Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole.
Capítulo diecinueve
Dijeron que iba a haber sangre, y hubo sangre
"No asesinamos, matamos… No se asesina a los animales, se los mata." ~Samuel Fuller.
BELLA
Pasando canales en la televisión, no pude evitar sonreír.
"¡Hace tres semanas, comisario Patterson, frente a nosotros nos prometió volver segura a esta ciudad! ¡Nos prometió que iba a poner un fin a la sangre y la corrupción, pero en cambio, todo lo que ha hecho es empeorarlo! ¡Por tres semanas ha corrido sangre! La suma de muertes a llegado a veintisiete, que sepamos. La mayoría de ellos era gente inocente que solo quería vivir su vida en paz. ¡Las personas están muriendo! ¡Usted hizo esto!" Gritó un hombre en la muchedumbre.
"Mi hijo volvía del colegio. Caminaba por el mismo camino de todos los días y entonces…" Una madre lloraba con una foto de su hijo en sus manos.
"Veintisiete en los suburbios, cincuenta y cuatro en la ciudad, dos por día en las zonas más pobres de la ciudad. Comisario Patterson, ¿es esta la nueva normalidad?" preguntó un periodista.
El comisario Patterson lucía viejo, cansado, y estresado mientras intentaba encontrar las palabras.
"El departamento de Policía de Chicago está…"
"¡El departamento de Policía de Chicago no está a salvo de nada! ¿Cuántos hombres y mujeres hemos perdido en las últimas tres semanas?" Gritó alguien que no podía ver.
"Hemos perdido un total de diecinueve hombres en servicio." Suspiró Patterson; podía ver la derrota venir.
"Como puede mantenernos a salvo si ni siquiera puede mantener a salvo a su gente?"
"¿Se va a involucrar el FBI?"
—No —dije para mí misma.
"Cada uno de estos hechos han sido por parte de criminales y su vendetta con el Departamento de Policía de Chicago." Se mantuvo firme el Comisario. "Entiendo que estén asustados, pero, por favor, no pierdan esperanzas en nosotros, es lo que quieren los responsables de esto."
"¿Sabe quién es el responsable de esto? Algunos han especulado que esto es culpa de la Mafia Irlandesa, otros dicen que ha sido unos fugitivos de la cárcel."
Quería escuchar su respuesta, pero me distraje con el hombre que me besaba el cuello por detrás. Inclinándome hacia él, me permití relajarme.
—¿Manteniendo un ojo en nuestra ciudad? —susurró. Envolviendo sus brazos a mi alrededor, me llevó hacia él.
—El comisario parece estresado. —Sonreí, llevando una mano hacia su cabello.
—Con todos los asesinatos, robos, y la prensa también me encontraría estresado. —Rio llevando sus ojos hacia mis pechos, pero eso es lo que obtengo por estar en ropa interior mientras miraba las noticias.
—¿Te gusta lo que ves? —susurré mientras tomaba de tu corbata.
Sus ojos se llenaron de lujuria antes de sacudir su cabeza.
—Si, demasiado, y por más que me encantaría hacerte gritar mi nombre hasta que te quedes sin voz, tenemos una boda muy importante a la cual asistir.
Me le quedé mirando intentando no reír.
—¿Estás rechazando sexo conmigo para ir a una boda?
—No es una simple boda, amor. —Hizo un puchero—. Es la boda de Victoria y James, lo que significa…
—Lo que significa que te sientas a comer su comida y bebes su vino mientras nuestros hombres los joden del otro lado del océano. —Terminé su pensamiento y él asintió con una sonrisa en su rostro.
—No quiero llegar tarde para ese momento —respondió arreglando su corbata.
Acercándome, le volví a atar la corbata.
—Por supuesto que no, ¿quién quisiera tener sexo cuando podrían ver como Aro pierde el control? ¿Quién sabe cuándo volverá a pasar eso? No vas a tener sexo con nadie por un tiempo, pero igual.
Lo besé profundamente, mordiendo sus labios antes de apartarme. Su boca se abrió cuando mis palabras surgieron efecto.
—Cariño…
—Este cuerpo está cerrado para ti, esposo. —Alejándome, me dirigí hacia mi armario, pero él me atrajo hacia él.
—No hagamos cosas desesperadas —respondió, levantándome y lanzándome a la cama, colocándose sobre mi mientras apartaba mi cabello.
