaigh
"Matamos a todos, cariño. Unos con balas, otros con palabras, y a todos con nuestras acciones. Enviamos a las personas a sus tumbas, sin verlo ni sentirlo." ~Maxim Gorky
BELLA
—¿Cuál, señora? —me preguntó Ángela mientras sostenía las dos opciones de vestidos para usar en mi primer día con el clan irlandés, aunque realmente no me importaba qué vestido me pusiera mientras que pueda aguantar el puto día.
—¿Qué piensa, Dr. Anderson? —Le pregunté al viejo que vendaba mi muñeca. El Dr. Anderson era el único médico en quién confiaba lo suficiente como para que me tocara. Después de todo, él fue el que ayudó a traerme al mundo, él había visto suficientes de mis heridas como para molestarse en preguntar.
Él levantó la mirada empujando sus gruesas gafas por su nariz antes de terminar su trabajo en mi muñeca.
—El de mangas largas sería lo mejor para ocultar tu herida. No ocultará la de tu tobillo, pero esa no está tan mal como tu muñeca.
Tenía razón porque había usado muchísima fuerza para arrancar el brazo de plástico de la silla, que me había cortado profundamente la muñeca. El idiota había hecho sus esposas con acero reforzado, lo que hizo fácil poder romper la silla, pero igual dolió como la mierda y dejaría una cicatriz.
Ángela me miró expectante y simplemente asentí.
—¿Tacones blancos, señora?
Asentí masajeando mi muñeca una vez que terminó, y Jacob abrió la puerta para que el Dr. Anderson se vaya, pero no sin antes darle un sobre con dinero suficiente para asegurarse que no tendría que trabajar por un tiempo. Tenía que luchar contra el impulso de tirar este maldito anillo cada vez que miraba a mis manos.
—Señora, después del anuncio esta mañana de la boda de usted y el Sr. Cullen, tengo algunas revistas, obras de caridad y entrevistadores buscando tener un momento con usted —me dijo Jacob con un teléfono en las manos.
Levantándome de mi silla, Ángela me dio el vestido mientras caminaba detrás del biombo.
—Jacob, ¿acaso parezco la puta Martha Stewart? —le pregunté mientras me vestía.
—No, señora, nunca pensaría que usted sea lo suficiente estúpida como para terminar en la cárcel. —Se aclaró la garganta y me reí. Saliendo detrás del biombo, Ángela dejó los zapatos blancos a mis pies.
—Diles que se vayan a la mierda —respondí, ajustándome los tacones.
—Eso no sería prudente, mia bambina dolce. —Tosió mi padre, siendo traído por su enfermera en la silla de ruedas. Caminando hacia él, lo besé en la mejilla.
—¿Por qué no puedo decirles que se vayan a la mierda? —Le pregunté mientras Ángela me entregaba mis pendientes.
—Porque para el resto del mundo, eres la prometida de uno de los hombres más poderosos del país, el príncipe de Chicago. No eres la Capo para ellos. Ellos quieren a una Kate Middleton o una primera dama, alguien que bese bebés y escriba grandes cheques a nombre de tu prometido —espetó mi padre, haciéndome que me detenga y le fulminé con la mirada.
—Jacob, Ángela, afuera —demandé y en segundos desaparecieron, incluyendo la enfermera. Centré mi mirada en mi padre—. Sigues enojado porque le disparé.
—No tengo tiempo para estar enojado. —Me frunció el ceño—. Y, sin embargo, aquí estás, forzándome a que gaste mi tiempo disciplinándote.
Sonriendo, sacudí mi cabeza.
—Deberías estar orgulloso que no lo maté. Él es un niño mimado que cree que nació en los años veinte cuándo las mujeres servían a sus maridos y se inclinaban a su voluntad. Yo no soy, y nunca seré una esposa modelo.
—Isabella. —Suspiró, solo usaba mi nombre cuando estaba enojado o molesto—. Eres tan testaruda como tu madre.
—Gracias, lo tomaré como un cumplido —respondí, dándole la espalda.
—Pero no era uno —siseó detrás de mí—. ¿Has olvidado por qué usas los zapatos blancos? —preguntó y sentí todo mi cuerpo congelarse por un momento y un escalofrío me recorrió por la espalda antes de enderezarme.
—Eso fue un golpe bajo, Charlie. —Hice una mueca, quitándome mis malditos zapatos blancos antes de caminar hacia el armario.
