Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.

Capítulo diez

Acuerdos hechos durante el sexo son los más fuertes

"Se necesitan de dos personas para cometer un asesinato. Hay quienes nacen para ser víctimas, nacidos para ser degollados, ya que los degolladores nacieron para la horca." ~Aldous Huxley

EDWARD

—Esta es tu única oportunidad para decirme que pare —le dije, porque lo era. Si empezábamos esto, no iba a detenerme, incluso aunque el infierno estallaba afuera.

Ella sonrió y podía ver la lujuria creciendo en sus ojos, coincidiendo con los míos.

—Más te vale que no rompas mi ropa. —Entrecerró sus ojos marrones y cada prudencia en mi mente se fue al carajo.

La agarré del tobillo, abrí sus piernas hasta que estuviera a menos de un centímetro para tomarla. Podía sentirla mojarse con la cercanía de nuestros cuerpos. Acariciando su rostro, luego sus labios, tomé de su cabello y lo jalé hacia atrás, permitiéndome acceso a su cuello. Ninguno de los dos necesitaba hablar ahora. Los dos sabíamos lo que queríamos y no había palabra suficiente en el lenguaje humano que pudiera expresar lo que mi lengua podía hacer, mientras mordía, lamía y chupaba su cuello. Me sentí como un jodido vampiro, pero no podía detenerme y, por el amor de Dios, cuando abrió la cremallera de mi chaleco y pasó sus manos por mi torso, me volví voraz.

Empujándola hacia atrás, le quité la camiseta lo más rápido posible, tratando lo mejor que podía cumplir lo que ella me pidió y no romper la maldita cosa. Sin embargo, no funcionó y escuché un desgarro antes de que la camiseta estuviera hecha pedazos.

—¡Maldita sea, Edward! —me gritó y me detuve, mirándola a sus ojos profundos y oscuros, y mi aliento en sus labios.

—Dilo otra vez —susurré mientras agarraba su pecho sobre su sujetador, hubiera preferido uno de encaje a uno deportivo, pero un pecho es un maldito pecho.

—¿Decir qué? —respondió susurrando, sonando casi aturdida.

Inclinándome, besé sus labios rápidamente antes de morder su labio inferior. Luego le besé la mejilla, antes de finalmente dirigirme hacia su oído y mordisquear su lóbulo. Estaba perdiendo la cabeza, podía sentirlo, y todo lo que quería era devorar cada puta parte de ella.

—Mi nombre —susurré en su oído y ella se estremeció de placer—. Di mi nombre otra vez. No en enojo o en disgusto, sino como lo acabas de hacer. Como si yo fuera el único hombre en el mundo que pueda satisfacerte.

Porque lo era. Besé su cuello otra vez, pero, ella me tomó del pelo y me atrajo hacia su rostro. No dijo nada, solo me miró por un momento, antes de besarme casi desesperadamente. Por una vez, ella me besó primero y no pude evitar pensar que era el maldito cielo, hasta que me dio vuelta poniéndome sobre mi espalda.

Se sentó a horcajadas sobre mí y me miró antes de quitarse el sujetador. Me besó el pecho lentamente, restregándose contra mi polla, la cual rogaba por su liberación. Cuando llegó a mi cuello, mis manos fueron directamente a su cabello, y las suyas a mis pantalones. Gracias al puto Dios.

Dándonos vuelta, le sujeté las manos por encima de su cabeza y bajé mi mirada hacia lo que ahora era mío. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus pezones erectos y me agaché para lamerlos, como si estuvieran rogándome para que lo haga. Ella gimió fuerte mientras intentaba liberar soltar sus manos.

—Edward —gimió otra vez, arqueándose hacia mí.

—Otra vez —demandé mientras me giraba hacia el otro, moviendo mi lengua en círculos por su aureola, sin chupar su pezón hasta que ella dijera que lo haga. Pero mi chica nunca se rendía ante mí. Pasando sus dos manos a mi izquierda, mi derecha fue a sus pantalones sin detenerse hasta que llegó a su objetivo. Podía sentirla. Estaba mojada por mí. En el momento en que la toqué, su espalda se arqueó.

—Maldito hijo de puta —gimió tratando de frotar sus piernas entre si pero no la dejaría hacerlo.

—Otra vez —demandé nuevamente, pasando mis labios desde su pecho hasta su cintura lentamente. Besé cada parte de ella mientras que me frotaba contra su mojado coño. Ella quería más, y yo también, pero tenía que hacer lo que yo quería.

Pero, una vez más, mi chica quería hacer mi vida lo más difícil posible, dejándome sin opción que liberar sus manos, así podía quitarle apropiadamente los pantalones. En el momento que mis ojos vieron la dulce miel que rogaba por mi lengua, me lancé rápidamente. Chupando y lamiendo todos los jugos que me ofrecía.