—No tenemos tiempo. —Sonreí mientras me besaba.
—Somos los invitados de honor, podemos tomarnos el tiempo —susurró besando desde mis labios, a mi mejilla, y hacia mi cuello.
Empujando contra él, lo dejé sobre su espalda. Sentándome sobre su cintura, lo miré a los ojos.
—Hiciste tu elección, esposo, así que acéptalo. —Sonreí, mientras movía mis caderas contra él antes de levantarme y dejar a la vista su erección.
—Esposa —siseó mirándome como si fuera su presa.
—Esposo. —Sonreí, y al momento que salí disparando hacia mi closet, él corrió hacia mí. Tristemente fue muy lento y fui capaz de encerrarme.
—¡Diablos! —Golpeó la puerta mientras me reía.
—Cálmate y termina de vestirte —grité mientras buscaba los zapatos que quería usar.
—Quítate la ropa interior, no la vas a necesitar esta noche —respondió.
—¡Como la mierda que lo haré! No vas a conseguir nada de mí —contesté incluso aunque no podía dejar de sonreír.
—Está bien, la arrancaré de tu cuerpo. —Su voz desaparecía y puse los ojos en blanco.
Escuchando la puerta cerrarse, sonreí. En estas tres semanas, mi relación con Edward cambió drásticamente. Ya no peleábamos el uno con el otro. En cambio, la mayoría de nuestros problemas eran con el trabajo e incluso estos eran pocos. A veces nuestro plan de ataque no encajaba bien y la única forma de arreglarlo era follando. Pero ninguno de los dos se quejaba y estaba segura que él no se ponía de acuerdo conmigo solo para poder tener sexo después. Maldito. Pero aun así me encontraba sonriendo más seguido por él… me encontraba feliz y eso me parecía raro.
Él insistía en que tengamos nuestras "citas" al menos una vez por semana. La primera semana fue rara porque odiaba la palabra cita, y ninguno de los dos hizo algo además de trabajar. La segunda semana, él me trajo un traidor, era un peón nivel bajo que había estado por hablar con la policía para reducir su pena en la cárcel. Para su mala suerte, solemos escuchar las llamadas de todos nuestros hombres. Para hacerlo un ejemplo, le dimos fluido embalsamador de beber y nos aseguramos de enviar su lengua al Comisario. Después de eso, Edward y yo no salimos de nuestra habitación por dos días. La cita que tuvimos esta semana consistió en pasarla desnudos en la cama mientras veíamos las noticias. Habíamos planeado un ataque a tres oficiales y sus familias.
—Señora, es Angela, tengo su vestido. — Angela golpeó a la puerta. Abriéndola, sonreí mientras tomaba el vestido en la bolsa.
—Perfecto. —Sonreí, tocando el satén del vestido.
EDWARD
Saliendo de nuestra habitación, intenté borrar la sonrisa de mi rostro, pero fue jodidamente imposible. No había sabido antes que no iba a tener opción que admitir que estaba enamorado de Isabella Marie Cullen. Amaba cómo ella les rompía las narices a las personas, cómo sonreía cuando mataba a alguien. Amaba la forma en que gemía mi nombre mientras hacíamos el amor solo para bofetearme después. Ella era despiadada en todo lo que hacía y aun así se las arreglaba para ser abierta conmigo. Ambos habíamos cambiado; sentía como si la hubiera conocido de por vida y no solo por unas semanas.
—Así que supongo por tu sonrisa que todo está bien en el jodido país de las maravillas —comentó Carlisle mientras llegaba al estudio.
Él estaba vestido de gala como yo, y parecía también tan emocionado como yo a pesar del hecho que no sabía de nuestros planes.
—Si, padre. —Sonreí, entrando en la oficina—. Todo está bien en el jodido país de las maravillas. De hecho, la aventura sólo está comenzando.
Suspiró, tomando asiento frente al escritorio.
—¿Debes torturarme, chico, o vas a decirme lo que está pasando? Media ciudad está cubierta en sangre y la otra mitad tiene miedo hasta de su propia sombra. Tú e Isabella insistieron que asistiéramos a esta tonta boda. Sin embargo, ni Emmett o Jasper van.
—Tú siempre dijiste que yo era el impaciente, pero veo de donde lo heredé. —Sonreí, sirviéndome una copa de vino.