Pude escuchar cómo se acercaba en su silla detrás de mí. La mayoría de mis cosas ya se las habían llevado y estaban en camino a la Mansión Cullen. Había dejado algunas cosas que podría necesitar aquí. Uno nunca sabe cuándo necesitaré un momento lejos del gnomo.
—¡No me iré a la tumba sabiendo que este matrimonio está condenado y que otra vez dos personas hechas el uno para el otro no traguen su orgullo, bajen sus espadas, y actúen como jodidos iguales! Tú, Isabella Marie Swan no caminarás por el mismo camino que tomamos tu madre y yo, y apoyarás a tu marido, lo guiarás cuando sea necesario, y estarás a su lado y solamente a su lado. ¡Serás una maldita Cullen y te asegurarás que el pasado y presente de las dos familias crezcan! —gritó, sin toser ni una vez o incluso parpadear.
Si hubiera cerrado mis ojos, habría sonado como el Charle que solía conocer.
—Lo que pasó con mamá y tú no es para nada lo mismo —respondí, poniéndome unos zapatos color canela y en el fondo de mi mente, una voz me decía que vuelva a cambiarlos.
—Pero el resultado será el mismo si no tomas mi consejo. Haz las paces con él, Isabella. ¿Recuerdas lo mucho que me tomó adaptarme a que tú fueras la Capo? Demuéstraselo. Demuéstrales a todos ellos y hazlo sin dejar como un idiota a tu marido y déjame descansar en paz —susurró. La tensión en su voz fue bajando antes de volver a toser nuevamente y regresar al hombre enfermo que era ahora.
Odiaba tener que probarme ante ellos. Los había hecho por años; demostrando a cualquier hombre que interrogábamos, cada jefe que derribaba, cada drogadicto bocón, y cada uno de mis hombres. Pensé que esa fase de mi gobierno había terminado y, sin embargo, aquí estaba otra vez.
—No pienses mucho en ello, no todos nosotros seguimos en nuestros veintes. —Me sonrió Charlie, e incluso que ahora era la sombra del hombre que conocí, esa sonrisa me hacía sonreír.
Caminando detrás de él, jalé de su silla antes de salir de mi armario por última vez.
—De acuerdo, lo intentaré, pero si me trata como un felpudo o peor, Martha Stewart, le dispararé en su otra pierna. —Medio bromeé mientras salíamos de mi vieja habitación.
—Eso es todo lo que pido. —Sonrió. Inmediatamente, las espaldas de Ángela y Jacob se enderezaron mientras nos seguían por el pasillo.
—Jacob, ¿ya están terminadas las casas? —le pregunté caminando más lento de lo que necesitaba, pero no tenía apuro en llegar a mi destino.
—Sí, señora, todos están a menos de dos kilómetros de distancia y hay espacio suficiente para todos los hombres. La mayoría de nuestro equipo y nuestra tecnología han sido movidos al sótano y los hombres fueron trasladados ayer por la noche —informó rápidamente.
Cuando me enteré de que me iba a casar hace nueve años, me aseguré de tomar nota de los planos de su casa y poco a poco, soborné y tomé las tierras "protegidas por el gobierno" lo suficientemente lejos de la Mansión, para asegurarme que mis hombres tuvieran un lugar cerca de dónde estaba viviendo, para ellos y sus familias. No eran como la Mansión Cullen o esta casa, pero parecían casas bonitas que encuentras en los suburbios de Chicago. Comenzamos a construirlas hace tres años y había dejado que la tarea la termine Ben y Jacob.
—¿Estás lista? —me preguntó Charlie cuando Fiorello, la mano derecha de mi padre desde que era adolescente, apareció en la puerta esperándome a que responda antes de abrirla.
Él sería el único, con la excepción de una cocinera y su enfermera, que mi padre quería que se quedaran allí con él. La cicatriz que adornaba el rostro de Fiorello era porque había sido torturado por los Volturi una vez para conseguir información de mi padre. Él luchó para escapar y volvió solamente pidiendo un doctor y unas copas de brandy. Sabía que mi padre estaba bien, solo que yo no sabía si era lo estaba, pero necesitaba aceptarlo y seguir adelante.
Asintiendo, Fiorello abrió la puerta para mí y la enfermera de Charlie tomó su lugar detrás de la silla de ruedas. En el momento que la puerta se abrió, me encontré con cuatro pares de ojos mirándome sorprendidos, cada uno más hermoso que el último hasta que vi a Edward, cuyos ojos estaban pegados a mis piernas. Observó un poco el corte en mi tobillo antes de subir por el resto de mi cuerpo, hasta que sus ojos verdes se encontraron con los míos. Sus labios estaban fruncidos, pero en sus ojos había solo lujuria.