—Edward —jadeó, tomando de mi pelo mientras que se frotaba contra mi rostro.

Me alejé solo por un momento.

—Otra vez.

Se negó así que mi dedo encontró el camino hacia ella y jadeó en éxtasis. Adentro y afuera, lo más rápido posible, metía sus dedos en ella, mientras que ella embestía contra mi mano queriendo la satisfacción que solo mi polla le daría, pero tratando lo mejor posible para conseguirlo con solo mis tres dedos. Justo cuando estaba por llegar a su clímax, me detuve. Sus ojos se estrecharon mientras que respiraba pesadamente.

—Hijo de puta —siseó.

—Todavía no. —Sonreí, dando un paso hacia atrás para liberar mi polla de los confines de mis pantalones y ella la observó hambrienta. La dejé, solo por un momento, antes de atraerla hacia mí y, antes que tuviera tiempo de pensar, embestí profundamente dentro de ella. Arqueó su espalda mientras gritaba en italiano.

Aferrándome a ella, la jalé más hacia mí y me metí aún más profundo, si tal cosa podía ser posible. Haciendo una mueca ante lo lento que me movía, la observé temblar mientras mi polla la llenaba.

—Di mi nombre —le dije, casi deteniéndome del todo al mismo tiempo que mi polla palpitaba, esperando y rezando que ella se rindiera así podía tenerla.

Ella no lo hizo, así que embestí rápidamente y gritó mientras me aferraba a ella.

—Isabella, por el amor de Dios, solo di mi nombre.

En cambio, ella se alejó un poco de mí antes de enrollar sus brazos alrededor de mi cuello.

—Bella, solo Bella —jadeó.

Aferrándome a su cadera, retrocedí lentamente antes de embestir una vez más.

—Dilo, Bella.

Besó mi cuello y luego mi oreja antes de detenerse en mis labios, mirándome a los ojos profundamente. Los suyos estaban tan oscuros que podía verme en ellos. Su respiración estaba casi en mi lengua y necesitaba escucharlo.

—Edward —susurró y me besó profundamente.

Mi nombre era la clave para abrir los niveles más profundos de posesión posible. La puse sobre su espalda y embestí, haciéndonos gritar y sisear mientras mi polla se metía en ella continuamente. Ella se movía a la par mía, con cada estocada, sin perder el ritmo. Gritó mi nombre una y otra vez.

Tomando de su pecho, la follé más profundo, sin siquiera detenerme cuando ella gritó ante su orgasmo… ni siquiera me encontraba cerca de terminar, ella se vendría, aunque sea una vez más antes que pudiera hacerlo. Saliendo de ella, ambos gemimos en protesta hasta que la di vuelta y la tomé. Agarrándome de su cintura y hombro mientras me metía más profundo.

—¡Mierda, Edward! —gritó con fuerza, empujando hacia atrás.

—Más fuerte —rogó.

—Más rápido —casi gritó.

Y cumplí con sus deseos, hasta que no pude aguantarme más, y ella tampoco, y nos vinimos juntos.

—Mo Bella álainn (Mi hermosa Bella.) —jadeé antes de salirme de ella y caer en la cama.

Dándose vuelta sobre su espalda, trató de tranquilizar su respiración antes de hablar.

—Solo puedes llamarme Bella durante el sexo.

—¿Por qué eso? —Levanté una ceja.

—No te lo has ganado —respondió mientras se alejaba un poco de mí.

No podía aceptar esto. Después de todo lo que pasó entre nosotros, todo había cambiado incluso si ella lo sabía o no y comenzó conmigo. Agarrándola, me puse sobre ella, dándole espacio así mi peso no le hacía daño. Me miró sorprendida, pero no dijo nada.

—Lo que pasó esta noche se repetirá —le dije tranquilamente, tratando de calmar mi respiración—. Tú eres mía como yo soy tuyo. Pero para que esto funcione, necesitas dejar de verme como el maldito enemigo y más como tu esposo.

Entrecerró sus ojos.

—¿Mi esposo dices? ¿Así que se supone que tengo que sentarme a pulir tus zapatos y hacerte la cena entre el sexo?

—Bella —respondí, moviéndome lentamente hasta que estaba en su entrada de nuevo—; lo entiendo —le dije antes de enterrarme en el lugar apretado que rápidamente se estaba convirtiendo en mi nuevo hogar.

—¿En serio? —siseó, tratando de concentrarse mientras me entraba más profundo.

—Sí —susurré moviéndome hacia su cuello otra vez.

—No eres un ama de casa —dije, saliendo solo para volverme a enterrar fuertemente.