Soltó una risita.
—Supongo que tú e Isabella ya no están disparándose el uno al otro.
—Por ahora la opinión de mi esposa sobre mí cambia más seguido que la marea, puede que me dispare mañana si le digo que no me gusta su colección de navajas. —Me encogí de hombros tomando asiento detrás del escritorio.
—Pero en este momento…
—¿Me preguntas como padre o como un Ceann Na Conairte? —Lo interrumpí, inclinándome en mi silla porque era MI silla y no la suya. Apoyando mis pies en el escritorio, vi sus ojos entrecerrarse hacia mis zapatos. Él solía odiar cuando ponía mis zapatos en su escritorio cuando era adolescente, pero no podía decir algo ahora.
Poniendo los ojos en blanco, se echó hacia atrás.
—Te pregunto como padre. Hijo, ¿estás feliz con tu esposa?
—Si, padre, todo está jodidamente bien en el sangriento país de las maravillas. —Sonreí, bebiendo un poco—. Ella es… ella es Bella Sangrienta y es perfecta. Dios la creó y se deshizo del molde, ya que el mundo no podía lidiar con dos de ella.
—Mira quién se volvió un poeta. —Se rio de mí, observando la copa en mi mano.
—Difícilmente, era solo una verdad. —Mi esposa era un animal despiadado, y eso solo la hacía más sexy.
—Así que podría esperar que algo horrible pase en esta boda. —Estaba ansioso por saber que casi daba lástima.
—Espero que cuando tenga un hijo, no me encuentre en el dilema en el que te encuentras. —Me reí de él.
—Conociéndote, dudo que le permitas a tu hijo o hija tomar el trono tan fácilmente como yo lo hice. —Estaba bromeando. Tenía que estar bromeando.
—¡Mentira! El infierno por el cual me hiciste pasar…
—Te hice pasar un infierno así puedes tomar asiento allí y traer el infierno hacia ti. En tres semanas, has puesto a esta ciudad de rodillas. —Casi sonaba celoso, pero también podía escuchar el orgullo.
—Nosotros, Isabella y yo la pusimos de rodillas, pero todavía no está haciéndonos una reverencia. El comisario sigue esperando solucionar el desastre. Un juez le dio permiso para colocar micrófonos en la casa y en nuestros teléfonos. —Sonreí. Eso fue sólo después de la primera semana.
Carlisle se puso de pie y me miró sorprendido.
—¿Cuándo fue esto?
—No importa. —Sonreí, bebiendo nuevamente—. Hicimos que colocaran interruptores de señal por toda la casa y cambiamos de teléfonos. Isabella insistió que lo tomemos de ejemplo al juez.
Esperé a que su cabeza haga clic, ya que la noticia estuvo en todos los canales. Sacudió su cabeza cuando se dio cuenta.
—El Juez Randall, lo encontraron colgando del puente. Lo supuse, pero no entendí por qué —respondió, poniéndose de pie para tomar un trago.
—No creo que el comisario haya tenido ayuda de las cortes desde entonces. —Porque todos eran inteligentes.
—¿Y no quieren deshacerse de él? —preguntó con curiosidad. Oh, como cambiaron los roles.
—¿Y dejar que otro se quiera hacer el héroe? Él está a punto de quebrarse y cuando lo haga, su moral hará que se tome la vida o beberá a morir. De todas formas, no me importa un carajo. —Empezó una pelea y ahora iba a perder.
—Sangriento país de las maravillas —dijo de nuevo con una sonrisa. Antes de poder responderle, hubo un llamado a la puerta.
—Entre —grité e ingresó mi madre vestida en un hermoso vestido verde—. Estás hermosa, madre —dije, poniéndome de pie.
Ella besó mi mejilla.
—Gracias, hijo. Vine a informarte que hay dos oficiales en la entrada. Piden hablar contigo. Quise decírtelo en persona. Es la tercera vez, Edward. No estoy feliz.
Regla 16: Nunca hagas molestar a tu madre.
La furia comenzó a correr por mis venas.
—Llama a mi esposa.
—No hace falta. —Entró Isabella, haciéndome querer caer sobre mis rodillas y besar sus pies. Ella era una visión en blanco. Lucía como una diosa o un ángel, y me sentía con suerte de estar frente a ella.