—Señora. —Seth caminó hacia mí, alcanzándome mi iPad. Sabía que él seguramente puso la información sobre Laurent allí.
Asintiendo, la tomé antes de caminar a mi nueva Famiglia o Teaghlaigh, como se decía en irlandés gaélico.
—Buenos días, ¿llego tarde? —les pregunté lo más amablemente posible.
—No, señora, sólo pensamos en lo hermosa que está esta mañana —respondió Jasper, tomando mi mano y besándola.
—Guarda tus palabras bonitas, ella luce jodidamente caliente. Simple. —Sonrió Emmett antes de tomarme en un ligero abrazo y pude jurar que escuché un gruñido a mi lado. Pero no estaba segura si fue Edward, Seth o Jacob.
—Suficiente, tontos, vamos a llegar tarde. Tu madre dice que hay un caos afuera de la casa. Vámonos —les dijo Carlisle antes de guiñarme el ojo. Viejo pervertido.
Todos caminaron hacia sus coches, dejándome sola con ningún otro que Edward y su Audi 2010 negro. Él no dijo nada, mientras me abría la puerta y la cerraba una vez sentada, antes de caminar hacia el otro lado y subirse. No dijo nada y no lo necesitaba. De hecho, yo tenía trabajo que hacer.
De acuerdo con los archivos que dejaron en mi iPad, James Volturi ha estado fuera de la cárcel, un secreto que los Volturi estaban tratando de ocultar del mundo hasta que liberaran al salvaje para su uso. Al parecer, de lo que Seth y Jacob obtuvieron de Laurent, ellos lo querían en Brasil, para encontrar una manera de robar mi puta plantación de cocaína. Deben haber estado consumiendo cocaína para pensar que eso iba a funcionar.
—¿Qué es eso? —Edward entrecerró los ojos mientras intentaba leer los archivos cifrados, todo mientras el conductor al frente fingía no estar en el coche.
Nada de tu incumbencia, maldito irlandés hijo de puta. Gritó la Bella en mi mente. Pero, necesitaba escuchar a Charlie.
—Trabajo —respondí, tratando lo mejor que podía para no decir lo que pensaba. Pero, la mirada de ira y disgusto en sus ojos hacían que quisiera dispararle en su polla.
Parecía que estaba luchando contra sus palabras también.
—Deberías relajarte, hoy es un día para la familia.
—Gracias, pero estoy bien. —Sonreí—. Dormí como un maldito bebé.
Porque me salí de la maldita silla en la que me encadenaste como un perro, estúpido hijo de puta.
Me miró enojado ante eso.
—De hecho, yo también. La cama no era algo a lo que estaba acostumbrado, pero, no me quejo.
A menos que no consigas lo que quieres. Ahí lloras como un jodido bebé recién nacido al que le abofetearon el culo.
Asintiendo, sonreí otra vez antes de volver a la información frente a mí.
—Debes saber que a mi madre no le gusta que maldigan, especialmente las mujeres. Para ella, una mujer que maldice no tiene clase ni cerebro. —Estiró cada palabra mientras me cruzaba de piernas, mis hermosas piernas atractivas, que incluso no pudo apartar la mirada.
—¿En serio? Bueno, diablos, ¿acaso no es eso una mierda? No te preocupes, Cullen, no voy a cagarla. De hecho, voy a tratar lo mejor jodidamente posible para no maldecir en frente a mama Cullen —dije con una sonrisa en mis labios cuando vi el fuego en sus ojos verdes.
Aww, ¿el pequeño Eddie está enojado? Pobrecito.
—Detén el coche —le ordenó al conductor, quién pisó los frenos inmediatamente.
Edward agarró el iPad de mi mano y una botella de brandy, salió del coche y tiró el líquido sobre el aparato antes de dejar caer su encendedor prendido. Ardió en llamas tan rápidamente que pude escuchar el crujido del cristal. Volviendo al coche, pasó sus manos por su cabello antes de ajustar su chaqueta y corbata.
—Sigue —le dijo al conductor.
Recuerda a Charlie.
—Un poco inmaduro, ¿no crees? —le pregunté, sin molestarme en mirarlo, con miedo a golpearle en la cara.
—¿En serio? —repitió mis palabras—. Pero era o la tableta o tú, y puesto a que hay decenas de fotógrafos y reporteros esperando ver a la pareja feliz, me imaginé que matarte no quedaría bien.