—No quieres ser solo una buena compañía. —Otra embestida. Tomó de mi pelo.

—Eres una asesina a sangre fría. —Embestida. Gimió mientras el sudor de mi barbilla caía sobre su pecho.

—Eres una Capo. —Embestida.

—Eres mi evolución. —Embestida. Esta vez, me agarró del culo, tratando de traerme más cerca.

—Estoy dispuesto a intentar hacer caso omiso a mi machismo. —Embestida.

—A tratarte como un igual, pero debes hacer lo mismo por mí, Bella. —Y con eso, arremetí repetidamente en ella.

Caí sobre ella mientras sus uñas se clavaban en mi espalda y sus piernas se envolvían en mi cintura para acercarme más a ella. Sus manos se entrelazaron con las mías mientras que nos enlazábamos, llegando a lo más alto del clímax.

Jadeando, la abracé con fuerza, mis brazos se envolvieron alrededor de ella mientras que usaba su pecho como almohada. Nos quedamos en silencio, dejando que solo nuestras respiraciones llenasen la cabina y ni uno de los dos soltó al otro.

—¿Me vez como una Capo? —me preguntó, pero sus ojos se enfocaron lejos.

—Sí y eso me enoja porque yo quiero ese título —respondí honestamente, haciendo que ella me tirara del pelo.

—No importa cuantas veces follemos, Cullen, nunca me inclinaré ante ti. Nunca dejaré que me gobiernes. No seré tu perra para follar y mandar. No creo que puedas manejas eso —respondió, soltando mi pelo.

Tal vez era el sexo hablando o quizás las palabras de mi padre al fin comenzaban a tener sentido y comenzaba a ver una nueva manera de obtener lo que quería. Todo lo que quería.

Apartándome de ella, miré hacia el techo de madera, sin hablar por un momento mientras analizaba mis pensamientos.

—En muchos sentidos, no puedo —le dije honestamente—. En mi mente, siempre habrá un machista, pero lucharé contra él. Pero tú y yo sabemos que una vez que estemos casados nuestras compañías serán una. Lo que significa que solo habrá un líder, porque no puede haber una casa divida.

—Gracias, Abraham Lincoln. Pero no voy a renunciar a mi derecho como Capo —respondió y supe que no lo haría. Ella nunca se "inclinaría" ante mí.

No importa lo mucho que pensara en ello, no veía una manera para que esto funcionara que no sea de la única cosa que más odiaba hacer: compartir.

Era tan simple. Tenía sentido lógico, pero yo era un codicioso hijo de puta y en muchas maneras, también lo era ella. Éramos muy jodidamente iguales.

—Hay un líder. Pero también hay un cerebro en él —dije lentamente, esperando que ella entendiera—. Todo lo que elegimos por la compañía será pensado juntos y luego lo transmitimos a nuestros hombres. Gobernaremos como uno juntos.

Ella no dijo nada y le permití que lo pensara mientras que aspiraba el olor a sexo, nuestro sexo. El mejor puto sexo que he tenido. Sexo al cual no quería dejar de tener.

—No siempre estaremos de acuerdo —susurró, y tenía razón.

—Todo en lo que no nos ponemos de acuerdo, lo decidimos follando. —Sonreí ante el pensamiento—. Después de todo esta es la interacción más larga que hemos tenido y no me has disparado ni una vez.

—No todavía. —Sonrió, sentándose. Me encantaba como no le molestaba si la veía desnuda a la luz. Ella no se tapó, simplemente me otorgó el placer de mirarla. Mis manos se extendieron para jugar con un poco de los mechones de sus cabellos.

—¿Qué dices, mi Bella? —le pregunté suavemente—. Terminamos nuestra guerra y unimos cerebros y cuerpos para destruir a cualquiera que esté en contra nuestra. Nos convertimos en una persona notoriamente despiadada en vez de dos.

—¿Puedes hacer eso? —preguntó, mirándome escépticamente—. ¿Puedes compartir así de simple? No pareces ser de ese tipo.

—Porque no lo soy. Pero, cuando pensé en lo que mi vida sería cuando me case, pensé en una mujer que acepte lo que hago y me permita el placer de confesar mis pecados mientras la tomo sin piedad —respondí, mirándola—. Y ahora tengo a una mujer que quiere ser parte de ello también. Que lo disfruta, que no se avergüenza de ello. Si no puedo compartir eso con ella, ¿con quién lo voy a compartir?

—Mi padre tenía razón, eres un adulador. —Frunció el ceño, y odié esa mirada en ella, así que pasé mi dedo sobre sus labios.

Levantándome de la cama, la miré.