—Padre, madre, gracias. Pero mi esposa y yo tenemos asuntos que atender. Los veremos en la boda —demandé.
—Por favor, envía a esos oficiales aquí —respondió Bella mientras caminaba, mejor dicho, flotaba, hacia mí.
Tomando su mano, la besé una vez que se fueron mis padres.
—Luces muy hermosa.
—Guarda tus halagos y dime que vamos a matar a estos hijos de perra por volver aquí —dijo furiosa mientras arreglaba mi cabello.
Hubo otro golpe a la puerta y le sonreí.
—Descubrámoslo. —Caminé hacia mi escritorio—. Adelante.
Tristemente, no era el Comisario, sino su secuaz, Smokey el oso, junto con otro hombre grande.
—¿No vino el Comisario? Me siento insultado. —Me giré hacia Bella, que los fulminaba con la mirada.
—La ciudad está algo caótica como para que pueda venir —dijo Smokey—. Como saben, yo…
—No nos importa. ¿Qué quieren? —preguntó Bella, observando al joven al lado de Smokey.
—Estamos aquí para rendirnos —declaró el hombre de cabello rojizo.
Sentí mi ceja alzarse junto con mi sonrisa cuando me volví hacia Bella. Ella fruncía el ceño. Por supuesto que la rendición no era de su gusto.
Dando un paso hacia el hombre, lo observé.
—Eres irlandés.
—Si, Sr. Cullen —respondió el hombre de cabello naranja.
—¿Quién carajo se olvidó de reclutarte? —Sonreí. Casi todos los irlandeses de sangre del estado trabajaban para mí de alguna forma.
Me fulminó con la mirada.
—Quería ser el primero de mi familia en estar del lado de la ley.
—Bueno, como pueden ver, estamos de salida —respondió Bella, dando un paso hacia mí—. Hablaremos con el comisario en otro momento. Pueden encontrar la salida. Por favor, mándenle nuestros saludos al oficial Pope y su familia.
Ellos no pudieron hablar y eso puede ser por el hecho de que ella lucía placenteramente hermosa de blanco o porque el oficial Pope y su familia ya no se encontraban vivos. Ellos asintieron con rabia en los ojos. La puerta se cerró de un golpe cuando se fueron.
Ella se giró hacia mí y frunció el ceño, volviendo a enderezar mi corbata.
—Sabes que mienten, ¿no?
—Si, y ¿qué hacemos con los mentirosos? —Sonreí, colocando mis manos en sus caderas. Ella me devolvió la sonrisa mientras tomaba mi teléfono de la chaqueta de mi esmoquin.
—Seth, dos oficiales están abandonando las premisas. Por favor, asegúrate de escoltarlos devuelta a la estación. Tú y yo sabemos lo peligrosos que esos puentes altos pueden ser. —Observé su boca mientras hablaba y no quería nada más que besarla a morir.
Ella se dio cuenta una vez que colgó el teléfono y puso un dedo sobre mis labios.
—La tienda sigue cerrada. —Fulminó con la mirada—. Después de todo, prefieres ver el rostro de Aro.
—Am… —Ella ni siquiera me dejó terminar de hablar antes de apartarse. A la mierda todo. Más vale que Aro llore y se haga pis en los pantalones.
BELLA
—Dispárame, por favor —gruñí mientras miraba a James y Victoria besarse. Era como si quisieran succionarse la piel del rostro.
—No antes que tú me dispares —susurró Edward. Sus cejas no podían dejar de crisparse y si estuviéramos solos, me hubiera reído. Sin embargo, no estábamos solos. Estábamos rodeados de al menos trescientas personas allegadas de Aro. La boda fue tan aburrida que con Edward pasamos la mayoría del tiempo mensajeando a Jasper y Emmett para que nos mantengan al tanto de las novedades.
Pero ahora era hora del juego. Tomando asiento en la mesa cinco, con el resto de los Cullen, esperamos el siguiente mensaje que nos diga que ya estaba hecho. Pero la fiesta no comenzaba hasta Aro recibiera la noticia. Estuve tentada de decírselo yo misma, pero Aro seguía pensando que era una cordera, ingenua a lo que pasaba en el mundo. Idiota. Por las cartas de Victoria, él debió saber que era yo la niña que dejaron en el avión, pero no me veía como una amenaza.
—Negro, rojo y blanco no es lo correcto para esta parte del año. —Alice frunció el ceño mientras mirada alrededor del salón.