—Más te vale que se queme completamente —siseé, respirando por la nariz.
—Conociéndote, amor, no lo dudaría por un momento que tuviera un botón de auto-destrucción. —Suspiró.
—¿Acaso me parezco al puto de James Bond? —Sonreí, era un cumplido y él ni siquiera lo sabía.
Frunció el ceño, dándose cuenta de su desliz un momento después.
—No, más como una viuda negra.
—Mucho mejor. —Reí, mirando por mi ventana. Sí tenía un botón de auto-destrucción pero él no necesitaba saber eso.
Echándome hacia atrás, me permití relajar, tratando de olvidar al hermoso hombre a mi lado y el mundo al cual me estaba llevando. Terminó mi vida secreta; dónde nadie sabía quién era Isabella Swan y podía ser simplemente Bella, la maldita Capo. Terminaron mis días de libertad. El matrimonio era una idea horrible, muy horrible y ojalá le hubiese dicho "no" a mi padre, pero el bastardo no me dejó otra. Tenía que pensar en el lado positivo; no habrá más dinero o sangre mal gastado para tratar de enviar nuestras drogas de América del Sur a Miami y de ahí, al resto de América. La cantidad de dinero que yo… nosotros… haremos ahora será jodidamente ridícula que hará que Bill Gates luzca en bancarrota.
Cuando la mano de Edward tocó la mía, salté hacia atrás, sacando una navaja de mi muslo antes de cualquiera de los dos pudiera pestañar. Me miró sorprendido antes de sonreír ante la navaja grande en mis manos antes de mirar otra vez mi muslo. Podía ver su pregunta perfectamente, ¿cómo mierda la tenía bien escondida?
—Es el momento —dijo, asintiendo hacia la ventana ante las cámaras esperando del otro lado de la puerta. No me había dado cuenta que habíamos llegado y ahora todos los Cullen y los medios estaban esperándonos.
Levantando mi vestido, volví a guardar mi navaja, solo para encontrarlo intentando hacer un agujero a través de mi vestido con su mirada. Él se estaba excitando y lo último que necesitábamos era eso en las fotos.
—Maté al último hombre que me miró así —dije, esperando ver asco y lujuria, pero solo vi mucho de lo último—. Por el amor de Dios, Cullen, contrólate, tu madre, la mujer que golpeó tu culo de niño está esperando por ti. —Eso lo hizo.
—Trata de no ser una perra —me espetó mientras el conductor abría la puerta cuando él golpeó en el cristal.
En el momento que se abrió, nos asaltaron flashes de cámaras. Edward me atrajo hacia él, envolviendo mi cintura con su brazo y usé la oportunidad de tratar de arreglar su cabello despeinado. Él besó mi mejilla por eso, causando que los reporteros lanzaran la mayor cantidad de preguntas posibles. Quería mandarlos a la mierda, pero Edward me miró a los ojos y apretó mi mano y le sonreí, apretando de vuelta. Para ellos, parecíamos dos tontos enamorados. Si tan solo supieran.
—Edward, pon un poco de espacio entre tú y la pobre chica, somos católicos, por el amor de Dios. —Una mujer increíblemente hermosa, que tan solo podía ser la madre de Edward, dio un paso adelante con el clan tras ella. Me dio un fuerte abrazo y supe de dónde lo había sacado Emmett.
—Sra. Cullen, es un placer conocerla, Edward no podía dejar de hablar de usted —dije lo más suave y amablemente posible.
—Por favor, llámame Esme, querida. —Sonrió más brillante que el sol—. No tienes idea de lo mucho que he esperado para conocerte, cariño, y no me extraña que tu padre te haya escondido, eres tan hermosa, Isabella.
Me hice sonrojar y dejé caer mi cabeza para un efecto antes de sonreír.
—Gracias, Sra… Esme, pero por favor solo llámeme Bella. Isabella me hace sentir como una vieja profesora italiana de ballet.
Asintiendo con emoción, me jaló hacia ella y noté la mirada de asombro de Edward por el rabillo de mi ojo.
Solo porque odiaba el maldito rol, no quiere decir que no podía interpretarlo.
Él no era el único sorprendido. Jasper y Emmett me miraron confundidos antes de mirarse entre ellos para asegurarse que no estuvieran locos. Mientras que Carlisle simplemente asintió en señal de aprobación y lucía un poco impresionado.