—Lo digo en serio, Bella. Únete a mí y prendamos fuego al mundo y no tomaré tu título, no importa lo mucho que lo haya querido. Deseo menos de nuestras peleas y más de esto.

Tomé su rostro con una mano y su pecho con la otra.

—Estás usando el sexo para nublar mi juicio, Cullen —siseó, pero se inclinó contra mis manos de todos modos.

—Simplemente estoy mostrándote otro camino, porque estoy cansado de estar en guerra contra un oponente al que no puedo matar —le susurré—. Tú perteneces a mi lado. Yo pertenezco al tuyo y ambos gobernaremos el Este y el Oeste, tanto así que ellos cambiarán el nombre de las ciudades en honor a nosotros.

—Los Volturi. —Se mordió el labio y pellizqué sus pezones. Agachándome, tomé uno de ellos en mi boca y la jalé hacia mí.

—Pondremos una bala en sus cabezas y luego follaremos en sus camas —respondí mientras ella me colocaba sobre mi espalda y agarraba mi polla, la cual sentí saltar a la vida en sus manos.

Se inclinó y lamió la punta.

—¿Me estás mintiendo, Cullen?

Antes que pudiera responder, ella me tomó en su boca y gemí incoherentemente palabras que seguramente no eran inglés. Apenas podía pensar con claridad, su boca era así de celestial. Olvídate de Tanya, o cualquiera de las otras perras con las que había estado. Si hubiera sabido que era esto lo que me esperaba, hubiera venido aquí en primer lugar.

—¿Y bien, Cullen? —Pasó sus dientes por toda mi longitud y me estremecí.

—Mierda, no, Bella. No estoy mintiendo —solté mientras mis manos iban a su cabello.

—¿Tú y yo trabajamos como uno? —preguntó antes de succionar con más fuerza y casi me vengo en su boca.

Tiré mi cabeza hacia atrás, tratando de esconder lo dichoso que se sentía.

—Dios, sí. Mierda, sí. Tú y yo, nadie más. Gobernaremos… mierda, nena. ¡Ohhh! ¡Sí! Gobernaremos como uno.

—Incluso ahora, mientras que chupo tu polla, me verás como una igual. —Usó sus manos mientras hablaba, antes de que su mágica boca me envolviera otra vez.

¿Cuál era su pregunta?

—Sí. Mierda, sí. Incluso mientras me estés chupando la polla, no te veré como inferior, así como tú no lo harás cuando te coma —gemí, embistiendo contra su boca. Ella lo aceptó y mis manos fueron a los lados de su rostro mientras follaba su boca como follaba su coño, duro y rápido.

Cuando me vine, ella me lamió todo y se limpió la boca.

—Bueno, supongo que puedo lidiar con eso, pero si me jodes, Cullen, te mataré —siseó mientras luchaba contra el resto de mi clímax.

—Vistámonos y casémonos así puedo follarte con un anillo en nuestros dedos —le dije, pero ella se levantó antes que yo y tomó su camiseta rota.

—Eres un idiota —gruñó.

—Diría que lo siento, pero no sería en serio —le dije, levantándome de la cama también.

Nos quedamos allí, mirándonos desnudos y con la necesidad que sentíamos por el otro.

—¿Un último polvo antes de casarnos? —preguntó y todo lo que pude hacer fue sonreír antes de empujarla contra la pared.

—Tú y yo, que pareja hacemos —dije separando sus piernas una vez más.

—¿Tú y yo contra el mundo, entonces? —me preguntó mientras entraba en ella.

—Con este polvo comenzamos un nuevo capítulo en nuestras vidas —siseé mientras embestía en ella—. Que siempre seamos gobernadores, que nuestros enemigos tiemblen ante nuestros pies, que nunca olvidemos que nuestro gran amor es la familia. A la cual gobernaremos con un puño de hierro.

—Que seamos despiadados y no nos arrepintamos —añadió, aferrándose a mi espalda—. Que tomemos lo que queremos, cuando lo queremos, con el mundo a nuestros pies.

Sonreí mientras la follaba contra la pared, moviéndonos en sincronía era como si nuestros cuerpos también estaban de acuerdo con nuestro paquete de gloria, muerte y sangre.

—Sra. Cullen, tendremos el mundo pronto —le dije, sin dejar de entrar profundamente en ella. Las mareas estaban cambiando y debemos adaptarnos a sobrevivir los cambios drásticos y Bella era uno. Lo que teníamos era mucho más grande que nosotros dos, pero mientras que ella gemía mi nombre, no podía estar más agradecido. Ella me ayudaría a llenar el cielo con la sangre Volturi. Una vez que lo hagamos, gobernaríamos todo.

Ese único pensamiento, sumado al placer, fue el mejor polvo de mi vida.