—Sí —respondí observando de arriba abajo a Rose—. Añadir rojo al esquema de colores fue una mala elección.
Rose me fulminó con la mirada.
—También lo es vestir blanco en la boda de otra mujer.
—Hay pocas personas a las que considero mujeres. Victoria es una serpiente. —Sonreí, tomando solo agua—. No me preguntes cómo es que te considero.
Esme suspiró mientras que Edward soltó una risita. Carlisle estaba demasiado ocupado chequeando su reloj. Moría por saber qué iba a pasar.
—No hay esperanza para ustedes, ¿no? —nos preguntó Esme.
—No si ella sigue lastimando a mi marido, y lo obliga a hacer trabajos cuando debería estar a mi lado —espetó Rose.
—Rose, háblame así otra vez, y no tendrás marido. De hecho, debería matarte y listo. No vales nada, de todas formas, así que haznos un favor y siéntate en el rincón como la buena esposa trofeo que eres. —Puse los ojos en blanco hacia ella justo cuando comenzó a sonar el teléfono de Edward.
Inclinándolo hacia mí, vi cómo una casa muy costosa, junto con muchos coches, ardían en llamas. La cámara tomó cada ángulo de la casa, incluyendo dos mujeres que golpeaban la puerta intentando salvarse.
—¿Y ellas son…? —le pregunté.
—Aparentemente, a Aro y James comparten dos amigas especiales. —Rio Edward y podía ver el reflejo del fuego en sus ojos.
—Eso es asqueroso, Victoria debería agradecérmelo. —El solo pensarlo me daba ganas de vomitar.
—Ella está llamando a alguien —respondió Carlisle, y Edward y yo lo miramos e intentamos no reír. Él se había cambiado de lugar con Esme solo para poder ver el teléfono. Esme me miró y me guiñó el ojo, bebiendo su vino.
—Creo que sé a quién —dijo Alice, haciendo que todos sigamos su mirada hacia Aro, que estaba en medio de su discurso. Echó un vistazo a su teléfono, pero siguió.
—…Es por esta razón que quiero darle la bienvenida a mi hija Victoria Volturi a la familia. Que ella y mi hijo nos haga sentir orgullosos.
Todos menos nosotros aplaudieron fuertemente. Cuando Aro le dio el micrófono a Jane, ese creo que era su nombre, la dama de honor de Victoria, contestó el teléfono. Tristemente, era demasiado tarde, ya que con Edward podíamos ver que la mujer se había desmayado por el humo. Guardando su teléfono, Edward tomó mi mano y la besó mientras veíamos a Aro escuchar sus mensajes. Estaba de espaldas, pero cuando colgó después de hacer una llamada, se volvió hacia nosotros con una mirada asombrada y mortal. Toda la "emoción" que tuvo durante la boda se había ido y lo que quedó fue este monstruo. Parecía que estrechó el teléfono tan fuerte que se quebró la pantalla. Edward sonrió y asintió hacia él como si fueran amigos.
—¿Crees que está enojado? —le pregunté a Edward, que solo sonrió.
—Uno solo puede esperar, amor —respondió, acercándome una copa mientras brindábamos los dos.
—Muy entretenido. —Rio Carlisle, echándose hacia atrás en su silla.
—Ese fue solo el primer plato, padre. —Sonrió Edward, y no podía esperar al postre.
EDWARD
No tenía la costumbre de fumar, pero esta boda estaba siendo demasiada larga. James ya estaba al tanto, por lo que también lo debería estar su nueva esposa. La tensión entre nosotros, mientras fingíamos ser solo invitados, crecía por lo bajo. Incluso la forma en que Victoria comía su carne, la cual estaba tan poco cocida que parecía que sangraba. Ella fulminaba con la mirada a Bella con tanto odio que incluso Rose tuvo que apartar la mirada. Sin embargo, mi Bella le sonrió como si no lo hubiera notado. Sabía que ya estaba harta; el sonido de su arma cargarse por debajo de la mesa era prueba suficiente.
Así que me tomé un descanso, poniéndome a fumar dentro de uno de los baños como si siguiera en la secundaria. Emmett y Jasper habían sido mis modelos hasta el punto que mi madre los descubrió y les golpeó el trasero hasta que no pudieron sentarse. Esa fue la última vez que fumaron, yo, en cambio, jamás fui descubierto.