—Bueno, Bella, estas son mis otras dos hijas, Rose, la esposa de Emmett. —La Barbie Malibú me fulminó con la mirada, pero me dio la mano con un pequeño apretón.
—Wow, eres tan hermosa —le dije, asegurándome que me sonrojara otra vez y vi como sus ojos brillaron como si hubiese encontrado el verdadero significado de la Navidad.
—Gracias, —dijo la Barbie Malibú.
A su lado estaba Alice, la verdadera duende que parecía que quería saltar de su maldita piel.
—Hola, soy Alice, vamos a ser las mejores amigas. —No pudo contenerse y me tomó en un abrazo.
¿Qué les pasaba a estas malditas personas?
—Oh Dios, seda italiana, muy linda. —Sonrió la duende mientras se alejaba—. Oh, Dios mío, y los zapatos.
Jasper simplemente rodó sus ojos, el pobre seguro gastaba una pequeña fortuna para alimentar su adicción.
—Hola, Alice. —Le sonreí—. Todos son agradables. Gracias por darme la bienvenida a su hogar. No tienen idea de lo nerviosa que he estado.
Escuché a Emmett contener la risa antes que su padre le golpeara en la cabeza.
Alice tomó mi brazo libre, mientras que Rose solo sonrió, sin encontrar una amenaza en mí en absoluto.
—Ven, Bella, nos encargaremos de que el resto de la familia no te abrume demasiado. —Sonrió Esme, llevándome hacia la casa.
—¿El resto de la familia? —pregunté suavemente.
—Edward quería asegurarse que no estuvieras abrumada ante la cantidad de nuevos rostros en su boda el domingo. Así que, pensó que sería lo mejor asegurarse que conozcas a todos ahora. —Rose sonrió. Todos sonrieron como si esto solo fuesen simplemente cinco o diez personas.
Jacob me dijo que el clan Cullen consideraba al menos entre noventa y cien personas como familia cercana. Mi línea italiana casi había desaparecido en su mayoría. No lidiaba con esa cantidad de personas en ningún lado con la excepción de mis hombres.
Girándome, vi a Edward sonriendo como el puto gato que se comió el canario y supe que debí haberlo matado en mi sótano. Y cuando me guiñó el ojo, casi pierdo mi calma, pero no le iba a dar el placer.
—Sí son así de buenos, creo que podré hacerlo, pero por favor no me dejen completamente sola. Realmente no querría insultar a nadie —dije rápidamente y me hice ruborizar otra vez.
Alice sonrió, otra vez con las malditas sonrisas.
—Bella, eres de la familia. No te tiraríamos a los lobos sin darte una lanza.
Por favor, dame una maldita lanza.
Sabía a qué corazón quería tirársela ahora.
Las dejé que me llevaran por la sala y hacia una gran puerta de vidrio, dónde al menos unas cien personas de su familia estaban sentadas, esperando mientras bebían, riéndose y llenando sus rostros de comida. La música rugía desde el otro lado del cristal, casi rompiéndola, hasta que Rose abrió la puerta para nosotros.
—No estés nerviosa —me susurró Esme—. Eres joven y hermosa, y ya te aman. Y los que no, lo harán, porque eres de Edward.
Yo soy mía. Mi mente le gritaba. No estaba nerviosa, estaba enojada. Quería moler a golpes a todos estos idiotas. Pero, en cambio, solo sonreí y salí.
—¡Todos, esta es Bella, la prometida de Edward! —gritó Alice con todas sus fuerzas y para una niña, estuvo bastante bien.
Todos dejaron de bailar, cantar y tomar, como si quisieran que el mundo supiera que no era solo un estereotipo irlandés, solo para mirarme antes de alzar sus copas y gritar:
—¡SALUD!
Me sonrojé otra vez para su beneficio y sonreí antes de gritar:
—¡SALUD!
Todos gritaron con alegría y ya estaba dentro del clan Cullen, al menos de los borrachos con pollas, sería más difícil con las chicas. Podía decirlo por sus miradas. Tal vez podría decirles que eran hermosas.
—¡Hola, Bella! —Un grupo de niños corrieron hacia mí, con sus pequeños acentos irlandeses. Si no supiera mejor, hubiera pensado que también estaban ebrios. Pero incluso los irlandeses no podían ser así de locos.
Agachándome hacia ellos, sonreí.