¿Quizás Bella me lo puede sacar a los golpes? Sonreí al pensarlo.
—¿Viste la zorra de Cullen? —dijo una voz del otro lado de la puerta.
—¿La puta italiana de blanco? —respondió otro y me sentí congelar.
—Lo que daría por follarle su estrecho coño. La embestiría hasta que se rompa como la puta perra que es. Luego… —No llegó a terminar por el simple hecho que salí del baño y le puse una bala en la cabeza de su amigo.
El cuerpo cayó sobre el mingitorio en el cual meaba. El hombre a su lado, se atrevió a llamar a mi esposa zorra, puta, y perra mientras tenía sus pantalones abiertos. Lo conocía: ella el padrino de boda de James, Alec.
Se volvió hacia mí a punto de hablar, pero me tomé la libertad de tomarlo por el cabello y estrellarle la cabeza contra el mármol sobre el mingitorio.
—¡Esa puta italiana es mi maldita mujer! —grité, usando su cabeza como un martillo contra la pared.
—No hablas de ella mientras te echas una meada. —Golpe.
—No hablas de ella, no la llamas por otro nombre que no sea Sra. Cullen. —Golpe.
—Y mucho menos no hablas de ella con la maldita mano en tu polla. —Golpe. Golpe. Golpe.
Soltando su cabeza, la cual estaba cubierta solo en sangre y materia cerebral, miré como su cuerpo caía al suelo. Seguramente murió en los dos primeros golpes contra la pared, pero solo pude ver rojo. Quería que su cabeza se saliera de sus hombros. Suspirando, me volví hacia el espejo para ver que mi traje estaba lleno de sangre.
Con un gruñido, saqué mi teléfono de mi chaqueta.
—Eric, necesito un traje nuevo lo más rápido posible. —Le dije mientras limpiaba la sangre de mis manos. Bajando la mirada, noté que la sangre se deslizaba por el suelo y llegaba a mis zapatos.
—Diablos, y unos zapatos nuevos también.
Colgando, sequé mis manos y observé los cuerpos a mi alrededor, justo cuando otro idiota entraba. Se detuvo mirando la sangre y después a mí.
—Problemas de ira. —Sonreí, sacando mi arma—. Entra a mi oficina.
Intentó darse vuelta y huir, pero le disparé en la columna y sus piernas dejaron de funcionar.
—Supongo que no volverás a meterte en ningún lado, ¿eh? —le pregunté antes de dispararle en el rostro. Una vez más, saltó sangre a mis manos y no pude evitar gruñir otra vez.
—¿Ven lo que me hacen hacer? —pregunté al muerto antes de bloquear la puerta y volver a lavarme las manos.
"Las peores cosas pasaban cuando fumabas. Pero gracias a Dios existen los silenciadores." Pensé.
BELLA
Cuando Edward volvió a sentarse, besó mi mejilla. Lo observé rápidamente y algo no estaba bien.
—¿Te cambiaste? —Parecía el mismo traje, pero más fresco, como si no hubiera estado usando todo el día.
—¿Por qué haría eso? —me preguntó, pero había un brillo en sus ojos. En algo andaba.
—No te hagas el listo conmigo. —Aferré mi navaja.
Sonrió, besándome una vez más, y susurrando:
—Luego, amor.
—¿Qué más hay en el menú? —preguntó Carlisle, mientras se limpiaba la boca.
Esme lo golpeó en el pecho.
—¿Puedes parar? Pareces un niño en Disney.
—Sangriento país de las maravillas. —Sonrió Edward. No tenía idea de que significaba eso, pero él y Carlisle si, así que supongo que eso es lo que importa.
—Edward y yo tenemos que ir a saludar antes de que algo más emocionante pase. —Sonreí mientras Edward y yo nos poníamos de pie. Victoria y James debieron pensar lo mismo porque se acercaban a nosotros.
Nos encontramos en el medio del salón.
—Sr. y Sra. Volturi, felicitaciones. Tú y esta boda fue hermosa. —Sonreí, estirando la mano hacia Victoria.
—Gracias, Sra. Cullen. —Devolvió la sonrisa Victoria, estrechando mi mano—. Y felicitaciones a ti por usar blanco y que no te importe lo que piensen las personas.
—La opinión de mi familia es todo lo que me importa. —Lo cual es una mentira porque la única opinión que importaba era la mía y a veces la de Edward.
—Si, nuestras disculpas por lo de tu padre. —Me sonrió James con lujuria en los ojos. Estiró su mano para tomar la mía, pero Edward tomó de su muñeca y lo obligó a que estreche la suya.
—Soy algo posesivo —le dijo antes de sonreír—. Lo siento por lo de tu padrino.
Lo miré confundida por un segundo, antes que James y Victoria observen el salón rápidamente.
—¿Qué diji…?
—Muchas gracias por la bonita noche, pero Edward y yo no somos a prueba de fuego. —Interrumpí, y Victoria se volvió hacia mí, confundida.
—¿Qué? —siseó ella.
—¡FUEGO! —gritó alguien detrás nuestro, y, efectivamente, había llamas sobre nosotros.
—Qué lástima, deberías intentar salvar tus regalos, el más grande suele ser una licuadora. —Sonrió Edward.
La habitación estalló en pánico, parecían animales intentando escapar. Se tropezaban, empujaban, y jalaban para poder salir por las puertas.
—¡¿Quieren guerra?! ¡Les daré guerra! —rugió James hacia nosotros.
—Siempre ha habido guerra. No te enojes porque estás perdiendo. —Sonrió Edward.
—¡Los voy a matar! —nos gritó Victoria.
—Los queremos ver intentarlo. —Sonreí—. Por cierto, mentí, tu vestido es asqueroso y esta boda… bueno, fue tan horrible que ni el diablo lo soportó.
—Perr…
—¡Señora, tenemos que irnos! —gritó Jane, tirando de ellos. Edward y yo observamos mientras el fuego se extendía.
—¿Acaso perdieron la cabeza? —gritó Rose sobre el caos del salón. Muchas personas y pocas puertas.
—¡Edward! —gritaron Esme y Alice mientras Carlisle observaba con gloria. Él sabía que no seríamos lo suficientemente estúpidos para encerrarnos.
—Suficiente —espetó Edward, y vi las llamas en sus ojos otra vez. Me excitaba, no podía negar eso.
Tomando mi mano, asentimos hacia ellos para que nos sigan. Todos estaban ocupados intentando correr hacia la puerta del frente que ni siquiera nos vieron. Edward abrió una pequeña parte de la pared que habíamos instalado cuando supimos dónde sería la boda.
Cuando se abrió, Jasper y Emmett salieron. Alice y Rose corrieron hacia los brazos de sus esposos y sentí la necesidad de poner los ojos en blanco.
—Ahórrenselo —espeté.
Los hombres siendo… hombres Cullen se aseguraron que las mujeres salieran primero, pero yo esperé a Edward. Él fue el último en entrar y mientras cerrábamos la puerta, nos encontramos con los ojos de Aro mientras sus hombres intentaban llevárselo. Le sonreí antes de mostrarle mi dedo del medio justo cuando Edward cerró la puerta. Volviendo hacia mí, sonrió.
—Tan madura —bromeó.
—Estás celoso porque no fuiste tú. —Sonreí mientras caminábamos por el túnel subterráneo.
—La próxima, espero que no se muera. —Hizo un puchero, echando un vistazo hacia atrás mientras llegábamos al lago. Allí, un bote nos esperaba.
—No, no se va a morir. Es un gran idiota como para morir tan fácil. —Sonreí mientras me ayudaba a subir al bote.
—Juro que los dos son unos piromaníacos. —Rio Jasper mientras nos alcanzaba una copa de champagne.
Echando una mirada hacia atrás a la mansión, no pude evitar estar de acuerdo.
—¿A dónde, hermanita? —gritó Emmett desde el timón. Rose lo abrazó por detrás mientras él nos sacaba de allí.
—La ciudad —dijimos al mismo tiempo Edward y yo. Todos comenzaron a hablar entre ellos, dándome el tiempo para volverme hacia Edward.
—Ya es más tarde —demandé.
Puso los ojos en blanco.
—Hubo un percance en el baño. Maté a dos… tres hombres y tuve que cambiarme. Nada importante.
—Necesitas controlar tu ira. —Sonreí, inclinándome para besarlo.
—Uno de estos días, lo haré… quizás. —Sonrió, devolviéndome el beso.
Día jodidamente hecho.