—Dia duit mo áilleacht beag. (Hola, pequeñas bellezas)
Sus sonrisas casi quebraban sus rostros mientras comenzaban a hablar en gaélico. Edward debió de haberme seguido porque allí estaba, siendo felicitado por otros borrachos. Parecía sorprendido que supiera gaélico. Pero él era un cerdo machista que pensaba que lo único que yo hacía era pintarme las uñas y comprar. Por supuesto que sabía gaélico, mi padre me obligo aprender ni bien crearon el contrato.
Mientras los niños me llevaban hacia el jardín enorme para bailar a mi alrededor, fingí no darme cuenta que las mujeres me fulminaban con la mirada. Hablaría con ellas luego, pero ahora necesitaba que me vean como una maldita santa. Así que, me quité los zapatos y bailé junto a ellos, cantando sus canciones irlandesas o les hice dar vueltas. Incluso me reí antes sus tontas bromas. No me malinterpreten, me gustan los niños… un poco, más o menos, pero a veces eran jodidamente molestos. Pero, los necesitaba hoy así que bailé.
Cuando me detuve, Alice me dio un vaso de agua, cuando todo lo que quería era vino. Mi vino.
—Todos te aman. —Sonrió Alice—. Algunos hombres incluso maldijeron a Edward por haberte encontrado primero.
Solo sonríe y bebe, Bella.
—Oh, vamos a tener una fiesta de jardín para ti mañana, para todas las chicas. —Los ojos de Esme brillaban de alegría—. Todas se mueren por conocerte.
Preferiría que simplemente murieran.
—No puedo esperar —mentí, pero ni siquiera lo notaron. Fue entonces que me di cuenta, todos los hombres Cullen se habían ido.
—¿Dónde está Edward? —les pregunté, tratando de no romper el vaso en mis manos.
Rose y Alice fruncieron el ceño, mientras que Esme mantuvo su compostura y se dio la espalda a los invitados.
—Bella, no te preocupes. Sé que estás consciente de los que nuestros hombres hacen. Pero, estate segura de que están a salvo. A menudo usan fiestas como estas para ocultar algo más. Pero tratamos de no involucrarnos y saber lo menos posible. Mi hijo nunca querría poner en peligro tu bienestar. —El rostro de Esme se volvió serio, antes de volver a sonreír mientras se giraba a los invitados.
Asentí lentamente, intentando fuertemente mantenerme en calma, pero supe en el momento que vi a Jacob junto con Seth, de pie en las puertas de cristal, asustados, que alguien iba a morir esta noche.
—Disculpen —dije suavemente antes de caminar hacia ellos.
Jacob y Seth se mantuvieron de pie, esperando hasta que estuve frente a ellos.
—El vuelo 735 acaba de explotar sobre el océano Atlántico, 192 muertos, 87 de ellos eran Volturi, junto con drogas de contrabando a través de los asientos —murmuró Jacob.
El cristal se hizo añicos en mi mano cuando apreté y lo único que podía ver era rojo. Desearía poder decir que era la sangre que ahora había en mis manos, pero era más que eso. Entrando a la casa tranquilamente, caminé hacia la puerta secreta que había adivinado mirando lo planos que tenía; una pared falsa oculta detrás de un cuadro de Jackson Pollock.
Con la mano levantada y sangrando, esperé a que Jacob me diera un arma.
—Nos superan en número, señora —dijo en cambio, y simplemente lo miré. Hoy no era el maldito día.
Seth me dio la semi-automática que siempre tenía en sus tobillos. Era la maldita razón por la cual él usaba siempre pantalones anchos.
—Jacob, sal de aquí, no querrás que te hagan daño —siseé antes de disparar a la pintura y atravesando la pared.
Cuando se abrió, entré mientras la puerta rebotaba. Allí estaban las ratas, todos asustados por lo que pasaba. Mis ojos se encontraron con los de Jasper, quién estaba tan blanco como el papel. Luego Emmett, quién trataba de parar la sangre que corría de su brazo; el siguiente fue Carlisle, quién no parecía sorprendido y era el único que llevaba un chaleco antibalas debajo de su traje, pues la bala en su corbata lo hubiera matado. Y, por último, la rata más grande de todos, quién debe tener un maldito ángel guardián en su bolsillo porque estaba completamente bien… y furioso.
—Dime que no fuiste tú, así puedes seguir viviendo para nuestra puta boda, cariño —dije, tan calmada como siempre, lista para empezar a disparar de nuevo.
Debería haber usado los zapatos blancos…
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*La Mía Famiglia es tu Teaghlaigh = Mi familia es tu familia
Teaghlaigh (irlandés gaélico) = familia
